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Tecnología para el Desarrollo

Hacia una comprensión de las relaciones entre tecnología, sociedad y desarrollo

Diego Moñux Chércoles — Ingeniería Sin Fronteras, España
diegom@zape.aula.eis.uva.es

Presentación

Este texto, presentado en junio de 1999 en las Jornadas sobre Desarrollo Sostenible y Cooperación Internacional de la Universidad de Valladolid, es una versión ligeramente modificada de un documento preparado originalmente para la apertura del curso Tecnología, Sociedad y Desarrollo, organizado por Ingeniería Sin Fronteras Castilla y León en Valladolid en abril de 1999. El documento comienza con una introducción a la reflexión en tecnología y sociedad, para después abordar algunas de sus repercusiones y mostrar unos ejemplos.
La razón para traerlo aquí es que, como reflexión de fondo, se presenta un campo de estudios fascinante, a medio camino entre los estudios en ciencia, tecnología y sociedad (CTS) y los temas clásicos sobre desarrollo, y que sin duda no está todavía suficientemente explorado por los investigadores de uno y otro campos. Por tanto, la intención última es defender la necesidad de una tecnología para el desarrollo, concepto que puede surgir como puente entre la educación para el desarrollo y la CTS.

Haciendo historia

Comenzaremos haciendo un repaso por algunos momentos de la relación entre ciencia, tecnología y sociedad. (Repaso que, vaya el aviso por delante, es parcial: se centra sobre todo en la situación tras la Segunda Guerra Mundial, y está sesgado culturalmente pues tiene un punto de vista occidental).

Para algunos investigadores, la ciencia moderna nació la noche del 9 de diciembre de 1609, en la queGalileo Galilei (1564-1642) dirigía por primera vez un telescopio hacia el cielo. El filósofo inglés Francis Bacon (1561-1626) es considerado el primero en establecer una teoría moderna de la ciencia al defender la experimentación como único vehículo para contrastar la verdad científica —es decir para construir un conocimiento inductivo a partir de los experimentos—, pero fue Galileo el primero en ejercer ese nuevo estilo de investigación científica que rompería con la tradición deductiva de la filosofía natural de Aristóteles, que no contrastaba sus premisas con la experimentación. El hecho de que para desarrollar su ciencia empleara artefactos tecnológicos —como lo era el telescopio que él mismo había construido—, nos habla de la estrecha relación que habría de existir en adelante entre ciencia y tecnología, pero no debe hacernos caer en una simplificación de dicha relación.

En efecto, el Renacimiento supone un punto de inflexión histórico en muchos aspectos, entre ellos en la relación entre ser humano y la naturaleza. Y no sólo en el sentido humanista de la consideración del ser humano como centro del universo y de las preocupaciones intelectuales, sino en el de la propia capacidad de éste para transformar esa naturaleza. Hasta entonces, las técnicas eran un conocimiento heredado, más o menos perfeccionado con el tiempo, para adaptar el medio natural a las necesidades humanas. Ofrecían soluciones que respondían a una finalidad comprensible —esas necesidades—, a un para qué, sin que necesariamente se supiera explicar el por qué determinada solución técnica funcionaba de cierta manera. Es en el Renacimiento, con la modernidad, cuando se comienza a distinguir entre comprensión y explicación (Sanmartín, 1993), y a desarrollar una tecno-ciencia: una técnica (techné) imbuida del conocimiento científico (logos), a la que se llamará tecnología.

Tras el Renacimiento vendrían la revolución científica de Newton (1642-1727), la Primera Revolución Industrial (que comenzaba a finales del XVIII) y el auge racionalista del XIX. La capacidad de explicación (ciencia) y de transformación (tecnología) de la naturaleza aumentaban sin descanso en Europa. El siglo XX heredaba la tradición positivista del XIX, tradición que presuponía la racionalidad de las ciencias naturales y cuyo objetivo era la búsqueda de un modelo irrefutable de justificación de las teorías científicas. La creencia ciega en el método científico como respaldo de un conocimiento objetivo sustentaba la concepción de la ciencia y la tecnología como actividades autónomas y valorativamente neutras: independientes de cualquier condicionante externo social, psicológico o moral y, en consecuencia, ajenas a cualquier juicio de valor. Ello se perpetua a pesar de que en la primera mitad de siglo, especialmente en el ámbito de la física, se introducen conceptos y teorías —como la relatividad o la mecánica cuántica— que, por revolucionarias, podrían haber cuestionado esa concepción.

La Segunda Guerra Mundial mostró por primera vez hasta que punto habían crecido las capacidades humanas de transformación (y si era necesario de destrucción) de la naturaleza. Sin embargo el período de posguerra (1946-1955) es el del comienzo la Segunda Revolución Industrial, un período de tecno-optimismo y confianza en la ciencia en los países aliados —países a los que la Física Nuclear había ayudado a ganar la guerra. Son los años de las grandes inversiones de la U.S. Army en las universidades de EEUU, del primer ordenador electrónico (el ENIAC, 1946), los del nacimiento de la ingeniería genética (con el modelo de doble hélice para el ADN de Watson y Crick, 1953) o de la fundación en Europa del Centre Européen de la Recherche Nucleaire (CERN, 1955); pero también los de la primera bomba de hidrógeno (1951) o el primer submarino nuclear (USS Nautilus, 1954). Son, en cierto modo, los años del reinado de los físicos en la sociedad, una época en que no se pone en duda el modelo lineal unidireccional del progreso humano:

progreso científico -> progreso tecnológico ->progreso económico -> progreso social

En 1955 se inaugura una época de reflexión y de alerta. El 55 es el año en que Bertrand Rusell y Albert Einstein hacen publico un manifiesto pidiendo a los científicos mayor implicación política. El 57 el del primer accidente nuclear. El 58 el de la controvertida conferencia de C.P Snow que denunciaba el abismo entre las culturas humanísticas y científico-técnicas —que después se concretaría en el texto Las dos culturas y un segundo enfoque (1964). En 1962 se publica el libro que desencadenaría las primeras discusiones públicas en EEUU en torno al deterioro del medio ambiente: Silent Spring de Rachel Carson. También en este período se produce la fractura más importante del siglo en la filosofía de la ciencia con la publicación de La estructura de las revoluciones científicas (1962). En él, su autor, Thomas S. Kuhn, reclamaba el papel de la historia de la ciencia y otras disciplinas junto al de la filosofía de la ciencia, y desarrollaba toda una teoría para la comprensión del cambio científico —distinguiendo entre cambio normal y cambio revolucionario y definiendo las características de éste ultimo— que chocó abiertamente con la tradición positivista cuyo máximo exponente era entonces Karl R. Popper. Kuhn se empeñó en mostrar —buscando como buen físico ejemplos concretos en la historia de la física— que la ciencia era una interpretación humana de la naturaleza y que, por lo tanto, debía ser considerada en el contexto humano en que se iba produciendo; igualmente, encontró características en las revoluciones científicas que parecían desafiar creencias tan arraigadas como la del progreso acumulativo de la ciencia.

La etapa de alerta termina en 1968, en que se inaugura una de reacción. Reacción social con la conocida lucha contracultural y antisistema iniciada ese año, cuyas críticas incluían a la ciencia y a la tecnología en la medida en que se criticaban los ideales cientifistas y tecnocráticos presentes en la sociedad occidental (Theodore Roszak es el mayor representante de la crítica del 68 a la tecnocracia) o se hablaba —siguiendo a Herbert Marcuse— de la “alienación tecnológica” de la sociedad capitalista. Cunde el tecno-pesimismo, se habla de regresar a la naturaleza, se vuelve la mirada a oriente y se enarbola la bandera del pacifismo en el contexto de la guerra de Vietnam. En 1969 se funda Greenpeace, en 1972 el Club de Roma publica The Limits of Growth y en 1973, año de la crisis del petróleo, D. Dickson exige el uso de tecnologías alternativas. Pero también son años de reacción académica: los nuevos movimientos que están surgiendo en la sociología y la filosofía de la ciencia y la tecnología, recogiendo el testigo de la contextualización social de Kuhn, se empiezan a agrupar en los setenta bajo las siglas CTS (Ciencia, Tecnología, y Sociedad) —STS (Science, Technology and Society o Science and Technology Studies) en el inglés original. Por otra parte, se comienza a responder a nivel administrativo a esta doble reacción creando —en un principio en EEUU— las primeras oficinas y agencias que contemplan los aspectos éticos y medioambientales en relación con la tecnología y el desarrollo industrial. La etapa de reacción continúa hasta el presente en la medida en que los últimos veinte años lo son de expansión y consolidación, educativa y administrativa, del movimiento CTS. Expansión que se produce, por otra parte, en un mundo occidental cada vez más tecnificado que desembocaría en la Tercera Revolución Industrial: la de la información y las telecomunicaciones.

Para acabar este recorrido cerrando un círculo histórico diré que, desde nuestro punto de vista, esta reacción social supone en cierta manera una vuelta a la preocupación premoderna por el para qué, a la inquietud comprensiva (hacia dónde vamos, qué tipo de sociedad queremos) por encima de la explicativa (cómo funciona la naturaleza, cómo se puede poner ésta a nuestro servicio). Curiosamente, de ese movimiento contracultural nacerían algunas de las claves de lo que hoy se conoce por pensamiento postmoderno.

Qué hay detrás de las siglas CTS

Bajo las siglas CTS se representa un nuevo campo de trabajo con carácter interdisciplinar constituido por múltiples programas filosóficos, sociológicos, antropológicos e históricos. Programas todos ellos con la preocupación común por la dimensión social de la ciencia y la tecnología —tanto porque es en el entorno social donde se producen, como porque su desarrollo y aplicación tiene efectos sociales y ambientales—, y orientados a un estudio crítico de ambas partiendo del rechazo a la imagen tradicional que de ellas se ha venido transmitiendo.

Hay que aclarar que con la CTS no se inaugura la reflexión en torno a la ciencia y la tecnología como fenómeno humano, pero sí se comienzan a agrupar estas reflexiones en un espacio común, dotándolas de una orientación social. La reflexión sobre la ciencia es antigua en la medida en que la propia ciencia supone una filosofía, una visión del mundo, además de un tipo de conocimiento susceptible de ser estudiado filosóficamente para dilucidar sus cualidades. La tecnología, sin embargo, no ha alcanzado tal grado de preocupación intelectual por ser concebida como una mera aplicación de conocimientos artesanales o una aplicación de la ciencia para producir artefactos. Uno de los primeros filósofos que reflexionó sobre la tecnología fue José Ortega y Gasset, su Meditación de la técnica (1939) sigue siendo un punto de partida obligado. Ortega considera al ser humano como un ser técnico en la medida en que “la técnica es lo contrario de la adaptación del sujeto al medio, puesto que es la adaptación del medio al sujeto” y entiende que está en su naturaleza proyectarse más allá de sus necesidades biológicas.

No voy a entrar en recorrer los distintos autores que han precedido los estudios CTS o que han dado forma a las corrientes más importantes en este campo (el texto Ciencia, tecnología y sociedad (1996) de González García et al. supone una guía excelente para los interesados en tener una perspectiva global rigurosa), pero si reflejaré sus dos tradiciones más importantes, correspondientes con las dos posibles vertientes de la socialización de la ciencia y la tecnología (según se exponen en el citado texto):

Decir por último que los estudios CTS, aunque surgidos como una alternativa de reflexión académica, pronto se desarrollaron en dos nuevas facetas: la educación —con la aparición de programas interdisciplinares universitarios— y la política —al defender desde los estudios CTS la participación pública de la gestión de la ciencia y la tecnología.

La importancia de observar a la tecnología

“Si aquello que ha sido modelado por la tecnología y continúa siéndolo parece enfermo, podría ser una sabia medida el observar por un momento a la tecnología misma”

Esta cita de E.F. Schumacher (Schumacher, 1973) nos mete de lleno en el problema que nos ocupa. La tecnología modela inevitablemente nuestro mundo y afecta de manera creciente nuestro modo de vida. Es por ello quizá más alarmante el hecho de que apenas exista inquietud a nivel social sobre la necesidad de “observar por un momento a la tecnología misma”. Es cierto que ante fenómenos que de una manera vertiginosa han entrado en nuestras vidas: las nuevas tecnologías de la información, las modernas biotecnologías, etc, existe cuanto menos “preocupación”, pero en la mayoría de los casos, ante preguntas acerca de las consecuencias de esas tecnologías, las respuestas se reducen a “no son buenas ni malas, todo depende de como se usen”.

El problema de estas respuestas insatisfactorias no está en que estas nuevas tecnologías hayan aparecido rápidamente, sin dejar capacidad a la sociedad para reaccionar, sino que, socialmente, tanto la ciencia como la tecnología siguen siendo vistas como algo casi imposible de criticar desde fuera de ámbitos técnicos, por lo que apenas existe base para sustentar esa capacidad de reacción. Como hemos visto arriba, el surgimiento de una reacción a esta dinámica es muy reciente (y lo es mucho más en nuestro país) y por lo tanto no es de extrañar que si no existen apenas estudios en tecnología y sociedad, si el camino recorrido es pequeño en la reflexión sobre la tecnología en general, la sociedad se vea desbordada ante la inercia del desarrollo tecnológico actual. De ahí las respuestas que sustentan la creencia en la verdad suprema de la ciencia y en la neutralidad de la tecnología, las respuestas que afirman que su bondad depende tan solo de su uso.

Como hemos dicho, sin embargo, se están abriendo esos caminos de reflexión, que pretenden integrar aspectos que, tras un análisis mínimamente serio de la tecnología, aparecen como parte constituyente de ella: los aspectos organizativos, prácticos, valorativos..., que superan a la mera ciencia aplicada. (Aquí es preciso decir que es posible entrar en un profundo debate filosófico sobre qué entendemos por ciencia, técnica o tecnología, y como ello afecta a siguientes consideraciones, pero ese debate supera la intención de este artículo).

A lo que pretendemos llegar es que esta concepción social mitificada que llamaremos en adelante la concepción estándar de la tecnología, fuertemente afianzada todavía, debe ser sustituida por una más compleja, y por tanto más ajustada a la compleja realidad. En general, existen dos imágenes de la tecnología convencionalmente aceptadas (González García et al., 1996) tanto a nivel popular como en ámbitos técnicos:

La imagen cognitiva o intelectual. Para la que las tecnologías son ciencia aplicada para la resolución de problemas prácticos.
La imagen instrumental o artefactual. Según la cual las tecnologías se identifican con los artefactos que generan.

Esta forma descontextualizada de entender la tecnología permite mantenerla alejada de evaluación y de crítica: Si las teorías científicas son valorativamente neutras no tiene sentido exigir responsabilidades de su aplicación en forma de tecnología. Igualmente neutros serán los artefactos si reducimos la tecnología a ellos, llegando a la consabida creencia de que la tecnología no es buena ni mala, sino que simplemente genera productos que pueden usarse o no “adecuadamente”.

Frente a esta concepción, los estudios CTS ofrecen una visión desmitificada y más ajustada a la realidad de la complicada relación entre ciencia, tecnología y sociedad. Entendiendo, en primer lugar, que las dos visiones de la tecnología son parciales y que el desarrollo tecnológico no es independiente de la sociedad en las que se genera (algo que es además perfectamente comprobable a lo largo de la historia de la tecnología). En ese sentido, defienden que se puede y se debe orientar el desarrollo de la tecnología teniendo en cuenta este entorno social y natural. No entraremos a comentar esas alternativas, diremos tan solo que de lo que se trata es de reforzar la idea de sistema socio-técnico (expresado de distinta forma según autores), es decir, de enfocar los esfuerzos en dilucidar cuáles son los actores y el papel de cada uno en la interacción tecnología-sociedad que se produce en ese escenario.

Replanteando la concepción estándar en todos los ámbitos

Como vemos, la concepción estándar supone un reduccionismo alarmante a la hora de cuestionar el papel de la tecnología en la sociedad. Trabajar por la construcción de una nueva concepción de la tecnología exige hacerlo en todos los ámbitos. Al concebir este artículo, hemos querido entrar a considerar algunos de ellos para ofrecer una visión amplia del apasionante campo de reflexión al que nos referíamos en la presentación.

La lección a aprender de la historia de la tecnología

En primer lugar, parece necesario hacer una revisión de la historia de la tecnología —disciplina prácticamente ausente de la educación en ingeniería—, pues ésta puede mostrarnos cuál ha sido la percepción y el apoyo social de la tecnología en distintas épocas. Dado el desconocimiento generalizado, una simple cronología de los hechos sería de por sí bastante enriquecedora, pero tal vez deberíamos hablar de una nueva revisión del papel de la tecnología en el pasado que nos permitiera apreciar mejor, por ejemplo, las características del cambio tecnológico. De así hacerlo, los defensores de un evolucionismo autónomo de la tecnología se verían sorprendidos, pues existen numerosos casos en que los criterios no técnicos han hecho evolucionar a la tecnología en un sentido que no parece concordar con el de su supuesta “lógica interna”, y en el que no siempre cada artefacto es sustituido por otro mejor, en esa esperada sucesión lineal de progreso tecnológico.

La pregunta básica: ¿qué es la tecnología?

Todo lo dicho hasta ahora parece hacer necesario que nos replanteemos la tecnología desde lo más básico. Parece necesario volver sobre la primera pregunta (en la mayoría de los casos, hacérnosla por primera vez): ¿qué es la tecnología?, intentando encontrar respuestas más satisfactorias que las mencionadas imágenes reduccionistas y mitificadas. Ello exige conocer esos mitos e imágenes, identificándolos a través de una apropiada casuística. También exige, aunque esto es un paso posterior, dilucidar cuáles son los mecanismos por los que la concepción estándar se transmite en el medio educativo y social, para poder ofrecer alternativas.

Participación pública y cultura de expertos

Cuento sufi:

Un hombre a quien se consideraba muerto fue llevado por sus amigos para ser enterrado. Cuando el féretro estaba a punto de ser introducido en la tumba, el hombre revivió inopinadamente y comenzó a golpear la tapa del féretro.

Abrieron el féretro y el hombre se incorporó. “¿Qué estáis haciendo?”, dijo a los sorprendidos asistentes. “Estoy vivo, no he muerto”.

Sus palabras fueron acogidas con asombrado silencio. Al fin, uno de los deudos comenzó a hablar: “Amigo mío, tanto los médicos como los sacerdotes han certificado que habías muerto. Y ¿cómo van a haberse equivocado los expertos?”.

Así pues, volvieron a atornillar la tapa del féretro y lo enterraron debidamente.

Este pequeño cuento vale como metáfora del poder de “los expertos” en ciencia y tecnología. Sin duda, uno de los mitos existentes en la concepción estándar es el “mito de la autoridad”: el defender que el conocimiento científco-técnico otorga la base objetiva a estos expertos para decidir en momentos de controversia social, es decir, en aquellos casos en que la decisión trasciende el ámbito puramente técnico por afectar de manera importante a la sociedad. Precisamente en esos momentos, en los que debería ejercerse el concepto de participación democrática, la “verdad científica” se esgrime —muchas veces, por cierto, con resultados curiosamente opuestos según el bando del experto— para legitimar la postura del grupo que el experto representa.

Parece claro entonces que en una sociedad democrática fuertemente tecnificada, y afectada por tanto por muchas decisiones relacionadas con la tecnología, es necesario revisar esta cultura de expertos y reivindicar la participación ciudadana en esos debates. Debates en los que principios “no científicos” como el de prudencia o el de riesgo social inaceptable deben ser también tenidos en cuenta.

La tecnología como factor de desarrollo

Estudiar la tecnología como factor de desarrollo nos lleva a hacernos una nueva pregunta: ¿qué entendemos por desarrollo? Aunque sigue siendo una palabra con múltiples interpretaciones, la aparición de apelativos como “(desarrollo) humano” o “( desarrollo) sostenible” representan todo un pensamiento que ha pretendido la superación de las primeras aproximaciones puramente economicistas al concepto, referido por lo general al estado de los países. Diferentes agentes internacionales de desarrollo han ido enriqueciendo un concepto que, sin dejar de ser ambiguo, nos enfrenta hoy día de manera más clara con la complejidad socioeconómica y humana de la lucha contra la pobreza a escala internacional.

Por lo tanto, desde una ONGD como Ingeniería Sin Fronteras, el estudio del binomio tecnología-desarrollo parte de una idea de desarrollo. El que se pueda tachar por ello de subjetivo este análisis no es preocupante, en la medida en que otros aspectos que estamos mencionando pueden sufrir la misma crítica —que, a diferencia de las posturas más cientifistas, es reconocida. Por otra parte, la falta de respuestas concretas, en los casos en los que sea posible encontrarlas, se debe también en gran medida a la juventud tanto de los estudios CTS como de los estudios sobre desarrollo, y sobre los que, como venimos repitiendo, creemos que es posible establecer muchos puentes.

Una nueva educación en tecnología

Una de las primeras repercusiones del enfoque CTS fue la reivindicación de un cambio educativo. Parece claro que es preciso educar en la comprensión de la ciencia y la tecnología como fenómenos humanos producidos en un contexto social. Será necesario educar a los tecnólogos con cierta orientación social, puesto que ellos van a ser los principales responsables en la práctica del diseño y ejecución de proyectos técnicos: educar para que sean, por ejemplo, conscientes de las prácticas y los valores “no técnicos” que se incorporan y transmiten en su ejercicio profesional, así como de las consecuencias y riesgos de la aplicación de la tecnología.

Por otra parte, será necesario educar a la sociedad en general para que comprenda mejor la tecnología que le rodea, para que, por tanto, cada ciudadano pueda ser más libre a la hora de opinar y criticar el rumbo tecnológico que se le propone (o que se le impone). Visto de una manera amplia, estas ideas pueden estar comprendidas en lo que entendemos por Educación para el Desarrollo: una educación que ofrece contenidos pero que también forma en valores, con el objetivo de que cada individuo exija —y se comprometa con— formas de vida acordes con modelos de desarrollo sostenible dentro de la ética de la solidaridad internacional. Por ello, parece adecuado trabajar en la construcción de nuevos conceptos como el de tecnología para el desarrollo, que puedan englobar a conceptos más prácticos como el de tecnología apropiada o tecnología intermedia, ampliamente usados al hablar de tecnología en proyectos de cooperación o de innovación tecnológica en economías en desarrollo. Se trata por tanto de encontrar ideas que, como la de sostenibilidad, comprometan a todos los ciudadanos del planeta con un desarrollo armónico.

Algunos ejemplos

Para ilustrar las ideas que hemos presentado, vamos a revisar, a la luz de un enfoque social, tres conceptos: especialización, eficiencia y calidad —que son claves en, respectivamente, la investigación tecnológica, la aplicación de la tecnología y el producto de esa aplicación— y una tecnología concreta: la que permite el aprovechamiento de la energía solar. (Se trata en realidad de reflexiones sobre cuatro aportaciones de otros tantos autores).

La especialización

Poco hay que explicar sobre uno de los paradigmas vigentes de la investigación científica y tecnológica: el conocimiento actual (se nos repite una y otra vez) es tan vasto que la única manera de realizar un buen trabajo es a través de una fuerte especialización que, por otra parte, casi parece exigir el total desconocimiento del contexto de la investigación y de otras disciplinas.

Esta situación, sin embargo, no es tan antigua como se cree. No es necesario remontarse al renacimiento para encontrar fronteras menos rígidas entre disciplinas. El paradigma del científico ultraespecializado, que sabe cada vez más y más de menos cosas, es un invento reciente que tiene su origen en el Proyecto Manhattan, el gran proyecto científico-militar puesto en marcha por EEUU en los 40, destinado a desarrollar el potencial nuclear que permitiera ganar la Segunda Guerra Mundial. Como apunta José Manuel Sánchez Ron (Sánchez Ron, 1999), el proyecto estuvo gestionado por las Fuerzas Armadas Estadounidenses, que puso al mando al general Leslie Groves. El general impuso como norma la compartimentación: la única manera de mantener el secreto y el total control sobre el proyecto fue que cada cientíifico conociera tan solo una pequeña parcela del proyecto. Tras la guerra, la gran influencia del ejército de EEUU en la investigación avanzada ayudó a instaurar el paradigma.

REFLEXIÓN: El hecho de que la especialización en la investigación científico-tecnológica tenga en su origen connotaciones político-militares que la asocian a la idea de control, no quiere decir que en la actualidad las tenga siempre, pero sí que es un valor más compatible con la idea de control (y con una estructura organizativa vertical) que con la idea de democracia (y con una estructura organizativa horizontal). Esta consideración debe animarnos además a reivindicar una educación interdisciplinar de los tecnólogos

La eficiencia

Recogemos ahora parte del análisis de M.A Quintanilla y Alfonso Bravo en su estudio filosófico de la tecnología (Quintanilla et al, 1998) sobre un concepto tan puramente tecnológico y tan determinante en la ingeniería como es la eficiencia. Este autor parte de la consideración de objetivos y resultados de un sistema técnico. De esta manera, es posible distinguir la mera eficacia, que da idea del grado en que los resultados contienen a los objetivos, de la eficiencia, que también considera que ello se haga de la forma más ajustada posible —minimizando los “resultados no necesarios”. Pero no sólo eso, también es posible abogar por la consideración de algo más que criterios energéticos o económicos en la valoración de esos objetivos y resultados. De esta manera, obtendremos un concepto de eficiencia mucho más amplio que el que representa, respectivamente, el rendimiento termodinámico o el económico. Una consideración de criterios sociales que se pueden tachar de difícilmente valorables o de ajenos a la ingeniería, pero a lo que se puede responder que los económicos también dependen de condicionantes externos a la pura tecnología y de valores subjetivos.

REFLEXIÓN: Consideraciones como ésta pueden aportarnos herramientas de trabajo muy interesantes, en el momento de bajar al terreno práctico en el estudio social de la tecnología. De hecho, con criterios de este estilo se construyen los sistemas de evaluación de tecnologías (technology assessment) que, aunque todavía en desarrollo, pueden aportar importantes avances en este campo.

La calidad

La calidad es uno de los conceptos claves en la industria moderna. La percepción generalizada es la de centrar la idea de calidad en atributos del propio producto de cara al cliente o, en todo caso, extenderla a las bondades del proceso productivo, pero siempre bajo un punto de vista interno y técnico. Un gran conocedor del mundo de la calidad, Luis Arimany de Pablos, propone en cambio un punto de vista externo, potenciando el contexto social (Arimany, 1997). Arimany parte del concepto de calidad de uno de sus máximos impulsores, el japonés Genichi Taguchi, que la define como “las pérdidas que un producto o servicio causa a la sociedad en su producción, transporte, consumo o uso, excluidas las derivadas de su función intrínseca”.

Entendiéndola así, como una función de pérdidas sociales que es preciso minimizar, y en la que entran consideraciones como el deterioro ambiental —ya en el proceso de fabricación— o la satisfacción de los propios trabajadores, Arimany aboga por una sistema de producción “robusto”, en el que todos los impactos sociales de la producción sean bajos, y en el que el producto final sea duradero, para evitar tener que ser repuesto continuamente con el consiguiente consumo de recursos. Esta idea, además, puede ser enmarcada en la de desarrollo sostenible, pues defiende un desarrollo que a largo plazo no es compatible con el crecimiento ilimitado de la actividad económica e industrial

REFLEXIÓN: Si tenemos asociadas “calidad” y comportamiento del consumidor (“la calidad vende”), y en nuestra sociedad de consumo es posible que los cambios de comportamiento que tienen más impacto son los cambio en las pautas de consumo; ¿no sería posible integrar en la idea de calidad convencional que tienen los consumidores todas estas externalidades sociales y ambientales que contempla el concepto amplio de calidad? De hacerlo así, tal vez podríamos acostumbrarnos a pagar un precio adecuado por esos productos de calidad, rechazando los que llevan asociadas pérdidas sociales evitables, y fomentando por consiguiente tecnologías de calidad —Tecnologías que, utilizando el punto de vista anterior, serían más eficientes.

La energía solar.

Una tecnología concreta para recoger una reflexión de Langdon Winner (Winner, 1983) en torno a la relación entre política y artefactos tecnológicos que, en el fondo, lo es sobre la política y la tecnología en todos sus aspectos. Siguiendo un ejemplo que él mismo cita, podemos encontrar en la producción de energía por aprovechamiento directo de la radiación solar, aspectos más positivos que los que tradicionalmente se entienden: menos contaminación que con las formas convencionales de producción de energía, uso de recurso renovables,... Siguiendo el planteamiento de Winner, podemos entender que cada tecnología es más o menos compatible con ciertos valores políticos y por lo tanto con formas de organización de la sociedad —él distingue entre las inherentemente políticas y las compatibles con ciertos valores políticos. Así, podemos entender que la tecnología solar, por su propia configuración —esto es importante, no hablamos de los efectos de su uso—lleva asociada valores, como son la producción a pequeña escala o la descentralización, que la hacen, al menos, más compatible con un tipo de organización social: una organización social que potencie esos valores. Podemos entender, por ejemplo, que una democracia participativa, preocupada por la gestión social de la tecnología, debe funcionar mejor con tecnologías que tengan esta configuración.

REFLEXIÓN: No es fácil analizar todo el entramado tecnológico que nos rodea bajo esta perspectiva, porque supone analizar nuestros propios valores y formas de vida, y porque un compromiso con este pensamiento nos exige a su vez el compromiso con un espíritu de participación social —que no es precisamente “cómodo”—; pero es radicalmente necesario si pretendemos —o si, llegado el momento, nos vemos obligados a— caminar por senderos alternativos de desarrollo tecnológico.

La sociedad que queremos

Una vez adentrados en la reflexión sobre tecnología y sociedad, y defendida una postura comprometida frente al desarrollo tecnológico, solo se puede acabar de una manera: defendiendo la idea de la “sociedad que queremos” frente a la de la “sociedad que tendremos”. Ante el masivo bombardeo mediático que nos anticipa cómo nos comunicaremos, dónde viviremos o qué comeremos en la sociedad ultratecnificada siglo XXI que nos tocará vivir —aquí se omite citar el pequeño porcentaje de población mundial que tendría acceso a ella, en caso, claro, de que fuera viable ecológicamente— es preciso defender la participación social en la configuración de esa tecnología para el desarrollo al servicio del ser humano (la “tecnología con rostro humano” que anhelaba Schumacher, en el ya lejano 1973). Una tecnología compatible con valores democráticos y solidarios y comprometida con el desarrollo sostenible.

Para ello es preciso tomar conciencia de hacia donde vamos en la construcción de esa tecnificada sociedad del siglo XXI, es decir, de qué queremos y qué papel juega la tecnología en ello. Sin duda es un empeño vano, afortunadamente, el pretender obtener de distintas personas respuestas idénticas a esas preguntas pero, cuanto menos, deberíamos tener claro que las preguntas que deben ir por delante en el debate constructivo de esa sociedad no son de carácter técnico, sino que la tecnología debería ocupar su lugar en la satisfacción de las necesidades humanas que surjan del modelo de sociedad que responde —siempre parcialmente— a esas preguntas. De esta manera, evitaremos que la capacidad, innegable pero limitada, de la ciencia y la tecnología para ofrecer soluciones a ciertos problemas, nos ciegue en la búsqueda de soluciones a problemas cuya respuesta no se obtendrá jamás con más ciencia o más tecnología.

Acabamos en esta línea con una reflexión del químico y Premio Nobel Roald Hoffman, que en un ejercicio de humanismo sintetiza en pocas palabras la fragilidad de la tecnocracia y la convergencia de las preguntas sobre el modelo de sociedad en preguntas que atañen a la propia naturaleza humana. La cita está extraída y traducida libremente de un artículo cuyo título, también traducido libremente, es de por sí bastante elocuente: Por qué los científicos (o ingenieros) no deberían gobernar el mundo.

“...El hecho fundamental que se olvida es que las cuestiones que llevamos discutiendo desde hace más de 2500 años son precisamente las más importantes. No se han resuelto porque probablemente no tienen “una solución”. Pero son básicas, como lo eran en Atenas o Jerusalén, para una supervivencia más allá de lo material”.

Referencias

ARIMANY DE PABLOS, L. (1997), Calidad y desarrollo sostenible, Ingeniería Sin Fronteras Castilla y León.

González García, M.I., López Cerezo, J.A., LUJÁN LÓPEZ, J.L. (1996). Ciencia, tecnología y sociedad. Tecnos, Madrid, 1996.

Ortega y Gasset, José. (1939). Meditación de la técnica. Revista de Occidente, Madrid, 1977.

QUINTANILLA, M.A. y A. BRAVO (1998). Cultura tecnológica e innovación. Informe para COTEC. Primera parte: El concepto de cultura tecnológica. Documento Cotec1de.pdf, en http://cts.usal.es

SANCHEZ RON, J.M. (1999). Ciencia, tecnología y sociedad: el caso de la física de altas energías. De Ciencia, tecnología y sociedad, Universidad de verano de Castilla y León.

SANMARTÍN, José. (1993). Tecnología y ecología Muchos problemas y unas pocas soluciones. En Estudio sobre tecnología, ecología y Filosofía, VII Biennial for Philosophy and Technology. http://www.oei.org.co/cts/tef00.htm

Shumacher, E.F. (1973), Lo pequeño es hermoso, Hermann Blume, Madrid, 1978.

WINNER (1983), ¿Tienen política los artefactos? De D. Mckenzie et al, The Social Shaping of Technology, Open University Press, 1985.

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