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La ciencia y la tecnología como procesos sociales.
Lo que la educación científica no debería olvidar.

Jorge Núñez Jover
Director de Posgrado de la Universidad de La Habana

Innovación y desarrollo social: un reto para CTS.

Introducción

El tema de las interrelaciones entre ciencia, tecnología y desarrollo social es quizá el más importante y complejo que pueda plantearse ante los estudios CTS desde la perspectiva de los países subdesarrollados.

El nuevo paradigma tecnológico conectado al proceso de globalización que tiene lugar en el mundo plantea retos extraordinarios a los países del Sur. La brecha entre desarrollados y subdesarrollados tiende a profundizarse y deviene irreversible. Sin duda el poderío científico y tecnológico está jugando un activo papel en esos procesos de polarización de la riqueza y el poder.

La relación entre ciencia, tecnología y desarrollo social es un problema al cual el pensamiento latinoamericano ha dedicado no poca atención, sobre todo en las décadas de los años 50, 60 y 70, período en el cual se construyeron auténticos paradigmas de las ciencia sociales latinoamericanas, tales como la concepción estructuralista promovida por la CEPAL o primera teoría global del desarrollo (Sonntag, 1988) y las teorizaciones sobre la dependencia. Sin embargo, la crisis de los paradigmas, el agotamiento de los modelos de desarrollo practicados en la Región y el empuje neoliberal, determinaron que en los 80's se produjera una suerte de "contrarrevolución en la teoría del desarrollo" que significó no sólo la falta de voluntad política real para encauzar programas alternativos a las recetas neoliberales, sino también cierta inacción del pensamiento que debía construir los enfoques que sirvieran de fundamento a verdaderas estrategias de desarrollo.

Al finalizar la década de los 80, CEPAL la denominó como la "década perdida" y relanzó el tema del desarrollo a través de documento Transformación Productiva con Equidad (1990). La recuperación de este tema vino también de la mano del interés prestado por la comunidad internacional al concepto de desarrollo sostenible que ponía en duda la bondad humana de las modalidades de crecimiento económico que han sido dominantes.

En Desafío para el Sur (1991) la comunidad de los países subdesarrollados plasmó sus experiencias y frustraciones en relación con el desarrollo y expresó sus opiniones acerca del papel que la ciencia y la tecnología debían jugar en él.

Antes y ahora la articulación de la agenda del desarrollo social a los problemas de la ciencia y la tecnología es una cuestión esencial: ¿cómo pueden la ciencia y la tecnología favorecer el desarrollo social?, ¿qué modelos de desarrollo pueden propiciar el auge de la ciencia y la tecnología y sobre todo, su orientación hacia objetivos sociales?

La tradición CTS - al menos en el sentido en que nosotros la asumimos - se desenvuelve en permanente diálogo crítico con enfoques cientificistas, tecnocráticos y tecnoeconomicistas. Mostrar las distancias respecto a ellos, polemizar con las racionalidades que ellos construyen y mostrar alternativas diferentes puede tener mucha importancia para orientar de modo distinto las prácticas educativas y las políticas y la participación públicas en el campo científico y tecnológico. Ilustraremos esto considerando el tema de la relación innovación - desarrollo social.

Investigación y desarrollo en América Latina.

Uno de los temas más complejos y relevantes que tiene que asumir hoy el pensamiento CTS en América Latina es el de la interrelación entre innovación y desarrollo social. La globalización en curso y su fuerte asentamiento en el paradigma tecnológico dominante plantea un desafío incomparablemente mayor que cualquier otro a los países latinoamericanos y en general del Sur. América Latina representa aproximadamente el 2,4% de los científicos e ingenieros dedicados a I+D en el planeta y consume aproximadamente el 1,8% del gasto mundial en esas actividades. A inicios de los años 60 la Región dedicaba el 0,2% del PIB a I+D, en los 80 llegó a dedicarle el 0.5% y las cifras más recientes reportan el 0,4%. Existen más de 3,5 millones de profesionales de los cuales cerca de 100 mil se dedican a actividades de I+D y más de 6 millones son estudiantes universitarios; cada año se gradúan alrededor de 500 mil jóvenes de los cuales el 20% proviene de ingenierías, ciencias exactas y naturales. Muchos países tienen establecidos los estudios de posgrado. En las décadas de los años 50, 60 y 70 la institucionalización de la ciencia recibió un significativo impulso a través de la creación de facultades de ciencias e ingenierías, institutos de investigación y consejos nacionales de ciencia y tecnología encargados de las actividades de planificación (Herrera et.al, 1994).

Toda esa infraestructura demostró toda su vulnerabilidad en los años 80 bajo el impacto de la crisis de la deuda y la implantación de modelos neoliberales en la Región. Al término de la década de los 90 se aprecian tendencias preocupantes. Se constata una creciente fuga de cerebros, el desempleo de científicos e ingenieros es habitual; el proceso de privatización de la educación superior y los recortes presupuestarios que se aplican están dañando aún más la capacidad de investigación. Con frecuencia esta se encuentra divorciada del aparato productivo y de otras aplicaciones prácticas, por lo que en términos de su impacto social buena parte de esa investigación es sencillamente trivial. Los pronósticos, además, no son nada alentadores: se aprecia que las capacidades de investigación tienden a disfrazarse y distanciarse de las graves carencias y necesidades sociales (Sagasti y Cook, 1988).

¿Cómo se explica el subdesarrollo científico y tecnológico de América Latina? Una aclaración exhaustiva exigiría un análisis histórico que aquí no es posible. Sin embargo, de modo esquemático pueden identificarse varios elementos.

  1. Lo primero a considerar son los proyectos económicos estratégicos puestos en práctica y sus consecuencias para la actividad científica y tecnológica. De especial importancia son los procesos de inserción primario exportadora en la economía internacional y la industrialización por sustitución de importaciones. Fajnzylber (1983) sistematizó los rasgos más sobresalientes de la industrialización latinoamericana, calificándola de "industrialización trunca", que avanza poco en la producción de bienes de capital, ofrece poco a la agricultura, apenas genera innovación tecnológica, gravita negativamente sobre la balanza comercial y es lidereada por empresas transnacionales cuya perspectiva a largo plazo es ajena a las condiciones locales y cuya innovación se efectúa en los países de origen y es funcional a sus requerimientos; industrialización que transcurre bajo el manto de un "proteccionismo frívolo" distinto al "proteccionismo para el aprendizaje" propio de Japón y otros países.

Según el propio Fanjnzylber cuatro rasgos definen el patrón de industrialización y desarrollo de América Latina.

  1. Participación en el mercado internacional basada casi exclusivamente en la exportación de recursos naturales, la agricultura, la energía y la minería, junto a un déficit comercial sistemático en el sector manufacturero;
  2. estructura industrial concebida e impulsada con vistas a servir fundamentalmente al mercado interno;
  3. aspiración a reproducir el modo de vida de los países industrializados tanto en el grado como en el estilo de consumo y
  4. limitada valoración social de la función empresarial y precario liderazgo del empresariado nacional público y privado en los sectores cuyo dinamismo y contenido definen el perfil industrial de cada uno de los países (bienes de capital, química, industria automotriz, electrónica).

A esto Brunner (1989) ha sumado un quinto elemento: un escaso desarrollo de la base científico tecnológica endógena combinada con una enseñanza superior centrada en carreras "blandas" de heterogénea calidad y orientada hacia funciones de integración cultural de masas. "Efectivamente, dicho patrón de desarrollo carece del dinamismo necesario para 'arrastrar' tras de si la expansión de las capacidades científico - técnicas internas ni supone, o sólo lo hace débilmente, una continua producción, aplicación y adaptación de nuevos conocimientos a los procesos de producción y su difusión a lo largo de las organizaciones, empresas e instituciones" (p.76).

  1. En relación con lo anterior hay que ponderar el peso de las clases y grupos cuyos intereses se vincularon estrechamente con la suerte del desarrollo científico y técnico, en especial el destino de la burguesía industrial, su posición y fuerza relativa en el interior de la estructura de clases de cada país y en el concierto de las relaciones económicas internacionales; ello supone tomar en cuenta la actitud del Estado que, por un lado, ha formalizado políticas científicas y tecnológicas y las ha promovido, pero a la vez no ha podido, en general, concretar un proyecto de ciencia orientado a intereses realmente nacionales. Las clases gobernantes en su calidad de dominantes - dominadas han sido incapaces de impulsar hasta sus últimas consecuencias la ciencia y la tecnología.
  2. La evolución de la tradición cultural que incluye la actitud valorativa de la sociedad respecto a la ciencia. En particular, esto se refiere a la percepción por parte de los sectores más activos - incluidas las propias comunidades científicas - del significado y la importancia social de la ciencia.

    Según Eduardo Galeano el desprecio por la ciencia es una de las "herencias malditas" de América Latina. Contra ese antecedente hay que estudiar la evolución de tales valoraciones y su influencia en el organismo social. Tal carencia histórica se vincula muy estrechamente a una insuficiente definición de la identidad cultural asumida como proyecto que autoidentifique los caminos propios. La ciencia, como la tecnología, se "transfiere" a los países subdesarrollados; ello ocurre a través de becas, donaciones, etc. Así se complementa la dominación económica y política con la cultural, al ser asimilados los países subdesarrollados en calidad de apéndices del sistema científico internacional. De esta forma se interrelacionan varias carencias: inexistencia de una cultura científica, falta de identidad cultural que el colonialismo y el neocolonialismo provocaron; una noción difusa, mimética, y no pocas veces tecnocrática del desarrollo.

  3. La orientación cognitiva y social de las comunidades científicas. Esta se vincula íntimamente a la peculiaridad del sistema científico internacional cuya polarización determina que los patrones de hacer ciencia se forjen en contextos económicos, políticos y culturales muy distintos a los que predominan en América Latina. De ahí el éxodo de científicos en búsqueda de los centros donde se produce la "ciencia mundial" y donde se crean mejores condiciones intelectuales y económicas para su práctica.

    El movimiento de científicos tanto dentro como fuera de la Región es un punto a tomar en cuenta al investigar el proceso de formación de una cultura científica nacional. Por una lado hay que observar la contribución de científicos extranjeros en la difusión del conocimiento. Es el caso, por ejemplo, de la ayuda prestada por algunos de ellos a través de sus relaciones con los pioneros locales a los cuales ayudaron a despertar el interés por la ciencia. De otro, hay que examinar el componente valorativo que estas migraciones extranjeras introducen en las comunidades científicas que aún no han alcanzado la identidad cultural deseada: los científicos viajan no sólo con su formación técnica, sino también con sus proyectos, temas, y con un ethos peculiar de la ciencia que puede contribuir a la enajenación científica respecto a las exigencias locales.

    Al considerar el papel de las comunidades, es preciso subrayar un aspecto social más. Los científicos de los países subdesarrollados se comportan como elementos activos en el proceso de difusión de la ciencia. En particular hay que insistir en su condición de interlocutores frente al poder establecido; las comunidades cumplen un papel de intermediarios entre el sistema científico internacional y el ámbito local, cuya tradición cultural y cualidades económicas y políticas lo hacen más o menos indiferentes a la recepción de la ciencia. De tal modo, el establecimiento de las comunidades científicas contiene inevitablemente un elemento de lucha (que puede tener sentido político) frente a los valores establecidos. Aquí interviene cada vez más la asociación valorativa entre ciencia y desarrollo, que impulsa a una parte de los científicos a una interacción crítica con el poder a fin de ampliar el espacio político para la labor científica (Restrepo, 1983).

  4. La tradición que se trasmite a través del trabajo colectivo, la enseñanza y diferentes canales de la cultura. Se trata de la sucesión generacional de los científicos que supone acumulación y gradualidad en la difusión del saber. Esto ha ido ocurriendo en América Latina con la peculiaridad de que ha sido un proceso constantemente interrumpido por la inestabilidad política, las crisis económicas, las intervenciones de las dictaduras en las universidades, la eliminación física de científicos y la fuga de cerebros.

Con lo anterior se relaciona un cuadro de factores desfavorables al desarrollo científico y comunes a todos los países en mayor o menor medida:

  1. La enajenación recíproca de ciencia y producción, lo cual es el resultado natural del desarrollo capitalista dependiente. La "industrialización periférica sin revolución industrial" (Kaplan, 1970) ha conducido a la opción constante de esquemas insatisfactorios para un verdadero desarrollo económico. Una consecuencia ha sido las bajas capacidades de producción científica y de generación de tecnologías.
  2. La polarización del sistema científico - técnico internacional. Entre sus implicaciones está que los objetivos que orientan el desarrollo de la ciencia mundial son definidos en su mayoría en los países desarrollados y según sus necesidades. Hay dos polos, en uno recae el peso y la orientación de la ciencia; en el otro, la debilidad de las instituciones científicas en los países subdesarrollados. No se trata de una situación coyuntural, sino estructuralmente afirmada que se consolida y ahonda, lo que justifica la tesis de que la polarización es una propiedad estable del sistema científico internacional. El ambiente desfavorable en lo económico y político desestimula la ciencia e incentiva la fuga de cerebros.
  3. También existen obstáculos culturales. El científico de la "periferia" estudia con libros y materiales elaborados en los países desarrollados; esto termina por colocar sus aspiraciones en relación directa con la práctica científica que en ellos se desarrolla. En su medio social, sin embargo, suele encontrar escasa valoración social del conocimiento, el saber apenas actúa como fuente de promoción, no hay verdadera presión por producir conocimiento ni por publicar resultados; como en su mayoría los practicantes de la ciencia trabajan en la universidad, y el valor dominante en esta es la docencia, junto a la ocupación de cargos de dirección, la investigación original se subvalora; la comunidad local no confía suficientemente en sí misma y busca los criterios de validación en el exterior, se produce la pérdida de interés de sus miembros por comunicarse entre ellos, sobre todo los de más alta calificación que tienen acceso fácil al medio internacional; el investigador suele sufrir el reproche social por la escasa contribución a la solución de los problemas del subdesarrollo, sin que esté garantizada la demanda social de su posible contribución.

La polarización científico técnica tiene repercusiones culturales. Condiciona que las prioridades y valoraciones que son inherentes a la actividad científica, obedezcan a realidades culturales distintas a las regionales. Las normas de aprendizaje científico, los estándares de validación y evaluación del trabajo científico son esencialmente exógenos. Resulta hiperbolizada la importancia de las publicaciones en revistas extranjeras y se extiende la moda de trabajar en temas de preferencia en los países desarrollados. Por estas razones, el valor de la ciencia aplicada a los problemas nacionales es minimizado.

Por todo ello se habla del robo de cerebros en un segundo sentido: como orientación exógena del trabajo científico endógeno. Esto significa que en buena medida el sistema de producción de conocimientos en los países latinoamericanos está determinado por patrones científicos, criterios y selección de problemas que provienen del exterior. Se trata de un ethos particular de la ciencia en el subdesarrollo que contribuye a la irrelevancia de la producción científica para el medio local.

Otro aspecto negativo en el que se entrelazan diversas causas y que apunta a una tendencia al desplazamiento de los científicos a cargos administrativos en la búsqueda del reconocimiento, prestigio y remuneración que no logran en la ciencia.

Es importante reconocer la relevancia explicativa de los aspectos culturales que esbozamos. La suerte de la ciencia en países subdesarrollados o en vías de desarrollo tiene que ver no sólo con factores de tipo económico y político. El continuo ciencia - tecnología - sociedad - desarrollo exige en cualquier contexto una interrelación efectiva de las más diversas formas de innovación social (económica, tecnológica, institucional, educativa y desde luego científica); en suma, un ambiente de creatividad social, una cultura innovadora, necesaria para acceder al desarrollo.

La capacidad de autodefinir con claridad las instituciones, enfoques conceptuales, prioridades y valores que han de servir de marco e informar el curso del desarrollo científico, es un fenómeno de raíz cultural. Con frecuencia se instalan en la sociedad fórmulas y concepciones copiadas acríticamente de contextos bien distintos donde su eficacia ha sido probada, bajo el supuesto de que en otros espacios producirán un efecto análogo; en tal caso la sociedad no es capaz de identificar plenamente las instituciones, prioridades y vías que se ajustan a una realidad concreta. En lo que toca a la ciencia, tales situaciones afectan considerablemente su desarrollo y muy en especial el cumplimiento pleno de sus funciones sociales.

Sólo en un ambiente de creatividad cultural, y de innovación social, puede lograrse a plenitud el continuo ciencia - tecnología - sociedad - desarrollo postulado; sin ignorar, desde luego, la contribución esencial de la ciencia a la conformación de tal ambiente.

Competitividad e innovación: las palabras mágicas.

La globalización de los mercados, el paradigma tecnológico dominante, la competencia entre los grandes bloques económicos y la propia ideología neoliberal, han convertido el tema de la competitividad en el núcleo de las estrategias de empresas, gobiernos e instituciones de investigación. Ser o no ser competitivo resumen las opciones de sobrevivencia y triunfo o fracaso y anulación. La competitividad a su vez descansa en la innovación, es decir, en la "introducción de una técnica, producto o proceso de producción o de distribución de nuevos... procesos que con frecuencia puede ser seguido de un proceso de difusión" (Martínez, 1994, p.516). A su vez la capacidad de innovación se apoya en gran medida en la tecnología ("dura" y "blanda"), cuyo rasgo contemporáneo es la fuerte articulación al conocimiento científico.

Son estas prioridades las que explican las transformaciones en las políticas científicas y su conversión en políticas de innovación, lo que supone una transformación radical en el modo de producción del conocimiento donde el contexto de aplicación aparece ahora como el primordial e inicial. En este caso se transforma el ethos científico y los criterios clásicos de evaluación del trabajo científico (peer review) son sustituidos por otros donde la rentabilidad y la ganancia ocupan un sitio primordial.

Neoliberalismo, ciencia y tecnología.

En el período 1980 - 1997 han ocurrido en América Latina grandes cambios en las políticas económica y sociales; entre las medidas aplicadas están la implantación de políticas neoliberales de ajuste estructural, la renegociación de la deuda externa, la búsqueda de un balance en las cuentas fiscales (equilibrio macroeconómico), la privatización de empresas públicas (desregularización de la economía), desnacionalización de empresas privadas (capitalización de la deuda), creciente apoyo al sector empresarial privado, apertura de la economía hacia los mercados externos y diversas manifestaciones de integración regional. Sin embargo, como explica Martínez (1997) "La política neoliberal, en su aplicación casi generalizada, ha demostrado desentenderse de tres problemas centrales que enfrentan los países: las exigencias que plantea la competencia internacional, esto es, la relación que se da entre la apertura al mercado mundial y la generación de la capacidad competitiva para enfrentarla; la deteriorada situación social, es decir, la relación entre producción y distribución; y, en fin, las fuertes cargas ambientales, o sea, la relación entre economía y ecología" (pp.109-110).

En el contexto de esas transformaciones y carencias, el Estado está intentando introducir cambios en la institucionalización de la ciencia y la tecnología (Martínez, 1997):

A la luz del panorama presentado y de las tendencias más recientes apuntadas, conviene revisar brevemente la evolución de las reflexiones que sobre ciencia, tecnología y sociedad han tenido lugar en América Latina. La discusión de las principales respuestas debe permitirnos esbozar una cierta plataforma de crítica a las perspectivas que subvaloran las dimensiones sociales en los análisis de la ciencia, la tecnología y la innovación.

El debate sobre el desarrollo, la ciencia y la tecnología.

Entre los años 50, 60 y 70 el pensamiento latinoamericano realizó importantes contribuciones al estudio del desarrollo social. Dos paradigmas del pensamiento social aportaron las mayores contribuciones en este terreno: el estructuralismo cepalino, respaldado por los trabajos realizados en el marco de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) y las teorizaciones sobre la dependencia (Sonntag, 1988).

La CEPAL jugó a partir de los años 50 un importante papel en la discusión de la problemática del desarrollo desde la perspectiva de los países subdesarrollados. El pensamiento cepalino se basa en el cuestionamiento a la división internacional del trabajo en la economía mundial entre un "centro" productor de bienes industrializados y una "periferia" productora de materias primas. En contra de la percepción habitual de que esa división favorecía a ambos grupos de países Raúl Prebisch, líder teórico de la CEPAL, observó el "deterioro de los términos de intercambio" y concluyó que la posición de la "periferia" se deterioraría cada vez más, lo que llevó a la propuesta de la estrategia de industrialización por sustitución de importaciones. El subdesarrollo dejó de ser concebido desde entonces como simple atraso y en lugar de ello se comprendió como una relación estructural entre desarrollados y subdesarrollados que tiende a agravar la situación de los últimos. El subdesarrollo fue visto entonces como subordinación, ubicación desventajosa en la economía internacional; así, la problemática del desarrollo se vinculó no sólo con la producción y la economía sino también con las relaciones sociales y las estructuras de poder.

Desde los años 60 se conformó la llamada teoría de la dependencia en cuya formulación influyeron significativamente las ideas marxistas, aunque las conclusiones de los diferentes autores diferían en su grado de radicalidad política en torno al tema de si es o no posible el desarrollo capitalista en la periferia.

En la crítica al cepalismo, los autores ubicados en el paradigma de la dependencia observaron que aquel no consideraba lo propio y autónomamente social del proceso de desarrollo: las relaciones imperialistas entre los países y las relaciones asimétricas entre las clases ( (Cardoso y Faletto, 1985, p.14). Se planteó así la necesidad de un "análisis integrado del desarrollo" (ibid) en el cual se combina el estudio de los procesos económicos con las transformaciones de la estructura de clases, sectores y grupos sociales y las modificaciones en el sistema de dominación. La distinción entre "centro" y "periferia" fue aceptada pero se redefine el concepto de dependencia implícito en él. Para el cepalismo la dependencia es externa y de naturaleza económica, vinculada a la división internacional del trabajo. Para el dependentismo es necesario tomar en cuenta el sistema económico y el sistema político, en sus vinculaciones, considerándolo tanto en el plano externo como interno, es decir, se necesita considerar cómo la integración de las economías asociadas al mercado internacional supone formas definidas y distintas de interrelación de los grupos sociales de cada país, entre sí y con los grupos externos. La mirada se orientaba así a los agentes sociales colectivos y sus prácticas derivadas de intereses y motivaciones (Sonntag, ibid, p.65).

Los paradigmas sociales expuestos tomaron en cuenta la problemática científico tecnológica, aunque con limitaciones. El estructuralismo cepalino destacó la importancia del progreso técnico pero lo vio más bien como consecuencia de la instalación de plantas industriales. Los teóricos de la dependencia observaron el papel de la dependencia tecnológica dentro del fenómeno global de la dependencia pero sin embargo no atendieron a la dinámica propia de la tecnología. "Esquematizando, puede sostenerse que las corrientes más notorias del pensamiento periférico subestimaron, no la importancia de la tecnología, pero sí las características propias del desarrollo tecnológico como proceso social, y por consiguiente las dificultades específicas que la problemática tecnológica plantea para superar la dependencia así como las que surgen cuando se procura la transferencia de la tecnología desde el centro a la periferia. Parecieron suponer, en sus formulaciones originales, que de debilitamiento de las formas habitualmente reconocidas de la dependencia, políticas y económicas, permitiría afrontar con éxito sus dimensiones tecnológicas. Pero los hechos tendieron a opinar de otra forma (Arocena, 1995, p.38).

El atraso científico y tecnológico de la Región y la influencia de los paradigmas mencionados contribuyeron a explicar la emergencia en los años 60 y 70 de un "pensamiento latinoamericano sobre ciencia, tecnología y desarrollo" (Oteiza y Vessuri, 1993). Este pensamiento asumía que pese a los discursos políticos, el modelo económico y social implantado en América Latina no estimulaba la generación interna de conocimiento científico y tecnológico. Como se muestra en el famoso "triángulo de Sábato", la innovación exige un sistema de relaciones entre el gobierno, la infraestructura científica y tecnológica y la estructura productiva. El diagnóstico es que en América Latina no ha fraguado tal triángulo, lo que explica la carencia de innovaciones (Sábato y Botana, 1970).

Los fundadores de ese pensamiento atacaron tanto el discurso legitimador idealista que enarbolaba parte de la comunidad científica como el modelo institucional basado en la "cadena lineal de innovación". La crítica a este último se apoyaba en la identificación de los factores económicos y políticos que explican la dependencia científica y tecnológica latinoamericana. La constelación de factores sociales explica la "política implícita" en ciencia y tecnología, en tanto el ideal modernizador y cierta dosis de demagogia explican la "política explícita" de los gobiernos (Herrera, 1975). En consecuencia el análisis de la política real exige apelar al estudio del "proyecto nacional" (idem) de cada país, proyecto que se define por los objetivos de las clases que poseen el control económico y político.

El espectro normativo de este abordaje iba desde una posición radical (Varsavsky, 1969) de denuncia del "cientificismo" reaccionario y defensa de una transformación radical del sistema como condición para el desarrollo social, hasta una postura más pragmática que dialogaba con los gobiernos e intentaba implantar políticas dentro del orden social vigente (Dagnino, 1996).

Oteiza (Oteiza y Vessuri, 1993) resume los resultados de aquella polémica del siguiente modo: "Transcurridas casi dos décadas desde esta polémica puede observarse que ambas escuelas realizaron importantes contribuciones a la constitución del campo de estudio ciencia - tecnología y sociedad, y que tanto la escuela dominante - reformista -, como la de Varsavsky, revolucionaria - compartían la idea de la necesidad de transformar la sociedad para lograr la eliminación de la pobreza, las inequidades flagrantes y, en general, el subdesarrollo científico, tecnológico y general de la región. Ambos efectuaron importantes contribuciones que tuvieron importancia tanto para algunos movimientos políticos como respecto a las visiones de científicos, tecnólogos y planificadores de la región. Ambos fueron derrotados en buena medida por la dura realidad latinoamericana, que se ocupó de frustar las intenciones y los esfuerzos generosos de transformación de ambas corrientes" ( pp.28-29).

Unos y otros discursos se vertebraban alrededor de la preocupación común por el desarrollo. Sin embargo, en los años 80 se levantó una verdadera "contrarrevolución" en la teoría y la práctica del desarrollo. La misma se vio estimulada por la amenaza del "nuevo orden económico mundial" proclamado desde el Sur y la relativa aceptación de esta idea en los países del Norte. Esta corriente surgió fuera de América Latina pero ha influido mucho sobre ella. Las ideas claves de esta contrarrevolución se refieren a la oposición al keynesianismo, a las teorías estructuralistas del subdesarrollo y al uso de la planificación económica para encarar los problemas del desarrollo, así como la glorificación del mercado. El Tercer Mundo se declara inexistente como realidad económica y geográfica y se le considera apenas una creación psicológica y política de occidente que se siente culpable por la colonización (Arocena, 1995).

La década de los 80 no sólo marcó un retroceso en la teoría del desarrollo sino también en su práctica. CEPAL la llamaría por ello la "década perdida". Desde esta perspectiva crítica y mirando al futuro la propia CEPAL inició los años 90 con un conjunto de nuevas propuestas que giran en torno al propósito de lograr una "transformación productiva con equidad" (TPE) (1990). El punto de partida es la crítica a la "competitividad espúrea" en la cual se ha basado la reinserción latinoamericana en el mercado mundial y que se apoya en los bajos salarios y el uso indiscriminado de los recursos naturales, todo lo cual afecta las condiciones de vida de las mayorías y destruye el medio ambiente.

En cambio, la TPE requiere de una "competitividad auténtica" sustentada en el progreso técnico, lo cual exige avanzar en la calificación de la población e impulsar la innovación tecnológica. Se observa que esta estrategia exige, entre otras cosas, un contexto participativo, pluralista y democrático al interior de las sociedades que permita el logro de consensos entre actores involucrados en el proceso y la integración y cooperación regionales. La acción del estado debe renovarse y orientarse hacia la construcción de la competitividad auténtica que supone, como se dijo, mayores niveles de equidad y sustentabilidad ambiental.

Pieza clave de la competitividad proyectada es el fortalecimiento de los sistemas nacionales de innovación y la reorientación de la industria hacia los mercados externos: hay que construir ventajas comparativas que puedan propiciar una ubicación dinámica en la economía internacional.

La TPE concede especial importancia a la educación y el conocimiento (CEPAL- UNESCO, 1992). El conocimiento se considera el elemento central del nuevo paradigma productivo por lo que la transformación educativa es esencial; los cambios en esta etapa deben basarse en la descentralización, autonomía, experimentación y vinculación con la comunidad. El sistema educacional, las comunicaciones y el trabajo deben aproximarse para desarrollar personas realmente competitivas. La educación permanente se presenta así como una condición obligada de la TPE.

De igual modo se atribuye gran importancia a la política tecnológica la que incluye: adquisición de la tecnología extranjera más adecuada para reducir la diferencia entre la mejor práctica y el nivel internacional, uso y difusión racional de la tecnología entre empresas y sectores; mejoramiento y desarrollo de tecnologías para mantener el ritmo de los avances más recientes y la formación de recursos humanos que estén en condiciones de realizar eficazmente las tareas señaladas.

Reflexiones sobre innovación y desarrollo social: es mejor STC que CTS.

Aunque de modo muy esquemático he tratado de presentar al lector un panorama resumido de la manera en que el pensamiento latinoamericano ha recepcionado el tema de la ciencia y la tecnología dentro de su habitual preocupación por el desarrollo social. Con los comentarios sobe las tesis de la CEPAL se ha mostrado que en la década de los 90 el tema del desarrollo ha sido retomado y nuevamente se le discute en relación con temas claves como ciencia, educación, tecnología.

Hay que reconocer, sin embargo, que las ideas comentadas encuentran escasos asideros en la vida real. Estamos muy lejos aún de la implantación de estrategias que apunten a la transformación productiva con equidad y el desarrollo educativo, científico y tecnológico sigue siendo en la mayoría de los casos una asignatura pendiente.

Siguen pesando demasiado las recetas neoliberales, la situación de las grandes mayorías se deteriora y el proclamado cambio educativo, científico y tecnológico se retrasa cada vez más respecto a las necesidades de los pueblos.

Por ello la polémica en torno a cómo debería ser pensado el papel de la ciencia y la tecnología en relación con el desarrollo social sigue teniendo la mayor actualidad. Ilustraré este punto a través de la crítica que una perspectiva CTS debe realizar al "sentido común" conque habitualmente este tema ha sido tratado y también al "pensamiento único" conque se intentan definir los rumbos que todos hemos de seguir. Consideremos los argumentos que siguen.

  1. Al discutir sobre ciencia, tecnología y sociedad la sociedad ha de ser colocada como elemento primordial y ordenador respecto a los múltiples temas en juego. Según diversos autores (Amadeo, 1978) la implantación de políticas públicas en ciencia y tecnología en América Latina, sobre todo en su primera etapa se apoyó en premisas muy débiles en su perspectiva social. Por ejemplo, el surgimiento de los Consejos Nacionales de Ciencia y Tecnología, creados para realizar tareas de planificación y coordinación descansó en premisas teóricas de dudosa legitimidad: la atribución a la ciencia del oficio de panacea, la concepción de la planificación como un acto no político, neutro y carente de valores que es ejecutado por un Estado que representa los "intereses generales" de la sociedad, siempre coherente con los objetivos del desarrollo. El paradigma que dominó inicialmente en la planificación y ejecución de las políticas fue el "enfoque en sistemas" (idem) que en su calidad de metodología aplicada a la planificación asumía supuestos del todo cuestionables: menosprecio de las características concretas de la sociedad donde iba a aplicarse (intereses económicos y políticos en pugna, tradiciones culturales, dominación económica y política externa, entre otros) y atribución al cambio científico de una racionalidad pura, autónoma e invasora de los restantes ámbitos de la sociedad. A esto se unía la comprensión del subdesarrollo como etapa al desarrollo, en el espíritu de las teorías de Rostow. Frente a esto el pensamiento latinoamericano desarrolló críticas sociales importantes como las expuestas por Amilcar Herrera en su clásico Ciencia y Política en América Latina (1971). Sin embargo, el "sentido común" de las políticas en este ámbito ha sido la interpretación del desarrollo social como resultado de la oferta de conocimiento científico, concepción que se mantiene en el centro de la racionalidad de la política científica y tecnológica. A este punto de vista Dagnino (1996) le llama modelo de "ciencia y tecnología como motores del desarrollo". Simplificando podría decirse que en estos razonamientos la "S" de las relaciones C-T-S ha sido visualizada como efecto y no como causa, no como elemento explicativo y condicionador, sino como un escenario relativamente neutro y siempre listo a beneficiarse de la ciencia.

    Los cambios históricos que se han producido en la percepción del papel de la ciencia y la tecnología en la sociedad, ejemplifican también el punto que tratamos. Según Salomón (1985) esa percepción al nivel de la cultura ha transitado por tres fases. La fase "aristocrática" corresponde a las primeras décadas del siglo XX y en ella la ciencia se concibe como el patrimonio de una élite de sabios más vinculados a la cultura europea que a su propia sociedad; al científico se le aprecia como una especie de aristócrata que ocupa una posición independiente en el cuerpo social y encarna el espíritu de la modernidad. Hacia la mitad de este siglo se abre la fase "cientificista" en la cual la ciencia gana legitimidad no por sus contribuciones reales, sino más bien ello se deriva de la euforia que sobre ciencia y tecnología se vivía en los países desarrollados. La propia comunidad científica y las agencias internacionales contribuyeron a crear el ambiente que respaldara la idea de la necesidad de avanzar hacia la modernidad científica. La creación de Consejos y políticas comentados antes pertenecen a esa etapa. Finalmente, según Salomón, estaríamos ahora viviendo la etapa de la desilusión respecto a la ciencia en virtud de que la expectativas creadas no han sido satisfechas.

    El fenómeno de la percepción de la ciencia y su relación con la sociedad vista como dato de la cultura, contribuye a subrayar la tesis que defendemos: para discutir sobre ciencia y tecnología, para juzgar sus posibilidades y límites hay que instalarse en una perspectiva social.

  2. Junto al abordaje de "ciencia y tecnología como motores del desarrollo" Dagnino (pp.94-95) considera otros dos que también han influido en la Región y cuyo comentario nos ayuda en nuestras reflexiones. El primero de ellos consiste en la crítica radical que se basa en la "no neutralidad de la ciencia y la tecnología" y que se generó en la izquierda antiestalinista, sobre todo europea, a través de su crítica a la utilización en la URSS de tecnologías de origen capitalista que este punto de vista consideraba incompatibles con las relaciones de producción socialistas. Esta posición influyó poco en América Latina y nada en las políticas científicas implementadas. Como se sabe, con la excepción de Cuba, las transformaciones socialistas no se produjeron en América Latina por lo que el debate sugerido por este abordaje careció de sentido práctico inmediato. Como hipótesis puede suponerse que la interpretación extrema de este punto de vista puede llevar a una hiperpolitización de la percepción del fenómeno tecnológico que puede ser muy dañino, sobre todo en condiciones de la economía globalizada, además de que "el conservadurismo técnico conlleva el retroceso productivo a la par que el incremento de las frustaciones y las privaciones, todo lo cual acentúa el deterioro ecológico" (Arocena, 1995, p.40). Pero tomado más moderadamente hay que reconocerle la capacidad de llamar la atención sobre el carácter no neutro ni carentes de valores de que es portadora la tecnología. Ella tiene consecuencias para el modelo de acumulación que se implemente y para la cultura y los valores que sustentan la sociedad.

    Otro abordaje alternativo provino de "el movimiento de las tecnologías apropiadas" (Dagnino, pp.96-97). A diferencia del anterior este punto de vista se refiere específicamente a los países del Tercer Mundo y se opone a la sistemática adopción de tecnologías "intensivas en capital" en países en desarrollo y presta atención a las alternativas tecnológicas que estos poseen. "Aunque esta perspectiva se centraba en el objetivo del desarrollo social, su postura era defensiva, adaptativa y no cuestionadora de las estructuras de poder en el plano internacional y local. Desde el punto de vista de este enfoque, el desarrollo social era visto, es de destacar, como un objetivo en si mismo, y no como un resultado ex - post de una cadena lineal de innovación. Pero su principal debilidad era el supuesto de que la simple ampliación del espectro de alternativas tecnológicas a disposición de los países periféricos podría alterar la naturaleza políticamente determinada del proceso de difusión - adopción de tecnologías" (p.96).

  3. Colocar la "S" en el centro de los análisis no puede llevar a considerar las variables científicas y tecnológicas como carentes de racionalidades y eficacias específicas. El cambio tecnológico influye cada vez más en la evolución social y cultural. La capacidad de generar y usar tecnología gravita cada vez más en la distribución de la riqueza, en las decisiones políticas, en las pautas de conducta y los valores.

En su análisis de Sábato y Mackenzie (1982) Arocena (1995) rescata varias ideas claves que voy a tomar de su texto.

  1. Según lo visto ninguno de los abordajes de política científica y tecnológica esbozados es satisfactorio. El nuevo enfoque propuesto basado en el objetivo de crear sistemas nacionales de innovación, también exige una visión crítica (Dagnino, 1996). Los argumentos son los siguientes:
    1. La discusión sobre los SNI suele concentrarse en un perfil reducido de temas: competitividad, high tech, ventanas de oportunidad, exportaciones. El problema de la innovación debe abarcar muchos otros problemas y demandas sociales, en particular debe atender la satisfacción de las necesidades humanas básicas.
    2. No se puede discutir de innovación sin debatir sobre el "escenario social deseado". Ese debate es el que define los macro objetivos sociales en relación con los cuales es que deben establecerse las decisiones en ciencia y tecnología. Una vez definido esto satisfactoriamente entonces las políticas en estos campos tienen que hacerse corresponder con la estrategia social y económica diseñada.
    3. La política científica y tecnológica tiene que favorecer la "integración social", es decir, la capacidad de innovación debe colocarse en relación con un perfil de demandas que privilegie el aumento de los bienes de consumo de masas: vivienda, educación, salud, alimentación, transporte. En todos esos campos hay mucho trabajo de innovación que realizar y la mayoría de los caminos tecnológicos están por construirse.
    4. El Estado tiene que jugar un papel fundamental en el proceso de reducción de las desigualdades sociales y fortalecer el papel de las empresas menores para fomentar el empleo.
    5. La ciencia básica y el monitoreo de las tendencias científico tecnológicas mundiales pueden encauzar la innovación hacia los "sectores de punta", preferiblemente aprovechando ventajas comparativas naturales o de otro tipo.

La clave de toda la discusión sobre las políticas está en la búsqueda de una relación adecuada entre innovación y desarrollo social y no en la innovación por sí misma. Por ello conviene hablar de innovación social que conecta los cambios tecnológicos con mutaciones sociales e institucionales. En otras palabras, la discusión sobre innovación debe contener una dimensión política fundamental. El concepto de innovación social explicita que la innovación involucra todo el tejido social y no sólo algunos actores económicos. También subraya los valores en juego: ciencia y tecnología para qué y para quién.

  1. Con frecuencia las políticas públicas en ciencia y tecnología tienden a perder de vista su condición política y a presentarse como un asunto de estricta racionalidad técnica, omitiéndose así el debate sobre los valores y los fines sociales. Todo se reduce al tema del mercado, la competitividad y se asume que la globalización no deja opciones para escoger: hay una fórmula, la de los países industrializados que sólo resta aceptar y aplicar. Esa fórmula, además, es presentada en su versión para el consumo de los países subdesarrollados donde se introducen mitos como el de la desregularización estatal que en materia de ciencia y tecnología es especialmente falso.

Se construye así un "pensamiento único" como le llamó Jacques Chirac, portador de "verdades" incuestionables que trazan un camino que no da lugar a las elecciones, a las alternativas. La pieza clave en ese discurso es la competitividad que en buena medida descansa en la innovación tecnológica. "Como doctrina económica el 'pensamiento único' reposa sobre tres pilares macroeconómicos ortodoxos: rigor monetario, rigor presupuestario y flexibilidad salarial. En ciencia y tecnología, el pensamiento único se basa en la hegemonía casi absoluta de la óptica de la innovación por sobre cualquier otra dimensión en base a la cual pudiera ser orientada la actividad científica. No es casual que esto ocurra, ya que esta perspectiva implica la reducción del conocimiento científico y tecnológico a un hecho fundamentalmente económico; no solamente esto, sino que además se le adjudica el carácter de instrumento fundamental para el logro de un valor cargado de intereses e ideología: la competitividad" (Albornoz, 1997, p.97).

En este camino los problemas de la política científica y tecnológico son sustituidos por los problemas de la gestión, es decir, de la selección de los medios adecuados para impulsar la innovación, en tanto el tema de los fines es dejado a un lado. Este desplazamiento conduce a carencias muy serias porque "si bien una política sin gestión es poco más que retórica, la gestión sin política es ciega y no discute rumbos " (idem).

Supuestamente esa gestión descansa en verdades y fórmulas elaboradas por las ciencias económicas al uso por lo que su respaldo "científico" está fuera de toda duda. Todo consiste en aplicar bien las recetas cuyo dominio es patrimonio de expertos. El debate sobre los valores que subyacen a esos diseños y el cuestionamiento de sus fines sociales se considera entorpecedor. Metáforas del tipo "sociedad del conocimiento" o "sociedad de información" pueden servir también para subrayar esas visiones tecnocráticas: el conocimiento, librado de valores, se convierte en el nuevo demiurgo de lo real.

Como hemos dicho antes el paradigma tecnológico que se viene imponiendo es altamente intensivo en conocimientos y la información es hoy vital para el funcionamiento de la economía y la sociedad. Lo que sugiere el enfoque CTS es que en la sociedad contemporánea (cuyas complejidades no se reflejan adecuadamente en su definición como sociedad de la información) las estrategias para avanzar dentro de ella no están sujetas a un determinismo tecnológico que excluya la necesidad del análisis de los intereses económicos y políticos que la determinan. En consecuencia ese enfoque insiste en la necesidad de complementar los análisis en el campo de la gestión en ciencia y tecnología, orientado preferentemente a la identificación y uso de los medios que pueden propiciar el desarrollo científico y tecnológico, con análisis verdaderamente políticos y sociales que ofrezcan un marco de referencia orientador de su desarrollo estratégico.

El enfoque CTS debe estimular también la idea de que la heterogeneidad de situaciones sociales que observamos hoy exigen la búsqueda de una diversidad de estrategias en el campo científico técnico. Para los países del Tercer Mundo esta exigencia demanda de una enorme lucidez intelectual y política.

En resumen, el enfoque CTS que propugnamos es opuesto al "pensamiento único" en varios puntos:

  1. Rescata el sentido político en las decisiones en ciencia y tecnología.
  2. Insiste en la necesidad de articular los medios y los fines en las políticas, donde los fines deben contribuir a diseños estratégicos que hagan humanos y sostenibles los esfuerzos.
  3. Subraya que no existen recetas únicas y construir políticas propias es imprescindible. Esas políticas no pueden menos que articularse a las realidades económicas, culturales, educacionales, ambientales, propias de países o regiones. Sin embargo "el reclamo de la especificidad no puede interpretarse en clave aldeana ni, mucho menos, como coartada para darle la espalda al mundo" (Arocena, 1993, p.102).
  4. La política tecnológica, bien entendida configura un ámbito interdisciplinario donde las ciencias económicas tienen bastante que decir pero ni mucho menos todo. Las ciencias sociales, la filosofía, la ética, por citar algunas disciplinas, son de la mayor importancia.

Según lo visto un enfoque CTS tiene que comenzar por recuperar los fines sociales en el debate sobre ciencia y tecnología. Sin embargo, el tema de los medios también es muy importante y para su selección existen también diferentes opciones que descansan en variadas concepciones de las interrelaciones de la ciencia, la tecnología, la innovación y de todas ellas con la sociedad.

El enfoque clásico aconseja fomentar la ciencia básica y a través de ella llegar a la innovación: lo esencial es la oferta de conocimientos científicos y tecnológicos. Un enfoque más actualizado que incluye la evaluación de la experiencia de los países subdesarrollados, sugiere que las actividades de I+D juegan sólo un papel limitado en los procesos de innovación; no toda innovación ni mucho menos, procede directamente de actividades de I+D. Si esto es así, entonces los países en desarrollo no deben concentrar sus políticas exclusivamente en el incentivo a I+D sino en el fortalecimiento del conjunto de las capacidades científicas y tecnológicas del país, capacidades que se refieren, entre otras cosas, a la existencia de recursos humanos, suficiente información y prestación de servicios científicos y tecnológicos.

Un informe de la OCDE (Albornoz, 1997) señala la existencia de un stock de conocimientos disponibles para cuya utilización es más necesario contar con núcleos de articulación que con grupos de investigación en sentido estricto. Según ese punto de vista la investigación básica sólo se requiere en algunos tipos de industrias y en países sometidos a fuertes presiones competitivas. Si esto fuera cierto para los países industrializados, lo es mucho más para los países en desarrollo. La innovación es una actividad muy diversa y diversas son las estrategias para lograrla: no hay fórmulas únicas.

La política científica y tecnológica en América Latina debe poner énfasis en aspectos tales como "la formación de recursos humanos (tanto a la formación de alto nivel como a la dotación de habilidades técnicas), el fortalecimiento de núcleos capaces de realizar la 'traducción' del conocimiento disponible, tornándolo aplicable, y la prestación de servicios científicos y tecnológicos (particularmente sistemas de información)" (ibid, p.114).

En otras palabras, se necesita una estructura científica bien dotada, pero lo que urge no es sólo hacer ciencia a buen nivel, sino también evitar el aislamiento del sistema científico, impulsar las relaciones con otros sectores de la sociedad, no sólo el productivo, sino también el educativo, por ejemplo (Arocena, 1993). Hay que evadir la trampa cientificista de la ciencia para sí misma; también el enfoque lineal que considera motor del desarrollo la oferta de conocimientos y el punto de vista que concentra los esfuerzos de capacitación en el nivel del posgrado y obvia la extensión de la cultura técnica a toda la sociedad.

Pero también hay que evitar los errores de signo opuesto como suponer que se puede impulsar el progreso tecnológico sin hacer lo propio con la ciencia, incluida la básica o estratégica, "hasta para poder comprar tecnología hay que entender de lo que se trata, lo cual es poco factible sin capacidad de investigación autónoma" (ibid, p.103).

El razonamiento anterior nos conduce a un tema de clara significación epistemológica: cuando una ciencia puede considerarse desarrollada, qué criterios sirven para distinguirla de la ciencia subdesarrollada. Si nos guiamos por criterios ampliamente difundidos al nivel internacional, deberíamos buscar la respuesta en el número de publicaciones, patentes, doctores u otros indicadores semejantes. Siendo útiles esos indicadores, no dicen mucho acerca del significado social de la ciencia; ellos hablan de la creatividad pero no necesariamente de la orientación social de esa creatividad.

Siendo realistas, la creatividad debe considerarse como una dialéctica entre recepción, difusión y reelaboración. Una comunidad es creativa en la medida que es capaz de recepcionar, hacer suyo el conocimiento y aportar a su desarrollo. Lertora (Saldaña, 1994) entiende que una ciencia es dependiente cuando percibe pasivamente y no reelabora (p.113). La capacidad de reelaboración es un dato esencial de la creatividad. Lértora considera que hay reelaboración cuando al cabo de un lapso la investigación de la comunidad receptora produce un resultado distinto teóricamente (o técnicamente) de la primitiva asunción, y este es obtenido por vías independientes con respecto a las demás comunidades científicas.

Goldstein (1989) encuentra el criterio que sirve para distinguir entre desarrollo y subdesarrollo científico en la utilidad. "Una ciencia es subdesarrollada cuando produce resultados que carecen de utilidad, tanto teórica como práctica. Se caracterizan por la trivialidad temática, por la ausencia de conexión con problemas concretos de importancia (teórica o práctica)" (p.13).

En conclusión, la capacidad científica (que supone cierto grado de autonomía) consiste en la capacidad de recepcionar, difundir, extender, transformar, aplicar conocimientos y todo ello, según el criterio que hemos seguido hasta aquí, en conexión con las demandas y necesidades sociales.

  1. El conocido "triángulo de Sábato" al cual hemos aludido antes sirvió durante mucho tiempo para estimular la discusión sobre las articulaciones requeridas para impulsar el desarrollo científico y tecnológico y su impacto social. Aún hoy, la discusión en torno a la propuesta de Sábato permite adelantar nuevas ideas.

    Una de ellas se basa en que en las condiciones de la actual globalización donde se construyen redes que involucran centros de I+D, universidades y empresas al nivel regional e incluso mundial, las articulaciones entre el sector I+D y las empresas no pueden ser concebidas sólo para actores de un mismo país. En ese sentido la globalización es no sólo un desafío sino también una oportunidad: la de aprovechar la experiencia innovadora de otras empresas, de otros centros de I+D, situados fuera de las fronteras nacionales. Para ello el intercambio internacional es fundamental.

    Otra propuesta convierte el triángulo de Sábato en un cuadrilátero que incorpora un cuarto vértice que "debe surgir de una construcción social, la del movimiento de trabajadores como actor del desarrollo" (Arocena, 1993, p.106). Esta idea es de notable significación para los estudios CTS pues rescata la participación pública en todo lo relativo a las transformaciones científicas y tecnológicas entendidas como procesos sociales que incorporan actores colectivos entre los cuales el movimiento de trabajadores tiene que ser fundamental.

  2. Es preciso insistir en el papel que la educación tiene que jugar en todos estos procesos. El sistema educativo tiene que contribuir notablemente a la innovación social. La educación constituye una clave para la democratización, la equidad y la eficiencia. En la perspectiva de los cambios que se suceden en el mundo los países y las personas que no posean una buena formación, susceptible de permanente actualización, quedarán marginadas en lo económico, lo social y lo cultural. La formación básica generalizada es imprescindible, entendiendo que ella ahora exige una cierta actualización tecnológica, por ejemplo, el dominio de conocimientos informáticos. Los ciudadanos deben ser educados para aprender a aprender lo que exige entre otras cosas la generalización de la educación postsecundaria, entendida como educación avanzada y permanente de los ciudadanos. Ese tipo de educación, por supuesto no puede asociarse exclusivamente a la que se obtiene en las escuelas y con fines de titulación. Se trata de la conversión de la sociedad (empresas, comunidades, escuelas, universidades) en un escenario educativo donde la actuación del individuo es decisiva. Drucker citado por Arocena (1995), afirma que "cada institución que genera empleo tiene que convertirse en un maestro" a lo que el último agrega, "quizás sea más adecuado decir que todo ámbito donde una tarea socialmente útil es desempeñada eficientemente constituye un aula que no puede ser desperdiciada" (ibid, p.70).

Comentario final.

El problema de la relación entre innovación y desarrollo social es uno de los más relevantes que podemos imaginar para el campo CTS, sobre todo si se le enfoca desde la perspectiva de los países subdesarrollados. Es un tema que enlaza cuestiones técnicas con valoraciones política y éticas fundamentales. Las políticas científico - tecnológicas y también las educativas, deben desplazar los viejos abordajes o marcos conceptuales con los cuales operaban en el pasado y sustituirlos por ideas contemporáneas, lo que requiere inevitablemente la comprensión de los procesos de innovación social. Hay que trabajar para la innovación, pero colocando por delante los objetivos sociales que ella debe atender. La educación para la innovación es parte importante de la educación CTS.

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