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Desarrollo sotenible y Filosofía de la Tecnología

César Cuello y Paul Durbin
(Departamento de Filosofía, Universidad de Delaware).

Aunque el desarrollo es un fenómeno complejo, contradictorio y multifacético, el mismo suele ser concebido y estudiado, mayormente, en su dimensión cuantitativa, como crecimiento económico, despojado de sus aspectos cualitativos. La introducción en años recientes de la noción de desarrollo sostenible ha servido para ayudar a restablecer la complejidad y el balance en las discusiones sobre el desarrollo. Esa noción más compleja del desarrollo es, precisamente, el foco de atención del presente artículo. Pero el propio desarrollo sostenible es objeto a su vez de interpretaciones diferentes y en ocasiones conflictivas. Nuestro primer propósito será, pues, analizar las más comunes de tales interpretaciones. Luego, pasamos a examinar qué hay detrás de la superficie de dichas interpretaciones, a fin de descubrir las filosofías implícitas y explícitas que las mismas presuponen. Finalmente, relacionamos estas filosofías para movernos específicamente en el campo de la filosofía de la tecnología.

Palabras claves: desarrollo sostenible, ecología, medio ambiente, hermenéutica, filosofía de la tecnología.

DIFERENTES INTERPRETACIONES DEL DESARROLLO SOSTENIBLE

Se discutirán cinco interpretaciones. La primera es la contenida en el denominado Reporte Brundtland y la cual ha tenido mucho que ver en la subsecuente popularidad del término. Luego, continuando en ese orden, se analizan los intentos por cuantificar u operacionalizar el concepto de sostenibilidad; la crítica neomarxista del concepto; la posición de los denominados ecologistas profundos; y, por último, la visión de los teóricos antidesarrollo, los cuales ven el desarrollo sostenido como una simple máscara de la tradicional concepción del desarrollo.

EL DESARROLLO SOSTENIDO EN EL REPORTE BRUNDTLAND

En cierto sentido, el desarrollo sostenido puede ser visto como una versión actualizada de un movimiento anterior denominado tecnología apropiada (o alternativa). Si bien el nuevo slogan parece haber aparecido por primera vez a comienzos de los años setenta, fue más que todo el reporte de la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo de las Naciones Unidas, Our Common Future [Nuestro Futuro Común](1987), lo que hizo popular la frase "desarrollo sostenible". El reporte define el desarrollo sostenible como "aquel desarrollo que satisface las necesidades de las presentes generaciones sin comprometer la habilidad de las futuras para satisfacer sus propias necesidades". La intención fue elaborar una definición práctica, que condujera a "cambios en el acceso a los recursos y en la distribución de costos y beneficios" (UNWCED, 1987:43).

Un aspecto importante de la perspectiva del Reporte Brundtland fue el de ligar el desarrollo sostenible a la inclusión de las futuras generaciones en el cálculo de los costos del desarrollo económico del presente. Esto último parece introducir trascendentales consideraciones filosóficas. Considérese, por ejemplo, esta contundente declaración: "Los estándares de vida que sobrepasan los niveles básicos son sostenibles solamente si por doquier los estándares de consumo toman en cuenta la sostenibilidad a largo plazo. Empero, muchos de nosotros vivimos por encima de los medios ecológicos mundiales, por ejemplo, en nuestros patrones de uso de energía" (UNWCED, 1987:44).

Aún así, el reporte se centra en estrategias prácticas para un crecimiento renovado (mientras que al propio tiempo y cambiando sus términos, prosigue); para satisfacer las necesidades esenciales (alimentación, agua, energía, trabajo, servicios sanitarios); para controlar el crecimiento poblacional; para sustentar, y si es posible acrecentar los recursos básicos; para reorientar las tecnologías y manejar los riesgos asociados a ellas; y, para incluir las preocupaciones por el medio ambiente dentro de los cálculos económicos. Se reconocía, no obstante, que la implementación de tales estrategias requeriría de cambios en las estructuras económicas, sociales y políticas tanto en los límites de cada nación individual como a nivel internacional.

Debido a las críticas de que será objeto más adelante, se debe enfatizar que el Reporte Brundtland es explícito en un punto: al considerar las necesidades esenciales, se le da particular importancia a las necesidades de los pobres del mundo (UNWCED, 1987:43).

Como se podrá apreciar sin ninguna reflexión profunda, en la definición(s) del desarrollo sostenible del Reporte Brundtland hay vaguedad y tendencias en conflicto. Una serie de criterios, cuyos argumentos se exponen a continuación, se han encargado de poner de relieve tal vaguedad y tendencias conflictivas.

LOS INTENTOS POR CUANTIFICAR EL CONCEPTO DE DESARROLLO SOSTENIBLE

Con el fin de evitar la acusación de vaguedad en la definición del concepto de sostenibilidad, algunos autores han intentado ofrecer una definición operativa, o al menos, un conjunto de indicadores mesurables de lo que ellos entienden sería un desarrollo sostenible.

Según Jan Bojo, Karl-Goran Maler y Lena Unemo, la definición Brundtland puede ser interpretada como si demandara "que todas las opciones fueran preservadas, lo que implicaría la preservación de todo género de recursos" (1990). Esto, según ellos, podría incluso conducir a la ridícula conclusión de que ni el petróleo, el hierro, o cualquier otro recurso agotable sea usado; de que todos los recursos deben ser preservados para las futuras generaciones. Para evadir cualquier implicación extrema de este tipo, Bojo, Maler y Unemo proponen, lo que ellos llaman una definición operativa del concepto de sostenibilidad, que permita la sustitución de unos recursos por otros. Así, para ellos,

“El desarrollo económico en un área específica (región, nación, el globo) es sostenible si la reserva total de recursos - capital humano, capital físico reproductivo, recursos ambientales, recursos agotables - no decrece con el tiempo” (Bojo, Maler y Unemo, 1990).

O, de nuevo:

“Si el capital físico o humano puede ser sostenido para un recurso ambiental, entonces, dicho recurso puede ser explotado de tal manera que el mismo sea drásticamente reducido si, y sólo si, las inversiones en las reservas de capital humano y físico son tales que la base total de recursos no sea reducida” (Bojo, Maler y Unemo, 1990:14).

Bojo, Maler y Unemo llegan tan lejos que dicen: "El corte de los bosques para incrementar las ganancias de las exportaciones es compatible con el desarrollo sostenible". Pero agregan de inmediato: "Sólo si el total o parte de los beneficios es invertido en otras actividades de exportación que generen ganancias o permitan la substitución de importaciones a fin de sustentar el bienestar de las futuras generaciones" (1990). Bojo, Maler y Unemo lo reducen todo a una sola pretensión: "La idea básica detrás de esta definición [operativa] es la sostenibilidad".

Estos economistas no dejan de reconocer dificultades en su definición del concepto de desarrollo sostenible; por ejemplo, cómo evaluar en forma precisa los recursos, o cómo proveer incentivos económicos para que los países pobres inviertan en sostenibilidad. Ellos tratan, no obstante, de enfrentar tales dificultades y dedican buena parte de su libro al diseño de medidas de preferencias valorativas, a la elaboración de un análisis apropiado de costo-beneficio y a la exposición de ejemplos concretos de análisis económico de cuestiones como la erosión de suelos y deforestación.

Aún reconociendo la atención que Bojo, Maler y Unemo han dedicado a los problemas asociados a la operacionalización del concepto de sostenibilidad, su enfoque sigue todavía adoleciendo de algunos problemas.

Para superar tales problemas, otro grupo de economistas - en un volumen editado por Onno Kuik y Harmen Verbruggen (1991a)- se pregunta si se puede realmente diseñar medidas totalmente objetivas para el desarrollo sostenible. Al final, uno de los colaboradores del libro, Brink, sugiere lo siguiente: "[La sostenibilidad] requiere de una elección política que tiene que ser continuamente ajustada como resultado de los nuevos conocimientos, los cambios en los requerimientos sociales, o desarrollos imprevistos de los sistemas económicos y ecológicos" (Brink, 1991:X). Aún así, los colaboradores del libro de Kuik y Verbruggen están convencidos de que es posible la elaboración de indicadores empíricos del estado de la relación entre economía y ecología para ponerlos a disposición de aquellos que tienen que tomar las decisiones políticas necesarias para asegurar la sostenibilidad (Kuik y Verbruggen, 1991b:1). En particular, algunos de estos autores consideran que los indicadores ambientales "pueden ser definidos como descriptores cuantitativos de los cambios tanto en las presiones ambientales [causadas por los humanos] como en el estado del medio ambiente" (Opshoor y Reijnders, 1991:8).

El primer tipo, los indicadores de presión, incluyen la medida de la contaminación, sobre -explotación y cambios en los ecosistemas inducidos por los humanos- especialmente, cambios específicos en lugares específicos.

El segundo tipo son los indicadores de efectos, esto es, las cuantificaciones de los efectos de los cambio en la calidad ambiental que tienen impactos negativos tanto en los seres humanos (en términos, por ejemplo, de salud o bienestar) como en la biosfera. En relación a estos últimos los autores dicen: "Se puede monitorizar los efectos ambientales observando las cualidades y dimensiones de las poblaciones, el tamaño de los nichos, o los biotipos" (Opshoor y Reijnders, 1991).

En este mismo orden, finalmente, uno de los autores hace otra distinción, entre los indicadores retrospectivos (por ejemplo, las tradicionales proyecciones de tendencias) y los indicadores predictivos (Braat, 1991:57). Estos últimos parecen ser especialmente importantes para la administración y planificación del desarrollo sostenible.

En general, esta segunda aproximación económica a la definición del concepto de sostenibilidad es menos vehemente que la primera al referirse al suministro de datos cuantitativos para la planificación del desarrollo, pero estos autores, al igual que los primeros, están convencidos de que todos aquellos que quieran establecer políticas para el desarrollo sostenible (sean operacionalizadores en sentido estricto o no) tienen que tener datos ecológicos y económicos adecuados.

Lo común en ambos grupos de autores es que, al ofrecer sus definiciones operativas o indicadores socioambientales del desarrollo sostenible, ninguno parece dar la más alta prioridad a las necesidades humanas.

LA PERSPECTIVA NEO-MARXISTA DEL DESARROLLO SOSTENIBLE

Los voceros del denominado Tercer Mundo o aquellos que dicen representar sus puntos de vista -especialmente si ya están recelosos por las premisas capitalistas de la teoría tradicional del desarrollo-, están prestos a argumentar que los operacionalizadores del concepto de desarrollo sostenible no le han dado la misma importancia a las necesidades de los pobres y a los países pobres que incluso el Reporte Brundtland le ha conferido. Como lo expone M. R. Redclift, "A menos que los pobres sean incluidos en la satisfacción de sus propias aspiraciones", el desarrollo no podrá nunca ser apropiadamente sostenible (Redclift, 1987:35). Esto hace recordar de nuevo uno de los aspectos centrales de la definición del Reporte Brundtland; al referirse a las necesidades el reporte dice, "Se debe dar prioridad especial... al concepto de 'necesidad', en particular, a las necesidades esenciales de los pobres del mundo" (UNWCED, 1987:43).

Redclift toma por desencanto este énfasis en sus ataques tanto a la teoría tradicional del desarrollo como al marxismo ortodoxo. Redclift incluso ataca el abuso en el uso del concepto de sostenibilidad y argumenta: "La constante referencia a la 'sostenibilidad' como un objeto deseable, ha servido [en ocasiones] para obscurecer las contradicciones que el 'desarrollo' implica para el medio ambiente" (Redclift, 1987:2). Lo que Redclift objeta en sus oponentes es la falta de rigor y objetividad; sin embargo, el tipo de aproximación científica que éste propone requiere de cierta explicación.

Según Redclift, lo que se requiere es de un análisis histórico de la interrelación del desarrollo y el medio ambiente. Y tal análisis, dice éste, va a revelar las limitaciones de aquellos enfoques que el desarrollo exclusivamente en términos de crecimiento económico. Las culturas no afectadas por esta concepción - el ejemplo que él trae a colación es el de América Pre-Colombina-, probablemente entenderían el desarrollo sostenible de manera muy diferente. El análisis histórico muestra que los contactos internacionales casi siempre han significado exportación de capitales y recursos naturales, a menudo a expensas del trabajo local. Para Redclift, hay un consistente "proceso histórico que vincula la explotación de los recursos [por] las naciones más industrializadas con [la explotación de los recursos] de los países del Sur". Además, se requiere de un enfoque político-económico de acuerdo al cual, "el desenvolvimiento de las fuerzas económicas está definidamente vinculado al comportamiento de las clases sociales y al rol del Estado" en favor de la explotación (Redclift, 1987:3).

El argumento de Redclift con respecto al desarrollo sostenible es que las actuales tendencias del desarrollo no pueden continuar sino a costa de niveles de daños ambientales inaceptables. En el caso de los llamados países en desarrollo, según Redclift, el desarrollo siempre tiene lugar en el contexto de la economía internacional. Sin embargo, una economía globalizada ignora las diferencias específicas entre los objetivos ambientales de los países desarrollados y los subdesarrollados. En los países en desarrollo, el auténtico desarrollo sostenible presupone que la productividad económica puede ser mantenida en medio de frecuentes disturbios del sistema, y que el impacto del crecimiento poblacional -especialmente de las necesidades básicas de una población creciente- tiene que ser tomado en consideración. Todo esto hace de la sostenibilidad un asunto de poder político. "Las opciones del desarrollo sostenible... pueden ser alcanzadas solamente a través de cambios políticos en el plano local, nacional e internacional" (Redclift, 1987:36).

Este es el vínculo, para Redclift, entre las necesidades de los pobres y la sostenibilidad - el cual no es posible mantener "a menos que los pobres sean incluidos en la satisfacción de sus aspiraciones" (Redclift, 1987:35).

“El crecimiento industrial necesita ser reorientado hacia la satisfacción de las necesidades de las mayorías mundiales; los recursos energéticos renovables necesitan recibir mayor atención; los recursos naturales y las políticas necesitan ser trasladadas del reino de las armas hacia la protección de los sistemas de recursos biológicos y agronómicos” (Redclift, 1987:55).

Y, en una crítica final al alegado de carácter científico del análisis económico estándar, Redclift concluye:

“El desarrollo sostenible, si no ha de ser despojado de contenido analítico, significa algo más que la concertación del compromiso entre el ambiente natural y la búsqueda del crecimiento económico. Esto significa una definición del desarrollo que reconozca que los límites de la sostenibilidad tienen origen tanto estructurales como naturales” (Redclift, 1987:199).

En la concepción de Redclift, es claro que el medio ambiente por sí solo no es el factor fundamental que hace que el desarrollo sea sostenible. Este factor fundamental lo constituye el control del poder político, y, particularmente en los países en desarrollo, el traspaso de dicho poder a los trabajadores a fin de que éstos puedan establecer sus propias metas de desarrollo -presumidamente, unas metas que no dañen su medio ambiente como lo ha hecho hasta ahora la vía de desarrollo tradicional-.

LA ÉTICA AMBIENTAL Y EL DESARROLLO SOSTENIBLE

En esta sección, examinaremos dos autores que hacen de la protección del medio ambiente el aspecto más importante del desarrollo sostenible. El primer autor a considerar es Stanley Carpenter; según él, el Reporte Brundtland trata de conciliar dos metas irreconciliables. Una meta es intensificar el crecimiento (para satisfacer, al menos parcialmente, las necesidades de los pobres del mundo); la otra es evitar la degradación ambiental. Lo negativo de esto es, según Carpenter, que para lograr dichas metas la teoría del desarrollo "predominante" implícita en el Reporte Brundtland es la del crecimiento indefinido. Esto es incompatible con la meta de vivir dentro de los límites naturales, sin embargo, ello nunca ha sido categóricamente rechazado por la Comisión Mundial (Carpenter, 1991).

Carpenter comienza citando a Willian Ruckelshaus, un autor con ideas muy similares a las de Redclift, ya esbozadas previamente. Ruckelshaus dice:

“Por una parte, el mundo industrializado está embarcado en una práctica tecnológica que produce riqueza y confort para el 20 por ciento de la población mundial, mientras extrae [para ello] el capital productivo del planeta. Al mismo tiempo, el 80 por ciento restante de los habitantes del mundo está forzado a subsistir en una agricultura marginalmente sostenible orientada a la exportación y la concomitante destrucción de frágiles ecosistemas... El colonialismo en la explotación de los principales recursos impuesto [a los países menos desarrollados] por los países industrializados, irradia, pues, patrones insostenibles [de desarrollo] por todo el globo” (Carpenter, 1991:485).

Estos argumentos, entiende Carpenter, reflejan la dimensión del problema una década atrás. sin embargo, sostiene éste,

“En la actualidad, existe una conciencia [mayor] de la nueva dimensión del impacto de la acción humana sobre los sistemas geológicos y biológicos del planeta... Debido a que los impactos humanos son ahora planetarios en su escala, el alcance de la discusión de la sostenibilidad se ha también ampliado. En estos momentos, por ende, hay razones prudenciales que obligan al género humano en su totalidad a adquirir conciencia de la necesidad de la sostenibilidad” (Carpenter, 1991:485-486).

La mayor parte del artículo de Carpenter está dedicado a criticar el Reporte Brundtland por no distanciarse adecuadamente de la teoría económica neo-clásica: "El vínculo de la economía y la ecología", dice éste, "perpetúa sistemas insostenibles" de desarrollo. Y él es particularmente mordaz en relación a la tesis de la substitución de recursos planteada por los que han intentado cuantificar u operacionalizar la definición de la sostenibilidad del Reporte Brundtland. De acuerdo a Carpenter, las "tecnología aceptadas por los modelos económicos existentes [incluyendo los modelos alegadamente sostenibles] no sólo son incompatibles con las preocupaciones ecológicas, sino que le son hostiles" (Carpenter, 1991:487).

Carpenter finaliza su artículo con una referencia a las nuevas virtudes del modelo económico de Mark Sagoff como una alternativa al modelo estándar (no se refiere a la alternativa neo-marxista de Redclift discutida más arriba). Según Sagoff, los modelos económicos anteriores han usado como sus estándares la sociedad ideal, la cual él ve como el enemigo de la sociedad buena. De acuerdo a su visión, la economía es un asunto de conducta humana cooperativa, incluyendo la cooperación para preservar y conservar los recursos naturales, para proteger la naturaleza en sí misma, no como un recurso, sino como la matriz común de la cual viven, como parte de la naturaleza, los seres humanos (Sagoff, 1988).

Al final de su articulo, Carpenter se refiere, además, a otra piedra angular de su visión, a la noción de autopoiesis. Citando a ecologistas como W. Rees (1990), Carpenter define autopoiesis como "el proceso por el cual los organismos vivientes brotan de un ambiente incesantemente regenerado y se auto-reorganizan". Y es este proceso, sostiene Carpenter, lo que entra necesariamente en conflicto con la demanda de crecimiento indefinido postulado por casi todos los modelos económicos actuales.

Aunque su tono es alarmista, el artículo de Carpenter es fundamentalmente analítico. La otra autora a considerar dentro de esta misma perspectiva, Vandana Shiva, es mucho más descriptiva. Ella es la autora del libro Staying Alive: Women, Ecology, and Development (1989), un grito desaforado sobre la devastación de la agricultura ecológicamente equilibrada de los campos de la India.

Igual que Sagoff, Shiva sostiene una concepción biocentrista, en la cual, la vida humana es sólo una parte de la vida como sistema total. Ella apela a la "antigua idea sobre la interrelación entre los humanos y la naturaleza - de que la tierra le ha sido concedida como un don a los humanos, a quienes a su vez se les aconseja hacer esfuerzos a fin de no sofocar su generosidad" (Shiva, 1992:206).

Shiva es también implacable con respecto a los actuales modelos económicos, incluyendo los que aseguran que la sostenibilidad se puede mantener a través de la substitución de recursos. En este sentido, ella cita a Robert Solow, quien argumenta: "Si es tan fácil substituir los recursos de la naturaleza por otros recursos, entonces, en principio, no hay ningún problema. En efecto, el mundo puede continuar sin recursos naturales, de manera que el agotamiento [de los recursos de la naturaleza] es sólo un acontecimiento, no una catástrofe".(Shiva, 1992:206) A lo que Shiva replica señalando: "Esto... se refiere a sostener no la naturaleza, sino el desarrollo como tal. La sostenibilidad en este contexto no incluye el reconocimiento de los límites de la naturaleza y la necesidad de someterse a ellos" (1992:217).

En síntesis, lo que Shiva plantea es lo siguiente: "La sostenibilidad en la naturaleza implica mantener la integridad de los procesos, ciclos y ritmos de la naturaleza" (1992).

Tanto Carpenter como Shiva admitirían ser catalogados como opuestos al desarrollo si ello significara dar la espalda a los pobres del mundo; sólo que ellos insisten en que el desarrollo, como normalmente es concebido -incluso por muchos de los que dicen defender la sostenibilidad- terminará en catástrofe tanto para ricos como para pobres, para los países ricos y para los países pobres, si no aprendemos a vivir dentro de los límites establecidos, según Shiva, por la naturaleza y, según Carpenter, por la "autopoiesis".

Otros, por su parte, están convencidos de que la noción de desarrollo debe ser descartada por entero, incluyendo el alegado desarrollo sostenible.

UNA CRÍTICA FILOSÓFICA RADICAL DEL DESARROLLO SOSTENIBLE

En este apartado nos centraremos en los comentarios negativos de la sostenibilidad de Wolfgang Sachs -si bien varios autores mas podrían ser incluidos en esta tendencia-(1). Sachs se refiere al desarrollo en cualquier forma, sostenible o no, como un "monumento desfasado a una era inmodesta" (1989:1).

Según Sachs, la metáfora biológica de la evolución de la naturaleza ha sido convertida en una metáfora económica -desarrollo- y luego, en un imperativo para todo el género humano. El resultado es el trato de la gente, la sociedad en su conjunto y la naturaleza como simples recursos para el desarrollo económico. Sin embargo, sostiene Sachs:

“Etiquetar a las cosas como 'recursos' conduce a quitarles cualquier identidad protectora que estás puedan tener y abrirlas a la intervención desde el exterior. Considerar el agua, los suelos, los animales, la gente como recursos los convierte en objetos para la administración por parte de los planificadores, y para la tasación por parte de los economistas” (Sachs, 1988:4).

Para Sachs, la noción de sostenibilidad es una utopía. El término sólo sirve para revitalizar el desarrollo, para darle a éste una nueva garantía de vida, al vincularlo a las preocupaciones por el medio ambiente. Este admite que, a quienes él denomina "eco-desarrollistas" son en cierto sentido grupos distintos a los tradicionales defensores del desarrollo, particularmente en su abierto reconocimiento de que existen límites ambientales a la producción. Sin embargo, "lo que no obstante los vincula al punto de vista económico dominante es su falla en apreciar los límites culturales que hacen a la producción menos importante y consecuente, alivian también las presiones ambientales" (Sachs, 1988:6).

Aún los mejores propugnadores de la sostenibilidad, sostiene Sachs -refiriéndose a Amory Lovins, Hunter y Zuckerman, (1986); y a la gente de WorldWatch Institute, (1992)- son utopistas. Para ellos, así como para otros defensores del desarrollo, "La conducta eficiente se expande a expensas de la conducta cultural; ello socava las nociones no-económicas de la vida buena y decorosa" (Sachs, 1988:7). Los defensores de la sostenibilidad caen también en la falacia de considerar que lo opuesto del desarrollo es el estancamiento. Sin embargo, según Sachs, "Distinciones tales como atraso/avanzado o tradicional/moderno, se han convertido en ridículas debido al atolladero del progreso en el Norte, desde el envenenamiento de los suelos hasta los efectos de invernadero" (Sachs, 1989:7-8).

El punto crucial, para Sachs, es la noción de cultura; y, según él, "El desarrollo siempre sugiere considerar a otros mundos a partir de sus carencias y obstruir el valor de las alternativas autóctonas que éstos pueden inspirar" (1989:7). Uno de los colaboradores de Sachs, Gustavo Esteva, lo expone más claramente al considerar que:

“A cambio de las imagines culturalmente establecidas, edificadas en su contexto local y espacial por hombres y mujeres concretos; a cambio de los mitos concretos, verdaderos, al hombre moderno se le ofreció una expectación ilusoria, implícita en la connotación del desarrollo y su red semántica: crecimiento, evolución, maduración, modernización. Se le ofreció, además, una imagen del futuro que es una mera continuación del pasado” (Esteva, 1992:23).

Tanto para Esteva como para Sachs, oponerse al desarrollo no es reaccionario; por el contrario, propugnar por el desarrollo -aún sea desarrollo sostenible- es caer víctima de un mito reaccionario. sólo las múltiples y diversas culturas del mundo y en particular del llamado mundo subdesarrollado, pueden ofrecernos una esperanza. Lo que necesitamos, dice Sachs, es "esfuerzos para elucidar la más amplia gama de futuros abiertos a las sociedades, los cuales limitarían sus niveles de producción material a fin de cultivar todos los ideales que emerjan de sus herencias culturales" (Sachs, 1992:36). Este es un tipo de sostenibilidad que los economistas nunca han ni siquiera soñado.

PRESUPOSICIONES FILOSÓFICAS DE ESTAS INTERPRETACIONES

Las cinco interpretaciones del desarrollo sostenible analizadas tienen distintas presuposiciones filosóficas. algunas son más obvias que otras, y tal vez las menos obvias sean las suposiciones del Reporte Brundtland. Por tal motivo, dejaremos a éste para el final y comenzaremos con el caso más obvio.

Los Cuantificadores

Lo más simplista sería decir sencillamente que los dos grupos de economistas analizados anteriormente -Bojo, Maler y Unemo, y Kuik y Verbruggen (y sus colaboradores)- son positivistas. Ellos quieren reducir la complejidad del proceso de desarrollo sostenible a la simplicidad matemática. Y Bojo, Maler y Unemo demandan explícitamente definiciones operativas -una piedra de toque de los orígenes del positivismo lógico-(2). Pero eso sería ligero; filósofos y científicos de toda índole y prácticamente todos los economistas de cualquier escuela), insisten en definiciones operativas para diferentes propósitos.

La más clara indicación de las presuposiciones filosóficas de la definición de la sostenibilidad en términos de substitución ofrecida por los economistas se encuentra en el libro de Kuik y Verbruggen. Dando por sentado que la definición de sostenibilidad podría ser un asunto político, estos economistas insisten no obstante en (y pretenden que pueden ofrecer) datos ecológicos verificables. Según palabras de uno de estos autores (Brink): "Si los que trazan políticas quieren tomar medidas racionales en torno al desarrollo sostenible, tienen que definir este concepto y formular objetivos ecológicos verificables, y ... poseer información económica y ecológica adecuada"(1991:11). En realidad, lo que Brink quiere significar es que los que trazan políticas tienen que estar claros en torno a sus objetivos, los cuales, podrían ser luego operacionalizados por los economistas, quienes proveerían además la información objetiva relevante (a partir de cualquier fuente estadística, sociológica, etc.). como metodología, esto último es muy similar a lo que planteaban los primeros propugnadores de la evaluación tecnológica (Porter, 1980). Ello es también una presunción de los especialistas en análisis de riesgo/costo/beneficio, quienes dicen únicamente ofrecer consejo a los gerentes en el gobierno o el sector privado. En todos estos casos, existe la clara presunción de que los hechos son separables de los valores (decisiones políticas, etc.), y que el basar las decisiones en hechos objetivos -lo más libre posible de prejuicios- es lo que hace racionales a estas decisiones (al menos en casos ideales).

En síntesis, los economistas presuponen objetividad científica y un concepto de racionalidad basado en una clara distinción hechos/valores, con los hechos como la parte más importante de la dicotomía.

Los Neo-Marxistas

M. R. Redclift es quizás más claro en torno al marxismo "tradicional" que impugna que en relación al tipo de marxismo transformado que propugna en nombre de los trabajadores explotados y los pobres del Tercer Mundo. Sin embargo, es evidente que éste retiene aspectos esenciales del marxismo tradicional: las nociones de lucha de clases, explotación obrera, imperialismo económico, etc. Además, él considera su enfoque como estructural e histórico. Lo que Redclift probablemente argumentaría es que existe un conjunto de categorías explicativas fundamentales que no pueden ser ignoradas si se elige usar un marco conceptual marxista de cualquier índole. (Muchos denominados marxistas cristianos, particularmente en América Latina, han hecho también un uso libre similar de los conceptos marxistas con el mismo propósito de ayudar a los pobres del Tercer Mundo (McGovern, 1980; Torres y Eagleson, 1981).

Redclift parece estar ubicado en el campo de los que recientemente han comenzado a autodenominarse marxistas ambientalistas (Leis, 1972)(3). Sin embargo, en su criterio, un ambientalismo global adecuado tiene que incluir los problemas "estructuralmente" vinculados a la expansión poblacional del Tercer Mundo y a los legítimos reclamos que los países pobres tienen contra los países ricos, que los explotan usando la retórica de la "economía global".

Es posible que el enfoque de Redclift sea muy peculiarmente suyo, pero éste hace suficientes referencias a las ideas básicas del marxismo, al ambientalismo marxista y a líderes del Tercer Mundo como para que podamos identificar sus presuposiciones básicas. Igual que Marx en sus ataques a los males de comienzos de la Revolución Industrial, Redclift es también (al menos en parte) un moralista, profundamente preocupado por las injusticias contra los pobres en las regiones menos desarrolladas del mundo. Además, él asume que la teoría del desarrollo económico ortodoxa es mas bien ideológica en lugar de objetiva (o científica); que los trabajadores en el Tercer Mundo han sido sistemáticamente explotados en nombre del desarrollo; que los políticos del Tercer Mundo han hecho causa común con los explotadores de sus pueblos; y -lo más relevante para la cuestión de la sostenibilidad- que la devastación del medio ambiente en los países del Tercer Mundo es el resultado de presiones de la economía global y no de las legítimas demandas de los pobres.

Los Críticos Anti-Desarrollo de la Cultura

En los críticos de la cultura del desarrollo tecnológico hay una suerte de perfeccionismo, unas veces latente, otras veces explícito. Esto es más, tal vez, en alguien como Jacques Ellul (1964)(4), quien se enorgullece de ser absolutamente riguroso sobre lo que él entiende como sociología de las sociedades tecnológicas. Ellul pretende decirnos "lo que es realmente verdadero" sobre tales sociedades, aunque obviamente no lo dice en un sentido estrecho, de sociología académica empírica. En realidad, Ellul parece claramente estar invocando algún género de Verdad Absoluta (Boli-Bennett, 1980; Verene, 1984), aun cuando éste hable de asuntos prácticos, concretos como la transferencia de ciertas tecnologías al Tercer Mundo (Hanks, 1984).

Wolfgang Sachs podría no ser tan beligerante intransigente como Ellul, pero es rígidamente insistente en que nunca debemos olvidar que la historia del desarrollo en los países del Tercer Mundo ha incluido elecciones trágicas. Y tal tragedia ha afectado, principalmente, los valores culturales de la gente, forzada por los imperialistas económicos a aceptar el modelo "desarrollo" independientemente de lo que deseen o no; en realidad, independientemente de que entiendan o no los términos del contrato. Lo aborígenes de las regiones menos desarrollados del mundo han sido obligados a trabajos forzosos y a menudo, han muerto como resultado de tal atropello. El fruto de su trabajo no se ha acumulado y crecido para su bienestar, sino que ha sido sacado de sus países por los capitalistas y enviado muy lejos de allí. En todos estos puntos, los críticos de la cultura coinciden con los marxistas y otros elementos radicales. Pero, según los críticos de la cultura, la privación y explotación material, física y económica pierde relevancia en comparación con la pérdida forzosa de los valores espirituales de las comunidades autóctonas.

Lo que los pueblos aborígenes (continúan los críticos de la cultura) tienen que aportar a nuestro entendimiento intelectual -especialmente a aquellos que han sido embaucados por el mito del desarrollo- es la diversidad espiritual. Estos pueblos han cultivado ideales y modos de ver, pensar y sentir -especialmente en términos de modos de experimentar la naturaleza- de los cuales carece totalmente el mundo occidental moderno, adicto por entero a un estrecho racionalismo científico.

Los críticos de la cultura asumen un contraste rígido entre los sistemas de valores modernos y pre-modernos y piensan que los sistemas metafísicos, místicos, misteriosos pre-modernos son más valiosos, especialmente en términos de la verdadera sostenibilidad a largo plazo del mundo natural, incluyendo como parte de éste al género humano.

Los Ecologistas Profundos

Algunos de los autores de esta corriente coinciden en muchos de sus planteamientos con los críticos de la cultura, especialmente en la tesis biocéntrica que vincula la sobrevivencia de la raza humana a la sobrevivencia de la vida en la tierra. Se apartan de los críticos de la cultura, sin embargo, en que son menos vehementes en su denuncia de los valores. Ambos grupos coinciden en que la orientación consumista es negativa, y que la economía global manejada por las naciones desarrolladas genera las presiones que conducen a la deforestación, desertificación y a problemas similares en regiones del Tercer Mundo. Muchos de los más estridentes ambientalistas claman también por amplios cambios en los valores y por rechazo al consumismo. Y algunos de los propugnadores de la llamada "ecología profunda" profesan un celo cuasi-religioso y un respeto especial por los valores autóctonos, particularmente por los aborígenes americanos.

Sin embargo, el tono de los militantes ambientalistas en el debate de sostenibilidad -incluso de los ecologistas profundos- es muy diferente. Ellos se centran principalmente en la naturaleza, no en la cultura. Stanley Carpenter, para sólo citar un ejemplo, considera que debemos apelar a la evidencia científica, en particular a la creciente evidencia ecológica de que la autopoiesis -es decir, la habilidad de la vida en la tierra para auto-regenerarse luego de ser dañada- está seriamente amenazada por el irresponsable y negligente desarrollo humano. Tal vez los hábitos de los aborígenes americanos eran más respetuosos de la naturaleza, pero la cuestión ahora es cambiar el modo de pensar básicamente consumista de la gente en los países desarrollados de Norteamérica, Europa y otras partes del mundo y, además, de los managers de las corporaciones que alimentan y fomentan el consumismo. El objetivo es práctico, influenciar al público y la política de las corporaciones.

Con lo que los ambientalistas están apasionadamente comprometidos es con la salvación del planeta Tierra; ellos quieren evitar una catástrofe que dañaría severamente la habilidad de la tierra para auto-regenerarse. En fin de cuentas, ellos están más comprometidos con los valores ambientales que con los valores culturales, si bien muchos ambientalistas están obviamente convencidos de que se requiere de cambios en los valores culturales a fin de proteger los valores ambientales.

El Reporte Brundtland

Aquí nos encontramos con un conjunto de presuposiciones operativas de más bajo nivel, aunque al decir esto no se quiere denigrar el idealismo de los autores del reporte y particularmente, de Gro Harlem Brundtland, presidenta de la comisión de las Naciones Unidas que lo elaboró. Pero el reporte estaba supuesto a ser un documento práctico, un plan para el trabajo efectivo de agencias internacionales y gobiernos reales. Aunque el documento está plagado de compromisos, no son compromisos, digamos, entre los economistas académicos y los críticos neo-marxistas. Se trata mas bien de compromisos de gobiernos y líderes de instituciones privadas de los países desarrollados con los líderes de los países subdesarrollados.

De las perspectivas analizadas anteriormente, la más propiamente representadas en el documento Brundtland son la de los economistas y la de los ambientalistas. Esto no quiere decir que las voces de los países pobres -representadas aquí por un marxista- no fueran oídas; evidentemente que fueron escuchadas). Además, hay evidencia de lucha entre aquellos que realmente aspiraban usar la sostenibilidad como un slogan para reactivar el viejo estilo de desarrollo y aquellos que pensaban genuinamente incorporar los objetivos ambientales a las políticas del desarrollo sostenible. La cadena de compromisos es extensa.

Sin embargo, el Reporte Brundtland tiene más coherencia de la que sugieren los críticos. En esencia, se trata de un compromiso entre las concepciones que favorecen el desarrollo a nombre de la economía global y los intentos por balancear el desarrollo y las políticas ambientales. Hay también algo más que una simple señal de alerta en torno a que las presiones demográficas y las necesidades de los pobres del Tercer Mundo tienen potencial para amenazar e incluso hacer fracasar cualquier medida de balance ambiental que se pretenda implementar.

CONCLUSIÓN: EL DEBATE SOBRE EL DESARROLLO SOSTENIBLE Y LA FILOSOFÍA DE LA TECNOLOGÍA

Una nota Sobre la Metodología

El hacer explícita la metodología usada para descubrir las presunciones subyacentes en los argumentos de las partes envueltas en el debate de la sostenibilidad nos puede conducir al vínculo con la filosofía de la tecnología. Conscientes de los riesgos, hemos no obstante utilizado el esquema algo peculiar de Walter Watson en su libro The Architectonics of Meaning: Foundations of the New Pluralism (1985). Desde luego, no compartimos la exagerada presentación (destacada en la cubierta del libro) de que Watson ha diseñado "la primera taxonomía de todas las ideas realmente útil", pero, despojado de tal exageración, el libro de Watson ofrece una hermenéutica interesante.

Según Watson, todo autor (incluyendo los oradores públicos) revela sus presuposiciones filosóficas al utilizar en forma diferenciada cuatro componentes necesarios de toda pieza literaria:

Según Watson, los autores u oradores que destacan la objetividad por encima de los otros tres componentes emplean un estilo científico de escritura (aunque Watson no tiene un término para ello). Ellos tienden también a usar métodos lógicos, a invocar metas reduccionistas y a tratar de evitar al máximo los valores. Los autores que enfatizan deliberadamente los valores y ven los objetos de su discurso como sombras mundanas de realidades de otro mundo -vinculado típicamente ambas por medio de un método dominado explícitamente "dialéctico", Watson los liga a Platón. Ellos tienden a enfatizar la comprensión y a menudo menosprecian la estrechez del conocimiento técnico-científico. Los autores, en tercer lugar, que enfatizan el método y la disciplina (en el sentido de objeto de estudio o disciplina profesional) y que enfatizan el encaminamiento de los objetos en largos esquemas enciclopédicos, Watson los vincula a Aristóteles. Algunos aristotélicos creen que esto es una caricatura que ignora los aspectos natural-biológicos, interdisciplinares y prácticos de Aristóteles -especialmente en su oposición a Platón-. La cuarta perspectiva requiere un poco mas de elaboración.

Un rasgo significativo en el esquema de Watson -y el cual representa un rompimiento con sus mentores, particularmente con Richard McKeon-(5) es su reconocimiento de un cuarto grupo básico. Los autores ubicados en este último grupo destacan su propia perspectiva subjetiva, su propia creatividad, como un fin en sí mismo. En términos de método, éstos tratan a menudo de ser anti-metódicos, de utilizar cualquier medio que vaya a mover la narrativa (cuento, drama, etc.) hacia adelante. Watson vincula este grupo con el sofista griego Protágoras (para quien los seres humanos son la medida de todas las cosas) y define ésta como una perspectiva filosófica totalmente paralela a las otras tres.

Finalmente, Watson admite que esos cuatro grupos básicos no agotan el campo estilístico, pues muchos autores combinan diferentes modalidades. Como él reconoce, casi todos los grandes filósofos de la era moderna, después de Descarte, han tenido a usar estilos híbridos. Aun así, un estilo híbrido es identificable, entiende Watson, como un uso conjunto de dos o más de estos cuatro estilos básicos.

Esta es una descripción apretada -tal vez más peculiar que la del propio Watson- de un esquema complicado. Sin embargo, podría ser suficiente sugerir que un enfoque hermenéutico, aproximado a la línea watsoniana, puede ayudar a descubrir las presuposiciones filosóficas, en este caso, las filosofías de la tecnología implícitas (o a veces explícitas) en el debate de la sostenibilidad. Sin embargo, aunque la orientación de Watson parece ser aristotélica, del grupo de los autores encasillados, nosotros calificaríamos nuestra perspectiva (en los términos de Watson) mas bien creativa. Así, nosotros preferimos dejar que sea cada autor quien decida lo que desea enfatizar en torno al debate del desarrollo sostenible.

El Debate de la Sostenibilidad y la Filosofía de la Tecnología

Emplearemos el método de Watson, en forma muy breve, para resumir y concluir nuestra exposición.

Parece claro como un cristal, primero, que los economistas/operacionalizadores adoptan un estilo científico. Como denuncian los críticos de la cultura, éstos tienen horizontes muy limitados, tal vez incluso una implícita postura reduccionista que los críticos consideran hostil a los valores ambientales. A pesar de esto, es claro también que estos economistas partidarios de la sostenibilidad tienen las mejores intenciones. Ellos creen sinceramente que la sociedad no tiene la menor posibilidad de alcanzar un medio ambiente sostenible de cara al desarrollo si no se utiliza la evidencia científica más objetiva. Los críticos podrán tener objetivos nobles -dirían estos economistas- pero nunca serán alcanzados si no existen los medio precisos para su realización.

El filósofo de la tecnología de más renombre con un enfoque similar a los mencionados economistas es Mario Bunge. Su modelo de lo que él llama "sociotecnología" incluye exactamente el mismo modelo de política/hechos que plantean aquellos. Y las pocas veces que él menciona el medio ambiente entre los problemas sociales a los cuales él aplicaría la sociotecnología, lo hace de manera indirecta y siempre tiende a enfatizar la multidimensionalidad de los problemas sociales. El dice, por ejemplo: "Los programas sociales efectivos atacan los problemas sociales en todas sus dimensiones, esto es, ellos tienen componentes ambientales, biológicos, políticos y culturales, así como también, su componente económico" (Bunge, 1985:290).

Aunque muchos ambientalistas consideran que los economistas tienen pocas cosas constructivas con que contribuir a la sostenibilidad, profesionales del género de la "filosofía exacta" de Mario Bunge creen que su enfoque no sólo es valioso, sino que es el único preciso y basado en suficiente evidencia como para hacer algo que valga la pena.

En relación a los críticos de la cultura, parece igualmente claro que éstos tienden a favorecer una orientación hacia algo así como el Bien platónico. Esto podría no ser explícito en Sachs (nuestro ejemplo aquí) pero Ellul es explícito al denominar su crítica a la dialéctica (Boli-Bennett, 1980; Verene, 1984). Además, el énfasis de Sachs (así como el de Esteva y los otros autores mencionados de pasada) en los valores espirituales de las culturas aborígenes como la mejor esperanza para la sostenibilidad, tiene un toque platónico, al menos en un sentido amplio.

Un filósofo de la tecnología que hace referencia explícita a Platón (si bien es mucho menos vehemente en su crítica de la tecnología que Ellul) es Frederick Ferre. Según él, la filosofía de la tecnología tiene que estar edificada sobre principios. La filosofía explícita que él adopta es organicista. Y al menos parte de la razón que él ofrece para ello es la necesidad de resolver los problemas del medio ambiente (Ferre, 1988).

Los ecologistas "profundos" son difíciles de caracterizar en términos watsonianos. Por el hecho de que los ambientalistas tienden a tener diferentes géneros de orientación filosóficas, o ninguna, por completo, los que mencionamos aquí, tienen una orientación biocentrista que los aristotélicos probablemente respaldarían. También, la filosofía ambiental de Mark Sagoff usada por Carpenter, nuestra vínculos claros con la ética de la virtud aristotélica. Y, al menos algunos de los mejores propugnadores de la sostenibilidad con base en el medio ambiente, insisten en un cuidadoso enfoque multidisciplinario fundado sólidamente en la ciencia de la ecología. por otra parte, algunos ambientalistas siguen a Martín Heidegger al considerar que los peores rasgos del desarrollismo provienen de los griegos y en particular, del esencialismo aristotélico.

Uno de nosotros ha argumentado en otro sitio en relación al activismo social basado en Dewey (incluyendo el ambientalismo progresista), que el mismo tiene raíces remotas en Aristóteles (Durbin, 1992). Esto nos parece que tiene relevancia para la cuestión de la sostenibilidad.

El marxismo de Redclift es explícito incluso cuando critica el desarrollismo del marxismo tradicional, así que no se requiere de exégesis watsoniana para inferir qué filosofía de la tecnología adopta éste. En todo caso, los filósofos de la tecnología marxistas -y en particular los ambientalista marxistas- (Leiss, 1972) parecen tener cosas importantes que decir en el debate de la sostenibilidad. Y esto a pesar del fin de la Guerra Fría y la revelación de las catástrofes ambientales del ex bloque comunista de Europa del Este(6).

Podemos finalizar haciendo notar que otros colaboradores recientes de la filosofía de la tecnología -Albert Borgmann (1984; 1992), Larry Hickman (1990), y Don Ihde (1990), entre otros- deben tener también cosas significativas que decir sobre el desarrollo sostenible. Después de todo, la sostenibilidad es una de las cuestiones más importantes en la historia del género humano -en realidad, en la historia de la vida en el planeta Tierra-; así que, si la filosofía de la tecnología desea hacer valer sus méritos tiene evidentemente que hacer su aporte a este trascendental debate.

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NOTAS

(1) Por ejemplo, Gustavo Esteva (a ser citado brevemente más abajo), Ivan Ilich, Carl Mitcham y, de manera especial, Vandana Shiva.

(2) Véase, por ejemplo, Hempel (1960) quien cita a P.W. Bridgman como iniciador del análisis operacional.

(3) Véase, para algunos ejemplos, Contributions to Capitalism, Nature, Socialism: A Journal of Socialist Ecology (comienza en 1988).

(4) El interpretador de Ellul que hace más énfasis en la objetividad "sociológica" del enfoque de Ellul es Katherine Temple (1980).

(5) Reconocimiento de Watson a Mckeon (Watson,1985:xii). Los trabajos de Mckeon sobre éste tópico han sido recogidos por Mark Backman, en Richard McKeon (1987). Otra influencia en Watson (tal vez sólo indirecta -a través de McKeon- por cuanto Watson no menciona), es Kenneth Burke, quien enfatiza los "estadios" (o antecedentes del discurso) mucho más incluso que McKeon o Watson. Véase, Kenneth Burke (1989).

(6) El más ardiente defensor de la relevancia del socialismo para la filosofía de la tecnología después del fin de la Guerra Fría es Andrew Feenberg (1991), En la nueva teoría crítica de la tecnología de Feenberg, el ambientalismo, si bien no es el aspecto dominante, ocupa sin embargo un lugar muy importante.

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