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Desde los inicios de la cultura humana existió la selección artificial por medio de la "cría" y la domesticación, tanto de la propia descendencia de las comunidades humanas, cuanto de los primeros animales y plantas domesticados. Sin embargo, las posibilidades que la ingeniería genética ha alcanzado, y las que se vislumbran para el futuro, son inconmensurables, en el sentido kuhniano de la palabra, en relación con cualquier fenómeno humano anterior de acción sobre su información genética. La ingeniería genética actúa sobre los genotipos (sobre la información genética que un individuo potencialmente es capaz de dejar a su descendencia) y no ya exclusivamente sobre los fenotipos (la manifestación en un individuo de la información genética). Mendel, el padre de la genética, no hubiera soñado hace más de cien años, cuando hacía sus famosos experimentos con los chícharos, que a partir de su descubrimiento se llegaría en un lapso de tiempo tan corto a posibilidades de actuar sobre las estructuras genéticas que tardaron millones de años en ser seleccionadas naturalmente.
La tecnología se sigue de los desarrollos científicos más significativos; su evolución es concomitante con la de la ciencia. Todo desarrollo científico que trae consigo concomitantes desarrollos tecnológicos no deja de plantear inmediatamente problemas éticos. Quisiera abordar la discusión de alguno de ellos, partiendo de la iniciativa que se ha dado ya en varios países altamente industrializados, en particular en los europeos y en los EEUU, en relación con la necesaria reflexión sobre las consecuencias científicas, tecnológicas, legales, morales y, añadiría yo, sobre las propias consecuencias evolutivas de la especie humana que la ingeniería genética plantea en nuestros días.
El concepto de 'ética' deriva de "ethos" en griego, lo que se ha traducido generalmente como "costumbre", interpretación que ha sido defendida particularmente por las corrientes empiristas en filosofía. Aristóteles distinguía ya entre virtudes de tipo ético y virtudes de tipo dianoético. Las virtudes éticas son para Aristóteles aquellas que orientan positivamente al agente en la consecución de un fin, mientras que las dianoéticas son virtudes de tipo más bien reflexivo. Por esta razón, las virtudes éticas interesan más para la vida del estado pues tienen que ver con problemas de justicia, de amistad, de valor y, añadiríamos actualmente, de consistencia entre todas ellas. La ética en este sentido se preocupa mucho por los hábitos y las costumbres buscando en éstas aquellas que puedan ser virtuosas. Las virtudes dianoéticas, más ligadas a la inteligencia, a la razón, a la sabiduría, a la prudencia, etc., tienen más un interés en cuanto a una moralidad individual que a una moralidad social. Por ello adoptaré en este trabajo la palabra ética en el sentido de una ciencia que se ocupa más bien de problemas morales en todas sus formas, pero particularmente de aquellos ligados con la vida del hombre en sociedad.
La palabra ética, partiendo de estas premisas, nos coloca muy rápidamente en relación con las ciencias sociales que se interrogan siempre sobre los fundamentos de la acción humana.
En un segundo momento, la ética se interroga sobre las posibilidades de cambiar las costumbres y las acciones en un sentido positivo, de acuerdo con intereses tendientes a mejorar la vida de la comunidad. Esta es claramente una tradición derivada del Renacimiento.
En este sentido, debemos señalar que la reflexión ética no es nueva. Podemos suponer que existe desde que los primeros individuos del género homo desarrollaron el discurso racional por medio del lenguaje. El filósofo Jean-Paul Sartre decía "cada hombre es todo el hombre" y con esta frase quería poner de relieve el hecho de que todo proyecto humano, sea cual fuere su sitio social y su lugar histórico, es comprensible para cualquier otro ser pensante. Va todavía más lejos esta idea al poner en relación a la comprensión con dos posibles géneros de intencionalidades humanas: las de mala fe o heterónomas, que podríamos traducir como el conjunto de propósitos irracionales en su concepción y oscuros en sus metas, cuya característica común consiste en quitarle al individuo toda su responsabilidad sobre su devenir; y, por el contrario, el género de las auténticas o autónomas, las libremente consentidas, que pretenden hacer del hombre amo de su destino (Sartre, 1943; Martínez, 1980).
Si procediéramos deductivamente y concediéramos validez a semejantes premisas, entonces un proyecto de ética social universal consistiría en la búsqueda de la libertad de todos los hombres para asegurar la propia. Estoy consciente de que la palabra "libertad" la utilizo, en la clasificación que hacemos los filósofos, como un concepto metafísico, es decir como un concepto cuyo significado no puede ser "falseado" (en el sentido popperiano de la palabra) por métodos científicos, formales o empíricos. Sobre este punto quisiera también hacer una referencia al psicólogo Skinner, quien en su introducción a libro Beyond freedom and dignity (más allá de la libertad y de la dignidad)(1972), se asombra de que mientras la ciencia Griega ha sido superada en tal grado que los filósofos que trabajaban en aquellas islas del Egeo hace veinticuatro siglos, no entenderían nada en una reunión de científicos modernos. Platón o Aristóteles, que tampoco entenderían ahora nada de la ciencia moderna (por ejemplo, nada en relación con la genética que aquí nos ocupa), podrían, sin embargo, seguir sin problema una discusión sobre problemas éticos(1).
Partiendo de la interpretación anterior, la ética, en su dimensión reflexiva interna, equivale a la más alta tarea que pueda llevar a cabo un ser humano. Expresa para muchos de nosotros los filósofos una característica humana que no creo que sustituya ninguna ciencia, por bien que describa externamente tanto la fisiología como la psicología del humano. Para Skinner, sin embargo, lo contrario es lo cierto. No cabe duda para él que en la siguiente generación los problemas éticos quedarán relegados al ser sustituidos por las ciencias positivas sobre el hombre: el concepto de reforzamiento será, frente, por ejemplo, al de decisión ética, el concepto fundamental de los nuevos tiempos. Pero los filósofos predecimos que la reflexión moral seguirá siendo materia de interés para nuestros descendientes, cosa que tal vez Skinner no los científicos positivistas no acepten.
En efecto, concedamos que el quehacer filosófico poco ha cambiado en los últimos siglos. Si así fuere, si el quehacer ético no ha cambiado sustancialmente en la historia de la humanidad, sí han cambiado, y constantemente, las materias sobre las cuales discurre la ética; en efecto, cada vez que encontramos en la historia de la humanidad importantes cambios en la estructura económica de las sociedades, encontramos también nuevas reflexiones de carácter ético, así como de carácter político.
Es claro que no es la primera vez en la historia de la humanidad que las posibilidades de actuar sobre el hombre para transformarlo como se actúa sobre otros seres vivos, en particular los animales, ha causado gran inquietud en la sociedad y dudas tanto sobre su real utilidad cuanto sobre sus consecuencias morales.
Tal es el caso de la inmunidad adquirida contra los virus que se inició con la aplicación, en 1798, de la primera vacuna. Eduardo Jenner, doctor rural en Inglaterra, notó que muchos granjeros que habían contraído la llamada "viruela loca" no desarrollaban la deformante y muchas veces mortal enfermedad, la "viruela negra". Ese año inoculó a un niño con sustancias extraídas de una pústula del brazo de una lechera que tenía la "viruela loca". Posteriormente demostró que el joven había desarrollado inmunidad contra la "viruela negra". La posibilidad de que se pudiera vacunar a la gente causó enorme inquietud e inclusive intentos de prohibir este tipo de actividades que "no hacían sino considerar al hombre como un animal más". Sin embargo, las ventajas de la vacunación acabaron por imponerse, a pesar de que para la ciencia de entonces era imposible demostrar qué era lo que causaba tanto la "viruela loca" como la "viruela negra" (y, en consecuencia, su prevención), por la sencilla razón de que los virus no fueron aislados sino mucho después (a principios del siglo XX).
En efecto, ya después de Pasteur, los científicos estaban asombrados de aquellos seres microscópicos que se escapaban a través de cualquier filtro y que producían descomposición en la materia y, en muchos casos, resistían a las temperaturas de ebullición, que hicieran la fama de Pasteur, quien propusiera, como sabemos, el hoy muy común método de la pasteurización. Como se sabe, no fue hasta la primera guerra mundial cuando un científico inglés y otro francés, independientemente, demostraron en laboratorio que se desarrollaban círculos redondos al rededor de cultivos sobre bacterias. Felix D'Hérèlle mencionó que lo que causaba estas manchas claras era en realidad un microbio invisible, un virus filtrable que parasita a las bacterias. D'Hérèlle había, de hecho, descubierto al bacteriófago; así pues, el análisis de aquellos agentes que provocaban peligrosas enfermedades y de la manera de combatirlos, que ya existía a través de vacunas, no fue demostrado sino ciento veinte años después de que fuera inventado el método de vacunación.
Volvamos al presente, el debate moral interesante hoy consistiría en conocer si Jenner tuvo o no derecho de inocular a ese primer niño sin su consentimiento expreso, ("el derecho a saber" como señala el Dr. Fernando Salmerón (1988)) aunque fuera por su bien. Pero es cierto que lo que distinguió a Jenner de cualquier charlatán es que sus resultados eran comprobables y eran consistentes.
A partir de lo anterior, quisiera plantear el primero de los problemas éticos que la ingeniería genética trae consigo. La ingeniería genética es una tecnología basada en una teoría comportable científicamente, a diferencia de tantas teorías que sin ninguna base científica han planteado muchas hipótesis buenas y malas, que van desde las tesis racistas en torno a la existencia de supuestas razas superiores, hasta el control milagroso de diferentes tipos de enfermedades. Las bases científicas de una tecnología que puede tener importantes consecuencias sobre el género humano es un primer elemento de reflexión. Una discusión ética, en la medida en que la ética pretenda ser una ciencia, tiene como principal fin demostrar si un argumento tiene bases científicas o no. En ese sentido, es claro que ha habido en el pasado, y habrá sin duda en el futuro, muchas pseudoteorías que serán defendidas y justificadas con falsas demostraciones, con el fin de llevar adelante fines ideológicos, pero de ninguna manera científicos.
En el caso de la tecnología genética, su validez científica parece estar más allá de toda duda una vez que sus resultados confirman la teoría. Sin embargo -y esto nos lleva al siguiente punto-, al desarrollarse una ciencia, las tecnologías, que se dan como aplicación de los principios básicos a fines prácticos, tienen siempre la posibilidad de perfeccionarse con fines útiles para un grupo humano o la totalidad de la humanidad o, por el contrario, con fines negativos para algunos grupos humanos y, a veces, paradójicamente, negativos para toda la humanidad, incluso para aquellos que los produjeron. Buen ejemplo de esto lo constituyen las armas bacteriológicas que pueden salir de todo control durante años, como les sucedió a los ingleses durante la Segunda Guerra Mundial: en una isla escocesa "plantaron bacterias", como experimentación para desarrollar armas bacteriológicas semejantes a las que los alemanes parecían tener entonces. Las bacterias que desarrollaron fueron tan eficaces que mataron muy rápidamente al ganado que había sido colocado como prueba. Dichas bacterias se desarrollaron y reprodujeron de manera excelente (para ellas): aquello que mató a los animales se infiltró en las diferentes estructuras vivas de la isla, e inclusive se depositó bajo tierra, de tal suerte que han pasado casi cincuenta años para que se limpie a la isla de los efectos de aquel experimento, sin que aún se tenga la seguridad de que esté totalmente libre de peligro. No han podido "limpiar" la irresponsabilidad de hace años. Esa cepa de bacteria no fue, sin embargo (y, por suerte) utilizada durante la Guerra. A veces la diferencia en los crímenes de guerra potenciales o actuales radica más en la cantidad que en la calidad.
Sobre grandes y pequeños genocidios (no olvidemos Somalia, Bosnia, Sudán), contamos con ejemplos aún más horripilantes: las pruebas con bombas atómicas y de hidrógeno, así como los accidentes de las centrales nucleares (Chernobyl y The Three Mile Island). Estos nos hacen ver que una tecnología utilizada para un fin puede revertirse contra ese fin e inclusive puede revertirse contra sus propios creadores. Por ello, el debate ético sobre la ingeniería genética no puede simplemente resolverse diciendo intuitivamente que es positivo en sí su desarrollo, cosa que muchos pensaríamos en esta primera instancia, sino que siendo su desarrollo positivo, sus aplicaciones concretas, sus campos de acción, sus consecuencias futuras, deben tratar de ser previstas; se debe reflexionar sobre ellas, y la sociedad debe adoptar una actitud colectiva crítica y vigilante hacia el futuro.
En relación con los problemas de la ingeniería genética, de manera más específica, deberíamos distinguir sus efectos positivos ya comprobados y sus posibles efectos negativos involuntarios, por un lado, y voluntarios por el otro. Los efectos positivos de la ingeniería genética se pueden clasificar en muchos rubros, pero con el fin de seguir de cerca la interesante discusión del parlamento alemán, trataré de destacar algunos de los puntos ahí expresados y me referiré a argumentos del grupo denominado de los "verdes" (grünen), así como a argumentos expresados por un documento oficial de la Iglesia Católica. Si la Iglesia Católica poco ha cambiado, los verdes no sólo han cambiado, sino que se han desarrollado como un movimiento planetario.
Empezaré pues con el argumento que yo llamaría más naturalista, sería el de la Iglesia Católica: para la Iglesia, el hombre "no puede ser reducido a un complejo de tejidos, órganos y funciones y no puede ser valorado (como) cuerpo de los animales" (Vaticano, 1987:8). Ser persona significa "tener un alma espiritual" (Vaticano, 1987:6).
A partir de aquí, (porque ese texto no se refiere concretamente a tecnología genética, sino más bien a la fecundación i vitro) la Iglesia rechaza aplicar al hombre "medios o procedimientos que es lícito emplear en la genética de las plantas o de los animales" (Vaticano, 1987:10), pero que sería imposible aceptar en el hombre, por ejemplo: la fecundación i vitro la rechaza la Iglesia por no tener conexión con la sexualidad -esta última sólo tolerable en el matrimonio- por lo que la considera como moralmente inadmisible. En nombre de la "integridad humana", la Iglesia defiende un naturalismo en la procreación, como en otros menesteres, pero se olvida simplemente que al elegir a la pareja ya hay una selección artificial de genes que se quieren duplicar o no duplicar, como en el caso de las deformaciones, exactamente lo que sucede cuando se selecciona a las especies domésticas en función de los caracteres que uno quiere ver reproducirse. La ingeniería genética sólo hace explícitas técnicas eficaces ahí donde el hombre utiliza implícita o explícitamente técnicas mucho menos eficaces. Tal vez la Iglesia le conceda un excesivo poder al investigador cuando dice "el investigador usurpa el lugar de Dios (...) y se hace señor de destino ajeno" (Vaticano, 1987:18); todo esto, "lo expone a la tentación de querer transgredir los límites de un razonable dominio de la naturaleza" (Vaticano, 1987:5). Al exigir que "los hijos sean traídos al mundo en el matrimonio" (Vaticano, 1987:24) y al rechazar la posibilidad de usar gametos de una tercera persona, ahí sí, en mi opinión, la Iglesia hace del hombre un animal, porque le quita su característica fundamental frente a aquél, la posibilidad de recrearse por la cultura y, en consecuencia, el derecho y la posibilidad de amar y de educar a los niños, aunque no sean genéticamente suyos, ya sea que se haya podido o querido tener hijos propios, ya sea que se esté casado, viudo o soltero.
Contrariamente a los ideólogos del Vaticano, no creemos que la evolución natural sea un fenómeno que el hombre llegue a controlar artificialmente en su totalidad, no sólo en las próximas décadas, sino que algunos pensaríamos que el fenómeno de la selección natural sobrepasará siempre todo intento humano por controlarlo; en todo caso, lo que teme la Iglesia nos parece excesivo.
¿Qué pasaría si se obedeciera al Papa y no se realizara ningún control de la natalidad a nivel mundial, en particular entre los países más pobres y con menos educación -donde la mujer lleva, por cierto, la peor parte-. Sólo daríamos razón a Malthus, pues la población disminuiría junto con el desastre ecológico del planeta Tierra.
Sin embargo, las tecnologías no son per se solución para nada. Tecnologías mal dominadas, no apoyadas en bases científicas sólidas, pueden producir lo contrario que pretenden: perjudicar en vez de ayudar, destruir lo que se quiere construir o proteger. Este temor legítimo frente a los posibles excesos de la tecnologías, en particular las biotecnologías y la industria nuclear, aparentemente también lo pronostican, en cierta medida, los verdes alemanes desde hace casi diez años. Estos, por ejemplo a través de la diputada Heidemarie Dann, en un voto particular en el parlamento alemán en 1987, nos dicen, en relación con las posibilidades y riesgos de la ingeniería genética, que "ésta plantea la posibilidad de que el hombre disponga del hombre, lo configure y también lo manipule" (Dann, 1987) y que se invalide así "el consenso básico de nuestra sociedad plasmado en los postulados de la ley fundamental que establece la inviolabilidad de la dignidad del hombre y la salvaguarda del derecho a la integridad física" (Dann, 1987).
Es claro que la tesis de los verdes se parece a las del vaticano en que ambas son de corte naturalista. Esta tesis de corte naturalista, no es desarrollada adicionalmente por los grünen, ya que el voto se centra rápidamente en problemas políticos y no técnicos; este voto particular critica, por ejemplo, que no haya ahora y que no haya habido previamente una discusión pública y popular antes de que el parlamento la aprobaré; afirma que la ingeniería genética puede pretender ignorar u obviar, por ser más barata, problemas no resueltos de la medicina asistencial. Por otro lado, y desde la perspectiva económica, señalan que la ingeniería genética puede favorecer una concentración del ingreso en países ricos al cambiar la estructura de los mercados mundiales y la división internacional del trabajo. Finalmente, señala los riesgos de la difusión ambiental no controlada de nuevas cepas de organismos vivos. Todo ello lleva a los verdes a proponer una moratoria, incluso una congelación de la ingeniería genética.
El Vaticano se coloca antes de toda tecnología. Se parece a Rousseau para quien el fuego (primera tecnología accidentalmente descubierta por los humanos) sacó al hombre del paraíso de la vida primitiva. Pero también difieren de Rousseau, pues el suizo sabía que no había regreso posible hacia el mundo natural. El Vaticano quiere, del mundo científico, medicinas; pero no quiere "medicinas" para el embarazo y para la liberación de las mujeres. El Vaticano está dominado por hombres que poco saben o quieren saber de la condición de la mujer.
Sobre el problema de la discusión previa que se haya o no dado en la sociedad alemana -y en las europeas, pues los verdes germanos fueron los antecesores de otros "verdes" europeos y de muchos otros países, como México-, no puedo afirmar, con la información de que dispongo, si el debate fue amplio o no. En todo caso, pareciera que las inquietudes sobre la ingeniería genética son mucho menores que las también legítimas inquietudes sobre lo nuclear, sobre las industrias químicas, la contaminación y el armamentismo.
En México, no parece aún haber surgido un debate verdadero al respecto.
De las críticas específicas avanzadas por los verdes, por ejemplo en la medicina, no se puede derivar que sería mucho mejor actuar ingenierilmente para evitar, por ejemplo, el mongolismo, que dedicarle más recursos, posteriormente, a la atención de un mongol. Moral y económicamente, lo primero sería mucho mejor, por lo cual el argumento de los verdes no me parece muy sólido frente a la acción de la medicina (Dann, 1987).
Veamos algunos puntos de índole económica. La concentración internacional del ingreso, y desgraciadamente para los que pertenecemos a un país que aún no sale totalmente de su crisis económica, no es con la prohibición de una industria que esto se va a solucionar. Pero sí debemos reconocer que los países en desarrollo debieran tener acceso a las técnicas de la ingeniería genética. Es seguro que existen otras muchas ingenierías biológicas mucho más baratas que las genéticas, pero incluso en ese campo los países industrializados están en mejores condiciones de perfeccionarlas, impulsarlas y controlarlas mejor que los países en vías de desarrollo, como nosotros. ¿Cómo garantizar este acceso?. Esto es un problema de índole política y económica que se podría analizar en un estudio ad hoc.
En cuanto al problema del riesgo potencial sobre el medio ambiente, los verdes comparten probablemente en este único punto los temores del resto de la comisión del parlamento alemán (y del europeo) al coincidir en la propuesta de precauciones, sobre todo ahí donde no se pueden saber los riesgos a mediano y largo plazo que tendría la liberación en la naturaleza de cepas creadas ingenierilmente, aunque en una primera etapa pudieran servir, por ejemplo, para controlar plagas.
En resumen, las ventajas que para el bienestar humano traerá la ingeniería genética son enormes: en la salud, el diagnóstico y control de enfermedades de origen genético, en vacunas nuevas, en fármacos, etc.; en la producción agrícola y animal, en el control biológico y ya no químico de plagas; en la economía, al promover la creación de nuevos empleos; en la ciencia, donde todo un universo de conocimientos y de acciones tecnológicas provienen de los conocimientos básicos, pero también refuerzan el desarrollo del conocimiento científico.
No seamos, sin embargo, inocentemente optimistas. Nuevos problemas morales surgen y surgirán: por ejemplo, el control, no ya de defectos genéticos, sino la selección de los hijos en función de rasgos físicos o del sexo, como si se tratara de seguir una moda.
Habrá también problemas morales y científicos si el hombre sigue creyendo que puede tomar en sus manos a la selección natural y suponer que, algún día, podrá controlarla, convirtiendo a todo el proceso evolutivo en un fenómeno de selección artificial, semejante al que los humanos practicaron desde hace milenios con las especies cultivadas y domesticadas. Estos problemas morales, aunque nuevos en su materia, no serán, sin embargo, nuevos en cuanto al que hacer moral del ético -y de todo individuo que actué moralmente-, constituirán simplemente el reestructurado campo de acción de la continuamente renovada reflexión ética.
La ética en nada se parece a la ingeniería. No se pueden hacer adaptaciones, optimizaciones éticas. Se tiene que partir de un fin y, racionalmente, crear medios en función de ese fin. El fin de la humanidad no puede ser, como lo desea el Vaticano, convertir a la Tierra en un enorme multifamiliar rodeado de áreas cultivadas al 100%. La calidad de la vida pasa por la calidad ecológica del Planeta. En esto los verdes han contribuido mucho más, aunque hayan caído en ciertos mitos utópicos.
Si no podemos regresar a la vida "natural" de nuestros lejanos ancestros, sí podemos luchar porque las ingenierías no se vuelvan las utopías del siglo XXI, utopías que no harían sino enmascarar los problemas fundamentales de la Humanidad y hacernos creer que se puede reconstruir ingenierilmente a las comunidades humanas.
Dann, Heidemarie
1987 Voto particular,
México, Instituto Goethe.
Martinez, J.
1980 Sartre. La filosofía
del hombre, México, Siglo XXI.
Salmerón, F.
1988 "Ciencia, política
y sociedad", Problemas filosóficos, (Septiembre),
México.
Sartre, J.
1943 El ser y la nada. Ensayo de
ontología fonomenológica, Buenos Aires, Losana.
Skinner, B.F.
1972 Beyond Freedom and
Dignity, BANTAM.
Vaticano
1987 "Sobre el respeto de la vida humana
naciente y la dignidad de la procreación", en Documentación e
Información católica, Editorial del Vaticano, Marzo,
año 15, Nº12(745).
(1) Por ejemplo los trabajos de un gran especialista mexicano en la ingeniería genética, el Dr. Antonio Velázquez Arellano.
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