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Pedagogía de los valores - Una didáctica de los valores: dignidad humana, criterio y justicia según algunos autores clásicos

Jorge Medina

Introducción

Valor, valores, valoraciones, virtudes, valías, todos estos términos forman parte substancial de nuestro actual vocabulario pedagógico. Los cientos de libros, artículos de revistas y periódicos, las casi once millones de páginas de la internet relativas al tema, escritas en todos los idiomas, lo corroboran.

Y es que el tema de los valores, hoy, constituye literalmente un problema. Recordemos que el término griego problema (pro-ba/lomai) significa lo que se nos presenta enfrente, lo que nos es lanzado inesperadamente y que pide una respuesta. El problema de los valores, su necesidad, utilidad, fundamento, origen y ejercicio, nos es lanzado a nosotros, sí, a nosotros, los educadores, los del cotidiano quehacer escolar, y debemos dar una respuesta.

Esta ponencia intenta, por una parte, motivar la acción educativa y hacerla girar, en mi opinión, a lo que ha sido y es la cuestión fundamental de la pedagogía: el crecimiento personal fundado en los valores; frase que puede ser tautológica, pues si no se educa en valores ¿hay verdadera educación? Por otra parte, pretende rescatar de los clásicos de la educación algunas sugerencias didácticas, algunos modelos prácticos para la transmisión y conservación de los valores en nuestros estudiantes.

¿Por qué los clásicos? A esta pregunta inicial debo contestar en primera persona: porque estoy convencido, al igual que muchos de ustedes, que la antigüedad es fuente de verdades perennes, que la historia es una verdadera maestra y que una postura prudente en educación no se deja llevar por las modas pedagógicas, sino que rescata lo que de valioso tienen y lo integra a sus experiencias y conocimientos pasados, para así amalgamar una auténtica didáctica personal.

Según el conocido mito de la caverna, expuesto por Platón(1), existen hombres que, dejando la oscuridad de las sombras, voltean a la luz, asumen el reto de quitarse las cadenas que atan a las mezquindades de este mundo, y se liberan. Esta es nuestra tarea, liberarnos primero, para después, ser, verdaderamente, liberadores de nuestros alumnos, futuro de una nueva humanidad liberada.

Sin embargo, estos ideales pedagógicos tan nobles deber estar orientados por una doctrina consistente y correcta, de lo contrario hay el riesgo de caer en un romanticismo en valores, donde todos nos aventamos pero sin saber a dónde.

Empero, tal doctrina de los valores no puede ser tan complicada que corra el riesgo de no ser entendida por nadie, salvo grandes doctos en la materia; pero tampoco el tema de los valores puede reducirse a meras recetas, que trivializan y relativizan todo contenido axiológico. La educación en valores, su investigación, docencia y práctica debe ser asequible a todos, y en esto los maestros y maestras tenemos una labor insustituible.

1. La dignidad humana

Educar en valores, entraña, necesariamente, educar en la dignidad humana. En este primer punto debo ser fiel a tantos maestros y maestras que he tenido y me han mostrado que la persona humana es digna en sí misma, digna de respeto y cariño, digna de comprensión y exigencia.

La dignidad humana es el valor fundamental y fundamentante del resto de los valores. Si el hombre en sí mismo no fuera digno, ¿qué razón tendría llamar valiosas a sus acciones y productos?

Los antiguos romanos comprendieron esto y llamaron a ese substrato común a todos los hombres, que los iguala en dignidad, la humanitas. Valga recordar de nuevo su etimología: humus, tierra, polvo; no en balde las palabras “humano” y “humilde” tienen el mismo origen. Dignidad humana, por tanto, hace referencia a ese ser único en el universo, capaz de conocer, valorar y amar la realidad en la que vive. Con Quevedo podemos decir: “serán ceniza, mas trendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado”(2).

Maestra, maestro: el ser humano goza de una dignidad irrenunciable, nada ni nadie puede atentar contra el valor intrínseco de la persona humana. Y esto no lo digo en abstracto, sino en concreto: tú, yo, nuestros alumnos, somos seres humanos en el más hondo significado. Somos dignos, hacemos cosas dignas, merecemos que se reconozca nuestra dignidad.

Esto que a primera vista parece tan abstracto en filosofía “dignidad humana”, en pedagogía goza de una concreción fabulosa; sólo se ejerce una verdadera influencia benéfica en el educando, cuando previamente el educador es consciente de lo que ha sido confiado en sus manos: un ser humano íntegro, que siente, sufre, piensa, ama, llora, canta y aprende...

Llegamos pues, a un punto crucial, donde se exige una postura definida y definitoria de toda nuestra labor educativa: o educamos desde y para la dignidad humana o, simplemente, no educamos; pues así como sin valores no hay educación, así también sin dignidad humana no hay valores.

Magni passus, sed extra viam! Rezaba un adagio latino: Grandes zancadas, pero alejadas del camino, alejadas de la meta. Este será el futuro de la educación en valores si no se reconoce la dignidad humana como fundamento de los valores.

A continuación expondré dos valores y algunas sugerencias didácticas para potenciarlos en nuestros alumnos. A juicio mío, estos valores deben ser el hilo conductor de la actual pedagogía: criterio y justicia.

2. El criterio

El criterio es la capacidad del ser humano para juzgar su entorno, para discernir lo conveniente de lo inconveniente, lo benéfico de lo nocivo. “Criterio” proviene del vocablo griego krite/rion, que en un principio designaba a la criba o cedazo que utilizan los albañiles para colar la arena de las piedras a la hora de preparar la mezcla. Posteriormente se analogó a la capacidad humana para cribar o separar lo justo de lo injusto, lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso.

Tal vez de los valores que más añoramos y queremos que existan es el “criterio”; para nuestros jóvenes todo es bueno, todo es lícito, todo tiene justificación. Parece que carecen de parámetros personales para elegir, y elegir bien. Es triste constatar que el joven cedió su capacidad crítica o de discernimiento a los medios de comunicación, a la ocurrencia del último artista o a los espectaculares que encuentra en la calle.

Vivimos en un ambiente en que lo factible, y no lo valioso, se hace. La medicina, la tecnología o la economía son áreas del quehacer humano que no se rigen por valores o por un minimum normativo ético, sino por la viabilidad de sus proyectos, y esto es tremendo. Impera la necesidad de volver al criterio como fuente del actuar humano bueno, apegado a la conciencia y a los valores; es fundamental enseñar a pensar bien, a formar una “cabeza bien hecha” y no “bien llena”, como escribe Edgar Morin(3), para después actuar correctamente.

¿Cómo auxiliar a formar el criterio de nuestros alumnos? La historia nos regala el testimonio de grandes maestros que han ayudado a formar el criterio de sus alumnos. Tal vez estos recursos didácticos no embonen cabalmente con nuestra noción de recurso didáctico, demasiado tecnológico, pero lo cierto es que la interioridad humana se forma sólo con herramientas de su misma índole. A continuación expongo algunos ejemplos y frases que nos ayudarán a comprender mejor la educación del criterio:

a) Quilón, maestro de los espartanos, solía recomendar a sus alumnos: “Conócete a ti mismo”, frase que después se esculpió a la entrada del oráculo de Delfos. Formar el criterio es, en primer lugar, invitar al alumno a conocerse, a ir dentro, a leer dentro: intus legere, -de donde proviene la palabra “inteligencia”-. El autoconocimiento es fundamental para la acción, es el punto de partida de la educación en valores, pues si es cierto que el maestro es un agente externo que invita al alumno a ser mejor, no menos cierto es que éste debe conocerse a sí mismo, saber sus alcances y limitaciones. Es tarea del docente en valores invitar cordialmente a que sus formandos se conozcan cada vez más, propiciando espacios, dentro y fuera del aula, de reflexión y conciencia.

b) Pitágoras, aquel famoso matemático, solía dividir sus cursos en dos: Acusmáticos(4), quienes en un lapso de cinco años sólo escuchaban al maestro, y Matemáticos(5), quienes ya participaban activamente con preguntas y aportaciones. Aunque la teoría de los lapsos de tiempo es ya muy superada, lo perenne es la actitud de escucha, previa a toda participación. Es necesario desarrollar el oído, antes que la vana opinión. Entendemos ahora por qué la música era tan importante para Pitágoras, pues invita a callar, afina la escucha y dispone a la reflexión personal. Un consejo pedagógico: enseñe a sus alumnos a escuchar atentamente y por un buen lapso de tiempo, invítelos a que intenten contestarse sus preguntas, y sólo después, ayúdelos. No les dé respuestas rápidas, fórmeles el criterio.

c) El mismo autor exigía a sus alumnos realizar un examen de conciencia antes de dormir y al despertarse. Esto les ayudaba a reflexionar sobre sus acciones pasadas y las futuras. Preguntas como “¿Dónde fui? ¿Dónde estuve? ¿Qué cosa practiqué, que no debiera? ¿Qué haré hoy por mi familia y por la patria?,(6) ayudaban a formar un criterio sólido, conciente de la realidad en que se vive y actúa. Esta herramienta didáctica del examen de conciencia, pronto fue acogida por otros educadores, filósofos y hasta religiosos, variando el contenido de las preguntas y los tiempos a ser realizado. No obstante, el hallazgo pitagórico es fenomenal: no permitir que el alumno viva en la inmediatez de la vida, sólo en el aquí y ahora. El examen de conciencia ayudaba y ayuda a aprender de los errores pasados, a prever las consecuencias de los actos y a mejorar día a día.

d) Otro gran maestro fue Sócrates quien con su método mayéutico estimulaba a sus alumnos para que extrajeran la verdad desde su interior, con sus fuerzas. El primer paso de la mayéutica era saberse ignorante, reconocer que “sólo sé que no sé nada”. A partir de esta humildad, la persona estaba dispuesta a buscar la verdad con la propia capacidad hasta el cansancio, pidiendo el auxilio de su maestro, quien hacía las veces de “partero” -mai=a- siendo el alumno el paridor. El maestro socrático no es el que pretende un enciclopedismo en sus alumnos, ni mucho menos hacerlos diestros en los sofismas, sino que despierta a sus discípulos de su inconciencia, superficialidades, vanidades, prejuicios y mentiras y los invita a buscar la verdad. El secreto socrático: preguntar bien. Esta es una de las tareas eternas de los profesores, a veces olvidada o reducida a evaluaciones objetivas; urge cuestionar a los alumnos, llevarlos a un profundo examen de sus motivaciones, convicciones y acciones. Las personas profundas están en vías de extinción, y esto no puede suceder más a nuestros ojos.

e) La parábola y, en general el cuento, fue un vehículo de interiorización muy utilizado, éste favorece la asimilación de conceptos, valores y actitudes. Es común entre los infantes observar cómo un buen cuento les enseña más que mil discursos. El maestro debe ser talentoso en el manejo de analogías, que acerquen los contenidos e invite a los niños y jóvenes a sacar conclusiones a partir de ellos mismos, con lo cual se desarrolla su capacidad crítica aplicada, sobre todo, a su cotidiano vivir. Actualmente está en boga la herramienta de los dilemas morales, una forma más de la parábola, en que el alumno opina y critica la postura ética de los actores, con el fin de crear un criterio propio, justificado y capaz de aplicación.

f) Parménides de Elea, en su poema ontológico escribía: “los mortales... bicéfalos, yerran perdidos”(7). Este es un hecho innegable: hoy muchas personas no tienen una cabeza, sino varias, no están unificadas en sus pensamientos, sentimientos, y acciones. El maestro del siglo xxi se enfrenta a un reto gigante: unificar el criterio de sus alumnos, los cuales están influenciados por múltiples factores, pareciendo que ya no son ellos los que deciden, sino el mundo entero por ellos. En esto hay una esperanza: por naturaleza la persona no tiende a la maldad o al error, sino al bien y a la verdad; aunque a veces esto lo haga de mal modo o incorrectamente. Los maestros tenemos la exigencia de no escindir a los educandos, sino de unificarlos en un criterio rector de su actuar ético, en su familia, escuela y comunidad. Podemos enseñarles a ver todo bajo un prisma: el de la conveniencia. Y no hablamos de una conveniencia utilitarista o individualista, sino que considere a la persona integralmente. Por ejemplo, ¿estudiar ahora, me conviene? ¿Copiar, realmente me conviene? ¿El esfuerzo, me conviene?

g) Heráclito de Éfeso solía repetir a sus pocos discípulos, “por gusto preferirían los burros paja a oro”(8). Este es un hecho rotundo: el gusto mueve a muchas personas a valorar su realidad. Dolorosamente el gusto ha sustituido al criterio, como la criba que permite discernir lo más valioso de lo menos valioso. Alguno podría argumentar: ¿pero si al burro no sólo le gusta, sino que le conviene más la paja que el oro? A lo que se puede contestar: si el burro tuviera más criterio, elegiría el oro, pues con él compraría cien veces más paja. Es tarea de los padres de familia y educadores formar un criterio que les facilite a los jóvenes comprender, valorar y escoger el “oro” en cada momento de su existencia. Es cierto que en ocasiones el oro son los libros frente al televisor, la reflexión frente al juego de video, la paciencia frente a la agresividad, la amistad frente a la soledad; pero más cierto aún es que tampoco nosotros actuamos convencidos de que nuestra labor es el oro frente a otros oficios, o que vale más la pena ser educado que no serlo.

Del criterio, en conclusión, depende la clarificación de los valores, la correcta escala de los mismos. Sin criterio las jerarquías axiológicas personales corren el riesgo de contravenir el bienestar familiar y social. Con criterio, por el contrario, es posible el diálogo, el entendimiento incluso intercultural, la democracia y la tolerancia.

Digamos que existen tres posturas respecto a los valores relativas al criterio: a) algo vale porque yo lo elijo –postura relativista-; b) algo vale porque la sociedad lo elige –postura sociologista-; c) algo vale, y por eso, yo y la sociedad lo elegimos –criterio maduro-(9)

Formar el criterio en las nuevas generaciones exige una educación personalizada, que atienda a la especificidad de cada alumno. Conlleva una confianza en la razón como capaz de distinguir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo bello de lo abominable. El criterio es la piedra de toque de toda la axiología, pues si el fin de la educación en valores es que la persona los reconozca, acepte, asuma y practique libremente,(10) entonces es preciso formar antes la capacidad crítica y electiva de los individuos.

3. La justicia

Hemos dicho que el criterio es el valor que perfecciona al ser humano en función de su autoconocimiento para la adquisición de una correcta jerarquía de valores. Por tanto, es el valor propio de la interioridad humana, el que forma internamente y predispone a los individuos a la recta valoración de la realidad en que viven.(11) Resta por considerar el valor que une a la persona con el medio en que se desarrolla, y éste es la justicia.

La justicia vincula efectivamente al individuo con el entorno, ya que se crea una mutua implicación de beneficio: cada persona comprende que sus actos tienen una repercusión social, y que las decisiones sociales entrañan necesariamente una influencia personal.

Formar en la justicia es mucho más que formar en la legalidad. Hay que notar, en principio de cuentas que la legalidad consiste en el cumplimiento externo de las normas, mientras que la justicia hace alusión a la convicción con que el sujeto obedece tales reglas, una convicción que tiene una doble fuente: por una parte, la conciencia de la dignidad humana, propia y ajena, y por otra, el criterio bien formado capaz de decidir en pro de la comunidad.

Desde los antiguos romanos el concepto de justicia se definió como la cualidad de dar a cada quien lo que le corresponde(12). Para entender mejor esto,

quisiera poner un ejemplo usado en clase: si en una mesa estamos sentados el papá, la mamá y tres hijos, hay dos posibilidades de partir el pastel, una es cortarlo en cinco partes iguales, otra es partirlo según el apetito o capacidad de cada individuo. La primera opción se llamaría “equidad”, la segunda “justicia”, pues esta última no supone una igualdad numérica, sino un “dar lo que corresponde” según las necesidades personales o las circunstancias.

Gran parte de los valores se fundamentan en la justicia, o bien, son una manifestación específica de ella. Por ejemplo, el respeto es “dar lo que corresponde” a las personas, en tanto el trato, la consideración o las deferencias; la puntualidad también es “dar lo que le corresponde” a la institución en que se labora y a las personas que guardan una relación con nosotros. Es tan importante esta característica, que los latinos llamaron a la justicia la virtus generalis, o valor general, pues parece que es el telón de fondo de cualquier otro valor, y ninguno de ellos se entiende sin la justicia.(13)

Luego entonces, potenciar la justicia en nuestros alumnos es potenciar, de modo general, todos los valores que dicen relación de alteridad. De ahí la importancia de fincar, a la base de todo valor social y democrático, la justicia.

Algunas muestras de cómo se ha inculcado este valor, al igual que lo expuse en el criterio, son:

a) Solón, uno de los siete sabios, repetía: “Aconseja a los ciudadanos no lo más agradable, sino lo mejor.”(14)

Recuerdo, a modo de anécdota, a un niño a quien le comentaba que su pereza en el estudio no era más que injusticia, pues no daba lo correspondiente ni a sus padres, ni a la patria, y ni siquiera a sí mismo; a lo cual él me respondió: -profe: comprendo lo que me dice, pero es que es más divertido y cuesta menos trabajo la injusticia.- Parece ser una constante actual el regir nuestro actuar, no por la búsqueda de lo mejor, sino por motivados por el gusto y agrado. Quizá en esos casos valga la pena hacer conciencia a los alumnos de la injusticia y sus repercusiones, sobre todo, las consecuencias negativas en ellos mismos y en su futuro, al igual que en el ámbito familiar.

b) Tales de Mileto escribía: “no trabajes por se bello de rostro; sé más bien bello de obras.” Cómo es necesario repetir esta frase o escribirla debajo de los espectaculares que anuncian cosméticos o ropa. Existe una percepción incompleta de la belleza, restringida a lo externo. Está en nosotros recuperar la noción de belleza interna, que se logra con obras justas. El aula debe ser un sitio que favorezca, impulse y premie la justicia, invitando a hacer muchas obras y buenas, en favor de los compañeros y compañeras. Hasta la autoestima de los alumnos se eleva cuando son reconocidos por algo más que su aspecto externo, cuando son estimados por su justicia. Un medio magnífico para conocer y potenciar la belleza interna es la amistad, medio utilizado por los grandes pedagogos. El clima de amistad es fundamental para la acción educativa. La amistad no es la causa, pero sí es el catalizador de muchos valores, principalmente la justicia.

c) El maestro Sócrates exigía una virtud fundamental a todos sus alumnos: la enkrateia; esto significa “ser dueño de sí mismo”. Pero, ¿qué tiene que ver esta virtud con la justicia? Pues que el autodominio es reflejo de la justicia consigo mismo; posterior al examen de lo que conviene o corresponde, la persona opta por conseguirlo, aunque las condiciones de ánimo, carácter o de influencia exterior, no favorezcan el acto. Sabemos lo difícil que es ser señor de uno mismo, mandar en nuestras emociones y gustos, sin embargo, la satisfacción personal, en cualquier etapa de la vida, cuando se consigue la enkrateia, es plenificante y potenciadora de más acciones valiosas.

d) Un mito realmente claro acerca de la justicia es el que expone Platón en el segundo libro de la República. Según tal mito existió un anillo que el pastor Giges encontró en el campo, al darse cuenta de que cuando se lo ponía lograba la invisibilidad, lo utilizó para realizar fechorías y maldades. Las preguntas que siguen a la narración son muy interesantes: ¿llamamos justos a los que no realizan actos deshonestos?, pero, ¿si ellos tuvieran la oportunidad de cometer una injusticia sin ser vistos, lo harían? Digamos que el justo es sólo aquel ser humano, que poniéndose el anillo de Giges, obraría de modo óptimo, sin ver, oír, estar o tomar lo que no debe. Los docentes tenemos que inculcar a tal grado la búsqueda de la justicia en nuestros alumnos, de modo tal que, cuando tengan puesto el anillo (por ejemplo, salgamos del salón, estén solos en casa, etc.) obren con justamente. ¿Cómo lograrlo? Considero que un primer paso es hacer ver al alumno que el primer perjudicado, en cualquier tipo de injusticia, es él, sea o no visto por alguien. Además que el vigía más severo, no es la sociedad, sino la propia conciencia, el criterio formado con anterioridad.(15) No obstante, hay momentos en la vida en que nos vemos obligados a dar el anillo de invisibilidad, ya sea a nuestros alumnos, hijos o amigos. En esos momentos no podemos vivir en una angustia tal de sospechar que la persona usará mal su libertad y cometerá injusticias; no, como educadores una de nuestras disposiciones para fomentar la justicia debe ser la confianza, la esperanza en que las personas podemos ser buenas, aunque no exista coacción alguna. Si el alumno siente que desconfiamos de él o ella, enseguida, con nuestra actitud, motivamos la injusticia. Tengamos la seguridad que el aprendizaje significativo en valores viene, no de los contenidos teóricos sobre la utilización del anillo, sino de la corroboración existencial de los peligros y problemas que causa el mal. Educar en valores es educar es, en gran medida, educar en el fracaso.

e) Demócrito, padre de la doctrina atomisma, inculcaba que “Bello y bueno es oponerse al injusto, mas en caso de no oponerse, bello y bueno es no cooperar con el injusto.”(16) Reparar en esta idea es bastante saludable para el educador en valores, pues no podemos crear “justicieros” en nuestro salón de clases, personas que tomen la justicia por propia mano y pretendan acabar, cueste lo que cueste, con la serie de anomalías sociales. Considero muy sensato el dicho de Demócrito, y es que, ya gran justicia es no cooperar con la injusticia, y en esto hay un ancho y espacioso campo de acción para los educadores.

f) “Verum est factum”, decía Juan Bautista Vico, se conoce la verdad hasta que se es capaz de ponerla en práctica. Este es, por último, el reto de la educación en la justicia, acostumbrar a los alumnos y alumnas a que en materia de responsabilidades la verdad se manifiesta con obras, que los hechos externos manifiestan la calidad moral de las personas, y que ante los hechos, no cabe justificación alguna, sino una enmienda de nuestras intenciones y una disposición constante a obrar siempre en beneficio propio y de los demás.

4. Conclusión

El mundo actual necesita una reorientación de su actuar educativo; no podemos seguir igual, con planteamientos desvinculados de la realidad, que atienden a lo superficial del ser humano; debemos virar, tanto educadores como educandos, al mundo de los valores. Urgen personas coherentes con sus convicciones y valoraciones, sólo así se podrán superar el individualismo y la despreocupación por el bienestar social.

Es cierto que los ambientes en que nos movemos, en que desarrollamos nuestro quehacer educativo, a veces nos desalientan, pero ellos constituyen el mejor reto y la mayor esperanza de nuestra labor. Lo que para la sociedad puede parecer inocuo –la pérdida de valores- para el educador debe ser inicuo e intolerable.

No comparto la visión de Fukuyama al llamar al siglo xxi “el final de la historia”, donde ya no hay nada qué esperar. Al contrario, creo que hay una esperanza grande: revalorizar la dignidad humana, por medio de la formación del criterio y el ejercicio de la justicia.

El punto de partida para la educación en valores son los valores mismos que el educador se esfuerza por adquirir y practica, esto sin duda; ahora sólo quiero recordar lo que alguna vez escribiera Isaacs: “La fortaleza es la gran virtud: la virtud de los enamorados; la virtud de los convencidos; la virtud de aquellos que por un ideal que vale la pena son capaces de arrastrar los mayores riesgos.”(17) Considero que los tiempos no están para vivir de glorias pasadas, ni dormirnos en nuestros laureles, sino para trabajar duro, hasta el cansancio, con una fortaleza inquebrantable y enamorada.

Termino deseando lo que hace siglos recordara Demócrates a sus conciudadanos y que ahora motivo a que lo adquiramos para comenzar a educar en valores: “Que de la Cordura se engendran estas tres cosas: aconsejar bellamente, hablar impecablemente y obrar justamente”(18)

Bibliografía

DIÓGENES Laercio, Vidas de los filósofos más ilustres, Porrúa, México 1984.

GARCÍA Hoz V., El concepto de persona, Rialp, Madrid 1989.

GASPAROTTO P., Notas de didáctica filosófica, UPM, México 2000.

ISAACS David, La educación de las virtudes humanas, Minos, Pamplona 2001.

JACOB Philip y FLINK James, Values and their function in decision-making, American behavioral scientists supplement, vol 5 (1962).

Los presocráticos, Trad. Juan David García Bacca, FCE, México 1991.

LÓPEZ De Llergo V., Valores, valoraciones y virtudes, CECSA, México 2000.

LUCINI Fernando, Temas Transversales y Educación en Valores, Anaya, Madrid 1994.

PLATÓN, Diálogos, Porrúa, México 1980.

RODRIGUEZ Ángel y SEOANE Julio, Creencias, Actitudes y valores, Editorial Alhambra, Madrid 1989.

SCHELER Max, Ética. Nuevo ensayo de fundamentación de un personalismo ético, Revista de Occidente Argentina, Buenos Aires 1948.

SHIRK Evelyn, The ethical dimension, Appleton-Century-Crofts, New York 1965.

http://www.hottopos.com.br/rih3/eduvalor.htm#_ftn2

Notas

(1) República, lb. VII, cp. 1-2.

(2) Francisco de Quevedo, “Amor constante más allá de la muerte”.

(3) MORIN Edgar, La tête bien faite. Repenser la réforme, réformer la pensée, Le Seuil, París 1999.

(4) Significa: los que escuchan.

(5) Significa: los avanzados.

(6) Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos más ilustres, Porrúa, México 1984, p.209.

(7) Los presocráticos, Trad. Juan David García Bacca, FCE, México 1991, p. 40.

(8) Ibidem, p. 240.

(9) HIPERVÍNCULO http://www.hottopos.com.br/rih3/eduvalor.htm#_ftn2 http://www.hottopos.com.br/rih3/eduvalor.htm#_ftn2:

Formación de los juicios morales (Kohlberg):

- moral pre-convencional: marcada por el interés egoísta;
- heterónoma (3-8 años): identificada con castigos o premios externos;
- etapa de individualismo instrumental (8-14 años);
- moral convencional: predominio de las normas sociales (preadolescencia);
- etapa de normatividad interpersonal: se persigue una aprobación social;
- capacidad de entender la sociedad como un ente abstracto: se entienden los derechos y deberes, pero aún se perciben de manera heterónoma;
- moral postconvencional [etapa que tratamos en nuestro estudio]: corresponde al estado adulto; se basa en la formulación de principios universales para juzgar las normas sociales;
- capacidad de relativismo hacia los diferentes sistemas morales: necesidad de consenso social y acuerdo para resolver los conflictos;
- autonomía moral completa: aceptación de las leyes por su condicionamiento social o, al mismo tiempo, exigencia ética de superar la justificación convencional.

(10) Cfr. García Hoz V., El concepto de persona, Rialp, Madrid 1989, p. 170: “Los valores deben ser: a) reconocidos, asumidos y aceptados libremente; b) las elecciones deben ser razonadas maduramente; c) libertad y jerarquía de valores deben ser cultivadas simultáneamente.”

(11) Evelyn Shirk, The ethical dimension, Appleton-Century-Crofts, New York 1965: “Un valor no es un mero vocablo aislado, sino una abreviatura de una relación trilateral, que engloba : 1) aquello que se prefiere, lo cual implica asimismo aquello que se desecha, 2) una persona que prefiere y desecha (discrimina), y 3) el contexto en el que tiene lugar esta actividad.”

(12) Vocabularium Iurisprudentiae Romanae iussu Instituti Savigniani Compositum: “Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum quique tribuendi”.

(13) Scheler proponía la “fundamentación” como una de las características esenciales de valor, pues existen valores que dan origen a otros.

(14) Los presocráticos, o.c., p. 228.

(15) Philip Jacob y James Flink, Values and their function in decision-making, American behavioral scientists supplement, vol 5 (1962): “Un valor es auténtico cuando la conducta se sanciona por medio del mismo y no mediante penas coactivas externas.”

(16) Los presocráticos, o.c., p. 355.

(17) Isaacs D., La educación de las virtudes humanas, Minos, Pamplona 2001, p.75.

(18) Los presocráticos, o.c., p. 351

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