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Estilos de vida y consumo televisivo 1
Miquel Martínez2
Universidad de Barcelona
Cómo aprender a utilizar responsablemente la televisión
y construir un estilo de vida que nos permita regular de manera
autónoma y crítica su consumo? En este artículo,
el autor nos ofrece algunas reflexiones para dar respuesta
a esta interesante pregunta, de tal manera que, desde el contexto
familiar se pueda asumir una actitud congruente con el fin
que perseguimos.
La sociedad en la que vivimos y en la que crecen y aprenden
nuestros hijos e hijas es una sociedad de la información
y de las tecnologías en la que la televisión
ocupa un lugar destacado ya sea como receptor de las diferentes
programaciones de cada vez un número mayor de canales
o como monitor a través del cual podemos reproducir
películas en formato vídeo analógico
o digital. Difícilmente podemos oponernos a esta realidad
y mucho menos conveniente es negarla. La realidad que conforma
nuestras maneras de hacer y de ser está influida por
la televisión, la infancia también. Sin embargo,
podemos aprender a hacer un uso responsable de ella y, sobre
todo, podemos crear condiciones para que nuestros hijos aprendan
a construir un estilo de vida capaz de regular de forma autónoma
y responsable el consumo televisivo.
Se trata no tanto de analizar los aspectos negativos, que
sin duda pueden estar presentes en el medio y en los contenidos
de los mensajes que pueden observarse a través de la
televisión, sino de identificar las mejores pautas
y condiciones que hagan de este potente medio de aprendizaje
y conformación un factor de educación y maduración.
Sin embargo, la tarea de padres y madres o de las personas
que hacen sus funciones encargándose del cuidado y
atención de sus hijos en los momentos de ocio y de
consumo audiovisual no es fácil y requiere constancia
y aguante. Los modelos de vida que pueden observarse en la
televisión integran estilos de comportamiento y valores
que en la mayoría de las ocasiones no coinciden, o
incluso son opuestos, a los que como padres y madres deseamos
para nuestros hijos. Precisamente por eso conviene disponer
de algunas pautas que nos ayuden a intervenir de forma adecuada,
nos hagan sentir más seguros como educadores y contribuyan
a incrementar nuestra perseverancia.
Una de las necesidades que el mundo actual nos está
planteando es la de saber organizar nuestro tiempo. Una de
las causas más frecuentes de ansiedad y de falta de
eficacia en el desempeño de nuestras tareas es precisamente
la falta de habilidad en este terreno. El consumo indiscriminado
de productos que suponen inversión de tiempo genera
aprendizajes inadecuados para mejorar nuestras habilidades
en la gestión del tiempo. La televisión puede
ser una fuente de consumo indiscriminado de productos audiovisuales
o, por el contrario, una buena herramienta para aprender a
seleccionar con anticipación, escoger y disponer de
nuestro tiempo en función de aquellos programas que
nos resulten mas atractivos. Esta es una pauta que sin duda
puede colaborar a hacer un buen uso de este medio y que a
la vez permite que organicemos nuestro tiempo de forma cada
vez más autónoma y responsable. Educar a nuestros
hijos en la selección previa de programas y limitar
sin concesiones el tiempo máximo de exposición
televisiva es una buena práctica de educación
familiar. Esta práctica debe iniciarse a partir de
los primeros años de vida y debe continuar para que
nuestros hijos aprendan a relacionarse con la televisión.
Los procesos de aprendizaje y maduración que acompañan
el crecimiento en la infancia y la adolescencia requieren
diferentes escenarios en los que interactuar con amigos, compañeros
y hermanos y espacios en los que mostrar nuestras capacidades
creativas y relacionales. Estos escenarios y espacios son
posibles, si en los espacios de ocio combinamos de forma equilibrada
momentos para la lectura, la conversación, el juego
individual, el juego entre iguales, escuchar música,
practicar deporte, etc. Un exceso de consumo televisivo dificulta
y a la larga impide disfrutar de nuestro tiempo de forma rica
y variada. Un estilo de vida adicto a la televisión
no permite un desarrollo equilibrado e integral de la persona.
El tiempo de juego o de lectura de cuentos perdido en nuestra
infancia no se recupera; el tiempo excesivo ante la pantalla
en lugar de salir con amigos, practicar un deporte o simplemente
charlar, tampoco. Ayudar a nuestros hijos a organizar su tiempo
de ocio de forma variada desde el jardín de infancia
y en especial a partir de los diez o doce años es una
forma de estimular actividades que permitan aprender a convivir
y a jugar en escenarios diferentes, del espacio televisivo
e incluso más tarde del hogar familiar y de la compañía
de los padres. La sensación de seguridad que generan
estos espacios naturales de acogida y bienestar debe ser complementada
con escenarios donde la novedad, lo desconocido y la convivencia
entre iguales suponga niveles de socialización más
allá del núcleo familiar y televisivo. La práctica
deportiva, especialmente en equipo, las actividades de carácter
artístico y musical, el excursionismo y la participación
en las actividades propias de los movimientos de educación
no formal y de tiempo libre son ejemplos de recursos alternativos
y motivadores que pueden colaborar en el logro de un ocio
diverso y rico.
Hemos presentado dos pautas u orientaciones para aprender
a hacer un uso razonable de la televisión. Pensamos
que son pautas fáciles de integrar en la educación
familiar , pero dudamos de su eficacia al igual que de la
eficacia de otras posibles pautas al respecto, si los estilos
de vida de los padres ante la televisión son contradictorios
con lo que hasta aquí hemos comentado. Los modelos
de vida de los padres son imitados en general por los hijos
y, especialmente, en aquellos aspectos negativos cuando se
trata de la televisión. Si somos dependientes de ella,
reproduciremos modelos de comportamiento similares a pesar
de que nos propongamos pautas adecuadas. Es decir que la primera
pauta es mostrar como adultos y de forma habitual un estilo
de vida ante el consumo televisivo moderado, austero, basado
en la selección de programas que nos resulten de interés
y compartido con otro tipo de consumo cultural, actividad
deportiva o forma de disfrutar de nuestro ocio.
Pero además, y la siguiente no es tarea fácil
aunque necesaria, como educadores los padres y madres debemos
aprender a estar con nuestros hijos ante el televisor. No
es tan importante que expresemos nuestras opiniones como que
facilitemos que ellos expresen las suyas en relación
con los programas que han escogido y que manifiesten los sentimientos
tanto positivos como negativos que están viviendo.
Esta actitud de escuchar más que hablar debe ir acompañada
de una posición crítica por parte de los padres
ante los contenidos, que ayude a relativizar el mensaje televisivo
y que ayude a conocer otras formas u opiniones sobre el tema
del que trate. Conviene, en definitiva, evitar que los más
pequeños y los no tan pequeños estén
solos ante el televisor, en silencio o sin alguien con quien
conversar. Conviene potenciar la comprensión critica
de los medios y en especial la de los mensajes controvertidos
aprovechando los mismos para poder conversar sobre temas que
sin la televisión quizás nunca hubieran sido
motivo de encuentro y debate en familia.
Ciertamente la televisión con todos sus aspectos susceptibles
de crítica debe ser considerada también un medio
de aprendizaje y educación potente que puede generar
cambios de actitudes, eliminar prejuicios y mostrar maneras
de ser y estar en nuestra sociedad acordes con los valores
que deben regular la vida en sociedades plurales y diversas.
Un ejemplo evidente de lo que estamos afirmando podemos encontrarlo
en algunas de las telenovelas que, por ejemplo, " Televisió
de Catalunya " produce y en las que se presentan y refuerzan
modelos de vida basados en la no exclusión, el respeto
a la diferencia y la convivencia en contextos sociales diversos
tanto generacional como culturalmente.
En síntesis , aprender a organizar nuestro tiempo
ante el televisor , combinar de forma equilibrada el consumo
televisivo con otras formas de invertir nuestro tiempo, aprovechar
los contenidos televisivos para conversar y comprender críticamente
la realidad son pautas que nos deberíamos aplicar a
nosotros mismos como adultos y que pueden ejercer efectos
pedagógicos saludables en la infancia y la adolescencia
que nos rodean.
Por último una consideración que a mi juicio
es de especial importancia: desde un punto de vista pedagógico
y en el período que va hasta los ocho o diez años
de edad no es tan importante el tipo de contenido televisivo
que nuestros hijos ven como el tiempo que lo están
viendo. Es evidente que determinados contenidos son del todo
inadecuados tanto pedagógica, como incluso cultural
y estéticamente. Sin embargo, la gravedad de la cuestión
es mayor en función del tiempo de exposición.
El tipo de estímulos auditivos, cinéticos y
visuales que acompañan a la mayoría de programas
infantiles y, en especial, a las series de dibujos animados
y a la publicidad, generan una dependencia que puede producir
en edades posteriores un condicionamiento ante la pantalla
que limite nuestras capacidades para mostrar un estilo de
vida autónomo y responsable al respecto.
Notas:
1 Este artículo
es tomado de la Revista Exclusiva. Publicación del
Grupo Catalana de Occidente. Nº7. Verano 2002, págs.
28-29. Se reproduce bajo el permiso del autor.
2 Miquel Martínez
es catedrático en la Facultad de Pedagogía de
la Universidad de Barcelona y miembro del Grupo de Investigación
en educación en valores y desarrollo moral (GREM) de
la misma Universidad. Colabora desde 1993 en el Programa de
Educación en Valores de la OEI. Actualmente es Director
del Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad
de Barcelona.
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