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Desarrollo profesional del docente universitario
José Vicente Peña Calvo
Ningún título es ingenuo y este tampoco lo
es. Tratar de hablar del profesor universitario bajo la forma
de docente universitario es tomar partida por algunos puntos
de vista que se asumen y se consideran positivos, a la vez
que otras cuestiones, tal vez problemáticas, quedan
en segundo plano, más difuminadas. Nuestra intención
es hacer explícitos los puntos de vista que asumimos
sin que por ello dejemos de poner en cuestión esos
mismos supuestos. Hablar de ser profesional, un buen profesional,
es entrar en un campo en el que se cruzan diversas disciplinas,
teoría de las organizaciones, sociología y psicología
del trabajo, etc. Según optemos por una perspectiva
u otra la cuestión de la profesionalidad adquiere rasgos
y matices diferentes. Puede verse como estrategia de cierre,
como modelo deseable frente al concepto de trabajador, obrero
o productor, como perspectiva formativa, estrategia de dominación,
etc.
Debatir sobre esta cuestión nos llevaría muy
lejos y seguramente no resolvería gran cosa en relación
con la cuestión que nos ocupa. Lo que aquí asumimos
es que el profesorado universitario es profesional, es decir,
que tiene una formación sujeta a licencia; un amplio
margen de discrecionalidad en su acción; que ésta
se resuelve desde supuestos teórico-científicos;
que implica un constante esfuerzo de mejora y actualización;
que está orientada a cubrir necesidades sociales básicas,
fundamentalmente, la docencia en Educación Superior.
Con esta última afirmación señalamos
que la actividad del profesor universitario es dar clase,
lo que parece obvio, pero que debe recordarse. El profesor,
sin duda, podrá investigar, gestionar la institución,
buscar recursos y otras actividades, pero su existencia es
posible porque hay alumnos a los debe enseñar y, lo
que es más importantes, que éstos deben aprender.
Cuando se pretende analizar qué es o qué debe
ser un profesor universitario en las actuales condiciones
de la universidad,1 se presentan diversas opciones y posibilidades,
son muchos los caminos que se pueden intentar, las vías
de acceso. Desde la Sociología del Trabajo, podríamos
discutir acerca del modelo de profesional que encarna el profesor
universitario, de sus rasgos específicos y de sus particulares
dificultades para configurarse como tal. Desde la didáctica,
la profesionalidad aparecería como un proceso permanentemente
abierto que lleva a la transformación de la práctica
docente y, con ello, a una dinámica de cambio en la
propia universidad. La perspectiva organizacional nos daría
pie a otras consideraciones, así como la psicología,
el derecho, etc. Ninguna de ellas, en sentido propio, será
la que adoptaremos aquí. Nuestra perspectiva pretende
ser más genética e histórica.
Émile Durkheim, en la introducción a su obra
Las formas elementales de la vida religiosa, observa
la necesidad de conocer a la humanidad actual comenzando por
trasladarse a los albores de la historia. Aunque el objeto
de conocimiento de Durkheim en ese libro es el sistema religioso
más primitivo existente, muchas de las ideas que aplica
para explicar el método utilizado en la argumentación
de sus ideas pueden extrapolarse a nuestro propio objeto de
estudio. Así, estamos totalmente de acuerdo con su
afirmación de que el análisis de los orígenes
de la civilización no tiene como finalidad exclusiva
conocerlos y reconstruirlos sin más, sino que, antes
que nada, tiene por objeto explicar una realidad actual,
próxima a nosotros, susceptible, por ello, de afectarnos
en nuestras ideas y actos.2
Siguiendo a Durkheim, cabe comentar que no es posible comprender
el proceso de construcción de la identidad profesional
si no nos situamos en el conjunto de circunstancias, la totalidad
de disposiciones y esquemas, que guían esa identidad.
Como diría Durkheim es la historia la que nos
pone en las manos el único medio posible de determinar
la causa que los ha suscitado. Así pues, siempre que
se proyecte explicar un fenómeno humano, situado en
un momento determinado del tiempo (...) hay que empezar a
remontarse hasta sus formas más primitivas y simples,
intentando dar cuenta de las características por las
que se define en ese período de su existencia, para
después mostrar cómo, poco a poco, se ha desarrollado
y se ha hecho compleja, cómo ha llegado a ser lo que
es en el momento en que se la considera.3
En suma, las observaciones que podemos hacer en nuestros
días acerca de cómo se lleva a cabo el proceso
de constitución de la identidad profesional del profesor
universitario, se han de fundamentar en los mecanismos originarios
que la conformaron. Identidad de la que somos herederos inmediatos,
pues de lo contrario no se explica el arraigo social tan fuerte
y duradero que han tenido las características esenciales
que la conforman. Para alcanzar este objetivo, y dentro del
marco que permite este capítulo, vamos a tomar como
punto de partida no tanto el mundo medieval como el origen
más próximo de lo que pueden ser hoy las universidades
de nuestro entorno. Tomamos como punto de partida y referencia
los análisis y propuestas que García Morente4 llevó a cabo para la universidad
española, en el momento en que ésta trataba
por vez primera de dotarse, partiendo de la recién
concedida Autonomía Universitaria, de un estatuto propio
que debía dar respuesta a viejas demandas y resolver
antiguas querellas. Tomar como referencia estos planteamientos
no es una ocurrencia más o menos accidental o caprichosa,
sino que obedece a dos razones, a nuestro juicio, poderosas.
El debate que entonces se suscitó presenta muchas
cuestiones y elementos que nos hemos venido planteando desde
la aprobación y desarrollo, primero, de la Autonomía
Universitaria recogida en la Constitución de 1978 y
que, veinticinco años después, estamos evaluando
y sometiendo a revisión fruto de una nueva norma legislativa
y del proceso de confluencia en el espacio europeo. Pero además,
las soluciones que se adoptaron entonces han impregnado nuestro
quehacer hasta nuestros días. El marco de referencia,
el modelo subyacente es, en buena medida, el diseñado
entonces. García Morente nos proporciona una perspectiva
única, ya que a su condición de profesor universitario
modélico, se une el hecho de haber sido la persona
encargada de diseñar y poner en marcha la primera facultad
adaptada al nuevo modelo que entonces se propuso.
1. Modelos subyacentes de profesor y correlativamente,
también, de alumno
La universidad hoy es muy distinta de la que fue a principios
del siglo pasado.5
Su autonomía está bastante consolidada en todo
el mundo; el esfuerzo por democratizar sus estructuras y su
composición ha dado frutos; sus funciones están
bastante bien definidas aunque pervivan ciertos puntos de
tensión importantes; el crecimiento de su número
permite albergar la esperanza de una próxima desmasificación;
su nivel investigador se ha multiplicado y existen equipos
estables de investigación muy potentes que cada día
tienen una carácter más internacionalizado.
Hoy es posible encontrar en cualquier parte del mundo investigadores
procedentes de cualquier continente. Son muchas las razones
que permiten dar un juicio positivo y esperanzado de su situación
(Quintanilla, M.A., 1995 y 1996; Miguel, M. de, Mora, J. y
Rodríguez, S., 1991). Pero si bien esto es así,
también pueden señalarse en su seno tensiones
y problemas que llevan a relativizar ese optimismo. En toda
Europa parecen surgir, cada vez con mayor frecuencia, problemas
de financiación, selección, formación
y contratación del profesorado, desarrollo de planes
de estudios, etc., y, si bien se ofrecen propuestas de superación
en la construcción de un espacio europeo, ciertos problemas
no dejan de preocupar. En las universidades latinoamericanas
los problemas son, en parte, semejantes y, en algunos casos,
más graves. La cuestión de la profesionalización
sigue estando lejos de lo que muchos sectores sociales demandan;
la participación y movilización de los estudiantes
está muy lejos de alcanzar niveles deseables, y ciertos
rasgos de insatisfacción con la universidad empiezan
a extenderse en sectores amplios de población en muchos
países. Estas y otras cuestiones que podrían
señalarse parecen señalar problemas de fondo
no resueltos y que bien podrían tener un denominador
común: en la universidad siguen existiendo diversos
modelos subyacentes, diversas concepciones acerca de sí
mismas que no acaban enteramente de hacerse compatibles entre
sí, que casan mal entre ellas y que cualquiera, llevada
a su extremo, es autocontradictoria.
La universidad española, como la universidad francesa,
italiana o latinoamericana, encierra en su seno tres desarrollos
históricos diferenciados: el medieval, con algunas
características propias en nuestro caso; el napoleónico,
centrado en los procesos de profesionalización, y el
modelo de universidad alemana nacido en el siglo XVIII, con
finalidad investigadora, que deja sentir su influjo a finales
del siglo XIX y principios del XX. Este último modelo
fue hacia el que se miró en el momento de diseñar
el estatuto de la Universidad de Madrid en 1919. Cada uno
de estos modelos define un modelo de profesor y de alumno
distinto, y una concepción de la tarea diferente, una
orientación diferenciada.
La tesis que vamos a defender es: El fondo de algunos
problemas, entre ellos los docentes, con que hoy se enfrenta
el profesor universitario, vienen de lejos y no son más
que la manifestación de viejas contradicciones no resueltas
entre distintos modelos de universidad, sustantivamente tres,
que llevados al extremo son autocontradictorios y tienen como
resultado la desaparición de la universidad misma.
Los desarrollos históricos a los que antes hacíamos
mención se pueden articular en cuatro modelos, que
García Morente denomina tipos o ideales, distintos:
el docente, el educativo, el científico y el profesional.6 Esta articulación no debe entenderse en un sentido
reductivo y mecánico, en el que a cada modelo le corresponda
un desarrollo histórico, sino como un modo de extender
una red que nos puede servir para sacar a la luz los elementos
que de fondo ahorman los desarrollos actuales. Cada uno de
estos modelos da un sentido y valor distinto a la ciencia,
determina una posición frente al Estado y la sociedad,
y define un perfil diferenciado de profesor y de alumno universitario.
1.1. El modelo docente
Éste es el modelo tradicional del que surge la universidad.
Ésta nace para transmitir el saber y, sin bien esa
transmisión no era mera repetición, tuvo una
vocación innovadora y creadora clara. Baste recordar
la polémica que Abelardo nos narra en la Historia
calamitatum y los efectos que ésta tuvo en su maestro.
Sólo la dinámica histórica que más
tarde se impuso la llevó a perder en parte ese afán
por el impulso creador. No se puede hablar, en el origen de
este modelo, de creación científica por el simple
hecho de que la ciencia todavía no ha surgido y, lo
que es más importante, no se ha producido aún
una fragmentación y especialización del conocimiento.
En su origen, la universidad surge de la idea de alma mater
(alumno=alimentado y nodriza, alma, la universidad) en la
que se exigía los alumnos que escucharan (audire)
y, por tanto, que fuesen ob-audientes, obedientes,
pero no se trató nunca de una escucha pasiva sino de
atender de forma interrogativa. Su corrupción es producto
del cambio histórico que supuso el nacimiento de la
ciencia y de la peculiar posición que la Iglesia Católica
mantuvo hacia ella. No se puede afirmar que la ciencia queda
fuera de las universidades, pero sí que su relación
con ella es difícil y que no adquirió la relevancia
debida, de modo que buena parte de la creación científica
se hace fuera de la universidad o en relación oblicua
con ella. Evoluciona hacia un modo de relación subordinada,
que presuponía una actitud pueril en los alumnos. Es
una universidad que languidece a lo largo de los siglos XVI,
XVII, XVIII y buena parte del siglo XIX. Esta corrupción
del modelo docente puede decirse que en su sentido fuerte
ha desaparecido, que nadie la reivindica, pero que sobrevive
camuflada y no tan camuflada en muchos lugares.
¿Qué caracteriza a este modelo corrompido
hoy? Sin duda, siendo muy esquemáticos, la visión
que tiene del saber y de la ciencia como algo dado, cerrado
y hecho. No es necesario innovar ni investigar, basta con
saberse el programa. En relación con el perfil del
profesor perviven algunos tics:
- La lección como unidad cerrada y hermética
a la que nada cabe añadir, los apuntes amarillos
por el paso de los años. Como señaló
Lerena (1976), dar a alguien una lección tiene esa
connotación de dominio, de subordinación del
otro, de infantilización.
- Memorismo y pasividad pedagógica. El profesor
dicta, el alumno copia y memoriza. Esta posición
vacía las aulas. Asistir a clase no produce ningún
valor añadido, es preferible conseguir unos buenos
apuntes y dedicar ese tiempo a labores más útiles
o lúdicas. La concepción acerca de cómo
son los procesos de enseñanza-aprendizaje se remonta
a Simónides y la psicología y pedagogía
no existen.
- Ausencia de una visión integrada del saber.
Cada asignatura es una isla, nada tiene que ver con lo que
se realiza en otras horas del día, en otros cursos.
- El examen como rito fundamental de prueba de linaje.
Saber es responder al enigma que el profesor o la profesora
propone como prueba de evaluación. Sólo los
elegidos resuelven el enigma, gozan del don, pueden ser
ungidos.
Se dirá que no existe, que es una caricatura de la
realidad pero, a poco que indaguemos, podremos encontrar bajo
nuevas prácticas, viejos modos. No es posible detenernos
aquí a señalar y analizar algunas de esas nuevas
prácticas, pero le será fácil al lector
recoger ejemplos variados vinculados al proyector, el vídeo,
el power point, etc., que bajo la forma de nueva
tecnología, la acción didáctica
y la visión de la universidad estén perfectamente
anclados en este modelo.7 ¿Si no, cómo se explican
las legiones de alumnos que siguen describiendo las aulas
de las universidades como el lugar donde se copian apuntes?
¿En el caso de España, los nuevos planes de estudio
con jornadas maratonianas y un número elevado de materias,
dan lugar a otro trabajo que no sea la memorización?
¿Permiten las consultas y ampliaciones en las bibliotecas?
¿Permiten plantearse preguntas? ¿La reflexión
personal o aplicar conocimientos? Las preguntas y los ejemplos
podrían multiplicarse y, todo ello, nos llevaría,
probablemente, a concluir que se mantiene el arraigo de esa
vieja concepción con todos los tics que hemos señalado
y otros como el individualismo, la fragmentación, los
celos de posición, etc., que omitimos por no alargarnos.
En este modelo la autonomía universitaria le interesa
poco, ¿para qué la quiere?; que se burocratice
cuanto quiera la universidad; que funcionarice
cuanto quiera; qué importa el papel del Estado (sea
central o periférico). Puede ser celoso guardián
de la libertad de cátedra entendida como libertad de
hacer lo que a uno le apetezca, pero no valorará de
ningún modo la autonomía porque ésta
exige buscar, innovar, tomar decisiones, discutir compromisos
y asumirlos, y eso resulta molesto.
Cuando se habla de investigación, si se analiza de
cerca, se ve que no es tal. En la mayoría de los casos
son puras reduplicaciones chapuceras. El profesorado universitario,
en este modelo, repetía cada año lo que dijo
en el pasado y que repite ahora. Carece de una cultura (de
un saber culto) y de un perfil humano que le permita establecer
una interacción apropiada con sus alumnos y, lo que
es más grave, es incapaz hoy de tener ningún
poder socializador positivo importante. No debe olvidarse
que correlativo al modelo de profesorado se ofrece el del
alumnado. Muchos profesores y profesoras no deberían
quejarse de sus alumnos sino de ellos mismos.
Es cierto que esta concepción de la universidad no
la reivindica nadie, ni menos abiertamente, pero no deja de
estar presente como una rémora que firma alianzas estratégicas
en cada momento para poder pervivir.
1.2. El modelo profesional
Está inmerso en la tradición de la universidad
medieval. Las facultades mayores tienen un sentido claramente
profesionalizador, trataban de formar teólogos, médicos
y abogados, y se reservaba la facultad de artes, facultad
menor, para impartir formación preparatoria y recoger,
según fueran surgiendo en el correr de los tiempos,
las nuevas formas del saber. Pero el verdadero modelo profesionalizador
se da en la universidad napoleónica y en la tradición
de las Grandes Escuelas, que transforma la universidad en
una acción práctica encaminada a obtener ciudadanos
capaces de aplicar conocimientos a situaciones concretas de
la vida cotidiana. La universidad profesionalizadora se encamina
a realizar unos fines que le vienen de fuera, que son fines
que el Estado impone y financia. La formación, acreditación
y ejercicio profesional deben estar controlados. El Estado
debe garantizar a los ciudadanos que las prácticas
profesionales son correctas, que van encaminadas a salvaguardar
el bien mayor.
Esta función podría perfectamente realizarse
sin el concurso de la universidad. El Estado podría
asumirla de hecho así lo hace en determinados casos
y lo realizó de modo generalizado en el pasado bajo
la forma de acreditación. En la sociedad actual, dada
la complejidad científico-tecnológica del entorno
profesional, la fuerte división del trabajo y la pluralidad
de formas profesionales, sería difícil, pero
tampoco parece que la universidad lo esté haciendo
muy bien: desempleo de titulados, delitos cometidos por profesionales,
largos períodos de formación posgraduada, etc.,
parecen indicar la existencia de dificultades bajo esta perspectiva.
Cada día es más frecuente que la acreditación
profesional se dé fuera del ámbito universitario.
Aun aquellas profesiones que se ejercen bajo licencia universitaria,
necesitan cada vez más acreditaciones complementarias
de otras instituciones sociales. La universidad se ve sometida
a dos tipos de presiones contradictorias. De un lado, nuevos
colectivos reclaman que los estudios que les conducen a su
reconocimiento profesional sean declarados universitarios;
por otro, la acreditación tiende a abandonar el ámbito
universitario para situarse en otras esferas de la sociedad.
De hecho, la actividad profesionalizadora de la universidad
es motivo de quejas constantes. Las quejas parten en primer
lugar de los propios graduados que consideran la formación
recibida como inadecuada. Las prácticas son, en muchos
estudios propiamente profesionalizadores, una caricatura de
lo que acontece en su práctica cotidiana, los procedimientos
puramente teóricos y alejados de los condicionamientos
reales, las ideas acerca de la función social y la
cultura propia de la profesión inexistentes y los conocimientos,
la ciencia, están alejados de su aplicación
práctica. Como señalara García Morente8
porque enseña demasiada ciencia pura; (...) porque
no les enseña bastante ciencia pura. La
ciencia que se transmite es demasiado especializada, incapaz
de transmitir visiones sintéticas de conjunto. Una
universidad, principal y fundamentalmente investigadora, desarrolla
unos hábitos que frecuentemente chocan con lo que es
la práctica cotidiana y, en esa medida, la ciencia
es excesiva. Pero, desde otro punto de vista, esa ciencia
es insuficiente puesto que no transmite un conjunto de experiencias
y requerimientos que toda profesión exige.
¿Cómo se forman el profesor o la profesora que
quieran profesionalizar? En Estados Unidos es muy frecuente
recibir la pregunta: ¿Antes de ser profesor universitario,
qué hacia? Cuando, como en el caso de la mayoría
del profesorado español, se responde que una vez licenciado
siempre se ha permanecido vinculado a la universidad, su cara
de incredulidad y sorpresa es mayúscula. Un artículo
aparecido en la prensa asturiana con motivo de la reinauguración
de la Escuela Superior de Ingenieros Industriales trataba
de poner de manifiesto los límites que la universidad
presenta como institución profesionalizadora. En primer
lugar, señalaba el articulista la contradicción
que para él se daba entre el modelo de organización
que hoy tiene la universidad española y el que pide
la formación de profesionales. Para nadie es
un secreto que la universidad funciona mal en muchos aspectos.
Las últimas modificaciones introducidas en su organización
básica son una auténtica catástrofe.
La creación de los departamentos ha hecho perder personalidad
a las facultades y escuelas técnicas, rompiendo el
concepto de centro y de carrera universitaria, teniendo que
crear unas titulaciones no vinculadas a un sistema docente
ubicado en unos edificios concretos, con equipo de profesores
conjuntados y formados en un determinado campo de actividad
y dotados de un sentido profesional.9
Estas palabras expresan el sentir y la posición de
muchos profesionales, de no pocos sectores sociales y de un
buen número de profesores y profesoras universitarios.
Piensan que una universidad volcada en la investigación
no ayuda a profesionalizar, que se debería volver a
una estructura académica centrada en las facultades
y escuelas profesionalizadoras.
Más adelante el comentarista añadía
una segunda razón por la que la universidad se ve incapacitada
para cumplir plenamente esta función. En la universidad
se dan títulos a unos profesionales que a su vez pasan
a enseñar a las siguientes generaciones sin ningún
contacto con la realidad exterior de las empresas, ni con
las actividades propias de un licenciado o ingeniero... No
debería estar permitida la docencia sin acreditar de
forma fehaciente haber trabajado en empresas u organismos,
ajenas al sistema docente, precisamente en las materias a
impartir.10 Puede parecer excesivo y, seguramente, lo es, pero ciertamente
señala unos límites que tienen mucho de ciertos
y reales. La contratación de profesores asociados con
experiencia profesional es demasiado excepcional y el hecho
de que en algunos estudios (medicina y derecho) se dé
una mayor presencia profesional no parece un modelo generalizable.
La universidad, al menos la española, tiene serias
dificultades para cumplir esta función profesionalizadora.
Se podrán proponer soluciones o remedios diversos,
como aumentar el tiempo de prácticas en ámbitos
extrauniversitarios, reducir la carga teórica y el
número de materias, contratar mayor número de
profesionales, etc. Todo ello estará muy bien, pero
algunas dificultades parecen insalvables. Es más, pensamos
que no deben ser salvadas. Una universidad que fuera capaz
de profesionalizar completamente dejaría, probablemente,
de ser universidad. Cuanto más se profesionalice
más se descompondrá la universidad en unidades
independientes, desconectadas entre sí. Llevado al
límite, cada escuela, cada facultad sería en
sí misma única y la universidad dejaría
de ser universal, integradora.
¿Qué caracterizaría a esa universidad
profesionalizadora? La limitación y pobreza de
su modelo de relación con la ciencia, con el saber.
No debe olvidarse que la existencia de estudios profesionales
en la universidad tiene sentido en la medida que los saberes
que se enseñen guarden relación con la ciencia,
con la teoría. En sentido propio ser profesional es
ejercer una práctica, praxis, que deriva de
un conocimiento científico, que tiene su fundamento
en elementos científicos. El profesional no es el que
alcanza un conocimiento por el ejercicio de unas prácticas,
no es un oficio, una poiesis. El modelo profesional
desarrolla un conocimiento interesado, un conocimiento prendido
de la utilidad más o menos inmediata. Enormemente práctico,
pero se olvida del conocimiento desinteresado, del conocimiento
no aplicable, de la especulación pura, de la creación
libre que tan necesaria es en toda sociedad. De ahí
la mucha y poca ciencia de García Morente.
Este modelo, en muchos de sus rasgos, sigue estando presente
y, como nos muestra el artículo del periódico
citado, sigue generando tensión. A la universidad se
le va a seguir demandando que forme profesionales y así
debe hacerlo, pero nunca podrá ser enteramente profesional.
Ese punto de tensión se expande por toda la estructura
y coloca al profesorado, no pocas veces, ante el dilema de
qué hacer, a qué aspectos atender, a qué
atenerse.
El profesorado con un perfil fuertemente profesionalizado
tiende a desarrollar un modelo didáctico en el que
se da siempre una relación jerárquica: el profesional
que sabe frente al aprendiz; caben las relaciones maestro-discípulo,
de participación, pero son el resultado de una concesión,
de un modo personal de ser. El modelo en sí pide jerarquía,
rigor en los procedimientos e itinerarios cerrados. La optatividad,
libre configuración, renovación de materias,
flexibilidad curricular, etc., no parecen posibles y, con
frecuencia, son vistos como elementos de distracción,
innovaciones innecesarias y modernismo inútiles que
provienen de gentes que no saben en qué consiste la
profesión.
El alumno perfectamente socializado también
presentará un perfil característico, de modo
que nos será difícil percibirlo a poco que se
trate con él. Se podrá decir que esto ya no
se da o que, de darse, tiene un carácter puramente
residual. Que nadie reivindica estas posiciones. Que puede
que quede alguna supervivencia de esta naturaleza pero que
esto ya se ha superado. Pero son muchos los datos que se podrían
aportar para mostrar su activa supervivencia. En el ámbito
puramente pedagógico, Latinoamérica, España
y Portugal dan cuenta de numerosos ejemplos.
1.3. El modelo científico o investigador
Este modelo es sin duda el que más claramente se percibe,
con el que se está más identificado, el que
se considera realmente universitario. A él le cabe
el mérito de haber despertado a la universidad del
tedio y la rutina en que reposó durante siglos. La
revolución científica, el nacimiento de la ciencia,
dejó a las universidades muy fuera de juego y éstas
vivieron claramente de espaldas a ella. La universidad alemana
de finales del XVIII recuperó el ideal investigador
y con él se produjo el renacer universitario.
Este modelo de universidad se ha potenciado en España
y en buena parte de Latinoamérica por muy diversos
caminos y se debe reconocer que la universidad ha salido fortalecida.
La misión de la universidad en este modelo es hacer
progresar la ciencia y el conocimiento en todas las direcciones
y, además, debe transmitirlo. Es una universidad primeramente
investigadora, después docente. Exige libertad y autonomía
para conseguir sus fines y espera que el Estado le proporciones
los recursos y ayudas necesarias.
Ahora bien, este modelo no está exento de tensiones,
peligros y contradicciones. La continua proliferación
de especialidades, de áreas y subáreas de investigación,
proceso sin duda imparable y necesario, no deja de encerrar
en sí mismo algunos peligros. Una universidad superespecializada,
que sea incapaz de integrar en unidades orgánicas superiores
esa especialización, es una universidad en trance de
desaparecer. Y su desaparición provendría del
hecho de pulverizar y destrozar la razón de ser de
la universidad, el núcleo vertebrador de la cultura
misma: la radical e indisoluble unidad del ser humano.11
La especialización no atenta sólo contra la
unidad entre los distintos centros, como en el modelo profesional,
sino que fracciona a la institución en grupos minúsculos
que luchan denodadamente entre sí por alcanzar recursos
siempre escasos, obtener reconocimientos, acumular alumnos,
etc.
Como tal, es un modelo estresante para el profesorado que
se ve en la obligación de ser siempre un
investigador brillante, cuando sabemos que es muy difícil
serlo alguna vez. Lo que produce, como es bien sabido, toda
una gama de trucos y recursos para superar el trance. Esta
necesidad de investigar, o de parecer al menos que se investiga,
tiene efectos muy diversos. Uno muy generalizado es la pérdida
de interés por la docencia y todo lo que esta relacionado
con ella, que hace olvidar la razón de ser de la universidad,
los alumnos. Pero no es éste el único efecto
perverso, con ser quizá el más importante, una
investigación altamente competitiva puede permitir
el desarrollo de tipos humanos muy alejados del ideal humanístico
que sirve de fundamento a la universidad. Seres humanos unidimensionales,
faltos de madurez afectiva y social, son el resultado de cierto
tipo de trabajo intelectual.
Didácticamente el modelo es muy complicado y arriesgado.
La necesidad de transmitir lo último, lo que está
en el límite del conocimiento en un campo determinado,
hace que la inseguridad de los docentes aumente. Con frecuencia
se da la sensación de no conocer con precisión
los contenidos que se están abordando, de no poseer
la necesaria intuición que es exigible
a todo docente. No hace mucho un amigo y colega, profesor
de matemáticas, me contaba la siguiente anécdota:
En uno de los pasillos de su facultad, una mañana,
se había tropezado con un compañero que se quejaba
de lo poco que sabían sus alumnos. Como prueba de ello
le relata lo siguiente: Hoy, cuando he terminado de
explicar, un alumno me ha dicho que no entendía unas
cosas. Se las he vuelto a explicar y seguía sin entenderlas.
Se las vuelvo a explicar, las entiendo yo, y él sigue
sin entenderlas. Esto es un desastre.
Más allá de la anécdota, lo que ésta
pone de manifiesto es lo complejo que resulta desde este modelo
el acto didáctico. A veces, la diferencia entre lo
que sabe el profesor y lo que debe aprender el alumno es tan
estrecha que la necesaria asistencia que debe prestar el docente
no se produce.
El modelo, llevado a su extremo, produce en el alumnado efectos
no deseables:
- Creación de una competencia insana e innecesaria.
Los alumnos y alumnas perciben con claridad la competencia
entre el profesorado y los grupos. Se ven, en muchos casos,
abocados a tomar partido y entrar en guerras que carecen
de todo sentido. El aprendizaje se concibe como una lucha
en solitario en la que no cabe la cooperación y la
ayuda. Ocultar fuentes, apuntes o cualquier otro elemento
que ayude a los demás a resolver las preguntas que
se formulan se convierte en una práctica demasiado
habitual.
- Visión de la ciencia y el conocimiento parcelada,
segmentada e inconexa. Cada materia aparece como una
isla separada por un inmenso mar del resto de las materias.
Son una agregación de códigos que resultan
intraducibles los unos a los otros, lo que produce una sensación
de permanente incompetencia y de volver a empezar continuamente.
- Déficit cultural. Producto de esa agregación
de códigos y superespecialización es la pérdida
de una visión integrada de su campo de conocimiento
y de la necesaria capacidad de poderlos poner en relación
con otros campos.
- Unidimensionalidad vital, etc.
El modelo en sí plantea un problema pedagógico
de primer orden: crear síntesis de conocimiento que
permitan integrar a la persona e integrarse en la persona
humana, lo que clásicamente se ha llamado ser culto.
El saber culto no se opone al saber especializado. El saber
culto pretende superar la meticulosidad del saber especializado
mediante la exactitud. El profesor investigador se suele encontrar
muchas veces con dificultades didácticas, no por desconocer
especialmente los procesos instruccionales, sino por carecer
de las referencias culturales, sociales y humanas necesarias.
1.4. El modelo educativo
No ha pertenecido a la tradición latina y sólo
en las últimas décadas algunos elementos de
ella se han incorporado con mayor o menor fortuna. No se pude
decir que haya ejercido una influencia de modo directo, en
todo caso, indirectamente a través de la imagen que
nos hemos formado cuando visitamos universidades en las que
el modelo está presente o por medio de los relatos
que en distinto formato se nos han ofrecido del mismo. Su
representación más próxima se encuentra
en las universidades inglesas. García Morente lo define
como una corporación de hombres que aprenden
a vivir y enseñan a vivir.12
No se organizan en torno a la ciencia, como en el modelo anterior,
aunque no por ello dejen de hacer y producir ciencia, pero
ésta es el resultado de una de las formas posibles
de explorar la vida. Su misión es claramente educadora,
ya que fundamenta actitudes, ideales de conducta, tipos de
carácter, formas de mentalidad, etc. En suma, estilos
de vida.
El modelo pedagógico que encierra se fundamenta en
la relación directa profesor-alumno para trazar y guiar
el plan de enseñanza. La didáctica se basa en
la participación. El trabajo tutorial es el eje de
la acción, de una acción tutorial que poco tiene
que ver, como sabemos, con la tutoría de
la actual universidad española.13
En este modelo, el profesorado aparece como un intelectual
de corte clásico y exige la autonomía como condición
necesaria de su existencia.
Al modelo se le ha acusado de elitista, individualista, poco
profesionalizador, no comprometido, diletante, etc. Muchas
críticas son justas y atinadas, pero lo que importa
destacar aquí es que buena parte de las virtudes que
siempre se han atribuido a la universidad están aquí
encarnadas: trabajo personal, afán desinteresado por
saber, sentido profundo de lo humano, búsqueda de la
excelencia, etc.
Ésta no es nuestra universidad, ni la española,
ni la italiana, ni tampoco la francesa, alemana y la de toda
Latinoamérica. No lo es por muchas razones que no deben
entenderse como razones por las que sentirnos culpables. Es
un modelo difícil de recrear, puesto que no se da el
contrato social e histórico que permitió su
existencia. Los alumnos llegan hoy a la universidad socializados
en muchos comportamientos que antes adquirían en ella.
No estamos reivindicando el modelo, tan sólo pretendemos
señalar su existencia y mostrar sus virtudes.
2. Modelos de universidad y formación del profesorado
Los modelos que hemos presentado en sus rasgos más
esquemáticos son irreductibles entre sí. No
cabe una síntesis o posición sincrética
que, triturando las aristas que cada uno de ellos presenta,
dé como resultado un modelo integrado. Todos y cada
uno valoran y entienden la ciencia de modo distinto, encierran
una relación distinta con la sociedad, proponen roles
distintos al profesorado y al alumnado. Llevados al límite,
terminan por aniquilar y disolver la universidad en un conjunto
de prácticas distintas y aisladas entre sí.
En la labor de formar, de dar buena forma, en el ser humano
deben confluir aspectos positivos que cada modelo encierra.
Esencialmente, tres: saber, saber hacer y querer hacer. Conocimiento
e inteligencia, eficacia y eficiencia en la acción
y responsabilidad y compromiso. Estas tres notas son exigibles
a todo profesional docente, pero ello no debe permitirnos
concluir que es posible un único modelo. Si lo que
hemos venido afirmando es cierto, en cualquier universidad
a la que dirijamos la mirada nos encontraremos, dependiendo
del centro, de su historia y tradición, del tipo de
estudios, etc., profesorado en el que predomina un modelo
u otro. Profesores y profesoras que, en función del
contexto de su actividad, adoptan una u otra perspectiva e,
incluso, prácticas contradictorias.
Por ello, al proponer modelos de formación del profesorado
universitario, se hará necesario precisar las relaciones
que el modelo guarda con cada una de las estructuras señaladas,
aceptando, siempre, que es posible la existencia de formas
diversas de ser docente universitario y todas ellas válidas
a condición de que cumplan algunos requisitos que señalamos:
- Partir del querer hacer y del saber culto. Querer
hacer es básicamente un compromiso deontológico,
una llamada a la responsabilidad y al compromiso. El profesor
universitario se ocupa de crear y hacer llegar a la sociedad
unos bienes preciados que deben utilizarse del modo adecuado.
El profesional tiene el compromiso, con la sociedad que
lo forma, de devolver el bien que recibe. El profundo sentido
moral que tiene toda profesión difícilmente
puede hacerse realidad si las personas encargadas de formarlos
no encarnan en buena medida esos valores. El profesor universitario
tiene un compromiso de búsqueda de la verdad, como
dijera Aristóteles, soy amigo de Platón
pero más de la verdad. La búsqueda no
termina nunca y ese compromiso de búsqueda incluye
el de formarse y actualizarse para dar respuesta adecuada
a lo que en cada momento la sociedad le demande.
Saber culto es una exigencia derivada del compromiso que
acabamos de señalar. Por muy adultos que sean nuestros
alumnos, la obligación de religarlos al mundo, de
hacerles surgir los afectos y compromisos necesarios con
el saber que detentan, de ubicarlos en su dominio facilitándoles
una visión sintética y orgánica del
saber que van encarnar y de su práctica, es condición
del docente universitario. A esa condición le damos
el nombre, siguiendo a G. Morente, de saber culto, de saber
arraigado, hecho carne y espíritu, saber vivo y vivificante.
- Buscar desarrollar con claridad las dimensiones de
saber y del saber hacer. Una vez que se cumple el primer
requisito, este segundo es también necesario. Un
buen profesor o profesora domina su saber y las aplicaciones
profesionales que caben de él. Se trata de mostrar
el camino y facilitar la capacidad de hacerse preguntas
acerca de qué y cómo.
- Desarrollar el ser humano hacia una plenitud dentro
de su contexto. La capacidad orientadora es exigible
a todo docente universitario. Se enseña para la vida
y en una sociedad y contexto dado. La apertura a la sociedad
es absolutamente necesaria.
Si se cumplen estas tres condiciones, podemos preguntarnos
cómo formar a un profesional docente universitario.
Al contestar a esta pregunta debemos recordar la posición
que defendemos: el profesor de universidad es una clase especial
de científico, estudioso o creador. Un científico
que no se dedica al cien por cien a la investigación,
al estudio y la reflexión, y a la publicación
de resultados. Un científico, estudioso o creador cuyo
sentido primordial es la divulgación a la sociedad
del conocimiento general de su disciplina a través
de la formación de las nuevas generaciones. Es un científico
a quien se le paga, fundamentalmente, por dar clase. Lo que
la sociedad espera es que sepa transmitir, del modo más
adecuado y actualizado, sus conocimientos, aquellos que constituyen
el eje de su actuación. Con frecuencia se oye decir
que tal o cual docente podrá saber mucho pero que enseña
mal y, si esto ocurre, produce irritación, enfado y
decepción: Sería preferible que no supiese
tanto pero que enseñase mejor. Pero si bien ésta
es una demanda social muy vinculada a los elementos más
próximos a la recepción del servicio, desde
otras instancias sociales lo que parece demandársele
es una gran capacidad investigación y de creación.
En el profesional docente universitario aparecen, pues, dos
polos:14 conocimientos avanzados y destreza
para transmitirlos. Sobre estos dos puntos de apoyo pueden
darse variedades o modelos distintos. Se dará el caso
de ser más investigador, más profesionalizador,
más centrado en las labores orientadoras, etc., en
función de rasgos personales, contextuales, organizacionales,
etc. Por otro, la propia historia académica del docente
le llevará a potenciar unos aspectos u otros. El profesorado
universitario, como cualquier otro profesional, esta sometido
a continuos cambios y transformaciones, que debidamente organizados
producirán un desarrollo personal y específico.
Desde el punto de vista de la docencia, las tareas propias
del profesorado universitario no difieren mucho de las de
otros niveles educativos. Se trata, esencialmente, de profesionales
dedicados a la enseñanza que buscan que sus alumnos
y alumnas aprendan. En ese proceso de enseñanza-aprendizaje
cada vez se está haciendo más patente la necesidad
de gestionarlo desde la perspectiva de patrones de calidad.
La exigencia de calidad en la docencia implica incluir otros
ámbitos diferentes a la propia aula donde se está
con el grupo de alumnos y abandonar prácticas de riguroso
individualismo (Zabalza, M.A., 2002, 117 y ss.). La actividad
docente no se reduce a la interacción directa con los
alumnos, sino que se extiende a un conjunto amplio de actividades
pre y postactivas (planificación de los procesos instruccionales,
diseño de materiales curriculares, coordinación
de esfuerzos, planificación de nuevos procesos tecnológicos,
tutorías, evaluación de las actividades de aprendizaje
realizadas por los alumnos, etc.)15 que han de llevarse a cabo si se quiere asegurar el aprendizaje
de los estudiantes. Los conocimientos y destrezas que debe
reunir el profesor no se limitan, por consiguiente, a la interacción
directa con los alumnos. En este sentido, la evaluación
de la docencia universitaria no debe restringirse a la enseñanza
interactiva, aunque, durante muchos años, la mayor
parte de las evaluaciones efectuadas se hayan centrado en
esta modalidad.
Junto a la función docente, el profesorado universitario
también destaca por su especial dedicación a
la investigación. Se trata de especialistas al más
alto nivel en una disciplina científica, lo que conlleva
la capacidad y hábitos investigadores que le posibiliten
profundizar en el campo de conocimiento específico
al que destina sus esfuerzos investigadores. La idea básica
que parece sostener este entramado es que la dedicación
a la investigación va a redundar en claro beneficio
de sus alumnos. Las relaciones entre producción de
conocimientos y comunicación de los mismos se supone
que es fluida, pero como ya indicamos, esa relación
no está tan clara. Diversas investigaciones han puesto
de manifiesto que las relaciones entre productividad científica
y eficacia docente son débiles (Aparicio, 1991). Gibbs
(2001) señala con precisión este aspecto y recuerda
que, citando como fuente el Programa de Evaluación
de la Investigación en el Reino Unido, la mayoría
de los profesores universitarios no son investigadores activos.
En torno al binomio formación profesional-investigación
en la educación universitaria hay un rico debate abierto,
como acertadamente pone de relieve Medina Rubio (1996,145):
La batalla entre investigación y especialización
profesional está todavía sin resolver. Por mucho
que se insista en la necesidad funcional de distinguirlas,
de organizarlas mediante recursos y medios humanos propios,
adecuadamente seleccionados y entrenados para llevarlas a
cabo, siempre se vuelve a replantearlas en términos
de predominio. Y, desagraciadamente, así continuará
sucediendo mientras la sociedad y los órganos de poder
no estén realmente decididos a clarificar los supuestos
de que parten los fines que persiguen.
2.1. ¿Cómo abordar la formación del
profesorado universitario?
A la hora de afrontar esta cuestión se nos ofrecen
distintas vías. Desde la perspectiva de la calidad
del docente y de su evaluación, seguramente aflorará
ese conjunto difuso y amplio de la formación personal
de cada docente. Si nos situamos en el plano más institucional
o de conjunto, la búsqueda de esa calidad nos llevará
resaltar todos aquellos aspectos que tienen más relacionados
con la gestión de la docencia y los planes institucionales
para alcanzarla. Si atendiésemos al aspecto de la deseable
conexión entre los conocimientos y áreas del
saber para no perder la necesaria unidad del ser humano, nos
surgirían todas las cuestiones relativas a la formación
continua del profesorado en ámbitos no relacionados
con su parcela de conocimiento y de docencia.
Desde la primera perspectiva, todo plan o proyecto de formación
docente deberá partir de la necesaria evaluación
del profesorado. Una evaluación centrada en la búsqueda
de la calidad y la excelencia, y orientada claramente a la
mejora. Desde esta perspectiva las dificultades que deben
vencerse son diversas. Una, de especial importancia, es superar
la resistencia y los miedos que impiden a muchos profesores
y profesoras tomar conciencia de la necesidad de formarse
como docentes. La mayoría del profesorado universitario
se ha socializado en una concepción profesional centrada
en el dominio de los conocimientos de su especialidad. A través
de sus distintas experiencias académicas como alumnos
y alumnas de distintos niveles educativos, perciben que ser
profesor universitario es dominar un conocimiento de alto
nivel, que difícilmente está al alcance del
común de los mortales y que la posesión de esos
conocimientos es el requisito esencial y único para
enseñar. Prendido de esta concepción se da otro
supuesto básico obtenido, también, de su experiencia:
seré un buen profesor si evito hacer algunas cosas
que conmigo hicieron mal. Para un porcentaje elevado del
profesorado en esto se resumen su concepción pedagógica.
Una concepción centrada, única y exclusivamente,
en el sujeto que enseña, que no tiene en cuenta ni
a los sujetos que aprenden, ni al resto de colegas que enseñan;
su práctica es enteramente individualizada. Éxito
y fracaso son factores puramente personales.
Una segunda dificultad, que nos parece importante destacar,
es el potencial peligro de derivar, sin más, los proyectos
de formación del proceso de evaluación. Diseñarlos
de este modo conlleva el riesgo de convertirlos en planes
técnicos asistenciales. Le daremos a cada profesor
un repertorio de ayudas en función de las carencias
observadas. Operar de este modo tiene un sinfín de
dificultades y se cometen no pocos errores. El profesor José
Manuel Esteve (1995,1996 y 1997) ha llevado a cabo diversas
investigaciones que nos muestran claramente estos problemas:
desarrollo de conductas ansiológicas, mejoras circunscritas
a situaciones concretas (grupo de alumnos, asignatura específica,
momento concreto, etc.);cualquier cambio en las mismas reproduce
nuevamente la necesidad, refuerzo de concepciones individualistas,
aislamiento docente, olvido del sujeto que aprende, etc.
Otras dificultades también importantes serían:
motivar para el cambio, grado de implicación y aceptación
del proceso, sistema de reconocimientos, etc.
En general, las evaluaciones que se están llevando
a cabo están muy centradas en las labores del aula,
y se olvidan muchas otras actividades que, como ya mencionamos,
son importantes. La evaluación, y, con ella, los planes
de formación docente deberían contemplar, al
menos, las siguientes dimensiones: la clase, la tutoría,
la potenciación del trabajo individual del estudiante,
el trabajo cooperativo entre iguales, las prácticas,
el prácticum y el desarrollo curricular. La optimización
de la actividad docente del profesorado debe abordarse como
mínimo, pues, en estas sietes dimensiones. Tales dimensiones
reflejan en sentido estricto lo que podría entenderse
por la actividad lectiva del profesorado, aspecto éste
que en una universidad como la actual debe reformularse, incorporando
elementos como los relativos a la tutoría, las prácticas
y los trabajos de los estudiantes directamente relacionados
con la docencia impartida. Pero además, una universidad
como la actual exige que el profesorado sea diestro y, por
tanto, esté formado en el desempeño de tareas
como los siguientes:
- Diseño de materiales curriculares: textos guía,
hipertextos, tutoriales interactivos, etc.
- Orientación y tutorización del estudiante
a lo largo de la carrera.
- Evaluación de las actividades de aprendizaje desarrolladas
por el estudiante.16
El diseño de acciones orientadas a la formación
del profesorado en los ámbitos que hemos señalado
no debe ser único ni uniforme. Debe integrar elementos
del contexto en el que el profesorado ejerce sus funciones
docentes, debe tener en cuenta la experiencia del profesorado,
novel o senior, y debe generar dinámicas de trabajo
cooperativo entre el profesorado de una misma disciplina o
titulación. La formación del profesorado, al
igual que la evaluación de su actividad docente, debe
catalizar positivamente la ilusión por la mejora de
su tarea. Deben contribuir a que reflexionen y analicen críticamente
sus costumbres docentes, y modifiquen aquellas que dificultan
el logro de sus objetivos. Así, la primera fase de
un plan de formación del profesorado debería
consistir en un ejercicio de autoevaluación de su propia
actividad. En el caso del profesorado de nueva o reciente
incorporación, esta primera fase debe integrar además
de la autoevaluación un informe propio en el que se
haga constar las situaciones en las que se encuentra más
o menos cómodos en su actuación en clase y en
los diferentes ámbitos de su actividad como docente.
Otra de las consideraciones fundamentales que deben presidir
la propuesta de acciones de formación del profesorado
es la identificación de objetivos terminales de aprendizaje
de los estudiantes en las diferentes materias o asignaturas,
así como la reflexión sobre el proceso de evaluación
de los citados aprendizajes. Plantearse la reflexión
sobre estas cuestiones es abordar uno de los problemas clave
de la formación universitaria hoy. Cuando el profesorado
identifica con claridad los objetivos de aprendizaje que pretende
que sus alumnos logren, es más capaz de reflexionar
de forma sistemática y potente sobre sus actividades
docentes. La autoevaluación de la actividad docente
del profesorado a la que hacíamos referencia y la identificación
de los objetivos de aprendizaje de los estudiantes son dos
condiciones necesarias aunque no suficientes para iniciar
de forma adecuada un programa de formación del profesorado.
Llegados a este punto, bueno será que nos ocupemos
ahora de la perspectiva institucional. Si lo que venimos diciendo
acerca de la formación del profesorado tiene algún
sentido, estos planes de formación deben tener un cierto
carácter institucional. No se tratará de una
oferta genérica que, de modo más o menos actualizada,
se ofrezca cada año en una universidad. Los planes
de formación que se diseñen tienen que estar
integrados en un plan de formación que, con carácter
institucional y con el objetivo de alcanzar la excelencia
docente, se aprueben por la institución. De este modo,
los planes obedecerán a una propuesta de mejora de
la institución que contemplará no sólo
las necesidades de cada sujeto que enseña, sino también
las preferencias y objetivos que corporativamente se buscan.
Creemos que es absolutamente necesario que se aborde esta
doble perspectiva sujeto-institución, si se quiere
evitar que el profesorado no se sienta vinculado a la propuesta,
de un lado, y que los objetivos de la institución no
se alcancen, de otro.
En relación con los formadores de tal propuesta, podemos
considerar tres categorías diferentes. En primer lugar,
el experto en pedagogía o psicología en procesos
de aprendizaje o educación de personas adultas. En
segundo lugar, el experto en la docencia del área de
conocimiento específica del profesorado en formación.
En tercer lugar, un asesor o varios, según el caso,
que dinamice los procesos de trabajo cooperativo e interacción
entre iguales que puedan desarrollar el profesorado que participe.
Tomando en consideración lo que acabamos de señalar,
entendemos que en la medida de lo posible las acciones de
formación del profesorado orientadas a aquellos que
son estables deberían desarrollarse por expertos en
la docencia de la disciplina, que gozarán de suficiente
autoridad moral para actuar como asesores y dinamizadores
de grupos de trabajo entre iguales. Los especialistas en aprendizaje,
evaluación y Educación Superior general deberían
centrar su atención en asesorar a los expertos en la
docencia de las diferentes disciplinas con el fin de que la
actuación de estos últimos pudiera también
mejorarse en aquellas cuestiones en las que no han recibido
una formación pedagógica o psicológica
específica.
En relación con el profesorado no estable proponemos
una modalidad mixta en la que el especialista en pedagogía
o psicología y el experto en la docencia de la disciplina
colaboren reservándose cada uno de ellos el ámbito
de formación más afín. Difícilmente
podemos contribuir a formar un buen profesor universitario
en un área concreta sin contar con el experto en docencia
en esa área o sin contar con el experto en evaluación
de los aprendizajes, o con el experto en diseños de
materiales multimedia de autoaprendizaje, que no necesariamente
pertenecerán al área específica de la
que estemos tratando.
El carácter obligatorio o voluntario de los programas
de formación puede variar en función de la tipología
del profesorado al que va dirigida y el tipo de contenidos
que trate. En el caso del profesorado no estable y en el de
aquellos que no hayan obtenido una evaluación favorable
de su actividad docente, los programas, orientados a mejorar
su actuación en clase, y los sistemas de evaluación
de los aprendizajes, podrán ser obligatorios. En los
restantes casos el carácter de los cursos deberá
ser voluntario o a petición de aquellos grupos de profesorado
que lo soliciten. Convendría que estos programas obedeciesen
a un proceso de toma de decisión colectiva en Departamentos
y Centros, y que estuvieran integrados en los planes institucionales
de calidad. Esto último debería conllevar unas
dotaciones presupuestarias y unos incentivos o reconocimientos.
La promoción de planes de evaluación de la
docencia del profesorado junto con las acciones antes descritas
son condiciones necesarias aunque no suficientes para el logro
de los objetivos que todo plan de formación del profesorado
persigue en la universidad. Sin esta preocupación por
la calidad y la evaluación de la actividad docente,
los programas de formación del profesorado pueden quedar
reducidos a una simple oferta de cursos que se ven como un
trámite administrativo que se debe cubrir para alcanzar
una determinada posición o superar una evaluación
negativa, sin que con ello se produzca ninguna mejora en la
docencia, ni se alcance la necesaria satisfacción profesional
que es la que permite que los cambios se consoliden.
En este proceso de formación continua del profesorado
debe contemplarse una tercera dimensión, como indicamos
al inicio de esta sección, la que hace referencia a
la formación en ámbitos no relacionados directamente
con el área de conocimiento ni con la docencia que
cada profesor y profesora desempeñan. La universidad
debe ofrecer, y el profesorado voluntariamente debe poder
beneficiarse de, acciones formativas a cargo de profesorado
de otras áreas de conocimiento diseñadas y orientadas
a incrementar la densidad cultural y científica como
ciudadanos y profesionales destacados en una sociedad compleja
como la nuestra. La misión de la universidad está
precisamente vinculada a ese carácter de universalidad
de la dimensión humana y que exige no olvidar esa alta
dimensión política que tiene encomendada.
Los profesores universitarios tenemos y hemos tenido una
larga trayectoria solitaria de formación y, en no pocos
casos, de investigación. Esta tradición tiene
como resultado un proceso de aprendizaje lento e inadecuado,
gran cantidad de esfuerzo y tiempo innecesariamente invertidos
y unos resultados con frecuencia pobres. Es posible afrontar
esta problemática de un modo menos traumático
y más eficaz. Se ha generado un conjunto de conocimientos
y experiencias que hacen posible que las cosas no sean así.
A continuación nos ocuparemos de presentar algunas
reflexiones con relación a esta problemática
centradas en dos momentos: el profesor que comienza y el que
tiene experiencia, si bien antes haremos algunas consideraciones
en torno a los modelos de formación que pueden seguirse
para alcanzar un desarrollo profesional de los docentes universitarios
y que nos han servido de base para elaborar la propuesta que
presentamos.
3. El desarrollo profesional del docente: diversos modelos
A lo largo de nuestra exposición hemos ido asumiendo
de forma expresa, las menos, o implícita, las más,
supuestos acerca de qué entendemos por formación
de docentes universitarios; bueno será ahora explicitar
un poco esa posición antes de ocuparnos de la formación
inicial y continua del profesorado.
Con carácter general se puede decir que el desarrollo
profesional del profesor universitario debe incidir en todas
las dimensiones que presenta su perfil profesional. Esas dimensiones
son básicamente tres: docente, investigadora y de gestión,
a las que cabe añadir la proyección de la actividad
más allá del marco de una universidad concreta
y la capacidad de captar recursos y organizarlos (business).
En lo que sigue vamos a ocuparnos del desarrollo de la primera
de las dimensiones, sin que ello suponga desatender las otras,
pero creemos que es importante insistir en esta primera por
el abandono en que ha vivido y por la centralidad de la misma.
Entendemos por desarrollo profesional todo el conjunto de
actividades sistemáticamente realizadas con el objetivo
de mejorar la práctica del pensamiento, los conocimientos
y destrezas profesionales, así como de actitudes relacionadas
con el quehacer educativo en la universidad. Estas actividades
formativas pueden realizarse desde distintos enfoques, que
nos permiten hablar de pluralidad de modelos de formación
y desarrollo profesional (Villar Angulo, 1993; Esteve Zarazaga,
1997). Modelo de procesos de perfeccionamiento (proceso-producto),
modelo de evaluación para la mejora de la enseñanza,
modelo de indagación (investigación-acción)
y modelo organizativo.
Los distintos modelos mencionados comprenden desde lo individual
a lo social, acentuando más una dimensión u
otra en función de los supuestos de los que parten
y del énfasis que ponga en unos u otros. El Modelo
de proceso de perfeccionamiento trata de responder a las
necesidades de formación detectadas individualmente
por el docente (Villar Angulo, 1993). En este modelo se atiende
al principio de la individualización: lo que es procedente
para un profesor no tiene por qué ser adecuado para
otro docente, y se aspira a ofrecer las alternativas suficientes
para propiciar el propio desarrollo profesional.
Si, como nosotros hemos defendido, la evaluación de
los docentes no se considera una simple información,
más o menos detallada, sino el inicio real de un proceso
de formación encaminado a la mejora de la práctica
profesional, puede hablarse de un Modelo de evaluación
para la mejora de la enseñanza. En este modelo
se entiende que el desarrollo profesional docente está
ligado a su evaluación. Más que buscar mecanismos
de control del profesorado o de crear una presión fiscalizadora
de su quehacer cotidiano, se trata de evaluar a los profesores
para orientarles hacia el perfeccionamiento profesional (Zabalza,
1990). Esto difícilmente puede realizarse con eficiencia
si no se implica suficientemente al profesorado en procesos
motivadores y cooperativos, para que tal evaluación
surja voluntariamente, de su propia iniciativa.
Cada vez es más frecuente encontrar trabajos de investigación,
experiencias y propuestas que nos hablan de la necesidad de
que el profesorado reflexione sobre su propia práctica
(Fernández Pérez, 1999). Desde esta perspectiva
se ofrece el Modelo de indagación, donde el
docente es un sujeto que trata de desvelar en el ejercicio
diario de su profesión las fuentes de su propio perfeccionamiento,
mediante la observación, el planteamiento de problemas
y la búsqueda incesante de respuestas a los mismos.
Se trata de establecer un continuo entre investigación,
innovación y formación (MEC, 1992). Dicho de
otro modo, desde este modelo se fundamente la formación
del profesor universitario en la investigación sobre
su práctica docente.
En la medida en que ponemos el acento en los aspectos institucionales,
no sólo personales, del desarrollo profesional, nos
aproximamos al Modelo organizativo, (Schuttenberg,
1983; Villar Angulo, 1993). En la universidad del presente
y del futuro próximo, el desarrollo profesional del
profesorado ha de verse como una parte, sin duda esencial,
del conjunto de elementos que propician la calidad total.
Para este modelo no tiene sentido centrarse en el perfeccionamiento
individual del profesor si no se atienden las condiciones
de trabajo en la institución universitaria, si no se
consideran las condiciones organizativas en las que el profesorado
se desenvuelve diariamente, así como los objetivos,
planes y proyectos que la propia institución se ha
marcado. Desde este modelo se sugiere el cambio estructural
y organizativo de la universidad, preocupándose muy
especialmente de las relaciones de comunicación, participación,
etc., de toda la comunidad universitaria y de la sociedad
en la que se inserta.
Descritos los modelos, apreciaremos que nuestra propuesta
pretende ser, en cierto modo, un intento de síntesis
más o menos integrador y superador de los límites
que aparecen en cada modelo, a la vez que trata de conectar
con esa concepción nuclear que hemos rastreado como
punto de encuentro o común denominador entre los distintos
modelos de universidad. No puede haber desarrollo profesional
sin centrarnos en los profesores, en la detección de
carencias y satisfacción de las mismas en cada profesor
y profesora, en la persona que es cada profesor; pero tampoco
podemos concebir en la universidad de nuestros días
el desarrollo profesional de su profesorado al margen del
crecimiento y desenvolvimiento de ella misma. Cualquiera de
las dimensiones en que el profesorado deba desarrollarse estará
vinculado al propio desarrollo organizativo, al planteamiento
eficaz de las cuestiones generales que ha de afrontar comúnmente
la universidad. En este sentido, personas e institución
han de crecer conjuntamente. Éste es el reto decisivo
no sólo para la formación del profesorado, sino
para la búsqueda efectiva de la excelencia en el nivel
superior de educación (Astin, 1985).
Parece, pues, necesario relacionar el desarrollo del profesorado
con el desarrollo de la institución. En los modelos
de desarrollo profesional anteriormente señalados podemos
apreciar perspectivas diferentes: el modelo de proceso de
perfeccionamiento tiene un carácter estrictamente personal,
mientras que el modelo organizativo presenta un marcado enfoque
institucional. En el modelo de evaluación para la mejora
de la enseñanza, aun teniendo un talante claramente
personal, se advierte una preocupación grupal y relativamente
institucional, puesto que para su efectivo funcionamiento
se precisa cierto nivel de cooperación entre los profesores,
al menos entre grupos de ellos. El modelo de investigación,
apunta, más o menos explícitamente, hacia el
cambio de la vida universitaria desde los procesos reflexivos
e investigadores que protagonice el profesorado.
Se trata de modelos de desarrollo profesional distintos,
pero no necesariamente opuestos entre sí. No es ilusorio
pensar en propuestas superadoras. La definición del
modelo integrador que proponemos se fundamenta en tres directrices
fundamentales: a) el desarrollo profesional debe estar centrado
en la práctica profesional del profesorado, porque
solamente así pueden desarrollarse realmente actitudes
reflexivas y críticas respecto del propio quehacer
docente; b) el desarrollo profesional debe surgir, en la medida
de lo posible, de las iniciativas de los propios profesores,
lo que obliga a crear condiciones favorables para que este
objetivo se alcance; c) el desarrollo profesional demanda
hoy actitudes y conductas cooperativas entre los profesores.
En este campo, los departamentos universitarios, en el caso
de España, tienen mucho que decir en la medida que
son las estructuras encargadas de la organización de
la docencia y la investigación, pero no cabe duda que
los centros, en tanto que gestionan los planes docentes, deben
articular propuestas de mejora de la calidad docente que permitan
una mejor definición de los objetivos que se pretenden
alcanzar.
Lo que hasta aquí habíamos propuesto y lo que
a continuación proponemos se fundamenta en este hipotético
modelo integrador de las dimensiones individual y social,
que no dejará de suscitar interrogantes y dudas en
su aplicación, especialmente en determinadas titulaciones
tradicionalmente alejadas de cualquier preocupación
pedagógica.
4. La formación inicial
Entendemos por formación inicial del profesorado el
conjunto de actividades organizadas con el objetivo de proporcionar
al futuro docente los conocimientos, destrezas y disposiciones
necesarias para desempeñar su quehacer profesional.
Según del país, la universidad o los estudios
a los que hagamos referencia se podrá decir, sin miedo
a exagerar, que tal práctica no existe. Ciertamente,
en la universidad existe una práctica consolidada de
formación inicial del profesorado en su dimensión
investigadora, básicamente centrada en los estudios
de doctorado. Muchos de los estudiantes de doctorado, especialmente
los que los culminan con la defensa de su tesis, aspiran a
integrarse como profesores o profesoras en la Educación
Superior, pero no por ello suelen tomar en consideración,
al menos en esos momentos, la necesidad de formarse en su
dimensión docente. La formación en las otras
dimensiones no investigadora es muy escasa, asistemática
y poco rigurosa (Gray y Hoy, 1989), si bien en los últimos
años las investigaciones y experiencias en este campo
de la formación inicial como docentes han aumentado
de forma significativa con resultados no siempre convergentes
(Cox, 1995; Neumann y Lindsay, 1996; Brew y Boud, 1977).
Pueden citarse, por lo general, cursos específicos
de formación inicial destinados a quienes, una vez
que han ingresado en el sistema de Educación Superior
de forma permanente o interina, precisan perfeccionar destrezas
de enseñanza o tutoriales. La duración y contenidos
son muy variables, y van desde apenas una semana hasta el
tiempo de un curso académico. Los cursos de mayor extensión
en el tiempo se presentan por lo general en los países
del norte de Europa, Australia y Nueva Zelanda (Fuglen, 1996;
Ekman, 1996), en tanto que en Estados Unidos, Reino Unido
o España su duración es habitualmente muy inferior.
Su contenido es muy variable, pero, por lo general, están
centrados en suministrar técnicas y métodos
didácticos centrados exclusivamente en la actividad
del aula. Con todo, se debe señalar que se da una preocupación
creciente por estas cuestiones y, cada vez con mayor frecuencia,
las agencias nacionales de acreditación toman en consideración
estas cuestiones; éste es el caso de la recién
fundada ANECA (Agencia Nacional Española para la Calidad
y Acreditación) en España o de la SEDA (Staff
and Educational Development Association) en Inglaterra. El
valor o importancia de esta formación inicial ha sido
valorado de modo distinto, pues si bien existen investigaciones
que afirman su valor en el desempeño posterior de la
docencia (Nasr et al., 1996), otras no han encontrado esta
conexión (Goldschmid, 1991).
Como ocurre con otras instituciones, la universidad posee
una tradición (si se prefiere, cultura) organizativa
propia. Tradición que se presenta materializada en
el espacio y en el tiempo (edificios, instrumentos, equipos,
recursos de todo tipo), pero también en una simbología
peculiar (rituales, lenguaje, creencias, etc.). El profesor
principiante, en la medida que es un aprendiz, pasa el primer
año de su actividad profesional socializándose
en la tradición y las formas organizativas de su universidad.
Ciertamente, esta socialización parte de todo aquello
que ha ido interiorizando en su época de estudiante,
especialmente, en el doctorado, pero es en los primeros años,
marcadamente en el primero, cuando empieza a ver las cosa
de otro modo. Se produce una reorganización de su experiencia
y nuevas relaciones y formas simbólicas aparecen ante
él. Todo cobra un sentido nuevo por el poder con que
se ve ungido y por la responsabilidad que adquiere. Puede
que haya tenido experiencias previas como becario o ayudante,
pero se trata de una experiencia muy limitada, ya que no ha
tenido una responsabilidad plena en ninguna de las facetas
de la docencia.
No se trata de un proceso pasivo, de asimilación de
la crítica de conductas y creencias de la organización
universitaria, sino de un proceso complejo plagado de contradicciones
y donde comienza a asimilar valores y contravalores (Zeichner
y Gore, 1990). Las dificultades con las que se enfrenta el
profesor novel se sitúan en diversos campos y niveles.
Unas tienen que ver con ese aprendizaje de normas que supone
siempre ingresar en una institución. El decano o decana
del centro en que uno estudió y con el que se tuvo
una relación como alumno, pasa de repente a ser alguien
con el que tomamos café. Otras tienen que ver con nuestro
papel como educadores: preparación de clases, relaciones
con los alumnos, certificar las primeras notas, etc. Tampoco
pueden olvidarse las que proceden del ámbito de la
gestión docente en todas sus vertientes (Esteve Zarazaga
et al., 1997; Gros y Romañá, 1995; Mingorance
et al., 1993; Dunkin, 1990).
No creemos falsear la realidad cuando afirmamos que la falta
de apoyo que recibe el profesor universitario cuando comienza
su andadura es total. En muchas universidades no se duda en
ofrecerles las asignaturas más complejas, con peores
horarios, mayor número de alumnos. García del
Dujo lo refleja de forma clara: (...) lo que encuentra
el profesor universitario es una confusa situación
en la que queda obligado a transitar en solitario sus soledades
temáticas y didácticas, formativas y educativas,
haciendo lo que puede y lo mejor que puede.17
Esta situación, que de un modo u otro sigue perviviendo
en muchas universidades a lo largo y ancho del planeta, no
tiene ya razón de ser. Las universidades que no afronten
de un modo serio y responsable estos procesos corren el riesgo
de fenecer en pocos años. Cada vez es más frecuente
que surjan instituciones y organizaciones de todo tipo que
compitan con la universidad por la formación y la acreditación
superior. Organizaciones empresariales, corporaciones y otras
organizaciones van ganando terreno a la universidad y, si
ésta no sabe dar respuesta, su futuro se verá
comprometido. En Europa la definición del espacio común
de educación camina en la dirección de alcanzar
la excelencia en todos sus niveles y ámbitos, y la
docencia de calidad es un objetivo prioritario.
Si tratamos de caracterizar el perfil del profesor universitario
que se inicia, a tenor de lo que distintas investigaciones
nos han aportado, podremos decir que se da un denominador
común de carencias, y unas actitudes y preconcepciones
también comunes. En general se sienten agobiados por
el tiempo, piensan que no les es posible llevar adelante todas
las tareas y, de un modo u otro, algunas de ellas se resienten
y otras ni tan si quiera las vislumbran. El mayor tiempo lo
consumen en la preparación de los contenidos de las
clases, generalmente muy recargados y densos. Les aterra que
no sea suficiente para llenar el tiempo de la clase y temen
quedarse mudos. Con frecuencia se quedan en una mera introducción
cuando deberían alcanzar diversos puntos importantes
del tema, el tiempo se les escapa, los temas resultan desproporcionados
en su extensión e importancia que se les concede y
la fotocopiadora resulta el recurso para cumplir objetivos.
Toda su actividad se centra en el proceso de enseñanza
sin que les sea posible percibir la importancia de los procesos
de aprendizaje de los alumnos. La evaluación, la dinámica
de la clase, la labor tutorial es también fuente de
desasosiego e incertidumbre. Su respuesta está básicamente
asociada a la socialización del rol que han ido interiorizando
como alumnos.
Junto a esa falta de tiempo, que siempre señalan cuando
se les pregunta por las dificultades que han encontrado en
sus inicios, las carencias que con más frecuencia denuncian
son: desconocimiento del contexto y del entorno docente que
les impide vincularse y tomar protagonismo en la marcha de
sus departamentos; dificultades para organizar los contenidos
y estructurarlos de modo que se produzcan aprendizajes significativos
en los alumnos; desconocimiento también de todo aquello
que suponga dominio de técnicas de dinamización
de grupos, habilidades de comunicación y estrategias
de intervención, técnicas de motivación,
evaluación, tecnologías y medios educativos,
etc.
Creemos que la formación inicial que se diseñe
debe partir de dos supuestos básicos:
- Necesidad de poner en duda las preconcepciones que
incorporan. Todo profesor novel presenta, en mayor o
menor grado, una mentalidad naturalizada acerca de la instrucción:
Todo universitario debe reproducir la imagen idealizada
que de sí mismo como universitario tiene el profesor.
Es decir, debe poner en duda los métodos con los
que a él le han enseñado. Esto supone admitir
que no sólo se aprende por ensayo y error; que existen
mejores métodos para enseñar y para que los
alumnos aprendan; y, lo que es muy importante, que tenemos
conocimientos bien fundados de cómo hacerlo mejor.
- La formación más eficaz es la que parte
de los propios departamentos. Cada departamento debe
diseñar un plan de incorporación de nuevos
docentes. De este modo las cuestiones que se abordan no
están descontextualizadas de la acción concreta
ni de la especifidad curricular. La creación de estos
planes de formación específicos desencadena
una dinámica de renovación y facilitan la
creación de tradiciones (cultura) propias. Cuando
defendemos estos planes específicos y propios, no
estamos negando la posibilidad de que existan ofertas de
cursos generales a los que puedan acudir los nuevos docentes,
sino que éstos sean elementos complementarios a los
que se puede recurrir dentro de esta planificación
específica. En realidad, como indicamos, nos parece
necesario promover la creación de un órgano
específico de coordinación e innovación
docente que permita planificar y racionalizar esta oferta,
dentro de los planes generales de calidad de cada universidad.
5. La formación de profesores experimentados
Todo lo anterior no será posible o, si lo es, sus
efectos serán poco perdurables, si los profesores experimentados
no entran a formar parte de esta dinámica. No se nos
oculta que conseguir que profesores experimentados se asocien
a planes de mejora docente no es fácil. Por lo general,
con el paso del tiempo, muchos de los problemas, agobios y
dudas se van superando, mejor o peor, y cada profesor se hace
con unas rutinas que juzga adecuadas. Es evidente que la práctica
es un elemento fundamental de aprendizaje, pero siempre y
cuando se cumpla una condición: que se trate de una
práctica reflexiva. Acumular una larga serie de malas
prácticas no produce un solo ápice de bondad.
Sólo desde los procesos reflexivos acerca de la acción
es posible generar observaciones que permitan reorientar la
acción hacia direcciones más adecuadas. Para
que esta reflexión tenga un carácter más
sistemático y productivo parece aconsejable que se
ofrezca a los profesores la oportunidad de ponerse en contacto
con experiencias innovadoras y se les dote de elementos teórico
prácticos que orienten esa reflexión. El profesor
Esteve, colega de la Universidad de Málaga y especialista
en temas de profesorado, suele contar, con cierta gracia,
un experimento que en alguna ocasión ha puesto en práctica
en el CAP (Curso de Aptitud Pedagógica):
En una de las sesiones se encarga a unos de los alumnos
o alumnas que prepare la explicación de un determinado
punto de alguno de los programas de su especialidad. Días
más tarde éste deberá exponer la cuestión
a sus compañeros. Se le advierte de que la situación
en aula será distinta de la habitual, que se trata
de una situación experimental, que no se extrañe
por nada de lo que ocurra. Para ese mismo día se ha
invitado a un docente experimentado a que imparta la misma
cuestión y también se le indica que la situación
será especial. Ese día todos los alumnos del
grupo reciben unas instrucciones precisas: deberán
permanecer en absoluto silencio, sin moverse, ni reaccionar
a ningún estímulo y con la cabeza cubierta con
una bolsa de papel a la que se le ha practicado tres orificios,
dos para ver y uno para respirar.
El profesor o la profesora experimentada accede al aula,
comienza su clase y a los pocos minutos se detiene. En esas
condiciones le es imposible dar la clase y renuncia a continuar.
Más tarde entra en alumno de CAP, comienza y termina
su explicación sin tener el menor problema.
Después de esta narración, el profesor Esteve,
entre otras consideraciones, concluye: la actitud de los alumnos
de CAP no debe sorprendernos, lo sorprendente es que después
de muchos años de docencia haya profesores y profesoras
que se comporten como alumnos del CAP.
Éste es un buen ejemplo de cómo la experiencia
no es por sí misma un factor de mejora. Un buen ejemplo
de lo que queremos señalar lo encontramos con demasiada
frecuencia en las facultades de pedagogía; solemos
explicarles a nuestros alumnos cómo diseñar,
implantar y llevar a cabo experiencias de formación
continua en las empresas y, sin embargo, esto no se da en
nuestros propios centros.
A la hora de plantearse la formación con profesores
experimentados, creemos que deben tomarse en consideración,
entre otros posibles, tres aspectos que a nuestro juicio son
fundamentales. Un primer aspecto es prestar atención
a los cambios que se están produciendo en la actividad
docente. Un segundo aspecto consiste en considerar la propia
experiencia que éstos pueden aportar y potenciarla
como factor de cambio. El tercero aspecto se centra en propiciar
la creación y el desarrollo de espacios permanentes
de encuentro y debate.
En el ámbito docente se están produciendo a
nuestro juicio tres cambios muy relevantes e íntimamente
conectados entre sí. De un lado, se está generalizando
el modelo docente centroeuropeo centrado más en las
actividades que los alumnos deben realizar que en los contenidos
que los profesores deben transmitir. De otro, las acciones
de orientación y tutoriales se refuerzan. Y, como instrumento
de apoyo a todo ello, la introducción de nuevas tecnologías
y el desarrollo y combinación de formas presenciales
y no presenciales de enseñanza. Si los cambios que
señalamos son ciertos, la formación de profesores
experimentados debería extenderse a cuatro grandes
ámbitos:
- Atención y orientación al estudiante a
lo largo de la carrera.
- Promoción de proyectos de innovación y
calidad docente.
- Formación en recursos de diseño y desarrollo
de planes docentes.
- Gestión e implementación de convenios relativos
al desarrollo de actividades prácticas y prácticum
de los alumnos.
Si un plan de formación docente a profesores experimentados
quiere tener éxito, es necesario que sepa aprovechar
la experiencia que éstos tienen y que, de ningún
modo, lleguen a percibir ellos que nada tienen que decir en
relación con esta problemática. Los profesores
seniors pueden vincularse de un modo muy activo si se sienten
protagonistas del cambio que se quiere implementar; para ello
es importante que se les consulte y asigne responsabilidades
en la formación del profesorado novel. Labores de mentor
o asesoría son especialmente útiles a este fin.
Diversas investigaciones han mostrado la utilidad de este
tipo de estrategias y poder dinamizador de las mismas (Fink,
1985). Con frecuencia los profesores que se inician ayudan
a los más experimentados a comprender algunos cambios
que se están produciendo y les ayudan a vencer también
resistencias frente a la introducción de nuevas propuestas
innovadoras. Por su parte, los profesores seniors permiten
a los menos experimentados que éstos no se agobien
con muchas de las funciones que tienen asignadas y les ayudan
a tomar decisiones realistas en torno a las problemáticas
que se les plantean.
Para que esta dinámica de mejora y búsqueda
de la calidad no se agoste y decaiga pronto, es importante
que se generen foros permanentes, abiertos al debate y al
intercambio de experiencias. No hay nada que convenza más
de la conveniencia y posibilidad de un cambio que ver cómo
otros lo han conseguido. Para ello es necesario que la organización
del currículo en los departamentos se haga de forma
más participativa y debatida; que en cada universidad
se establezcan mecanismos de encuentro para el debate y comunicación
de experiencias, cada vez más abiertos a las perspectivas
transnacionales, y que toda esta actividad tenga la financiación
y reconocimiento debidos. Si la mejora como docente no es
valorada para la promoción de la carrera docente, el
profesorado seguirá pensando en dedicarse a la investigación
en sus materias pero no a su actividad nuclear.
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Notas
1 La pregunta es inmediata,
¿qué universidad? Sin duda, estas condiciones
son muy distintas según la universidad y el país
de que se trate. Con toda probabilidad, en el fondo de mis
reflexiones está la universidad española y,
más concretamente, la universidad en la que trabajo,
Oviedo, acompañada de las imágenes de otras
universidades con las que he tenido una mayor o menor relación
a lo largo de mi vida académica tanto en mi propio
país, como en países distintos al mío.
Las condiciones a las que hago referencia son muy variadas,
pero en lo sustantivo hacen referencia a universidades sostenidas
con fondos públicos; que abordan una labor docente
e investigadora destinada a formar profesionales e investigadores,
y que tratan de difundir la alta cultura en el seno de sus
sociedades respectivas.
2 DURKHEIM, E. Las formas
elementales de la vida religiosa. Madrid, Akal, 1992,
p. 1. (Original publicado en 1912.)
3 Ibídem, p. 3.
4 Me refiero concretamente
a su artículo La Autonomía Universitaria
y el Estatuto de la Universidad de Madrid, publicado
en diciembre de 1919 en La Lectura. Revista de Ciencias
y Artes, n.· 228, en el que narra y analiza lo que
fue la respuesta de la universidad madrileña al decreto
de 21 de mayo de 1919 del Ministerio Silió.
5 Sin duda existen universidades
ancladas en ese tiempo, en lo peor de ese tiempo, en algunos
de nuestros viajes las hemos visto, pero no es de ellas de
las que queremos ocuparnos.
6 GARCÍA MORENTE,
M. La Autonomía Universitaria y el Estatuto de
la Universidad de Madrid, en Obras Completas I.
Tipo o modelo ideal debe tomarse en el sentido
que este término presenta en Weber; no debe entenderse
como referencia de lo preferible o deseable sino como idealización
de algunos rasgos esenciales que nos permiten efectuar comparaciones
y análisis.
7 Que la didáctica
fuese inadecuada, errática, absurda, ineficaz, inexistente
o cualquier otro calificativo que queramos darle, con ser
grave no lo sería tanto, porque lo peor es la visión
que de fondo tienen de la universidad, de su misión,
del mundo y de la vida. La visión pedagógica
es difícil del cambiar, la del mundo casi imposible.
8 GARCÍA MORENTE,
M. El ideal universitario, en Obras Completas
II (1937-1942), p. 8. Barcelona, Anthropos y Fundación
Caja Madrid, 1996.
9 MAZÓN CORTINA,
F., Veinte años después, en La
Nueva España. Oviedo, octubre, 1998.
10 Ibídem.
11 El tema es de sobra
conocido, tratado y maltratado como para entretenerse o dar
referencias.
12 GARCÍA MORENTE,
M. La Autonomía Universitaria y el Estatuto de
la Universidad de Madrid, en Obras Completas I,
p. 150.
13 Siempre dirigida a
un número de alumnos elevado. Con relación a
unas materias concretas, las que cada uno imparte pero circunscrita
sólo a ellas, a lo largo de seis horas semanales. Tiempo
que con frecuencia podemos dedicar a otras materias por el
escaso uso que los alumnos hacen de ellas, probablemente a
causa del poco valor añadido que le otorgan.
14 Con frecuencia se
señalan otros dos elementos de su que hacer: gestión
y capacidad de recaudar fondos (business). Sin duda,
en función de factores diversos, estas dimensiones
también aparecen. No nos parece oportuno ocuparnos
de ellas aquí por tratar de cuestiones más puramente
introductorias.
15 En el caso de las
universidades europeas, muchas de estas labores se van reforzar
por la necesidad de adecuar sus estudios a la acreditación
de los títulos con el llamado suplemento al título
europeo. La información que tiene que suministrarse,
así como la necesaria transformación a los créditos
europeos, obligan a reforzar de modo muy importante muchas
de las labores que aquí se señalan.
16 En el caso de las
universidades europeas todas estas dimensiones que aquí
se señalan se han convertido en auténtica necesidad
y obligación desde el momento que se ha aprobado el
suplemento europeo al título y nueva definición
del crédito europeo. En este sentido es de interés
la lectura de la obra dirigida por J.M. de Luxán, Política
y reforma universitaria. Barcelona, Cedecs, 1998.
17 GARCÍA DEL DUJO,
A. La formación el profesorado universitario
como acción estratégica en la mejora de la calidad
institucional, en Revista Española de Pedagogía,
n.· 208, 1997, p. 529.
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