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Ciudadanía, democracia y valores en sociedades plurales

Número especial: Los jóvenes y los valores

ISSN 1728-0001

 Reflexiones

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Los jóvenes y el trabajo. Un estudio sobre representaciones sociales

Ana María Pérez Rubio1

Ayudar al prójimo…no hace mal a la salud. ¡Aguante la ayuda al prójimo!
Ajudar ao próximo… Não faz mal à saude. Para frente com a ajuda ao próximo!
Carlos Matos, 14 años.

La juventud se ha convertido en uno de los principales focos de interés de los estudios sociales, en una sociedad en la que además parece estar reformulándose el sentido del trabajo, considerado desde el siglo XVII una de las vías esenciales de reproducción y legitimación social.

La acentuada exclusión de los jóvenes del mercado laboral -que prolonga esta etapa genéricamente denominada “juventud” y su inserción en el mundo de los adultos-, como consecuencia de la crisis del empleo por la que atraviesan todas las sociedades, probablemente permita explicar el creciente interés de las ciencias sociales en torno a esta temática.

1. El tema de la juventud

Tal como define Mario Margulis (1996, p. 11), la “juventud es un concepto esquivo, construcción histórica y social y no mera condición de edad”, que aparece como resultado de un conjunto de prácticas discursivas; en este sentido, es posible encontrar diferentes convenciones culturales en las que se habla de la juventud. En estos discursos se suele identificar una suerte de polaridad, en la que la juventud aparece como sujeto de socialización (generación, sujeto o agente de cambio social) o bien como objeto de socialización (reproducción y afirmación del orden social vigente). Veamos a continuación algunos de estos discursos (Serrano Pascual, 1995)

  1. La juventud puede ser definida como un estado o status, es decir como una posición social, a la que el joven se adscribe a partir de la edad. Esta posición en la estructura social se extiende a un modelo de comportamiento y una valoración, que parece convertirse en el comportamiento cultural de la actual sociedad, en la que “ser joven” constituye un valor positivo. Desde esta perspectiva, no es la sociedad adulta la que opera como referente valorado al que tiende el joven, sino por el contrario, las características atribuidas al grupo juvenil actúan como modelo de comportamiento por parte de los componentes de la sociedad adulta. Con frecuencia este comportamiento es cuestionado, considerándolo la consecuencia de la manipulación para el consumo2.
  2. También se encuentran referencias a la juventud como estadio o estado incompleto: o sea como una situación de paso o transición de un estado a otro, proceso o tiempo de espera. En tanto grupo, se tiende a caracterizar a los jóvenes a partir de la indefinición o la incertidumbre, y la consecución del estado adulto aparece como una meta normativa y un deber moral. De este modo, el concepto no tiene contenido en sí mismo sino siempre en referencia o en relación con otro (la niñez o la adultez). Esta postura puede asumirse desde una perspectiva psicológica, en la que se destacan los diferentes cambios (a nivel biológico, de desarrollo cognitivo y social), que son percibidos como crisis y conducen a una necesaria reorganización del conjunto, mediante la conformación de una personalidad que detente aquellos atributos propios del estado adulto (madurez moral y cognitiva, adopción de un rol laboral y sexual, pensamiento lógico, posicionamiento ideológico, asunción de responsabilidades productivas, compromiso social).
    Desde una perspectiva sociológica: el concepto es considerado como función de las estructuras productivas y demográficas. Se entiende la transición como un proceso social, y por lo tanto relativo, es decir que no está presente en todas las culturas, dependiendo del contexto social en que se desarrolla el mismo; es posible así, distinguir una pluralidad de juventudes y de grupos sociales dentro de este tramo de edad, las que resultarían la variable dependiente relacionada con otras variables estructurales como clase social, situación económica y familia de procedencia3.
  3. Finalmente se distingue una concepción que tiende a definir a la juventud como generación: en este sentido los jóvenes constituyen un grupo en una fase, más que de integración a la sociedad, de negación y reconstitución de ésta bajo nuevos términos. Si en el enfoque anterior eran percibidos bajo la óptica de la reproducción social (en tanto agentes sociales), en este caso aparecen como motor del cambio en una relación de contradicción con el estadio adulto, y opuesto al orden social vigente. La relación entre los distintos grupos etarios aparece como esencialmente conflictiva, ya que supone universos culturales en contradicción o en diferenciación. Este concepto de generación se vincula estrechamente con el de subcultura, como una manera particular de interpretar y percibir la realidad. Con frecuencia, se observa a la subcultura juvenil como fuente de desorden y desestabilización.

Estas conformaciones, en tanto estrategias para afrontar los estudios acerca de los jóvenes, también encuentran su contrapartida en el plano de las representaciones sociales, que se diversifican en función de las posiciones sociales que ocupan las personas que las sustentan.

2. Los jóvenes y el trabajo

Junto con la consideración del concepto de juventud y los diferentes modos de ser joven, es posible encontrar numerosos análisis que establecen, además, vinculaciones con el mundo laboral.

El problema de la inserción laboral deriva básicamente de la incapacidad del sistema socioeconómico para generar suficiente cantidad de puestos de trabajo. Esto ha traído, como consecuencia, una mayor dedicación a los estudios por parte de los jóvenes, que aparece como la opción más legítima de ocupar el tiempo disponible, no sólo avanzando en los niveles superiores, sino reincidiendo en el mismo cuando no se han conseguido los resultados deseables.

El papel del trabajo como eje nuclear en el que se articula la sociedad es una característica propia de la llamada modernidad. En la etapa del industrialismo, el trabajo se convirtió en la condición y en el fundamento del progreso, que incitaba al hombre a la construcción y búsqueda de una autonomía laboral y social, de suerte que la integración al mundo del trabajo, en particular en determinados sectores profesionales se convierte en una importante fuente de dignificación personal (Annie Jacob, 1992; Pérez, 1996). Y, aunque en la llamada pos-modernidad, parece tender a modificarse la importancia o el significado que se le atribuye, resultando numerosos los autores que vislumbran nuevas formas para la sociedad del próximo milenio, esta inserción continúa teniendo un importante carácter simbólico como principio legitimador dentro de ella, acentuándose aún más en períodos de crisis estructural del empleo como la que se vive actualmente, en donde las personas se ven enfrentadas a una notable contradicción: por un lado el papel del trabajo como ámbito de dignificación personal -que ya mencionamos- y, por el otro, la profunda precarización de las condiciones en el ejercicio de dicho trabajo.

Esta misma contradicción es la que se les plantea a los jóvenes frente a la permanencia del papel nuclear de la actividad laboral como fuente de identidad y reconocimiento social, y su incierta situación a nivel cuantitativo y cualitativo en el mercado de trabajo. Como consecuencia de esta incongruencia entre los referentes axiológicos y normativos y las situaciones reales aparece -en las sociedades urbanas- la tendencia al alargamiento de la etapa de dependencia de los jóvenes con respecto a los adultos, en razón, precisamente de las restricciones que existen para la entrada a los mercados de trabajo formales y la desorganización de los mercados informales. Entre los 12 ó 14 años y los 18 ó 21 se establece un lapso de gran indefinición a la vez que de enormes obstáculos para la inserción creativa y positiva de los jóvenes en el mundo laboral y la sociedad. (Ibarrola y Gallart, 1994, p. 32)

Frente a tal situación tienden a configurarse imágenes de la juventud en las que priman o bien procesos de victimización (dada la imposibilidad que se les presenta para acceder al rol adulto, habida cuenta de la desfavorable situación que adquiere para ellos el mercado de empleos, los jóvenes aparecerían como víctimas sociales, fruto de los condicionamientos de la sociedad4), o de culpabilización (sería en este contexto en el que debería comprenderse la extendida hipótesis de los años setenta y ochenta acerca de las actitudes de rechazo hacia el trabajo de las jóvenes generaciones y la exclusiva valoración de los componentes instrumentales de la actividad laboral, en los intentos de explicar los problemas de inserción frente a la actual situación de crisis del empleo).

En cada uno de estos procesos aparece el joven visto a veces como objeto de prácticas discriminantes del mercado de trabajo frente a determinados grupos del mercado; o por el contrario, en un proceso de culpabilización, mientras se enfatiza la inadecuación de la oferta a la demanda laboral prevalece una imagen de juventud en tanto sujeto (Serrano Pascual, 1996, op. cit.). Habría una circularidad en las argumentaciones acerca de los problemas juveniles, que acaban culpabilizando al joven (agente social) por ser joven (objeto social). Esta práctica que termina haciendo al objeto sujeto (responsabilización) o al sujeto objeto (victimización) tiene importantes consecuencias en la normalización de la juventud frente a una situación contradictoria, que reclama, al mismo tiempo, el abandono de la condición juvenil (juventud como tránsito o paso), mientras que los pone en situación de prolongar este estado transitorio (id.)5.

3. Lo que dicen los jóvenes: algunos resultados empíricos

El estudio de los sistemas de valores y representaciones sociales de los jóvenes acerca del trabajo también ha ocupado con frecuencia a los investigadores, que han abordado su estudio desde diversas perspectivas. En ellos (Romagnoli, 1984; Salanova, Osca, Peiró, Prieto, Sancerini,1991; Kornblit,1995; entre otros) parece haberse observado una cierta tendencia hacia la declinación de la imagen de éste como deber ser, en tanto obligación sentida del individuo para con la sociedad, mientras que se mantiene constante e invariable la representación del trabajo como derecho, lo cual alude a las obligaciones de la sociedad para con el individuo. Así, si bien el mismo no ocuparía un lugar central, como contrapartida, tampoco se manifestarían actitudes de claro rechazo.

Intentando poner alguna claridad en esto, Sanchís (1988), en un interesante artículo, señala que los jóvenes se socializan no sólo a partir de los mensajes edificantes que interesadamente se les dirige, sino también de aquellos menos explícitos que contiene el sistema cultural que los envuelve, y sobre todo, de las prácticas que observan en sus contemporáneos, entre los cuales tampoco han sido centrales las actitudes hacia el trabajo; no sería de extrañar, por tanto, que no mostraran excesivo entusiasmo a la hora de incorporarse a la vida activa. Este autor también sostiene que no es posible hipotetizar la existencia de un grupo juvenil ideológicamente diferenciado respecto al adulto y sí, en cambio, encontrar distintas concepciones con respecto al trabajo en el interior del grupo juvenil, vinculadas con inserciones sociales específicas. En este misma línea, Dubet (1987), plantea la importancia del significado que tiene la pertenencia a una clase social, en la orientación del joven para la elaboración de una estrategia de oposición a una situación de precariedad laboral. La clase social aparece aquí definida como actor colectivo, portador de una subcultura cuyas referencias se construyen fundamentalmente en función de una representación de la situación laboral y social en términos de clase: dominación/explotación. Esta representación dicotómica de la realidad permite otorgar un sentido a la situación de explotación en función de la identidad. Por el contrario, quienes no han organizado su Representación Social de modo dicotómico (dominantes/dominados) no logran una interpretación en términos de clase ni de construir un proyecto de superación y pueden -eventualmente- caer en la anomia y la violencia arbitraria.

Otros estudios, (Claes, 1987; grupo MOW, 1981) encuentran que el grado de importancia o centralidad del trabajo, en general varía a lo largo de la vida de las personas, siendo menor en general entre los jóvenes, como consecuencia de los cambios inter-generacionales o de maduración y aprendizaje. En cuanto al género, y en disidencia con lo que afirman tales autores, nosotros hemos encontrado que para las mujeres que han logrado superar las prescripciones de genero e incorporado al mercado laboral, en general, ponen en evidencia una mayor valoración hacia la importancia que el mismo tiene en sus vidas. Esta valoración también se asocia al tipo de actividad que cada uno desempeña, siendo mayor en aquellos que desempeñan ocupaciones más satisfactorias o más prestigiosas.6

En un estudio realizado por Torregrosa (1986), de revisión de encuestas realizadas a jóvenes, encuentra una “revalorización de los aspectos instrumentales del trabajo congruente con la situación real, anticipada o temida del paro y de la persistencia de los valores y actitudes de los padres, aunque esa importancia subjetiva del trabajo.... aspira también a ser expresiva e integrativa”.

Sin embargo, el valor expresivo del trabajo comenzaría a ser significativo para el individuo en etapas más adultas de la vida, cuando las necesidades económicas ya no son tan relevantes como en las primeras etapas de incorporación a la vida laboral. Los resultados parecen confirmar que cuando los individuos no tienen independencia económica, los valores extrínsecos o instrumentales del trabajo ocupan la más alta prioridad, y cuando las necesidades materiales están satisfechas la preferencia por valores extrínsecos decrece y aumenta la preferencia por los intrínsecos. Los sujetos con más alta cualificación profesional tendrían prioritariamente valores intrínsecos en oposición a los sujetos con un nivel educativo inferior que manifiestan valores más extrínsecos.

Otro autor (Colom González, 1993), destaca que si bien, como consecuencia del actual proceso de precarización del mercado de trabajo, y de la transformación social, tecnológica y organizacional de las actuales sociedades, es esperable que el proceso de inserción juvenil en el ámbito laboral se constituya en una etapa conflictiva, con una fuerte desimplicación con respecto a éste y los valores que en general contribuye a fomentar; diferentes estudios coinciden en señalar la ausencia de tales conflictos: ni la crisis cuantitativa fomenta orientaciones de protesta o movilización política, ni la crisis cualitativa (precariedad) se acompaña de rechazo del mundo del trabajo o de la sociedad adulta.

En el apartado que sigue se presentan resultados de una investigación más amplia que intentaba establecer la relación entre la escuela y el mundo del trabajo desde la perspectiva subjetiva de los actores. La propuesta, en este caso particular, se orienta al estudio de las representaciones sociales acerca del trabajo, que sustentan los alumnos del último año de las escuelas secundarias de la ciudad de Corrientes (futuros trabajadores), tomando como muestra de control a un grupo de empresarios (potenciales empleadores), quienes operan como referentes, ya que se configura a partir de los agentes que sustentan el discurso hegemónico acerca del trabajo, en tanto valor de la modernidad. 7

4. La representación social del trabajo

Se entiende por representación social una “forma de conocimiento socialmente elaborado y compartido, orientado hacia la práctica y que concurre a la construcción de una realidad común a un conjunto social. La teoría de las representaciones sociales - originada en Francia, en el ámbito de la psicología social cognitiva - se ocupa a la manera de la sociología del conocimiento del pensamiento vulgar y las epistemologías profanas y de la forma en que los individuos o grupos de individuos llegan a conocer el mundo de la vida cotidiana. "Las representaciones sociales son una forma de conocimiento socialmente elaborado y compartido, orientado hacia la práctica y que concurre a la construcción de una realidad común a un conjunto social" (Jodelet, 1989, p. 36) El mundo de las representaciones, que opera como factor condicionante de nuestra conducta, es el mundo del sentido común, que se da por supuesto y que no se cuestiona8.

Las representaciones sociales son producidas colectivamente, como resultado de la interacción entre los individuos que comparten un mismo espacio social expresando, a través de ellas, las normas, los estereotipos y los prejuicios de la colectividad de la cual son el producto. Además, como contenido concreto del acto de pensamiento, llevan la marca del sujeto y de su actividad. De ahí el carácter constructivo, creativo, autónomo de la representación que implica a la vez, reconstrucción e interpretación del objeto y expresión del sujeto.

Constituyen principios generadores de tomas de posición, ligados a inserciones sociales específicas, organizando los procesos simbólicos que intervienen en las relaciones sociales (Doise, 1986). Al operar como marco de interpretación del entorno, regulan las vinculaciones con el mundo y los otros, y orientan y organizan las conductas y las comunicaciones. Tienen, también, un papel importante en procesos tales como la difusión y asimilación de los nuevos conocimientos, la definición de las identidades personales y sociales, la expresión de los grupos y las transformaciones sociales.

Con la teoría de la representación social se desplaza el centro de interés del plano individual al colectivo. Ya no preocupa analizar al individuo aislado como procesador de información; ahora la preocupación está orientada a comprender lo que constituye un grupo o sociedad “comprometida en el hecho de pensar”. Esto implica un paso del nivel interpersonal al nivel social y cultural. De hecho, la mayoría de las nociones del “saber popular” forman parte de la esfera cultural.

Para el estudio de las representaciones nos adherimos a aquella posición que busca identificar el lazo que existe entre las regulaciones sociales y los funcionamientos cognitivos, dando respuesta a la siguiente cuestión: ¿qué regulaciones sociales actualizan, qué funcionamientos cognitivos, en qué contextos específicos? (Doise, Lorenzi y Cioldi, 1991). El estudio se orienta hacia la identificación de las diferentes representaciones sociales en términos de posiciones específicas y los mecanismos que contribuyen a configurar estas representaciones9: toda representación se organiza en torno a un “núcleo central” que determina a la vez la significación y la organización de la representación. En este sentido, lo característico de una representación será sin duda su contenido, pero en especial su estructura, la organización que integra dicho contenido.

Tal como sugiere Di Giacomo (1987), no es conveniente pensar en las representaciones sociales como corpus casi teóricos, y sí como la aplicación de juicios sociales a los objetos del ambiente. Por lo tanto los estudios deberían orientarse preferentemente hacia los procesos antes que hacia los contenidos en sí. Este mismo autor señala que resulta ingenuo pensar que para cada objeto social exista una representación social, y establece criterios para su identificación, a saber: la representación está estructurada, el conjunto de opiniones comparte elementos emocionales hacia el elemento en cuestión y finalmente, este conjunto de opiniones se halla unido a comportamientos específicos.

En este sentido, e intentando ajustarnos al concepto elaborado por Moscovici y desarrollado por otros representantes de la escuela europea de psicología social, en el estudio de las representaciones sociales pretendemos identificar las dimensiones que estructuran el campo representacional, es decir, los ejes semánticos en torno a los cuales se organiza la representación social del objeto.

Las representaciones sociales en torno al trabajo

La población del estudio se distribuyó según el tipo de establecimiento escolar de la siguiente manera: 51,48% pertenecientes al bachillerato común y 49,51% a las escuelas técnicas. Si bien las mujeres y varones estaban representados en proporciones semejantes, existe asociación significativa entre tipo de colegio, edad y sexo. Las escuelas técnicas concentran un porcentaje más alto de jóvenes entre 19-20 años, porque la duración de los cursos alcanza hasta el sexto año. Una de las escuelas técnicas y uno de los bachilleratos son establecimientos educativos transferidos del Ministerio de Educación de la Nación a la jurisdicción; en ambos se advierte un porcentaje mayor de varones, en la primera, en razón de la modalidad ofrecida -mecánico electricista y maestro mayor de obras-, y en el bachillerato, porque tradicionalmente estuvo destinado a la formación de varones. En ellas, los padres poseen mayor nivel de estudios y niveles socio-ocupacionales más altos. En general, las escuelas con dependencia nacional han contado tradicionalmente con mayor prestigio que las provinciales, siendo las preferidas de los niveles medios de la población en el momento de elegir a qué institución enviar a sus hijos. Esto ha llevado también a incrementar la concentración de la matrícula, dejando a los establecimientos provinciales la atención de aquellos alumnos que no han podido ser absorbidos por las escuelas nacionales ni por la oferta privada, y que en general pertenecen a los niveles más bajos de la escala social.

La muestra de control estuvo conformada por treinta y siete representantes del sector productivo, pertenecientes predominantemente a los servicios y el comercio, ocupando la mayoría cargos de jefe de personal o los niveles gerenciales de empresas medianas y grandes y un número reducido de dueños de pequeñas empresas; a este grupo lo hemos denominado los empleadores. Casi todos ellos se encontraban comprendidos en el tramo de edad de entre 30 y 50 años, y con niveles de estudios secundario y universitario.

Para el procesamiento y análisis de los datos se recurrió al análisis factorial de correspondencias, esencialmente descriptivo, que permite identificar los principios organizadores de las diferencias entre respuestas individuales, dando cuenta del modo cómo se organizan colectivamente los datos. Esta estrategia metodológica, forma novedosa de los clásicos análisis factoriales, consiste en un conjunto de herramientas que trata cuantitativamente información originalmente cualitativa, operando a partir de una segmentación del texto. El análisis frecuencial permite observar una serie de regularidades, que muestran una estructura colectiva, común a una serie de personasl (Lébart-Salem, 1994). Con esta técnica se transforman el conjunto de medidas individuales en factores que describan el máximo de variabilidad. Se considera el conjunto de perfiles individuales como una matriz, sujetos por caracteres informativos y actitudinales, reduciendo las columnas a algunos factores o dimensiones (Lébart-Fenelon, 1971; Benzécri, 1980).

a) La imagen del trabajo:

El discurso general se orienta a definir el trabajo, básicamente, en un sentido pragmático o instrumental: es la acción que se realiza a cambio de.

Según esto, el trabajo aparece sustentado en la idea de mediación, no es en sí mismo sino que es vincular, a través de él se logra dinero para (aunque el dinero tampoco es un fin sino que aparece como una nueva mediación, es para desarrollar, mantener, poder, satisfacer, sentirse, sobrevivir, obtener). A partir de los factores que se identifican mediante el análisis de correspondencias, se establece que los individuos se diferencian, básicamente, en términos del grado de elaboración con que definen al trabajo:

  • Aquéllos que ofrecen una visión netamente instrumental.
  • Los que poseen una idea más elaborada, con un nivel mayor de conceptualización y abstracción.

En la primera imagen, el trabajo es el medio –que propone la sociedad- para ganar dinero (concreto, mediato):

es un medio de obtener dinero, pero es un medio digno;

es un medio de obtener recursos, para satisfacer necesidades.

Aparece también la idea de trabajo como deber ser, y como carga: es cumplir con un deber, cumplir órdenes, horarios, obligaciones, como si la imagen que subyace es la idea de un empleo subordinado, y en este sentido orientado hacia un segmento diferenciado del mercado de trabajo.

es un esfuerzo por el cual una persona trata de sobrevivir
es cumplir con un debe.

trabajar es cumplir un horario, recibir órdenes, cumplir obligaciones

En la segunda imagen, la definición tiene un carácter macro-instrumental: a la idea de mediación se une el logro de otros objetivos más mediatos (implica la inclusión de un marco comprensivo, pero también la idea de sujeto en relación con su fin mediato).

El trabajo es muy esencial en la vida del hombre porque constituye la fuente de recursos para poder satisfacer sus necesidades y ocupar un lugar en la sociedad

Al valor instrumental de medio para sobrevivir se agrega además la idea de integración social y posicionamiento, que además supone la idea de status y configuración de la identidad social.

Además se trata de un sujeto personalizado (hay un alto componente de “para mí” en las respuestas), en las que se explicita una noción subjetiva, relativista, menos cosificada. Las características que se mencionan no pertenecen a la cosa sino que derivan de un planteo personal.

Para mí el trabajo debe ser un oficio y se debe realizar con responsabilidad y esmero por lo tanto dentro de lo posible se debe buscar un trabajo que le guste a uno

Para mi trabajar es asumir una responsabilidad, es poder demostrar que tan capaz soy

Asociando las respuestas con los grupos entrevistados, se establece que:

  • Los empresarios se adhieren a una definición con mayor grado de elaboración, priorizando al sujeto en su vínculo con el trabajo (idea de desarrollo personal y dignificación).
  • En el interior del grupo de estudiantes se encuentran diferencias en términos de modalidades de estudio y de pertenencia social:
    • Entre los jóvenes pertenecientes a niveles socio-culturales más altos (predominio de padres profesionales independientes como categoría ocupacional): se presentan elaboraciones con un más alto nivel de abstracción y racionalidad, en lo que podría considerarse una definición de diccionario, lejana y principista. El trabajo como vivencia próxima se halla ausente, fundamentalmente porque la continuidad de los estudios – a través del ingreso a la universidad -, una vez finalizado el secundario, aparece como un “deber social” para las clases medias, alejando de este modo el momento de acceder a los circuitos del trabajo (y las responsabilidades adultas).
    • En los grupos de jóvenes pertenecientes a niveles socio-culturales medios (predominio de empleados como categoría ocupacional paterna), y aquellos que han recibido una formación técnica más que académica, con vivencias de aprendizaje en el interior de los talleres, la definición deviene más experiencial e instrumental, más concreta, recuperándose en ella la idea de esfuerzo. Estos jóvenes plantean como expectativas de futuro próximo la posibilidad de “trabajar mientras continúan los estudios de nivel terciario” (Pérez, 1998)

Para resumir, en este primer análisis es posible identificar una suerte de núcleo común o compartido de la representación, en el que las diferencias se vinculan mayoritariamente con los niveles de elaboración y la posición, en términos de distancias: lejanía /proximidad desde la que se halla el sujeto ubicado para evaluar al mismo.

A partir de este núcleo común de la representación, es posible identificar diferentes aspectos en la organización de la misma, que resultan subsidiarias de las pertenencias sociales específicas de los sujetos (Doise, 1992)

El trabajo es una forma de tener un futuro:... es el momento de empezar una nueva vida, formar una familia. (estudiante de bachillerato)

El trabajo marca el momento de dejar la adolescencia y crecer

En la tabla que sigue las respuestas aparecen ordenadas en torno a estos dos ejes: grado de elaboración del concepto y lejanía /proximidad con respecto al mismo.

Baja elaboración

Lejanía

Jóvenes

Nivel socio-cultural alto

Alta elaboración

Jóvenes

Nivel socio-cultural medio

Escuelas técnicas

Empresarios

Proximidad

En estas definiciones aparece claramente la noción de juventud en tanto estadio intermedio hacia la adultez. El trabajo se encuentra aquí asociado al fin de la etapa juvenil, período que va desde la adolescencia hasta la independencia de la familia, la formación de un nuevo hogar, la autonomía económica, elementos que definen la condición de la adultez; implica así, la idea de pasaje o transición: dejar la escuela, comenzar a trabajar. Esta imagen aparece fundamentalmente sustentada por el grupo de nivel socio-cultural más alto, quienes se hallan en condiciones de, mediante su ingreso a la universidad, prolongar su situación de dependencia familiar, alargando su estadio juvenil (Margulis, 1996)

Por el contrario, aquellos jóvenes que deberán incorporarse al mundo laboral, o al menos intentarlo, ingresando a las responsabilidades de la vida adulta, presentan imágenes vinculadas a la satisfacción de necesidades concretas e inmediatas a través del trabajo.

Trabajar es hacer algo para salir adelante o en algunos casos para mantener a la familia, es decir que es una obligación

Por su parte, los empresarios tienden a enfatizar los aspectos vinculados con la realización y el desarrollo personal en frases de este tipo:

El trabajo es el esfuerzo personal conducente a lograr medio de vida y de realización personal

Es lo que dignifica al hombre

b) Cuáles son los factores del éxito/fracaso laboral.

Las respuestas a estas dos cuestiones merecen un tratamiento conjunto, en la medida que ambas operan como pares complementarios, en la configuración de las representaciones.

Dos motivos básicamente parecen explicar el éxito en el trabajo: la responsabilidad y el gusto por la tarea. A la responsabilidad, se suma el deseo de progreso y capacitación y las buenas relaciones con los compañeros y/o empleadores (o patronos).

A partir de estos dos aspectos que impregnan el discurso general, las diferentes respuestas se organizan a partir de la identificación de factores intrínsecos y extrínsecos como condicionantes del éxito en el trabajo.

Se consideran aspectos intrínsecos aquellos que se vinculan con los atributos personales: la cualidad de responsable, capaz, honesto, dedicado, inteligente es lo que lleva al éxito laboral 10. Los grupos que sustentan esta posición son los empresarios y los hijos de profesionales independientes, sectores para quienes, en general, su propio trabajo (en el caso de los empresarios) o el de sus padres (los hijos de profesionales independientes) puede constituir una experiencia gratificante, y en los que parecen permanecer trazos del discurso clásico del trabajo como valor en sí mismo. En un estudio anterior11 acerca de la representación social del trabajo en distintos grupos ocupacionales hemos encontrado que son básicamente los profesionales quienes tienden a configurar imágenes del trabajo en torno a las ideas de libertad, realización y autonomía. Los factores del éxito derivan así de la propia persona, de la posesión de ciertas cualidades o atributos personales.

Recurriendo a otra terminología, los alumnos que se encontraban a punto de regresar de la escuela técnica y los jóvenes pertenecientes a los niveles socio-culturales más bajos atribuyen el logro laboral a ciertas “condiciones”, que si bien se asocian con la persona resultan contingentes y derivan más de la voluntad que de las propias aptitudes: gusto por la tarea, estar capacitado, tener buena conducta, buena disposición y sugieren por lo demás una imagen del trabajo en tanto tarea con un mayor grado de subordinación.

En la consideración del fracaso en el ámbito laboral, se enfatizan como elementos condicionantes carencias personales y modos de ser, frente a factores situacionales y modos de comportarse. Las carencias se refieren a no capacitados, falta de experiencia, motivación, interés, voluntad de trabajo, conocimientos o bien falta de gusto por la tarea. Los modos de ser: irresponsables se oponen a los modos de actuar: no saben comportarse, manejarse, trabajar. Nuevamente parece adjudicarse mayor relevancia “el saber ser”, que al saber hacer o el saber saber.

De esto resulta que, a diferencia de lo hallado en otros estudios - (Alonso Tapia, 1992) - el patrón de atribuciones más común para el éxito y el fracaso entre los jóvenes no se vincula con causas externas, no controlables (las que suelen asociarse con una idea de “indefensión”, y no con la idea del propio esfuerzo), sino que por el contrario, se plantea como derivado de las propias características, sean éstas personales o resultado del proceso de escolarización seguido.

En cualquier caso, es posible asociar tales respuestas con algunas de las imágenes de juventud presentadas más arriba: la mención de las características de orden personal, analizadas en términos de la teoría de la atribución12 dan cuenta al mismo tiempo de los procesos de victimización y culpabilización. Cuando la causalidad es interna (derivada de la conducta y las características personales), el sujeto aparece como responsable de la situación por la que atraviesa; por el contrario, cuando se destaca la causalidad externa (o social) derivada de la situación, el individuo parece adoptar un rol pasivo de víctima de las circunstancias. Amparo Serrano Pascual (1995) señala que esta situación es importante en el contexto actual de crisis laboral, en el que para la explicación de los problemas de inserción de los jóvenes se pasa de una noción de juventud como objeto (análisis de las prácticas discriminantes del mercado de trabajo frente a determinados grupos de la mano de obra) a otra como sujeto (análisis de la inadecuación de la demanda a la oferta de trabajo).

En el caso que presentamos, las respuestas a pesar de las variaciones internas tienden a ubicarse en el polo de la culpabilización. El discurso hegemónico de la sociedad capitalista acerca del valor del trabajo y las posibilidades de circulación libre por los circuitos del mercado laboral es asumido por el grupo de jóvenes, cualquiera sea su nivel socio-cultural de origen.

c) ¿Cuáles son las condiciones de un buen trabajador?

Los rasgos que se señalan en general como caracterizando a un buen trabajador son: tener buen carácter, ser inteligente, sociable, tener deseos de progresar, ser emprendedor, ser honesto, ser buen compañero, tener motivación. Todos ellos son aspectos que se vinculan más con el saber ser referidos a comportamiento socio-relacionales o profesionales (actitudes personales, competencias interactivas y competencias sociales) que los referidos a los saberes tanto teóricos como prácticos o a los saber/hacer

De la comparación de los dos grupos surge que mientras los empleadores privilegian el tener experiencia, ser cumplidor, responsable, sumiso y respetuoso; los jóvenes consideran más importante estar motivado, tener buena base teórica y tener buen carácter. Destacamos la priorización de la experiencia y la disciplina para los empleadores y el énfasis en el conocimiento y la motivación entre los jóvenes. Esto es congruente con la situación de cada grupo: la capacitación no ha sido nunca una preocupación de los sectores dirigentes en cuanto a su mano de obra; en cambio, la relevancia que le atribuyen los jóvenes, al conocimiento, opera como un reaseguro para generar expectativas favorables en cuanto a su futuro. Al mismo tiempo, el planteamiento de los empleadores se vincula con la idea de los mercados de trabajo segmentados13 que establece diferencias entre los puestos correspondientes a los niveles gerenciales o de conducción y otro destinado a puestos de subordinación, de menor nivel y salario y que se asocian más con los modos de saber y comportarse que con el dominio de habilidades técnico-profesionales.

En este sentido parecería reafirmarse el supuesto que sostiene que existe un desfase entre el sistema de valores, actitudes y comportamientos que la escuela propone como deseables y los que configuran comportamientos esperados en el ámbito laboral, dificultándose una vez más la inserción de sus egresados (graduados). Pero también, en cuanto a la definición que actualmente se plantean desde los ámbitos de mayor desarrollo tecnológico con respecto al perfil del actual trabajador, los que no se encuentran reflejados en las expectativas de los empresarios entrevistados.

d) Cómo se percibe el mundo laboral ¿Por qué la gente no encuentra trabajo?

Las dificultades para encontrar trabajo se ordenan nuevamente en torno a los dos ejes culpabilización – victimización, que ya mencionáramos:

  • carencias individuales o características personales: (como proceso de culpabilización).

la falta de capacitación previa es una de los factores determinantes, ya que en nuestra sociedad exigen siempre al solicitante estudios y capacitación, además cabe destacar la crisis laboral por la que transita el país.

algunos simplemente no lo buscan porque no quieren tener responsabilidades

por no tener iniciativa, creatividad, actitudes

...educación formal deficiente, falta de calificación, personalidad pasiva, sumisa

  • características del mercado laboral o factores situacionales (como procesos de victimización)

en la actualidad existe demasiada desocupación y una economía que deja mucho que desear, por lo tanto un empleador por más que quiera tomar un trabajador no puede porque hay menos ingresos

por lo general en todos los trabajos piden alguien con experiencia, si se trata de un estudiante recién recibido no puede tener experiencia, si se trata de otra persona por la situación que vive el país

lo más probable es la discriminación lindo/feo, la estatura y hasta la forma de hablar o también de su expresión corporal

En términos de grupos las respuestas se ordenan como sigue:

  • los jóvenes pertenecientes a los niveles socio-ocupacionales más altos identifican motivos de orden personal en la dificultad para encontrar trabajo: esto es congruente con las respuestas acerca de factores del éxito y fracaso laboral ;pero también se debe destacar que el joven aparece en este caso como sujeto activo y/o responsable de su propia situación.
  • los empleadores también destacan estos aspectos, sumando a la falta de capacitación y/o experiencia, algunos rasgos de carácter no deseables.
  • los estudiantes pertenecientes a grupos familiares de nivel socio-ocupacional más bajo hacen atribuciones de orden situacional -son las condiciones del mercado de trabajo, debido a la escasez de puestos o la discriminación (por falta de experiencia o apariencia física)- enfatizando los procesos de victimización (el joven deviene objeto, sometido a las situaciones del mercado). Debe destacarse, además, que la referencia a la falta de experiencia y la discriminación por el aspecto físico trasunta la vivencia de irracionalidad y arbitrariedad por parte de los adultos que plantean exigencias a las que los jóvenes no pueden responder.

En la tabla que sigue, se presentan las imágenes que corresponden a las dificultades para encontrar trabajo. Han sido ordenadas articulando dos ejes, al ya mencionado anteriormente culpabilización, victimización o, para decirlo de otro modo, atribución de causas intrínsecas e extrínsecas se ha agregado el nivel de racionalidad irracionalidad, entendido a partir del grado en que puede o no ser controlado por la voluntad o el esfuerzo del sujeto.

Causas extrínsecas (Victimización)

Factores personales

Falta de suerte

Falta de relaciones

Falta de apariencia física adecuada

Causas intrínsecas (culpabilización)

Falta de experiencia

Falta de capacitación

Falta de trabajo

Factores objetivos

 

Es interesante esta diferencia a partir de los distintos grupos sociales, en particular atendiendo a las posibilidades de organización de un proyecto de superación, o la indefensión frente a la culpa.

5. Conclusiones

Los datos analizados han permitido identificar los siguientes ejes articuladores en la configuración de la representación acerca del trabajo: Aparece con cierta claridad la diferencia entre lo que algunos autores llaman el trabajo teórico - lo que debe hacerse -, definido desde una perspectiva tradicional y de un valor central en la vida del individuo y el trabajo como actividad – lo que se hace, con un sentido más pragmático e instrumental (Dessors-Molinier, 1994; Kornbilt, op cit., Béjar, op cit).

Cuando se conceptualiza como deber ser, la imagen trasunta una representación del trabajo, vinculada a su valor intrínseco y que permite la autorrealización y el desarrollo personal. Cuando la percepción del trabajo se sustenta en una idea más concreta y experiencial, el valor del trabajo se asocia con lo instrumental, y deviene el medio para conseguir otros elementos o bienes. Entre los jóvenes predomina esta visión instrumental del trabajo, mientras que en el grupo de empresarios, prevalece, una definición de corte más esencialista o expresivo.

Otros estudios empíricos, tienden a corroborar estos modelos de percepción juveniles (Torregrosa, 1986), que por otra parte resultan congruentes con la situación del mercado de trabajo actual. Resulta interesante, también, destacar que el origen socio-económico de los jóvenes opera con más fuerza como condicionante de sus representaciones que el tipo de formación recibida en la escuela.

En la definición del éxito y el fracaso en la situación laboral, nuevamente aparece la distinción entre factores intrínsecos y extrínsecos, que se vinculan ahora a características de orden personal y derivadas de la situación laboral misma.

Definir el éxito o el fracaso a partir de rasgos personales -en una suerte de naturalización de lo social- es un modo de desligarlo de la situación por la que atraviesa la persona, negando la influencia de las condiciones laborales y sociales. Este es un mecanismo que se pone en evidencia con frecuencia en el proceso representacional: los elementos que se emplean para describir al objeto o situación adquieren existencia real, aparecen como elementos de la naturaleza de la persona (biologización de lo social, las diferencias sociales se transforman en diferencias de ser). Además, la selección de los elementos se halla subordinada a los valores sociales o intereses del grupo que la sustenta, en un modo de funcionamiento del pensamiento que se aproxima a lo ideológico.

Estas consideraciones en torno al trabajo aparecen apoyadas por el grupo de empresarios y jóvenes pertenecientes a los niveles socio-económicos más altos, y cuyas vivencias en torno a este tema -suponemos- se encuentran más próximas a la satisfacción que a la frustración en el plano laboral. El otro grupo de entrevistados, condiciona el propio desempeño a algunas características que deberían reunir dichas tareas.

El otro elemento que se ha de destacar es la importancia atribuida al medio ambiente laboral y al gusto por la tarea como factores condicionantes del éxito y el fracaso, cuestión a tener en cuenta si se considera que las reales posibilidades del mercado de trabajo raramente se compadecen con las expectativas que genera el sistema educativo en los jóvenes graduados y que la mayoría de las veces resultan defraudadas apareciendo situaciones de frustración que dificultan adecuadas inserciones profesionales.

Estas diferencias permiten reafirmar que no es posible hablar de un grupo homogéneo de jóvenes, sino de diferencias internas a partir de la noción de clase social. Siguiendo a Bourdieu, se establece que las clases sociales resultan de la posición ocupada en el espacio social según los capitales que se poseen en el presente y la herencia social. En este sentido las clases son el resumen del lugar que se ocupa en el espacio social, ubicación que equivale a las condiciones sociales de existencia del individuo, y que están condicionando el habitus14 que induce a su vez esquemas generadores de prácticas y gustos -como señalamos al inicio- y no su mera condición de edad.

Es por eso que no puede hablarse de una homogeneidad, de una ideología juvenil al respecto. La fuerte influencia del medio social de pertenencia sobre las mentalidades de los jóvenes, pone en serios aprietos la tesis de la existencia de una subcultura juvenil, que se oponga total o parcialmente a la de los adultos y refuerza, por el contrario, la idea de que la juventud es una condición social.

Esta estrategia metodológica, forma novedosa de los clásicos análisis factoriales, consiste en un conjunto de herramientas que trata cuantitativamente información originalmente cualitativa, operando a partir de una segmentación del texto. El análisis frecuencial del mismo permite observar una serie de regularidades, que muestran una estructura colectiva, común a una serie de personas (Lébart y Salem, 1994).

A través de esta técnica es posible transformar el conjunto de medidas individuales en factores que describan el máximo de variabilidad. Se considera el conjunto de perfiles individuales como una matriz sujetos por caracteres informativos y actitudinales, reduciendo las columnas (informaciones y actitudes) a algunos factores o dimensiones (Lébart-Fenelon, 1971; Benzécri, 1980). El uso de este método permite representar gráficamente en un mismo espacio el conjunto de los sujetos y el conjunto de las variables, estableciendo los ejes a partir de los cuales se diferencian los individuos y las dimensiones que estructuran el campo representacional. Partiendo de tal estructura se elabora la interpretación o explicación tendiente a clarificar la significación y los mecanismos a través de los cuáles los sujetos organizan el campo representacional.

Para facilitar la lectura de la figura, el análisis presenta la contribución relativa de cada una de las modalidades a la composición de los factores, siendo posible, además, identificar aquellas modalidades de respuesta que son las más elegidas por los mismos individuos (Doise, op cit.)

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Notas:

1Es Psicóloga por la Universidad Nacional de Rosario, Argentina. Cursa el doctorado en Psicología en la Universidad de Buenos Aires y el doctorado especial de la Universidad Nacional del Nordeste, Corrientes, Argentina –UNNE-. Directora del Centro de Estudios Sociales que depende del Rectorado de la UNNE. Docente-Investigadora y profesora adjunta por concurso de la UNNE, en la Cátedra: Sociología de la Educación. Realizó numerosas investigaciones y publicó artículos sobre temas de su especialidad.

2Aunque no sucede de igual modo cuando por medio de procesos de influencia se tiende a incitar al joven a la incorporación al mundo adulto y al sistema productivo, naturalizando - según considera el autor - este proceso de transición social.

3Si bien se supera el enfoque a-histórico anterior, el estadio adulto continua siendo sinónimo de integración social

4La juventud es percibida bajo la óptica de la reproducción social en función de su constitución como agente social.

5Foucault subraya cómo los seres humanos son construidos como sujetos u objetos por distintas técnicas de poder institucional para una adecuada articulación del poder y del conocimiento. La categoría edad actúa como un punto de referencia desde el cual se percibe y si sitúa a las personas. La naturaleza deficitaria bajo la que se define muchas veces a la juventud explica las tendencias paternalistas de la politica de la juventud que se basan en la noción de madurez y que terminan en la marginación. El alargamiento y la extensión de lo que socialmente se denomina juventud permite disfrazar la realidad estructural de un grupo cada vez mayor de sujetos con un escaso poder en el mercado de trabajo. (citado por Serrano Pascual, 1996 cfr. infra)

6A. M. Pérez Rubio y G. Saavedra, 2002: De los discursos y las prácticas: un ejemplo de aplicación del modelo de las representaciones sociales", en Revista Comunicación y Sociedad, núm. 39, Universidad de Guadalajara. México. ISSN 0188-252X, pp.. 179-204.

7Los datos se construyeron mediante el empleo de un cuestionario con preguntas abiertas referidas a: concepto y significado del trabajo, factores del éxito y el fracaso laboral y dificultades para encontrar trabajo, buscando identificar los principios organizadores de las respuestas. Se trabajó con una muestra de estudiantes - en total 101- pertenecientes al último año de cuatro escuelas secundarias de la ciudad de Corrientes (dos de ellas con orientación técnica) que atienden a comunidades educativas de diferente nivel socio-económico, según el nivel de estudios y la ocupación de los padres. El grupo de empresarios estaba constituido por treinta y siete representantes del sector productivo, predominantemente de los servicios y el comercio, ocupando niveles jerárquicos en empresas medianas y grandes o dueños de pequeñas empresas, con niveles de estudio secundario y universitario.

8El sentido común es el saber cotidiano que forma la base intersubjetiva de la convivencia entre los miembros de una sociedad. No puede imaginarse ninguna interacción constructiva sin una cosmología compartida entre los individuos y la estructura del ambiente y la vida social (Elejabarrieta, 1992).

9Se toma la definición de Doise, 1986, Las representaciones como.principios generadores de toma de posición que están ligadas a inserciones específicas en un conjunto de relaciones sociales.

10Estos términos definen el “saber ser” en términos de competencias laborales, es decir, el conjunto de valores, actitudes y modos de comportarse que favorecen una incorporación satisfactoria al mundo del trabajo.

11Pérez, A. M., 1996: Los significados sociales en torno al trabajo, en Revista Latinoamericana de Psicología, vol.28, núm. 1, pp.13-30

12Las teorías de la atribución se presentan como un análisis del sistema cognitivo que opera en las explicaciones que los individuos en la vida cotidiana proporcionan acerca de sus propios comportamientos y de los comportamientos de los demás.

13La teoría de los mercados segmentados articula enfoques provenientes de otras ciencias sociales – el credencialismo de inspiración weberiana y el reproductivismo de Bourdieu y Passeron, y afirma la dualidad de los mercados ocupacionales en términos de niveles de capacitación y poder de decisión de los diferentes puestos, y cuyos ocupantes se distribuyen en función del capital social y cultural de las personas.

14Habitus es el concepto que emplea Bourdieu para referirse a la mediación que existe entre la sociedad y las prácticas del individuo. Este está condicionado por las condiciones de existencia y a su vez induce a unos esquemas generadores de prácticas y unos gustos que condicionan estilos de vida. Este concepto ha sido asimilado por algunos autores al concepto de representación social.

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