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La Educación en Valores y la Cooperación Iberoamericana(1)

Francisco J. Piñón
Secretario General de la OEI

La sociedad contemporánea está atravesando profundas y vertiginosas transformaciones que han modificado significativamente las relaciones sociales, políticas y económicas, con fuertes efectos sobre la cultura de los pueblos. El papel de los Estados se ha puesto en cuestión, generando discusiones, conflictos y tensiones todavía no resueltos en su totalidad.

A veces parece que el cambio económico, político y cultural que estamos viviendo es, además, muy desigual. Los procesos económicos y tecnológicos van mucho más rápidos que los políticos y culturales.

Así, junto a avances considerables como los producidos en el campo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, que han logrado desdibujar las distancias espaciales y poner al alcance de un gran número de personas una multiplicidad de datos y de conocimientos hasta hace poco inaccesibles, persisten importantes situaciones de exclusión y desigualdad socioeconómica, que reclaman una atención prioritaria desde diferentes ámbitos de intervención social. Más aún, en muchos aspectos las desigualdades sociales aumentan.

Por otro lado, los grandes avances científicos y tecnológicos nos sitúan continuamente ante la necesidad de decidir sobre aspectos y cuestiones para los que no estamos necesariamente preparados.

En el ámbito educativo, en nuestros países, subsisten grandes dificultades entre los sectores pobres y marginados para acceder a la escuela básica, a lo que se añade el todavía no resuelto problema de la deserción incesante de los alumnos y una desmoralización creciente de los profesores relacionada, entre otros motivos, con sus bajos ingresos.

Ante estas situaciones debemos apelar por la adopción de políticas activas orientadas a fomentar el desarrollo humano, y a revertir la desigualdad y la exclusión social dondequiera que éstas se presenten. El impulso a políticas y programas nacionales que promuevan el desarrollo con equidad y justicia social se ha transformado en un imperativo.

Esto no es solo un problema de resolución nacional o local. También, y en palabras de Jordi Borja, es preciso un cambio político, orientado por valores básicos universales, que concrete nuevos derechos y deberes, para responder a la vez a viejas y nuevas desigualdades y exclusiones.

La Cooperación Iberoamericana como instrumento

En este contexto, el espíritu de cooperación que anima a la OEI es el de colaborar en el proceso de construcción de la integración iberoamericana, alentando la creación de ámbitos adecuados, solidarios y atentos a la diversidad de nuestra región, que permitan la consolidación de un entretejido económico y social, desde el que se impulsa y facilita el diálogo político y se promueven acciones conjuntas en materia educativa, cultural, científica y tecnológica que permitan afrontar los nuevos retos y mejorar las posibilidades de integración de nuestros países en el mundo.

Como espacio de concertación de políticas públicas y de cooperación horizontal entre los países iberoamericanos, la OEI promueve programas y proyectos de cooperación en temas prioritarios aportando su experiencia en la gestión y administración de Programas de cooperación, así como su saber hacer en el ámbito de la cooperación técnica educativa, científica y cultural.

Estos temas prioritarios se fundamentan en tres ejes transversales que otorgan direccionalidad a todas las acciones: la paz, la equidad y la identidad. Éstos constituyen puntos de referencia hacia el futuro, así como premisas a partir de las cuales se pueden formular estrategias que permitan generar las condiciones necesarias para el crecimiento y el desarrollo de nuestras sociedades.

La referencia a la paz encuentra fundamento toda vez que los pueblos han elegido la democracia como “forma de vida” y que ésta requiere de una continua atención a las reglas y normas de convivencia. Una sociedad democrática es siempre perfectible (siempre se puede procurar más democracia), lo que implica tener como aspiración un estilo de relaciones sociales basadas en el consenso, fundamentado en el reconocimiento del otro, centrado en la solidaridad y la reciprocidad. Aunque en el devenir histórico y en las interacciones cotidianas el consenso pleno sea imposible, la utopía del consenso da lugar a estrategias de construcción de acuerdos y procedimientos legítimos para la resolución de conflictos y la toma de decisiones; es decir, a normas de acción y acuerdos democráticos, y a sociedades en las que las interacciones hagan referencia y sean interpretadas desde la reciprocidad y no desde la disolución de la diversidad de intereses. La paz así entendida no es ausencia de conflictos, sino búsqueda del consenso, tolerancia, diálogo permanente y reconocimiento de “los otros que disienten” como indispensables para la construcción de la comunidad.

No hay paz sin justicia. La equidad implica la referencia a la justicia social como horizonte que opera en las posibilidades reales de opción y en el ejercicio de la libertad. La globalización de factores de la economía, así como de las relaciones internacionales, coexiste con una creciente inseguridad y exclusión social de amplias zonas del planeta, fenómeno del que no son ajenos los países iberoamericanos. El valor de la justicia no puede estar ausente en la elaboración de un marco de referencia colectivo, puesto que la integración y el reconocimiento del otro deben traducirse en una práctica de generación de proyectos y estrategias orientados a la reducción de la pobreza, la integración social, la igualdad de género y la consolidación de las oportunidades de crecimiento y desarrollo social. El desarrollo de la institucionalidad, sobre todo de nivel local, de los sistemas educativos, científico-tecnológico y cultural genera también condiciones para la estabilidad política y sustenta el fortalecimiento de la democracia.

Iberoamérica no se reduce a un espacio de transferencia de capitales, de intercambios comerciales o tecnológicos. Las historias y culturas iberoamericanas pueden ser entendidas como un juego contrastante de identidades puestas en común, con una gran fuerza dinámica que permite pensar en una unidad regional que combina, alienta y fomenta su rica y singular diversidad. Esto lleva a reconocer la diversidad de los sujetos sociales de Iberoamérica, su variedad de lenguas y la ventaja de la existencia de dos lenguas comunes –el español y el portugués–, a evocar y revisar el pensamiento social que cimentó la constitución de las sociedades, y a prestar atención a las voces que hoy se expresan en esta extensa geografía, a dibujar nuevos perfiles y horizontes de sentido que puedan ayudarnos a construir una ciudadanía iberoamericana sobre la base de la diversidad de sus colectividades. La afirmación de estas identidades particulares se realiza dentro de una comunidad global, ya que la convivencia no es posible sin ciertos valores universales compartidos, sin un sentido de pertenencia a una comunidad más extensa. Por eso, la diversidad cultural de Iberoamérica requiere el complemento de su unidad, entendida como una referencia surgida de las interacciones que se va dotando de significados en el proceso histórico.

La cooperación iberoamericana, encaminada al avance de la paz, la equidad y el respeto de la diversidad cultural en un marco de unidad, constituye la expresión de la solidaridad entre los países de la región para hacer frente a problemas y avanzar juntos en el proceso de modernización y desarrollo de las sociedades que forman la Comunidad Iberoamericana de Naciones.

La Educación como estrategia para el desarrollo sostenible

Si bien la Cooperación Iberoamericana abarca muchos de los ámbitos desde los que se puede actuar para revertir la desigualdad y la exclusión social, y para propiciar el desarrollo económico, social, tecnológico y cultural de nuestros países, su inserción adecuada en un contexto internacional caracterizado por la innovación científica y tecnológica requiere de un impulso sólido y decidido a la educación.

La educación, tal y como se recordó en el último Foro Mundial sobre “Educación Para Todos” celebrado en Dakar, Senegal, en el año 2000, no sólo es un derecho fundamental del ser humano, sino que es una condición esencial para el desarrollo sostenible, así como para la paz y la estabilidad de las relaciones en el interior de los países y en el contexto internacional.

Pero además, la convicción de que “el conocimiento es el gran capital” de nuestro tiempo fue, de hecho, uno de los ejes de reflexión en la I Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de Iberoamérica, celebrada en Guadalajara, México, en julio de 1991. Desde entonces, a lo largo de estos últimos diez años, nuestros países han sabido coincidir en la necesidad de avanzar “hacia una educación integral, significativa y respetuosa de la diversidad lingüística, étnica, cultural y de la equidad de género, que coadyuve al desarrollo humano”, tal como se señaló en la última Cumbre celebrada en Panamá(2).

Esta trayectoria refleja el convencimiento compartido de que, siendo la sociedad una construcción dinámica y la escuela un agente de conservación, reproducción y transformación del conocimiento en la sociedad, una parte importante de la respuesta a estos retos y problemas puede y debe encontrar un soporte en nuestros sistemas educativos.

Pero si bien ya nadie cuestiona que la educación constituye un factor de equidad social y de desarrollo, hay otra gran evidencia, en palabras de Juan Carlos Tedesco, "para que haya una educación exitosa es indispensable un nivel de mínimos de equidad social que garantice la educabilidad de los niños y niñas. Por debajo de la línea de subsistencia no hay pedagogía posible".

Esta es una responsabilidad que todos debemos asumir. Es evidente, que garantizar esas posibilidades es una obligación de los estados, al que debe coadyuvar los esfuerzos de la sociedad civil. A pesar que, lamentablemente sabemos que no siempre se cumplen, el papel del sistema educativo en el desarrollo social no disminuye, sino que por el contrario, se incrementa, por cuanto debe garantizar un marco ético para lograr niveles mínimos de equidad.

La Educación en Valores como respuesta

En este contexto, en la región observamos una creciente preocupación por la educación en valores. Todos estamos convencidos de que los cambios en la sociedad y en el ambiente requieren de una crítica profunda de los valores sobre los que se sostiene nuestra sociedad. Sin embargo, la definición de los valores que deseamos suscita, por supuesto, nuevos debates y controversias.

La nueva situación generada a partir de la Declaración de los Derechos Humanos y otros manifiestos derivados o relacionadas con ella, ha modificado sustancialmente nuestra conciencia. Sin embargo, sabemos que la distancia que media entre las declaraciones de lo que creemos que es justo y deseable, y el ejercicio de los derechos es muy grande. Y que es en la resolución de esta brecha donde se instala una parte importante del futuro de la humanidad.

La vinculación de la escuela con esta cuestión es indiscutible, sin embargo, el papel que representa esta institución y las responsabilidades que se le atribuyen requieren una atención en profundidad. En primer lugar, debemos reconocer que el sistema educativo no es el único actor. Las iglesias (y sus equivalentes en credos no cristianos), los medios de comunicación y, por supuesto, la familia y la comunidad más cercana son, también, importantes agentes de formación.

La pregunta acerca de “en qué valores formamos” requiere de una respuesta que es más difícil lograr. Rápidamente llegamos a consensos acerca de la justicia, la libertad y la responsabilidad cívica, por ejemplo. Pero su real significado en contextos históricos determinados, así como la existencia de otros valores con formulaciones más complejas, promueven discusiones que trascienden la escuela.

No olvidemos que junto a estos valores que suscribimos, operan otros propios de estos tiempos, relacionados con la apreciación del consumo, del poder del dinero, o de la facilidad para obtener resultados aunque sea a costa de los derechos de los demás.

Por otra parte, sabemos que los valores se encuentran en el centro de toda cultura. En contextos multiculturales, ¿cómo respetar las culturas y sus valores cuando alguno de ellos violenta valores considerados por las mayorías como fundamentales de la naturaleza humana? Las respuestas relativistas no nos satisfacen, entre otras cosas, porque pueden ser solo máscaras que esconden la hipocresía de la exclusión, ya no sólo del acceso al mercado y a los servicios del estado, sino al conjunto de los derechos humanos.

En definitiva, a partir de esas certezas iniciales, nos encontramos frente a un debate que debe ser amplio, decidido y valiente, y ha de estar orientado a promover propuestas claras para la sociedad y para los sistemas educativos en particular.

Por estos motivos, la OEI, en respuesta a los requerimientos de los ministerios de educación de la región, viene asignando prioridad en su Programación a la educación en valores. Una educación de calidad debe basarse en principios que fundamenten una formación ética y cívica sólida, como son la búsqueda de la convivencia armónica, la responsabilidad, la tolerancia, la justicia, la igualdad, el respeto de los derechos humanos, el aprecio de la diversidad, y la conciencia de la solidaridad internacional, tal como se señaló en la Conferencia Iberoamericana de Educación celebrada en La Habana.(3).

De acuerdo a estos principios, la OEI trabaja en la consolidación de un diálogo regional, de nivel iberoamericano y con atención a las particularidades locales, sobre el conjunto de los aspectos que conforman el sistema de valores compartido por las naciones de Iberoamérica, reconociendo la complejidad de nuestro escenario, pero con el afán de definir los “valores éticos de la democracia” que pueden ser objeto de prácticas pedagógicas que den paso al cumplimiento de derechos y responsabilidades de las personas.

En este sentido, como afirmaba en esta misma Universidad el Profesor Juan Samaniego en su intervención en el Encuentro Internacional de Educación en Valores que celebramos en enero, la formación en valores debe ser “un ejercicio permanente de concreción en la cotidianeidad de la sociedad que queremos”: una sociedad plural, justa, tolerante y solidaria.

Pretendemos, por tanto también, una educación desde la cual se pueda potenciar un cambio social que comporte la implicación ciudadana personal y que contribuya tanto al progreso individual como al colectivo.

La educación en valores y las instituciones educativas

No se puede avanzar en la educación en valores sin suscitar cambios en la estructura y vida de las instituciones educativas. Si se trata de desarrollar estrategias pedagógicas que analicen hechos concretos y estimulen en los estudiantes la reflexión sobre sus propias manifestaciones, responsabilidades, deseos y propuestas, debemos contar con una institución educativa que desarrolle su labor desde valores coherentes, tales como la aceptación de la diferencia, la construcción participativa de normas y la mediación positiva de conflictos.

Por ello debemos favorecer también la educación en valores como un medio para impulsar la relación entre la escuela y su entorno, para abrir más la escuela a la vida e impregnarla de la realidad social.

En esta prestigiosa Casa de Estudios no quiero dejar de hacer una mención especial a la responsabilidad de nuestras Universidades en la educación en valores. La educación superior es la etapa en la que los y las jóvenes se comprometen efectivamente con las sociedades civil y política.

Como nos recuerda Guillermo Hoyos, Director del Instituto PENSAR de la Universidad Javeriana de Bogotá, “en la educación superior los ciudadanos se apropian de una competencia comunicativa que les permite reflexionar sobre su pertenencia, sus sentimientos, sus tradiciones y sus valores, para asumir en un proceso discursivo los que se van constituyendo en mínimos de la convivencia ciudadana, lo que a la vez significa no sólo el reconocimiento de una comunidad moral, sino la iniciación en la participación democrática”.

Por todo lo expuesto, el papel de los y las docentes en esta cuestión es clave. Son adultos comprometidos en la vida social que ejercen su profesión de educadores. Como todo profesional en el mundo de hoy, tienen necesidades de fortalecer su formación, en este caso, ética y moral. Para ello es necesario brindar herramientas y modelos pedagógicos útiles y acordes con sus realidades actuales y sus nuevos desafíos, que faciliten y potencien su labor.

Uno de nuestros más cercanos colaboradores, el Dr. Miquel Martínez, de la Universidad de Barcelona, sostiene que “las acciones pedagógicas que a través de los agentes educativos puedan diseñarse (….) poseen un potencial de desarrollo y progreso en el capital humano de nuestras sociedades capaz de orientar y modificar, si es necesario, el rumbo que nuestra Historia nos presenta como más probable.”

Finalmente permítanme señalar dos iniciativas que desde hace varios años viene desarrollando la OEI.

A partir del convencimiento de que estas cuestiones están directamente relacionadas con la manera de comprender la historia, se ha diseñado un proyecto de “Historia Común de Iberoamérica”, entendiendo que la edificamos sobre un patrimonio común, con respeto por las diferencias y desde unos valores compartidos. Este es un espacio en el que nuestros docentes y jóvenes pueden reconocer un pasado común con distintos puntos de vista, con resultados actuales en diversas formas de vida, todas ellas llenas de sentido.

Además, desde uno de los cinco programas de cooperación, trabajamos en el desarrollo y aplicación de un modelo pedagógico basado en el compromiso con valores que entendemos deseables para la comunidad iberoamericana, en su categoría de mínimos, como la dignidad humana, la justicia, la diversidad, la libertad y la solidaridad.

Apostamos también por actitudes y prácticas que reflejan valores tales como la autonomía, el diálogo y el respeto. Autonomía para que la persona construya el valor desde dentro, sin que le sea impuesto, en función de su libertad, usando su voluntad, y sea capaz de hacerlo suyo y mostrar una conducta coherente con él. El diálogo, como única forma legítima de abordar los conflictos, y el respeto, porque implica el reconocimiento del otro.

Actualmente, la OEI tiene el mandato de los ministerios de apoyar la consolidación de espacios regionales de intercambio de experiencias, la formación de redes de especialistas y académicos, y el fortalecimiento de la investigación en nuestros países.

Creo que este es un momento especialmente propicio para anunciarles la creación de una Cátedra Andina de Educación en Valores, a la que se ha invitado a participar a esta Universidad, y que contará en su primera fase con universidades de Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela.

Con esta iniciativa se pretende favorecer la colaboración y cooperación entre las universidades de la región, fortaleciendo y profundizando la formación e investigación en educación en valores en beneficio de los distintos actores que se desempeñan en el ámbito de la Educación.

Si bien ninguna iniciativa puede, en sí misma, constituir una respuesta, estoy firmemente convencido de que puede ayudar a encontrarla. Ecuador, en este como en otros aspectos, tiene mucho que aportar. En ocasión de la celebración del cincuentenario de la OEI buscamos un creador que sintetizara la búsqueda abierta y afincada en las raíces, y que sintetizara de algún modo el pensar y sentir iberoamericano. Lo encontramos en Oswaldo Guayasamín. Su obra, inigualable, presenta una testimonio vivo de los problemas, carencias y riquezas en las que vivimos y apela a nuestra responsabilidad para construir un mundo, iberoamericano según esta realidad que compartimos, coherente con los deseos y valores que proclamamos desde hace muchos años.

Para esta empresa no nos debe faltar valor para realizar los cambios necesarios. Recuerdo que Gabriel García Márquez al entregar el informe de la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, en 1995, reclamaba una “educación desde la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma.”

No me queda sino proponerles a todos que nos sumemos a esta ilusión.

Notas

(1) Disertación de Francisco Piñón, Secretario General de la OEI, en la Universidad Andina Simón Bolivar, 19 de junio de 2001

(2) Declaración de Panamá, X Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, 2000.

(3) IX Conferencia Iberoamericana de Educación. La Habana, Cuba, 1999.

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