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X Cumbre

Conferencia Iberoamericana de Ministros de Cultura

Conferencia Iberoamericana de Ministros de Cultura

Ciudad de Panamá, Panamá, 5 y 6 de septiembre de 2000

Politicas de ocio y cultura

Roberto San Salvador del Valle

SUMARIO

  1. La sociedad emergente como entorno
  2. La naturaleza del fenómeno del ocio
  3. La cultura a través del fenómeno del ocio
  4. Un modelo relacional de intervención política en ocio y cultura
  5. Una política dirigida a los niños y los jóvenes

1. La sociedad emergente como entorno

La Sociedad del Bienestar nace a partir de la progresiva consolidación del Estado social, democrático y de derecho que se impone sobre los rescoldos del Estado absolutista y sobre la evolución del Estado liberal. Las conquistas en el campo civil (Estado de derecho), en el ámbito político (Estado democrático) y en el terreno igualitario y solidario (Estado social) van configurando un nuevo orden político, económico y social. Las revoluciones liberales que se suceden en el proceso de independencia americana, la revolución francesa, etc., junto a las revoluciones de carácter social, como la mexicana y la soviética, van aportando rasgos y perfiles a las sociedades occidentales de mediados del siglo XX. El último cuarto del siglo XX manifiesta una evolución de la Sociedad del Bienestar, donde la llamada sociedad civil, los sectores no públicos, con o sin ánimo de lucro, y los propios ciudadanos, a título individual, cobran un importante protagonismo. La unidireccionalidad marcada por un sector público omnipresente y líder de la mayor parte de los procesos políticos, sociales, e incluso, económicos, se vuelve multidireccionalidad ante el empuje de los diversos sectores presentes en la sociedad. Sin embargo, el propio sector público entra en un proceso de reconversión hacia nuevas fórmulas más acordes con ese recorte del liderazgo. El Estado Relacional, propugnado por algunos autores (Mendoza, 1990), evoluciona en esta dirección, sobre la base de una administración pública menos intervencionista y más consciente de sus propias limitaciones ante: el ciudadano emergente, la sociedad civil incipiente y la interacción entre lo público y lo privado (Díaz, 1998:44). Se configura un estado más flexible y difuso.

En ese cambio progresivo se consolida la idea de una Sociedad Red, a partir de la evolución de la Sociedad del Bienestar. La Sociedad Red, configurada por una profunda virtualización del concepto espacio y una evolución del tiempo hacia la inmediatez, alteran las condiciones en que se ha desarrollado la Sociedad del Bienestar. Siguiendo en este apartado el punto de vista de Castells podemos afirmar que “como tendencia histórica, las funciones y procesos dominantes en la era de la información cada vez se organizan más en torno a redes” (1998:555). Todas las actividades humanas se modifican de modo fundamental por causa de esta nueva estructura y morfología social. Si bien esta lógica está presente en otras circunstancias de la Historia, el nuevo paradigma de la tecnología de la información aporta: la información como materia prima, su gran capacidad de penetración, la lógica de interconexión de todo sistema que lo utiliza, la flexibilidad que se materializa en cambio constante y fluidez organizativa, la convergencia creciente en un todo altamente integrado. Los cambios son espectaculares y con un gran impacto en todos los dominios de la actividad humana.

La tecnología no determina la sociedad, de la misma manera que la sociedad no determina el desarrollo tecnológico. Sin embargo, se produce un complejo modelo de interacción, puesto que la tecnología aporta la base material de la sociedad y ésta soporta la progresión de la primera. Las diferentes maneras de interacción dan lugar a un modo de entender la existencia distinta, por parte de los individuos y las comunidades: el cambio de la base material, el desarrollo del tejido social y la propia identidad. En un Mundo de flujos globales, la búsqueda de identidad, personal y colectiva, “se convierte en la fuente fundamental de significado social” (1998:29). La tecnología es, de alguna manera, expresión de las condiciones concretas que le rodean y la sociedad es, de modo creciente, condicionada por el soporte material de sus flujos de relación. La innovación tecnológica refleja una predisposición mental de la población, un determinado estado de aglomeración del conocimiento científico y una cierta trama de instituciones, empresas y trabajadores cualificados.

En la emergente estructura y morfología en red, fruto del mencionado paradigma tecnológico, se consolida un nuevo modelo social de carácter informacional y global. En cuanto al primer rasgo, lo que caracteriza dicho modelo “no es el carácter central del conocimiento y la información”, sino la aplicación de estos últimos a “aparatos de generación de conocimiento y procesamiento” (1998:58) . Consiguientemente, no sólo estamos ante instrumentos de inmediata aplicación, sino, lo que es más importante, ante procesos por desarrollar. En este contexto, sobresale la capacidad para crear, procesar y aplicar la información basada en el conocimiento. La información es el factor clave y “los flujos de mensajes e imágenes de unas redes a otras constituyen la fibra básica de nuestra estructura social” (1998:514). El poder de los flujos se impone a los flujos de poder, derivándose la atención de la intervención desde la acción hacia la morfología y desde el fondo a la forma.

En cuanto al segundo rasgo, la globalidad, nos referimos a que la creación, producción, consumo y circulación de todos los elementos presentes están organizados a escala global, es decir, en una unidad de tiempo real a escala planetaria. Incluso, a pesar de fórmulas proteccionistas y restrictivas de todo tipo y condición, el proceso parece irrefrenable. No obstante, la tesis de la globalización “prescinde de la persistencia del estado nación y del papel crucial del gobierno”, fuente de distribución competencial y de repertorios normativos. A pesar de que la diversidad sigue siendo importante, algunos rasgos básicos van encontrando asiento: el capital se coordina globalmente, el trabajo se individualiza, las manifestaciones culturales quedan mediatizadas por la comunicación (a modo de un hipertexto audiovisual digitalizado), la política se encierra en los medios, el liderazgo se identifica con el individuo que lo ostenta, etc. Este repertorio de cambios en curso, que van creando una metarred, suscita un paulatino distanciamiento entre los ciudadanos de esta Sociedad Red y otra parte significativa de ciudadanos (su vida, actividades y ubicaciones de referencia). El modelo se va haciendo global, que no mundial, puesto que no es posible confundir ambos términos: el primero integra a algunos, sean estos estados, economías o ciudadanos, mientras que el segundo implicaría la plena integración de todos en los procesos emergentes. Si bien los procesos en curso pueden afectar de algún modo a la Humanidad completa, sin embargo, siguen manifestándose procesos de creación, producción y consumo desconectados de esa Sociedad Red.

La base material de esta nueva configuración social en red es un conjunto de nodos interconectados, dándose una menor distancia allá donde las tecnologías de la información garantizan su ágil interconexión. La red es una estructura abierta y de geometría variable, en relación con otras redes a través de unos conmutadores de relación. Los conmutadores que conectan las redes se convierten en los auténticos instrumentos de poder. Toda actividad humana, como el ocio o el trabajo, tienden a coexistir en espacios y tiempos diferentes. Unos, preexistentes, son denominados por dicho autor como espacio de los lugares y tiempo de reloj de la vida cotidiana. Otros, en proceso de configuración, son adjetivados como espacio de flujos y tiempo inmediato de las redes informáticas.

El resultado del proceso descrito, desde la perspectiva de las Políticas de Ocio y Cultura en Iberoamérica, mantiene el redimensionamiento del sector público y el aumento del papel de otros sectores. Pero, en todo caso, el propio flujo, a través del cual se establece un modelo de interacción de carácter radicalmente distinto a lo conocido, cobra todo el protagonismo. En el marco de la Sociedad Red, no asistimos necesariamente a la disolución del Estado, sino más bien estamos ante un nuevo equilibrio entre el protagonismo de otros sectores y la pérdida de liderazgo excluyente de la administración pública. Pero, esto no significa ni su desaparición ni el relevo en este liderazgo exclusivo por otros sectores. Se impone la Sociedad en su conjunto, como la suma de sectores y agentes con propuestas e iniciativas de naturaleza distinta, pero cada vez más interdependientes. Consecuentemente cabe extraer la idea de que la intervención política en el Ocio y la Cultura, de comienzos de milenio, debe ser cada vez más relacional: profundizando en la idea de Sociedad Planetaria, dando un mayor sentido al futuro en ciernes, reforzando el contenido frente al continente, con la preeminencia de la relación sobre el flujo.

2. La naturaleza del fenómeno del ocio

En el entorno descrito, cabe preguntarnos: ¿en qué consiste el fenómeno del ocio? y ¿cuál es el papel a desempeñar por el ocio? ¿en esta sociedad emergente?. El ocio ha sido objeto de manifestaciones de desprecio y afecto en el presente siglo. Como todo fenómeno, conocido insuficientemente en todas sus potencialidades, genera furibundos detractores y apasionados acólitos. Ha sido anatemizado como algo plebeyo y perverso y, al mismo tiempo, convertido en el eje fundamental de una nueva civilización. A este respecto, Enrique Gil Calvo da pistas sobre el origen del desacuerdo en la consideración del fenómeno:

"Ese inicial dualismo premoderno entre clase ociosa y clases forzadas a trabajar ha contaminado la definición moderna de la dicotomía trabajo/ocio, que ha quedado teñida de ese maniqueísmo entre lo socialmente superior e inferior. Pero a causa de una curiosa transvaloración ética (quizá relacionada con la doble naturaleza del "ocio de los antiguos" que se desdoblaba en "vita activa" frente a "vita contemplativa") el traslado del dualismo social ha supuesto una inversión: lo valorado como socialmente superior es el tiempo de trabajo, mientras que lo devaluado como inferior es el tiempo de ocio" (1995:26).

No obstante, en la última década y en las generaciones más jóvenes se observa una nueva inversión de los términos, dotando de un papel secundario al mundo del trabajo en la escala de prioridades. Se está pasando del vivir para trabajar de nuestros mayores al trabajar para vivir de los más jóvenes. El ocio, lejos de ser una cuestión peregrina o intrascendente, motiva controversias y provoca desajustes a las puertas del nuevo milenio: la reorganización del mundo del trabajo, la reducción de la jornada laboral, el impacto económico del turismo, la implantación del cobro de la entrada a los museos, el crecimiento del número de ludópatas, la extensión de la libre circulación al deporte profesional, la aplicación de las nuevas tecnologías a las prácticas de ocio o la normalización del derecho al ocio de colectivos especiales, minoritarios o desfavorecidos. Todas estas cuestiones han sido objeto de atención de académicos, escritores e intelectuales, de debate en los medios de comunicación y de conflicto en foros políticos y sociales. El ocio no es una cuestión secundaria, ni en el plano social, ni en el político, ni en el ambiental, ni en el económico. En el caso de los autores castellano hablantes existe, además, un problema semántico a la hora de referirnos al concepto ocio. Se da una duplicidad de términos en torno a dicho concepto: la propia palabra ocio y la expresión tiempo libre. Entre ambos se produce una indefinición conceptual que no es resuelta por los autores.

El término ocio adquiere distintos significados. En unos casos, aparece vinculado a su origen latino, contrapuesto a tripalium o nec-otium, engarzando con la idea de gratuidad, no-trabajo y libertad. En otros casos, este mismo término lleva asociada una genérica carga peyorativa plasmada en adjetivos, como ocioso, o sustantivos, como ociosidad, que desvirtúan una rigurosa aproximación a su contenido y naturaleza. Así lo expresa José Luis L. Aranguren:

“La palabra misma ocio ha perdido casi todo su sentido positivo, para hacerse sinónima bien de hastío, bien de ociosidad. El hombre hace ya mucho tiempo que no es capaz de soportar un esparcimiento tranquilo y, en general, solamente gusta de entregarse a las frenéticas diversiones que proporcionan los espectáculos de masas” (1961:167).

El Diccionario de la Real Academia recoge un doble significado del ocio como: cese del tiempo de trabajo y entretenimiento en obras de ingenio. La expresión tiempo libre, por su parte, es contemplada también desde una doble lectura como: un tiempo residual compensatorio del tiempo de trabajo o enlazado a la experiencia subjetiva de libertad. El primer sentido es alimentado por la dinámica productiva, mientras que el segundo se vincula a un planteamiento más educativo y social. Los términos recogen tradiciones distintas que se plasman en desarrollos diversos del concepto: el ocio inactivo y reparador frente al ocio liberado y liberador.

En el conjunto de los Estudios de Ocio, la idea del ocio es definida por tres variables fundamentales: tiempo, actividad y experiencia subjetiva. Todas ellas son recogidas por los autores en distintas combinaciones, con presencias y ausencias según los casos. En palabras del autor inglés Ian Henry:

"El ocio es definido en términos de `tiempo residual' o por su `función', tradicionalmente en oposición al trabajo, en términos de `contenido', actividades de ocio, o como un `estado ideal de la mente'” (1993:3).

Desde el momento en que se produjo la primera identificación del ocio con la idea de tiempo, se establece una relación dialéctica con la idea de tiempo industrial. La aceptación de dicha relación dialéctica y del modelo actual de gestión del tiempo supone también la aceptación de su estructura insolidaria. En dicha estructura coexisten: acumulaciones de tiempos productivos y retribuidos, en los que para unos la abundancia económica introduce la utilidad del tiempo escaso, mientras una minoría polimorfa y creciente en número se hunde en el sentimiento de la improductividad. En este contexto, el ocio se ve envuelto en una dinámica en la que es definido como tiempo compensatorio y complementario, vinculándose de modo constate a la negación del trabajo y renunciando a las potencialidades que posee al margen de su interrelación con el mismo. El ocio es un fenómeno mucho más complejo que el mero no-trabajo. Evoluciona con el tiempo, pero éste sólo resulta una de las claves de identificación del fenómeno.

Existe una segunda corriente de pensamiento que interpreta el concepto ocio en relación con un conjunto de actividades. Su materialización en actividades concretas es la experiencia más perceptible del ocio para la mayoría de los ciudadanos. El fenómeno acaba siendo reducido a una taxonomía, más o menos completa, que organiza las actividades en bloques. La actividad es la realidad tangible en la que se manifiesta, una de las variables que definen el fenómeno, pero que no lo agotan en su potencialidad.

Por otro lado, desde la tercera interpretación, el ocio se define como experiencia subjetiva de libertad. Entendemos el fenómeno de modo positivo, no hay negación, pero se impregna de idealismo. En los tiempos de posguerra, la sociedad del bienestar auguraba pleno empleo y protección social. La planificación y la ingeniería social, apoyada en el cientifismo, como nueva religión, consideraba que todo es susceptible de ser analizado, diagnosticado y dirigido. Pero, con la crisis de los 70, la postmodernidad marca el final de los grandes relatos, se presenta como la ideología de una generación sin futuro, crítica ante el sistema de valores que estructura la sociedad. El ocio se percibe exento de su capacidad transformadora anterior. Desde una interpretación como experiencia subjetiva, no se responde a los problemas surgidos de la explotación de los bienes y servicios generados (actividades de ocio) y a los problemas provocados por la reorganización de los ritmos (tiempos personal e inmediato) y de los flujos vitales (espacio de los flujos).

Ante semejante diversidad de enfoques, nos proponemos alcanzar una interpretación relacional del ocio, más integradora, que recupere las aportaciones más significativas de las tres tradiciones. Seguimos en esta tarea a Max Kaplan cuando, refiriéndose al concepto ocio, intenta aproximar los tres aspectos:

"Consiste en una relativamente autodeterminada experiencia y actividad, que participa de la dimensión económica del tiempo libre, que es percibido como ocio por quién lo usa, que es placentero psicológicamente, que potencialmente cubre toda serie de compromisos, que contiene normas y limitaciones características y que posibilita oportunidades para la recreación, el crecimiento personal y el servicio a los demás"(1975:26).

El objetivo es la concreción de una definición suficientemente flexible para integrar nuevas dimensiones y funciones de la nueva realidad social: expresadas en experiencias subjetivas de nuevo cuño, materializadas en actividades de nueva génesis y manifestadas en espacios y tiempos distintos. Con tal fin, podemos definir el ocio, en el marco de la sociedad emergente, como una experiencia personal y un fenómeno social, que participa una serie de dimensiones de carácter autotélico y exotélico, posibilitando o impidiendo el desarrollo de procesos de interiorización y actividad, en el marco de los tiempos y espacios en los que se manifiesta.

3. La cultura a través del fenómeno del ocio

La cultura es, en este contexto, analizable a través las dimensiones del ocio a las que nos hemos referido en la definición. Entendemos por dimensión, cada una de las magnitudes de un conjunto que sirven para definir un fenómeno. Por lo tanto, cada dimensión es un aspecto del fenómeno que configura. En este caso nos limitamos a señalar las magnitudes, las propiedades y manifestaciones, que definen, desde un plano personal y social, el fenómeno del ocio en la actualidad. Las dimensiones del ocio pueden mostrar un sentido progresivo o regresivo, rompiendo con la idílica imagen de la nueva civilización sustentada y apoyada en un ocio plenamente positivo. Se manifiesta, igualmente, como instrumento de crecimiento, maduración, emancipación y bienestar, que como factor de desestabilización, degeneración, dependencia y malestar. De esta manera Manuel Cuenca sitúa la direccionalidad negativa del ocio en el contexto en que: "la realización de esta experiencia se muestra con un carácter negativo, bien desde el punto de vista de la sociedad en la que dicha acción se manifiesta, bien desde la percepción del propio sujeto que la vivencia" (1995:56). Mientras que al referirse a la direccionalidad positiva la define como "la que habitualmente va unida a la vivencia gratificante del mismo, tanto desde el punto de vista de la persona como de la sociedad". No obstante, optamos por presentar, sin discriminación apriorística, todas las dimensiones que consideramos analizables: creativa, lúdica, festiva, ecológica, solidaria, productiva, preventiva, terapeútica, consuntiva, alienante, ausente y nociva.

Así mismo, sus dimensiones pueden favorecer el desarrollo de un ocio autotélico o exotélico. En el desarrollo del ocio autotélico, los fines de los procesos de interiorización o de la actividad encuentran sus límites en el propio ocio. Su experiencia personal y colectiva comienza y termina en los contornos del mismo. Su existencia justifica el fin del propio fenómeno y su desaparición envilece su contenido. El ocio exotélico es aquel en el que los fines son ajenos a su naturaleza intrínseca, el ocio se encuentra al servicio de otros fines. La presencia de factores sociales, económicos, políticos o ambientales condicionan una interpretación extrínseca de la experiencia o actividad de ocio. Una doble aproximación al fenómeno social como sacudida emocional” (Elias y Dunning,1986:100) o racionalización intencional. No obstante, tampoco establecemos el carácter autotélico o exotélico de las dimensiones a priori.

Con el objetivo de profundizar en el concepto de ocio, vamos a recalar en las dimensiones que definen el fenómeno. Cada una de ellas se caracteriza por los procesos personales y sociales que genera, las actividades prototípicas en las que se manifiesta, los tiempos y los espacios en los que se materializa. La taxonomización planteada no se muestra como cerrada e inflexible, puesto que algunas de las dimensiones planteadas pueden desaparecer o verse modificadas, e incluso, puede incluirse otras nuevas en un futuro próximo. Esta última posibilidad es una consecuencia del doble efecto provocado por el espacio de los flujos y el tiempo inmediato. La presencia de una dimensión en la realidad observada no excluye la posible coexistencia con las demás. Sin embargo, su observación nos ha llevado a identificar los procesos, actividades, tiempos y espacios en torno a aquellas que consideramos más definidas en su perfil actual. En el siguiente cuadro, presentamos una taxonomía de las dimensiones, de acuerdo a los aspectos personal y social del fenómeno que permiten definir.

Cuadro 1. Las dimensiones del fenómeno del ocio

DIMENSIONES
PROCESOS PERSONALES Y SOCIALES
ACTIVIDADES PROTOTIPICAS
CREATIVA
Desarrollo personal
Autoafirmación
Introspección
Reflexión
Artes
Turismo alternativo
Nuevos deportes
Deportes de aventura
Hobbies
LUDICA
Descanso
Diversión
Juego
Práctica cultural
Turismo tradicional
Práctica deportiva
Paseos
Tertulia
FESTIVA
Autoafirmación colectiva Heterodescubrimiento
Apertura a los demás
Socialización
Ruptura de cotidianeidad
Sentido de pertenencia
Fiesta
Patrimonio
Folklore
Turismo cultural
Deporte espectáculo
Eventos
Parques temáticos
Parques de atracciones
ECOLOGICA
Vinculación al espacio
Capacidad de admiración
Contemplación
Recreación al aire libre
Turismo urbano
Arte en la calle
Turismo rural
Ecoturismo
Deporte al aire libre
SOLIDARIA
Vivencia del otro
Participación asociativa
Gratuidad
Voluntariedad
Ocio comunitario
Animación sociocultural
Animación turística
Turismo social
Deporte para todos
Asociacionismo
Educación del tiempo libre
PRODUCTIVA
Bienestar
Utilidad
Profesionalización
Industrias culturales
Sector del turismo
Deporte profesional
Establecimientos recreativos
Actividades del juego y apuestas
Servicios ocio-salud
Bienes de equipo y consumo
CONSUNTIVA
Consumo
Mercantilización
Compra de productos, bienes y servicios turísticos, culturales, deportivos y recreativos
PREVENTIVA
Prevención
Precaución
Ocio preventivo
Educación para la Salud
Programas preventivos
TERAPEUTICA
Recuperación
Calidad de vida
Ocio terapéutico
Ocio y Salud
ALIENANTE
Enajenación
Cualquier actividad
AUSENTE
Aburrimiento
Desinterés
Inactividad
NOCIVA
Prácticas abusivas
Dependencia exógena
Ociopatías
Ludopatías

Fuente: elaboración propia

Del cuadro anterior se deriva una reinterpretación de la intervención en el ámbito de la cultura, por un lado, más amplia en sus horizontes y, por otro, más cercana a otros ámbitos del ocio. Se trata de observar el ámbito de la cultura a la luz de su posible interrelación con el turismo, el deporte y la recreación. El ciudadano actual gestiona su experiencia personal y social de ocio bajo los soportes de actividad cultural, deportiva, turística o recreativa de un modo abierto y flexible. La demanda de servicios y productos de ocio es una, aunque la oferta cultural, deportiva, turística o recreativa se muestre fragmentada y dispersa.

4. Un modelo relacional de intervención política en ocio y cultura

De la lectura de los apartados anteriores se derivan algunas tareas que deben completarse en este cuarto, en la formulación de un modelo relacional de análisis, evaluación y diseño de intervención política en los ámbitos del ocio y la cultura. El objetivo primordial consiste en desarrollar un modelo sensible al entorno social y al contexto teórico emergente:

El resultado es un modelo relacional para el análisis, diseño y evaluación de la intervención política en los ámbitos del ocio y la cultura. Dicho modelo se fundamenta en:

La formulación de una propuesta de un modelo relacional de intervención política se fundamenta en la identificación de una serie de parámetros que definen el mencionado carácter relacional. Apuntamos diez parámetros básicos que pasamos a presentar brevemente:

1. Una vez observado el espectro ideológico actual y el trazado que describe su evolución, consideramos que un modelo relacional de intervención política se caracteriza por la búsqueda de nuevas formulaciones ideológicas. Dichas propuestas pueden ocupar el espacio de la actuales, completar los intersticios creados o situarse en los nuevos márgenes ideológicos. Desde la perspectiva relacional, deben hacer frente al problema de la creciente dualización social, por medio de la definición de un modelo de sociedad, que contemple: una escala de valores, la definición del papel de sectores y agentes, el desarrollo de mecanismos de participación política y un modelo económico.

2. Desde la perspectiva de un modelo relacional de intervención política, el ocio y la cultura quedan recogidos dentro de la formulación ideológica, como fenómeno social que son. La definición del papel social desempeñado por el ocio y la cultura debe expresar tanto su significado social como el

modelo que se va a seguir en su desarrollo. Su significado se encuentra íntimamente relacionado con la escala de valores que van a ser potenciados de modo preferente. El modelo de desarrollo depende del papel concedido a todos y cada uno de los sectores implicados, los mecanismos de participación política establecidos y el modelo económico propuesto.

3. Toda intervención política en los ámbitos del ocio y la cultura, desde un enfoque relacional, forma parte de la espiral de la intervención en la que se integran todos los niveles, desde lo global a lo local. La glocalización, desde nuestro punto de vista, es la capacidad de una política para ubicarse en un entorno cambiante y en equilibrio inestable, independientemente del nivel en que se desarrolle. La interdependencia entre los diversos niveles (global, internacional, continental, estatal, nacional, regional, local, social, etc.) conlleva la consideración simultánea de todos ellos en el análisis, diseño o evaluación de la propia intervención.

4. El principio de subsidiariedad recuerda la conveniencia de que toda necesidad sea cubierta por el nivel más cercano a la realidad que la demanda. El principio de corresponsabilidad plantea la implicación de toda decisión y acción en una realidad que trasciende lo más próximo y cercano. El equilibrio entre ambos posibilita la correcta articulación de los distintos niveles, lo que desemboca en la integración de los sentidos (centralidad, desconcentración, descentralización y comunitarización). La integración de los sentidos de la intervención se produce a partir del equilibrio entre los principios de subsidiariedad y corresponsabilidad.

5. La correcta armonización de los sentidos nace del cruce equilibrado de dos ejes: centro/periferia y proceso/resultado. La intervención como proceso es aquella que prima los medios, herramientas, procedimientos y estilos. La intervención como resultado es aquella centrada en la producción, promoción, distribución y difusión de un bien, producto o servicio. La intervención desde el centro es aquella que ejerce una preponderancia en relación con otros niveles subsidiarios. La intervención desde la periferia es aquella que desarrolla una dependencia competencial y de cuota de soberanía con respecto a niveles recurrentes. Toda intervención es central y periférica a la vez. Toda intervención puede ser observada como proceso y resultado. Consecuentemente, los sentidos de la intervención pueden estar presentes en una propuesta relacional de modo simultáneo.

6. Las Políticas de Ocio y Cultura son el resultado de la intervención de diversos sectores (público, privado con ánimo de lucro, asociativo y ciudadanos) y agentes (políticos, técnicos, empresarios, profesionales, directivos, socios, usuarios y activistas). El rombo relacional es el resultado de la presencia activa y la interacción de los mencionados sectores y agentes. Cada uno de los sectores y agentes establece un protocolo de relación con los demás en razón del nivel de aceptación o rechazo de los objetivos propios y ajenos.

7. El principio de coordinación es aquel que recuerda la necesidad de que exista una identificación en los fines que se persiguen y en los medios que se consideren. El principio de participación es aquel que posibilita la presencia de sectores y agentes implicados en el diseño, desarrollo y evaluación de la intervención. La integración de ambos principios se produce por la aplicación de la pedagogía de la comunicación, es decir, el conjunto de estrategias y técnicas que tienen por finalidad aumentar el grado de intrarrelación, dentro de la entidad, y de interrelación, con otros sectores y agentes.

8. La consideración de los perfiles de la sociedad emergente (sobre todo la importancia adquirida por los flujos inmediatos), junto a las dimensiones del fenómeno analizado, nos permiten identificar los ámbitos actuales del ocio (cultura, turismo, deporte y recreación). A partir de los ámbitos identificados, proponemos una taxonomía que responde a una interpretación relacional y transversal de sus contenidos, a partir de cuatro criterios: actividad, espacio, tiempo y participante.

9. El principio de delimitación de contenidos posibilita el establecimiento de límites a la propia intervención, de acuerdo a criterios de competencia, capacidad, organización y comunicación.

10. La praxis política conlleva el desarrollo de normas, planes, modelos de gestión y programas que lleven a buen término los objetivos propuestos. La consideración de un modelo relacional de intervención implica el respeto de una serie de principios en su desarrollo, tales como los de: garantía, protección, consenso, complementariedad, continuidad, control, idoneidad, distribución, impacto, emancipación, inclusión, equiparación, sostenibilidad y calidad.

El modelo resultante es la combinación de dos elementos fundamentales: la ideología y la praxis. El resultado es un modelo relacional de intervención política en los ámbitos del ocio y la cultura. A partir del modelo propuesto, desarrollaremos el grado de relacionalidad de una intervención política en los ámbitos del ocio y la cultura de una entidad pública o privada.

Nuestra preocupación fundamental es garantizar el pleno desarrollo del derecho al ocio de todos los ciudadanos, mediante un modelo de intervención política, más acorde a los perfiles de la sociedad actual. Para lo que planteamos un modelo de análisis, diseño y evaluación de la intervención política en los ámbitos del ocio y la cultura, que posibilite el desarrollo futuro de los derechos ciudadanos alcanzados en la sociedad de bienestar, entre los que se encuentra el derecho al ocio. La respuesta la hemos buscado en la fundamentación y la propuesta de un modelo relacional.

Podemos afirmar que la intervención política en los ámbitos del ocio, por parte de la entidad analizada, manifiesta un mayor o menor grado de relacionalidad cuando: las condiciones del ambiente (contexto, entorno y antecedentes) lo favorecen y los rasgos ideológicos y prácticos propios cumplen una serie de requisitos, como los anteriormente apuntados. Un modelo relacional de análisis, diseño y evaluación de la intervención política en los ámbitos del ocio (cultura, turismo, deporte y recreación), posibilita el desarrollo de los derechos ciudadanos alcanzados en la sociedad de bienestar, entre los que se encuentra el derecho al ocio, al integrar mejor los diversos elementos que se manifiestan actualmente en abierta contradicción.

5. Una política dirigida a los niños y los jóvenes

La propuesta de modelo relacional de intervención política en los ámbitos del ocio y la cultura debe ser sensible a: por un lado, las necesidades y deseos de las personas y ciudadanos a los que van dirigidas; y, por otro, las necesidades y demandas de los grupos sociales que componen la comunidad.

Consecuentemente, dichas políticas deben tener muy en cuenta a la infancia, juventud, adultos, personas mayores, mujeres, personas con discapacidad, marginados sociales, inmigrantes, minorías étnicas, etc. Las Políticas de Ocio y Cultura deben mostrarse especialmente permeables a la diferencia que, como individuo o como grupo, constituye nuestra identidad personal o social. El respeto a la diferencia obliga al desarrollo de un modelo relacional de intervención que implique políticas personalizadas y comunitarizadas. Las primeras sitúan la persona y su carácter único e irrepetible en el eje de la acción política. Lo más importante es desarrollar una intervención política asimétrica, cercana a los anhelos y las necesidades de cada ciudadano. Las segundas se orientan al cuidado de los grupos, colectivos y comunidades que, con su presencia, enriquecen y matizan los perfiles de la sociedad en su conjunto.

Lógicamente, todo lo anterior puede ser interpretado desde la intervención dirigida a los niños y los jóvenes, a la infancia y a la juventud. Cuando marcamos la diferencia entre niños e infancia es porque queremos subrayar que tendremos que diseñar una Políticas de Ocio y Cultura dirigidas a la comunidad (infancia) y otras a la persona (niño). Dicha situación se repetirá en el caso de la juventud y los jóvenes.

Podemos hablar de políticas para la infancia y la juventud, con la intencionalidad de establecer unos parámetros de intervención comunes para esas etapas fisiológicas, psicológicas, sociológicas, etc. que reconocemos como tales. Buscamos los patrones comunes que nos permitan abordar el grupo con medidas adaptadas a su realidad social, económica, educativa, etc. Sin embargo, como consecuencia del avance de los perfiles sociales emergentes, a los que nos referíamos al comienzo de este documento, la fragmentación se une a la segmentación. Dicho de otro modo, junto a la tradicional visión de la sociedad organizada en grupos de sociales y de edad, se abre paso la consideración de diferentes estilos de vida, con una lectura mucho más multivariante. Cada vez resulta más difícil hablar de juventud y más acertado referirnos a jóvenes. Al igual que resulta más ajustado hablar de niños que de infancia. Cada uno de estos colectivos manifiesta un amplio repertorio de estilos y modos de vida que demandan infraestructuras, servicios y productos de ocio y cultura muy diversos.

Las Políticas de Ocio y Cultura dirigidas a la Infancia y la Juventud tienen que, en un diseño relacional, ser permeables a la presencia de áreas sociales marcadas por diferentes estilos de vida. Los niños y los jóvenes se presentan fragmentados, en grupos de perfiles sociales distintos entre sí, que requieren respuestas específicas e integrales. Es tiempo de personalizar las infraestructuras, servicios y productos de ocio y cultura. Y esto último no implica necesariamente multiplicar los recursos, aunque un mayor volumen de recursos puede favorecer una mayor calidad en la oferta. Lo más importante, el factor clave de todo modelo relacional de intervención política, es potenciar la comunicación, la pedagogía de la comunicación, el hábito de establecer diálogo entre los diversos protagonistas de la experiencia de ocio (profesionales y técnicos, ciudadanos y usuarios, responsables políticos, miembros de asociaciones y fundaciones, empresarios, etc.). Por lo tanto, si estas políticas se dirigen al colectivo infantil o joven, lo fundamental es alcanzar un umbral óptimo de comunicación entre sus necesidades, deseos y demandas y la oferta que estamos dispuestos a poner a su disposición.

Notas

  1. Mendoza, X., Técnicas gerenciales y modernización de la Administración Pública en España, en Documentación Administrativa, nº223, Instituto Nacional de Administración Pública, Madrid,1990.
  2. Díaz, A., Estado Relacional y nueva Gestión Pública, en Varios, Alcobendas, Plan Ciudad, Alcobendas, 1998.
  3. Castells, M., La Sociedad Red, en La Era de la Información, vol.1, Alianza, Madrid, 1997 (versión original: The Rise of the Network Society, en The Information Age, vol.1, Blackwell Publishers, Massachusetts, 1996.
  4. Gil Calvo, E., Elogio del ocio, en La sociedad del ocio, Temas para el Debate, nº9-10, agosto-septiembre, 1995.
  5. Aranguren, J.L., El ocio y la diversión en la ciudad, en La juventud europea y otros ensayos, Seix Barral, Barcelona, 1961.
  6. Henry, I., The Politics of Leisure Policy, MacMillan, Londres, 1993
    Kaplan, M., Leisure: Theory and Policy, John Wiley, Nueva York, 1975.
  7. 7. Cuenca, M., Temas de Pedagogía de Ocio, Universidad de Deusto, Bilbao, 1995.
  8. 8. Elias, N. y Dunning, E., The Quest for Excitement in Leisure, Blackwell, Oxford, 1986.
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