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Aulas porosas

11 de diciembre de 2018

María Elena Guntiñas Rodríguez. Santiago de Compostela. IBERCIENCIA. Comunidad de Educadores para la Cultura Científica.
La lectura del artículo “El alma del aula” de Mariano Martín Gordillo me hizo reflexionar sobre cómo fueron mis aulas durante mi trabajo docente y, a la vez, plantearme la viabilidad del objetivo propuesto de que el aula transcienda sus paredes.

Es cierto que uno de los escollos que hay que salvar para conseguir tal objetivo es la rigidez horaria en la organización de los centros, cuestión que, por otra parte, considero que es necesaria para el buen funcionamiento del mismo. No obstante, en muchas ocasiones este inconveniente se soluciona con la colaboración entre varios docentes, lo cual, pueda ser complicado y, tal vez, no muy frecuente, pero así sucedió en mi caso.

Particularmente me resulta difícil de entender unas clases de ciencias de la naturaleza de espaldas al entorno, por ello mi clase-aula salía del centro para sumergirse en el entorno, en muchas ocasiones el más cercano, los alrededores inmediatos, y aquí en el horario establecido, que siempre resultaba muy justo o escaso, se hacían estudios de campo relacionados con botánica, geología, contaminación... Con más frecuencia de la deseada se pisaban algunos minutos de la clase siguiente, lo cual, no siempre resultaba del agrado del docente afectado. Para evitar este mal, cuando era factible, esta clase se impartía antes del recreo, en cuyo caso eran los alumnos los que disponían de menos tiempo de descanso, por lo que no era una solución ideal y no carente de crítica.

En menos ocasiones nos desplazábamos a entornos distantes del centro lo que conllevaba una duración mayor, más de una hora de clase, a veces toda una jornada, disponer de un autobús y una organización más complicada. Para realizar estas incursiones en el entorno mediato, que había que catalogarlas como extraescolares, no solo se precisaba la preparación y elaboración del cuadernillo y material correspondiente, consensuar su realización conjunta y los objetivos con otro colega, bien fuese de la misma o de distinta materia, si no que era necesario tener en cuenta: que no hubiese exámenes, negociar con los profesores para conseguir que cediesen de buen grado sus horas de clase, a lo que la mayoría respondía con suma generosidad, aunque siempre había una minoría que consideraba intocables sus clases, solicitar las autorizaciones paternas y del consejo escolar del centro, lo que requería una gran previsión, además de que constasen en la programación de la materia impartida entregada al iniciarse el curso académico. Todo un reto y un gran riesgo, no había cobertura administrativa, que era asumido de manera altruista por los profesores que se habían implicado con el objetivo de beneficiar el desarrollo educacional de los estudiantes y contribuir a su apertura a la vida.

De manera directa no estuve implicada en las relaciones de los alumnos con el entorno universal, aunque mis compañeros de lenguas extranjeras organizaban intercambios y estancias en distintos países europeos en los que visitaban los centros hermanados y se alojaban en las casas de los alumnos que participaban en el intercambio. Lo mismo sucedía aquí cuando nos visitaba el alumnado de los distintos países concertados. Actualmente la Administración oferta y desarrolla programas que fomentan y desarrollan estancias para formación de los alumnos en el extranjero. Sin embargo, como profesora si participé en intercambios con otros colegas extranjeros, realicé estancias en varios países europeos (Italia, Francia, Finlandia, Irlanda), visité sus centros, estuve en contacto con los estudiantes, asistí a sus clases y conocí de primera mano sus sistemas educativos, todo ello bajo el patrocinio de la Administración. De mano de una organización no estatal conocí muy de cerca la situación carencial de la educación en un país sudamericano. Todas fueron experiencias positivas y muy enriquecedoras que florecieron en el desarrollo de mi labor docente. No cabe duda que, cuando las distancias son importantes y es dificultoso o imposible salvarlas, las nuevas tecnologías son excelentes herramientas para intercambiar opiniones, llevar a cabo proyectos, siendo un ejemplo de ello nuestra Comunidad, un ejemplo que dura 9 años. 

Todo lo expuesto ¿son ejemplos de “Aula abierta”? Al realizar una breve consulta bibliográfica llego a constatar que este concepto de aula abierta comienza a perfilarse en el texto de la Ley Orgánica 2/2006. En esta ley, además de garantizar la educación del alumnado dentro de unos parámetros de calidad y equidad, se establece que el sistema educativo debe compensar las desigualdades personales y sociales de tal manera que la educación del alumnado con necesidades educativas especiales tendría que regirse por los principios de normalización e inclusión asegurando su no discriminación y la igualdad en el sistema educativo. A este respecto, si eran abiertas las aulas, en ellas convivieron una gran diversidad de alumnos que respondían a distintas desigualdades tanto personales como sociales desde mucho antes de entrar en vigor la ley. De aquí nacía el interés de muchos profesores en realizar actividades fuera del aula para dar a conocer el mundo que existía fuera del aula y de los hogares de los alumnos.
 
Con posterioridad se define lo que es un aula abierta, así en el Decreto 359/2009, se dice que las aulas abiertas son aulas especializadas que se crean en los centros ordinarios para facilitar una respuesta educativa al alumnado gravemente afectado, que no puede compartir o cursar el currículo ordinario, aún con adaptaciones curriculares. Es decir que la escolarización en la modalidad de aula abierta se corresponde con una medida específica para la atención a la diversidad del alumnado al que se dirige. Esto es, aulas a las que iban alumnos con necesidades determinadas en las que reforzaban conocimientos de forma independiente de las aulas ordinarias y con profesores especializados, de los que nunca formé parte. Mas me planteo si no serían tan o, incluso, más enriquecedoras e instructivas cualquiera de las actividades realizadas en cualquiera de los entornos.

Otro modo, más reciente, de ver las aulas abiertas es como aulas que pueden ser visitadas tanto por cualquier alumno que sienta curiosidad como por otros profesores con el fin de opinar y aconsejar al colega interviniente sobre el desarrollo, dinámica, de la clase que se imparte. Se considera que la observación entre pares puede disminuir las aprensiones de los docentes a su evaluación. Esto trajo a mi memoria los primeros años de mi docencia, finales de los años 70, en los que en más de una ocasión insté a algún colega a que asistiese a mis clases con el fin de corregir los errores que detectasen. Por aquellos años no se estilaban les encuestas de evaluación del profesor por parte del alumnado, pero a partir del 2000, si se realizaban en el centro estas encuestas siendo el tutor del grupo el encargado de pasarlas y de informar del resultado.

Una publicación de 2018 hace referencia a que los últimos estudios indican que un aula en buenas condiciones puede mejorar el rendimiento de los alumnos hasta en un 25%, por ello hoy día se tiende a cambiar la estructura de las aulas modificando el mobiliario, la iluminación, los colores, eliminando las tarimas y pupitres...y a implantar nuevos métodos pedagógicos. Este es el modelo actual de aula abierta.

Para terminar, quiero hacer mención de: Un proyecto de aprendizaje-servicio: de las Aulas al Mundo. Se trata de un Proyecto Colaborativo de Aula abierta creada por Manuel Jesús Fernández y que la Red Iberoamericana de Docentes apoya su difusión. Su objetivo es ofrecer material y recursos de aprendizaje a potenciales alumnos de campos de refugiados en el que participen niños para tener un contacto real. Lástima que ya no pueda coger este tren, mi vida docente ya terminó y como no he llegado a este nivel de apertura concluyo que mis aulas-clase fueron porosas, muy porosas.

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