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Cambiar el paradigma en educación: un germen de ideas para mitigar el fracaso escolar

1ro de noviembre de 2018

Mag. Susana Alicia Bartolotta, Buenos Aires. Argentina. IBERCIENCIA. Comunidad de Educadores para la Cultura Científica
El fracaso escolar aparece como un verdugo que golpea vigorosamente en las aulas, y si bien excede y traspasa sus paredes ganando visibilidad, la escuela tiene un rol relevante y las estrategias de evaluación que se utilizan en ella, están bajo la lupa.

El concepto de fracaso escolar en el contexto actual resultaría propicio para captar la atención de los nuevos problemas educativos, sin embargo, no en pocas ocasiones las características polisémicas del término inhabilitan el germen de ricos debates y en consecuencia las acciones no ubican puntos de referencia para lograr avances exitosos.

Con una mirada general, el éxito o el fracaso de niños y adolescentes en la escuela formalizan su origen en una gran diversidad de factores que se fortalecen de manera recíproca. Entre ellos, las malas políticas públicas, los diferentes contextos económicos y las características socioculturales de la columna familiar de origen que no siempre favorecen al éxito escolar de los niños. Todos estos aspectos están potenciados con una organización escolar deficiente y ciertas prácticas pedagógicas que consolidan estas probabilidades diferenciales de progreso escolar.

Si nos detenemos en este último caso, la escuela en su conjunto tiende a excusarse de este fenómeno como un resultado que también le pertenece. Sin embargo, entre los factores que inciden en el fracaso escolar, se encuentran las estrategias pedagógicas que ponen en juego los docentes en el aula.

En el panorama de Argentina, la educación tiene urgentes desafíos ya que se ha asumido el compromiso de que todos los jóvenes finalicen el nivel secundario. En tal sentido es necesario superar los serios inconvenientes que entran en juego para lograr que el 50% de la matrícula que no logra graduarse, logre la permanencia y la acreditación final.

En la prueba PISA el 67% de los estudiantes argentinos obtuvieron niveles de desempeño bajos y solo el 0.3% niveles altos. En las pruebas aprender de 2016, dispositivo nacional de evaluación de los aprendizajes de los estudiantes, los resultados fueron dramáticos: el 46,4% de los alumnos de 5° y 6° año del secundario no comprende un texto básico y el 70,2% no puede resolver cuentas o problemas matemáticos muy sencillos. Respecto al área de Naturales, el 36,3% tuvo el rendimiento más bajo, mientras que en Sociales fue del 41,1 por ciento. A partir del análisis de estos resultados es momento de repensar cómo se enseña y cómo se evalúa ya que generalmente no se los asocia al fracaso escolar y se buscan factores exógenos que por sí solos y de manera aislada no estarían justificando la problemática actual.

Según un relevamiento publicado en el año 2017 desde la Dirección de Programas de Investigación de Argentina, el fracaso de los jóvenes que cursan el secundario está explicado por la persistencia de los mismos dispositivos seleccionadores existentes desde el siglo XIX, tal es el caso de las clases expositivas y repetitivas, el aprendizaje pasivo, estrategias de evaluación obsoletas, la desconexión con el entorno próximo y la reducida utilización de las tecnologías.

En este escenario, si bien es indispensable pensar soluciones a mediano y largo plazo, debemos animarnos a diseñar mejoras inmediatas que alcancen a los jóvenes de la generación actual y esta transformación ha de ser liderada nada más ni nada menos que por los maestros y profesores. En este sentido, si bien es conocido que la formación docente está fragmentada, los salarios son insuficientes y el prestigio de esta profesión está menoscabado, una cuestión añeja que debe resolverse con urgencia, también es cierto que existen docentes que en esta profesión están dispuestos a la mejora de los aprendizajes de sus educandos.

A tales efectos, Guillermina Tiramonti insiste en repensar la “escena áulica”: cambiar la concepción del conocimiento, que ya no pasa por la recepción y el copiado de la información, sino en la producción del saber, en el conocimiento tecnológico, en el sentido de “conjunto de instrumentos, recursos técnicos o procedimientos empleados en un determinado campo”. Repensar la escena áulica, cambiar el paradigma, resulta clave para lograr el cambio.

Un avance de gran impacto ocurriría con la implementación de un modelo pedagógico coherente a la idiosincrasia de la población que aloja cada escuela. Optimizado en el transcurso de su aplicación, podría transformarse en un andamiaje de inclusión para cada realidad, mediado con un plantel docente que haya actualizado sus estrategias de enseñanza.

Otro aspecto clave correspondería a cambiar los modelos de evaluación de los aprendizajes que se incluyen en cada proyecto escolar y cuya tendencia es centrarse con cierta rigidez en los logros finales, tiene fines administrativos y desatiende ciertos puntos de partida que facilitarían mejorar los procesos.

La brecha entre la evaluación y el aprendizaje se acentúa cuando se interpreta a la evaluación como sinónimo de calificación. Sin embargo, mientras la calificación hace foco en el producto con una valoración simbólica y aséptica de todo valor formativo, la evaluación centra la atención tanto en los procesos como en los contextos implicados en la enseñanza y en el aprendizaje.

Comprender esta distinción es un puntapié inicial para trabajar en la reducción de una parte de los factores del fracaso escolar, siendo indispensable que el currículum explicite con especial énfasis la función formativa de la evaluación, la forma en que se enseña y en la que aprenden los alumnos, los valores implicados y sobre todo, las consecuencias que puede tener respecto de la inclusión y la exclusión educativa.

Darle la bienvenida a una evaluación de características inclusivas no solo sirve para medir los aprendizajes de los estudiantes sino también para revisar y mejorar los procesos de enseñanza.

Entre las estrategias inclusivas podemos mencionar la importancia de compartir los objetivos de aprendizaje y sus criterios de logro, diseñar y realizar actividades que permitan evidenciar el aprendizaje, efectuar retroalimentaciones oportunamente y brindar oportunidades para la autoevaluación y coevaluación, atendiendo sin excepción los diferentes puntos de partida de la trayectoria escolar de los estudiantes.

Cómo enseñamos y cómo evaluamos siempre merecen un párrafo aparte para investigar, pero pocas veces el resultado de estos análisis genera mejoras que impacten directamente en las particularidades heterogéneas de cada clase.

Es relevante integrar la evaluación al proceso de enseñanza y aprendizaje para visibilizar lo que los estudiantes necesitan para aprender y para que cada docente obtenga evidencias del desempeño de sus alumnos, las interprete y tome decisiones pedagógicas de ajuste, a modo de hipótesis de progresión, sobre los próximos pasos de las instancias de enseñanza y aprendizaje.

Enseñanza y evaluación constituyen las dos caras de una misma moneda y su interacción formativa favorece los mecanismos de autorregulación dirigidos a alcanzar las metas del aprendizaje, potenciando un escenario áulico donde aún las pequeñas innovaciones permiten superar paso a paso los obstáculos que conducen al fracaso escolar.

Sin embargo, la educación en Argentina padece de muchos males, en su mayoría crónicos, sigue estancada y es imprescindible empoderar a los educadores para el cambio.

En la apertura del IX Foro de Calidad Educativa de Proyecto Educar 2050, llamado "Transformar la educación, un compromiso con el futuro, celebrado en este mes de octubre en Argentina, la secretaria de Innovación y Calidad Educativa del Ministerio de Educación y Deportes de la Nación dijo: "No hay más tiempo que perder en la educación. Hay docentes que ya no tienen la luz en los ojos, estudiantes que no tienen ganas de estar donde están porque esa escuela secundaria no les toca el alma, no les significa nada para su futuro".

En este contexto, es urgente promover políticas que puedan cambiar esa mirada docente y lograr que puedan motivar a los alumnos, promover una evaluación contextualizada e inclusiva anexada al proyecto de enseñanza y preservar la relación entre equidad y excelencia que pueda desandar el ocaso y superar el fracaso escolar.

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