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Conflictos de interés en ciencia: ¿cómo hacerles frente?

7 de junio de 2017

Los simposios y congresos médicos se encuentran cada vez más invadidos por presentaciones comerciales, camufladas de hallazgos científicos. Las revistas de ciencia reciben manuscritos para su publicación que enlazan descubrimientos con intereses comerciales ocultos. Los periodistas que escriben sobre ciencia son tentados a escribir sobre nuevos fármacos de efectos milagrosos, en lujosos eventos, realizados en lugares de ensueño. Esas y otras realidades moldean hoy el escenario en el que se proyectan gran parte de las novedades de las biociencias. ¿Cómo hacerle frente a los conflictos de interés que se suscitan?

Por Claudia Mazzeo, Agencia CyTA-Instituto Leloir. OEI-AECID. A comienzos de junio pasado los diarios de todo el mundo se hicieron eco de un estudio dado a conocer por la revista científica British Medical Journal. El estudio ponía de manifiesto que la gestión de la pandemia de gripe A por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) había sido poco transparente, ya que ocultó los vínculos financieros que unían a tres de sus expertos con los laboratorios Roche y Glaxo, fabricantes de Tamiflu y Relenza, fármacos antivirales contra el virus H1N1. La OMS había insado a los gobiernos, varios años atrás, a acumular reservas de esos antivirales para enfrentar la pandemia.

A pesar de que el organismo negó la influencia de la industria en la gestión de la pandemia, el ocultamiento de los pagos realizados por esos laboratorios a los especialistas, en concepto de conferencias y consultas, sumado al hecho de que la gripe H1N1 resultó menos grave que la gripe estacional alimentó las suspicacias. 

“La presencia de conflictos de interés en todas las etapas e involucrando a virtualmente todos los actores que intervienen en los procesos de producción y comunicación de la información sobre temas de ciencia y tecnología en general –autores y revisores de trabajos científicos, editores de journals, profesionales en ejercicio, periodistas de salud- es una realidad relativamente reciente”, señala Ana María Vara, en un trabajo publicado en agosto de 2007 en la Revista Iberoamericana de Ciencia, Tecnología y sociedad (CTS).

Vara, periodista científica e investigadora de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) señala que se trata de una situación que recién comienza a reconocerse de manera cabal, permaneciendo aún ignorada, en algunos casos. Esta es, “la presencia ubicua de fuentes privadas –y, por lo tanto interesadas- interviniendo en la financiación de estas actividades, donde antes predominaban los fondos públicos”.

La especialista agrega que “esto ocurre en muchos ámbitos de la actividad científica, pero es particularmente crítico en la esfera de la salud, y en relación puntualmente con la industria farmacéutica”.

Transparencia
Las revistas científicas, por su parte, vienen tomando diferentes medidas para controlar el impacto de los conflictos de interés en sus publicaciones. Una de las más empleadas consiste en obligar a los autores de los trabajos de investigación a explicitar en sus informes todo vínculo que pudieran mantener con empresas privadas, lo que se conoce como política de disclosure.

Diferentes estudios realizados a lo largo de la última década con el fin de explorar la relación entre el sector privado y los centros de investigación académicos dan cuenta de la existencia de una asociación significativa entre la financiación de la industria y las conclusiones a favor de la industria, así como también se manifiestan restricciones a la publicación de datos, y una tendencia a informar resultados positivos vinculados con el eventual esponsor.

En relación con los conflictos de interés de los médicos, en especial con la industria farmacéutica, instituciones de distintos países han implementado iniciativas tendientes a controlarlos. Algunas de ellas apuntan a prohibir la aceptación de dinero, regalos, viajes o cualquier otra acción que pueda crear una deuda de agradecimiento.

El trabajo publicado en CTS señala que una técnica , tal vez menos difundida, a la que suelen recurrir las empresas farmacéuticas para influenciar al médico es la de facilitar el trabajo de los expertos ofreciéndoles la escritura de los textos que van a publicar luego con su firma en las revistas científicas. De este modo el experto deja de ser el autor para oficiar de mero editor o simple firmante, comenta Ana MaríaVara.  

Por otra parte, un artículo dado a conocer el 8 de junio pasado por el portal internacional de la CNN (‘Bad medical writing hurts public health’, Los malos artículos médicos lastiman la salud pública) indica que “en las últimas décadas, las reuniones de las asociaciones médicas se han transformado más y más en puntos estratégicos de encuentro para que las compañías farmacéuticas y los fabricantes de equipos les hablen a los médicos sobre sus medicamentos y productos. Hoy, gran parte de la investigación en curso está esponsoreada por la industria, y esos encuentros médicos incrementan las oportunidades de las compañías de hacer conocida su marca, promocionando sus productos”, afirma el autor del artículo, Otis Brawley, director médico de la Sociedad Nortamericana de Cáncer, desde el portal de esa cadena estadounidense de noticias.

 “Es una vergüenza que el deseo de inflar los precios de los productos existentes lleve con frecuencia a una excesiva promoción y exageración de hallazgos científicos intrascendentes”, dice Otis Brawley, que es además médico oncólogo.

Pero el especialista va más allá con su análisis de la situación y apunta también a los medios editoriales. Afirma que los buenos periodistas médicos y científicos se están convirtiendo en una especie en extinción, y que la declinación que experimentan esas profesiones es una amenaza para la salud pública.

Señala que la crisis económica reciente ha motivado la desaparición en los medios de periodistas científicos experimentados, los que “son reemplazados por jóvenes inexpertos a los que se presiona para producir artículos forzados acerca de estudios médicos científicamente complejos, muy fáciles de malinterpretar”, afirma Brawley.

La combinación de ambos elementos -científicos y hombres de negocios promoviendo de manera entusiasta sus productos o a ellos mismos, y periodistas inexpertos luchando por darle sentido a las consignas recibidas por sus jefes-, ha dado como resultado la producción de artículos inconsistentes, opina Brawley.

¿Curar personas o ratones? De la esperanza a la frustración

Resulta llamativo que el artículo comentado y que publicara la CNN haya sido escrito por un médico. Pero es el mismo especialista el que explica el por qué de su iniciativa. Dice que lo impulsó a escribir el artículo la reciente aparición en periódicos de renombre de los Estados Unidos y Europa de un artículo que anunciaba la llegada de la cura del cáncer de mama, junto con la promesa de una pronta aparición en el mercado de un test de sangre que permitiría detectar, varios años antes de manifestarse clínicamente, el cáncer de pulmón.

Brawley señaló en su artículo que las promesas de cura del cáncer de mama se basaban en los resultados positivos obtenidos en tan solo seis ratones, y que el test de sangre mencionado, según evidenciaba el mismo estudio, no era más preciso que el diagnóstico por rayos X.

“Lo cierto es que cuando finalmente aparecen voces autorizadas intentando poner el hallazgo en su debido contexto, los medios ya pasaron a otro tema”, dice el especialista y se pregunta: “¿El resultado final? El público se siente perdido en una nebulosa y la esperanza originalmente suscitada se transforma súbitamente en frustración”.

¿Florencia o Pisa?

En este complejo marco, el periodista científico debe desempeñarse con la mayor responsabilidad, teniendo en cuenta que no sólo el público en general sino también médicos y especialistas, políticos y funcionarios se informan a través de los medios.

Con sus casillas de correo colapsadas casi a diario por comunicados producidos por decenas de asociaciones científicas (o pseudocientíficas) y de pacientes; agencias de prensa, laboratorios y organismos oficiales, entre otros, la buena intención y el ojo entrenado no siempre alcanzan para acariciar el objetivo de informar responsablemente.

“Cuando en 1999 era editora del área de Salud en ‘Luna’ (revista femenina, que editaba Perfil), recuerdo que llegó a la redacción una invitación para asistir a un evento, en una hermosa ciudad de Italia, en el que iban a presentarse unas cápsulas contra la celulitis, que ‘prometían’ respaldo científico”, recuerda Ana María Vara.

 “La editora general me preguntó si íbamos a cubrir el tema desde la sección de Salud. La idea del viaje era seductora, pero preferí no hacer la nota. Sugerí en cambio que la cubriera la sección Belleza (que yo no editaba), con la idea de que esa sección gozaba, ante los lectores, de menos credibilidad, ya que no es lo mismo hablar de un producto cosmético que de un medicamento”, relata Vara.

¿Cuáles fueron los resultados? “Una redactora de Belleza viajó e hizo una nota muy importante, que yo no revisé, porque la sección no estaba a mi cargo. La nota decía, entre otras cosas, que se recomendaban esas cápsulas en aquellos momentos en los que se registra un aumento de las hormonas, tales como el embarazo. Todos sabemos que no hay estado más delicado para tomar medicamentos que el embarazo. Hablé con la editora general y le advertí del problema. La verdad es que con ese artículo desinformamos al público”, se lamenta Vara.

Otro ejemplo de la vulnerabilidad de los medios frente a las presiones de la industria lo constituye un artículo aparecido en el diario español ‘El País’ el 22 de diciembre de 2009. En él, una colaboradora de ese periódico en temas de salud describía la llegada al mercado de un analgésico, como “el primero aparecido en 25 años de una nueva generación que marcará un antes y un después” para el dolor agudo y crónico. El artículo periodístico cuestionaba además el desempeño de los médicos al señalar que “sólo el 10% ellos se ocupa de controlar el dolor de sus pacientes”. 

La conclusión era claramente tendenciosa: la mayoría de los médicos no actúa correctamente, dejando librados a su suerte a los pacientes. Pero ahora (¿no preocuparse!) la industria presentaba una nueva y única solución, y se requería la sensibilización tanto de médicos como de pacientes para dejar atrás el problema.

Varios médicos se contactaron con la Defensora de lectores de ‘El País’, Milagros Pérez Oliva, para quejarse por el reportaje, según ella misma cuenta en un artículo que fuera publicado en ese medio el 17 de enero pasado, casi un mes después del reportaje que le diera origen. Bajo el título “Avances médicos con intereses ocultos”, la Defensora, que además de periodista es docente universitaria, explicó que uno de los galenos le señaló, tras realizar una búsqueda minuciosa en las bases de datos más consultadas, que no se había demostrado que ese medicamento contra el dolor resultara ser superior al placebo y su eficacia era muy similar a la de otros fármacos sobre los que existía una mayor experiencia clínica, además de comercializarse a un precio menor.  

Para eludir las acusaciones de los lectores de haber realizado publicidad encubierta del fármaco la autora del reportaje se defendió frente a la Defensora al decir que sus afirmaciones sobre las bondades del fármaco se basaban en 177 artículos publicados en revistas y congresos internacionales, información referidos por uno de los disertantes del congreso donde se presentó el medicamento (y al que ella asistió invitada por la farmacéutica) en Lisboa. Pérez Oliva objeta esa argumentación en su columna al decir que los estudios aludidos habían sido financiados por los laboratorios productores y que la labor de un periodista es tanto verificar la información como también evitar los sesgos que pueda contener.

Pero los errores cometidos en el artículo del periódico madrileño no acaban ahí. Además de haber exagerado las bondades del fármaco (“el primero aparecido en 25 años”), en el reportaje “se disimula que todo el contenido procede de una única fuente, y se omite revelar que esa fuente es el laboratorio productor del fármaco”, dice en la tribuna de lectores Pérez Oliva. Tampoco se menciona que la periodista viajó a la capital lusa invitada por el laboratorio, cuando el Libro de Estilo del periódico establece la necesidad de transparentar estas situaciones ante los lectores. Pérez Oliva concluye su columna de manera terminante. Dice que el reportaje cuestionado es “un ejemplo de lo que no debemos hacer” en periodismo. 

Osteoporosis, calvicie o timidez

Otro punto no menos importante destacado en el impecable trabajo de la Defensora es que las nuevas tácticas que utilizan hoy los laboratorios y otras empresas apuntan no sólo al médico (y su prescripción del fármaco) sino también hacia los propios pacientes. Con ese objetivo en la mira, hacen emerger (incluso crean) problemas de salud, difundiendo de manera sostenida comentarios de especialistas y pacientes afectados con el objeto de sensibilizar sobre el tema, para el que por supuesto ellos tienen la solución.

A propósito de ello, un comentario editorial de Ana María Vara publicado en la edición de la revista Evidencia de septiembre de 2008 describe “el problema de la medicalización de la vida diaria de las personas con fines económicos o de marketing, por medio de la creación de enfermedades o la exageración de situaciones fisiológicas, asociándolas con posibles sufrimientos o patologías. Esto en el medio se conoce como ‘disease mongering’.

¿Qué es el llamado ‘disease mongering’? “Supone convertir malestares o estados normales de la vida en enfermedades, como el duelo o la tristeza convertidos en depresión, el caso de la menopausia asociada a algo que debe tratarse; el abordaje médico de la calvicie, la timidez y los ataques de pánico, el colon irritable y las disfunciones sexuales”, enumera Vara. Y continúa. “También se habla de ‘disease awareness’, que son las actividades que buscan concientizar sobre la existencia de una enfermedad. Forman parte de las estrategias de los laboratorios para ampliar su mercado de clientes: más personas saben (o creen) que están enfermas de algo, más buscan tratamiento, más tienen posibilidades de ser tratadas con el nuevo medicamento. Por supuesto, ningún laboratorio financia campañas de ‘disease awareness’ sobre enfermedades para las que no tengan un medicamento que vender. Y generalmente, para hacer estas campañas, se unen a asociaciones médicas o de pacientes, buscando aumentar la credibilidad”, explica la especialista.

Aún las predicciones más modestas indican que en el futuro los conflictos de interés irán en aumento, entre otras cosas de la mando de la presencia de la industria en la financiación de la ciencia. ¿Cómo asegurar entonces la calidad del conocimiento científico generado en ese marco?

La respuesta no es simple. Requerirá de un mayor aumento del compromiso de todos los actores involucrados. En ese frente, al decir de Ana María Vara, surgirá probablemente una nueva alianza entre científicos y periodistas, en la que ambos se comprometan a colaborar en aclarar todas estas cuestiones. 

Republicación por su gran interés

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