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De Al Gore a Di Caprio: una historia que incomoda

4 de noviembre de 2016

Álvaro Restrepo. IBERDIVULGA. ¿Es el cambio climático una realidad o una ficción? Este es un fuerte debate que aún tiene lugar en los Estados Unidos. Sin embargo, catástrofes naturales tales como sequías, inundaciones, incendios forestales, tormentas tropicales se experimentan en todo el mundo, demostrando que el tiempo de los debates ha quedado atrás. Las situaciones alarmantes que se han presentado en los últimos años no son solo señales de aviso, son tan solo el inicio de una serie de fenómenos de consecuencias nefastas que llegarán a escala global. Siendo el cambio climático por la acción humana el mayor consenso en la historia de la ciencia, incluso por encima de la gravedad, es absurdo pensar que es la creación de una campaña de desinformación masiva para confundir a la ciudadanía, como lo afirman algunos congresistas estadounidenses.

El documental de la National Geographic Before the flood, conducido por Leonardo DiCaprio, aborda de una forma impactante y concisa esta cuestión de interés general. Por medio de una serie de entrevistas y de viajes a lo largo del planeta, nos muestra las consecuencias ya visibles del fenómeno en cuestión y la necesidad de actuar con premura. Desde Groenlandia, pasando por Indonesia, China, India, Kiribati, Estados Unidos, entre otros, vemos los resultados de un modo de producción insostenible, voraz e irreflexivo que nos sumerge en una crisis ambiental y humana. En un mundo lleno de contradicciones, el medio ambiente se muestra implacable. Sin nacionalidad, tendencia política o religión, la naturaleza reacciona sin piedad a las acciones humanas que se han concentrado en su explotación y destrucción.

Acertadamente, se hace una analogía con la rica pintura El jardín de las delicias de El Bosco, donde cada panel representa un estado de la historia humana y, quizás, un vaticinio de su futuro. Desde un paraíso prístino (el jardín del Edén), se pasa a un ambiente corrompido, para terminar en un lugar de cielos negros y sufrimiento. Sin embargo, el tono alarmante de la analogía debe conducirnos a la acción y no al pesimismo o negacionismo que muchos han adoptado. Por ejemplo, el caso de China es particularmente notorio, pues es el mayor contaminante del mundo, incluso superior a los Estado Unidos. Durante los últimos 35 años, el gigante asiático ha sufrido una industrialización intensa, lo cual ha elevado dramáticamente sus niveles de contaminación tanto del aire, del suelo como de las aguas. Asimismo, su crecimiento poblacional es impactante. El panorama ambiental no es positivo para la República Popular, pero gracias a la presión de los ciudadanos se ha logrado que el gobierno adopte una serie de leyes ambientales urgentes que promuevan la implementación de energías renovables, a tal punto que allí se encuentran las empresas de energía solar y eólica más grandes del mundo.

La ironía del cambio climático radica en que mientras algunos debaten su existencia, otros lo están viviendo. No es una cuestión ideológica, afirma Sunita Narain del Centro para la Ciencia y el Ambiente en Delhi, es un hecho irrebatible que afecta la cotidianidad de un gran número de individuos. Para el caso de la India es realmente preocupante, y en general de los países en desarrollo, pues su aporte de CO2 no se corresponde con las consecuencias que tiene que experimentar. Mientras en EE.UU. una sola persona consume la energía equivalente al consumo de 34 de la India, son estos últimos quienes se enfrentan a las lluvias incesantes (e inundaciones) o a sequías mortales constantes. Es cierto que en Estados Unidos también se experimentan, pero la cuestión es el número de pobres y la capacidad estatal para hacer frente a dichas catástrofes.

Así, los más pobres son los más vulnerables. De igual manera, el caso de las islas es inquietante a tal punto que el gobierno de Kiribati ha comprado terrenos en las islas Fiyi para que sus ciudadanos migren con dignidad, ya que a la larga la isla desaparecerá. Igualmente, Palau se halla en una encrucijada, y como lo afirma su presidente: “las naciones de una sola isla, son las que más sufrirán el impacto del cambio climático”. Es una cuestión contradictoria, porque quienes menos contribuyen a la producción de gases de invernadero, verán sus países desaparecer. Ellos serán los futuros refugiados climáticos.

No se trata únicamente de implementar medidas paliativas, considera Narain. Es imprescindible repensar el modelo de consumo y el estilo de vida de muchos países, debido a que es allí donde radica el meollo del asunto. De hecho, junto a la emisión de CO2, estamos destruyendo los ecosistemas con fines económicos. Así, se estima que aproximadamente el 50 % de los arrecifes de coral han desaparecido, y que el resto lo harán de aquí a 2030. Al igual que los bosques (que son deforestados), los océanos son un colchón, porque absorben el CO2 de la atmosfera. El problema es que no lo hacen al ritmo que necesitaríamos para reducir la concentración de este gas y, por ende, sus efectos. Los bosques se ven seriamente amenazados, sobre todo los grandes pulmones que son los bosques tropicales de la Amazonía, la cuenca del Congo y del Sudeste asiático.

La quema y deforestación ha disminuido el número de especies y han contribuido a la aumentación del nivel de gases de tipo invernadero. Su destrucción se hace con fines de explotación de monocultivos (como la producción de aceite de palma) y ganadería. Esta última responde al uso más ineficaz del planeta, donde cabe resaltar el caso de Brasil y de U.S.A. Por ejemplo, el 47% del territorio estadounidense es empleado para la producción alimenticia, de los cuales el 70% es usado para la producción de pienso para el ganado, mientras que el 1% solo se utiliza para la producción de frutas y verduras. Ello no acaba allí, puesto que las vacas son grandes generadoras de metano, algo alarmante si se considera que cada molécula de metano corresponde a 23 moléculas de CO2.

Dentro de las propuestas hechas, se halla el llamado impuesto sobre el carbono, el cual buscaría gravar toda actividad que pueda emitir dicho gas a la atmósfera. El resultado sería el encarecimiento de los productos y una reducción del consumo. Sin embargo, no es una medida con mucho eco. Asimismo, se ha llegado a un acuerdo en la COP 21 en París, donde los Estados se comprometen a reducir sus emisiones. Si bien en un acuerdo histórico que fija directrices verificables para todos los países para alcanzar objetivos, como lo afirma Barack Obama, no es suficiente para tener un impacto contundente. También, él carece de herramientas de coerción para asegurar su cumplimiento. Estas dos corresponden a iniciativas gubernamentales y de la academia para tomar acción inmediata. De igual forma, existe una iniciativa empresarial desarrollada por Tesla que busca, por medio de su giga fábrica, crear baterías energéticas con las cuales reducir la producción, en principio, a nivel estadounidense.

En este sentido, el documental nos llama a tomar acción por medio del involucramiento activo en la lucha contra el cambio climático, el cual ya no busca evitarlo, sino mitigarlo y desarrollar formas de adaptación al mismo. No nos enfrentamos a la extinción de la vida, sino a nuestra supervivencia como especie, en palabras de Ban Ki-moon, saliente secretario general de la ONU: “la Tierra es una barca y si se hunde, lo hacemos con ella”. El cambio es necesario, porque ahora vivimos: “el producto del desecho de la civilización”.

 

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