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De los indicadores a los objetivos: redefiniendo las realidades sociales

16 de octubre de 2016

Álvaro Restrepo. IBERDIVULGA. La búsqueda del desarrollo continúa siendo uno de los grandes puntos de la agenda de un gran número de países, sobre todo de la periferia. El camino hacia la obtención de condiciones mejores que permitan el bienestar social duradero es la meta principal, pero ¿cómo se han definido los objetivos? ¿Cómo se evalúan los avances en esta materia? Esta cuestión es abordada por Sakiko Fukuda-Parr en su charla inaugural Intended and unintended consequences of global goals: The power of numbers to shape agendas, del 21 Congreso Internacional de Indicadores de Ciencia y Tecnología.

Dicho congreso, organizado por INGENIO y el ENID con participación de la OEI por medio de la Cátedra CTS+I Ibérica y el apoyo de la Consejería de Economía y Conocimiento de la Junta de Andalucía, tuvo por fin tratar el tema del uso de indicadores de evaluación y de seguimiento en contextos poco “ortodoxos”, enfocándose en las periferias tanto geográficas como del conocimiento. Asimismo, se ha preocupado por la reflexión alrededor del uso de los indicadores de ciencia y tecnología en situaciones donde su validez puede ser cuestionada.

Esta profesora de la New School en los Estados Unidos, integrante de las Naciones Unidas, directora del reporte del Índice de Desarrollo Humano y promotora del IDH, aprovecha la ocasión para discutir sobre las ventajas y limitaciones de los indicadores en la definición de las metas globales. Para ello, toma el caso de los Objetivos del Milenio (ODM) definidos para el periodo 2001- 2015. Allí, Fukuda-Parr retoma los efectos positivos y negativos de los números, pues en últimas los indicadores pretenden ser representaciones numéricas de una realidad social. No obstante, según defiende la ponente, a la vez que representan, transforman y redefinen esa realidad social.

El caso particular de los ODM muestra el éxito de su adopción y aplicación, a pesar de sus muchas falencias. Retomados por instituciones que se preocupan por el desarrollo, estos números adquieren relevancia y utilidad, a tal punto que vencidos sus términos en 2015, se crean unos nuevos bajo esta metodología llamados Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS). Su popularidad radica en que es una forma clara y concisa para definir prioridades para el desarrollo en la comunidad internacional. Buscan ser comprensivos y establecer prioridades por medio del acuerdo internacional de unas normas internacionales alcanzadas a través de la negociación. Son simples, mesurables y enfocados en los resultados. Su funcionalidad los hace sumamente deseables tanto para las políticas, análisis y gestión con un sustento en los hechos.

Ahora bien, además de su practicidad para abstraer las realidades locales y hacerlas comparables, contribuyen a la distorsión de la realidad. Como lo afirma Fukuda-Parr, entre los inconvenientes de describir los objetivos sociales con indicadores están: 1) el reduccionismo de la cuantificación; 2) la intangibilidad de lo social; 3) el poco énfasis en los medios por los cuales se alcanzan los resultados; 4) son inadecuados para un cambio social transformativo; 5) se convierten en objetivos de planeación. De hecho, si bien en su origen los ODM fueron concebidos para comunicar, llamar la atención y monitorear, luego se transformaron en puntos de la agenda. Así, unas herramientas de seguimiento y evaluación se convierten en elementos configurativos de la política distorsionando la realidad social. El problema central es que aquello que no está en los indicadores es puesto de lado y no es incluido en el debate público. Así, se redefinen las realidades sociales, prioridades, conceptos y hasta comportamientos.

Aquellos indicadores se transforman en estándares de comportamiento, de desempeño, que enmarcan el “buen actuar”. Entonces, definen la manera de interacción con un fenómeno al tiempo que lo interpreta (define). Varios ejemplos son citados; a manera de ilustración, el empoderamiento de la mujer que es traducido en paridad de acceso a la educación, entre otros. Ello no solo no representa al empoderamiento, sino que resta importancia a otros fenómenos relevantes para dicha problemática. Finalmente, es necesario considerar que los ODM han sido creados. De este modo, están marcados por los intereses y creencias de las personas e instituciones participantes en su elaboración. Un ejemplo claro es el paradigma de pobreza que propugnan, el cual va encaminado a la satisfacción de las necesidades básicas como la construcción de escuelas, restaurantes, etc.; es decir, busca llevar los servicios a los más pobres. Sin embargo, la ponente expone que es una perspectiva conveniente al modelo económico, porque no lo toca, son solo medidas paliativas. Lo que debería hacerse es repensar el modelo que da pie a la pobreza, a las desigualdades y a la exclusión. Los ODM usaron el poder de los números para crear una definición de desarrollo, lo cual constituye un marco hegemónico que circunscribe el margen de acción (Fukuda-Parr citando a Cox). 

La reflexión de Fukuda-Parr nos conduce hacia una perspectiva crítica sobre instrumentos que son normalmente citados como los indicadores. Más allá de representar, también dan sentido y enmarcan. No son sólo cuantificaciones, hay ideas de fondo y vehiculan discursos. Lejos de ser neutrales, los indicadores y las metas, u objetivos, constituyen herramientas de poder que no responden necesariamente a los problemas a los cuales buscan darles solución. Por ello, es necesario comprender su utilidad, pero también considerar los inconvenientes que acarrean.

Los compartimos la grabación (en Inglés)

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