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El largo y sinuoso camino

26 de febrero de 2018

Cecilia Rosales Marsano, Mendoza, Argentina
IBERCIENCIA Comunidad de educadores para la cultura científica
Pontificia Universidad Católica Argentina, Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas
El camino que las mujeres venimos recorriendo desde que nos planteamos el desafío de estudiar e ingresar al mundo laboral y profesional es largo y sinuoso. La historia nos demuestra las consecuencias que sufrieron las mujeres para lograr algún protagonismo, desde Juana de Arco, hasta las Brujas de Salem. Hoy afortunadamente los tiempos van cambiando y las actitudes frente a las féminas que desafían los roles atribuidos por la sociedad en la que les toca vivir, no concluyen en una hoguera material, aunque en ocasiones quedemos tostadas al calor de la fricción. A continuación una apreciación, para nada objetiva, de la experiencia vivida por una niña, nacida en los 60´s, a quien le interesaban las ciencias exactas en una ciudad del interior de la Argentina.

“…Pero a pesar de todo, ellos me devuelven
al largo y sinuoso camino…”
Fragmento de la letra de la canción The long and winding road de John Lennon y Paul McCartney.

El 14 de marzo de 2011, la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer de las Naciones Unidas aprobó un informe relativo al acceso y la participación de la mujer y la niña en la educación y capacitación, impulsando la igualdad de acceso de la mujer al empleo y a un trabajo decente. Este hito es trascendente, pero a la par resulta un poco doloroso, en tanto que esta declaración pone de manifiesto que aún bien adentrados en el tercer milenio, la participación de la mujer en ciencia y tecnología, resulta minoritaria y como tal continúa necesitando ser defendida. Indudablemente la igualdad de género es un tema central para las Naciones Unidas, ha sido explícitamente incluido entre los objetivos y metas de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible con el Nº5 y es bueno que así sea. Sin embargo tenemos que ser conscientes de que su consecución, no es tan sencilla como la de los objetivos Nº 6 “Agua limpia” o Nº7 “Energía accesible”, ya que depende de un cambio cultural, y no de mayor inversión o adelantos tecnológicos como es el caso de las redes de servicios. En la medida que entendamos esta cuestión, podremos ser realistas en cuanto a los logros a esperar para el 2030 en esta materia. Las culturas dominantes en las distintas regiones del planeta, asignan a la mujer en diferentes funciones, que terminan siendo condicionantes, ya que el rol de la mujer es estipulado por la familia, mucho antes de su inserción escolar. Las familias inculcan en nuestro inconsciente, el papel que vamos a desempeñar a lo largo de nuestras vidas, que generalmente es el mayoritariamente aceptado por la sociedad a la que pertenece el grupo familiar. Así el germen de la ciencia tiene muchas más posibilidades de prosperar en aquellas sociedades que valoren la independencia de la mujer y un rol que vaya más allá de la crianza de los hijos o el cuidado de los ancianos y enfermos. Por otra parte a lo largo de la historia, los modelos de mujer descriptos a través de numerosas novelas, en su mayoría de autoría masculina, ayudaron a forjar heroínas a la medida de los valores imperantes. Hoy afortunadamente existen numerosas voces, entre ellas, las de autoras que brindan su perspectiva, conocida como “de género”, a mi criterio en una muy poco feliz denominación. Por otra parte, merced a las TICs, estos relatos populares han mutado de soporte y por efecto de la globalización, llegan a distintos lugares del planeta, permitiendo cuestionar, para bien o para mal, el lugar asignado a la mujer en la cultura en la que nos encontramos inmersas.

Choque de culturas:

Sin lugar a dudas el rol de la mujer en occidente, hubiera transcurrido, para bien o para mal, de modo diferente si los americanos hubiéramos descubierto a Europa. Lo cierto es que nuestras grandes civilizaciones veneraban deidades femeninas, como la Pacha Mama, también conocida como Madre Tierra, quien se ubicaba muy alto en panteón americano, cuando desembarcó un Dios creador, junto con toda una Trinidad masculina que se impuso de manera dominante. La existencia de deidades femeninas de peso, representa el valor que le da a la mujer, la sociedad que las venera. El cristianismo en el siglo V, ya había vislumbrado la estrategia de impulsar el culto mariano para hacerse popular y extenderse en aquellas sociedades paganas de la antigua Europa y en Oriente Próximo donde se continuaba adorando algunas diosas precristianas, tales como Isis, Diana o Artemisa, que en general desempeñaban el rol de madres de dioses. Entonces en América aplicaron idéntica práctica, para absorber los cultos existentes y evitando mayores conflictos. Así la veneración hacia Tonantzin, conocida como “nuestra madre”, quien simbolizaba el poder femenino y la fertilidad en territorio azteca, o hacia la Pacha Mama en la región andina, se fueron confundiendo con la devoción mariana. De este modo la Virgen María a partir del sincretismo ocurrido, termina impregnada de algunos atributos de las deidades femeninas precolombinas y encarnando el símbolo de la conquista persuasiva. Con esta lógica, no resulta sorprendente que con el transcurso de los siglos, la misma María bajo diferentes advocaciones, culminara representando el nacionalismo mestizo y la independencia. Ejemplos de ello, son la Virgen de Guadalupe en México, declarada “Protectora” de la rebelión, por los sacerdotes Hidalgo y Morelos y la Virgen del Carmen de Cuyo quien recibió de las manos del general San Martín su bastón de mando y fuera nombrada nada menos que “Generala” del ejército de Los Andes. Sin embargo estos honores no derramaron en mejores oportunidades para las niñas latinoamericanas, su rol ya había sido prescripto y pasaron muchos siglos para que pudiera asumir otras funciones fuera del seno familiar.

Para muestras, basta un botón. Entiendo que otro aspecto a analizar, dentro de las vocaciones de las niñas de América, es la brecha cultural entre los países colonizados por los latinos y los anglosajones, puesta de manifiesto a través de la ética católica y la protestante. En este sentido resultan interesantes los argumentos de Max Weber, quien en 1905, en su obra “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, postula que no es la ambición por el dinero sino la ideología religiosa, la que rige las conductas de las personas y sustenta las culturas de los pueblos. Para el autor, lo que caracteriza a la ética protestante, en particular la calvinista, es el ascetismo y la piedad. Entonces, si bien la adquisición de dinero se considera un valor, no se logra de cualquier manera, sino que el modo privilegiado para obtenerlo es el trabajo y el de conservarlo, es austeridad. Continuando con su razonamiento, la racionalidad protestante permite obtener la máxima cantidad de riqueza a partir del trabajo y por ende acumular más capital por medio del ahorro, lo que no observaría entre los católicos. A pesar de que los argumentos de Weber han sido debatidos en el plano teórico, su validez empírica resulta evidente. Posteriormente otros autores, atribuyeron el mayor nivel de desarrollo y productividad de las sociedades anglosajonas, a la doctrina protestante, de libre interpretación de la Biblia, considerando que dicho precepto impulsa el interés por aprender a leer, por lo que las sociedades protestantes valorarían más la educación e invertirían más en ella. Desde esta perspectiva es la mejora en la educación, impulsada por propósitos religiosos, la que tendría un efecto positivo en la economía al dotarla de un mayor capital humano. Una vez más les pido que me permitan citar un ejemplo cercano: los estudios a los que pudo acceder mi mamá, hija de italianos, versus los que pudo encarar su amiga del alma, hija de suizos. Ambas egresaron de la escuela normal en 1947 con su título de maestras, pero querían continuar estudiando. Mi abuelo, dueño de una próspera farmacia, más movido por su cultura del “paterfamilias” que por una decisión racional, ya que tenía evidencias que su hijo varón no tenía ni la más mínima vocación de estudio , ni de farmacéutico y, a la postre, lo demostró liquidando el negocio familiar, no dejó que mi madre estudiara esa carrera, destinada a su heredero. Tras mucha lucha la autorizó, que a su coste, estudiara un profesorado, profesión más acorde al rol asignado a una mujer católica “mater et magistra”, mientras que su amiga se convirtió en la primera ingeniero agrónomo de la provincia.

 

Mujeres de maíz

Como “el que avisa no traiciona”, les recuerdo que estoy opinando, por lo que estoy narrando desde mi perspectiva femenina, nacida en los 60´s y criada a metros de la Virgen del Carmen a quien San Martín entregara su bastón de mando. La educación en la Argentina en esa época era muy buena, descollando frente a la de otros países latinoamericanos y yo era una niña muy curiosa, estimulada por mis padres de quien era su único retoño. No es de esperar que ambos pusieran en mí todos sus anhelos, incluso aquellos sueños que no pudieron realizar. En este contexto mis clasificaciones no tardaron en destacar y mi inclinación hacia las matemáticas se puso de manifiesto. A la hora de elegir una carrera, las expectativas de mis padres me llevaron a elegir una profesión independiente y no a estudiar algún profesorado. Por otra parte mi orientación hacia las ciencias exactas y mi condición de hija única, que no me permitía moverme de Mendoza donde no había una gran oferta de carreras en la tan valorada universidad pública, me llevó a elegir ingeniería industrial. Desde ese momento hasta hoy, me parece que han transcurrido unos instantes, ya que como mi generación también tenía que responder a otros mandatos, a los veintisiete ya tenía el diploma de “ingeniero”, marido, hija y trabajaba en una empresa eléctrica donde había muy pocas colegas, como pocas habían sido mis compañeras en la facultad y menos las que continuamos trabajando en la profesión, una vez obtenido el título, por la superposición con los roles de esposa y madre. Una vez más el apoyo de mis padres y también la comprensión de mi esposo, me permitieron continuar en el ruedo laboral, donde reconozco que algunas veces resigné oportunidades, no por presión de mi familia sino por propia convicción para atender a mis hijos. Ellos, que en la actualidad superan la edad que tenía cuando nacieron y permanecen solteros, sin apuro, se burlan de mi nivel de auto exigencia, pero volvería a hacerlo si contara con el estímulo y el apoyo de mis padres quienes fueron esenciales para que mi anhelo infantil se hiciera realidad.

Hoy afortunadamente la sociedad acepta la igualdad de oportunidades, al menos en lo discursivo, y nadie puede oponerse explícitamente a ella sin quedar como un retrógrado. Lejos quedó el único baño compartido por todas las mujeres en la facultad de ingeniería, que coexistía con los numerosos de varones: docentes, no docentes y alumnos, etc. Sin embargo, la discriminación “no sana” sobre las aptitudes, capacidades o habilidades de las mujeres, persiste en la cultura y se pone de manifiesto en los colegios, las universidades, en el ámbito laboral y en diferentes instituciones, donde aún se asignan funciones “acordes al género”, que por supuesto generan diferencias a la hora de los avances en la carrera profesional y en las remuneraciones, a la par que se espera de nosotras la sumisión ante las inequidades que nos toca digerir.

En definitiva, la constelación de mujeres está integrada por aquellas niñas que lamentablemente no tuvieron ninguna oportunidad; aquellas que teniendo las posibilidades, no se animaron a estudiar; aquellas que intentaron, pero abandonaron; las que terminaron su carrera, pero no ejercen para cumplir con otros roles; las que continúan ejerciendo su profesión en instituciones creadas por los hombres, adecuadas a las necesidades masculinas, cuyas reglas no contemplan las distintas etapas del ciclo de vida de las mujeres, entre tanto sus reglamentos tienen la rigidez del sexo fuerte en cuanto a horarios y otros aspectos. En muchas charlas informales y valiéndose de la ironía, aún se deslizan comentarios acerca del privilegio que constituye la licencia por maternidad o por atención de un niño enfermo.

Por supuesto que resulta prioritario atender el segmento de niñas que no tienen recursos y este debe ser objeto de la mayor ocupación por parte de la sociedad, los gobiernos y todos aquellos que toman decisiones o pueden influir sobre éstas. Pero una problemática no menor donde poner el acento es en el seno familiar, dentro del cual las niñas son condicionadas de modo inconsciente, a partir del rótulo que se les coloca y el papel que la mujer tiene asignado en el núcleo íntimo, mucho antes de su ingreso al sistema educativo. Tengamos en cuenta que a la edad temprana, dentro del hogar, se internalizan los modelos y sus roles, se impulsa, o no, la curiosidad y se despiertan, o no, los anhelos que le brindarán a las niñas la fortaleza y seguridad necesarias, para emprender y continuar en el largo y sinuoso camino elegido dentro de una cultura, donde aún somos minoría.

Congreso Iberoamericano de Ciencia, Tecnología y Género

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