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La esperanza de la red de Escuelas Rurales

29 de julio de 2018

María Elena Guntiñas Rodríguez. Santiago de Compostela. IBERCIENCIA. Comunidad de Educadores para la Cultura Científica.
Por mi cooperación en el intercambio de experiencias con profesores de escuelas rurales conozco las dificultades, la falta de recursos y el sentimiento de soledad y abandono al que se enfrentan muchos educadores de zonas alejadas de las ciudades, así como su lucha y valor para dar una educación de calidad.

En mi carrera docente no consta mi experiencia como maestra de una escuela rural, desconozco los pormenores del trabajo diario en el aula que llevan a cabo muchísimos docentes en todo el mundo, pero si conozco de primera mano, los esfuerzos que realizan para mejorar la formación, la calidad de la enseñanza, los sinsabores, el sentimiento de soledad, de muchos de ellos. Por ello es interesante y deseable la posible formación de la Red de Escuelas Rurales.

Mi afirmación se basa en la conclusión a la que llegué después de reflexionar sobre mi participación como cooperante en la acción solidaria de la Asociación Española para la Enseñanza de las Ciencias de la Tierra (AEPECT) de la campaña de 2005. Esta acción sigue vigente actualmente y, ahora y en aquel entonces, está integrada por docentes que aprovechando las vacaciones de verano, como se procede en muchas ONG, van a Bolivia y a Perú de forma desinteresada a intercambiar experiencias con los profesores de dichos países.

En el año 2005 la acción se llevaba a cabo exclusivamente en Bolivia, aunque un compañero de los 9 del grupo que nos desplazamos, prorrogó su voluntariado en Perú tras las gestiones realizadas de forma particular, de este modo es uno de los iniciadores de la Acción en tierras peruanas. En consecuencia, mi conocimiento de las escuelas rurales latinoamericanas se limita a algunas de Bolivia y alguna de Galicia a la que fui a impartir una charla. Huelga comentar que la experiencia más impactante, novedosa y enriquecedora, a nivel personal, fue la llevada a cabo en Bolivia.

Previamente al viaje preparé para compartir con los colegas bolivianos, en esos momentos desconocidos, un taller sobre ecología fundamentalmente práctico, en el que dedicaba una unidad específica sobre el estudio del suelo, esto es, edafología, ya que partía de la premisa de que me resultaría más fácil de realizar debido a mi carencia del trabajo de campo en tales tierras y por tal inexperiencia surgirían dudas en la flora, fauna..., aunque presumí contar con la colaboración del profesorado autóctono en tales circunstancias.

A la hora de hacer el equipaje decidí llevar el menor material didáctico y práctico posible, quería tener la experiencia de realizar el taller con los recursos que podría disponer cualquier profesor del país, de tal manera que los materiales se redujeron al libreto del taller, papel milimetrado y unas tizas de colores. Por qué llevar probetas, vasos de precipitados, matraces, tamices, si podría haberlos? Y si no los había? Tendría que solucionarlo, buscar alternativas. Tenía la profunda convicción de que lo importante era el procedimiento y sus problemas serían mis problemas.

Fueron muchos los escollos encontrados, muchas las dificultades para encontrar algún material y así en vez de cuerdas, utilizamos lanas, hasta que pude comprar cuerdas. Para medir vino bien el papel milimetrado en sustitución de las correspondientes reglas. Los coladores culinarios fueron los tamizadores. Las botellas de las bebidas refrescantes y los vasos de plástico del avión guardados “por si acaso” adquirieron la condición de vasos de precipitados, probetas y matraces. Como reactivo, disolvente...único, el agua. Tardé mucho tiempo en encontrar mapas de los lugares o zonas en las que trabajaba, para ser precisa, de las zonas de los cuatro distritos de trabajo, sólo tuve éxito en una. 

Tampoco encontré guías sobre flora o fauna específicas, las cuales serían una gran ayuda tanto para mi como para los profesores que asistieron al taller, puesto que también desconocían la identidad de los especímenes que encontrábamos en nuestros trabajos de campo. A este respecto he de poner en valor y manifestar la satisfacción que me ha producido hallar, recientemente, en la red información sobre la Chiquitanía, una de las zonas de trabajo. Algunos ejemplos de ello son Plantas de los cerrados chiquitanos, Mamíferos del Chaco y de la Chiquitanía de Sta Cruz, Fauna en el Bosque chiquitano o Aves del bosque chiquitano y Pantanal Boliviano, todas ellas publicadas a partir del año 2010. También he visto alguna publicación en inglés, lo cual es importante pero resulta un gran inconveniente para las personas que no son competentes en ese idioma.

La consecuencia del modo de proceder anterior originó que mis recursos didácticos fueran el libreto del taller que había elaborado, en el que se desarrollaba el contenido teórico de las actividades a realizar, del cual pude hacer las fotocopias pertinentes, las tizas de colores que fueron de gran ayuda en el uso de la pizarra, el papel milimetrado para medir y hacer gráficas y una bolsa de plástico que contenía coladores, botellas y vasos de plástico que se correspondían con el material de laboratorio. Es fácil imaginar la cara de estupor de mis colegas bolivianos al verme entrar en el aula en la que esperaban con mucho respeto al colega español que le iba a descubrir nuevas y mejores técnicas y recursos de aula.

Es cierto que el inicio del taller parecía augurar un sonoro fracaso, pero se dio la circunstancia de que para la mayoría de mis colegas su desarrollo les permitió realizar sus primeros trabajos de campo, la elaboración de gráficas con los datos propios obtenidos, así como la importancia del conocimiento del medio inmediato a la escuela, resultando al final una experiencia positiva.

En aquellas fechas muchas escuelas no tenían luz, ni teléfono, ni por imaginación un ordenador. En alguno de los destinos había un establecimiento con uno, dos o tres ordenadores que podías usar, cuando funcionaban, con velocidad lenta y pagando la tarifa estipulada. La mayoría de los profesores no podían permitirse ese lujo con el bajo sueldo que percibían, como tampoco la compra de libros, ni tenían tiempo para ello por ser pluriempleados... Sin embargo, se desplazaban diariamente desde sus escuelas al lugar donde se impartían los cursos mediante cualquier medio de transporte y la mayoría de las veces andando.

Fueron muchas las lecciones de vida que aprendí. De todas ellas, la más relevante fue la del conocimiento casual de una maestra de una escuela rural de la zona preandina que vivía con sus alumnos en una casa aislada en esa zona montañosa, en medio de la nada, al borde de una “carreterita ripiada”, a muchos kilómetros del primer pueblo. Me impresionó la alegría que demostraron tanto ella como sus alumnos al ver como cuatro profesores españoles se paraban para conocerlos. Recuerdo la mirada de los niños, la de ella, sus muestras de afecto...Y la tristeza que me embargó al comprobar que no disponía de material de apoyo alguno, que todos los recursos didácticos se reducían a ella... Pero lo más impactante fue oírle decir que llevaba tres años sin hablar con otros compañeros de profesión, ni había recibido una visita administrativa. ¡Cuánto Abandono! ¡Cuánta Soledad!

 Este testimonio de vida dedicada a enseñar es una prueba contundente para desear que el proyecto de creación de una Red de Escuelas Rurales tenga éxito, aunque para ello haya que solventar muchas carencias, ya que lo importante es EMPEZAR.

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