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La mujer no científica que apoyó a una niña para ser científica

30 de enero de 2017

Blanca Estela Gutiérrez Barba. Para Iberdivulga
Mi padre fue agricultor en Jalisco, México; la pobreza de la tierra lo trajo a la Ciudad de México, pero no se vino solo, se trajo sus raíces, sus costumbres y sus prácticas. En casa se criaban cerdos y gallinas y se cultivaba chiles, jitomate y tomate en el poco espacio que había para los cuatro hijos, papá, mamá más los corrales y macetas.

Mi infancia transcurrió en un ambiente urbano (periurbano para ser precisa) naturalizado. Las expectativas familiares de estudio para las niñas más grandes (mi hermana y yo) concluían con la educación primaria. Pero tuve la suerte de que en mi municipio abrieron una escuela secundaria a dos calles de mi casa y mi madre convenció a mi padre de que nos permitiera estudiar ese ciclo. Al terminar, mi madre lo siguió convenciendo de que ella podía sola con la casa y los dos hijos chicos, por lo que sus dos hijas mayores podían seguir estudiando si lo deseaban.

Estudié un bachillerato orientado a las ciencias biológicas y mi primera intención de estudio fue ingeniería agronómica en una especie de reencuentro técnico con la tierra. Mi padre se opuso, por aquellos años estudiar esa carrera entrañaba ser interna de 24X6 y la matrícula era (y sigue siendo) predominantemente de hombres. Hablamos de los años 70, había pocas carreras socialmente conocidas y reconocidas y Biología no era una de ellas, para mí era otra alternativa de estrechar mi vínculo con la naturaleza y me matriculé; mi padre no se opuso, debo reconocer que me aproveché del poco conocimiento que la sociedad (y mi padre) tenía de la disciplina.

Estudiar Biología me posibilitó reencontrarme con los bosques, el mar, el desierto, la pradera y mi pueblo natal al que tantas veces regresé para colectar reptiles, peces, anfibios para las colecciones escolares. Las prácticas de campo de semanas, me permitió tener una amistad entrañable con mis compañeros de clase con quienes sigo en contacto a casi 40 años de haber terminado la carrera.

Mi preparación en Biología me ha permitido incursionar desde hace cerca de veinte años en la educación ambiental. Ahora mi investigación también se centra en un ser vivo y en sus relaciones, pero la tarea es más compleja, se trata de mi especie, nuestra evolución cultural le imprime una complejidad diferente a dichas relaciones. Para entender esta complejidad no me bastó mi formación en biología y tomé un doctorado en ciencias de la educación, del que me gradué a solo dos años de entrar a mi tercera edad, los 60.

Lo que soy, socialmente hablando, se lo debo muy especialmente a mi madre, esa mujer que quiso y logró que sus hijas cumplieran su proyecto aun en contra de una rancia tradición de asignar un lugar doméstico a las niñas y mujeres.

Con esta carta, quiero retribuir en otras niñas, lo que esa mujer no científica hizo para que una niña fuera científica y espero animar a las madres de familia a impulsar a que sus hijas sean científicas teniendo presente que las mujeres científicas nos casamos, tenemos hij@s, tenemos amig@s, cocinamos, bailamos, cantamos y muy importante: somos felices; lo que al final del día, es lo que toda madre busca para sus hij@s.

Con cariño

BLANCA ESTELA GUTIÉRREZ BARBA

 

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