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Laboratorio de vida - Aprender a aprender las ciencias

28 de julio de 2018

Zózima González Martino. Montevideo. Uruguay
IBERCIENCIA Comunidad de educadores para la cultura científica
Este trabajo refiere al cambio de paradigma en la enseñanza de la ciencia y la necesidad de humanizar la ciencia. Reconoce el valor de la emoción para los procesos de enseñar y los procesos de aprender, que se dan desde el nacimiento y durante toda la vida. La escuela necesita cambiar y tejer puentes con los diferentes actores sociales.

Se define la ciencia como el conjunto de conocimientos que se organizan de forma sistémica y que se han obtenido a partir de la observación, experimentación y razonamiento dentro de áreas específicas. Al decir de Pablo Freire, hacer ciencia es “descubrir, desvelar verdades sobre el mundo, los seres vivos y las cosas, que descansan a la espera de ser desanudadas”.

La ciencia se construye socialmente como las demás actividades humanas, con lo cual está sometida a las influencias de la sociedad y su cultura. El conocimiento científico es un producto cultural, la importancia de sus logros y la comprensión de su naturaleza se ve reforzada por el conocimiento de su contexto histórico.

Desde las edades más tempranas, se genera espacios de encuentro donde la emoción es la invitada especial para acercarse al fascinante mundo de la ciencia, la tecnología, la innovación y el ambiente.

Tener vocación científica es poseer desde el nacimiento habilidades especiales para realizar diferentes actividades. Desde que nace, y aún antes, el niño aprende el mundo que lo rodea. Lo hace a través de sus sentidos e interactuando con los objetos que lo rodean: toca, chupa, observa, juega, huele, escucha.

Es entonces que identificamos herramientas de aprendizaje que tendrán que estar presentes durante toda la vida: curiosidad, observación, asombro, exploración, descubrimiento, experimentación, acción creativa, pregunta, resolución de problemas, trabajo en equipo, comunicación, juego.

El proceso de aprendizaje se realiza de acuerdo a las propias posibilidades, se nutre de datos que van adquiriendo significación y sentido. La inclusión de los diferentes contextos con los que interactúan el niño o el joven, aún el docente, puede animar e incentivar la participación, el interés y compromiso con la ciencia.

La enseñanza y aprendizaje de la naturaleza de la ciencia es un tema candente, complejo y apasionante; coexisten argumentos de tipo lógico y racional con otros más sutiles de carácter personal, social o emotivo.

La construcción del conocimiento científico no está vinculada exclusivamente a aspectos racionales y cognitivos. En sus primeras etapas tiene carácter sensorial, acumula datos a través de sus sentidos.

El ser humano está ávido de aprendizajes cuando puede poner en juego sus intereses y competencias, lo que impone asociar los procesos de escolarización a las vivencias de alegría y disfrute, así como de desafío y riesgo.

Se requiere una alfabetización científica holística que incluya el conocimiento de nociones básicas de ciencia, la comprensión de los procesos y métodos que emplea, el reconocimiento y comprensión de la naturaleza de la ciencia, teniendo en cuenta los valores sociales y las influencias mutuas entre Ciencia, Tecnología y la Sociedad (CTS).

Cabe destacar que dentro del sistema educativo, es posible observar una homogeneización del saber, sin tener en cuenta la diversidad, ni la multiplicidad de los saberes. Es posible que la sorpresa haya sido devorada por la costumbre y el consumismo de nuestra sociedad.

Tendremos que desaprender y “aprender a aprender” con una propuesta educativa realista, que evite mostrar una visión mítica de los científicos y de la ciencia minimizando otros u omitiendo los errores y fracasos.

Superar la idea negativa del error como un fracaso en el aprendizaje, permite considerar el error como una oportunidad para reconducir o redirigir las investigaciones.

Los diseños curriculares, en general, no tienen en cuenta que los estudiantes (niños, adolescentes y jóvenes) han crecido y conviven con una cultura digital, con la irrupción de la cultura tecnológica. Esta generación valora su independencia, su participación y tener libre acceso a lo que ofrece el mundo actual.

El contexto actual, tan cambiante como incierto, nos obliga a concebir un cambio metodológico con el propósito de desarrollar la capacidad de transformación.

Es momento de poner el foco en el estudiante, liberarlo de las culturas rígidas y descontextualizadas del sistema educativo.

Es preciso “humanizar la ciencia”.

Se hace necesario poner en marcha una propuesta educativa inclusiva, a través de la utilización de nuevas herramientas y recursos tecnológicos, nuevas relaciones sociales, que posibiliten la producción y circulación de saberes. Se requiere reflexionar sobre la acción, sensibilizar en la necesidad de repensar en las diversas instancias educativas, las formas de vinculación de los actores con el conocimiento y la relaciones que median y promueven estos encuentros.

La ciencia, como empresa humana, se practica en el contexto de una cultura social. Responde a necesidades, intereses, problemas sociales, políticos, económicos e ideológicos. Las fronteras de la ciencia generan controversias, discusiones y debates que afectan a la ciencia, con enorme eco en los medios de comunicación, por su trascendencia social, ambiental y ética.

Nos preguntamos ¿Cómo cambiar el imaginario de ciencia como saber denso, pesado, sólo para “sabios”, por una imagen más liviana, divertida, alegre e interesante en el sistema educativo?

Las escuelas son espacios donde se puede motivar y captar las vocaciones para desarrollar estas capacidades científicas. Es la colaboración, el equipo, el trato horizontal y el aprendizaje en pares, lo que puede generar un aprendizaje de las ciencias en las escuelas.

El aprendizaje colaborativo es un aprendizaje más solidario y amigable, un canal, una vía, un camino, una estrategia para desarrollar vocaciones científicas desde las escuelas.

En el aprendizaje colaborativo, es el equipo el que decide cómo realizar la tarea, los procesos a seguir, la forma de dividir el trabajo, las tareas a realizar y tener en cuenta siempre el objetivo en común.

La emoción es el motor del aprendizaje.

Las emociones son una de las mejores herramientas en los procesos de enseñar y en los procesos de aprender.

Debemos considerar como pareja indisoluble la emoción y la cognición como elementos a tener muy en cuenta en las planificaciones de las futuras clases. La razón y la emoción son complementarias. Sin emoción no hay curiosidad, no hay atención, no hay aprendizaje, no hay memoria. La emoción estimula las conductas placenteras y direcciona la atención.

El docente tendrá que evaluar sus propuestas desde una nueva perspectiva, identificar las causas por las cuales el conocimiento científico generaba rechazo, desinterés, temor.

La reflexión sobre la acción y sus efectos debe ser permanente. Requiere formación continua, autoconfianza y capacidad de gestionar recursos didácticos variados, novedosos, con significado para sus alumnos.

El clima de trabajo también incide en los aprendizajes.

El educador se transforma en un moderador de debates, orientador, cuestionador, acompañante en la búsqueda del conocimiento. Gestor de emociones a partir de experiencias discrepantes, experiencias asombrosas.

Genera conflictos cognitivos para que los estudiantes se replanteen libremente sus puntos de vista. Vincula los contenidos trabajados con cuestiones reales que se plantean en los ámbitos local, regional y mundial.

Aprender a escribir, comprender consignas, resolver problemas motivando las respuestas, debe ser uno de los objetivos de la educación científica.

Las acciones se orientan a incentivar el trabajo colaborativo, promover el diálogo, tanto dentro y fuera del aula, habilitar el aprendizaje por ensayo y error, estimular la creatividad y originalidad, la argumentación, el planteo de hipótesis, la investigación, la discusión de ideas.

Discrepar, acordar, negociar, contribuye a que se valore las ideas de los demás

Este nuevo paradigma obliga a considerar la emoción como parte fundamental del quehacer docente y exige usar secuencias didácticas que rompan con la monotonía para beneficiar el aprendizaje. 

Confiamos que, desarrollando estas líneas de acción, estaremos favoreciendo la construcción de nuevos puentes entre el conocimiento científico y la vida cotidiana y despertando nuevas vocaciones orientadas a la ciencia.

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