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Percepción de la cultura científica en México

24 de julio de 2016

Emilio González Flores. Xico, Estado de México. México. IBERCIENCIA: Comunidad de Educadores para la Cultura Científica. Pudiérase decir que el ser científico es un aspecto esencial en el hombre. Ya desde la célebre aseveración de Aristóteles en El libro alfa de la Metafísica: todo hombre desea por naturaleza saber esta es una verdad insoslayable. Hablamos de esencia no como algo que le es propio, que le caracteriza y diferencia del resto de los entes. Esta característica sería la razón como la facultad de los principios y losa conceptos que permite al hombre algunos bienes: el lenguaje, el obrar reflexivo y la ciencia. Esta facultad sedujo a los poetas que la consideraban propiedad de los dioses: el fuego que Prometeo robo a Zeus.

Hablamos de la esencia del hombre en tanto que es él el des ocultador y fundamentador de lo ente cuando se pregunta por el qué y el porqué de las cosas. Esta cuestión interroga por alguna causa, ya inmanente, ya trascendente, de las cosas; a aquella se le considera la madre de las ciencias y cuestiona sobre la vieja y aporética pregunta: qué es lo que es.

Consideramos prudente hacer mención que hay otras formas, aunque tildadas de pre científicas de explicar el mundo que daban cuenta, a su modo, del qué y del por qué: una de ellas es el pensamiento mítico. Diferenciase este del científico en que aquel lenguaje figurado y metafórico no cuadraba con la certeza del lenguaje científico cuya simiente es el concepto univoco y la lógica.

Constituye la investigación científica un modo posible del ser del hombre. Un ser posible si considerásemos la esencia del mundo como voluntad: puro afán sin consumación, posibilidad, finitud, nada. Aparece ante este panorama la ciencia como una apuesta por seguridad. En efecto, ante el engaño y la ilusión de los sentidos que nos muestran multiplicidad y devenir, ha menester la seguridad y la univoquicidad del concepto.

Reconocen algunos filósofos dos leyes fundamentales de la razón: la ley de homogeneidad que capta lo uno de lo múltiple, es decir, lo universal, el concepto univoco, el eidos, y la ley de especificación por la cual distinguimos las diferencias específicas, los géneros, las especies, etc. Estas son por así decirlo las reglas con las que opera el entendimiento. Por otro lado, reconocen dos tipos de representaciones: las intuitivas (empíricas y puras) y las abstractas. Todos los principios científicos, postulados y axiomas –que son la segunda clase de representación- que se sintetizan en formulas abstractas de la razón dependen originariamente de la captación intuitiva del mundo.

Así, tenemos estos postulados y principios de la razón no como formulas inalterables sino como hipótesis perfectibles susceptibles a comprobación, a demostración y a error. Échesele un vistazo a las proposiciones de la física que han sido ampliadas o reducidas, aceptadas o desechadas en cuanto la experiencia las confirma o demuestra lo contrario. Este es el paradigma que hace la sensibilidad inteligible que conjuga aquellos binomios epistemológicos: el idealismo y el empirismo. Este nuevo modelo no es ni uno ni otro: tiene del “idealismo” las condiciones de posibilidad de las representaciones empíricas: el tiempo y el espacio, como intuiciones puras y hace de las supradichas representaciones empíricas punto de origen de los conceptos, de las leyes y de los principios de los que parten las ciencias.

A más de eso, la modernidad, huyendo del engaño de los sentidos y en búsqueda de la seguridad de las ciencias por primera vez planteada por Descartes, cayó indefectiblemente en la ciega creencia de la razón. Con el advenimiento del dominio de la razón que se reclama como patrimonio exclusivo del hombre y cuya capacidad de hallar lo universal en los casos particulares, abstraer leyes y hacer conceptos, ha traído, sin embargo, consecuencias que juzgamos nocivas. Por un lado, suponiendo que la “como esencia” del hombre es la voluntad, el afán de saber y la investigación científica que de ese afán brota tienen un motivo. Este motivo –coincidimos con Russell- es el impulso-poder. De este modo está constreñida la investigación científica por el poder ya no sólo el político -del que nos hablaba Hobbes- sino también el económico que se erige como el nuevo leviatán. De este modo toda producción científica e interpretaciones del mundo podrían tener un sesgo ideológico e inclinarse a las exigencias del mercado.

Por otro lado, gana el hombre en vanidad y arrogancia al considerarse superior al resto de la naturaleza y creyéndose por ello capaz de dominarla. Dominio que se cree le viene dado por el hecho de poseer razón y ciencia sin saber que el sufrimiento que proviene de su querer y no tener aumenta en proporción a su saber y que su razón (ya dijimos qué es) y su ciencia no son más que el instrumento de la voluntad y que con estas trata de remediar su irremediable carencia.

Creyó la modernidad –de la que supuestamente somos herederos- en el método que sirva de sustento y seguridad en las ciencias –sin importar cual: ya el inductivo, ya el deductivo, ya la fenomenología, etc., - se cuidó de la sensibilidad y lo nebuloso y se fió de los principios inalterables, abstractos, de la claridad y la distinción. Siguió, así, el camino de la lógica y el pensar calculador la investigación científica. A nuestro juicio el derrotero que debe seguir la investigación científica, y con ella las ciencias todas –las sociales, las del espíritu y las físico-matemáticas- es el de la no escisión de lo empírico y lo conceptual. El método que garantice tanto uno como otro ámbito del conocimiento; que no soslaye a uno a favor del otro, que no contenga la riqueza empírica en frías abstracciones de las categorías lógicas, es, pensamos, el sendero para lograr hipótesis perfectibles puesto que todo concepto y ley, axioma y postulado de la ciencia tiene su origen en la representación intuitiva. Es este, a grandes rasgos, el panorama que vislumbramos.

México un país condenado a la dependencia tecnológica. A lo largo y ancho de la historia de México ha habido intentos para apoyar la investigación científica, pero han sido intentos aislados sin apoyos financieros, sin un proyecto serio que incluyan a la educación básica, media y superior.

En la actualidad, las esperanzas para adquirir una cultura científica se centran en la educación básica, sin mucho apoyo en lo económico ni capacitación a los docentes encargados de generar estrategias que despierten la inquietud de los estudiantes.

Por historia y por actitud negligente, México seguirá siendo un país consumidor de productos, conocimientos, modelos educativos e importador de tecnología de otros países. (Cursivas propias).

La respuesta la tenemos todos y no la tiene nadie. Solo los hombres del poder y la poca o nula participación social pueden cambiar el rumbo.

En México se tiene una pobre cultura de la ciencia y la tecnología, a pesar de tener 121 000 000 habitantes no hemos sido capaces de desarrollar una cultura científica propia sólo somos consumidores de lo que otros países generan o crean. Para comprobarlo sólo basta con dar un vistazo a la encuesta que hizo el CONACYT Y EL INEGI 1 en el 2009. Fueron encuestadas 40 469 253 personas de 18 años de edad en adelante, residentes de áreas urbanas con más de 100 000 habitantes y distribuidas uniformemente en las 32 entidades del país. Los resultados arrojados fueron los siguientes: el 57.5 % de la población consultada considera que “debido a sus conocimientos los investigadores científicos tienen un poder que los hace peligrosos”; el 29.88% piensa que es falso “que los seres humanos de hoy se desarrollaron a partir de otras especies animales”, es decir somos resultado de un milagro. El 14.94% respondió no saber si esta información es verdadera y finalmente, el 57.09% de los encuestados dijo estar de acuerdo en que “el desarrollo tecnológico origina una manera de vivir artificial y deshumanizada”.

Es lamentable la percepción que tenemos los mexicanos sobre los científicos y la cultura científica. Somos un país analfabeto incongruente con lo que decimos y lo que hacemos; mientras que nos actualizamos día a día con los mejores equipos tecnológicos, renunciamos a crear una cultura científica que responda a nuestras necesidades culturales y sociales.

El gobierno mexicano nunca ha apostado por la cultura científica y la investigación científica, se conforma con ser un país de maquila, de mano de obra barata, de consumidor y renuncia a una cultura que nos permita ser creadores y satisfacer la demanda interna de investigadores.

Las dependencias que hacen investigación en México son la UNAM y el CONACYT, entre otras con menor porcentaje.

Si creemos que la educación básica y la poca o mucha preparación de los docentes en cultura científica van a resolver el problema, pues estamos equivocados. Por un lado, se han coartado los tiempos y los espacios para impartir la educación básica y no hay margen de maniobra para invertir en la incorporación de especialistas en el magisterio, para encender la chispa de la curiosidad, la creación y despertar al intelecto dormido desde hace mucho tiempo.

En los planes y programas de estudio secundaria 2006, se refiere al aprendizaje y promoción de la ciencia: “Desarrollo de la capacidad de un individuo que posee conocimientos científicos y lo usa para adquirir nuevos conocimientos, identificar temas científicos, explicar fenómenos y obtener conclusiones basadas en evidencias con el fin de comprender y tomar decisiones relacionadas con el mundo natural y por los cambios producidos por la actividad humana (INEE, 2006: 30-31).

Para obtener todas estas competencias científicas se requiere una nueva visión de docente: que tenga el dominio de los conocimientos científicos, pedagogía en los contenidos, asumir un papel crítico-reflexivo, creativo y una remuneración que satisfaga sus necesidades prioritarias. Para el estudiante, asumir una posición activa y creativa respecto a la ciencia. Cuando este binomio cumpla con estas características, la escuela básica trascenderá sus paredes, comunica a la sociedad y promoverá el desarrollo de la ciencia.

De acuerdo a los planes y programas de estudio secundaria 2006 emitidos por la SEP; proponen que para lograr las competencias científicas:

  • Participación activa de los niños y niñas en el planteamiento y diseño de proyectos, seguimiento, propiciar la indagación infantil y adolescente.

En estas prácticas escolares el trabajo se enriquece y se compara el conocimiento empírico con la investigación científica, bibliográfica y esto conlleva a un cambio en el ámbito social.

Los docentes juegan un papel primordial en el desarrollo de una cultura científica. El problema radica en que vivimos en un país mega diverso, los docentes tienen diferente formación académica, cada uno de ellos se apropia de los lineamientos de los planes y programas de estudio de diferente manera: desde el manejo de conceptual y su aplicación varía de acuerdo a cada profesor, a cada escuela y se vive el curriculum de diversas maneras. Claro, esto puede ser muy enriquecedor, pero en la realidad no sucede así.

También, en la mayoría de los docentes se sigue enseñando ciencias con el enfoque tradicional. El aprendizaje se basa en el “dar” al estudiante para su aplicación mutilándole el derecho de pensar y construir.

Los proyectos que están de moda, no se les da seguimiento, ni evaluación y se le deja toda la responsabilidad al estudiante. El docente no se asume como investigador.

Otra manera de realizar investigación es con las prácticas de laboratorio. Pero, los laboratorios no cuentan con materiales y en el peor de los casos las escuelas no cuentan con laboratorios.

El aspecto fundamental para el desarrollo de la ciencia es el componente lúdico, si el profesor apuesta a jugar con la ciencia, muchos alumnos despertarán su curiosidad por los fenómenos naturales que día a día ocurren en el espacio y en el tiempo del devenir de la vida.

La cultura científica se puede dar en la escuela solamente a través de la reflexión de la práctica docente y un mejor involucramiento de los estudiantes en su proceso educativo.

Es difícil generar estrategias por parte de los docentes y no es porque no quieran, sino porque no se cuenta con suficiente tiempo para construirlas, la mayoría trabaja doble turno, descuido de sí mismo, a la familia y la mayoría solo se enfocan en cumplir con su programa de estudio sin comprometerse con proyectos de tipo social.

Se pretende que los docentes generen estrategias de aprendizaje para enriquecer el quehacer educativo, desarrollar competencias de la comunicación y comuniquen su experiencia a través de diseño de materiales de apoyo.

En la escuela secundaria of. 619 “Benito Juárez” la academia de matemáticas desarrolló un proyecto en donde se construyeron muchos inventos científicos, demostraciones matemáticas de Pitágoras, Arquímedes, etc. Los trabajos que elaboramos fueron réplicas de las exposiciones que hay en el Universum y en libros de inventos científicos. El proyecto se hizo con la ayuda de los estudiantes, profesores de matemáticas y se expuso a toda la comunidad escolar y trascendió a la comunidad y toda la zona escolar. Fue un éxito, muchos alumnos se motivaron e influyó en la toma de decisiones para elegir una escuela de educación media superior y estudiar una carrera de índole tecnológica e ingenierías.

Qué pasó. Se cambió el director de la escuela y el nuevo director que llegó no permitió seguir con el proyecto. No quiso que los alumnos hicieran prácticas fuera del salón y todo se perdió.


Rosaura Ruiz y Bruno Velázquez. (2011). Cultura científica en México. El Universal, 14-15.

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