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Rescatando el mate peruano como Patrimonio desde la Vida Cotidiana en la Escuela

5 de diciembre de 2013

Irma Almidón López. IBERCIENCIA. Comunidad de Educadores para la Cultura Científica
En la actualidad, la educación peruana busca orientarse hacia una educación intercultural, en esa búsqueda se viene realizando la implementación de la interculturalidad en el área de matemática a nivel cultural y de la práctica para lograr relacionar sistemáticamente la categoría social de la cultura con esta ciencia.

En tal sentido se han planteado diversas propuestas metodológicas para el desarrollo de clases de matemática tomando en cuenta la relación entre la matemática y la cultura. La matemática es tomada como un problema, social, cultural, económico y político se muestra además que las diferentes formas del mundo cotidiano están matematizados.

En Región Junín algunos maestros han empezado a utilizar objetos culturales propios en busca de la contextualización de los contenidos matemáticos al contexto andino, uno ellos es el tema de los mates burilados ( artesanía popular del centro del Perú), es un medio en el que, a través del arte, se muestran las costumbres y la vida de las personas en diferentes pueblos de nuestra patria. Por ello se viene incorporando el Mate peruano en actividades de aprendizaje que puedan considerarse en el Área de matemática, vincuando de esta forma la matemática y la cultura.


El mate tallado o burilado, es un elemento vivo del patrimonio cultural peruano.

Más allá de ser un objeto de contemplación, el mate es importante por su calidad de documento histórico. Sus escenas narrativas de complejo contenido parecieran hablarnos, mediante un discurso propio, sobre la idiosincrasia del hombre en el ande y del contexto social que le rodea.

En 1946, un importante hallazgo de matecitos en Huaca Prieta, La Libertad, dio a conocer su larga trayectoria de uso en nuestro país, hace 2,500 años a.C. sin embargo, los estudios afirman que ésta tendría una antigüedad mayor a 4000 años a.C. Su valor utilitario alcanzó culturas posteriores como Paracas, Nazca, Chancay y otras sociedades de la costa norte, donde los mates fueron burilados, pirograbados y pintados, y cuyos motivos sean geométricos o figurativos posiblemente siguieron patrones textiles. Asimismo, encontramos ejemplares de mates decorados con incrustaciones de conchaperla y piedras preciosas.

Su uso fue múltiple en esta etapa. Por la variedad de sus formas se convirtieron en material indispensable en diferentes labores domésticas, como instrumentos musicales o como ofrendas funerarias en ritos ceremoniales.

En la época virreinal las prohibiciones impuestas por el sistema colonial a las producciones artesanales afectaron en un primer momento la continuidad del trabajo en mate. Sin embargo, el considerar que éstos no poseían un contenido ideológico que hiciera peligrar al régimen español permitió su permanencia entre las manufacturas toleradas.
En el siglo XVIII el uso del mate resurge y se extiende, encontrándose incluso como parte de la vajilla doméstica en interiores pertenecientes a las altas clases sociales. Las formas más frecuentes fueron los azucareros que a diferencia de aquellos usados por los campesinos, caracterizados principalmente por no tener decoración, se encuentran engarzados en soportes y rebordes de plata repujada, algunos con base de madera y presentan un intrincado diseño ornamental mestizo de aves y flores.

En la República, los diseños florales y los motivos arabescos van dejándose de lado paulatinamente para dar paso a nuevos temas en respuesta a los cambios ideológicos y sociales propios de este período. Surgen las denominadas modalidades regionales, siendo las de mayor reconocimiento durante el siglo XIX las de los pueblos de Huanta, en Ayacucho; y de Mayocc y San Mateo, en Huancavelica (Bajo Mantaro); lugares que posiblemente iniciaron esta labor en el siglo XVIII.

Los mates de esta zona narran sucesos vivenciales, mayormente citadinos (corridas de toros, procesiones, danzas, etc.), en menor medida temas campesinos, e incluso históricos, convirtiéndose en testimonios gráficos de aquellos pueblos. Pero, también existen mates cuya decoración obedece a patrones artísticos europeos, quizás debido a una demanda de la clases medias acomodadas surgidas en este período.

Hacia fines del siglo XIX y principios del XX se introdujeron los mates como objetos de uso doméstico en Huancayo. El primer punto de enlace se habría dado a través del comercio extendido hacia el Valle del Mantaro después de la Guerra con Chile. Otro factor importante fue la feria dominical de Huancayo, activo movimiento comercial que atrajo a los materos del Bajo Mantaro quienes se establecieron en la ciudad dando origen a nuevas propuestas iconográficas. Pronto, el trabajo de los mates se extendió en el valle, principalmente entre los campesinos de Cochas Grande y Cochas Chico desarrollando ambas zonas un estilo particular.

Los mates huancas, sean azucareros, platos o lapas se caracterizan por presentar escenas ligadas a la vida rural, principalmente festivas. Las figuras son de grandes dimensiones y ocupan todo el cuerpo del mate, en algunos casos están acompañadas por aves de gran tamaño rodeadas de ramas entrecruzadas. Éstas podrían ser elementos sobrevivientes de influencia ayacuchana. El contorno de las figuras ha sido burilado levemente y se puede observar el pirograbado característico de esta zona realizado con toques de sombreado al fuego –con maderos del quinhual- para resaltar ciertos detalles.

La década del cincuenta es una época marcada por cambios sociales debidos a la aparición de la industria minera, activa desde 1902. Según la antropóloga Salas, la necesidad de fuerza de trabajo para dicho sector hizo que se produjera una quiebra en el sistema de producción y consumo campesinos. Además, la aparición en el mercado de objetos para uso doméstico de procedencia industrial hizo peligrar la producción de los artesanos quienes se vieron en la necesidad de dirigir sus trabajos hacia los consumidores urbanos.

En esta etapa se observa los temas campesinos presentan figuras de menor tamaño en relación a las trabajadas en las décadas anteriores. Las escenas están delineadas con más precisión y destreza. En muchos casos, los elementos decorativos representados han sido simplificados en formas geométricas, principalmente en las tapas de los azucareros y en la base de los platos. Algunos mates presentan diseños florales quemados con ácidos, lo que evidencia la reutilización de las calabazas provenientes del norte. Aparecen nuevas técnicas como el teñido con anilinas y el uso de cal para cubrir los fondos desbastados por el buril. Se trabaja el conocido “estilo Ayacucho” que imita la técnica del Bajo Mantaro.

La década del ’60 marca una etapa de cambios para los artesanos. La llegada de voluntarios pertenecientes al Cuerpo de Paz, institución norteamericana que incentivó el ingreso de la producción artesanal en el mercado internacional, hizo que muchos de los materos cambiasen la temática y la técnica de sus trabajos con la esperanza de satisfacer al nuevo mercado. Aparecen los mates con formas escultóricas.

En este las figuras disminuyen considerablemente de tamaño ocupando todo el cuerpo del mate, no hay un solo espacio sin burilar. El abigarramiento de las figuras nos muestra detalles mínimos como en el caso de las que presentan procesiones patronales. Allí se pueden distinguir numerosas escenas que acompañan la fiesta: marcaciones de ganado, danzas, escenas agrícolas. La minuciosidad del trabajo permite una clara lectura visual de todo lo acontecido alrededor de una determinada actividad. Se trabajan temas nuevos, como los llamados “selva” en donde representan animales y plantas de ese lugar.

En la actualidad, la zona del Valle del Mantaro y específicamente los distritos de Cochas Chico y Cochas Grande del distrito de El Tambo, Junín, son lugares de mayor producción de mates burilados. Los artesanos se tardan dos o tres días en realizar este tipo de artesanías y el trabajo terminado puede ser llaveros, artículos navideños, con estilos, etc. Este arte del burilado se viene practicando desde los años de 1800. Sería un arriero de esta comarca el que copió con mucha habilidad el trabajo de los ayacuchanos, y desde entonces se arraigó en esta tierra huanca, plasmando sus vivencias, costumbres, paisajes, cuentos, fiestas, crónicas y escenas incaicas. A estos artistas, hoy lo conocen como los “buriladores”, debido al uso del buril, el instrumento que permite dibujar la superficie de los mates. Y para darle color, encienden unos palitos de queñua (Polylepis spp.) que van quemando suavemente hasta darle un sombreado artístico.

Cabe mencionar que los mates burilados de los pueblos mencionados, fueron reconocidos por el Ministerio de Cultura como Patrimonio Cultural de la Nación Peruana durante la ceremonia desarrollada como homenaje por el Día del Artesano en el Museo de la Nación el día 19 de marzo de 2013.

Considero que por lo mencionado, este arte abre muchas puertas para incorporarlas en las actividades de aprendizaje del área de matemática (pues se la considera difícil y poco contextualizable) y porque no, en otras áreas.

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