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Tiempos modernos II: las TIC en educación

27 de febrero de 2018

Mg. Daniela Palacio. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.
IBERCIENCIA: Comunidad de Educadores para la Cultura Científica.
Este artículo es una invitación para que, juntos, revisemos el impacto de las nuevas tecnologías en la educación y analicemos el deber ser de un docente del siglo XXI en contraposición a la formación actual del profesorado.

En 1936 Charles Chaplin estrenaba Tiempos modernos, película que, con cierto aire profético, presumía el desempleo, el maquinismo, la deshumanización, la racionalidad del tiempo y cierto desequilibrio mental. Situaciones imaginadas que, en algunos casos, no tardaron en hacerse realidad.

Hoy, para los escépticos, se está escribiendo el guion de lo que no dudarían en llamar Tiempos modernos II. Las máquinas son ahora robots y los alumnos suplen a los obreros.

Pero vayamos por partes. En la obra de Chaplin las máquinas reemplazaban el quehacer del hombre en trabajos mecánicos: cambiar tuercas, ajustar tornillos, etc. Tarea que un robot, con inteligencia artificial mínimamente desarrollada, es capaz de hacer y, seguramente, aún mejor.

Pero en la labor diaria de cada docente hay mucho más que eso. Estamos hablando de educar. Y educar no se limita a la enseñanza de contenidos. Si fuese así, tal vez se lograría con la intervención de alguna inteligencia artificial desarrollada convenientemente. Educar es, además, enseñar valores, sentir empatía, construir comunidad. Es decir, se requiere inteligencia emocional. Algo impensado para un robot.

Las escuelas han abierto las puertas a la tecnología, y acompañan con entusiasmo su desarrollo, pero, definitivamente, los profesores tienen el monopolio.

Sin embargo, la tecnología es como un tren que avanza dentro de las aulas. Genera situaciones críticas. Los profesores sienten que lo pasado parece haber dejado de servir. Y lo nuevo los asusta, los incomoda, les genera incertidumbre, los hace dudar.

No obstante, es el momento de destaque para los buenos docentes, pues ellos saben adaptar todo su bagaje de conocimientos científicos, didácticos y pedagógicos a esta nueva realidad. Y lo hacen con entusiasmo. En consecuencia, el desarrollo tecnológico no significa para ellos un problema.

El punto es, creo yo, la formación del profesorado, y podríamos discutir largamente al respecto. En principio me animo a sugerir que, en la formación profesional de los futuros docentes, es dable esperar buenos resultados si tenemos en cuenta la propuesta del modelo TPACK (por sus siglas en inglés, Technological pedagogical content knowledge).

Propuesto por Mishra y Koehler, el modelo TPACK considera que la enseñanza actual requiere de los profesores una profunda formación en tres campos de conocimientos: disciplinar, pedagógico y tecnológico. Lo novedoso, es que también centra su atención en el conocimiento que surge de la intersección de estos campos. Veamos.

El conocimiento pedagógico disciplinar exige al docente conocimientos disciplinares y pedagógicos suficientes que le permitan planificar qué, para qué, cuándo y cómo enseñar.
El conocimiento tecnológico disciplinar, por su parte, ubica al docente en posición de elegir la tecnología más adecuada para la enseñanza de cierto contenido.

El conocimiento tecnológico pedagógico, distingue entre el empleo sin sentido de las TIC en el aula y aquel que se hace anticipando los cambios que se producirán en los procesos de enseñanza y de aprendizaje.

Según el modelo, el conocimiento de estos tres campos, desarrollados en el contexto escolar, culmina con el conocimiento disciplinar tecnológico pedagógico.  

En este sentido, entiendo que la formación profesional de los docentes está aún a medio camino. No se ha profundizado aún en el conocimiento tecnológico pedagógico. 

Una opinión apresurada quizás nos lleve a pensar que no es así, pero cerremos los ojos y recorramos nuestras escuelas. Estoy segura que, efectivamente, veremos aulas donde el empleo de las nuevas tecnologías aparece sólo por una orden directiva, casi diría, por obligación. En otras, por el contrario, esa obligación significa para el docente, un desafío y una oportunidad que no desea desperdiciar. Se nota en la clase que se ocupó de aprender, dudar, investigar, probar y de planificar, a conciencia y con sentido, cada una de las TIC que ha decidido emplear.

Específicamente en Matemática, el momento tecnológico actual favorece otro aspecto. Libera tiempo para enseñar a pensar. Y esto también debe ser parte de la formación docente.

Hace treinta años, por ejemplo, en las escuelas se ¿calculaban? logaritmos con las tablas (quizás usted, como yo, usó las tablas de Houel) pero ¿aprendimos para qué servían? No, definitivamente no.

Bien, la calculadora, una tablet o el teléfono celular cumplen la misma función pero en menos tiempo, son más eficientes. De modo que se dispone de ese tiempo para enseñar a los alumnos en qué son útiles los logaritmos. Pero antes es el docente el que tiene que saber. En este aspecto, creo que en los profesorados debería hacerse más hincapié en la Matemática aplicada. La resolución de problemas reales, cotidianos o no, la búsqueda y discusión de alternativas, la validación y refutación de resultados, son opciones de trabajo que favorecerían lo anterior.

Que hoy se le siga dedicando mucho tiempo a la mecánica para el cálculo números combinatorios, o se exija memorizar la fórmula de una integral por partes es al mismo tiempo, inútil y perecedero. Pronto se olvidará de fórmulas y métodos, salvo rara excepción o que medie una regla nemotécnica (la que con los años será un sinsentido que probablemente sí recuerde) Lo interesante, lo valedero es que aprendan el concepto de lo que se les enseña y que lo adviertan como una posible estrategia o herramienta para resolver problemas.

Fuera de todo lo dicho hasta aquí, y dados los tiempos irrespetuosos que corren, lo fundamental es, al menos para mí, retomar en las carreras docentes la formación en valores.

Se cambian los planes de estudio y la balanza, como un péndulo, se mueve entre lo disciplinar y lo pedagógico, pero ¿y los valores?

Parecería ser, tanto en las escuelas como fuera de ellas, que en nombre de los derechos del portador, todo está permitido, mientras que la observación justa y oportuna es un atentado hacia ellos. Como sociedad y tristemente, hemos perdido valores. El valor del trabajo y del esfuerzo, por ejemplo. La formación del profesorado es un buen punto para retomar el camino que, en el futuro, podrán replicar los nuevos docentes en las aulas. Después de todo, antes que matemáticos o historiadores se es docente. Y como tales, lo esencial es su aporte a la formación de personas para que vivan en sana comunidad.

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