Miguel Ángel Quintanilla: “Lo primero que debe hacer un periodista científico es confiar en la inteligencia del público

Manuel Crespo (CAEU-OEI-AECID). Divulgar el conocimiento científico no es una tarea sencilla. De hecho, si lo que se busca es asegurar la calidad de la divulgación, el trabajo de dar a conocer la ciencia está cargado de toda una serie de consideraciones: cómo traducir contenidos complejos, cómo no subestimar al público, cómo ayudarlo a que participe de manera activa en el hecho de la ciencia, cómo no perder de vista que el conocimiento es un bien público y debe ser defendido como tal. En divulgación, como en tantas otras actividades, la forma hace al contenido.

Según Miguel Ángel Quintanilla, en muchas ocasiones se divulga mal. De acuerdo con el director del Instituto de Estudios de la Ciencia y la Tecnología (ECYT) de la Universidad de Salamanca, la divulgación científica aún no consigue librarse de la lógica superficial y sensacionalista que imponen los medios de comunicación. Lo primero que hay que hacer, entonces, es empezar a corregir ciertos vicios. 

Pregunta: En una de sus últimas ponencias usted hizo una mención al concepto de las dos culturas que esgrimió C. P. Snow en la década del 50. ¿Por qué?

Respuesta: El concepto de las dos culturas se refiere a la separación o la desconfianza existente entre la cultura humanística y la cultura científica. Lo que yo digo es que en cierto modo esa desconfianza ya ha sido superada. El problema actual radica en el hecho de que ya no tenemos una división entre la cultura humanística o literaria y la cultura científica, sino que se ha producido una fragmentación: ahora contamos con muchas culturas, muchas maneras de ver lo humanístico y lo científico, y todas ellas están dominadas por el fenómeno de nivelación que proponen los medios de comunicación. Las culturas se han igualado para abajo. Se tiende siempre a la mediocridad. Se confunde la ciencia con la pseudociencia, se mezclan novelas históricas y mitos tecnológicos, todo fundido de acuerdo con una lógica del espectáculo. La referencia a Snow tiene que ver con que lo que él veía como un problema se ha convertido en un problema más grande, nutrido por esta disputa entre la cultura digna, seria, y una cultura de la degradación o de lo banal.

P: A fin de cuentas, ¿cuánto hay de divulgación en el trabajo de un periodista científico?

R: Yo no soy muy partidario de retomar cuestiones que ya han sido discutidas largamente. Mucha gente diría que divulgación y periodismo no tienen nada que ver. Yo englobo ambos conceptos en uno más amplio, que es el de la comunicación pública de la ciencia. La ciencia tiene un componente de comunicación clarísimo, con dos niveles bien definidos: la comunicación interna, entre profesionales, y la comunicación pública, hacia la sociedad en general. Aquí hay dos cuestiones a tener en cuenta. La primera es la divulgación científica, que se caracteriza justamente por ocuparse de transmitir la información científica a un público no especializado. La divulgación puede ser alta, cuando el público viene con una formación previa elevada, o sólo primordial, cuando el público no requiere más que la información básica académica. Teniendo en cuenta este marco, el periodismo científico no sólo es divulgación, sino que también es actualidad. Lo que caracteriza al periodismo científico, a todo periodismo en realidad, es que entrega noticias científicas sobre lo que está pasando hoy.

P: ¿Qué elementos se tienen que tener en cuenta a la hora de divulgar conocimiento a un público no especializado?

R: Lo primero que hay que hacer es confiar en la inteligencia del público. La gente no es imbécil. Si uno le prepara pildoritas deformadas y adulteradas, el público lógicamente las rechazará. En un segundo lugar, debemos preocuparnos por dar la información correcta. No es necesario pretender dar toda la información, pero sí asegurarnos de que aquella porción de información que se entregue esté bien preparada. Yo utilizo mucho la metáfora del mapa, que considero que sirve para entender la tarea del divulgador: el profesional no puede transmitir toda la realidad, pero sí puede diseñar un mapa preciso y correcto de esa realidad. Desde el punto de vista epistémico, el divulgador debe entender que el público no es tonto y hacer un esfuerzo por traducir la información científica en mapas accesibles y objetivos.

P: ¿Qué errores comunes nota en el periodismo científico?

R: Los mismos que en el periodismo en general: el sensacionalismo, la simplificación y la manipulación del público. En el pasado esto no era así, pero ahora que el periodismo científico se ha extendido ha empezado a caer en los defectos antes mencionados. En el periodismo científico se añade, además, la incompetencia. Si bien es verdad que hay muy buenos periodistas científicos, realmente necesitamos que haya profesionales mejor formados.

P: ¿Puede ser que el sensacionalismo sea una consecuencia de la necesidad de captar un interés que no se da por sí solo?

R: Eso es mentira. La gente sí tiene interés por consumir noticias científicas. De hecho, está saturada de información de este tipo. Lo que pasa es que el sensacionalismo tiene la ventaja del morbo. Hay muchos periodistas que dicen que el morbo ocurre porque la gente lo pide. Esto no es así. Si pretendemos terminar con el sensacionalismo, el primer paso siempre será dejar de hacer uso de él. El público se deja manipular porque no cuenta con los recursos suficientes para defenderse del discurso mediático. Pero la responsabilidad es siempre de los medios de comunicación. Cada vez que un periódico o un programa de televisión inauguran una sección sobre ciencia y tecnología, la iniciativa tiene éxito. A la gente le interesa mucho la información científica. Lo que los medios de comunicación aún no alcanzan a comprender es que el sensacionalismo y el morbo no son necesarios para obtener ese éxito.

P: Muchas veces se ha representado al científico como una persona aislada de la sociedad, algo loca, inmersa en la abstracción. ¿Cuánto tiene que ver la divulgación en la gestación de esta representación?

R: Es un problema de imagen, sí, aunque habría que compensar esto con nuevos datos. En España la profesión del investigador científico es una de las más valoradas, junto con la del médico. Hay perfiles de científicos, como es el caso de los médicos, que en algunas encuestas no están identificados con el quehacer científico. Pero la gente sí los identifica de ese modo. Por lo tanto, la imagen que el público tiene acerca de la ciencia no es sólo la de Einstein, sino también la del médico y en algunos casos también la del ingeniero. Creo que las encuestas a veces trabajan con demasiados artificios. Tal vez la mejor manera de averiguar cuál es la percepción de la ciencia que tienen las personas no consista en preguntarles directamente qué piensan de los científicos, sino en preguntarles otras cosas que permitan inducir respuestas más completas. Es verdad que cierta imagen mítica acerca del científico como una figura despistada o incluso cruel está arraigada en la cultura popular, en la literatura, pero no creo que hoy sea tan fundamental en lo que hace a la apreciación cívica de la ciencia, que es lo que luego conduce a la toma de decisiones.

P: ¿Por qué es necesario el apoyo público a la ciencia?

R: Bueno, es algo bien conocido. La ciencia básica es un bien público, como el aire. Por su propia naturaleza no puede ser apropiada. Caso contrario, si pasara a manos privadas, se paralizaría su desarrollo. Hasta los economistas neoliberales aceptan que la investigación básica debe ser financiada por fondos públicos. A partir de ahí viene todo lo demás. La ciencia motoriza el desarrollo humano, de ahí que necesite del apoyo de la sociedad. Pero esto no sólo se aplica a la ciencia básica, sino también a la ciencia aplicada. Solamente en la fase final del desarrollo de un producto tecnológico, cuando éste es distribuido en el mercado, los poderes públicos deberían abstenerse de intervenir. Todas las etapas anteriores tienen que ver con la producción de conocimiento, y eso nos compete a todos.

P: ¿Cuáles son las claves a la hora de traducir un contenido complejo en una pieza de divulgación que sea sencilla y amena, sin que por eso caiga en errores o en simplificaciones?

R: Lo decía antes cuando hablaba de la metáfora del mapa. La información debe ser parcelada, aunque el lector tiene que hacer un esfuerzo también. La divulgación científica es un placer elevado, exigente. El sujeto receptor también tiene que poner mucho de sí. A mí me parece que el público sí está dispuesto a realizar esos esfuerzos. No hay una regla de oro, aunque sí es cierto que parcelar la información facilita su asimilación. Para resumir, es necesario que los divulgadores se atrevan a hacer y el público a saber.

P: ¿Cuál es el papel de los científicos en el proceso divulgativo?

R: Pues deben hacerse entender. Esto es algo muy duro para decírselo a los científicos, pero estoy seguro de que ya lo van a aceptar. Se trata de una obligación cívica. Si un buen científico debe tener la capacidad suficiente para enseñar a otros científicos, también debe poner en acto la responsabilidad social de participar al público en el hecho de la ciencia. Esto se debe hacer sin manipulaciones, sin simplificaciones. La ciencia es de todos, como ya se ha dicho hasta el hartazgo, pero es hora de que eso empiece a notarse de manera patente. La perspectiva cívica es algo que debe ser enfatizado, tanto del lado de los científicos como de las personas no especializadas. Se debe dar importancia a lo local, porque allí es donde se produce el intercambio entre la ciencia y el público receptor. Allí se genera el contacto. No se puede pensar a la ciencia sólo en términos de políticas nacionales o multinacionales, a gran escala.

P: En el armado de una pieza divulgativa, ¿cuán importante es tener en cuenta el contexto desde el que se parte para divulgar?

R: La principal ventaja de la óptica contextual tiene que ver con que aumenta la competitividad de la actividad científica y permite enfatizar el hecho de que la ciencia también es una actividad social. También hay algún que otro inconveniente, ya que el contexto tiende a desdibujar el valor de la ciencia al ser comparada con otras actividades culturales. Por supuesto que la ciencia es una actividad cultural y se lleva a cabo en el seno de las sociedades, pero tiene valores específicos, precisos, por lo que no se la puede equiparar así como así con otras producciones. No es lo mismo que la música, por poner un ejemplo. A veces en el modelo contextual eso se pierde un poco y entonces entramos en una suerte de relativismo epistémico.

P: ¿Hay algún segmento específico de la sociedad al que se le debe prestar especial atención?

R: Sí, los jóvenes. Hablo del público que va de los ocho a los 25 años. Ése es el segmento que más alerta y abierto está a la recepción del conocimiento y a la incorporación al proceso creativo de la ciencia. No sólo es necesario que los jóvenes brinden su apoyo, sino que también deben ilustrar y aportar al quehacer científico. Se trata de incorporar nuevas iniciativas, nuevas ideas. Los jóvenes son esenciales para la construcción de la cultura científica.

 

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