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IDENTIDADES MÚLTIPLES
Sydney Bartley.

 

 

 

Estas palabras, que hizo populares el honorable Robert Nesta, Bob Marley, encierran para muchos jamaicanos un importante elemento de la identidad de su país. De hecho, voy a atreverme a asegurar que, si estuvieran presentes en esta sala, muchos ciudadanos de este noble y bello espacio llamado Salvador de Bahia se sentirían también ligados al sentido de estas líneas, como parte importante de su identidad.

 

Estas líneas hablan de la importancia que tiene la construcción de la identidad, que no debe confundirse con la nacionalidad ni con la ciudadanía. Porque mientras la nacionalidad, incluso la ciudadanía, pueden ser el producto de un nacimiento accidental o del deseo de pertenecer a un lugar, la identidad es la construcción de un ser, que se forma con el origen histórico, las experiencias comunes y el sentimiento de pertenecer a un lugar. Además, afirma –o refleja– la composición de elementos que, unidos, nos hacen como somos, la textura de nuestro ser, y que invariablemente configuran nuestra visión del mundo o la forma en que lo experimentamos.

 

Sí: para muchos jamaicanos, la experiencia de África corre por sus venas en forma de conciencia e inconsciencia colectiva que, en muchas ocasiones, en nuestras expresiones culturales y otras manifestaciones culturales, afloran a la superficie de nuestro ser y nos hacen partícipes de un discurso cultural o un diálogo con nuestro pasado. Vera Bell, poetisa Jamaicana, lo expresó así en su poema Ancestor on the Auction Block:

 

Ancestor on the auction block
Across the years your eyes meet mine
Impelling me to look.

 

(Ancestro en la subasta / a través de los años, tus ojos se encuentran con los míos / y me obligan a mirar).

 

Ésta es quizá la razón por la que tantas personas reconocen inmediatamente en su discurso sobre la cultura jamaicana, el motivo central, que es la resistencia y la capacidad de recuperarse, ambas subyacentes a estas palabras. Desde Marley hasta Claude McKay, desde Marcus Garvey hasta Louise Bennett, la cultura jamaicana está repleta de imágenes de resistencia y revolución, como “los condenados de la tierra”, de Franz Fanon o los “hijos de Sisifo”, de Orlando Patterson, que reclaman la gloria pasada de una civilización africana o aclaman la realidad presente de una estética caribeña.

 

Pero, permítanme que les asegure una cosa: la identidad jamaicana no puede discutirse de manera tan lineal ni tan razonable. Volveré a esto.

 

Permítanme que pase a un elemento de las identidades múltiples que resulta más fácil de identificar, y que está en relación con la propia noción de la diversidad cultural, de la variedad de personas que coexisten en un espacio como elemento indispensable en la forja de la estabilidad, la paz y la solidaridad. En este escenario, hablamos de identidades como si estas fueran un sinónimo de cultura. Afirmamos la noción de necesidad de promover la diversidad cultural como elemento natural de la humanidad. Y eso nos muestra cuál es la realidad de distintos pueblos que cohabitan en un espacio, cada uno de ellos capaz de reflejar y retener su cultura individual (léase identidad).

 

La verdad es que lo que esperamos es que esta diversidad continúe y podamos contemplarla como un fundamental de la raza humana (Constitución de la UNESCO). En realidad, lo que buscamos es garantizar esto promocionando un instrumento que lo proteja. Nosotros, en Jamaica, apoyamos totalmente la Convención de la UNESCO.

 

Pero tenemos que comprender la diversidad en las distintas modalidades de la construcción: por ejemplo, resulta interesante que en este espacio diverso llamado Latinoamérica podemos tener espacio para la construcción de una identidad llamada Iberoamérica. Y eso es una identidad, ¿o no? Y ¿cuál es la noción de identidad de Iberoamérica?  ¿Es una identidad única? Es la América hispana otra versión de “Nuestra América”, de Marti o de la América de Bolívar? ¿O es una variación de la América Francesa o la América Holandesa o incluso de Norteamérica? ¿Cómo se identifica? ¿Es su identidad un producto de origen histórico, o de la experiencia compartida, o de la aceptación de una idea?

 

Por otra parte, ¿cómo lo utilizamos para explicar cómo llegamos a tener un campus dentro de un espacio en el que la mayor parte de los habitantes de dicho espacio no están reflejados en su presencia dentro del campus? ¿Quiere esto decir que algunos de nosotros tiene más derecho, desde el punto de vista cultural, a “lo Ibero” o a “la América” que otros, o es la combinación de ambos? ¿A quién excluímos cuando nos referimos a Iberoamérica? Porque la identidad puede excluir a la par que incluye. En otras palabras, ¿podría suceder que yo tuviera derecho a estar aquí si soy América pero no si soy Ibero, o viceversa? Y  estaría yo incluido –o excluido– si, por ejemplo soy Iberoamericano de nacimiento, es decir, nacido en America pero de habla hispana? ¿o quizás de identidad –u origen– africana o maya?

 

¿Qué es exactamente ser Euroamericano? ¿Cómo se identifica esta característica? ¿Es el término “hispano” una construcción adjetival que describe un espacio en virtud de un idioma? ¿O hay otros elementos, de base cultural, en esa configuración? ¿Se dice “ibero-“ si incluye a Brasil? ¿Qué noción de “ibero” incluye a algunos habitantes de Brasil o de otras zonas de América Latina, pero excluye a otros?

 

La identidad es una función de nuestro ser, y debe ser rigurosamente entendida cuando hablamos de política cultural. Incluso los Estados se definen en función de unas nociones de identidad que sugieren una suerte de esquizofrenia. Algunas veces somos caribeños, o iberoamericanos o de América Central, o parte de MERCOSUR o de ACP o pertenecemos al Grupo de los 77 y China o la UNESCO o las Naciones Unidas o la ALCA o a la Cumbre de las Américas o de las Afroculturas. Los pueblos llegan a ser una mayoría o una minoría, indígenas o nativos, migrantes, inmigrantes o emigrantes, refugiados o deportados, marginados o desfavorecidos, de dentro de una ciudad, con título de ciudadanía o extranjero. Cualquiera de estas denominaciones es una etiqueta que habla de un conjunto de identidades de determinados pueblos, y se utiliza para elaborar una composición que incluya varios rasgos de los que convergen en estas sociedades.

 

Me da la impresión de que, mientras estamos empeñados en reconocer la diversidad que nos rodea en el ámbito de una sociedad, deberíamos mirar más de cerca a la que hay dentro de ella.

 

Permítanme que vuelva a mi identidad jamaicana. Aunque he afirmado mi identidad en las palabras de Marley en ese himno de la redención africana, debo recordarles que mi identidad también se puede afirmar, ya que crecí cantando London Bridge is falling down, Jane and Louisa will soon come home, with Jack and Jill still going up the damn hill.(1)

En otras palabras, mi identidad jamaicana no se ha forjado con un único aspecto de la experiencia. Aunque abiertamente africano en las bases de mi identidad, les sorprenderá que les diga que no me casaré, ni realizaré ninguna otra función vital que no incluya el curry. Esta actitud no se identificará como jamaicana. Esta actitud dice más del aspecto hindú de mi cultura y mi identidad. Durante los últimos cinco años más o menos, gracias a la imposición británica de la mano de obra por contratas, después de que los negros dejaran las plantaciones, hemos tenido gran éxito en nuestra relación interactiva con la civilización india y han puesto de moda una parte de nuestra identidad y la atracción por las delicias culinarias de la India.

 

Naturalmente, no hace falta decir que soy muy británico: no sólo me resulta muy familiar el Puente de Londres de la canción, también conocí a Shakespeare y a Wordsworth en un momento muy temprano de mi vida, y aprendí a referirme a ellos como maestros cuando sabía muy poco o nada de los atributos literarios de África o incluso de Jamaica y del Caribe. Par mí resulta mucho más fácil llegar a Londres que a Granada o a St. Kitts, y eso no es casual.

 

He aprendido inglés y he comprendido que es un idioma oficial a la vez que me he dado cuenta de que el discurso nativo que utilicé mientras crecía era un dialecto, o inglés vulgar, patois o una forma de expresión-que-no-se-utiliza-entre-la-gente-fina. He aprendido español y he querido ser Don Quijote, el Caballero de Olmedo, incluso el Burlador de Sevilla, y he comprendido que mi “caribeño” se identifica más con el francés o el español, el inglés o el holandés. He viajado por mi país hasta llegar a Little London, Manchester, Old England, Sheffield, Devon, etc. He recorrido Trafalgar Road y Waterloo Avenue y he visto Ocho Rios y Rio Nuevo, pero me ha costado encontrar Accompong o Accra.

 

Me gustaría destacar que hay identidades múltiples que no son simples ejemplos de diversidad cultural en el ámbito de la sociedad. La diversidad cultural y las identidades múltiples están dentro de nosotros mismos.

 

“Ibero-“ no signfica “España”, si por España entendemos una forma pura de ser, porque España ha sido colonizada por África, por las Indias Occidentales y por Latinoamérica. Y lo mismo puede decirse de América. Decimos “mestizo” o “criollo”: en otras palabras, América es una identidad múltiple, que incluye a todos los pueblos que han venido y servido aquí, todo aquellos a los que han traído y cuya cultura, forma de ser y espíritu, unidos en un proceso de mestizaje cultural y lingüístico.

 

De manera similar, debemos mirar a la diáspora. Esta gente debe incluirse en el proceso, porque su identidad está basada en gran medida en su país de origen. Sus hijos son, en muchas ocasiones, productos de identidades desplazadas que reiteran una noción de ciudadanía que no tiene raíces ni estatus, que aspiran al autodescubrimiento en una única identidad, que es la que proclaman: la de sus padres. Es la identidad múltiple en su manifestación más poderosa y la que tiene mayor potencial de explotación.

 

Muchos de nosotros continuamos viendo el proceso de cooperación cultural como algo unidireccional, que refleja las bases del poder. La cooperación fluye desde los poderosos hacia abajo, hacia los que no lo son. De la misma manera que contemplamos la colonización en su momento, como la imposición por parte de Europa de sus valores sobre los más débiles, una forma de cristianizar a los paganos y hacer más humanos a los salvajes. No se ha dado mucho crédito, en el ámbito político, a la identidad, pero la verdad es que en lo cultural, la contaminación fluye en ambos sentidos y Europa fue en realidad colonizada por África de la misma manera que lo fue por los pueblos indígenas que vivían allí. Algunos prefieren llamarlo “criollización”, porque sugiere una influencia menor. Pero la influencia es la influencia. Shakespeare conoció a Othello como los griegos conocieron Egipto. Europa ya no fue la misma una vez que regresaron los barcos. Lo que los marinos trajeron de allí no eran sólo joyas: trajeron nuevas formas de ser y de hacer, nuevas ideas y estructuras que contribuyeron a hacer de Europa un lugar mejor de lo que había sido antes.

 

Así que cuando, en Barcelona, una mujer me preguntó cómo debia comportarse con un vecino africano que acababa de mudarse al piso de al lado, me limité a sugerirla que le diera la bienvenida en un ritual que supondría, para ella, acoger a una parte perdida de su ser múltiple, que ahora regresaba, ese desecho flotante que no dejamos que llegue a la orilla.

De hecho, después de años de movimientos y actuaciones, todos tenemos múltiples identidades. Cada uno de nosotros es un monumento a la diversidad. Yo puedo cantar Guantanamera o Cielito Lindo, aunque celebre The Lion Sleeps. Nuestra lengua nos delata. Esa sensación de comodidad que experimentamos en las distintas sociedades que visitamos, nos cuenta nuestra propia historia: incluso nuestro descontento puede ser la revelación de una inadecuación, o de la negativa a enfrentarnos a elementos de nuestras identidades múltiples.

 

Así que, si tal vez no sea muy afortunado que el título y la audiencia de esta conferencia sean africanos. O es un malentendido o una huida de la realidad. Porque si aquí se trata de África, esto tendrá que ponerse en relación con una posición compartida por tanta gente que situará a África en el centro de todos los discursos sobre el origen del hombre. Nosotros somos Antonio Maceo cabalgando por el interés de la gente, somos Simon Bolivar, implacable, escribiendo en Jamaica su carta para la liberación de un continente; somos  Marcus Garvey afirmando el derecho a la existencia de toda una raza; somos Benito Juárez, Nelson Mandela, somos la gente que ha luchado y conquistado, y Europa, el mundo en realidad, nunca volverán a ser lo mismo.

 

Y sin embargo, en todo esto, debemos destacar que nos asociaremos con, o afirmaremos la identidad de las muchas identidades que sentimos, que nos darán equilibrio y poder. Es decir, que tenemos opción. Para algunos de nosotros, nuestro origen europeo es el que nos proporciona una tabla de lanzamiento para obtener un perfil y un avance. Para otros, nuestra identidad caribeña es nuestro punto fuerte, mientras para otros puede ser Legba u Ogun, Shango u Oya, es decir, África y sus dioses. Algunos de nosotros pueden reforzar las identidades múltiples, desplazándose con facilidad de un flujo de identidad a otro. Todo esto debe tenerse en cuenta a la hora de elaborar una política cultural, de manera que es preciso proporcionar, o crear espacios para que la gente asuma su identidad, o sus identidades, con confianza. Todo esto redundará en una ciudadanía más positiva y completa. Por eso en Jamaica queremos celebrar en las escuelas el Día de África, el Día del “Maroon”, el Día de la llegada de los Indios, el Día de la llegada de los Chinos, el Día de Europa, el Día del Rastafari, etc. 

 

Esta idea de las identidades múltiples, por lo tanto, tiene que entenderse en toda su dimensión, porque es la esencia del ser de toda la humanidad, lo que hemos forjado como consecuencia de años de interacción y coexistencia mutua. Cuando hayamos comprendido esto, estaremos en condiciones de incluir a todo el mundo en nuestros programas de construcción de la identidad cultural, lo que en Jamaica llamamos la “smaddificación”.

La política cultural, cuando refleja el concepto de las identidades múltiples, proporcionará una plataforma de inclusión social, de creación de la riqueza, la paz y la prosperidad, que servirá de heraldo para mejorar la calidad de vida para todos los ciudadanos del mundo, porque cuando todo está dicho y hecho, se trata en definitiva de UN AMOR:

 

 

(Un amor, Un corazón / Vamos a unirnos y a sentirnos bien / Un amor, Un corazón / Demos gracias y recemos al señor / Y nos sentiremos bien / Vamos a unirnos y a sentirnos bien)

 

NOTAS

 

(1) (N. de la T.) Son versos de las llamadas “Nursery Rhymes”, cancioncillas típicas que aprenden los niños ingleses en los primeros años de colegio.

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