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LA CULTURA DIGITAL: LA NUEVA ECOLOGÍA SOCIAL PARA LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO

Aleksandra Uzelac.

 

 

Aleksandra Uzelac(1) es Jefa del Departamento de Cultura y Comunicación en el Instituto de Relaciones Internacionales (IMO) de Zagreb, Croacia. Tiene un doctorado (2003) en Ciencias de la Información de la Universidad de Zagreb.

 

Basándose en una investigación realizada sobre prácticas culturales concretas, sus intereses se desarrollaron hacia en impacto de las TIC en cuestiones culturales, redes virtuales y portales, digitalización de la cultura, y el contexto cambiante que la cultura virtual ha aportado a las políticas culturales. Sus intereses se centran actualmente en el impacto de la globalización de una sociedad cada vez más enfocada al comercio y en la esfera virtual de la diversidad cultural. Los resultados de sus investigaciones han sido publicados en libros y revistas científicas tanto en Croacia como fuera de allí. En 2008 co-editó el libro Digital Culture: The Changing Dynamics (http://www.culturelink.hr/publics/joint/index.html#digicult).

 

Aleksandra Uzelac ha combinado su actividad de investigación con iniciativas prácticas, encaminadas a desarrollar la infraestructura de la e-cultura en Croacia, lanzando en el año 2000 el proyecto www.culturenet.hr, un portal cultural croata, de ámbito nacional. Es miembro del equipo de Culturelink Network (www.culturelink.org) y de su consejo editorial desde 1993. Desde 2006 pertenece al Comité Regulador Internacional de la red Culturemondo (www.Culturemondo.org).

 

www.connectcp.org/AleksandraUzelac

 

La sociedad actual está marcada por el rápido desarrollo de recursos para la comunicación y la información, por lo que se ha denominado a veces “la era de la información”. En las últimas décadas hemos colocado a nuestra sociedad un sinfín de etiquetas –sociedad de la información, sociedad del conocimiento, sociedad en red– poniendo así de relieve la importancia que las estructuras de la información y la comunicación tienen en nuestra vida cotidiana. La magnitud de los cambios que ha sufrido nuestra sociedad se refleja en cómo nos referimos a ella, hablando de la “revolución”, más que de “evolución”, que se está produciendo en la información y que está influyendo en esos cambios. Las expresiones “sociedad de la información”, “sociedad en red” o “sociedad del conocimiento” son de corte político y no tienen un significado preciso(2). Estas expresiones pueden significar más información, más infraestructuras de comunicación, más lucro para el sector empresarial o incluso la emancipación de los ciudadanos de nuestra sociedad. Generalmente reflejan una visión determinista: que el desarrollo de infraestructuras y servicios de TIC (Tecnología de Información y Comunicaciones) contribuye al desarrollo social. Pero debemos preguntarnos qué parece esta sociedad, y qué debería parecer. ¿Es, o va a ser, libre, democrática, pluralista, transparente y responsable? ¿Cómo se correlaciona con los modelos culturales y de comunicación existentes en nuestra sociedad?¿Se podrá conservar su diversidad cultural?

 

Aunque las expresiones como “sociedad de la información” “sociedad en red” o “sociedad del conocimiento”se hayan definido ya en términos generales, la sociedad moderna, en la que vivimos hoy, puede definirse con más precisión. En términos políticos es un sistema basado en la democracia representativa, basada en la ley y en la división de poderes entre los tres pilares del Estado, donde la esfera pública y la sociedad civil desempeñan un papel significativo y donde los principios de los derechos humanos se apoyan en instituciones de ámbito global. Una definición describe nuestra sociedad moderna en términos de sociedad civil como “un grupo de instituciones sociales y políticas compuestas por cinco elementos: las autoridades del Estado, limitadas e incontables para el público; la ley; la esfera pública, constituida por ciudadanos interesados, los sistemas de mercado y las asociaciones de voluntarios” (Pérez- Díaz, 1996, citado en Ilczuk, 2001: 17).

 

En el ámbito económico se trata de un sistema capitalista avanzado, basado en la lógica industrial neoliberal y constituido según los procesos de globalización donde el mercado ocupa una posición importante y apoya la libre circulación de mercancías y capital. En la actualidad, la globalización (es decir, la integración del comercio, las inversiones y los mercados financieros) inscribe el modelo de desarrollo en una serie de sociedades modernas cada vez más dependientes unas de otras y donde las empresas multinacionales tienen una influencia importante sobre las decisiones que se toman. Esto tiene su base en la economía industrial, en la que una economía centrada en la información y la producción cultural se volvió muy importante en los siglos XIX y XX,(3) y en los sistemas de comunicación (el teléfono y el telégrafo, la prensa de gran tirada, la radio y la TV, etc.) que fueron los que hicieron posible la comunicación y la difusión de la información a una escala que trascendía la comunidad local inmediata. De industrial pasó a ser una forma de sociedad postindustrial, donde la forma de trabajo dominante cambió de mano de obra industrial a formas de trabajo más inmateriales. Hasta ahora, los procesos de globalización económica no han dado lugar un desarrollo igual y equitativo en todos los países y regiones, y el rápido desarrollo tecnológico no ha tenido como consecuencia la reducción de las diferencias sociales ni de la brecha entre regiones ricas y pobres. Las desigualdades de ingresos a nivel mundial están creciendo, y esto afecta también a las oportunidades que tienen los ciudadanos de los distintos países.(4) El capitalismo globalizado está marcado por el consumo y la ciudadanía, la economía y la política, lo global y lo local, y las esferas de actividad pública y privada (Fenton, 2006).

 

La discusión en torno a qué tipo de sociedad estamos creando sigue adelante: ¿se trata de una “sociedad del conocimiento” democrática e integradora? ¿o es más bien una “sociedad de la información” que se rige por el consumo y la comercialización? La diferencia principal entre ambas está marcada por la posición de la información, el conocimiento y la cultura dentro de ella. La información y el conocimiento como una red común de recursos culturales que hemos creado conjuntamente, y por lo tanto debemos compartir conjuntamente, o la información y el conocimiento como un producto básico que debe ser poseído y controlado de manera privada?. En otras palabras, ¿nos estamos centrando en la información para consumir, o en la información para actuar? (Fenton, 2006).

 

LA CULTURA COMO INFORMACIÓN Y COMUNICACIÓN

 

El debate sobre la sociedad de la información suele centrarse en cuestiones relacionadas con las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y con el potencial de Internet, en lugar de hacerlo en los cambios, más profundos, que se están produciendo en nuestro ecosistema cultural (y de medios) en ese nuevo contexto que han configurado las tecnologías digitales. La cultura y la comunicación son dos conceptos estrechamente relacionados. El diccionario Webster ofrece distintas definiciones de cultura. Don Foresta hace hincapié en dos definiciones que se ofrecen en el Webster (Foresta, Mergier, Serexhe, 1995: 10).

 

1. La cultura como un modelo integrado del conocimiento, las creencias y el comportamiento humano, que depende de la capacidad del hombre para aprender y transmitir el conocimiento a las generaciones posteriores.

2. La cultura como conjunto de creencias, normas sociales y rasgos materiales de un grupo racial, religioso o social, que vienen impuestas por la costumbre.

 

Foresta destaca que la diferencia de concepto entre las dos definiciones está en que la primera se vincula al conocimiento y la forma de transmitirlo, mientras la segunda se apoya en los valores y normas acordados dentro de una comunidad, que rigen el comport amiento de la gente y sus relaciones. La primera definición abarca las artes y las ciencias como formas de comunicación. Las artes y las ciencias pueden afectar al comportamiento de un grupo de la misma manera que el conocimiento nuevo puede influir en las creencias tradicionales, y el alcance de esa influencia dependerá de “la disponibilidad de los sistemas de comunicación y su empleo, y del contenido de esas formas de comunicación” (Foresta, Mergier, Serexhe, 1995: 10).

 

La centralidad de la información para la cultura es visible en las características de la información, que Benkler describe como “bien no rival”, es decir, que “su consumo, por parte de una persona, no reduce su disponibilidad para que lo consuman otras personas”, y el hecho que la información es entrada y salida en su propio proceso de producción. La información no se gasta en su comunicación con otros, más bien se preserva. Estas características nos llevan a entender la cultura y la información como bienes públicos (Benkler, 2006: 36). Según Pasquali las palabras comunicación o información siempre se refieren a la esencia de la comunidad y las relaciones humanas (Pasquali, 2003: 198). Para Hamelink “los contenidos de la información son productos culturales. La información forma parte del tejido cultural de una sociedad. Entre los temas más importantes de esta dimensión está la posibilidad de compartir el conocimiento y la protección de la identidad cultural” (Hamelink, 2003: 124). De este modo, Hamelink sostiene que la forma en que una sociedad aborda la obtención y proceso de la información viene determinada por sus perspectivas culturales. Entiende el concepto de comunicación como algo más amplio que la simple transmisión de mensajes, y afirma que comunicar “es un proceso en el que se comparte y se pone en común o se crea una comunidad” (Hamelink, 2003: 155). Las expresiones culturales, como el idioma, son sistemas de signos para la comunicación, y a través de estos códigos culturales comunes las personas construyen el entendimiento propio de su entorno y crean significados compartidos (y, por ende, comunes). James Carey (1992) también distingue entre dos puntos de vista de la comunicación: “el punto de vista de transmisión de la comunicación” a través del cual los mensajes se transmiten y distribuyen en el espacio para el control de la distancia y las personas (definido por términos tales como enviar, transmitir o dar información a los demás); y “la visión ritual de la comunicación”, por ejemplo, la representación de creencias comunes dentro de una comunidad. La visión ritual no está dirigida hacia la extensión de los mensajes en el espacio sino hacia el mantenimiento de la sociedad a través del tiempo por medio de la representación de las creencias comunes. La comunicación como transmisión representa los pilares sobre los cuales se construye la comunicación como ritual.

 

De modo que, cuando hablamos de cultura, la comunicación va implícita. Como explica Foresta, “cada sociedad se recrea constantemente a sí misma, a través de la comunicación, redefiniendo sin parar su realidad colectiva, su cultura”; y “cultura es una memoria, una memoria colectiva, que depende de la comunicación para su creación, evolución y preservación” (Foresta, Mergier, Serexhe, 1995: 19). El conocimiento siempre se ha comunicado, y siempre ha estado incluido (y así se ha preservado) a través de nuestras estructuras de comunicación cultural, y las tecnologías disponibles han sido siempre un elemento importante que ha permitido y facilitado estos procesos de creación, intercambio y preservación de nuestra memoria cultural.

 

CULTURA DIGITAL - LA NUEVA ECOLOGÍA SOCIAL

 

Afirmar que la tecnología influye en diversos aspectos de nuestra cultura sería a b o rdar la cuestión de manera excesivamente simple y demasiado determinista, aunque no completamente errada. Somos conscientes de los cambios que se han producido en las sociedades actuales y que están vinculados a la introducción de las TIC en nuestras vidas, como sucedió con la electricidad en el pasado. Podemos decir que todas las tecnologías intervienen en el entorno humano y lo modifican en cierta medida, cambiando a un tiempo las condiciones de existencia de las diferentes culturas (de manera más o menos radical). Convierten en obsoletas determinadas prácticas mientras otras, anteriormente difíciles o poco prácticas, se hacen posibles y más fáciles de lograr. El cambio no tiene lugar por acción de una lógica tecnológica interna, sino que depende de cómo lo acepte la sociedad, de cómo lo regule, de manera que puede decirse que la tecnología provoca y refleja una serie de variaciones de dicha sociedad.

 

Cuando la tecnología en cuestión es una tecnología de la comunicación, entonces su influencia adquiere mayor resonancia, porque la forma de usarla puede provocar cambios en la esencia

de nuestros modelos comunicacionales y culturales. De este modo, las tecnologías relativas a

la información y la comunicación no deben considerarse como instrumentos, sino como sistemas interactivos que modifican radicalmente nuestras capacidades cognitivas (Dascal, 2006).

 

La tecnología no provoca determinados efectos de manera lineal, sino en combinación con muchos otros elementos, con los que crea una situación de viabilidad “que sugiere un futuro posible, en lugar de determinarlo” (Hawk y Rieder, 2008: xvii). Las complejas tecnologías que estamos utilizando ahora no pueden contemplarse como meras herramientas que nos ayudan a superar determinadas limitaciones (porque entonces serían técnicas, y no tecnologías): deben considerarse como entornos. Y debe hacerse hincapié no ya en los efectos de unas tecnologías específicas, sino en los efectos cambiantes de las ecologías(5) que propician.

 

Si miramos con detenimiento el entorno digital en el que vivimos hoy, podremos ver que nos envuelve por completo: las tecnologías digitales están presentes en todos los aspectos de nuestras vidas. En la actualidad utilizamos la tecnología digital casi sin darnos cuenta: está presente en todos los segmentos del comercio, en todas nuestras transacciones financieras, desde el cajero automático hasta las operaciones bursátiles en el mercado de valores. Los sistemas de control de tráfico, los equipos médicos o de otra índole, los ascensores , etc., están ya controlados por sistemas digitales, o se activan con ellos. “La mayor parte de los formatos de los medios de comunicación, televisión, grabación de música, películas, etc., se producen y, cada vez más, se distribuyen por medios digitales. Estos sistemas están empezando a combinarse con formatos digitales como Internet, la red mundial, y los juegos de vídeo, para configurar un paisaje sin fisuras” (Gere, 2002: 9). Charlie Gere explica que, el alcance que tiene la presencia de las tecnologías digitales en nuestras vidas sugiere la existencia de una cultura digital y destaca que “la digitalización puede considerarse como marcador cultural, porque abarca tanto los artefactos como los sistemas de significación y comunicación que con más claridad delimitan nuestro modo de vida contemporáneo, diferenciándolo de otros” (Gere, 2002: 12).

 

Hace sólo unas décadas que estábamos empezando a utilizar ordenadores en el trabajo; en aquellos tiempos, podíamos considerarlos herramientas. Pero cuando entraron en juego la comunicación y la dimensión multimedia, cuando establecimos una red y los procesos de convergencia comenzaron a ser más visibles y a provocar cambios, no sólo en la esfera técnica, sino en nuestras instituciones sociales, entonces se hizo obvio que los cambios que se estaban produciendo lo estaban haciendo en el nivel del ecosistema social. Todo el contexto había empezado a cambiar, así que era difícil que una determinada instancia del sistema no resultada afectada (al menos, a largo plazo). Se ha creado una nueva dimensión, o espacio, o esfera, que es el espacio virtual, y que ha traído algunos conceptos nuevos y desplazado algunos límites estables, y hemos tenido que aprender a abordarlas. Aprendimos qué son los nuevos medios(6) y qué significa ser virtual(7).

 

Cultura virtual, cibercultura, e-cultura, cultura de Internet, nuevos medios, cultura de la convergencia, cultura digital… son todos términos relativamente nuevos que hoy se emplean mucho tanto en literatura científica como en literatura popular. Investigadores de diversas disciplinas han examinado el impacto de estos nuevos medios en distintos aspectos del espacio virtual, y también su impacto en el plano real, y sus puntos de vista sobre la cultura digital han cambiado muchas veces en un período de tiempo relativamente corto. Cuando los PC fuera de línea estaban en el punto de mira, lo importante era la interfaz; cuando se añadieron las posibilidades de comunicación, el énfasis pasó a la interacción y las TIC dejaron de verse como herramientas; entonces empezamos a pensar en su contexto como espacio. Aunque están interrelacionadas, ya que ambas enmarcan nuestra experiencia, las esferas real y virtual solían estar claramente delimitadas pero, a medida que las tecnologías digitales continúan progresando hacia la miniaturización, los límites ya no son tan claros. A medida que la penetrante informatización se centra en incorporar elementos específicos basados en TIC en el ambiente de fondo de espacios físicos locales8, otro cambio está teniendo lugar: nuestras experiencias de tecnologías digitales se están moviendo del primer plano virtual al trasfondo material. Así, más que ser no real, la virtualidad comienza a adquirir el significado de un aspecto tácito de la realidad material (Hawk and Rieder, 2008). Esto significa que la realidad también ha sido transformada en un espacio de información en el que los objetos materiales se están convirtiendo en objetos mediáticos ya que potencialmente pueden convertirse en información que fluye a través de las redes globales. Términos tales como inteligencia ambiental, computación ubicua y la “Internet de las Cosas” han sido recientemente introducidos en las discusiones sobre cultura digital, indicando que la cultura y la cultura digital evolucionan y se están interrelacionando cada vez más a medida que enmarcan nuestras experiencias – cada vez más cerca una a la otra.

 

EL CONTEXTO SOCIAL DE LA CULTURA DIGITAL. CONVERGENCIA Y ESFERA PÚBLICA EN RED

 

Las TIC, en combinación con la infraestructura de red que tiene Internet, han hecho posibles unos cambios enormes en todos los aspectos de nuestra vida y nuestro trabajo. En la actualidad, los PC en red (un capital físico básico necesario para la comunicación y la creación del significado) son herramientas bastante buenas, con capacidades mucho mayores que los enormes ordenadores “mainframe” del pasado. La mayoría de los ciudadanos de los países desarrollados pueden permitirse uno. Los usuarios pueden producir, almacenar, copiar, modificar, enviar y recibir artefactos e información digital. Como, ni los PC ni las conexiones a la red resultan muy caros, se ha producido un descenso en los costes de producción y distribución y hay más canales de comunicación y entrega disponibles. El rápido crecimiento de Internet, tanto en número de usuarios(9) como en información(10) y servicios a los que se puede acceder a través de ella, indica la importancia de las actividades que se desarrollan en el dominio virtual. En el proceso de virtualización el mundo ha cambiado de escala: la información se ha desmaterializado, el ámbito virtual ha modificado la importancia que tienen las categorías de espacio y tiempo y hay una inmensa riqueza informativa al alcance de todos. En la esfera virtual, a la que Lévy (2002) atribuye la potencialidad como rasgo principal, se presentan nuevas oportunidades y amenazas para usuarios y para modelos establecidos de organización del propio negocio.

 

En la sociedad de hoy se pueden observar diferentes tendencias que se apoyan en gran medida en los recursos de información y comunicación. Por un lado, las TIC y las redes digitales son una infraestructura necesaria que facilita los procesos de globalización, y se emplean para dar apoyo a los procesos de producción y a los mercados globales, haciendo posible un control y una coordinación centralizados sobre una serie de unidades de producción dispersas. Por otra parte, Internet es una herramienta de comunicación muy utilizada por ciudadanos, activistas y ONG’s, porque permite una comunicación eficaz y de largo alcance. En Internet, como sucede en el mundo real, no todo el mundo es igual: las posibilidades dependen de los recursos disponibles. Como Internet es un medio utilizado por usuarios y ciudadanos como herramienta de comunicación y cooperación definitiva, y como alternativa a la esfera de los medios de comunicación de masas, las empresas han tratado de asegurarse de que este avance no tenga el efecto de una tecnología disruptiva(11)

 

sobre sus formas de trabajo establecidas. Los negocios articulados en torno a la industria están tratando de asegurar que, mientras las realidades físicas y tecnológicas cambian, la organización social permanece estática.

 

El espacio virtual tiene menos límites y diferentes características que el espacio real,. La digitalización ha hecho posible el proceso de convergencia de los medios. Cuando, usando la misma tecnología digital, las industrias de medios, telecomunicaciones e inform ática, previamente separadas, pudieron hacer cosas para las que anteriormente necesitaban diferentes herramientas analógicas, las limitaciones que enfrentaban en sus actividades en el mundo real cambiaron. Esto significa que la convergencia es más que un simple salto tecnológico, y afecta a los cambios que definen las relaciones en el seno de una sociedad. Como dice Jenkins “la convergencia altera la relación que existe entre tecnologías, industrias, mercados , géneros y audiencias. La convergencia altera la lógica por la que se rige la industria de los medios de comunicación, y por la que los consumidores de estos medios procesan las noticias y el entretenimiento” (Jenkins, 2006: 17). Se trata de un proceso que está en marcha, y su forma final estará influenciada por factores económicos, batallas legales, nuevas prácticas culturales, etc., que ya se encuentran en proceso de transición. Según Jenkins, “la forma en que se desarrollen todas estas transiciones será la que determine la balanza del poder en la próxima era” (Jenkins, 2006: 17).

 

Al eliminar la delimitación física que separa unos medios de otros en el entorn o digital, los distintos sectores de actividad informativa pueden garantizar el flujo de contenidos de una plataforma a otra, de manera que, desde el punto de vista económico, lo normal sería que se fusionaran. La tendencia a concentrar la propiedad de los medios en la sociedad actual va en aumento. Esto es un problema, porque aplasta la competencia entre los medios, reduce la diversidad y levanta barreras frente a la participación de otros agentes. Estas grandes industrias mediáticas concentradas tienen como primer objetivo lucrar, y los usuarios no están en situación de influir en ellas. Por otra parte, las industrias culturales y mediáticas ejercen una poderosa influencia sobre muchas de las esferas públicas, con lo que pueden dar forma a la realidad popular pero, como explica Deuze, “con un claro enfoque a vender audiencias como para los anunciantes” (Deuze, 2007). Esta situación tiene impacto en la calidad de la esfera pública en las sociedades modernas que los medios deberían estar facilitando. No es fácil encontrar una respuesta a la pregunta de cómo preservar el potencial democrático de los medios de comunicación y garantizar su pluralismo cuando el contexto está cada vez más comercializado.(12)

 

La otra cara de la moneda que el entorno digital en red ha sacado a la luz es la amplia participación de usuarios en la esfera virtual. Parece que “las mismas tecnologías de comunicación que hacen posible la interactividad y la participación son armas que se emplean para propiciar que se asiente y crezca un sistema corporativo global de medios de comunicación del que puede decirse que es cualquier cosa menos transparente, interactivo o participativo” (Deuze, 2007: 247). Esta situación también puede tener una lectura inversa, de forma que puede afirmarse que las redes digitales proporcionan una serie de plataformas alternativas de comunicación, y esto cambia la posición de los medios de comunicación tradicionales y modera su poder. Entre la gran cantidad de información que está disponible en Internet, un usuario interesado puede encontrar una serie de perspectivas distintas sobre cualquier tema catalogado en Google. Esta información procede de fuentes también muy diversas: los medios tradicionales, el sector empresarial, las ONG, la comunidad científica, el sector educativo …. Esta diversidad de información y perspectivas es un producto de lo que Benkler (2006) llama la economía de la información en red, en la cual la producción e intercambio por grupos y la voluntad de compartir desempeñan un importante papel. Según Benkler, el aspecto más importante de esta economía es la posibilidad que abre para dar la vuelta al foco de control de la economía de información industrial, y para invertir las tendencias de concentración y comercialización (Benkler, 2006: 32). Benkler sugiere que una de las mayores implicaciones de la economía de la información en red se encuentra en el desplazamiento de la esfera pública en la que actúan los medios de comunicación, hacia una esfera pública configurada en red, donde hay muchos más individuos que pueden hacer públicos sus puntos de vista y sus observaciones y difundirlos a otros muchos individuos “sin que estas opiniones estén controladas por los propietarios de los medios de comunicación, por lo que no sucumben fácilmente a la corrupción del dinero, como lo hacían los medios tradicionales” (Benkler, 2006: 11). Este es el resultado del hecho de que las capacidades prácticas de las personas ha mejorado en el entorno digital de red. Las personas pueden contribuir con sus críticas y preocupaciones en los debates activos, pueden producir y publicar información que producen ellas mismas en sus y páginas , o pueden contribuir con proyectos de producción en grupo a gran escala ( ). Y todo esto sucede, en gran medida, al margen del mercado regulado.

 

Durante el período, menos de dos décadas, en el que se ha estado usando Internet, se han suscitado muchas esperanzas sobre lo que iba a traernos: comunicación a escala global y más democracia, entre otras cosas. Después siguió una reacción crítica, al ver que lo que se anunciaba en un principio no llegaba. La expectativa de que todo el mundo pudiera difundir información y ser escuchado contrastaba con el problema de la sobrecarga de información, y la dispersión de la atención al que nos estamos enfrentando en el entorno digital. La expectativa de una comunicación más amplia chocaba con una realidad en la que la brecha digital no puede pasarse por alto. Cuando los físicos que estudian la teoría de la red hicieron un mapa de Internet y de la forma en que se establecen en ella los vínculos, se pudo apreciar que su estructura no tiene una distribución equitativa. Volvemos a lo mismo: hay pocas páginas que concentren a la mayor parte de los usuarios mientras la mayoría de páginas, así como la información que contienen, pasan desapercibidas(13) (Barabási, 2003). Resulta evidente que el campo virtual refleja los problemas y desigualdades del mundo real. A pesar de todo ello, aún es verdad que Internet complementa a los canales de comunicación existentes para la difusión de información pública y privada y permite que el número de usuarios que comunican sus puntos de vista libremente –colaborando así en p rocesos de producción entre iguales– sea mayor que en otros medios.

 

Cuando los físicos que estudiaban la teoría de la red se dieron cuenta de que Internet tiene una estructura específica, mostraron la forma en que la emplean sus usuarios, es decir, su estructura macro-social. Pero que exista una riqueza de información no supone que sea fácil llegar hasta ella. No todos los sitios tienen la misma visibilidad, pero como están conectados entre sí, configurando la red mediante múltiples vínculos, hay muchas formas de llegar a ellos. Internet parece estar dotada de un efecto de “pequeño mundo”(14)  donde la gente se las arregla para llegar a la información que busca con relativamente pocos pasos. Como la gente, y la información que ésta produce, se agrupan por intereses y otras conexiones establecidas, las búsquedas no se hacen al azar. En un determinado grupo puede considerarse interesante una información determinada y, a través de una serie de filtros basados en estos grupos, se puede llegar a una observación significativa en el ámbito de otro grupo, de mayor entidad, que tenga relación con aquél. A medida que avanza el proceso, la información puede llegar a páginas más visibles, de información general, incluso a los medios de comunicación convencionales. De modo que, según Benkler, parece ser que la red está articulando una espina dorsal de la atención y que “esa atención depende de resultar interesante para un grupo de personas implicadas en un entorno en red mientras que en el entorno de los medios de comunicación convencionales es preferible suscitar un interés moderado entre un grupo de espectadores cuya implicación sea menor” (Benkler, 2006: 13). Esta es una diferencia significativa, que puede modificar la forma en que percibimos el mundo que nos rodea y la manera de implicarnos en el proceso, ya sea como meros observadores o como ciudadanos participativos.

 

ASPECTOS PARTICIPATIVOS DE LA CULTURA DIGITAL Y EL FUTURO DESARROLLO CULTURAL

 

Con herramientas listas para usar en sus manos, los usuarios comenzaron a desarrollar nuevas prácticas. La cultura digital se describe como una cultura participativa donde los usuarios no sólo consumen información, sino que contribuyen a ella de distintas formas. Este cambio es especialmente visible en los últimos tiempos, cuando Web2.0, o el “sofware social”, pasó a ser un fenómeno prominente. Blogs, wikis, redes sociales y sitios de intercambio de fotografía y vídeo o diferentes servicios “peer-to-peer” son ejemplos de una tendencia que ha alcanzado una popularidad enorme, y las distintas plataformas de participación se han estudiado en profundidad (Benkler, 2006; Tapscott y Williams, 2006; Sunstein, 2006). Aunque los contenidos que aportan los usuarios pueden describirse, en ocasiones, como triviales, estas nuevas plataformas también pueden dar lugar a formas nuevas y eficaces de vinculación social y política y provocar reacciones rápidas, sobre la marcha, ante cuestiones importan tes de la actualidad que los grandes medios de comunicación dejan de lado o cubren sólo de manera esporádica. Dichas plataformas participativas presentan poderosos espacios en red para la reconstrucción (progresiva) de la vida social, en la cual las motivaciones sociales, políticas o culturales (es decir, no comerciales), prevalecen sobre las motivaciones impulsadas por el mercado. Benkler explica que en la economía de información en red las maneras de producción en grupo basadas en la comunidad y no en el mercado tienen un papel más importante que en la economía de información industrial ya que las condiciones para la producción de información son muy extendidas y son posibles nuevas modalidades de organización de producción: radicalmente descentralizadas, colaborativas y sin derechos de propiedad; en base al intercambio de recursos y resultados entre personas ampliamente dispersas y libremente conectadas, que cooperan mutuamente sin depender de las indicaciones del mercado u órdenes administrativas.  (Benkler, 2006: 60).

 

Esta producción social supone nuevas fuentes de competencia para las industrias cultural y mediática en la “producción” de bienes de información. Es importante que el sector cultural entienda este nuevo contexto, en el que los usuarios son al mismo tiempo competidores y co-creadores de la información cultural. El entendimiento de las oportunidades que la producción social presenta contribuiría al desarrollo de las relaciones de refuerzo mutuo con instituciones del sector cultural, ya que la producción social está creando nuevas fuentes de insumos, nuevas expectativas, hábitos y gustos, como también oportunidades de producción. Como señala Benkler, “los consumidores se están convirtiendo en usuarios, que son más activos y más productivos que los consumidores de la economía de información industrial” (Benkler, 2006: 126). En un contexto como este, en el que los profesionales de la cultura quedan en una situación en la que están, más o menos, compartiendo el control con los usuarios, es interesante observar cómo los papeles de consumidor y productor se intercambian constantemente.

 

En el entorno de la red, los usuarios se están convirtiendo en productores, cada vez más, y reclaman su derecho a utilizar y reutilizar la información existente y las expresiones culturales que están disponibles en el medio digital y que forman parte de  nuestra memoria y identidad cultural. Esta situación provoca tensiones, porque en el sistema capitalista actual la producción de cultura de masas y, en consecuencia, nuestros medios de expresión, se han subsumido en virtud de los intereses de los conglomerados multinacionales que se rigen por la obtención de lucro. Deberíamos preguntarnos si la cultura es parte del mercado o el mercado es parte de la cultura. Las industrias culturales consideran que los productos culturales y la información son su propiedad. Las tecnologías de la comunicación permiten la participación deun gran número de usuarios, pero en una situación en la que la información se considera propiedad de alguien, surge una pregunta: ¿cómo pueden emplearla los usuarios? De esta forma, la cuestión del empleo de la información para consumir o para actuar nunca deja de estar en el enfoque.

 

Debemos volver a hacer hincapié en el hecho de que la información es entrada y salida en el proceso de producción del conocimiento y un bien “no rival”. La información no se gasta en su comunicación con otros, más bien se preserva. A lo largo de la historia, la riqueza de los contenidos públicos ha inspirado la creatividad y los creadores han utilizado los materiales ya existentes para desarrollar nuevas obras. Esto muestra que la herencia cultural y el acceso abierto a sus recursos tienen gran importancia en el proceso creativo que mantiene viva nuestra cultura. Las leyes de propiedad intelectual son herramientas muy poderosas que las grandes empresas y los medios de comunicación de masas están utilizando ahora para proteger sus negocios y aumentar el rendimiento de sus productos, al tiempo que restringen el depósito de entrada de nuevos productos creativos y del conocimiento. Pero “sin un dominio público enriquecido y en expansión, el nuevo conocimiento nunca llevará a crear más conocimiento y se restringirá la participación social en la producción y la distribución de ideas que, inexorablemente, supondrá una ralentización del ritmo de innovación en la economía” (Venturelli, 2000).

 

Las nuevas prácticas  están emergiendo dentro del contexto del ambiente conectado digital, pero las políticas culturales y el sistema legislativo que regulan el trabajo del sector cultural y de estas prácticas todavía parece que favorecen una ecología institucional basada en el modelo industrial. Todavía queda que decidir si en el futuro las políticas culturales y el sistema legislativo serán orientados menos hacia control y más alrededor facilitación de las acciones. Esta decisión dirigirá la dirección del desarrollo futuro hacia  “sociedades de conocimiento” democráticas e inclusivas, o una “sociedad de la información” comercializada y donde la información esta convertida en mercancía. Esto dependerá de la ecología institucional que se está formando ahora, y de las decisiones si los recursos para la producción y el intercambio de la información serán gobernados como recursos comunes (libres para todos) o como recursos propietarios. Tenemos que pensar en nuevas formas de organizar nuestras instituciones sociales, incluido el mercado, que será el que equilibre el control público y democrático y el potencial de la creatividad, individual y de grupo, de formas también nuevas. Como exponen Lovink y Spehr, “el poder social no reside sólo en el hecho de que se nos permita hacer esto o aquello, que podamos hacerlo… Hay algo mucho más importante: que el poder social reside en el hecho de que podemos evitar que otros hagan esto o aquello, y que podemos hacer que otros hagan esto o aquello. Ese es el verdaderopoder. En la sociedad, este poder se obtiene con la solidaridad, pero las instituciones son una operacionalización de esta solidaridad. Las instituciones me garantizan un determinado acceso a nuestros poderes colectivos” (Lovink & Spehr, 2006).

 

La cultura digital está marcada por una dinámica, en constante cambio, en la que la ecología institucional aún no está firmemente asentada. Para poder garantizar que se trata verdaderamente de un recurso para las sociedades del conocimiento hace falta esbozar distintas formas de solidaridad en el sistema convencional, y no en bolsas alternativas y esporádicas. La cultura digital de hoy enmarca nuestra experiencia del mundo en torno a nosotros mismos, y nos brinda un complejo conjunto de herramientas para organizar nuevas relaciones de interacción de información y de la cultura local y global. Los fines para los que esto se utilice si es para facilitar la comunicación cultural y la construcción de recursos de conocimiento, de las que todo el mundo puede participar y todos pueden compartir, o bien hacia una actividad basada en el comercio y gobernada por el rendimiento económico determinarán el futuro desarrollo cultural.

 

NOTAS

 

(1) La versión inglesa de este documento “How to understand digital culture: Digital culture – a resource for a knowledge society?” se ha publicado en el libro Digital Culture: The Changing Dynamics, 2008, Culturelink Joint Publication Series, núm. 12.

 

(2) Una sociedad de la información es una sociedad en la que la creación, distribución, difusión, uso y manipulación de la información es una actividad cultural, económica y política de gran significado. Kahn y Kellner define la sociedad de la información como “un espacio dinámico y complejo en el que la gente puede inventar prácticas sociales, culturales y de identidad y experimentar con ellas” (Kahn y Kellner, 2008: 23). Según Castells (1996) una sociedad en red es una sociedad cuyas estructuras clave se han organizado en torno a redes de información que se procesan por medios electrónicos. En sentido amplio, el término “sociedad del conocimiento” se refiere a cualquier sociedad en la que el conocimiento es el primer recurso productivo, en lugar del capital y la mano de obra. El término “sociedad del conocimiento” se origina en la obra de Peter Drucker, Robin Mansell y Nico Stehr. La UNESCO (2005) ha introducido el término “sociedades del conocimiento” (en plural, para hacer hincapié en la aceptación de la diversidad) para destacar la importancia del conocimiento como recurso compartido y la necesidad de promover nuevas formas de solidaridad, y para enfatizar la diferencia de concepto: la sociedad de la información se basa en los grandes avances tecnológicos; las sociedades del conocimiento abarcan muchas más dimensiones, sociales, éticas y políticas.

 

(3) En esta economía de información industrial podemos incluir, por ejemplo, la ciencia, los serv icios financieros, la contabilidad, los medios de comunicación y las industrias cinematográfica y musical (Benkler, 2006).

 

(4) Según Boyd-Barret (2004), en 1997 el 20% más rico de la población mundial que vivía en los países con nivel de ingresos más elevado, disfrutaba de un 86% del PIB mundial, el 82% de las exportaciones de m e rcancías y servicios, el 68% de la inversión directa procedente del extranjero, el 74% de las líneas de teléfono mundiales y el 91% de los usuarios de Internet. El 20% más pobre tenía un 1% del PIB mundial, el 1% de las exportaciones, el 1% de la inversión directa procedente del extranjero, el 1,5% de las líneas de teléfono y menos del 1% de los usuarios de Internet. Una década más tarde no se aprecia ningún cambio significativo en esta tendencia.

 

(5) La palabra ecología implica el estudio de los entornos: su estructura, contenido, e impacto sobre la gente. La ecología de los medios estudia la forma en que nuestra interacción con los medios facilita o impide nuestras posibilidades de supervivencia (Neil Postman) http://www.media-ecology.org/media_ecology/ (visitada el 25 de mayo de 2008).

 

(6) Lev Manovich identificó algunas diferencias importantes entre los medios análogos y los nuevos (Manovich, 2001). Hay cinco características principales de los nuevos medios, según Manovich: 1) la representación numérica del objeto, es decir, su código digital, que permite la manipulación algorítmica del objeto digital– los medios se convierten en programables; 2) la modularidad del objeto – los elementos de los medios (imágenes, sonidos, etc.) se representan como colecciones de muestras discretas. Estos elementos se combinan para dar lugar a objetos de mayor escala pero continúan manteniendo su identidad independiente. Estas dos características, más materiales, permiten 3) la automatización de muchas operaciones con los nuevos medios, y 4) la posibilidad de que existan muchas versiones diferentes del mismo “objeto mediático”, es decir, su variabilidad, que tiene características más profundas con consecuencias de mayor alcance. 5) La transcodificación es la última característica descrita por Manovich: consiste en traducir una cosa a otro formato. De esta forma los nuevos medios quedan desgajados de un determinado “hardware”, lo que significa también que el nivel del ordenador y su lógica y el nivel cultural/de contenidos se influyen mutuamente, creando una nueva lógica de los medios que los sectores culturales no deben olvidar. Las características descritas de los medios y los objetos culturales cambian nuestra percepción de los mismos.

 

(7) Para Pierre Lévy el concepto “virtual” tiene al menos tres significados: uno técnico, asociado a las IT, otro contemporáneo y uno más, filosófico. En su sentido filosófico, lo virtual es lo que existe en potencia más que en realidad. La forma en que se emplea actualmente, es decir, en su acepción contemporánea, la palabra virtual suele significar irrealidad, mientras la realidad implica una presencia tangible (la realidad virtual). En su significado técnico, el relativo a las TIC, virtual significa la posibilidad de generar información basándose en los datos digitales existentes y en las instrucciones de los usuarios. Como dice Lévy, “dentro de las redes digitales, la información está presente de forma física en algún lugar, obviamente, o en algún medio dado, pero también está presente de forma virtual en cada punto de la red donde se necesita” (Lévy, 2002, 29-32).

 

(8) Los sistemas de GPS, RFID y telefonía móvil son algunos ejemplos de este cambio de tendencia en el que el nivel informativo está incorporado a nuestro mundo material.

 

9 De acuerdo con los datos de www.internetworldstats.com (datos del 31 de marzo de 2008) hay 1.407.724.920 de usuarios de Internet en el mundo, lo que supone un 21,1% de la población mundial. La brecha digital es visible cuando se consideran los datos sobre el uso de Internet por regiones. Los índices de penetración más elevados están en Norteamérica (73,1%), seguidos de Australia y Oceanía (57%), Europa (47,7%), Oriente medio (21,3%), Asia (14%) y África (5,3%).

 

10 La pregunta de cuántas páginas hay en Internet es difícil de responder. Nadie lo sabe a ciencia cierta. La encuesta sobre serv i d o res realizada por Netcraft indicaba, en mayo de 2008, que recibieron respuestas de 168.408.112 sitios (news.netcraft.com). Pero probablemente sean muchos más. Los buscadores no suelen publicar el número de páginas con las que cuentan. Boutell.Com Consulting Services estima que en 2007 el número estaba en torno a los treinta mil millones. Se llegó a esa conclusión comparando estadísticas de Netcraft (relativas a los servidores) con las estadísticas publicadas por Yahoo (sobre páginas web listadas) para el mismo mes del año 2005. Esto les permitió hacer una estimación y concluir que hay una media de 273 páginas web por servidor. De forma que, si consideramos precisa esta estimación, se puede multiplicar este número de páginas web por website por la cuenta mensual de websites de Netcraft, y así sabremos cuántas páginas web existen en un momento determinado (www.boutell.com/newfaq/misc/sizeofweb.html).

 

(11) Tecnología disruptiva es un término acuñado por Clayton M. Christensen, catedrático de la Harvard Business School, para describir una tecnología nueva que, inesperadamente, desplaza a otra tecnología llamada establecida.

 

(12)  Los medios de comunicación comerciales han sufrido muchas críticas por su fracaso como plataforma para el discurso público. Las principales preocupaciones han sido el desequilibrio de la influencia ciudadana, que es una consecuencia del exceso de poder de los propietarios de los medios de comunicación a la hora de influir en los asuntos que ocuparán más espacio en dichos medios, y la gran influencia de los anunciantes, así como el depósito –limitado– del que pueden surgir temas y opiniones, y en el que los periodistas son los principales contribuyentes.

 

(13)  Una serie de estudios realizados en redes del mundo real han demostrado que la conectividad (el número de enlaces) de determinados nodos difiere en escala, ya que suele ceñirse a la ley de fuerza que conduce a veces a las llamadas redes de escala libre (muchas redes sociales y de comunicación tienen sus enlaces distribuidos mediante la ley de la fuerza, donde unos cuantos nodos cuentan con un elevado grado de conectividad, y muchos con conectividad escasa). Un ejemplo de esta ley de fuerza, es decir, de red de escala libre, se ha registrado en las redes de citación, en la web, en Internet, en redes metabólicas, gráficos de llamadas telefónicas, contactos sexuales, redes de colaboración, etc. Esta regla se resume así: “los ricos se hacen más ricos”.

 

(14)  El efecto de pequeño mundo se descubrió en un famoso experimento realizado en los años sesenta por Stanley Milgram, en el que una carta que se pasaba de una persona a otra llegaba a un individuo-objetivo en muy pocos pasos (seis). El experimento se convirtió en una teoría rompedora en el estudio de la interconectividad social. Y resulta intrigante, dado que sugiere que, a pesar del enorme tamaño de nuestra sociedad, es fácil navegar por ella siguiendo los vínculos sociales para pasar de una persona a otra (Barabási, 2003). Este efecto se ha observado en un gran número de redes diferentes, incluida Internet. El efecto de pequeño mundo tiene implicaciones en el proceso dinámico que se produce en las redes que existen en el mundo real, como la velocidad a la que se propaga la información. Es, en definitiva, el camino más corto para recorrer la red.

 

 

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