Con el apoyo de:

 

En el marco de:

 

 

 

 

LA NUEVA CENTRALIDAD DE LA CULTURA EN LA SOCIEDAD

 

Lo que está cambiando no es el tipo de actividades en las que participa la humanidad sino su capacidad tecnológica de utilizar como fuerza productiva lo que distingue a nuestra especie como rareza biológica, su capacidad de procesar símbolos.

MANUEL CASTELLS

 

En la sociedad globalizada la cultura emerge como espacio estratégico de las tensiones que desgarran y recomponen el estar juntos, los nuevos sentidos que adquiere el lazo social, y también como lugar de anudamiento y explosión de todas sus dimensiones: religiosas, étnicas, estéticas, políticas y sexuales. De ahí que sea desde la diversidad cultural de las historias y los territorios, de las experiencias y las memorias, desde donde no sólo se resiste sino se negocia e interactúa con la globalización, y desde donde se acabará por transformarla. Sabemos que ni los nacionalismos, las xenofobias o los fundamentalismos religiosos se agotan en lo cultural; todos ellos remiten, en períodos más o menos largos de su historia, a exclusiones sociales y políticas, a desigualdades e injusticias acumuladas, sedimentadas. Pero lo que galvaniza hoy las identidades como motor de lucha es inseparable de la demanda de reconocimiento y desentido(Ch. Tyalor; Stuart Hall). Y ni el uno ni el otro son formulables en meros términos económicos o políticos, pues ambos se hallan referidos al núcleo mismo de la cultura, en cuanto mundo del pertenecera y del compartir. Por esta razón, la identidad se constituye hoy en la negación más destructiva, pero también más activa y capaz de introducir contradicciones en la hegemonía de la razón instrumental (Ch. Mouffe).

 

MEDIACIÓN TECNOLÓGICA DEL CONOCIMIENTO EN LA PRODUCCIÓN SOCIAL

 

El lugar de la cultura en la sociedad cambia cuando la mediación tecnológica de la comunicación deja de ser meramente instrumental para esperarse, densificarse y convertirse en estructural: la tecnología remite hoy no tanto y no sólo a nuevos aparatos sino a nuevos modos de percepción y de lenguaje, a nuevas sensibilidades y escrituras. Radicalizando la experiencia de desanclaje producida por la modernidad, la tecnología deslocaliza los saberes modificando tanto el estatuto cognitivo como el institucional de las condiciones del saber y las figuras de la razón (Gh. Chatron, A. Renauld) lo que está conduciendo a un fuerte emborronamiento de las fronteras entre razón e imaginación, saber e información, naturaleza y artificio, arte y ciencia, saber experto y experiencia profana. Lo que la trama comunicativa de la revolución tecnológica introduce en nuestras sociedades no es tanto una cantidad inusitada de nuevas máquinas sino un nuevo modo de relación entre los procesos simbólicos —que constituyen lo cultural— y las formas de producción y distribución de los bienes y servicios. Un nuevo modo de producir, inextricablemente asociado a un nuevo modo de comunicar, convierte al conocimiento en una fuerza productiva directa (M. Castells). La sociedad de la información no

es entonces sólo aquella en la que la materia prima más costosa es el conocimiento, sino también aquella en la que el desarrollo económico, social y político se hallan estrechamente ligados a la innovación, que es el nuevo nombre de la creatividad y la creación humanas.

 

NUEVAS FIGURAS DE RAZÓN QUE INTERPELAN DESDE LA TECNOLOGÍA

 

Con el computador estamos no ante una máquina con la que se producen objetos sino ante un nuevo tipo de tecnicidad que posibilita el procesamiento de informaciones, y cuya materia prima son abstracciones y símbolos. Esto inaugura una nueva aleación de cerebro e información que sustituye a la tradicional relación del cuerpo con la máquina. Por otro lado, las redes informáticas, al transformar nuestra relación con el espacio y el lugar (D. Harvey) movilizan figuras de un saber que escapa a la razón dualista con la que estamos habituados a pensar la técnica, pues se trata de movimientos que son a la vez de integración y de exclusión, de desterritorialización y relocalización, nicho en el que interactúan y se entremezclan lógicas y temporalidades tan diversas como las que entrelazan en el hipertexto a las sonoridades del relato oral con las intertextualidades de la escritura y las intermedialidades del audiovisual (M. Serres). Una de las más claras señales de la hondura del cambio en las relaciones entre cultura, tecnología y comunicación, se halla en la reintegración cultural de la dimensión separada y minusvalorada por la racionalidad dominante en Occidente desde la invención de la escritura y el discurso lógico; esto es, la del mundo de los sonidos y las imágenes relegado al ámbito de las emociones y las expresiones. Al trabajar interactivamente con sonidos, imágenes y textos escritos, el hipertexto hibrida la densidad simbólica con la abstracción numérica haciendo reencontrarse las dos partes, hasta ahora opuestas, del cerebro. De ahí que de mediador universal del saber, el número, esté pasando a ser mediación técnica del hacer estético, lo que a su vez revela el paso de la primacía sensorio-motriz a sensorio-simbólica. Poniendo en circulación intensos flujos de información, las redes se constituyen en lugares de acceso e integración a la globalización (M. Santos, O. Ianni) y en nicho en el que interactúan lógicas y temporalidades tan diversas como las que mencionábamos antes al referirnos al hipertexto. Como dijimos en el párrafo anterior, la sociedad de la información se caracteriza por la primacía del conocimiento, pero también por el estrecho vínculo entre desarrollo económico, social, político e innovación.

 

CAMBIOS EN LOS MAPAS PROFESIONALES Y LABORALES

 

Está ya en marcha una transformación en profundidad del mapa moderno de las profesiones; un mapa cada día más ligado a la configuración de nuevos oficios exigidos por las destrezas mentales que la revolución tecnológica introduce en la alfabetización al mundo laboral, y por las nuevas formas de producir y gestionar. Pero hay otro plano en que el cambio de cartografía es aún más decisivo: el nuevo estatuto del trabajador en la sociedad (C. Dubar), que, si por un lado presenta la cara socialmente más excluyente de la globalización —la llamada flexibilización laboral, que es en verdad la disolución de la figura moderna del trabajador de tiempo completo para toda la vida—, por otro lado rompe con la también muy «moderna» figura hegemónica de la especialización, reinventado la figura de trabajador polifacético, o sea, dotado de destrezas varias provenientes de diversos campos de saber que le permiten adaptarse a la movilidad que hoy transforma y desfigura velozmente el mapa de las funciones requeridas por los modelos de producción, de gestión y de comunicación.

 

APARICIÓN DE UN ENTORNO EDUCACIONAL DIFUSO Y DESCENTRADO

 

En el estrato más profundo de la revolución tecnológica que atraviesan, con diversos calados, nuestras sociedades, lo que encontramos es una mutación en los modos de circulación del saber (R. Chartier). Desde los monasterios medievales hasta las escuelas de hoy el saber, que fue siempre una fuente clave de poder, había conservado el doble carácter de ser a la vez centralizado territorialmente, controlado a través de determinados dispositivos técnicos, y estar asociado a figuras sociales muy especiales (J. Meyrowitz). De ahí que las transformaciones en los modos en que circula el saber constituyen algunas de las más profundas mutaciones que una sociedad puede sufrir. Y es entonces así, disperso y fragmentado, como el saber puede circular por fuera de los lugares sagrados que antes lo detentaban y de las figuras sociales que lo administraban. La escuela ha dejado de ser el único lugar de legitimación del saber, pues hay una multiplicidad de saberes que circulan por otros canales, difusos y descentralizados (B. de Sousa Santos). Esta diversificación y difusión por fuera de la escuela es uno de los retos más fuertes que el mundo de la comunicación le plantea al sistema educativo. Saberes-mosaico, como los ha llamado A. Moles, por estar hechos de trozos, de fragmentos, que, sin embargo, no impiden a los jóvenes tener con frecuencia un conocimiento más actualizado en física o en geografía que su propio maestro. Lo que está acarreando en la escuela no una apertura a esos nuevos saberes sino una puesta a la defensiva y la construcción de una idea negativa y moralista de todo lo que desde el ecosistema comunicativo de los medios y las tecnologías de comunicación e información la cuestiona en profundidad.

 

LA EXPLOSIÓN DE LAS IDENTIDADES

 

Ligado a sus dimensiones tecnoeconómicas, la globalización pone en marcha un proceso de interconexión a nivel mundial, que conecta todo lo que instrumentalmente vale—empresas, instituciones, individuos— al mismo tiempo que desconecta todo lo que, para esa razón, no vale. Este proceso de inclusión / exclusión a escala planetaria está produciendo no sólo reacciones y atrincheramientos sino una disyunción profunda y creciente entre la lógica de lo global y las dinámicas de lo local (A. Appaduray). La manifestación más visible y honda de esa disyunción es la presencia en la experiencia cotidiana de la gente de un sentimiento compartido de impotencia, es decir, que su trabajo, su entorno y su propia vida escapan aceleradamente a su control. Las tres grandes instituciones de la modernidad —el trabajo, la política y la escuela— que constituían la fuente del sentido colectivo de la vida han entrado en una honda crisis (U. Beck). El significado de la vida se divorcia, entonces, de lo que el individuo o la comunidad hace para ligarse a lo que es: hombre o mujer, negro o blanco, cristiano o musulmán, indígena o mestizo. La sociedad-red no es un puro fenómeno de conexiones tecnológicas sino la disyunción sistémica de lo global y lo local mediante la fractura de sus marcos temporales de experiencia y de poder: frente a la elite que habita el espacio atemporal de las redes y los flujos globales, las mayorías en nuestros países habitan aún el espacio/tiempo local de sus culturas, y frente a lógica del poder global se refugian en la lógica del poder que produce la identidad. Estamos así ante una de las mutaciones que nos coloca no tanto en una época de cambios sino en un verdadero cambio de época.

 

En este proceso no sólo se levantan las identidades negadas o no reconocidas sino que se abren camino también otras voces alzadas contra viejas exclusiones; y si en el inicio de muchos movimientos identitarios el autoreconocimiento es reacción de aislamiento, también es su funcionamiento como espacios de memoria y solidaridad, y como lugares de refugio en los que los individuos encuentran una tradición moral (R. Bellah).

 

GLOBALIZACIÓN: ENTRE LAS IDENTIDADES Y LOS FLUJOS

 

Acelerando las operaciones de desarraigo la globalización tiende a inscribir las identidades en las lógicas de los flujos: dispositivo de traducción de todas las diferencias culturales a la lengua franca del mundo tecnofinaciero y volatilización de las identidades para que floten libremente en el vacío moral y la indiferencia cultural (M. Featherstone). La complementariedad de movimientos en que se basa esa traidora traducción no puede ser más expresiva: mientras el movimiento de las imágenes y las mercancías va del centro a la periferia, el de los millones de emigrantes excluidos va de la periferia al centro. Con la consiguiente reidentificación —frecuentemente fundamentalista— de las culturas de origen que se produce en los enclaves étnicos que parchean las grandes ciudades de los países del norte.

 

LA COMPETENCIA COMUNICATIVA DE LAS CULTURAS

 

Convertida en ecosistema comunicativo, la revolución tecnoeconómica rearticula también las relaciones entre comunicación y cultura: pasan al primer plano la dimensión y las dinámicas comunicativas de la cultura, de todas las culturas, y la envergadura cultural que en nuestras sociedades adquiere la comunicación. Al exponer cada cultura a las otras, tanto del mismo país como del mundo, los actuales procesos de comunicación aceleran e intensifican el intercambio y la interacción entre ellas como nunca antes en la historia.

 

Y si es verdad que esa comunicación se constituye en una seria amenaza a la supervivencia de la diversidad cultural, también lo es que la comunicación posibilita el desocultamiento de la subvaloración y la exclusión que disfrazaban la folclorización y el exotismo de lo diferente. Poner a comunicar las culturas deja entonces de significar la puesta en marcha de movimientos de propagación o divulgación para entrar a significar la activación de la experiencia creativa y la competencia comunicativa de cada cultura (A. Escobar, S. Álvarez, E. Dagnino). La comunicación en el campo de la cultura deja de ser un movimiento exterior a los procesos culturales mismos —como cuando la tecnología era excluida del mundo de lo cultural y tenida por algo meramente instrumental— para convertirse en un movimiento entre culturas: movimiento de acceso, esto es, de apertura a las otras culturas, que implicará siempre la transformación y la recreación de la propia. Pues la comunicación cultural en la era de la información nombra ante todo la experimentación, es decir, la experiencia de apropiación e invención.

 

El acercamiento entre experimentación tecnológica y estética hace emerger, en este desencantado fin de siglo, un nuevo parámetro de evaluación de la técnica, distinto al de su mera instrumentalidad económica o su funcionalidad política: el de su capacidad de comunicar, de significar las más hondas transformaciones de época que experimenta nuestra sociedad, y el de desviar y subvertir la fatalidad destructiva de una revolución tecnológica prioritariamente dedicada, directa o indirectamente, a acrecentar el poderío militar. La relación arte/ comunicación señala entonces, tanto o más que un proceso de difusión de estilos y de modas, la reafirmación de la creación cultural como el espacio propio de aquel mínimo de utopía sin el cual el progreso material pierde el sentido de emancipación y se transforma en la peor de las alienaciones.

 

CUANDO LA CULTURA SE DESUBICA

 

La otra señal sintomática del «cambio de lugar» en la sociedad la constituye el desplazamiento que introducen los medios y tecnologías de la comunicación: mientras ostensiblemente se reduce la asistencia a los eventos culturales en lugares públicos, tanto de la alta cultura (teatros, museos, ballet, conciertos de música), como de la cultural local popular (actividades de barrio, festivales, ferias artesanales) la culturaadomiciliocrece y se multiplica desde la televisión hertziana a la de cable, las antenas parabólicas y la videograbadora que en varios países supera ya en cincuenta por ciento de hogares, a la vez que en los estratos medios y altos crece rápidamente el uso del computador personal, los multimedia y el Internet (G. Sunkel, N. García Canclini). El cine especialmente, y también el acceso a conciertos, a la plástica, al teatro y la danza, son mediados cada día más intensamente por el vídeo casero y la televisión. Las tecnologías audiovisuales sacan el arte de sus «lugares propios» reubicando su acceso y su disfrute en el espacio doméstico, ampliando sus públicos y transformando sus usos. La diferencia que jerarquiza los públicos, en sus posibilidades y opciones culturales, pasa ahora por la cantidad y calidad de los equipamientos caseros: mientras los de más altos ingresos vía electrónica y suscripciones individuales o familiares disfrutan de la mejor oferta, ésta disminuye a medida que desciende el ingreso. En la relación de la creación cultural con sus públicos la mediación tecnológica no sólo desubica los lugares y modos de acceso, sino que también está replanteando profundamente la separación entre prácticas de creación y consumo, pues, como lo atestiguan especialmente las generaciones más jóvenes, la escucha es cada vez más creativa en la música, y la lectura que posibilita Internet esta hecha de múltiples formas de escritura.

 

INDUSTRIAS Y CULTURAS: LA CREACIÓN EN LAS LÓGICAS DE LA PRODUCCIÓN

 

Durante mucho tiempo, cultura e industria fueron vistas como realidades incompatibles, pues la industria aparecía estructuralmente ligada al funcionamiento de la mercancía. Pero aun reconociendo la articulación histórica entre capitalismo e industrialización, las transformaciones vividas por las sociedades occidentales desde mediados de este siglo han ido develando la complejidad de relaciones que sostiene la creación cultural con las lógicas de la producción industrial: ni el cine es arte a pesar de ser industria, sino otro tipo de arte, ni la estandarización implica la total ausencia de innovación (R. Zallo). Es la tensión entre creación y producción la que hace hoy de las industrias culturales desde el cine a la música discográfica, desde la televisión al videoarte espacios de entrecruzamiento de diferentes espacios de la producción social y la creatividad cultural, conformados por dispositivos complejos que no son de orden meramente tecnológico, mercantil o político, y en las que pesan tanto las filiaciones como las alianzas, las pesadas máquinas de la fabricación como las sinuosas trayectorias de la circulación, y donde las estratagemas de apropiación deben ser tenidas en cuenta tanto como las lógicas de la propiedad (M. Piccini).

 

DEL MERCADO COMO FORMA DE LOS SOCIOCULTURAL

 

La implacable hegemonía del mercado que orienta el actual curso de la globalización se halla unida a la visión tecnocrática que espera de la tecnología la solución a los problemas sociales, deslegitimando la especificidad de la esfera política. ¿Cómo asumir entonces el espesor social y cultural que hoy revisten las industrias audiovisuales e informáticas, sus modos transversales de presencia en la cotidianidad desde el trabajo al juego, sus espesas formas de mediación tanto del conocimiento como del arte y la política, sin ceder al realismo de lo inevitable que produce la fascinación tecnológica y sin dejarse atrapar en las co plicidades del saber tecnológico con la modernización neoliberal que hace del mercado el único principio organizador de la sociedad en su conjunto? De un lado, estamos frente a la emergencia de una razón comunicacional cuyos dispositivos —la fragmentación que disloca y descentra, el flujo que globaliza y comprime, la conexión que desmaterializa e hibrida— agencia el devenir en mercado de la sociedad. La comunicación (J. Curran, D. Morley, V. Walkerdine), que ha entrado a jugar un papel estratégico en la configuración de los nuevos modelos de sociedad, es así convertida en el más eficaz motor del desenganche e inserción de las culturas —étnicas, nacionales o locales— en el espacio/tiempo de la globalización que agencia el mercado. Del otro, la inserción de lo cultural en las lógicas más mediáticas de la comunicación está acelerando su organización en un sistema de máquinas productoras de bienes simbólicos ajustadas a sus públicos consumidores, como hace la televisión con sus audiencias o la prensa con sus lectores. Es así como la producción cultural está dejando de ser patrimonio de las comunidades o función del Estado para convertirse en un activo central del mercado, que deviene marco condicionante no sólo de la gestión y la distribución sino también de la misma creación.

 

A esas dos perspectivas complementarias, la de la desfatalización de la industria cultural y la crítica de la hegemonía del mercado, es necesario añadirle un mínimo de perspectiva latinoamericana. Pues por más escandaloso que nos suene las mayorías en América Latina se están incorporando a la modernidad no de la mano del libro sino desde los discursos y las narrativas, los saberes y los lenguajes, de la industria y la experiencia audiovisual (J. Martín-Barbero). Ese hecho nos plantea retos graves que dejan obsoletos tanto los ilustrados como los populistas modos de analizar y valorar. Si las mayorías se están apropiando de la modernidad sin dejar su cultura es porque esa cultura ha incorporado la «oralidad secundaria» que dejan y organizan las gramáticas tecnoperceptivas de la radio y el cine en un primer momento, y la visualidad electrónica de la televisión, el video y el computador actualmente. De modo que la complicidad y compenetración entre oralidad cultural y lenguajes audiovisuales no remite — como pretenden buena parte de nuestros intelectuales y nuestros anacrónicos sistemas educativos— ni a las ignorancias ni a los exotismos de un analfabetismo tercermundista sino a «la persistencia de estratos profundos de la memoria y la mentalidad colectiva sacados a la superficie por las bruscas alteraciones del tejido tradicional que la propia aceleración modernizadora comporta» (G. Marramao), y a los descentramientosculturalesque en nuestras sociedades están produciendo los nuevos regímenes del sentir y del saber que pasan por la imagen y que catalizan los medios y el computador.

 

Frente al desafío que entrañan esas nuevas sensibilidades y culturas gran parte de la intelectualidad latinoamericana, así como el sistema educativo, siguen atrincherados en la ciudad letrada, desde la que se desconocen y desvalorizan la estratégica y más peculiar de las batallas culturales vivida en nuestros países, la batalla de las imágenes. ¿Cómo penetrar en las oscilaciones y alquimias de las identidades sin auscultar la mezcla de imaginarios desde los que los pueblos vencidos plasmaron sus memorias y reinventaron una historia propia? La recuperación actual de los imaginarios populares por las imaginerias electrónicas de Televisa o TV Globo, en las que el cruce de arcaísmos y modernidades hacen su éxito, no es comprensible sino desde los nexos que enlazan las sensibilidades a un orden visual social en el que las tradiciones se desvían pero no se abandonan, anticipando en la transformaciones visuales experiencias que aún no tienen discurso (Al. Renaud). El actual desorden tardomoderno del imaginario —deconstrucciones, simulacros y eclecticismos— remite al dispositivo barroco (o neobarroco) «cuyos nexos con la imagen religiosa anunciaban el cuerpo electrónico unido a sus prótesis tecnológicas: walkmans, videocaseteras, computadores» (S. Gruzinski).

 

INTEGRACIÓN Y GLOBALIZACIÓN

 

Entre el atrincheramiento fundamentalista y la homogenización mercantilizada hay lugar para estudiar y discutir qué puede hacerse desde las políticas culturales a fin de que las alianzas económicas no sirvan sólo para que circulen libremente los capitales sino también las culturas […].

 

Lo latinoamericano no es un destino revelado por la fuerza ni por la sangre: fue muchas veces un proyecto frustrado; hoy es una tarea relativamente abierta y problemáticamente posible.

N. GARCÍA CANCLINI

 

La integración de los países latinoamericanos pasa hoy ineludiblemente por su integración a una economía mundial regida por la más pura y dura lógica del mercado. Estamos así frente a —pero también ya involucrados en— una globalización que se construye a expensas de la integración de nuestros pueblos (N. García Canclini). La sociedad de mercado es puesta como requisito de entrada a la sociedad de información, de manera que la racionalidad de la modernización neoliberal sustituye los proyectos de emancipación social por las lógicas de una competitividad cuyas reglas no las pone ya el Estado sino el mercado, convertido en principio organizador de la sociedad en su conjunto (C. Mendes). En América Latina, las exigencias de competitividad entre los grupos están prevaleciendo sobre las de cooperación y complementariedad regional. Y, sin embargo, la identidad cultural de nuestros pueblos no podrá entonces continuar siendo narrada y construida en los nuevos relatos y géneros audiovisuales si las industrias comunicacionales no son tomadas a cargo por unas políticas culturales de integración latinoamericana capaces de asumir lo que los medios masivos tienen de, y hacen con, la cultura cotidiana de la gente; y si no son capaces también de implicar explícitamente al sistema educativo en la transformación de las relaciones de la escuela con los campos de experiencia que configuran las nuevas sensibilidades, los nuevos lenguajes y las escri turas informáticas. Pero esas políticas culturales no serán posibles mientras las culturas políticas sigan vacías de densidad simbólica, incapaces tanto de interpelar y convocar a los ciudadanos, como de negociar con todos los actores de la sociedad desde el mercado a los productores independientes y los comunitarios (B. Klinsberg y L. Tomassini).

 

DEVALUACIÓN POLÍTICA Y CULTURAL DEL ESPACIO NACIONAL

 

El espacio de lo nacional se halla hoy doblemente desubicado. De un lado la globalización disminuye el peso de los territorios y los acontecimientos fundadores que telurizaban y esencializaban lo nacional; y del otro, la revaloración de lo local redefine la idea misma de nación. Mirada desde la cultura-mundo, la nacional parece provinciana y cargada de las culturas locales; la cultura nacional equivale a homogenización centralista y acortamiento oficialista. La revolución tecnológica plantea claras exigencias de integración al hacer del espacio nacional un marco cada día más insuficiente para aprovecharla o para defenderse de ella, al mismo tiempo que refuerza y densifica la desigualdad del intercambio (A. Grimson). Pues si hay un movimiento poderoso de integración —entendida ésta como superación de barreras y disolución de fronteras— es el que pasa por las industrias culturales de los medios masivos y las tecnologías de información. Pero a la vez, son esas mismas industrias y tecnologías las que más fuertemente aceleran la integración de nuestros pueblos, la heterogénea diferencia de sus culturas, en la indiferencia del mercado.

 

LA REVALORACIÓN DE LO LOCAL

 

Hoy, las identidades nacionales son cada día más multilingüísticas y transterritoriales. Y se constituyen no sólo de las diferencias entre culturas desarrolladas separadamente sino mediante las desiguales apropiaciones y combinaciones que los diversos grupos hacen de elementos de distintas sociedades y de la suya propia (R. M. Alfaro). La revalorización de lo local se hace especialmente visible en el estallido de la, hasta hace poco unificada, historia nacional por el reclamo que los movimientos étnicos, regionales, municipales, raciales, de género, hacen del derecho a su propia memoria; esto es, a la construcción de sus narraciones y sus imágenes. Reclamo que adquiere rasgos mucho más complejos en países en los que el Estado está aún haciéndose nación, y cuando la nación no cuenta con una presencia activa del Estado en la totalidad de su territorio.

 

EL REENCUENTRO CON LO POPULAR TRADICIONAL

 

Estamos ante una profunda reconfiguración de las culturas tradicionales —campesinas, indígenas y negras— que responde no sólo a la evolución de los dispositivos de dominación sino también a la intensificación de su comunicación e interacción con las otras culturas de cada país y del mundo. Desde dentro de las comunidades esos procesos de comunicación son percibidos a la vez como otra forma de amenaza a la supervivencia de sus culturas —la larga y densa experiencia de las trampas a través de las cuales han sido dominadas carga de recelo cualquier exposición al otro— pero, al mismo tiempo, la comunicación es vivida como una posibilidad de romper la exclusión, como experiencia de interacción que si comporta riesgos también abre nuevas figuras de futuro (C. Monsivais). Ello está posibilitando que la dinámica de las propias comunidades tradicionales desborde los marcos de comprensión elaborados por los antropólogos y los folcloristas: hay en esas comunidades menos complacencia nostálgica con las tradiciones y una mayor conciencia de la indispensable reelaboración simbólica que exige la construcción del futuro (A. G. Quintero Rivera). Así lo demuestran la diversificación y el desarrollo de la producción artesanal en una abierta interacción con el diseño moderno y hasta con ciertas lógicas de las industrias culturales, la existencia creciente de emisoras de radio y televisión programadas y gestionadas por las propias comunidades, y hasta la presencia del movimiento zapatista proclamando por Internet la utopía de los indígenas mexicanos de Chiapas. A su vez, esas culturas tradicionales cobran hoy para la sociedad moderna una vigencia estratégica en la medida en que nos ayudan a enfrentar el transplante puramente mecánico de culturas, al tiempo que, en su diversidad, ellas representan un reto fundamental a la pretendida universalidad deshistorizada de la modernización y su presión homegenizadora (R. Bayardo y M. Lacarieu).

 

LA GLOBALIZACIÓN DE LO URBANO

 

Es en la ciudad, y en las culturas urbanas mucho más que en el Estado nacional, donde se encarnan las nuevas identidades: hechas de imaginerías nacionales, tradiciones locales y flujos de información transnacionales, y donde se configuran nuevos modos de representación y participación política, es decir, nuevas modalidades de ciudadanía. Es a donde apuntan los nuevos modos de estar juntos —pandillas juveniles, comunidades pentecostales, ghetos sexuales— desde los que los habitantes de la ciudad responden a unos salvajes procesos de urbanización, emparentados, sin embargo, con los imaginarios de una modernidad identificada con la velocidad de los tráficos y la fragmentariedad de los lenguajes de la información (N. García Canclini). Vivimos en unas ciudades desbordadas no sólo por el crecimiento de los flujos informáticos sino por esos otros flujos que siguen generando la pauperización y emigración de los campesinos, produciendo la gran paradoja de que mientras lo urbano desborda la ciudad perneando crecientemente el mundo rural, nuestras ciudades viven un proceso de desurbanización que nombra al mismo tiempo dos hechos: la ruralización de la ciudad, devolviendo vigencia a viejas formas de supervivencia que vienen a insertar en los aprendizajes y apropiaciones de la modernidad urbana, saberes, sentires y relatos fuertemente rurales; y la reducción progresiva de la ciudad, que es realmente usada por los ciudadanos, pues perdidos los referentes culturales, insegura y desconfiada, la gente restringe los espacios en que se mueve, los territorios en que se reconoce, tendiendo a desconocer la mayor parte de una ciudad que es sólo atravesada por los trayectos inevitables. Los nuevos modos urbanos de estar juntos se producen especialmente entre las generaciones de los más jóvenes, convertidas hoy en indígenas de culturas densamente mestizas en los modos de hablar y de vestirse, en la música que hacen y escuchan y en las grupalidades que conforman, incluyendo las que posibilita la tecnología informacional. Culturas éstas que por estar ligadas a estratagemas del mercado transnacional de la televisión, del disco o del video, no pueden ser subvaloradas en lo que ellas implican de nuevos modos de percibir y de narrar la identidad. Identidades de temporalidades menos largas más precarias, dotadas de una plasticidad que les permite amalgamar ingredientes que provienen de mundos culturales muy diversos y, por lo tanto, atravesadas por discontinuidades, por no contemporaneidades en las conviven gestos atávicos, residuos modernistas, rupturas radicales (R. Reguillo). Y frente a la distancia y prevención con que gran parte de los adultos resienten y resisten esa nueva cultura —que desvaloriza y vuelve obsoletos muchos de sus saberes y destrezas— los jóvenes experimentan una empatía cognitiva con las tecnologías audiovisuales e informáticas, y una complicidad expresiva con sus relatos e imágenes, sus sonoridades, fragmentaciones y velocidades en los que ellos encuentran su idioma y su

ritmo. Un idioma en que se dice la más profunda brecha generacional y algunas de las transformaciones más de fondo que está sufriendo una sociedad urbana atravesada por la conciencia dura de la descomposición social, de la sin salida laboral, la desazón moral y la exasperación de la agresividad y la inseguridad.

 

LAS IMÁGENES EN LAS QUE QUEREMOS SER RECONOCIDOS

 

La integración económica de América Latina será imposible sin la creación de un espacio cultural propio. Espacio que pasa muy especialmente por unas políticas públicas de comunicación que, en primer lugar, posibiliten la circulación de producciones y programas entre todos los países de la región efectuando una real apertura/enlace de los medios de un país con los de otros; que intensifiquen la cooperación entre los distintos medios, en especial la estratégica cooperación entre empresas de televisión y cine; que multipliquen los contactos internacionales entre profesionales de los medios: programadores, guionistas, directores, etc.; que creen redes de intercambio y cooperación entre productores independientes de toda la región.

 

NUEVAS LÓGICAS EMPRESARIALES Y NUEVAS MODALIDADES DE PROPIEDAD

 

La conversión de los medios en grandes empresas industriales se halla hoy ligada a dos movimientos convergentes: la importancia estratégica que el sector de las telecomunicaciones ocupa en la política de modernización y apertura neoliberal de la economía, y la presión que ejercen las transformaciones tecnológicas hacía la desregulación del funcionamiento empresarial de los medios. Dos son las tendencias más notorias en este plano (N. García Canclini y C. Moneta). Una, la conversión de los grandes medios en empresas o corporaciones multimedia, ya sea por desarrollo o fusión de los propios medios de prensa, radio o televisión, o por la absorción de los medios de comunicación por grandes conglomerados económicos; y dos, las desbiacación y reconfiguraciones de la propiedad. La primera, tienen en su base la convergencia tecnológica entre el sector de las telecomunicaciones (servicios públicos en acelerado proceso de privatización) y el de los medios de comunicación, y se hizo especialmente visible a escala mundial en la fusión de la empresa de medios impresos Time con la Warner de cine, a la que entró posteriormente la japonesa Toshiba, y después la CNN, el primer canal internacional de noticias; o en la compra la Columbia Pictures por la Sony. En América Latina (C. Mastrini y G. Bolaños), a la combinación de empresas de prensa con las de televisión, o viceversa, además de radio y discografía, O Globo y Televisa le han añadido últimamente las de televisión satelital. Ambas participan en la empresa conformada por News Corporation Limited, propiedad de Robert Murdoch, y Telecommunication Incorporated, que es el consorcio de televisión por cable más grande del mundo. Televisa y O Globo ya no están solos, otros dos grupos, uno argentino y otro brasileño, se han sumado a las grandes corporaciones multimedia. El grupo Clarín que, partiendo de un diario, edita hoy revistas y libros, es dueño de la Red Mitre de radio, del Canal 13 de TV, de la red más grande de TV por cable Multicanal, que cubre la ciudad de Buenos Aires y el interior del país, y de la mayor agencia nacional de noticias, además de su participación en empresas productoras de cine y de papel. Y en Brasil, el Grupo Abril, que a partir de la industria de revistas y libros se ha expandido a las empresas de TV por cable y de video, y que forma parte del macrogrupo DirecTV, en el que participan Hughes Communications, uno de los más grandes consorcios constructores de satélites, y el grupo venezolano Cisneros, el otro grande de la televisión en Latinoamérica.

 

En un nivel de menor capacidad económica pero no menos significativo se hallan varias empresas de prensa que se han expandido en los últimos años al sector audiovisual. Así, El Tiempo, de Bogotá, que está ya en TV por cable, acaba de inaugurar el canal local para Bogotá, CitiTV, y construye actualmente un conjunto multisalas de cine; el grupo periodístico El Mercurio, de Santiago de Chile, dueño de la red de TV por cable Intercom; el grupo argentino Vigil, que partiendo de la editorial Atlántida posee hoy el canal Telefé y una red de TV por cable que opera no sólo en Argentina sino en Brasil y Chile.

 

A esta tendencia responde también la desaparición, o al menos la flexibilización, de los topes de participación de capital extranjero en las empresas latinoamericanas de medios. Tanto Televisa como el grupo Cisneros forman parte ya de empresas de televisión en varios países de Sudamérica; en el grupo Clarín hay fuertes inversiones en O Globo; el Grupo Abril se ha asociado con las compañías de Disney, Cisneros y Multivisión con Hughes, etc. En conjunto, lo que esa tendencia evidencia es que, mientras la audiencia se segmenta y diversifica, las empresas de medios se entrelazan y concentran constituyendo en el ámbito de los medios de comunicación algunos de los oligopolios más grandes del mundo (O. Getino). Lo que no puede dejar de incidir sobre la conformación de los contenidos, sometidos a creciente patrones de abaratamiento de la calidad y fuertes, aunque muy diversificados, modos de uni formación.

 

La otra tendencia reubica al campo de los medios de comunicación como uno de los ámbitos en los que las modalidades de la propiedad presentan mayor movimiento (G. Rey), es éste claramente uno de los campos donde más se manifiesta el llamado postfordismo: el paso de la producción en serie a otra más flexible, capaz de programar variaciones casi personalizadas para seguir el curso de los cambios en el mercado. Un modelo de producción así, que responde a los ritmos del cambio tecnológico y a una aceleración en la variación de las demandas, no puede menos que conducir a formas flexibles de propiedad. Nos encontramos ante verdaderos movimientos de desubicación de la propiedad que, abandonando en parte la estabilidad que procuraba la acumulación, recurre a alianzas y fusiones móviles que posibilitan una mayor capacidad de adaptación a las cambiantes formas del mercado comunicativo y cultural. Como afirma Castells, no asistimos a la desaparición de las grandes compañías pero «sí a la crisis de su modelo de organización tradicional [...]. La estructura de las industrias de alta tecnología en el mundo es una trama cada vez más compleja de alianzas, acuerdos y agrupaciones temporales, en la que las empresas más grandes se vinculan entre sí» y con otras medianas y hasta pequeñas en una vasta red de subcontratación. A esa red de vínculos operativos de relativa estabilidad corresponde una nueva cultura organizacional que pone el énfasis en la originalidad de los diseños, la diversificación de las unidades de negocio y un cierto fortalecimiento de los derechos de los consumidores. Lo que en esas reconfiguraciones de la propiedad está en juego no son sólo movimientos del capital sino las nuevas formas que debe adoptar cualquier regulación que busque la defensa de los intereses colectivos y la vigilancia sobre las prácticas monopolísticas.

 

LOS NUEVOS ACTORES DE LA INTEGRACIÓN HORIZONTAL

 

Frente a la incomprensible pasividad de los Estados existen otras dinámicas que movilizan hacia la integración el escenario audiovisual latinoamericano. Y entre ellas sobresale el desarrollo de nuevos actores y formas de comunicación: las radioemisoras y televisoras regionales (como las colombianas y mexicanas) municipales y comunitarias o los grupos de producción de video popular que se están constituyendo en «un espacio público en gestación pues representan un impulso local, hacia arriba, que parece destinado a convivir con los medios globales» (R. Roncagliolo). Todas esas emisoras forman parte de las redes de iniciativas informales que, atravesando aldeas y barriadas ponen en relación las demandas locales con las ofertas globales, vía antenas parabólicas por ejemplo. Y cuya densidad social y cultural debería tenerse en cuenta a la hora de pensar las posibilidades de integración regional.

 

LAS BRECHAS ABIERTAS EN LAS GRANDES MÁQUINAS DE LOS CONGLOMERADOS MULTIMEDIA

 

Me refiero a la puesta en escena de lo latinoamericano que, cargada de esquematismos y deformaciones pero también de polifonías, están realizando las subsidiarias latinas de CNN y CBS en unos países con frecuencia inmersos en una muy pobre información internacional, especialmente en lo que atañe a los otros países de Latinoamérica. Las descontextualizaciones y frivolidades de que está hecha buena parte de la información que difunden esas cadenas de televisión no pueden ocultarnos las posibilidades de apertura y contrastación informáticas que ellas producen, pues en su entrecruce de imágenes y palabras se deshacen y rehacen imaginarios que rebasan lo local y nos sitúan en un cierto espacio globalizado pero latinoamericano. También entre las grandes industrias del rock pasan hoy movimientos de integración cultural nada despreciables (A. Rieda). El movimiento del rock latino rompe con la mera escucha juvenil para despertar creatividades insospechadas de mestizajes e hibridaciones, tanto de lo cultural con lo político como de las estéticas transnacionales con los sones y ritmos más locales. De Botellita de Jerez a Maldita Vecindad, los Caifanes o Café Tacuba en México, Charly García, Fito Páez o los Enanitos Verdes y los Fabulosos Cádillac en Argentina, hasta Estados Alterados y Aterciopelados en Colombia. «En tanto afirmación de un lugar y un territorio, este rock es a la vez propuesta estética y política. Uno de los ‘lugares’ donde se construye la unidad simbólica de América Latina, como lo ha hecho la salsa de Rubén Blades, las canciones de Mercedes Sosa y de la Nueva Trova Cubana, lugares desde donde se miran y se construyen los bordes de lo latinoamericano» (A. Rueda). Que se trata no de meros fenómenos locales/nacionales sino de lo latinoamericano, como un lugar, de pertenencia y de enunciación específico lo prueba la existencia del canal latino de MTV, en el que se hace presente, junto a lo musical, la creatividad audiovisual en ese género híbrido, global y joven por excelencia que es el videoclip.

 

LAS AÚN NECESARIAS POLÍTICAS CULTURALES

 

Las políticas de comunicación deben ser hoy pensadas no como meras políticas de medios sino como políticas culturales del sistema comunicativo, pues es por referencia a ese sistema que se producen los peculiares cambios en cada medio. De igual forma, esas políticas tampoco pueden hoy definirse en el espacio excluyente de lo nacional ya que su espacio real es más ancho y complejo: el de la diversidad de las culturas locales dentro de la nación, y el del espacio cultural latinoamericano. Ello está implicando investigar en el mundo político las posibilidades de que las políticas de comunicación no sean pensadas sólo desde los ministerios de comunicaciones, como meras políticas de tecnología o de medios, sino que formen parte de las políticas culturales (UNESCO). Resulta imposible cambiar la relación del Estado con la cultura sin una política cultural integral, esto es, que desestatalice lo público sin reubicarla en el nuevo tejido comunicativo de lo social, es decir, sin políticas capaces de convocar y movilizar al conjunto de los actores sociales: instituciones, organizaciones y asociaciones estatales, privadas e independientes, políticas, académicas y comunitarias. Y que sean a la vez políticas para el ámbito privado y público de los medios. Si el Estado se ve hoy obligado desregular el funcionamiento de los medios comerciales debe entonces ser coherente permitiendo la existencia de múltiples tipos de emisoras y canales que hagan realidad la democracia y el pluralismo que los canales comerciales poco propician. Así como en el ámbito del mercado la regulación estatal se justifica por el innegable interés colectivo presente en toda actividad de comunicación masiva, la existencia de medios públicos se justifica en la necesidad de posibilitar alternativas de comunicación que den entrada a todas aquellas demandas culturales que no caben en los parámetros del mercado, ya sea provenientes de las mayorías o de las minorías.

Texto legal - Copyright

Textos: reproducción con autorización previa. Enviar solicitud >>