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MEDIOS DE COMUNICACIÓN QUE TRASCIENDEN LAS FRONTERAS Y LA NUEVA ESFERA PÚBLICA EUROPEA
Abraham de Swaan.
Profesor Universidad de Amsterdam, Holanda.

 

 

LA FRAGMENTACIÓN DEL ESPACIO PÚBLICO EUROPEO

 

Los Europeos no hablan el mismo idioma y, por lo tanto, no se entienden entre ellos lo suficientemente bien como para coincidir o discrepar. Pero, dejando aparte la confusión de lenguas, las opiniones toman forma, en todas partes, dentro de los distintos marcos nacionales. Lo que se debate apasionadamente en un país no suele ser tema de conversación en los países colindantes, donde prevalecen otras cuestiones. En muchos aspectos, sin embargo, el debate sobre la constitución europea y, especialmente, las campañas de referéndum que se celebraron en Francia y Holanda, supusieron un punto de inflexión en la formación del espacio público europeo. Y no sólo recordó esta propuesta de constitución a los intensos debates sostenidos en cada uno de los estados miembros: también suscitó un enorme interés en las discusiones que están en curso en el resto de estados miembros. De la misma manera, los ataques terroristas que tuvieron lugar en Madrid y Londres no se consideraron como amenazas dirigidas a estos países, sino como un peligro inminente para toda Europa. Las revueltas de la banlieue francesa también dispararon otros debates en toda Europa, sobre la probabilidad de que sucediera algo similar “en casa”. En un momento anterior, asuntos como la enfermedad de las vacas locas o la introducción del euro inspiraron una discusión sincronizada de cuestiones idénticas en todo el territorio de la Unión Europea y crearon un interés en los debates que trascendió a los países limítrofes y a las instituciones europeas.

 

Sin embargo, estos debates comunes europeos siguen siendo la excepción, y no la regla. Resulta difícil encontrar un acontecimiento que dé paso a una situación en la que las voces de todos los estados miembros se alcen para coincidir o discrepar en cuanto a los mismos temas, de acuerdo con una agenda común. Incluso hoy, el debate político y cultural se sigue desarrollando de manera aislada, dentro de cada sociedad nacional y apenas tiene resonancia fuera de las fronteras. En resumen: no hay nada que se pueda llamar espacio público europeo, al menos por ahora. Como ha afirmado  Philip Schlesinger:

 

‘La esfera pública de los medios en la unión europea sigue siendo, en primer lugar, absolutamente nacionalista; en segundo lugar, en aquellos casos en los que no es nacionalista, es transnacional y anglófona, pero enormemente elitista; tercero: cuando es claramente transnacional, pero no anglófona, se sigue decantando principalmente por las fórmulas nacionales.’

 

Si se habla de Europa como espacio de comunicación, debe prestarse mucha atención a la distribución de las noticias y la información, a la tarea profesional de los periodistas. Philip Schlesinger y otros han mostrado cómo las noticias relativas a la UE son percibidas por los reporteros a través de sus filtros nacionales, editadas con arreglo a la agenda doméstica y absorbidas apenas por la audiencia local. Los medios transnacionales están, casi sin excepción, en inglés, y van dirigidos a un público selecto perteneciente a la elite financiera, política o de la empresa. 

 

La notable falta de interés en la cultura y la política de otros estados europeos, incluso en países limítrofes que hablan el mismo idioma, que tienen una cultura similar, o incluso un pasado compartido, resulta difícil de justificar. Se aprecia una enorme indolencia, un ataque súbito de aburrimiento siempre que otro país entra en el círculo de percepción privado. Y detrás se encuentra, a veces, desdén o resentimiento, o ambos, que reflejan la pervivencia de antiguas relaciones entre vecinos más poderosos con vecinos más débiles, o entre el centro y la periferia. Todo esto forma parte de un hábito nacional que aún perdura, y que incorpora las relaciones de capital cultural que prevalecen dentro de las sociedades nacionales, y entre ellas. En realidad, este hábito dominante de desinterés es el resultado de una ausencia de debate y de intercambio que trasciende las fronteras. Esto se debe, a su vez, a la ausencia de una estructura de oportunidades culturales que permitiría a los intelectuales públicos, autores, artistas y científicos manifestarse en toda Europa. A veces parece que cualquier intelectual que intenta sobrepasar su encierro nacional es atraído por una fuerza de gravedad invisible que lo devuelve a la estructura intelectual de su país.

 

Hasta el momento, por un lado, la escasez de recursos y oportunidades ha disuadido a los emprendedores intelectuales de buscar una audiencia europea transnacional. Ésta se han tenido que fijar, en primera instancia, en la sociedad de su país. Por otro lado, la actitud rezagada, de que adolece la formación de una elite cultural europea, apenas ha hecho nada por animar a los políticos o a los posibles patrocinadores privados a que ofrezcan oportunidades y recursos a escala europea.

 

Entre tanto, y en ausencia de un espacio público común europeo, hay miríadas de nichos, y cada uno de ellos ofrece un lugar de reunión para participantes de todos los estados miembros que tienen intereses comunes. Y, cuanto más limitada es la agenda, mejor van los intercambios paneuropeos: expertos, técnicos y especialistas no tendrán problemas en encontrarse unos con otros, como tampoco los tendrán los emprendedores de una misma rama, creyentes que profesan una misma religión, atletas que practican el mismo deporte, o científicos que cultivan una misma disciplina encuentran complicado congregarse y comunicarse.

 

Pero estos nichos tan variopintos, tan pulcramente separados como están, no suponen una buena base para configurar un espacio europeo. Al contrario, a medida que el orden del día se amplía y empieza a abarcar asuntos culturales, sociales, y políticos, la comunicación se hace mucho más difícil. Existen –literalmente- miles de publicaciones especializadas que llevan en su título el epíteto “europea” o un equivalente. Pero cuando se trata de revistas políticas o culturales en general, puede que no haya más de una docena que tenga realmente una distribución a escala europea, y casi todas ellas están en inglés.

 

Es poco probable que estas redes especializadas de intercambio se fusionen en una estructura de comunicación más amplia. A escala nacional, desde luego, no lo hacen. Su aislamiento, ya sea dentro de las disciplinas académicas o entre las especialidades tecnológicas, es destacable (y también en este caso, la estructura de oportunidades o la distribución de compensaciones que prevalece en estos casos no supone un estímulo para ninguna iniciativa interdisciplinar arriesgada). Es muy poco probable que esta fragmentación vertical se vea compensada a escala internacional, como también lo es que los sectores elitistas conectados con un medio transnacional de prestigio, como el Financial Times o el International Herald Tribune, o Le Monde Diplomatique lleguen en algún momento a caminar codo con codo. No hay mucho que compartan los suscriptores de los distintos medios, y sus propietarios serían los últimos en fomentar tal promiscuidad.

 

El callejón sin salida en que se encuentra el desarrollo de medios o asociaciones que tratan de superar el obstáculo de la frontera es característico de los medios de comunicación europeos políticos o culturales en general, pero no se da en los intercambios que tienen lugar en los medios específicos, científicos, tecnológicos, o comerciales. Cuanto más específico es el tema de la red o del periódico, más fácil es establecer contacto y mantenerlo. No hay escasez de asociaciones, conferencias, revistas dedicadas a una disciplina científica o tecnológica, o a una subdisciplina, incluso a una sub-subdisciplina. Investigadores y expertos están bien informados de lo que hacen sus homónimos en Europa y el resto del mundo, y se mantienen en contacto. Por otra parte, cuanto más amplio sea el alcance del encuentro intelectual, más complicado resulta componer y mantener un orden del día común, definir una base compartida, que atraviese fronteras y salte el obstáculo del idioma. Pero la vocación del intelectual público consiste precisamente en involucrarse en un debate sobre cualquiera de los múltiples temas del día, y tal vez muchos de los asistentes quieren oír cómo una voz que les resulta familiar de discusiones anteriores, expresa su opinión sobre temas de actualidad. Una de las funciones de los vilipendiados intelectuales-“celebrity” es actuar como un faro que derrama su luz sobre los muchos y diversos temas que surgen en un mar de asuntos de actualidad a partir de una posición de ventaja estable y familiar (como sucede con los críticos ya conocidos que ayudan a los lectores a situar una obra de arte en un contexto determinado, independientemente de que esos lectores compartan o no sus gustos). Otra función de los intelectuales mediáticos es la de definir nuevos temas e introducirlos en el debate público. Esta es, normalmente, una tarea común, que normalmente sale adelante gracias al antagonismo mutuo, con debatientes en ambos bandos. La opinión pública más importante se da en un público dividido por sus opiniones. Quienes participan en un debate intelectual necesitan de un componente intelectual para reclamar atención, para imponerse a un público que se constituye durante el tiempo que dura el espectáculo: asistiendo a un choc des opinions teatral, que no siempre contiene toda la verdad, pero que sin duda encenderá la pasión sobre los temas públicos y, en consecuencia, reunirá a un público respecto al que esos temas se han convertido en “públicos”.

 

EL PAPEL DE LOS MEDIOS DE ELITE

 

En 1990, el magnate británico de la prensa, Robert Maxwell, decidió lanzar el “primer periódico nacional europeo”, destinado a un lector paneuropeo. Unos años después, se certificaba la defunción del diario, que todavía resistió un tiempo en forma de publicación semanal. Se informó de unas pérdidas por valor de 70 millones de libras. Esta debacle puede haber actuado como advertencia para cualquiera que trate, en el futuro, de embarcarse en una empresa similar. No obstante, como ya se ha dicho, hay medios que han triunfado en su intento de superar fronteras.

 

En realidad, el semanario británico The Economist saca una edición especial, “continental”, para Europa, con una tirada de 200.000 ejemplares (frente a los 150.000 de la edición para el Reino Unido y la tirada global, que supera el millón) . El Financial Times, con cuartel general en Londres, tiene una tirada de 426.000 ejemplares, llega a 119.000 lectores, todos en suelo europeo, y participa en ediciones “asociadas” en alemán, francés y chino. Ambas publicaciones están destinadas sobre todo a la elite de los negocios de toda la Unión Europea, pero dedican un espacio considerable a la política y a los temas de cultura en sentido amplio, convirtiéndoles en un medio de gran importancia para el debate intelectual en el continente. Y esto también es válido para otra publicación mundial: el International Herald Tribune (propiedad del New York Times, que le proporciona la mayor parte de su contenido editorial). Se dirige principalmente a expatriados americanos y a la comunidad financiera extranjera, con una tirada total de casi un cuarto de millón y 145.000 lectores europeos (del resto de lectores, la mayor parte viven en Extremo Oriente). El mayor medio intelectual, considerado incluso el más exclusivo, es el New York Review of Books una publicación quincenal con una tirada impresionante –más de 1,4 millones de ejemplares–, y una mayoría de lectores americanos. En Europa, entre los suscriptores y los lectores que llegan a ella a través del quiosco o de las librerías ascienden a unos 13.000. La también quincenal London Review of Books, con una tirada total mucho menor, de 43.000 ejemplares, sólo distribuye unos miles de copias en la Europa continental.       

 

Estas publicaciones en inglés se leen principalmente en Europa Occidental. Los países del Centro y Este de Europa todavía no han alcanzado este ritmo, dado que el acceso a ellos, por parte de los medios extranjeros, no tuvo lugar hasta 1989. La única excepción al predominio de los medios en lengua inglesa con sede en Londres o Nueva York es el increíble éxito que ha tenido Le Monde Diplomatique, una publicación bimensual, de contenido cultural y político, con una tirada impresa global de 1,5 millones de ejemplares en 21 idiomas. Su posición editorial es claramente de izquierdas, o tal vez debería definirse como ‘altermondialiste’. Fuera de Francia, Le Monde Diplomatique se publica habitualmente como suplemento mensual a un periódico o una revista mensual: como sucede en el Oriente Medio, América Latina e incluso en la Unión Europea, donde cuenta con casi seiscientos mil lectores. En la Unión Europea es el medio transnacional destinado al debate intelectual con mayor distribución, y el único de cierto calado que no tiene su base en los EE.UU. o en el Reino Unido.

 

El impacto de los medios electrónicos es mucho más difícil de valorar, ya que los espectadores, o los oyentes, tienden a sintonizar aquello que les conviene y sus hábitos deben estudiarse a través de cuestionarios con encuestas periódicas de dudosa validez. De este modo, RFI, la red internacional francesa de radio y televisión, dice tener 44 millones de “oyentes habituales” en todo el mundo (la mayor parte de ellos, en el África Francófona) y más de dos millones en Europa, “Este y Oeste”, para sus emisiones. La cadena francesa de televisión internacional TV5 Monde registra 72 millones de espectadores semanales, 29 millones sólo en Europa. Estas cifras se refieren a la audiencia de deportes, noticias y otros apartados más intelectuales, como documentales o programas culturales y de política. Y lo mismo sucede con Deutsche Welle, que emite principalmente en alemán e inglés, para una audiencia principalmente europea que se estima en unos 65 millones de oyentes semanales y 28 millones de espectadores. En la Unión Europea alcanza apenas los 5 millones de espectadores y seis millones de oyentes semanales (sobre todo en  el Centro y Este de Europa).

 

BBC World, la red británica de radio y televisión internacional, ofrece programas en inglés a 4,5 millones de espectadores semanales en toda la gama de géneros, con boletines de noticias muy frecuentes y una importante oferta de programas políticos y culturales. El canal francoalemán Arte emite su selecta programación en toda Europa en francés y alemán simultáneamente, para una audiencia bastante reducida (es decir, un 0,4% del mercado está en Alemania, y corresponde a unos 240.000 espectadores adultos).

 

La holandesa Radio Netherlands (Wereldomroep) emite su programación en nueve idiomas y llega a unos 50 millones de espectadores semanales, lo que la convierte en la cuarta red global (la Voice of America sigue siendo la mayor emisora global). Muchos otros países cuentan con una emisora de radio o una cadena de televisión internacional que emite su programación en varios idiomas, pero con audiencias muy reducidas. Las emisoras de menor tamaño cada vez dependen más de las agencias globales de noticias, con lo que aumenta la similitud de las noticias que se dan en todo el planeta, al tiempo que aumenta también la diversidad de programas disponibles en un solo emplazamiento.

 

Hay una serie de emisoras de radio y canales televisivos que se limitan a emitir boletines de noticias o deportes, como sucede con la CNN, en inglés (con una audiencia semanal reconocida de 7,5 millones en Europa), o CNBC, con 2,7 millones de espectadores europeos por semana. Pero lo que más nos interesa para el tema que nos ocupa es el caso de Euronews, una emisora, independiente desde el punto de vista editorial, bajo contrato con la UE y que emite en siete idiomas a 6,7 millones de espectadores europeos cada semana. Eurosport es un canal de enorme éxito, que emite en dieciocho idiomas para una audiencia paneuropea y se dedica en exclusiva a la cobertura de acontecimientos deportivos.

La mayor parte de los periódicos impresos y de las emisoras de radio y televisión tienen a estas alturas páginas web que ofrecen materiales editoriales publicados, normalmente con comentarios añadidos, con argumentos que justifican la publicación, reacciones de la audiencia, etc. Cada vez más páginas web multilingües que ofrecen sus contenidos a una elite política y cultural, parecen en el espacio virtual. Los ejemplos más destacados son Eurozine (que se edita en Viena), con artículos procedentes de más de cien revistas culturales europeas, normalmente traducidos. Un sitio alojado en la Fundación Cultural Europea, en Ámsterdam, presentará en breve un resumen diario de los principales periódicos europeos en distintos idiomas.

 

La cobertura de acontecimientos deportivos y de entretenimiento cruza las fronteras nacionales y del idioma con mucha más facilidad que los temas culturales y de política. Muchos de los programas están producidos por empresas de comunicación americanas. Pero algunos son en realidad de origen y de ámbito europeos: el festival de Eurovisión, por ejemplo, o la liga de fútbol europea se encuentran entre los ejemplos más notables de espectáculo que capta a una audiencia a escala europea.

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