Con el apoyo de:

 

En el marco de:

 

 

CONGLOMERADOS CULTURALES. PROPIETARIOS AUSENTES

Joost Smiers. Profesor de Ciencia Política de las Artes en el grupo de investigación de Artes y Economía del Utrecht School of the Arts de Holanda.

 

 

¿POR QUÉ UN ESPACIO ABIERTO PARA INTERCAMBIO CULTURAL?

 

En primer lugar, a escala individual existe una gran necesidad de encontrar espacios propicios para llevar a cabo diferentes tipos de intercambios intercontinentales e internacionales en general. Dichos encuentros resultan placenteros por lo interesante que son las experiencias compartidas, y satisfacen la curiosidad natural respecto a otros contextos. La confrontación con nuevos escenarios y estéticas engrandecen la visión de la mente humana.

 

En el plano colectivo, la necesidad de estos intercambios se presenta incluso con más fuerza. Estos nos ayudan establecer relaciones cercanas con todos aquellos con quienes, desde diferentes latitudes, compartimos un espacio común denominado mundo.

 

Sin embargo, dichos encuentros e intercambios culturales no siempre serán beneficiosos si están coordinados por personas u organizaciones completamente extrañas y ajenas a alguna comunidad específica, que tengan, únicamente, objetivos comerciales. En este sentido, podemos referirnos a las industrias culturales a escala global que, aunque generan conocimiento e intercambio entre diferentes agentes locales e internacionales, a veces pueden ser comparadas con propietarios ausentes, sin tierra ni territorio donde mandar.

 

Siempre debemos tener presente el hecho que todas las expresiones artísticas —teatro, danza, cine, música, imágenes, dibujos, diseño, libros y otros tipos de entretenimiento— implican una serie de contradicciones que las hacen entrar en un estado constante de lucha. En este sentido, las artes son una parte sustancial del debate democrático de la sociedad, que por ningún motivo debe ser bloqueado o impedido por grandes empresas o conglomerados que se aproximan a ellas con objetivos de carácter puramente comercial, con el poder oglipolista de lo que se debe producir, distribuir y promocionar, reduciendo la oferta a lo que ellos consideran valioso para su inversión.

 

Un intercambio cultural no es tan solo la representación de un hecho concreto, como una comida casual entre amigos donde se comparten de manera estupenda los aspectos exóticos de otras culturales. Es importante recordar que aún persiste mucho rencor y sufrimiento en el ambiente, producto de la explotación y humillación de las culturas minoritarias por parte de los grandes imperios (Shota, 1994, p. 359). Si olvidamos este hecho, continuaremos sumergidos en un escenario donde no hay cabida para la igualdad. Las artes representan, sin duda, un campo fértil para aprehender los niveles ocultos de la sociedad y las culturas dejados al olvido.

 

¿EXISTE ESTE ESPACIO ABIERTO?, ¿DÓNDE ESTÁ?

 

El espacio de intercambio cultural entre Europa y América Latina es mínimo. Existe solo en trozos y en pequeñas manifestaciones difusas. Es cierto que las industrias culturales de Brasil y México exportan telenovelas con alto contenido cultural, pero en el área del cine, por ejemplo, no hay mucho movimiento entre las orillas del Atlántico. En la prensa escrita europea, por ejemplo el diario El País, las noticias sobre la vida cultural de América Latina tampoco merecen la atención diaria, semanal o incluso mensual de los editores. Si algunas piezas de arte y entretenimiento llegan a cruzar el océano, es producto de un proceso controlado por determinados conglomerados culturales, en cierta medida integrados o conectados horizontal y verticalmente.

 

Dichos conglomerados perjudican y falsifican la competencia cultural a través de los presupuestos exagerados que destinan para las campañas de marketing de sus libros, películas o música. Dichas acciones hacen que las obras realizadas por pequeñas y medianas empresas culturales tengan muy pocas posibilidades de llegar a su público objetivo (Germann, 2003). Ante la mirada permisiva de todo el mundo, estos grandes conglomerados apartan de forma indiscriminada las obras producidas por cientos de artistas, disminuyendo la diversidad de la muestra. Como consecuencia, el público se convierte en el gran perjudicado, pues no llega a conocer el gran abanico de posibilidades existentes. Todos somos concientes y reconocemos este hecho, sin embargo, precisamos datos más concretos que reflejen el impacto devastador que tienen estas empresas en la vida cultural de todos los rincones del planeta y en el propio espacio de intercambio cultural.

 

PROMOVER Y APOYAR EL INTERCAMBIO

 

Las autoridades públicas deben regular los mercados culturales, de tal manera que la diversidad de autores y obras artísticas lleguen a ser distribuidos e intercambiados y no resulten apabulladas por aquellas fuerzas que controlan el mercado cultural. Debemos contemplar la variedad en los contenidos y regular la propiedad de ellos (Smiers, 2003). Abrir el espacio cultural para promover la diversidad implica la normalización del mercado cultural.

 

Cobrar un impuesto a las industrias culturales sobre el excesivo presupuesto que invierten en las campañas para promover sus Blockbusters y éxitos de taquilla puede convertirse en un sistema de regularización significativo; el dinero recogido a través de este cobro podría invertirse en la promoción de la diversidad de las creaciones artísticas y, así, estas puedan tener las mismas posibilidades de llegar a todos los públicos y consumidores.

 

Por lo tanto, es un deber —e incluso una obligación— de las autoridades públicas apoyar el desarrollo de la diversidad cultural, sin importar las controversias que esto pueda generar. Este es el objetivo de la democracia. Dichas acciones de apoyo pueden ser traducidas en subsidios u otro tipo de trato preferencial.

 

Ambas medidas —regulaciones y subsidios— deben ser asumidas con gran convicción, basándose en el respeto a los artículos 19 y 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El artículo 19 dice: «Todo ser humano tiene derecho a la libertad de expresión y opinión; dicho derecho incluye la libertad de tener una opinión sin interferencia alguna y de buscar, recibir e impartir información e ideas a través de cualquier medio de comunicación sin contemplar frontera alguna». Hoy en día, denominaríamos esto como el derecho a acceder a los canales de comunicación cultural e informativa. El artículo 27, por su parte, hace énfasis en «el derecho que tiene toda persona a participar libremente en la vida cultural de su comunidad, a disfrutar de las artes y las culturas y a compartir los avances científicos y sus beneficios». La participación en la vida cultural de la comunidad solo puede ser posible si la vida cultural, en sí misma, no está dominada por un determinado conglomerado cultural.

 

LA AGENDA NEOLIBERAL DE LA ORGANIZACIÓN MUNDIAL DEL COMERCIO

 

Aparentemente, no existe ningún impedimento para diseñar e implementar políticas culturales que puedan estimular la diversidad cultural a la vez que contemplen la variedad de contenidos y los derechos de propiedad. Sin embargo, la Organización Mundial del Comercio (OMC) y sus políticas neoliberales constituyen un gran obstáculo en este camino.

 

A partir de 1995, la cultura entró a formar parte del Acuerdo General para el Comercio de Servicios (GATS) de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Algunos creen que, por el hecho de que la cultura participe en este acuerdo, existe una excepción en su tratamiento dentro de los acuerdos comerciales; pero esto no es así. El hecho de incluir este campo en las negociaciones de la OMC hace que esta sea clasificada como cualquier otro producto y, por lo tanto, deba acogerse, sin excepción alguna, a las reglas neoliberales del comercio mundial. Sin embargo, muchos países, como los miembros de la Unión Europea, no se han comprometido a liberar, desregularizar y privatizar sus mercados culturales más allá de lo que ya lo estaban. Nueva Zelanda, por ejemplo, sí ha llevado a la práctica los compromisos adquiridos en la ronda de negociación para la preparación del GATS en 1993. Como consecuencia, la mayoría de las empresas culturales, incluso en el sector audiovisual, se encuentran en manos extranjeras, y rara vez se pueden ver u oír artistas neocelandeses en la televisión o la radio de su país. Es prácticamente imposible que Nueva Zelanda se retire del GATS y comience desde cero con un nuevo sistema de regulación del mercado cultural que favorezca el desarrollo de su diversidad cultural.

 

Ahora, a través de las negociaciones que se llevan a cabo en la denominada Ronda de Doha, se intenta acentuar todavía más la liberalización de los mercados, incluido el mercado cultural. Si los países llegaran a algún acuerdo en este tema, me atrevería a decir que estamos perdidos. El ejemplo de Nueva Zelanda nos debe ayudar a aprender que cualquier tipo de regulación del mercado cultural está sencillamente fuera de orden, y que estos serán altamente castigados a través de sanciones comerciales.

 

Puede sonar sorprendente, pero ni siquiera el sistema de subsidios está a salvo de las contradicciones del comercio mundial. De hecho, existen dos amenazas significativas y latentes: en primer lugar, Estados Unidos continúa insistiendo en la importancia de que la cultura se acoja al Tratado Nacional de la Organización Mundial del Comercio y a su ley sobre la nación más favorecida. Esto significaría que los subsidios y otras iniciativas de este tipo deberían estar abiertos a todos los ciudadanos de los países miembros de la OMC por igual. No es difícil suponer que esto implicaría el fin de todo tipo de subsidios. Obviamente, ningún Estado o nación puede subsidiar a todo el mundo. La ley de la nación más favorecida prohibiría, por ejemplo, acuerdos como el de la coproducción exclusiva entre países. Dichos acuerdos ofrecen la posibilidad a los Estados de formalizar y apoyar los procesos de circulación de artistas. La aplicación de esta ley implicaría, entre otras cosas, que las naciones coproductoras cedan los «favores» que reciben a todo el mundo por igual.

 

La segunda amenaza puede resultar aún peor y perjudicar todavía más al sector cultural. En este caso, EE.UU. denuncia que las medidas de apoyo, como los subsidios y los servicios públicos de comunicaciones, afectan la limpia competencia. Si bien hay algo de cierto en esto, también hay mucho de falso. No es necesario recordar que al existir medidas de apoyo a través del financiamiento público de los medios de comunicación, los «productos» culturales deberían situarse con precios más bajos dentro del mercado. Pero desde la perspectiva cultural, las medidas de apoyo son absolutamente necesarias, porque de no existir nunca se podría alcanzar la tan deseada diversidad cultural. Por lo tanto, este tipo de medidas en el plano cultural, no solo afectan la competencia justa sino que también democratizan este tipo de actividades.

 

En ambos casos, EE.UU. ejerce una gran presión para que estos temas sean incluidos dentro de la agenda del comercio mundial. El primer paso para conseguirlo sería obligar a los países a justificar su sistema de subsidios, comprometiendo la autonomía que tienen a este respecto.

 

LA CONVENCIÓN SOBRE DIVERSIDAD CULTURAL

 

El 14 de octubre de 2003, la UNESCO aprobó por unanimidad la propuesta de redactar, dentro de los dos años siguientes, la Convención sobre Diversidad Cultural. El objetivo de dicha convención es otorgar a cada nación el derecho a regular su mercado cultural, de tal forma que la diversidad en este campo pueda florecer con más facilidad. Esto podría corregir los errores cometidos en 1995, cuando se incorporó la cultura dentro del paraguas neoliberal de la OMC. De llevarse a cabo esta iniciativa, la cultura dejaría de regularse por la OMC y comenzaría a regirse bajo este nuevo instrumento legal internacional. En síntesis, si los países firmantes traspasan el nivel de las intenciones podrían crear un instrumento capaz de hacer replegar a la OMC.

 

Por último, si se lograra reducir la presencia de los grandes conglomerados, la presión de EE.UU. y los efectos perversos de la OMC, quizá pueda haber algún tipo de posibilidad para entablar un intercambio rico y estimulante entre Europa y América Latina.

Texto legal - Copyright

Textos: reproducción con autorización previa. Enviar solicitud >>