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En la era de las incertidumbres que caracteriza a este gran/pequeño mundo en el que nos ha tocado vivir, la reflexión ética vuelve al centro de atención. No descubro nada afirmando que estamos en un momento de profunda transformación de la sociedad que afecta tanto a la evolución de las civilizaciones como a los valores, certidumbres y modos de vida individuales y colectivos. Esta transformación, que se apunta con la caída del muro de Berlín y se inicia decididamente tras el salvaje atentado a las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, se produce además a un ritmo sin precedentes y en un contexto de profundas asimetrías en el que coexisten grupos sociales con un avanzado grado de desarrollo de las libertades publicas, las comunicaciones, la economía,  la innovación y la tecnología que les lleva a una voluntad de hegemonía global, y otros de carácter tribal tradicional que viven todavía en etapas casi prehistóricas y parecen destinados a sucumbir a los dictados de esa hegemonía. Varios síntomas nos permiten, sin embargo, vislumbrar ya, que ello no se producirá sin elevados costes de todo tipo.

 

Lo nuevo es que, por primera vez, tenemos una conciencia planetaria; sabemos que ese conjunto disímil de sociedades diversas está llamado a avanzar al unísono porque todos vamos en el mismo barco. De ahí las tensiones políticas y sociales que conocemos; el despertar de una opinión pública global; el repliegue identitario percibido como antídoto ante la incertidumbre y, en algunos casos, su consiguiente manipulación como ideología política de matiz racista; la globalización de la pobreza y su consiguiente impacto sobre los movimientos migratorios y en la composición multicultural de las sociedades industrializadas; el regreso del misticismo y las religiones frente a la pérdida de valores; la aparición  de nuevas modalidades de terrorismo que saben utilizar a la perfección todos los medios y tecnologías de comunicación y cuya represión conduce a una psicosis securitaria reductora de los derechos humanos y las libertades públicas... Y el miedo... a perder lo ya adquirido – las libertades ciudadanas, los derechos, el empleo, el control de la situación y, en demasiados casos, hasta la vida - a devenir puros números de simple valor estadístico... el miedo, en fin, a lo desconocido...

 

APROXIMACIÓN DESDE LA ÉTICA

 

Desde ese principio indisociable de nuestra conciencia democrática que consiste en el reconocimiento de la igual dignidad de todas las culturas, entendidas no ya como meros contenedores cristalizados sino como proceso que rompe con la idea de la cultura como un “producto terminado”, se trata ahora de conjugar valores éticos diversos, ligados a costumbres, hábitos, religiones y valores individuales y sociales propios de cada comunidad humana, y de llegar a un consenso acerca de los fundamentos compartidos sobre lo que es deseable para una sociedad global. Familia, género, tolerancia, medio ambiente y política son conceptos admisibles por todos pero lo difícil es ponerse de acuerdo sobre “ el cómo y el cuánto” de cada uno de ellos. Si bien los derechos fundamentales individuales, consagrados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos son generalmente aceptados (o quizás solo aceptables para muchas culturas en las que los derechos colectivos predominan sobre los individuales, y a los que se esfuerzan no obstante en dar su propia interpretación cultural1) cabría plantearse si el respeto de valores diferentes, esencial a la noción de derechos culturales colectivos, no implica acaso un rechazo de su universalidad al reconocer especificidades de grupos diferentes en materia tan sensible. Es el pulso entre universalistas y relativistas de los derechos humanos. De ahí la afirmación de que los Derechos Humanos no son neutrales ya que la Declaración Universal tipifica valores fundamentalmente compartidos por la cultura dominante, individualista, al no mencionar al grupo salvo por lo que respecta a la familia.

 

Si admitimos con Paul Ricoeur que los valores se sitúan a medio camino entre las convicciones duraderas de una comunidad histórica y las reevaluaciones incesantes que exigen los cambios de época y la aparición de nuevos problemas, es posible considerar que los derechos humanos fundamentales e individuales, sabiamente enunciados por la ilustración europea, y los  colectivos, propios de las culturas ancestrales de Asia, Africa y América Latina, no se contradicen en el fondo porque el ser humano, individuo, vive en comunidad. Aunque no sin dificultades conceptuales o sin tensiones sociopolíticas, pueden y deben ser complementados en el espacio por lo que hace a los derechos colectivos, esenciales para el reconocimiento de los derechos culturales, porque humana es también la conciencia de grupo, y en el tiempo, por lo que se refiere a responsabilidades humanas no ya de actos pasados sino frente a las generaciones futuras. Es la larga batalla por introducir la llamada nueva generación de derechos humanos (a la paz, al desarrollo, etc.)

 

La ética no sólo ayuda a tomar decisiones fundamentales respetuosas de una escala de valores,  sino que prescribe las normas que sirven de referencia para juzgar si una acción es correcta o errónea. Así, la ética del siglo XXI, ese consenso global que nos permita vivir juntos y que, pese a todas las dificultades, es urgente construir, supone una reforma de los vínculos entre el pensamiento y la acción – la dimensión ética entra en juego cuando “el Otro” entra en escena y, por ello, no se puede separar de la política - fundada en la evolución hacia una verdadera conciencia ética planetaria y, como corolario, hacia un “derecho común de la humanidad”. A falta de este vínculo, toda referencia a la tradición puede quedar condenada a parecer un fundamentalismo regresivo mientras que toda formulación de visión futura se limitaría a la consideración de una mera utopía.

 

Pero, recordemos, si el consenso es fácil en el plano antropológico, relativamente fácil en el ámbito ético, mucho más difícil en el  terreno de la filosofía política ante el riesgo de que los derechos colectivos pudieran debilitar los derechos individuales (por ejemplo, la preservación de una cultura tradicional tendría como precio inhibir la individualidad de los jóvenes? O de las mujeres?) es casi impensable cuando entramos en el campo del derecho positivo. Fácilmente aparecen conflictos de leyes (por ejemplo : el derecho de los indígenas a la tierra se opone al derecho de propiedad) y numerosas dificultades de aplicación. Si se legisla – o ratifica una norma internacional – por un mero prurito de imagen políticamente correcta, es casi seguro que la norma no se aplicará generando así nuevas frustraciones. En efecto, los indígenas hablan de “derechos”, noción perfectamente extraña a su cultura, por simple contaminación de la cultura dominante donde aprendieron que sin derechos reconocidos no se va a ninguna parte. Para expresiones culturales que , desde sus tradiciones, son “misiones espirituales” que podrían contribuir al enriquecimiento de las demás culturas, sólo se busca el reconocimiento de un derecho a fin de obtener protección conforme a los sistemas jurídicos occidentales. Prueba de que cada cultura realiza y expone una imagen concreta de la globalidad humana...

 

Y cabe preguntarse : la actual crisis de valores conlleva la ausencia de un fundamento trascendente que permita el anclaje de los valores eternos? Ante el encuentro global de las culturas, ¿hay que prever choques violentos entre valores contrarios? ¿O más bien asistiremos a novedosas e insospechadas hibridaciones entre sistemas de valores hoy en día tan dispares? ¿Es todavía concebible un proyecto universal compatible con la multiplicidad de las tradiciones y enriquecido por ellas? ¿O quizás tenderemos a sustituir la sociedad de valores por una sociedad del conocimiento? Ante la banalización de los valores en las sociedades occidentales, ante la preeminencia de lo efímero, de lo obsolescente, cuando se habla de “valores de moda” o de aquellos “pasados de moda” ¿es todavía tiempo para abrir una negociación global de los nuevos contratos – social, natural, cultural y ético – que la UNESCO promueve como base de un mundo mejor?

 

DERECHOS CULTURALES

 

Las innumerables definiciones de cultura vienen a resumirse en la consideración de este término como patrimonio acumulado, como capital creativo o como modo de vida. Esta última acepción aparece por primera vez en la Declaración Final de la Conferencia de la UNESCO sobre Políticas Culturales, conocida como MONDIACULT y celebrada en México en 1982. La cultura es definida en los términos siguientes: 

 

“el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan una sociedad o un grupo social; además de las artes y las letras, engloba los modos de vida, las maneras de convivir, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias”.

 

A partir de esta definición de corte antropológico, empiezan a formalizarse los esfuerzos en pro del reconocimiento de los derechos culturales2 en tanto que derechos colectivos dado que, en su vertiente individual, ya habían encontrado acomodo cuestiones fundamentales como la no discriminación, codificada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y habían sido complementadas por instrumentos normativos subsiguientes o colaterales (derecho de autor). Pero ¿quiénes son los actores colectivos de los derechos culturales así entendidos? ¿quiénes pueden reclamarlos y a quiénes se aplican?

 

Obviamente a las minorías culturales, presentes en el ámbito internacional pero también en el interior de un buen número de Estados-nación. Y cuestión cada día más compleja en un contexto de migraciones generalizadas, ampliamente debidas a la globalización de la pobreza. De ahí las reticencias de muchos gobiernos a pesar de reconocer que, en efecto, no todos tienen igualdad de acceso, capacidad o libertad de escoger sino que, por el contrario, la base de la dominación (de clase, de género, de jerarquía) está definida por etnias.

 

La injusticia cultural puede ser, así, heredada (pueblos autóctonos) o adquirida (inmigrantes) pero siempre implica desigualdad en el poder político, en recursos económicos, y en capacidad de organización social. Y sobre todo, se caracteriza por la falta de reconocimiento y respeto. Es decir, estamos hablando de la compleja problemática de la diversidad cultural.

 

En el caso de los pueblos autóctonos, tantas veces sometidos a lo largo de su historia a genocidio cultural o etnocidio, como ahora se llama, reclaman el reconocimiento de sus identidades, uso público de sus lenguas, educación bilingüe y multicultural, acceso a los medios de comunicación, protección de su propiedad intelectual y de su patrimonio cultural, control de sus recursos naturales, respeto de sus tradiciones sociales y organización política, reconocimiento de sus sistemas legales consuetudinarios en el marco jurídico nacional.

 

Muchos han visto en estas reivindicaciones una búsqueda de autonomía y una vía a la autodeterminación. De ahí que solo Argentina, Brasil, Colombia, Nicaragua y Paraguay hayan incluido el principio de la ciudadanía multicultural en sus Constituciones nacionales pero, en la práctica es también largo el camino por andar en estos países. No hay que engañarse, la aplicación de tan nobles principios requiere recursos nada desdeñables para países en desarrollo.

 

En el plano internacional, tras largos años de intensas – y frustrantes – negociaciones en el marco de la Década Internacional de los Pueblos Autóctonos del Mundo (1995-2004) el proyecto de Declaración de los derechos de los pueblos autóctonos ha sido adoptado por el nuevo Consejo de los Derechos Humanos en su sesión de junio 2006. No he podido verificar que haya sido aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas; al menos, se ha logrado la consagración de una Segunda Década Internacional que se prolongará hasta 2014 bajo el lema “partenariado para la acción y la dignidad”, claramente emparentado con los Objetivos del Milenio.

 

Tan compleja o más es la cuestión de los derechos culturales de los inmigrantes que se desplazan cada día más masivamente hacia los países más prósperos del mundo huyendo de conflictos bélicos y, sobre todo, de la pobreza, en busca de mejores oportunidades. Su situación es particularmente difícil. Son extranjeros y pobres, su estatus legal es precario en la mayoría de los casos y han de enfrentarse además a tensiones con la ciudadanía del país de acogida. El desarrollo del “poverty business” es floreciente en todas las fronteras sensibles, no pocas veces con la connivencia tácita de los países de origen. Es, por otra parte, bien cierto, que las sociedades acomodadas, con bajas tasas de natalidad, necesitan de esta mano de obra para realizar tareas desvalorizantes y mal pagadas y para cubrir los endémicos déficits de los mecanismos de seguridad social y de pensiones.

 

Las respuestas que se han venido dando por distintos países receptores no han resultado satisfactorias:

 

Ni la asimilación francesa, que busca la integración total  de los inmigrantes de acuerdo con el principio “un país, una cultura” pero no ha sabido evitar una discriminación velada a la hora del acceso a los estudios superiores y, sobre todo, al mercado del trabajo (todos recordamos los violentos conflictos recientes en las grandes ciudades de Francia)

 

Ni el comunitarismo inglés  que, fundado en el relativismo cultural, se basa en la segregación territorial de los inmigrantes y, bajo una impresión de tolerancia, practica sobre todo la indiferencia,

 

Ni siquiera el “melting pot” de los Estados Unidos, que les invita a fundirse en una nueva cultura creada entre todos pero sin otorgarles “de facto” protección social ni reconocimiento  suficiente.

 

Con frecuencia vemos aparecer movimientos “fundamentalistas culturales”, nuevo nombre del desacreditado racismo, que asume las relaciones entre diferentes culturas como hostiles por naturaleza y mutuamente destructivas lo que acaba en xenofobia más o menos declarada por haberse superado el “umbral de la tolerancia”.  ¿Dónde situar el listón de tal umbral? Un reciente estudio determina que 2 de cada tres londinenses no serán de origen británico en 2010. ¿Cómo asegurar la cohesión social y como hacer frente a los innumerables retos que se derivan en materia de educación, vivienda, salud, servicios y cultura?

 

Cuando se trata de grupos culturales diversos históricamente integrados en una misma nación, vemos cómo el conflicto de poder económico o la lucha por el control de los recursos naturales – petróleo, agua, etc. – se disfraza de batallas por la identidad que se reinterpreta a la luz de una idealización del pasado remoto.

 

El objetivo de cualquier política multicultural, más allá de la mera tolerancia,  ha de ser la convivialidad activa, favorecer la reorganización necesaria para que los aspectos identitarios puedan expresarse y evolucionar creativamente reconociendo a estos grupos culturales el derecho a la diversidad en la esfera pública. Las ICTs son también una excelente ayuda en tanto que vehículos de empoderamiento de quienes creen que sus derechos culturales no son reconocidos.

 

No es fácil traducir estos enunciados en políticas de Estado, en políticas de gobierno aunque hay ejemplos de acciones que han probado su éxito. A título de ejemplo, la ciudad de Montréal se ha dotado recientemente de una impresionante red de bibliotecas multiculturales, con libros de todos los orígenes y en todas las lenguas de sus minorías, atendidas por canadienses y  por personal emigrante adecuadamente formado a las técnicas bibliotecarias de punta. La propia naturaleza de las colecciones refleja los intereses y necesidades de todas estas comunidades, particularmente demandantes de educación, cultura e identidad.

 

En cualquier caso, no se trata tanto de evitar el conflicto entre las culturas, cuanto de proseguirlo creativamente sin humillación ni violencia. Lo propio de la ética global consistiría en formular valores tras examinarlos en común de modo que sean respetados por todos, no impuestos por los unos a los otros.

 

En el momento en que la crisis coincide con una crisis de futuro y su creciente ilegibilidad por parte de todos los ciudadanos, es urgente un liderazgo político capaz de centrar su atención y su acción en el futuro a largo plazo. Ya Max Weber señala acertadamente que la política consiste en estructurar el tiempo y que el quehacer del político es el futuro y la responsabilidad hacia el futuro. De hecho, lo posible no se alcanzaría nunca si en el mundo, siempre y sin tregua, no se intentara de nuevo lo imposible.

 

En mi opinión, Fukuyama estaba equivocado : esto no es el fin de la historia sino una aceleración de su respiración. Y seguramente, el declive del pensamiento lineal como herramienta de búsqueda de soluciones a problemas complejos que, forzosamente, requieren soluciones complejas, interdisciplinarias e interprofesionales, innovadoras en gestión pero, sobre todo, creativas – y éticas - en cuanto a sus objetivos y contenidos.

 

Seguramente, la protección del medio ambiente y la gestión de la multiculturalidad a través del diálogo y el respeto, son a nivel global pero también local, dos de las ecuaciones políticas de mayor calado, dos nuevas ecuaciones éticas puesto que ambas comportan una enorme responsabilidad con las generaciones futuras. Humana es la conciencia individual, la de grupo y la de especie. La relación entre los pilares de esta trinidad deberá ayudarnos a encontrar la respuesta.

 

 

NOTAS

 

Declaración Universal de los Derechos Humanos, ONU, 1948

 

International Covenant on Economic, Social and Cultural Rights, ONU, 1966

 

UNESCO Declaration of the Principles of International Cultural Cooperation, 1966

 

UN Declaration on the Rights of Persons belonging to National or Ethnic, Religious and Linguistic Minorities, 1992

 

African Charter on Human and People’s Rights, OUA, 1981

 

Charte Arabe des Droits de l’Homme, , 1994

 

Mexico City Declaration on Cultural Policies, UNESCO, 1982

 

Draft UN Declaration on Indigenous Rights, aprobado por el Consejo de Derechos Humanos, 2006. Pendiente de aprobación por la Asamblea General de la ONU;

 

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