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DERECHOS CULTURALES Y DESARROLLO HUMANO: LOS RETOS DE LA DEFINICIÓN Y LA UNIVERSALIZACIÓN

Annamari Laaksonen. Investigadora de la Fundación Interarts

 

 

Dentro de la línea de trabajo intenso que la Fundación Interarts desarrolla en el ámbito de los derechos culturales y los indicadores para el diseño de políticas vinculadas a la cultura, llevamos a cabo un proyecto para promover un mejor entendimiento entre las diferentes percepciones regionales sobre los derechos culturales, desde la perspectiva del derecho a participar en la vida cultural y el papel de la cultura en el desarrollo de las sociedades.

 

Dentro de las iniciativas relacionadas con estos temas, Interarts está organizando un congreso que tendrá lugar en agosto de 2004 en el marco del Forum Universal de las Culturas, en la ciudad de Barcelona, con la colaboración de la UNESCO y la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI). Los temas centrales del evento serán los derechos culturales y los indicadores culturales de desarrollo humano.

 

Resulta imposible repasar o resumir todo el universo de la temática y la totalidad del proceso que estamos llevando adelante, con sus fases previas y posteriores, en el poco tiempo que tengo para esta presentación. Por lo tanto, solo haré unas breves observaciones desde el punto de vista de nuestro proceso, aprovechando esta oportunidad para presentar el trabajo que realizamos, dado que estamos convencidos de su pertinencia para la reflexión y el desarrollo de los diferentes temas que nos convocan.

 

Los temas en cuestión intentan cubrir un abanico que es grande, diverso y variado. En diferentes foros, reuniones, conferencias, mesas redondas, nos hemos dado cuenta de lo complejos, relativos y a veces vacíos que son los conceptos que usamos con toda naturalidad. Así mismo, nos percatamos de las tensiones que existen entre las diferentes aproximaciones, y de lo importante que es establecer diálogos entre ellas. Por ejemplo, ¿cómo hablar de cultura y desarrollo sin aterrizar, inevitablemente, en el problema de su definición?

 

Hace una semana estuve en una conferencia sobre arte y cultura, y en cada uno de los debates que sosteníamos sobre el papel de estas áreas en el desarrollo humano y el de las comunidades nos encontrábamos con los diferentes niveles y universos que existen y, también, con distintas posturas hacia el tema.

 

En dicha conferencia, los académicoscríticos de las teorías del desarrollo hablaban del eurocentrismo; la periferia y los problemas de superioridad/inferioridad; la emancipación y las minorías; el imperialismo cultural; los efectos de la globalización, etcétera. Los representantes de la sociedad civil hacían referencia a la ciudadanía cultural; la libertad de creación; el reconocimiento y la mirada transversal al entendimiento cultural contra el multiculturalismo; y la tensión entre la teoría cultural y la praxis de las instituciones culturales, expresiones de pertenencia y de excelencia. Así mismo, la gente del sector cultural proveniente de administraciones públicas o centros culturales independientes, dialogaban sobre las implicaciones más prácticas, como la supervivencia de las artes; la financiación; el acceso a las infraestructuras; a veces de la falta, inexistencia o insuficiencia de las políticas culturales y de planificación; el reconocimiento cultural; la formación, etc. Me acuerdo de que una amiga de Sudáfrica se negó a ser culturalmente desarrollada para ser reconocida, y que un amigo de México dijo que una muestra clara de desarrollo está en la posibilidad de encontrarnos, de establecer contacto y un diálogo intercultural, objetivo de casi todas las conferencias.

 

Otro problema que surge a raíz de lo mencionado, es el universalismo de los temas. Para medir cómo interactúan las culturas y los procesos de desarrollo es imposible establecer indicadores culturales para todos los contextos y todos los marcos. Los indicadores por sí mismos, la mayoría de las veces, reflejan un contenido o un valor cultural. Varios investigadores coinciden en que las estadísticas no siempre son indicadores y, muchas veces, solo contienen un valor añadido en la medida en que sean plasmados en el mapa de las políticas culturales. La cultura puede servir tanto de contexto como de elemento de las políticas de desarrollo.

 

El año que viene, el Índice de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) será sobre cultura. Este índice, que se publica en julio de cada año, intenta dibujar el estado actual del desarrollo humano en diferentes países, basándose en indicadores y parámetros económicos, educativos y sanitarios. El índice del próximo año no es el primer estudio que se hace sobre la relación entre cultura y desarrollo.

 

En ese sentido, ya existe un cuerpo importante de investigación sobre calidad de vida; cultura y desarrollo; la relación entre economía y cultura, etcétera. También hay documentos de gran magnitud, como el Informe Mundial sobre la Cultura (en el cual se presenta un conjunto de posibles indicadores culturales de desarrollo, como libertad cultural, creatividad y diálogo cultural); Nuestra Diversidad Creativa, publicado por la UNESCO en 1995; y el Informe del PNUD de Chile, que hace una exposición del estado cultural de este país, sus cambios y desafíos.

 

Sin embargo, el Índice de Desarrollo Humano es un documento de mayor importancia, por el hecho de ser realizado dentro de cada país. Pese a ser, probablemente, uno de los estudios más criticados de la historia por el ranking de países que hace, es un referente determinante y, para los que trabajamos en el sector cultural, constituye un punto de partida importante.

 

Como pueden ver en el programa previo de nuestro congreso, trabajamos con la Oficina del Índice de Desarrollo Humano del PNUD, tanto en su organización como en sus fases anterior y posterior. Este nuevo informe será uno de los puntos cruciales de reflexión para animar el debate sobre el bienestar humano, la importancia de la cultura y la libertad cultural, a la vez que conformará una fuente para un plan de acción de futuros estudios.

 

Muchas veces los límites del relativismo cultural y la falta de datos sobre diferentes países (por ejemplo de aquellos que ni siquiera tienen políticas culturales) han prevenido un trabajo sólido en este respecto. Por eso, lo que queremos lograr en este proceso es un espacio para repensar el papel de la cultura en el desarrollo, que preserve las diferentes posturas respecto a la elaboración intelectual y la reflexión crítica sobre estos conceptos, a través de la investigación interdisciplinaria.

 

Al mismo tiempo, la presencia de los organismos internacionales e intergubernamentales no solo garantiza una aproximación global hacia los temas, sino también una continuidad en el uso de las contribuciones y las conclusiones; pues a pesar de que a estos organismos les hace falta mucha autocrítica, ofrecen la mayoría de los marcos jurídicos universales, reflejan las realidades de las comunidades culturales y muestran el impacto cultural de diferentes procesos socioculturales. No por ello se descarta la importancia de los movimientos sociales mundiales como los foros sociales.

 

Con el fin de no caer rendidos frente a la enorme cantidad de material, hemos querido crear un enfoque preciso para definir el marco del congreso. Para ello, hemos identificado una serie de preguntas que guiarán las sesiones de reflexión y realizaremos algunos seminarios previos en diferentes partes del mundo, para asegurar la presencia de visiones regionales y locales/territoriales dentro del proyecto. Este es un camino largo dentro del cual el congreso representa solo uno de los pasos, en el que se trata de buscar sinergias con procesos paralelos actuales, para asegurar una visión amplia y un impacto verdadero, que promueva el debate y el reconocimiento mundial de la importancia de la cultura en la definición del bienestar y el futuro de las sociedades.

 

Otro gran tema de nuestro congreso (separado con una línea delgada, pero con mayor overlapping) es la reflexión sobre los derechos culturales. Dicho ejercicio gira alrededor del objetivo de establecer si los derechos culturales son como han sido tradicionalmente entendidos (derechos relacionados a la creatividad humana o derechos de minorías lingüísticas y nacionales para preservar su cultura, idioma o costumbres frente a los efectos de la cultura mayoritaria y la globalización), o bien una ¿justificación de tradiciones culturales?

 

Esto es fácil de responder, porque si nos basamos en el marco universal de los derechos humanos, sabemos que estos no tienen categorías internas y que, cuando existe un conflicto, se analiza de manera particular en La Haya, para determinar qué derecho prima sobre el otro. Hago referencia a este asunto porque en todos los foros, reuniones, o presentaciones en los que he estado, una de las tres preguntas que siempre surge es si la ablación es un derecho cultural.

 

Desde el punto de vista de los derechos fundamentales, respetar los derechos humanos no siempre significa aceptar todas las prácticas culturales. Los derechos humanos se basan en unos valores que, supuestamente, son internacionales, como la autodeterminación (libertad de elección) y la integridad física de las personas. Como consecuencia, las prácticas que violan la integridad y dignidad humana no pueden ser protegidas por los derechos culturales.

 

Sin embargo, uno de los elementos polémicos es la relación entre el individuo y la colectividad, y el derecho de los colectivos a decidir sobre el futuro cultural de los individuos para el «bien» de la comunidad. Los derechos culturales forman parte integral de los derechos humanos y, sin duda alguna, todos los derechos humanos llevan una dimensión cultural. El hecho de que todos los derechos humanos sean universales e interdependientes sumados a la dificultad de situar la cultura en términos jurídicos, hace que los derechos culturales reciban una menor atención y se encuentren menos desarrollados y protegidos en comparación con los derechos civiles y políticos, y hasta cierto punto, con los derechos económicos y sociales.

 

Los derechos de las personas que pertenecen a minorías étnicas son, de cierta forma, más cuidados, aunque la situación tampoco es óptima. Sin embargo, en muchas partes del mundo, individuos y comunidades culturales han sido y todavía son incapaces de participar en la vida cultural o de expresar y preservar su identidad cultural, por razones de intolerancia y discriminación. He aquí el motivo, por el cual los derechos culturales contienen un elemento importante de dignidad humana.

 

Sin entrar en más detalle sobre los mecanismos y definiciones de los derechos culturales, es preciso decir que estos no conforman una curiosidad en términos legales o un anexo a las políticas culturales. Por el contrario, cada vez se convierten más en una postura central. Los derechos humanos, en general, son considerados derechos individuales (aunque casi ningún derecho individual puede ser un derecho exclusivamente individual), mientras que los derechos culturales tienen una naturaleza colectiva o son, en realidad, ejercidos en interacción con otros.

 

En síntesis, este tipo de derechos lleva implícito el concepto de colectividad. En esta palabra hay un alto contenido polémico, que nosotros también usamos como guía en nuestro trabajo, representado por los principios de no discriminación y de autodeterminación. Es decir, la libertad de elegir el contexto cultural (la libertad cultural) al cual pertenecemos, respetando la dignidad y sin discriminar los derechos de los demás. En este sentido, es necesario agregar que la participación es un factor muy importante dentro de los derechos culturales, y que se halla íntimamente relacionado con la autodeterminación. Esto implica que no se puede ejercer, planear o implementar políticas de ningún tipo, sin la participación activa de aquellos que son afectados por ellas.

 

Tradicionalmente la teoría de los derechos culturales ha destacado las dimensiones y derechos relacionados con las minorías étnicas y lingüísticas. No obstante, se ha girado hacia una definición más amplia de cultura y del derecho a la misma, que incluyó el derecho a la conservación y preservación de las culturas, a la información, a las expresiones culturales, etcétera. Nosotros, con el fin de facilitar la tarea, hemos concentrado el proceso en el derecho de participar en la vida cultural, por haber participado en el proceso consultivo para la elaboración del comentario general del artículo 15 del Pacto Internacional sobre los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas.

 

Los instrumentos internacionales, como las Naciones Unidas, no son completamente impermeables ni existe una verdad universal en ellos. De hecho, existen varias contradicciones entre los valores regionales y los derechos humanos, pues al fin y al cabo, estos últimos pertenecen a un sistema occidental. Sin embargo, el ámbito del derecho puede construir un instrumento eficiente, dado el marco legal que ofrece.

 

Los intentos por regular los derechos y obligaciones comenzaron hace más de cuatro mil años, pero el punto histórico del reconocimiento de los derechos culturales es, sin duda, la Declaración Universal de los Derechos Humanos (artículo 27) de 1948 y el Pacto sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966. En los últimos años, la comunidad internacional ha visto algunas señales de entendimiento más amplio por parte de algunas instituciones regionales e internacionales sobre las connotaciones culturales de los diferentes derechos. Y, aunque es difícil construir un marco conceptual universal, el derecho a participar en la vida cultural hace más visible la importancia de acceder y participar en la supervivencia de las culturas, a la vez que reconoce los cambios constantes que atraviesan.

 

Existen muchos documentos internacionales redactados, sobre todo, durante la década posterior a la caída del muro de Berlín, que fueron especialmente optimistas en los intentos de construir marcos universales. Debido al límite de tiempo, no me detendré en ellos. El debate sobre derechos culturales es complejo y tenemos que evitar ofrecer respuestas hechas debido a los problemas conceptuales que tenemos. Es importante hablar de derechos culturales, pero también debemos hacerlo desde la cultura de derechos o los derechos a la cultura. ¿Cuáles son los valores incluidos en los derechos culturales? ¿Cómo se perciben en las diferentes regiones? La noción de derechos es demasiado occidental y es necesario examinar la posibilidad de componer un set de estándares universales.

 

Como parte del proceso de la organización del congreso realizaremos un pre estudio, para el cual queremos invitar a personas de diferentes partes del mundo a expresar lo que entienden por derechos culturales y a opinar sobre el papel de la cultura en el desarrollo. También, pretendemos recabar información sobre las necesidades, prioridades y sugerencias para la formulación de políticas públicas en materia de derechos humanos. Los resultados preliminares se presentarán en el congreso.

 

Antes de concluir quisiera destacar que los derechos y las libertades nunca son absolutos. Los derechos llevan en sí mismos el deber de respetar las libertades y la dignidad de los demás. Por eso, termino con una de las reflexiones del libro sobre cultura y desarrollo económico de Alan Kilday: «La humanidad del hombre está en la multiplicidad de sus culturas». De la misma forma, la verdadera dignidad del ser humano está en el respeto por todas las culturas e individuos.

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