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HABLANDO DE VALORES
Dorothea Kolland.

 

 

Vengo del mismísimo corazón de la Antigua Europa, de Berlín, Alemania, y me han educado en esos valores culturales que suelen ser objeto de burla en otras partes del mundo. He estudiado musicología. Esto significa que, hasta hace poco, debía concentrarme exclusivamente en la música clásica europea. Me encanta la literatura, las artes visuales, el teatro, me encanta ir a la ópera... Con todo lo que sea “cultura burguesa” me siento como en casa. Y estoy firmemente convencida de que estos tesoros culturales deberían ser protegidos, y pienso que cualquier ser humano tiene el derecho de acceder a ellos. Como es lógico, en mi vida profesional, mi responsabilidad es el arte y la cultura en el área del gobierno local, donde ejerzo como directora de una oficina cultural de distrito, en la ciudad de Berlín.

 

Pero mi labor diaria no se trata tanto de presentar el arte como de luchar contra la exclusión social y cultural, favorecer y facilitar la participación. Y lo hago, lo hago a escala local y nacional, porque el mundo en el que trabajo no es un mundo perfecto, circundado por Goethe, Beethoven y Van Gogh, en Bayreuth o Salzburgo, plagado de museos exquisitos y salas de conciertos frecuentados por un público también exquisito. Mi ambiente es el distrito más deprimido de la capital de Alemania, Berlín-Neukölln, que algunos tratan de descalificar denominando “el Bronx de Berlín” ignorando el hecho de que vivir en el Bronx resulta mucho más interesante que vivir, por ejemplo, en Queens. La vida en Neukölln, con 310.000 habitantes, es efervescente. La gente de la calle procede de todo el planeta. 165 nacionalidades conviven en el distrito. Es como Babel después de la caída de la torre: sólo algunos de ellos hablan alemán. La oferta gastronómica por nacionalidades es increíble; se venden accesorios de última moda junto a cacharros de un euro, y los locutorios telefónicos ofrecen tarifas muy competitivas para hablar con Albania y Zimbabwe. Muchos artistas encuentran en Neukölln el espacio que necesitan para trabajar, aprovechando que los alquileres son económicos y que la población local tiene una mentalidad abierta, que actúa con naturalidad ante un comportamiento excéntrico. Pero la base social de este colorido universo es la pobreza.

 

La pobreza es algo relativo. Hace sólo unos meses mostré a un colega de Buenos Aires algunas de las zonas más deprimidas de mi distrito. En algún momento me preguntó dónde estaban las viviendas de los pobres. Si pienso en las chabolas de Buenos Aires, que tuve ocasión de conocer poco tiempo después, si pienso en las extensas zonas del planeta, azotadas por la pobreza, lo más justo y adecuado es considerar la pobreza en términos relativos. Pero si utilizo como rasero el nivel que Alemania ha logrado, y que está tratando desesperadamente de mantener, el lugar donde yo trabajo lleva la marca de la pobreza. Según definición oficial, muchas de las personas con las que trabajo y para las que trabajo son pobres. Muchos de ellos son niños y adolescentes. Son los callejones traseros de una sociedad próspera, muy avanzada tecnológicamente, de orientación global, que sirve de refugio o de lugar de abandono a gente que ya no es necesaria o, al menos, no lo es por el momento. Sus vidas están marcadas por el desempleo, la falta de escolarización, la escasa formación profesional, y la mala salud. Muchos de estos habitantes de los callejones traseros son inmigrantes (más del 50 por ciento). No quiero aburrirles con estadísticas, pero debo decirles que el 25 por ciento del índice global de desempleo se registra en mi distrito, y que el índice de desempleo entre inmigrantes es allí del 55 por ciento.

 

Hay vecindarios como este del que hablo en muchas grandes ciudades de Alemania y de Europa. Los problemas son similares incluso si las causas difieren. Pero las futuras consecuencias de este aglomerado de problemas y de su incidencia en la exclusión serán catastróficas en cualquier parte. Yo, personalmente, estoy convencida de que los ataques de Madrid, Amsterdam y Londres han sido posibles porque la gente, sobre todo la gente joven, experimenta esta situación de catástrofe, y reacciona con odio. La vida no es precisamente feliz, ni apacible, en la jungla de los callejones traseros.

 

El principal reto al que nos enfrentamos es la caída de la natalidad y la manera en que crecen los niños y jóvenes. Teóricamente, no hay problema si echamos un vistazo a estos callejones traseros de nuestras ciudades. No faltan niños en Neukölln, las escuelas primarias están llenas a reventar. Más de la mitad de los bebés que nacen en este distrito son de padres inmigrantes. Hay escuelas primarias donde, entre el 85 a 95 de los niños que se inician en la vida escolar no son de origen germanoparlante. Hay una escuela, incluso, que no tiene ni un solo niño de origen alemán entre sus alumnos de primer curso. No habría por qué pensar que esto es un problema si no fuéramos conscientes de cuál va a ser la carrera a la que se enfrentan estos niños: Después de diez años en el colegio, muchos de ellos no han logrado obtener un dominio adecuado del alemán. Ni su entorno familiar ni el escolar les ofrecen oportunidades suficientes para lograrlo. Como la educación está estrechamente ligada a la habilidad lingüística, muchos de estos chicos abandonan la escuela sin certificado alguno. La obtención de calificaciones de un nivel superior es sólo una cuestión de suerte en el caso de los hijos de los inmigrantes. Su futuro está señalado: hay pocas oportunidades de  acceder a un empleo fuera de la red que constituye la familia. se resignan a vivir de los servicios sociales, ayudándose con algún trabajillo, porque también en Alemania la red de la seguridad social se está volviendo cada vez más fina.

 

Cuánto daño se puede hacer a la confianza de la gente, a su seguridad en sí misma, cuando experimentan, a una edad tan temprana, que no son bienvenidos a una sociedad, que la igualdad de oportunidades para el desarrollo no está ahí para ellos, que tienen que vivir con su comunidad, en vecindarios deprimidos de los que no pueden escapar, que están condenados a vagar por ahí sin finalidad alguna, sin trabajo, obligados quizá a involucrarse en trapicheos. Y ellos reaccionan desarrollando un orgullo tribal desmedido. Resulta además sorprendente que la gente joven ya no busca refugio en el fundamentalismo religioso o político, ni en la violencia. Estos jóvenes que han vivido en una sociedad en la que sus padres les han puesto de cara al rechazo y al fracaso personal no tienen mucho interés en las normas que rigen la sociedad alemana, entre la que viven. Las aprenden a golpes. No tienen ni idea de por qué existen estas reglas, que se fundamentan en un sistema ético abstracto, extremadamente remoto, de valores fundamentales, fruto de una experiencia como sociedad de la que nadie les ha hablado. Yo no sé cómo será esto en sus países de origen, pero en Alemania, dejando aparte la instrucción religiosa, impartida de manera epigonal, evitamos la discusión abierta con nuestros niños y jóvenes sobre la ética que determina las acciones políticas, las sociales y las individuales. ¿Cómo pueden los jóvenes que proceden de entornos arraigados en sistemas de valores completamente diferentes en lo cultural, en lo social, en lo étnico, en lo religioso... cómo pueden llegar a conocer un consenso ético básico que prevalece, a pesar de todas las diferencias, en el país que los acoge? ¿En un reformatorio?

Llegados a lo peor, que suele ser el caso, la gente joven encuentra sus propios ideales, sus propios valores, en ghettos como fortalezas, construidos por ellos y gobernados por leyes que nos hacen a los ciudadanos de esos países derramar lágrimas de cocodrilo: ghettos donde los valores y derechos fundamentales de los que nos enorgullecemos, como la igualdad entre hombres y mujeres o el derecho al libre desarrollo de la propia personalidad, no son moneda de curso legal. Mencionaré solamente el matrimonio forzado, un tema crucial sobre todo para las jóvenes de origen islámico. Una joven musulmana de origen turco fue encontrada muerta hace poco por sus hermanos, porque escapó a un matrimonio forzado y estaba  intentando construir su propia vida fuera de las leyes tradicionales. Los jóvenes de sexo masculino ensalzaron públicamente a los asesinos. Este brutal asesinato resume el choque entre dos mundos incompatibles, con derechos fundamentales incompatibles. Muchas niñas y mujeres, inmigrantes o naturales de un país, reaccionan con un rechazo polifónico hacia el mantrimonio forzado, que consideran incompatible con el derecho fundamental de autodeterminación. Los hombres jóvenes, sin embargo, aluden a conceptos morales, la vergüenza y el honor, que son los que prevalecen en su sistema, sobre todo su obligación de respetar las decisiones de la familia, porque para ellos todo los demás está subordinado a la familia. Este es un punto en el que puede, y debe, pronunciarse un NO con determinación, no podemos considerar medias tintas. Los propios cimientos de la sociedad inmigrante están en peligro, y aquél que quiera vivir en este país deberá aceptar los cimientos sobre los que está construido. Sólo una posición firme servirá para algo. Pero, ¿qué hay de la aceptación de lo que es diferente? La vida es mucho más complicada que la filosofía.

 

Afortunadamente, gracias a estos casos extremos, la vida diaria se aprecia mejor. Pero siempre se centra la atención en los problemas que subyacen a las agresiones diarias, los conflictos, las acciones equívocas o los malentendidos, los fallos a la hora de aprovechar oportunidades de comunicación, las disputas de vecindario, y la desestructuración. Las metrópolils de todo el mundo concentran a gran cantidad de gente impulsada por valores fundamentales y nociones éticas radicalmente distintas, ideas y percepciones con raíces muy profundas desde el punto de vista social, pero también, en ocasiones, desde el religioso, inculcados como tradiciones culturales que para ellos resultan evidentes. Yo, por ejemplo, me crié en la ética del trabajo protestante que de manera tan admirable expone Max Weber, pero hay principios, como el respeto y la obediencia absoluta hacia los demás, que son intrínsecos a culturas como las del Lejano Oriente. Cuando la gente vive a escasa distancia, las diferencias entre la concepción de vida de unos y de otros, y de sus valores fundamentales, abren una brecha enorme entre ellos. Y cuando menos conscientes son y más inadvertidas pasan estas diferencias, mayor será la distancia que imponen: decir “No” no siempre es una ayuda, pero tampoco lo es resultar ofendido, o agredido. Cada uno tiene que escuchar lo que tengan que decir los demás.

 

Mi país no está preparado para la inmigración, y eso es algo que mucha gente de aquí tiene problemas para aceptar. Por eso, Alemania padece una inadecuación entre la percepción que tiene de sí misma y la realidad. Nosotros nos vemos como un país civilizado, basado en un entendimiento común, y no unidimensional, de nuestras tradiciones culturales, mientras la diversidad cultural crece a nuestras puertas, sin que nadie se percate ni se preocupe.

 

Nosotros protegemos y salvaguardamos nuestro legado cultural (que, naturalmente, implica innovación y creatividad), pasamos nuestro acuerdo ético de generación en generación, mientras el lenguaje y las formas culturales de nuestros inmigrantes se desarrollan, alejándose cada vez más de los templos de nuestra cultura. Identidades híbridas, culturas híbridas están germinando y creciendo en la cuneta, y tal vez eso es lo que el futuro nos depara. Esta brecha, constituida por una multitud de fisuras entre diversas culturas y estratos sociales, es un aspecto integral de mi trabajo de campo en los callejones traseros de Neukölln. El arte y la cultura no tienen la fuerza necesaria para eliminar la causa social de esta brecha. Pero tienen el poder necesario para escandalizar, para protagonizar las deformaciones sociales y para proporcionar a los medios materiales en los que están presentes. Y sin embargo, lo primero que tenemos que hacer es descubrir ese tesoro de diversidad cultural en nuestros callejones traseros.

 

Con sus amplios recursos de expresión y lenguaje el arte y la cultura pueden construir puentes de comunicación que sirvan no para distraer ni para armonizar, sino para –en muchos sentidos– adquirir y difundir la información sobre los demás. El arte tiene sus propias capacidades comunicativas: puede explotar, intensificar, exagerar y provocar formas poco habituales, inusuales, de pensar, y transferirlas a otros niveles. Puede descomponer situaciones complejas. Puede crear situaciones artificiales donde se pueden abordar distintas variantes de problemas y soluciones en un contexto lúdico en el que es posible asumir papeles distintos u opuestos a los naturales, donde es posible formular sentimientos y hechos que resultan difíciles o imposibles de verbalizar. El arte también se aprovecha de su impacto social, otorgando una mayor confianza y capacidad de expresarse a personas que están en desventaja verbal o intelectual. Y ofrece formas de expresión distintas del lenguaje verbal, con las que se puede alcanzar un gran éxito. Por estos motivos, soy una apasionada de la educación artística en la escuela.

 

Hemos desarrollado un importante proyecto en nuestro callejón trasero de Neukölln, que nos permitirá explotar algunas de las oportunidades que el arte ofrece para construir puentes entre la gente joven, para que puedan poner el sujeto principal de los valores que figuran en la agenda. El proyecto ha sido apoyado por el Ministerio de la Juventud. En Alemania, los presupuestos culturales no tienen fondos para cuestiones como ésta. La política cultural alemana se interesa, de manera explícita, sólo por los buques insignia del legado cultural de primer orden. Y el dinero de los ayuntamientos es exiguo. 

 

Me gustaría informarles brevemente de nuestro proyecto, porque lo hemos llevado a cabo, de manera ejemplar, aunando los tópicos de los que estamos hablando: “Cultura, juventud y diversidad cultural”. Hemos logrado un éxito considerable, sobre todo entre los jóvenes, y la idea básica es tan simple que puede reproducirse en cualquier lugar.

El proyecto se titulaba “Buenos hijos, buenas hijas, malentendidos en la vida de la Comunidad”. El proyecto se dirigió principalmente a los jóvenes que viven en Neukölln, muchos de los cuales son de familias inmigrantes y están en desventaja en el ámbito educativo.

 

Partimos de tres puntos:

 

1. La pregunta con la que comenzábamos era sobre el buen hijo, o la buena hija. A todos les gustaría ser, o haber sido, buenos hijos, y  a todos les gustaría tener un buen hijo o una buena hija, pero todos sabemos cuál es el problema que puede surgir cuando los padres y los hijos tienen puntos de vista diferente. Las diferencias se hacen más complejas, naturalmente, cuando entran en juego las de índole cultural. Nos obligamos a no sopesar, a no valorar, sino a comparar.

 

Recogimos todas estas ideas a lo largo de muchos, muchísimos talleres y entrevistas con niños, adolescentes y padres de nuestro distrito multiétnico, y todas las comunidades –y tenemos bastantes– se involucraron enormemente.

 

2. En un contexto multiétnico tan variado, incluso cuando la gente se comporta con total cortesía (y, tal vez, especialmente en esos casos) se pueden producir malentendidos en la vida cotidiana, en el colegio, en la calle, cuando van de compras, en conversaciones, en encuentros durante sus desplazamientos; los malentendidos pueden convertirse en conflictos sin que los implicados sepan por qué: son los incidentes más críticos y notables. La más insignificante de nuestras experiencias: ¿es lícito establecer contacto visual durante una conversación, con una persona mayor o de posición superior a la nuestra? En Europa es descortés no hacerlo, en Irak o Vietnam lo descortés es hacerlo. Pero gracias a la colaboración con estos jóvenes hemos recogido una serie de experiencias críticas y hemos tratado de descubrir las diferencias de normas de educación y comportamiento que pueden dar lugar a conflictos, y también hemos tratado de identificar los conceptos y valores subyacentes a dichas normas. Incluso en la fase de recogida de datos quedó claro enseguida que, si la gente sabe, o intuye, cuales son los motivos que hay detrás de un comportamiento extraño u ofensivo, se evita caer en el malentendido o en el conflicto.

 

3. Impulsados por un debate de índole muy conservadora sobre los valores fundamentales en Alemania, cuya finalidad ha sido principalmente evitar la adopción de una ley general para la inmigación y mantener los valores tradicionales alemanes, hemos querido descubrir los sistemas de valores de las comunidades de inmigrantes de Neukölln, dejando claro que también los demás tienen sus valores y que muchas veces esto se olvida. Parece obvio, para nosotros, que con quien hay que hablar de valores es precisamente con los jóvenes. Nuestras pesquisas han sido avaladas por concienzudos estudios de índole filosófica, científica o religiosa, estudios sobre literatura o pedagogía realizados por el Instituto de Ciencias Comparadas de la Educación de la Universidad de Humboldt. Hemos identificado algunos valores clave y nos hemos concentrado en aquellos que han desempeñado un papel importante en todos los sistemas de valores que se incluyen en el estudio. Los conceptos de los que hablamos son la obediencia, el respeto, el honor, la vergüenza y la tolerancia. Naturalmente, algo ha pasado una y otra vez, y sigue pasando,  aquí y ahora, donde también influye, probablemente, la traducción: el concepto de “vergüenza” (“Scham” en alemán) por ejemplo, tiene una gran variedad de significados. Lo que signifique para cada uno de ustedes en su propio idioma es probablemente bastante diferente de lo que yo percibo en el mío. La traducción, palabra por palabra, no es suficiente: las connotaciones que rodean a cualquier concepto también tienen que explicarse de manera exhaustiva. Nuestro procedimiento de comparación resultó ser el adecuado, porque al enumerar una amplia gama de valores, significados y palabras, hemos puesto sobre el tapete las dimensiones ocultas de muchos conflictos y hemos superado la dificultad, que parecía insuperable, que planteaba su resolución. Por último, nos hemos concentrado en las culturas turca, árabe, la del Lejano Oriente y la alemana. Durante el desarrollo del proyecto, nuestra selección de valores (repito: obediencia, respeto, honor, vergüenza y tolerancia) resultó ser la más adecuada, porque ofrecía un material ilimitado para el debate y la controversia.

 

Basándonos en estos tres enfoques hemos concebido una exposición que, en muchos casos reproduce escenarios experimentales o situaciones de archivo, cibercafés y chillrooms, en lugar de limitarse a realizar una presentación artística convencional. Nuestro lema fue “ofrecer una plataforma para los invisibles”, porque queríamos dar una forma concreta a algo abstracto, que no puede palparse, porque de este modo podemos trabajar en ello. Dos artistas trasladaron tres cuestiones críticas a espacios experimentales, y se crearon cinco barras de herramientas desplazables utilizando materiales escritos y visuales con los cinco conceptos: definiciones léxicas, filosóficas, sociológicas, estudios etnológicos, cuentos infantiles, comics y reproducciones de cuadros, todo ello concebible. También se pusieron en marcha juegos interactivos de ordenador y cursos sobre estos temas, para que participaran los jóvenes que habían estado antes en los talleres.

 

En medio de todo esto se organizaron instalaciones artísticas, de mayor o menor envergadura, con jóvenes artistas de procedencia cultural muy diversa, algunos de ellos participantes en concursos, otros procedentes de la Facultad de Arte, que era una institución colaboradora. Todos ellos abordaron el tema de “Buenas hijas, buenos hijos”, de un modo u otro.

 

La exposición fue fantástica, con asistencia de un gran número de jóvenes procedentes, en su mayoría de escuelas (asístía la clase completa) u otro tipo de agrupación. La mayoría vinieron varias veces. Pero también vinieron adultos, grupos de mujeres, profesores, organizaciones y clubs de la comunidad, etc., que discutieron sobre los distintos aspectos de la exposición con una franqueza que no había observado nunca antes. Y lo mejor de todo, sin embargo, fueron las discusiones que suscitaron estas actividades en el curso de las visitas guiadas para jóvenes. Muchos de ellos procedían de las llamadas “Hauptschulen”, de escuelas secundarias de nuestro sistema educativo con tres ramas, y escuelas que recogen lo que nadie quiere, los que son menos dóciles y receptivos al sistema educativo, procedentes la mayoría de familias inmigrantes. El grupo más numeroso tenía entre trece y dieciséis años, una edad que no es necesariamente fácil. Fueron recibidos por nuestros guías, siempre uno de origen alemán y otro de origen inmigrante. Nos ha llevado mucho tiempo encontrar y preparar a estos jóvenes guías: han crecido en Alemania, y en Alemania han ido al colegio y a la universidad. Son conscientes de su doble identidad y se sienten cómodos en ella. Sólo sus nombres nos hablan de sus raíces, turcas, polacas o españolas, pero ellos conservan una conciencia plena de estos orígenes. Necesitamos con urgencia a estos jóvenes inmigrantes, ya “establecidos”, para sacar a flote a los demás, o para que nos digan cómo dar un nuevo enfoque a las cosas. Pueden servir como intérpretes en ambas direcciones.

 

Los guías informaban a los visitantes que acudían a la exposición, les daban consejos sobre los lugares donde podían descubrir o probar nuevas cosas. Les introducían en las fases típicas de un incidente y dirigían el debate hacia los valores de las distintas culturas.

 

Los jóvenes estaban asombrados: descubrieron a gente como ellos, que hablaba en perfecto alemán y que “lo había logrado”. Estaba claro que ser un “fuera de la ley” no era algo inevitable: así, con su percepción del mundo puesta en tela de juicio, algo sucedió que no nos habíamos atrevido ni a imaginar: los intensos debates sobre honor, la vergüenza, y la obediencia y el respeto. La tolerancia quedó un poco fuera del circuito, pero se habló de ella cuando fue preciso. Los profesores que les acompañaban casi no reconocían a sus alumnos en estos jóvenes comunicativos, enormemente reflexivos. Estaba claro que sus opiniones en cuanto a valores y principios éticos iban muy en serio por primera vez en su vida: nadie les había animado a hacerlo antes, o nadie les consideró capaces de hacerlo. Las cuestiones sobre diferencias y los conflictos que estas pueden provocar entre distintas culturas también se identificaron y se examinaron tomando como base los conflictos que ellos han conocido en el seno de sus propios grupos.

 

Cuando terminó la exposición –demasiado pronto– continuamos trabajando con estos valores básicos en distintos talleres, utilizando todo tipo de medios: performance, teatro, fotografía, diseño creativo, vídeo. El objetivo fue dar a los jóvenes una oportunidad de desarrollar su propia creatividad, más allá de lo que se ve en los medios de comunicación, y formular su posición mediante los medios que tienen a su alcance, que también van más allá de un burdo hip-hop. Nos parecía muy importante –para mí es indiscutiblemente un principio fundamental– el hecho de colaborar con artistas profesionales que reaccionan ante los jóvenes de manera diferente a como lo hacen los profesores de arte o los entusiastas de la artesanía. Y los jóvenes cuya creatividad (en el plano activo) acaba prácticamente con el acto de encender su reproductor de MP3, empiezan de pronto a trabajar con el arte. Esperamos poder continuar esta labor con más dinero, si logramos recaudarlo. En este momento estamos “jugando“ con las lenguas, incluso estamos investigando las formas de comunicación juveniles que se están desarrollando en estos callejones traseros, algo que, naturalmente, hacemos con su colaboración. Y desde luego, vale la pena: hemos visto jóvenes orgullosos de crear algo, un orgullo que nada tiene que ver con la violencia.

 

Al describir este proyecto he tratado de hacerles llegar un esbozo de nuestra labor, de las dificultades a las que hemos tenido que hacer frente, pero también de mostrarles cómo está imbuido de una gran esperanza de cara el futuro. En Alemania, un país al que durante mucho tiempo no afectó la inmigración, y que sigue siendo reacio a aceptar su condición de país de inmigrantes, la mayoría sólo ve las complicaciones, la carga y los conflictos que supone un entorno multirracial. Ninguno de nosotros aprecia fácilmente el tesoro que supone tener a nuestra puerta toda la diversidad cultural del mundo entero. La oportunidad está al alcance de nuestra mano. En una ciudad como Berlín, un distrito como Neukölln no tiene ninguna otra posibilidad. Los niños y los jóvenes son la clave. Conozco a muchos niños de inmigrantes que poseen este tesoro: críos palestinos de diez años de edad que hablan tres o cuatro lenguas con fluidez, niñas turcas que son capaces de hacer acrobacias con traje de ballet y con velo; niños que tocan en la orquesta escolar, compuesta por instrumentos de todo el mundo, que suenan extraños pero se unen en armonía. Con demasiada frecuencia, este tesoro se pierde porque nadie se molesta en alimentarlo, ni los padres ni el sistema público de educación. Las acrobacias se olvidan y sólo queda el velo. Las tres o cuatro lenguas se olvidan y no se conserva ni siquiera la habilidad de leer y escribir en la lengua materna.

 

Repito: el arte y la cultura no pueden eliminar las deficiencias sociales y políticas, pero pueden mostrar a niños y jóvenes otros puntos de vista, pueden ofrecerles experiencias diferentes, permitirles crecer y fortalecerse. El arte y la cultura les pueden enseñar lo que es estar orgulloso del propio origen y tener consciencia del propio poder, les pueden proporcionar los medios necesarios para expresarse y, tal vez, hacer que se oiga su voz. Y ellos pueden y deben hacerlo con todo el respeto por la diversidad cultural, porque todos estamos aquí para ganar. En mi biblioteca particular, organizada por orden alfabético, los alemanes Heinrich y Thomas Mann, el húngaro Sandor Marai, la italiana Dacia Mariani, el colombiano Gabriel Garcia Márquez, el argentino Tomás Eloy Martinez y el judío vienés Robert Menasse comparten los anaqueles, codo con codo: un tesoro de la cultura mundial. Hay algo de esta diversidad cultural del mundo que está germinando dentro de estos niños y jóvenes cuyo futuro es aún incierto. Es nuestra obligación ayudarles a salir adelante: es nuestra obligación proporcionar un futuro a la diversidad cultural en nuestras ciudades, en las calles principales y en los callejones traseros.

 

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