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SOBRE LOS DERECHOS CULTURALES

Raymond Weber. Ex director de Cultura, Educación y Deporte del Consejo de Europa

 

 

Los derechos culturales son, sin ninguna duda, una categoría subdesarrollada de los derechos humanos.

 

Evidentemente, en la Declaración Universal de Derechos Humanos y en el Convenio Europeo de Derechos Humanos se pueden encontrar algunos derechos con una dimensión cultural, por ejemplo, en el terreno de la educación, la libertad de expresión y la libre circulación de información. Pero derechos como el de escoger la propia identidad o el de pertenecer o no a una cierta comunidad aún no están incluidos en este marco.

 

Desgraciadamente, la bastante reciente Carta de los Derechos Fundamentales (de la Unión Europea) sólo hace tres referencias, muy escuetas, a la cultura, pero no en el sentido de derecho individual.

 

Dos de los documentos principales del Consejo de Europa incluyen algunos derechos culturales:

 

 

Pero el Consejo de Europa no pudo llevar a cabo una decisión que tomó la Cumbre de Viena (1993): «empezar a elaborar un protocolo que complemente el Convenio Europeo de Derechos Humanos en el terreno cultural, mediante disposiciones que garanticen los derechos individuales, concretamente de quienes pertenecen a minorías nacionales». No se ha podido llegar a un consenso entre los 43 Estados miembros del Consejo de Europa respecto a este protocolo.

 

Quizá sea el momento de reabrir este asunto, sobre todo después de la adopción de la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural, que tuvo lugar en la última conferencia general de la UNESCO.

 

Les citaré el artículo 5 de esta Declaración: «Los derechos culturales: un entorno que permite la diversidad cultural. Los derechos culturales son una parte integrante de los derechos humanos, que son universales, indivisibles e interdependientes. El crecimiento de la diversidad creativa requiere la plena aplicación de los derechos culturales, tal y como se define en el artículo 27 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, y en los artículo 13 y 15 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Toda persona tiene, pues, el derecho a expresarse y a crear y difundir su trabajo en la lengua que escoja, y en particular en su lengua materna; toda persona tiene derecho a una educación y formación de calidad que respete totalmente su identidad cultural; y toda persona tiene derecho a participar en la vida cultural que escoja y realizar sus propias prácticas culturales, siempre y cuando respete los derechos humanos y las libertades fundamentales».

 

Y en el programa de acción para su ejecución de esta Declaración, en el párrafo 4 se puede leer: «avanzar especialmente en la comprensión y aclaración del significado de los derechos culturales como parte integrante e indivisible de los derechos humanos».

 

Los derechos humanos no son solamente una red de seguridad que fijan unos criterios mínimos: también hacen posible la fijación de objetivos y actúan como un sistema de control de la democracia. La idea es que el único modo de protegerse contra la fragmentación es garantizar el total y completo reconocimiento de los derechos culturales como una expresión de la indivisibilidad de los derechos humanos, es decir, como derechos universales lógicamente incorporados en el respeto de los otros derechos humanos.

 

Como todo derecho cultural es un derecho a una identidad, debemos, ante todo, establecer la complejidad de la noción de identidad cultural.

 

Les citaré Los derechos culturales, un proyecto de declaración (de Patrice Meyer-Bisch y el Grupo de Friburgo): «la identidad cultural no es un refugio, sino el contexto en el que actúa la personalidad. Se sobreentiende que nos referimos a todas las características culturales por las cuales un individuo o un grupo se define a sí mismo, se reconoce o desea ser reconocido. La identidad cultural incluye las libertades implícitas en una dignidad individual e incorpora la diversidad cultural, tanto las características específicas como universales, la memoria y la planificación en un proceso continuo».

 

La definición propuesta revela los tres pares de conceptos que constituyen una unidad dialéctica: lo específico y lo universal; el resultado y el proceso; la diversidad y la coherencia. Juntos constituyen la base para el fortalecimiento de todo derecho cultural.

 

La gente rica puede creer que la cultura es una cuestión secundaria y, sobre todo, de elección personal. Sin embargo, los pobres —los que no tienen acceso a las libertades fundamentales porque no poseen los recursos culturales necesarios— saben que es la base esencial de la democracia más elemental.

 

Pero el problema no se reduce solamente a «gestionar la diversidad»; esta expresión es unilateral y demasiado pragmática. No estamos preocupados solamente por saber cómo el gobierno de un país puede gestionar la diversidad en la periferia de una unidad nacional, en sus escuelas, en los barrios céntricos, en los medios de comunicación, etc. Claro que es importante la gestión pragmática, y, a veces, llega a ser decisiva, ya que, por definición, la diversidad no se puede resolver con un enfoque global.

 

No obstante, la diversidad no es un objetivo en sí misma. Se convierte en una fuente de riqueza sólo bajo la condición de unidad, es decir, sólo donde existan relaciones internacionales. La diversidad es una fuente de riqueza solamente cuando se produce interacción.

 

A falta de interacción, la implicación política corre peligro, y de ahí la paz. Nuestro problema no es la coexistencia ni la simple cohesión y coherencia social, sino la hospitalidad y acoger a los otros. Y esto sólo es posible en un «hogar» fundado en valores comunes.

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