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El campo de estudios representado por la categoría conceptual itinerarios culturales es el más nuevo dentro del desarrollo de la teoría de la conservación del patrimonio cultural. Por eso mismo, aún genera algunas posiciones controvertidas y discusiones que, sin embargo, deben tomarse en el sentido más positivo porque el diálogo y el intercambio de ideas son elementos fundamentales para el trabajo científico.

 

En esta ponencia trataremos, en primer lugar, sobre los fundamentos doctrinales por los que desde el Comité Científico Internacional de Itinerarios Culturales del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (CIIC-ICOMOS) se sostiene la independencia conceptual y operativa de los itinerarios. En segundo lugar, nos referiremos a los criterios metodológicos para la formulación de proyectos relacionados con los itinerarios culturales. Llevando estos elementos teóricos a casos prácticos, incidiremos en el carácter transnacional de muchos recorridos históricos que, por eso mismo, se convierten en posibles motores para la cooperación y la formulación de proyectos que impliquen a diversos países. Esa idea final será desarrollada al hacer referencia a dos itinerarios culturales de gran importancia en Iberoamérica: el Camino Real Intercontinental y el Camino del Inca.

 

ASPECTOS CONCEPTUALES

 

En mayo de 2003, el CIIC convocó una reunión de expertos para desarrollar una tarea de suma importancia: elaborar una propuesta de texto para su posible inclusión en el proceso de revisión de las directrices para la aplicación de la Convención del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural, que hasta la fecha continúa abierto. De hecho, la categoría de heritage routes ha sido considerada ya dentro de ese proceso de una manera independiente, junto con los títulos relativos a los paisajes culturales, los canales patrimoniales y los poblados históricos, todos los cuales se incluyen en el Anexo IV del proyecto de nuevas directrices. Sin embargo, al considerarse la necesidad de precisar algunos de los aspectos contemplados sobre nuestro tema, el Comité del Patrimonio Mundial encargó a ICOMOS la tarea antes precisada.

 

El concepto de itinerario cultural elaborado durante la reunión de Madrid es el siguiente:

 

Un itinerario cultural es una vía de comunicación terrestre, acuática, mixta o de otra naturaleza, físicamente determinada y caracterizada por tener su propia y específica dinámica y funcionalidad histórica, manifiesta en intercambios continuos multidimensionales y recíprocos de personas, bienes, ideas, conocimientos y valores en el interior de un país o entre varios países y regiones durante un periodo significativo de tiempo.

 

Los itinerarios culturales han generado de esta manera una inter-fecundación de las culturas en el tiempo y en el espacio, lo que se refleja tanto en su patrimonio tangible como intangible(1) (CIIC, 2003).

 

El análisis del citado concepto nos permite afirmar que nos encontramos frente a un campo de estudio nuevo, que tiene implicaciones teóricas de profundo interés y amplias posibilidades de desarrollo práctico. Así, por ejemplo, puede convertirse en un elemento útil para la consolidación de una cultura de la paz, que con tanto esfuerzo promueven instituciones internacionales como la UNESCO.

 

No se pretende afirmar que los itinerarios culturales son espacios históricos donde se han desarrollado encuentros únicamente pacíficos. Por el contrario, somos conscientes de que en diversos periodos de la historia las relaciones entre los hombres unidos a través de una vía de comunicación han sido no solo difíciles sino violentas, generando situaciones de imposición e injusticia. Sin embargo, y a pesar del reconocimiento ineludible que acabamos de formular, creemos firmemente que se puede sostener que, aun en situaciones de desentendimiento, el sustrato cultural del ser humano ha reaccionado ante el encuentro con otros hombres.

 

A través de los caminos, no solo se han trasladado las personas y transportado los bienes. Hay todo un flujo de elementos espirituales, en el más amplio sentido de la palabra: los idiomas; la fe y las creencias religiosas; los sistemas de relación humana; la música, la danza y el canto; los sistemas administrativos y políticos; los criterios artísticos; los métodos de construcción; los usos y las costumbres culinarios y un listado de muchos otros saberes que sería muy largo, y seguramente nunca exhaustivo, de enumerar. También se han desplazado especies animales y vegetales desde uno a otro espacio geográfico, incluso entre continentes, ocupando y transformando nichos ecológicos diversos a los suyos naturales, y adecuándose a las nuevas exigencias ambientales. De igual modo, los factores espirituales han ido transformándose al contacto con nuevos y diferentes medios y formas de entender cada uno de los aspectos de la vida.

 

Un proyecto de desarrollo en torno a un itinerario cultural parte del reconocimiento científico del proceso de comunicación (con todos sus componentes) acaecido a lo largo de su trazo físico, así como de la determinación de los elementos patrimoniales tangibles e intangibles que se relacionan con su uso y funcionamiento. Dicho proceso de comunicación implica, como se ha dicho, influencias mutuas de los diversos pueblos que han transitado por la ruta. El conocimiento de dichas influencias redundará en una mejor comprensión del patrimonio cultural y su significado.

 

En diversas ocasiones hemos sostenido que el patrimonio cultural no debe asumirse como un elemento suntuario, sino como factor básico para entender las culturas y los pueblos y para ayudar a estos últimos a entenderse y definirse. Por eso es importante que la teoría de la conservación cultural contribuya de manera efectiva al mejor conocimiento de los grupos culturales humanos y, como en el caso de los itinerarios, al reconocimiento de los valores compartidos.

 

En la práctica, se puede entender que la evolución de este campo del conocimiento ha seguido el derrotero antes esbozado. En nuestros tiempos, estamos más capacitados para responder cuestionamientos sobre la naturaleza de los bienes culturales que cuando se partía de una visión aislada del monumento, sin considerar sus aspectos contextuales. Hoy es reconocida la importancia del medio ambiente construido (conjuntos arqueológicos, conjuntos urbano-monumentales y centros históricos) y del entorno natural (paisajes culturales).

 

Sin embargo, pese a que se han hecho esfuerzos por extender espacialmente nuestro esquema, seguimos actuando bajo un modelo centralizado en determinado elemento fuerte o más significativo. Hay un punto de valor patrimonial, más o menos extenso espacialmente (monumento, conjunto arqueológico, ciudad, paisaje cultural, incluso paisaje cultural amplio), en torno al cual explicamos los procesos de identificación, las declaraciones y los sistemas de protección.

 

No pretendemos desconocer el hecho de que cualquier estudio riguroso sobre bienes culturales se refiere a las influencias, las corrientes artísticas y estilísticas, las escuelas, las tendencias y las modas que contribuyen a explicar su génesis y características. Esto se puede aplicar prácticamente a todas las manifestaciones de la cultura y así lo han hecho notar diversos especialistas (antropólogos, lingüistas, historiadores del arte, etc.). Pero se trata de explicaciones teóricas que no están necesariamente relacionadas con un elemento patrimonial concreto que contribuya a explicar esos procesos. Las rutas de comunicación física constituyen ese elemento tangible y concreto.

 

La innovación que el término itinerarios culturales plantea es fascinante, porque descubre el contenido patrimonial de ese fenómeno de movilidad e intercambio humano en sí mismo. Las influencias se pueden explicar desde una realidad concreta: las vías de comunicación que facilitaron su flujo. Esas vías de comunicación tienen o tuvieron casi una vida propia: a su paso surgieron primero puntos de descanso y abastecimiento que llegaron a convertirse en ciudades; exigieron mecanismos de defensa que incluyeron fortalezas; lugares de intercambio que también se convirtieron en emporios comerciales; espacios para repetir y enseñar la fe de los viajeros que hoy son conventos notables, lugares donde atender los males que dieron lugar a hospitales; muchos otros bienes y, sobre todo, el camino. El camino en sí mismo con sus obras de ingeniería y arquitectura, con sus diseños para superar los riesgos de la naturaleza o del enemigo humano, con el conocimiento de la geografía que a su paso se iba logrando, con los planos y mapas que lo iban graficando sobre la faz del mundo(2).

 

Por lo tanto, el planteamiento de los itinerarios culturales puede entenderse como un nuevo modelo teórico: se trata de una propuesta que, para el caso de los bienes a los que se pueda aplicar, ya no parte de la existencia de determinado sitio más significativo o valioso de patrimonio cultural, sino de una visión mayor que interrelaciona sincrónica y diacrónicamente diversos bienes culturales unidos entre sí por los vasos comunicantes de la ruta física en sí misma.

 

Al modelo teórico planteado hay que agregarle los aspectos dinámicos y funcionales representados por la utilización del camino, teniendo en cuenta que en tanto proceso de comunicación es un hecho profundamente humano. De allí que diferimos tangencialmente de la propuesta que entiende una ruta cultural como un paisaje cultural lineal. No tenemos el tiempo, ni es esta la oportunidad para extendernos sobre este último punto. Solamente diremos que la riqueza del concepto paisaje cultural está en la interrelación de la obra humana como respuesta ante una realidad ecológica determinada, que tiene sus propias características y fronteras naturales. Si pretendemos aplicar el término a realidades ecológicamente diferentes (estrictamente a diversos paisajes) este valor se difumina o incluso se pierde.

 

En el caso de los paisajes culturales, el factor ambiental es determinante. El hombre reacciona frente a una realidad ecológica, se adecua a ella o la transforma. En este último caso, la transformación incidirá en la estructura del paisaje y en los procesos bióticos o abióticos que lo determinan (ganadería, tala de árboles, introducción de especies vegetales y animales, extracción de minerales y otros recursos, construcción de barreras, cambio del curso de aguas, etcétera) o los que transforman sus características visibles (construcciones, alteración de alturas, etcétera). Todo ello, insistimos, en función de un medio natural.

 

En cambio, en el trazado de los caminos, el hombre no se enfrenta al medio para transformarlo sino para trasladarse hacia otro punto geográfico. La vocación no es la de establecerse o adecuar todo el territorio por el que pasa el camino para hacerlo idóneo para la vida humana, aunque hayan lugares estables surgidos como consecuencia del uso del camino en sí y que, con el tiempo, adquieren una función propia, relacionada pero al mismo tiempo independiente del camino mismo. De allí, que su incidencia en el medio natural pueda ser en algunos tramos mínima, solo la suficiente para garantizar al viajero que alcance su meta, muchas veces, sumamente distante.

 

Los itinerarios culturales son bienes culturales complejos. Implican una diversidad geográfica que puede incluir zonas geográficas físicamente muy distantes (piénsese en la Ruta de la Seda o la Ruta de los Esclavos). Esto además conlleva el hecho de que pueden involucrar territorios pertenecientes a varios países. La diversidad se dará también en la naturaleza de las manifestaciones culturales implicadas: zonas arqueológicas; ciudades históricas; fortificaciones; iglesias u otros centros rituales; centros de servicios para los viajeros (hospedajes, hospitales, puntos de aprovisionamiento, etcétera); patrimonio industrial... Además de tener en cuenta los elementos de patrimonio tangible mencionados, hay múltiples manifestaciones inmateriales relacionadas con los itinerarios. La enumeración no es exhaustiva, sino que la planteamos simplemente a modo de ejemplo.

 

CRITERIOS METODOLÓGICOS PARA LA FORMULACIÓN DE PROYECTOS RELACIONADOS CON ITINERARIOS CULTURALES

 

Como se ha dicho, estamos frente a bienes complejos. Esa complejidad implica que los proyectos de desarrollo en torno a itinerarios culturales sean, necesariamente, transdisciplinares.

 

Se debe trabajar con equipos integrados por especialistas en los campos que cada caso exija, de acuerdo a la naturaleza del bien sobre el que se vaya a intervenir.

 

Dada la extensión que puede alcanzar un itinerario, es necesario que el trabajo sea abordado por diversos equipos que realicen actividades, de manera coordinada, en puntos significativos para el entendimiento conjunto de la ruta en estudio. Sin embargo, deberá tenerse mucho cuidado en contar con instrumentos normalizados. Las fichas y las técnicas para recoger datos, los indicadores aplicados y todo otro aspecto técnico que contribuya a trabajar en sistemas compatibles, deberán tomarse en cuenta. Por ello, resultan indispensables reuniones previas de coordinación entre los responsables de la puesta en marcha del proyecto.

 

Otro factor metodológico a tener en cuenta es que, si es posible, el trabajo debe realizarse abordando la ruta en sus diversos trazos, evitando así que se estudie aisladamente alguno o algunos de ellos, y queden zonas fuera del conocimiento y la labor científica. Por ello, dado que una ruta puede extenderse por países con diversos grados de desarrollo, es necesario que se prevean medios de cooperación financiera, científica y tecnológica que posibiliten un desarrollo armónico del proyecto.

 

En este último aspecto, los organismos internacionales de carácter regional pueden jugar un rol fundamental, tanto en los aspectos logísticos como en los financieros (en la medida que corresponda a su naturaleza). Claro está que no podemos limitar el caso a los organismos regionales, sino que otros de carácter internacional mayor (como la propia UNESCO) y los principales organismos financieros deberían estudiar un sistema de apoyo y promoción de esta clase de proyectos.

 

Un itinerario cultural es un bien patrimonial que se explica en torno a los grupos humanos que lo utilizaron o que, en los casos de recorridos vigentes, lo siguen utilizando. Los pueblos actualmente ubicados a lo largo del trazo del camino tienen un rol propio que debe ser valorado, por lo que la participación pública es un factor preponderante. En todo caso, debe promoverse que esta participación se realice teniendo en cuenta a todos los grupos poblacionales implicados. Debido a las ya mencionadas diferencias en los niveles actuales de desarrollo, es posible que grupos más fuertes traten de tener mayor ingerencia en el proceso de toma de decisiones, rompiendo así el equilibrio requerido.

 

Finalmente, habrá que tener en cuenta el posible uso turístico del itinerario. No debe confundirse, de ninguna manera, un itinerario cultural con una ruta turística. Un itinerario cultural no puede responder a un diseño actual, sino que es resultado de un proceso histórico científicamente estudiado.

 

Las visitas turísticas, que se admitirán en cuanto sean compatibles con las necesidades de conservación, deberán manejarse sobre una base racional que dé prioridad a los criterios de conservación. En todo caso, se deben realizar estudios de impacto ambiental y cultural y de capacidad de carga, los cuales deben formar parte de los planes de uso público y participación. Los visitantes deberán tener la oportunidad de disfrutar del conocimiento del sentido y el valor histórico del recorrido, factores prioritarios a ser preservados.

 

Sería conveniente promover la participación de las poblaciones locales organizadas en empresas de servicios especializadas en la atención del visitante. Además, deben hacerse los esfuerzos suficientes para prevenir la creación de monopolios manejados por grandes compañías transnacionales o por empresas de los países económicamente más fuertes del propio recorrido. Por su extensión espacial, los itinerarios culturales pueden convertirse en factores de generación de un desarrollo armónico.

 

ESTUDIOS DE CASO: EL CAMINO REAL INTERCONTINENTAL

 

En la parte final de este trabajo, presentaremos en pinceladas breves los estudios de caso ya mencionados, comenzando por el llamado Camino Real Intercontinental o Camino Real Español.

 

Para el estudio de esta ruta transcontinental, el Comité Internacional de Itinerarios Culturales y el Comité Español de ICOMOS han puesto en marcha un proyecto multinacional.

 

El proyecto tiene su unidad de coordinación en Madrid y unidades ejecutoras, conforma das en su mayor parte por miembros del CIIC, que están integrados en los Comités Nacionales de ICOMOS en los países iberoamericanos.

 

El objetivo del proyecto es identificar, describir, analizar, conservar y promocionar el Camino Real Intercontinental, en sus vertientes marítima y terrestre. Dicha promoción va encaminada a los aspectos culturales, económicos y sociales, así como a fomentar el interés y la solidaridad en torno al patrimonio compartido por distintos pueblos y comunidades culturales.

 

Para ello, se proyecta:

 

 

Para tener una idea general de la extensión de este itinerario histórico, recurriremos a una cita del texto de presentación de la exposición sobre el Galeón de Manila (o Não de la China) organizada por el CEHOPU:

 

Esta exposición es la historia de un viaje. Un viaje en el tiempo y en el espacio. De un largo viaje transoceánico que lleva desde Sevilla, la Gran Babilonia de España, ciudad universal, puerta y puerto de América, hasta Manila, capital de Filipinas, archipiélago asiático. Un viaje de Occidente a Oriente. Manila fue un enclave de ese Occidente en medio de Asia. Una ciudad trazada y diseñada al modo occidental, pero construida con indudables influencias y artífices orientales.

 

El Camino Real Intercontinental se extendió desde la Península Ibérica hasta Filipinas; en determinados periodos llegó hasta territorios del actual Taiwán (donde hubieron construcciones y asentamientos hispanos) y, comercialmente, a Japón y China. Por ende, incluye las siguientes regiones geográficas: España peninsular, las Islas Canarias, el Caribe, América continental (parte de América del Norte, Centroamérica y América del Sur) y Filipinas en Asia. Los Estados involucrados son: Argentina, Belice, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Dominica, Ecuador, El Salvador, España, Estados Unidos, Filipinas, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.

 

Se trata de una ruta mixta, que incluye tramos de recorrido marítimo y terrestre. Dado el esquema de administración territorial impuesto por la corona española a todos los territorios que conformaban el imperio, los recorridos incluidos en el Camino Real Intercontinental son los determinados mediante normas específicas. Así, por ejemplo, en los recorridos marítimos las rutas, el itinerario, las escalas, la periodicidad, las fechas, los tipos de mercancía y las embarcaciones, entre otros aspectos, estaban regulados por abundantes normativas, instrucciones y documentos oficiales. Igualmente, hay numerosas disposiciones sobre los tramos terrestres. Así, por ejemplo, al ser la extracción de riquezas minerales uno de los intereses fundamentales del sistema, las comunicaciones en torno al más importante centro minero de la época, el cerro rico de Potosí, estuvieron reguladas y controladas. Por lo tanto, podemos afirmar que la autenticidad del Camino Real se halla en el hecho de haber sido un sistema oficial de comunicaciones y transportes.

 

Es evidente que en la actualidad muchos de los tramos físicos se han perdido. Sin embargo, de acuerdo con los avances teóricos en temas de conservación y al estudio que sobre este caso específico ha realizado el CIIC, se puede afirmar que la integridad del itinerario se halla determinada por las fuentes documentales e históricas, planos y otras referencias que atestiguan fehacientemente su uso en un periodo comprendido ampliamente entre 1492, con el llamado descubrimiento, y el proceso de independencia de los diversos territorios de ultramar.

 

Los principales tramos de esta red vial son los siguientes:

 

 

Los beneficios que se pretende alcanzar abarcan los siguientes aspectos:

 

 

LOS CAMINOS DEL INCA (QHAPAQ ÑAN)

 

Los llamados Caminos del Inca son objeto de uno de los proyectos transnacionales que recibe mayor impulso dentro de la región andina. Estos involucran a Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú.

 

En el ejemplo anterior hemos tratado de dar una visión territorial del camino, que brinde una idea de su extensión geográfica y sus alcances. No pretendemos hacer lo mismo en el caso de este camino prehispánico, sino esbozar un acercamiento al tratamiento de este recorrido como fenómeno cultural.

 

Nos preocupa el hecho de que en el proyecto internacional al que hemos hecho referencia, se plantee como categoría conceptual lo que hemos llamado paisaje cultural lineal. Como explicaremos, ese criterio no nos parece el más adecuado para orientar el trabajo referido.

 

Si se parte de la ciudad de Cuzco hacia los cuatro puntos cardinales, la red viaria incaica se extiende hasta tierras de Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, y Perú, lo que alcanza una extensión entre treinta mil y cincuenta mil kilómetros (Hyslop, 1984). Esta ruta implica, por lo tanto, realidades geográficas que presentan grandes diferencias entre sí.

 

Incluye ciudades, como Cuzco y Quito; valles interandinos; cruces por la cordillera de los Andes; zonas tropicales; y desérticas áreas costeras. Por las características de su trazado, los caminos incaicos suelen incluir espacios espectaculares y únicos. Sus constructores retaron la naturaleza al preferir, por razones de seguridad, control y defensa, recorridos que bordean profundos abismos. Seguramente podemos hallar muchos paisajes culturales notables a lo largo del camino incaico. Pero también se trató de hacer recorridos rectos si la naturaleza lo permitía.

 

La ruta incaica es mucho más que un conjunto de paisajes culturales; ciudades y poblados históricos; zonas agrícolas; puntos de abastecimiento; fortificaciones militares, o lugares sagrados. Como explica el arqueólogo peruano Luis Guillermo Lumbreras(3), los Caminos del Inca eran la columna vertebral de un proyecto administrativo y político que permitió un alto nivel de desarrollo de los pueblos ubicados a lo largo de su recorrido, en un sistema tal que el hombre andino de aquella época no conoció la carencia de alimentos (por dar un ejemplo notable sobre el nivel de vida).

 

Ese criterio es compartido por la historiadora María Rostworowski:

 

Para el gobierno inca, las rutas eran indispensables para los fines del Estado: desde la movilización de sus ejércitos, el masivo traslado de poblaciones enviadas en calidad de mitmaq con frecuencia a parajes distantes de sus lugares de origen, hasta el transporte de los productos cosechados en tierras estatales y enviados a los depósitos en los centros administrativos. La organización inca necesitaba de rutas para enviar a sus dignatarios: administradores, visitadores, jueces, quipocamayos, entre otros; sin contar con las facilidades requeridas para los corredores, portadores de noticias y mensajes. Se trataba de todo un mundo que giraba en torno a las necesidades del Estado. Por lo tanto, el objetivo de la red vial obedecía a los fines exclusivos del gobierno central y no de las etnias o de los particulares. Ese es el punto básico que distingue al sistema incaico de las vías de comunicación modernas.

 

Si se pretende explicar un fenómeno sociocultural tan complejo como el mencionado, considerando solo los valores que lo pueden caracterizar y forzando la figura de paisaje cultural, se incurrirá en graves falencias. Tampoco resultaría viable esta calificación si se piensa en la propia estructura física de la ruta, porque no se trata de un elemento lineal continuo.

 

Si se partía de un núcleo que estaba ubicado en la actual Plaza de San Francisco de Cuzco, los tramos se extendían hacia los cuatro puntos cardinales. Ese trazado se debe a que, como ya se ha dicho, estamos frente a un hecho cuya esencia es cultural. Se trataba de atender las necesidades de comunicación, control y administración del territorio del corazón del Imperio Inca. Los resultados de la expansión del dominio incaico y su sistema de comunicación se pueden encontrar, incluso en nuestros días, en todo el espacio geográfico por el que se extendieron.

 

NOTAS

 

(1) En la conferencia «Routes as Cultural Heritage» (Madrid, 1994) se planteó la siguiente definición: «Una ruta patrimonial está compuesta por elementos tangibles cuyo significado cultural proviene de los intercambios y el diálogo multidimensional entre países o regiones, y que ilustra la interacción generada por el movimiento, a lo largo de la ruta, en el espacio y en el tiempo» (cabe agregar que la reunión de 1994 dio lugar a la creación del CIIC).

 

(2) Tomamos esta frase de la parte introductoria del texto que presentamos como anteproyecto (borrador previo) para una «Carta Internacional sobre Itinerarios Culturales», elaborado por encargo de la Presidenta del CIIC, María Rosa Suárez Inclán Ducassi, que presentamos en la última reunión del CIIC, en Zimbabwe, en octubre de 2003.

 

(3) Intervención en el seminario-taller Estrategias de Gestión y Manejo para los Caminos Andinos, realizado en Tilcara, Jujuy, Argentina, del 26 al 28 de febrero de 2003.

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