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DE LA UTILIDAD DEL OLVIDO Y DE LOS BENEFICIOS DEL CONTAGIO
Lidia Blanco.
Directora del Centro Cultural de España (AECI) en Buenos Aires, Argentina.

 

 

SIN ENEMIGOS CERCA

 

Acordamos en que la cultura es una característica, un bien, un motor, un factor de cohesión e identidad social que merece la pena alimentar, proteger, apoyar, dinamizar, etc, por lo tanto y aprovechando que estamos en un contexto tan favorable propongo que vayamos directamente a pulsar los peligros, a tantear las incongruencias y a intentar recorrer algunas contradicciones.

 

UNO: DOCUMÉNTAME, INVESTÍGAME, PROTÉGEME, PERO NO ME DEJES!

 

Esta parodia de la ranchera mexicana no es sólo un chiste. Es cierto que hay que poner todos los medios a nuestro alcance para conservar las manifestaciones culturales que por la imposición de culturas dominantes, por el propio abandono de sus legítimos herederos, por falta de recursos humanos o económicos, o por cualquier otro motivo están en peligro de extinción. Y mas aún, es necesario estar en permanente alerta para salvaguardar la historia cultural de aquellas zonas geográficas que por catástrofes humanas o naturales corren el riesgo de perderse para siempre. El problema no es estar de acuerdo en estos principios básicos sino en qué hacer con ellos. Una vez documentado, investigado y protegido un hecho cultural, ¿lo guardamos en una moderna mediateca, lo colocamos en un nuevo museo, hacemos un fantástico parque temático?

 

En los últimos años estamos siendo testigos de un curioso proceso. Por una parte cada vez se subraya más la importancia de la creación de museos y espacios culturales. Es raro encontrar un político que no quiera inaugurar en su legislatura al menos un nuevo centro dedicado a la difusión cultural, al mismo tiempo que las universidades y centros de estudio se están descapitalizando. En muchos de los países de la región, la educación ha pasado a un segundo término, parece que la cultura se ha convertido en una materia sutil que se adquiere por ósmosis o por inhalación y que basta abrir las puertas de un moderno espacio para que todos los ciudadanos nos convirtamos, de la noche a la mañana, en expertos culturales, y ahora incluso en sesudos historiadores de la cultura gracias al nuevo éxito popular de las novelas históricas. No estoy exagerando apenas describiendo. Este declive de la enseñanza que no voy a analizar aquí, esta comenzando a provocar también un descrédito de la cultura, ya que apenas el éxito de público (masivo o de culto) es el único baremo que califica al hecho cultural.

 

Y ahora espero que se llene de sentido la parodia ranchera. Investigar, si. Documentar, si. Proteger, si. Pero sobre todo seguir, y dar la posibilidad de que las nuevas generaciones no únicamente sigan investigando sino también crear los ámbitos necesarios para que puedan utilizar lo conservado, lo rescatado, como materia prima para nuevos desarrollos. Repensar la universidad y la enseñanza desde la cooperación cultural creo que es una tarea que no hay que eludir sino que debemos enfrentar y hallar las fórmulas necesarias para que sigan retro-alimentándose mutuamente sin ocupar por ello espacios que no nos correspondan. Colaborar para llenar de nuevo de contenido la universidad, trabajar directamente con los investigadores y el alumnado, proponer e inventar nuevos métodos de enseñanza más acordes con las nuevas tecnologías y ser capaces de llegar a los intereses que les preocupan a los estudiantes, deberían ser líneas abiertas de trabajo entre investigadores, profesores, creadores y especialistas en cooperación cultural.

 

Es cierto que ya se están creando algunas vías de cooperación y que la preocupación existe, sin embargo no hemos dado todavía con la fórmula o el espacio capaz de albergar al mismo tiempo a investigadores, estudiantes y creadores que sean capaces de mantener ese diálogo abierto y esa tensión necesaria entre la conservación y la reutilización, la intervención y la documentación, la protección  y el desarrollo creativo.

 

DOS: HACIA UNA MEMORIA PANCRÓNICA

 

Si no recuerdo mal fue Juri Lotman quien subrayó la identificación entre memoria cultural y conservación, y enfrentó esta memoria informativa, dependiente de la acumulación de datos y por lo tanto generada artificialmente a través del estudio y la clasificación, a esa otra memoria creadora en la cual el pasado se mantiene activo y actualizado creando nuevos significados.

La cultura se genera fundamentalmente a través de esa memoria creativa que permite rescates, olvidos, utilizaciones, desvíos, rechazos y manipulaciones del pasado para producir nuevos enfoques.

 

Nuestra labor, como gestores de la cooperación cultural que trabajamos sobre todo con los elementos de nuestro presente, debería focalizarse en esta memoria activa que, sin huir de la conservación pero sin consagrarla, nos permitiera propiciar espacios de cruce y de contagio con la creación  contemporánea.

 

Creo que en ocasiones el miedo a la manipulación y un cierto puritanismo y sacralización del pasado nos hacen perder de vista el presente, al mismo tiempo que también una excesiva ansiedad por la rabiosa actualidad, la angustia por abarcar lo más innovador del momento y la aceptación dogmática del canon contemporáneo nos hacen tomar distancia de la sociedad en que vivimos, donde distintos tiempos, distintas memorias, distintas realidades coexisten en un mismo espacio.

 

Trabajar siendo conscientes de esta memoria pancrónica donde pasados y presentes entran en colisión para crear nuevos significados, nos permitirá acceder a los desequilibrios y laberínticas realidades que surgen en cada lugar, sin tener por ello que anteponer estructuras artificiales que ordenen y clasifiquen un determinado entorno.

 

TRES: LA CULTURA DE LA SELVA

 

No hay ingenuidad ni espontaneidad en las sociedades ni en las culturas de esas sociedades, todo hecho tiene causas y consecuencias y parte de una manipulación consciente realizada para acercarse a un objetivo. Esta afirmación tan obvia y categórica sirve exclusivamente para subrayar el intrincado espacio en el que nos movemos donde categorizar, desenmarañar, clasificar, es una tarea imposible. Aplicar categorías de alta y baja cultura, cultura popular y elitista, cultura de minorías y cultura de masas, culturas periféricas y culturas epicéntricas, cultura global y culturas autóctonas, nos sirve únicamente como migas tiradas a nuestro paso para no perdernos en el bosque pero, como todos sabemos, en el cuento, el bosque sigue vivo detrás de nuestros pasos y las migas se convierten en un alimento más.

 

Hace unos cuantos años me impresionó ver como en Nueva Zelanda los maoríes habían conseguido mantener sus poblados de pie gracias al turismo. Cuando llegué al primer poblado me recibieron con saludos guerreros, comida tradicional cocinada bajo tierra y las mujeres cantando y manipulando sus boleadoras, hace apenas unas semanas estuve en las fiestas de un pequeño pueblo de Bolivia donde gracias a la cooperación internacional se ha recuperado la música de las antiguas misiones jesuíticas, se ha creado un coro, y un importante grupo de jóvenes se ocupa de mantener vivas las procesiones tradicionales. La diferencia entre un ejemplo y otro era la cantidad de presupuesto invertido. Mientras que en Nueva Zelanda los poblados, los trajes, la organización era intachable, en Bolivia los medios seguían siendo escasos. En ambos espacios una población había mejorado su modo de subsistencia y habían logrado mantener los rasgos externos de una cultura en peligro de extinción, y también en ambos casos los jóvenes cuando se quitaban sus trajes, se iban al bar a tomar una cerveza y en aquellos años los maoríes bailaban rock y hoy tecno los bolivianos. La cultura tradicional para los maoríes era un trabajo, en el mejor de los casos una forma de conseguir un dinero en el verano para proseguir sus estudios durante el año pero no su cultura, su cultura estaba en otra parte en Auckland o en Londres o en el mundo y seguían siendo maoríes pese a no sacar la lengua para saludarte, ni preparar opíparas y elaboradas comidas bajo tierra. Sin embargo, yo me consideré una privilegiada. Había tenido acceso en ambos casos a una cultura viva ¿Viva? Tengo dudas en el caso de Bolivia porque es cierto que todavía en el pueblo quedaban muchos ancianos y adultos que sentían y vivían el valor del rito, pero ¿y en Rotorua? No había nadie excepto los turistas, y los pueblos donde realmente vivían eran mucho mas pobres e incómodos que los que mostraban, los jóvenes que trabajaban o al menos con los que yo hablé dudo mucho que después de estos años continúen trabajando para los turistas, habrán sido sustituidos por otros cuya cultura siga estando en otra parte. El patrimonio cultural maorí sigue en pie, ¿pero dónde está y qué sucede con la cultura contemporánea maorí, se está dando a los jóvenes apoyo para crear y para producir mas allá de repetir los mismos gestos de sus antepasados?

 

Este es uno de los problemas que surgen cuando nos enfrentamos con la conservación del patrimonio cultural ¿qué hacer para no convertir una riqueza cultural en un parque temático para turistas, para no anquilosar una tradición, para mantenerla viva?. No tengo nada en contra del turismo cultural, como acabo de confesar soy una fiel consumidora, y creo que, de momento, es una fórmula económica que puede seguir funcionado para conseguir cierto nivel digno de vida, sin embargo creo que desde la cooperación cultural tenemos que propiciar otros mecanismos de permeabilidad para que el patrimonio no se petrifique, no se encorsete en gestos del pasado, sino que siga siendo activo como motor de la creación del presente, sin miedo a que este patrimonio se modifique, sin miedo a que se introduzcan otros lenguajes, sin miedo incluso al contagio con otros niveles de cultura. El concepto de resiliencia que tan bien explica la forma de vida de la selva tropical se adapta perfectamente a la cultura: se destruye, se fagocita, se crece para mantener vivo el ecosistema. Hay que impedir que las catástrofes culturales que llegan en forma de imposición, de desequilibrio económico, de genocidio, etc. consigan destruir el patrimonio cultural, pero igual que la selva no se salva convirtiéndola en jardín, tampoco creo que el patrimonio se salve estereotipando sus gestos ni aislándolo de sus posibles herederos.

 

CUATRO: Y DE LO NUESTRO ¿QUÉ?

 

La preocupación por el pasado cultural nos ha hecho tocar, en los párrafos anteriores, algunas ecuaciones de difícil solución que tenemos por delante. Investigación + Enseñanza + Creación. Memoria  arqueológica / Memoria creadora. Patrimonio estático # Patrimonio permeable. Pero ¿qué sucede con nuestra propia cultura actual, con el patrimonio que los creadores actuales están generando?

 

El presente es todo un reto, no únicamente por el exceso de producción de los medios masivos (televisión, cine, radio, publicaciones, etc.) o por el uso de materiales y tecnologías de consumo rápido y olvido inmediato, sino y sobre todo por la propia concepción de buena parte de la creación actual como gesto, como acción, como intervención puntual que apela a un registro mental más que físico, por mucho que queden grabadas en imágenes o teorizadas en palabras las diferentes propuestas.

 

La cultura contemporánea identificada desde distintas ópticas por Gilles Deleuze y Michel Maffesoli como una nueva concepción nómada de la sociedad, nos ayuda a acercarnos a nuestra propia realidad y quizá a poner en tela de juicio nuestros viejos conceptos modernistas de conservación, clasificación y protección. Al igual que las culturas se desplazan y dejan de identificarse con un único territorio a causa de la migración, los artistas desarrollan recorridos donde el viaje, los otros, el entorno fluido que observan, pasa a ser el espacio abierto donde actuar. El artista contemporáneo ya no se plantea la obra como objeto demostrativo de su individualidad creadora, sino como experiencia y/o experimento vital y social, a menudo colectivo. La obra, cuando existe como objeto, es modificada en cada contexto por el propio artista, por la manera de relacionarse con los nuevos lugares. Como apunta Deleuze en Critica y clínica [Anagrama, 1996, p 92] "no se trata ya de la búsqueda de un origen, sino de una evaluación de los desplazamientos. No sólo es una inversión de sentido, sino una diferencia de naturaleza: el inconsciente ya no tiene que ver con personas y objetos, sino con trayectos y devenires, ya no es un inconsciente de conmemoración, sino de movilizacion"

 

Este nomadismo, unido al uso de materiales reciclables y al exceso de producción está creando un paisaje cultural nuevo, difícil de aprehender, más próximo, pese a todo, a la antigua tradición oral que al concepto conservador-museístico del XIX con el que seguimos trabajando. Lo importante vuelve a ser la atmósfera, no el objeto, el arte busca la reacción no únicamente el reconocimiento, ya no se trata de agradar sino de pulsar, y el espectador ha dejado de ser un degustador para ser un actor con un papel destacado en la obra.

Falta inventar ahora el espacio, la escenografía capaz de conservar nuestra propia cultura contemporánea, o quizá esté llegando el momento de poner en crisis nuestros propios valores y de repensar la cultura de nuevo desde el conocimiento, la emoción, la experiencia, la reacción y la transformación social, y no tanto desde sus objetos, sus técnicas y sus cánones.

 

CINCO Y FINAL: ESPERO QUE SEPA DISCULPARME, SI LE DOY LA ESPALDA

 

Un amigo me contó que cada vez que su padre se metía en el coche oficial que le llevaba al trabajo, el chofer se volvía y le decía :"Espero que sepa disculparme, si le doy la espalda". Es una anécdota que siempre me hizo reír no sólo por lo absurdo de la situación sino por la marcada elegancia e ironía con la que el chofer admitía su subordinación al mismo tiempo que subrayaba la dependencia del otro. Dos personas en un mismo coche, el de atrás lleva el cargo, el de delante el volante. Me parece una buena imagen para la cooperación y la gestión cultural. Nosotros, como gestores, vamos sentados atrás, pensamos, elaboramos, intentamos encontrar fórmulas mágicas para que nuestro trabajo sea un éxito pero quien nos dirige, quien nos lleva son los creadores, dándonos la espalda pero haciéndonos llegar a un destino, sea o no coincidente con el de nuestras expectativas.

 

Cuando la gestión y la cooperación cultural comenzó a crecer como profesión autónoma en los 80, los creadores llevaban tiempo reclamando espacios para la difusión de su obra. La potencia creadora que exploto a finales de los 60 unida a la necesidad de no poder esperar hasta la madurez para ser reconocidos, exigió que se crearan nuevos espacios de exhibición cultural, nuevas fórmulas de llegada a la sociedad, y nosotros somos producto de ese impulso. Ahora los creadores están exigiendo y generando, en ocasiones con sus propios medios, otro tipo de espacios que les permitan ya no mostrar su trabajo sino producirlo en otras condiciones. Las escuelas de Bellas Artes, los conservatorios, etc. en la mayoría de los casos no responden a sus intereses, necesitan formarse a través de unas vías mas dinámicas y abarcadoras. El contacto con distintos sectores culturales y sociales, el viaje, la inmersión, la investigación son elementos necesarios para la creación. Indagar en raíces culturales propias o ajenas, dejarse contagiar por “lo otro” es el caldo de cultivo de la creación contemporánea, y nuestra tarea ahora es crear o propiciar esos espacios de cruce donde la investigación, la educación, la conservación dinámica del patrimonio, el contacto y la implicación con la sociedad civil sean posibles.

 

Creo que es el momento de olvidar las formulas mágicas, de escuchar qué esta pasando y de intentar crear esos nuevos espacios capaces de albergar esa polifonía caótica e intrincada que es la cultura contemporánea que abarca también y sin lugar a dudas, en mi opinión, nuevos acercamientos a los conceptos de memoria y patrimonio mas fluidos, menos estáticos más permeables y quizá menos vinculados al escueto y literal consumo.

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