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Jean Tardif




Número 6 - mayo - agosto 2004

Identidades culturales y desafíos geoculturales

Jean Tardif(*)


Introducción: ¿Un encuentro sobre cuestiones marginales?

El encuentro de México se lleva a cabo en una coyuntura mundial que invita a superar el acontecimiento para interrogarse sobre el porvenir y los medios de organizar la coexistencia de las sociedades y las culturas. ¿O acaso estamos aquí simplemente para cumplir «ese exorcismo ritual que es el diálogo de las culturas»,(1) en un coloquio sobre cuestiones marginales en tanto que asuntos mucho más serios ocupan por otro lado a los medios y los dueños del mundo? En un momento que traduce de manera conmovedora la crisis del sistema internacional y que podría marcar un vuelco en la recomposición del mundo, nada es más importante que intentar comprender lo que sucede, interrogando incluso los conceptos, las teorías o las estrategias adaptadas a las realidades anteriores.

En este contexto, hay que atreverse a preguntar si, en la dinámica mundial actual, las áreas lingüístico-culturales tienen una razón de ser propia, una consistencia suficiente, la capacidad y la voluntad de movilizarse alrededor de proyectos comunes significativos frente a los desafíos actuales. ¿Serían ya vestigios de una era que la mundialización volvería obsoleta, o pueden, en cambio, constituir uno de los elementos estructurantes de las respuestas a los desafíos de la mundialización? ¿Pueden desempeñar un papel significativo en la gobernanza mundial?

La respuesta sería negativa si nos atuviéramos a ciertos enfoques actuales acerca de los desafíos y problemas que se plantean hoy con respecto a las identidades y las culturas. Enfoques caricaturales: «locura identitaria»,(2) «repliegues», «crispaciones», «conflictos identitarios»,(3) frente a lo que se presenta como los avances de la integración o de la mundialización. Enfoques parciales que quisieran abordar un único aspecto de estos problemas: lingüístico, económico, o lo que se refiere meramente al ámbito privado. Es decir, dejando prácticamente de lado lo político. Como si la dimensión cultural no estuviera intrínsecamente ligada a la necesidad humana fundamental de hacer sociedad y no condicionara tanto lo político como la economía.

¿Las relaciones entre sociedades y culturas se cumplen principalmente según el modo del enfrentamiento? ¿Son reductibles a las relaciones entre Estados? Si se quiere abordar hoy de manera pertinente, realista y creíble las cuestiones culturales como factores de cooperación y paz, no se pueden ignorar estas preguntas que incomodan.

Sin pretender tener la respuesta a estas preguntas complejas, y abordándolas desde una perspectiva no teórica sino orientada a la acción, quisiera proponer la idea de que lejos de ser marginales, las cuestiones culturales forman parte de los problemas y desafíos estratégicos de la dinámica mundial y, por ende, de la gobernanza global. Porque, como demuestra Manuel Castells, «la búsqueda de identidad ¯o la necesidad de reconocimiento¯ contribuye tan fuertemente como el cambio tecno-económico a modelar la historia».(4) Lejos de ser naturalmente causas de conflictos, las identidades pueden constituir factores positivos, al menos tanto como el mercado basado en la competencia, a condición de que éstas puedan expresarse en un marco adecuado. De donde extraemos la siguiente proposición: la mundialización llevará a tener que considerar, en lo que atañe a las relaciones entre sociedades y culturas, el establecimiento de un marco que no se reduzca ni a un sistema interestatal tradicional ni al mercado. Y en el cual las áreas lingüístico-culturales, en particular, deberían desempeñar un papel clave.

Para explicitar esta hipótesis, esperando no hacerlo de manera demasiado sumaria, quisiera situar primero la naturaleza y la importancia de los desafíos culturales en el contexto de la mundialización, extraer algunas consecuencias de estas observaciones, y esbozar luego la propuesta de un proyecto común articulado a la razón de ser de las áreas lingüístico-culturales y que podría constituir una respuesta a los desafíos geoculturales, dado que propongo abordar estas cuestiones bajo el ángulo de los desafíos geoculturales.

1. Culturas y mundialización: los desafíos geoculturales

¿Obedecería a alguna extraña fatalidad el hecho de que el mundo tenga que atravesar crisis para tomar una conciencia suficientemente clara de los nuevos desafíos, para movilizarse para enfrentar los problemas que se esperaba ver solucionarse por sí solos, sin perturbar el curso de las cosas?

El atentado que sufrió el Pentágono en Washington (del que casi no se habla) y Nueva York (erigido en símbolo) el 11 de septiembre de 2001 constituye sin duda un giro cuyos alcance y consecuencias no se acaban de medir. Fenómeno que volvió instantáneamente perceptible el alcance de la mundialización en la era de la información. Golpe que provocó la revisión radical de las alianzas, la recomposición de la geopolítica, la revisión de las prioridades, y que abre un porvenir que no será la mera prolongación del pasado. Fin de las antiguas certidumbres, estallido de los nuevos dogmas del fin de la Historia y del crecimiento continuo, retorno a lo real que impone a la responsabilidad humana la obligación de construir el porvenir de un mundo haciendo lugar a todos sus componentes. La crisis actual que ha resultado de ello pone en evidencia las dificultades estructurales del sistema internacional basado en la soberanía del Estado dentro de fronteras reconocidas, y revela los límites y carencias de las organizaciones internacionales y del derecho internacional. Pero, sobre todo, al llevar a preguntarse qué organización tiene la legitimidad, la responsabilidad y la capacidad de ocuparse de los asuntos mundiales, pone en evidencia la pregunta política fundamental que plantea la mundialización: ¿Cómo convivir?

¿Qué debemos, qué podemos, qué queremos hacer juntos, a escala local, nacional y ¯lo que reviste un carácter concreto inédito¯ a escala extranacional (regional y mundial)? Las respuestas variarán según los contextos, pero provendrán todas ellas de los ciudadanos que deberán adaptarlas a sus intereses en el respeto de los demás, conscientes del hecho de que el proyecto nacional no ha sido superado en ningún lugar. Si bien debe ser redefinido y articulado a los proyectos extranacionales, no sólo en su aspecto político y económico sino también en su componente cultural y teniendo en cuenta las exigencias de una gobernanza global.

¿Cómo convivir? ¿Qué queremos hacer en común? Estas preguntas se refieren también a la identidad. Tienen que ver, pues, con las relaciones entre identidad cultural y Estado-nación, al mismo tiempo que con el lugar y el papel de las relaciones entre sociedades y culturas en la dinámica mundial que intereses poderosos quisieran someter únicamente a las leyes del mercado.

1.1. Cultura e identidad

He aquí dos términos que dan lugar a definiciones y concepciones tan numerosas como difícilmente conciliables. Sin entrar en un debate teórico ¯no es lugar para ello¯, no es posible abordar la dimensión social y política de la cultura, que es la que nos interesa, haciendo abstracción de las relaciones entre cultura e identidad.

En esta perspectiva, podemos adoptar la definición de cultura adoptada por la UNESCO en México en 1982 y retomada en la Declaración universal sobre la diversidad cultural (noviembre de 2001):

«En su sentido más amplio, la cultura puede ser considerada hoy como el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan una sociedad o un grupo social. Además de las artes y las letras, engloba los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias».

El papel de la cultura es descrito de este modo:

«La cultura da al hombre la capacidad de reflexión sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. Gracias a ella discernimos valores y tomamos decisiones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, cuestiona sus propios logros, busca incansablemente nuevas significaciones y crea obras que lo trascienden».

La cultura no es una noción abstracta; es un conjunto vivo que evoluciona integrando constantemente los resultados de elecciones individuales y colectivas. Se expresa en diversas manifestaciones pero no se reduce a sus obras. Resultante de una herencia compleja constantemente sometida al examen crítico y a la necesidad de adaptación, la cultura es una conquista permanente que se construye en las interacciones y por tanto en relación con los otros. El hecho de que las culturas se encarnen en identidades particulares no impide la búsqueda de valores comunes. Cada cultura constituye un esfuerzo original y constante para alcanzar lo universal, y ninguna puede pretender monopolizarlo. La universalidad no es sinónimo de uniformidad. Ninguna sociedad podría funcionar sin disponer de un repertorio de representación y de acción compartida por sus miembros y que la distingue de los otros. Las relaciones entre los grupos sociales, ya sea dentro de un Estado-nación o a escala extranacional, se inscriben en primer lugar en la representación que cada uno se hace del otro.

La noción de identidad da lugar a análisis aún más contrastantes. Es difícil reconciliar el punto de vista de quienes estiman que «la noción de identidad cultural es peligrosa», o incluso «que la noción de identidad colectiva es una ficción ideológica»(5) y el de Manuel Castells, quien se refiere al poder liberador de la identidad que él se niega a considerar como puramente individual o como mero rehén del integrismo.(6) Castells llama «identidad (cuando el término se aplica a los actores sociales) al proceso de construcción de sentido a partir de un atributo cultural, o de un conjunto coherente de atributos culturales, que tiene prioridad sobre todas las demás fuentes. Un mismo individuo, o un mismo actor colectivo, puede tener varias (...). Las identidades organizan el sentido, lo que un actor identifica simbólicamente como el objetivo de su acción».(7) Constatando que la construcción social de la identidad se produce siempre en un contexto marcado por relaciones de fuerzas, distingue tres formas de origen diferente: la identidad legitimante, introducida por las instituciones dirigentes de una sociedad; la identidad-resistencia, producida por los actores en posición desvalorizada por la lógica dominante, y la identidad-proyecto, construida por actores que no son individuos sino el actor social colectivo a través del cual los individuos acceden al sentido holístico de su experiencia.

Este análisis permite comprender, desde un ángulo que no es el del síndrome identitario o el del choque de civilizaciones, el vínculo entre mundialización e identidad. Si se la reduce a la globalización económica y financiera, la mundialización no responde a la necesidad de sentido de la acción humana. El mercado nada dice sobre las finalidades de la acción humana y por tanto sobre su sentido. La necesidad de hacer sociedad que ya no basta para expresar la comunidad nacional debe poder expresarse en otros proyectos complementarios. La identidad-proyecto no es belígera por naturaleza. En lugar de demonizar estos proyectos identitarios complejos, como parece hacerlo cierto pensamiento estatista o economicista, hay que buscar los medios para que se construyan de manera responsable y en el respeto de los demás, admitiendo que la mundialización afecta también las relaciones entre sociedades y culturas.(8)

1.2. Cultura y territorio

Desde el Tratado de Westfalia en 1648, el territorio nacional constituye la base de las relaciones internacionales. El sistema internacional de Westfalia se fundamenta en las relaciones entre Estados que se reconocen soberanos sobre su territorio. Postula implícitamente la coincidencia entre identidad nacional y fronteras estatales. La dinámica mundial actual desborda cada vez más este marco interestatal y deja al descubierto una escena polimorfa y compleja. El orden político basado en la soberanía territorializada evoluciona hacia un mundo de interdependencias múltiples y descentralizadas fundadas en el principio de sociedades abiertas. Donde incluso la seguridad ya no queda asegurada al encerrarse en un espacio nacional sino mediante el juego de interacciones múltiples y desterritorializadas.

No todo está o deja de estar mundializado. Pero la mundialización constituye un proceso estructurante en todos los sectores de actividad. Obliga a redefinir no sólo las relaciones entre territorio y seguridad (problemática geopolítica), entre territorio y economía (problemática geoeconómica), sino también y quizás sobre todo entre territorios y culturas (problemática geocultural). La mundialización no se traduce sólo en un incremento de los flujos de mercancías. Trae aparejadas transformaciones en el modo en que nos representamos el mundo, sus posibilidades, las fronteras, el espacio, el tiempo: estructura los imaginarios. Estas representaciones son sobre todo creadas y vehiculadas transnacionalmente por los medios masivos globales.

El ordenamiento de las relaciones entre territorios y culturas plantea los desafíos más interesantes sin duda a escala extranacional o metanacional,(9) (más que supranacional o post-nacional). Samuel Huntington sostuvo que el interés nacional de un país se define en función de su identidad, cuyo componente cultural evoluciona en el tiempo.(10) La búsqueda de identidad ¯o la necesidad de reconocimiento¯ constituye una de las fuerzas constantes de la historia y no es reductible al mero proyecto nacional. Es un componente de la dinámica mundial. Puesto que las culturas no coinciden necesariamente con los contornos de los territorios nacionales, la Realpolitik tendrá que vérselas especialmente con la realidad compleja de lo que Vaclav Havel llama las esferas culturales, como lo hace en otros aspectos con las entidades regionales (Unión Europea, ASEAN, Mercosur, ALCA, Unión Africana, APEC, etc.) que revisten formas muy variables.

¿Cómo identificar las bases concretas de las identidades culturales, y por consiguiente del pluralismo cultural mundial? En este sentido, al multiplicar las posibilidades de multi-pertenencias, la mundialización lleva a reconocer (para extraer de allí las consecuencias concretas) que estas bases adoptan formas diversas sobre un continuum mobile que va de los países-culturas (Japón, Dinamarca, China...), pasando por las esferas culturales (mundo árabe, por ejemplo), las áreas lingüístico-culturales (mundo hispanohablante, Lusofonía, Francofonía, etc.), las diásporas (china, etc.), el proyecto aún apenas evocado de una Europa de las culturas, hasta una suerte de hipercultura globalizante vehiculada por los medios masivos globales. Ninguna de estas «entidades» corresponde a la misma definición, pero todas expresan una realidad concreta, móvil, que tiene peso en la dinámica mundial y con la cual habrá que negociar para poner en práctica una gobernanza global eficaz.

En esta perspectiva, y a título de ejemplo, un ciudadano de un país europeo podrá tener centros de interés, polos de identificación, compromisos diferentes y variables, en el ámbito de su ciudad, de su país, de la Unión Europea, de la Lusofonía, el mundo hispanohablante o la Francofonía, y será llamado a ejercer sus derechos y deberes en cada nivel, según modalidades variables. Estas múltiples pertenencias, si bien son construidas de manera diferente, no son menos reales para un ciudadano africano, latinoamericano o asiático. Dibujan una cartografía compleja de un mundo en el que las fronteras, desde este punto de vista, son móviles y se imbrican.

1.3. Cultura y economía ¯ Las «industrias de lo imaginario»: activos geoculturales

Si bien hay que reconocer que las relaciones entre las sociedades y las culturas ya no están mediatizadas exclusivamente por los Estados, ¿hay que aceptar que éstos quedan sometidos a las reglas del mercado y a los imperativos de una rentabilidad obtenida mediante la uniformización creciente de los productos, dado que los modelos provenientes de algunos grandes estudios fabrican los sueños del mundo?

Hoy en día, son los medios, principal vector de la mundialización cultural, los que se sitúan en el centro de los desafíos del pluralismo cultural, debido a su potencia económica ligada a la influencia que ejercen en el orden simbólico al explotar el poder de seducción. A través de los medios se operan interacciones entre las culturas de un alcance a menudo más considerable que las que se producen en la escala tradicional del vecindario. Con los desarrollos tecnológicos, los intercambios ocurren en forma continua y a escala planetaria en un flujo de una amplitud sin precedentes. Este fenómeno es ambivalente. Ofrece posibilidades inéditas de enriquecimiento de las culturas si estos intercambios pudieran amplificar los aportes que han hecho a la humanidad los griegos, los indios, los chinos, los africanos, los iberoamericanos, etc. Pero esto no puede ocurrir en una situación donde las desigualdades de los intercambios son demasiado grandes.

La industrialización de la cultura a través de los medios tiene incidencias considerables en las interacciones entre las culturas. Impone en ellas la lógica económica según la cual la mundialización justifica la constitución de empresas globales capaces de acomodarse a lo que el presidente de AT&T llama los imperativos de la ubicuidad: acceso a la clientela en todas partes del mundo, infraestructuras apropiadas, contenidos. Para poder actuar en esta escala, las empresas reclaman la libertad de invertir en el extranjero y el acceso a los mercados, lo que les permite establecer una estrategia transnacional que escapa ampliamente a las legislaciones nacionales. Esta lógica autojustificadora favorece la concentración de empresas, la fuerte integración vertical en este sector, y da además un carácter casi institucional al desequilibrio de los intercambios.

Este esquema se impuso rápidamente en el sector cultural que experimenta el crecimiento económico más rápido y disputa al sector aeroespacial el primer puesto de las exportaciones norteamericanas.(11) Según Jeremy Rifkin, «la producción cultural es el estadio supremo de la civilización capitalista y será el desafío central del comercio mundial en el siglo xxi».(12) En este sector, la concentración se ha acelerado: en 1993, los primeros 50 grupos audiovisuales lograban en total un volumen de negocios de 125 mil millones de dólares; en 1997, esta cifra correspondía a los siete primeros.(13) A pesar de las dificultades recientes de AOL Time Warner y de Vivendi-Universal, esta tendencia oligopolista podría acelerarse aún más con la reciente abolición de las reglas anti-concentración en el sector audiovisual en Estados Unidos.

Mientras que el oligopolio es cuestionable en cualquier sector económico, incluido en el sector informático en el que la dominación de Microsoft es puesta en tela de juicio, en el sector cultural resulta inaceptable. Desde el punto de vista económico en primer lugar, porque estamos en presencia de industrias cuyo rendimiento va en aumento: la producción de una película no es más cara si es vista por cien mil o por un millón de espectadores.(14) Pero ante todo porque, más que mercancías, lo que circula en las ondas y las pantallas a escala mundial, en directo y en forma continuada, son imágenes, conceptos, valores, una visión de mundo. Hablar de «industrias de lo imaginario»(15) más que de industrias culturales permite comprender mejor que la cultura no puede ser reducido al intercambio digitalizado de bits, ni a una serie de productos de entretenimiento, si bien ésta debe circular y expresarse en el universo mediático. David Puttnam, ex presidente de Columbia Pictures, señala con justeza el carácter particular de las industrias de lo imaginario: «Algunos pretenden hacernos creer que el cine y la televisión son sectores de actividad como los otros. Es falso. Modelan actitudes, generan convenciones de estilo, de comportamientos, y de este modo reafirman o desacreditan los valores más generales de la sociedad. (...) Una película puede reflejar o debilitar nuestro sentimiento identitario como individuos y como naciones».(16) Una pregunta permite ilustrar el alcance de este desequilibrio: ¿De dónde vienen hoy los valores, los sueños o los héroes en Japón, en Camerún, en Alemania, en Brasil, en México, etc.: de la literatura y la cultura local o de las pantallas?(17)

Esta pregunta cobra desde luego una significación especial en los países del Sur. ¿Podemos aceptar los riesgos de darwinismo cultural que presenta el mercado que favorece la constitución de algunos grupos capaces de actuar a escala mundial, de imponer sus redes de distribución y, por ende, de elegir lo que será visto y oído, que privilegian la mercantilización de la cultura y los productos rentables, que ven en la diversidad un simple recurso a explotar, con el riesgo de instalar la dominación de una suerte de hipercultura globalizante vehiculada por un sistema corporativo transnacional que trae aparejado el triunfo de los valores comerciales?(18)

La lógica económica aplicada a las industrias de lo imaginario conduce además a acentuar el desequilibrio de los intercambios audiovisuales. Varios mercados, tanto en Europa como en los países del Sur, están actualmente ocupados por producciones extranjeras en una proporción superior al 80 por ciento. Si se admite que las identidades culturales son modeladas hoy por los medios liberados de las limitaciones territoriales y por la multiplicación de los intercambios de bienes y servicios culturales, las desigualdades excesivamente marcadas en estos intercambios son inaceptables. Aun cuando una gran parte de la humanidad sea ajena a estos intercambios (el 60 por ciento de la población mundial no hizo nunca una llamada telefónica, el 40 por ciento no tiene electricidad), los flujos mediáticos desequilibrados amenazan con reducir a un estatuto local y a funciones de proximidad a las culturas que no logren ocupar su lugar en el ciberespacio. He aquí un desafío preocupante para los países del Sur, tanto más importante cuanto que se reconoce hoy en día que las condiciones del desarrollo son ante todo culturales y que no obedecen a un modelo único.

El desequilibrio en los intercambios de mercaderías es perjudicial y está gravado de diferentes formas. Si es posible invocar la defensa de una industria nacional para imponer cupos y derechos a la importación del acero, si se llega a disposiciones de «restricción voluntaria» de exportaciones de automóviles japoneses hacia Europa por razones económicas, ¿no es más justificable aún adoptar medidas tendentes a consolidar la apertura garantizando una reciprocidad mínima en materia cultural, ya que lo que está en juego son valores y representaciones del mundo? No se trata de invocar la defensa de la identidad cultural o los peligros de la uniformización cultural para cerrar las fronteras o justificar la censura; importa sobre todo afirmar las condiciones de una apertura controlada que apele a interacciones relativamente equilibradas entre sociedades y culturas. Lo que demanda correcciones importantes tanto en los análisis contemporáneos como en las disposiciones que rigen actualmente los intercambios culturales, en especial los audiovisuales.

El análisis económico actual utiliza conceptos clásicos para pensar el binomio economía-cultura. No logra así dar cuenta de la naturaleza dual de las obras culturales, a la vez bienes y servicios mercantiles e, indisociablemente, expresiones de identidad que éstas contribuyen a formar y cuyo valor añadido es esencialmente simbólico. Es preciso concebir, pues, un régimen que gobierne los intercambios de estas obras y refleje al mismo tiempo su doble naturaleza y no sólo su dimensión comercial. Del mismo modo, si se consideran las industrias de lo imaginario únicamente como empresas, se deja de lado su carácter de activos geoculturales en virtud del cual estos grupos transnacionales deberían no sólo perseguir sus objetivos industriales y financieros, sino también ser llamados a asumir también las responsabilidades que se desprenden de su papel en las interacciones entre las culturas y su comprensión recíproca.

1.4. La dimensión estratégica de las relaciones entre sociedades y culturas

La importancia económica de la cultura tanto como una concepción elitista de la cultura pueden llevar a ignorar la dimensión estratégica de las interacciones entre las culturas en la era de la mundialización, es decir, la puesta en presencia constante de diferentes representaciones del mundo. Dado que las comunidades territoriales han dejado de ser exclusivas y que las comunidades virtuales son demasiado fluctuantes para responder a la necesidad humana fundamental de crear sociedad, nos encontramos frente a la cuestión de saber qué lugar deben tener las entidades geoculturales en la gobernanza mundial en tanto que las unidades pertinentes ya no son necesariamente las mismas para los asuntos económicos, la seguridad o las cuestiones sociales y culturales. Si no se logran inventar al respecto respuestas a la medida de la naturaleza y la importancia de los desafíos actuales, se correría el riesgo de ver las identidades contrariadas ¯las identidades-resistencia de Castells¯ tomar ya no el rumbo de la responsabilidad sino el del enfrentamiento, con el fin de imponerse. Reconocer la naturaleza de los desafíos geoculturales y la realidad de entidades geoculturales que no coinciden necesariamente con las fronteras estatales, tratar a los medios globales no sólo como empresas industriales sino como activos geoculturales: he aquí lo que puede permitir tomar en cuenta la dimensión estratégica de las interacciones entre las sociedades y las culturas.

No resulta indiferente a una sociedad y una cultura, lo mismo que a un país, ver que su lengua, sus valores, sus imágenes, sus obras, su visión del mundo son reconocidos y respetados. Mientras se multiplican las interacciones entre las sociedades y las culturas a través de los medios, se plantea una pregunta crucial: ¿Estamos preparados para comprender las demás culturas? ¿Cómo presentan los medios norteamericanos o europeos las culturas árabes, asiáticas, africanas? ¿Perciben estas últimas las culturas europeas, iberoamericanas y otras, de manera distinta de la que proponen las producciones extranjeras? ¿En qué país hay, en las pantallas, en los diarios o revistas, espacios regulares de interacciones que permitan familiarizarse con las culturas de los demás abriendo espacios a sus imágenes, sus obras, sus escritos? ¿Se puede hablar de diálogo entre las culturas sin conocimiento mutuo mínimo y por tanto sin reciprocidad mínima? La situación internacional actual ilustra de manera trágica la espiral viciosa que conduce de la ignorancia del Otro al miedo del que se nutre el instinto de guerra. ¿No hay allí un desafío que involucra a todas las culturas, todos los países, todas las regiones del mundo, y en primer lugar a las sociedades del Sur que no tienen los medios de hacerse oír y conocer en este universo mediatizado?

En la actualidad se habla mucho de seguridad. La seguridad no atañe sólo a la integridad física de los individuos o al territorio de un Estado. Ole Weaver la define como «la capacidad de una sociedad de conservar su carácter específico a pesar de las condiciones cambiantes y de las amenazas reales o virtuales: más precisamente, tiene que ver con la permanencia de los esquemas tradicionales de lenguaje, de cultura, de asociación, de identidad y de prácticas nacionales o religiosas, habida cuenta de las necesarias evoluciones consideradas aceptables».(19) No sorprende entonces ver allí una preocupación fundamental de toda sociedad, incluso en materia cultural, uno de los principales asuntos de las relaciones internacionales(20) al que hay que aportar soluciones actualizadas.

Quien dice cultura dice apertura. Pero en materia de cultura, ¿la apertura puede estar disociada de una reciprocidad mínima efectiva? La igual dignidad de las culturas sería un principio vano si no se lograra inventar las condiciones de interacciones verdaderas entre ellas, teniendo en cuenta al mismo tiempo el peso adquirido por el «capitalismo cultural»(21) en sus desarrollos recientes.

2. ¿«Choque de civilizaciones» o «modernidades múltiples»? La vía del pluralismo cultural

Al no haber logrado concebir para las interacciones entre las culturas un marco que no se reduzca a las relaciones interestatales o a los intercambios comerciales de los productos culturales, no se logra reconocer la importancia estratégica de estos problemas sino en forma de amenaza y como simple componente de las relaciones de fuerzas. Esto es, de manera negativa.

Se podrían distinguir sumariamente dos enfoques que convergen sobre este punto:

· La teoría de los choques de civilización que sucederían a los enfrentamientos ideológicos fue desarrollada en 1993 por Samuel Huntington. Esta teoría traduce una visión «realista» de las relaciones humanas, que estarían fundadas en relaciones de fuerza. Las críticas dirigidas a aspectos más o menos centrales de este análisis rara vez han tenido en cuenta su dimensión estratégica fundamental: si bien las líneas de fractura son ahora de naturaleza cultural, el combate por la prevalencia de las propias ideas y valores, y por ende la propia visión de mundo, puede ser justificado por consideraciones de seguridad.

· La visión de la «aldea global» que corresponde a la visión eufórica de la mundialización lograda. El triunfo del liberalismo y del mercado parecen confundidos con la democracia y el fin de la Historia. Es el economicismo triunfante lo que reduce la cultura a sus dimensiones mercantiles, que ve en la diversidad un recurso a explotar y que limita las opciones a las del consumidor ante lo que se le ofrece. Aun quienes sostienen que los productos y servicios culturales no son mercancías como las otras no escapan a la lógica mercantil que considera toda barrera cultural como un obstáculo al comercio. El libre intercambio se sitúa siempre dentro de relaciones de fuerzas.

2.1. La «excepción cultural» y la «diversidad cultural»: ¿Un abordaje suficiente?

La firma del Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios (AGCS) a instancias de la creación de la OMC en 1994 ha inscrito la liberalización progresiva de los servicios como objetivo de las negociaciones futuras. Los servicios audiovisuales quedan dentro del alcance de este acuerdo. Frente a la ofensiva tendente a liberalizar el «mercado cultural», los círculos culturales han logrado movilizarse y convencer a ciertos Estados de preservar la libertad de adoptar sus políticas culturales y no asumir compromisos de liberalización en este sector en el marco de la OMC: es el combate por lo que entonces se denominó la «excepción cultural».(22) Considerado como defensivo, este concepto fue reemplazado por el de «diversidad cultural» para dar mejor cuenta del objetivo que se perseguía por la vía de la excepción: promover la diversidad frente al peligro de uniformización cultural. Recientemente algunos gobiernos han dado su apoyo a la elaboración de una nueva convención internacional que garantizaría a los Estados el derecho a definir sus políticas culturales a pesar de la liberalización preconizada por la AGCS, y que podría quedar bajo la égida de la UNESCO.

En el contexto de los años noventa, marcado por el fuerte impulso neoliberal, la «excepción cultural» y la «diversidad cultural», si bien no cuentan con un estatuto jurídico consagrado por los acuerdos existentes, han constituido medios eficaces para contrarrestar los esfuerzos tendentes a liberalizar el comercio de bienes y servicios culturales, especialmente audiovisuales, según la lógica y las disposiciones previstas en el acuerdo general sobre el comercio de servicios.

Es importante apoyar con firmeza estos esfuerzos para garantizar el derecho de los Estados a adoptar sus políticas culturales. El ejercicio de este derecho y estas políticas que por lo general han dado notables resultados (la política audiovisual francesa, por ejemplo), no han impedido sin embargo que los estudios Hollywood acaparen más del 80 por ciento de las ganancias del sector audiovisual en los mercados actualmente rentables. Es de desear que esta convención pueda tratar también el importante problema de la concentración de las empresas en este sector, así como el del desequilibrio muy marcado de los flujos audiovisuales que la liberalización del comercio electrónico podría acentuar. Si nos atuviéramos a la lógica del mercado y la liberalización, caeríamos forzosamente en la exclusión de los pequeños países y sus culturas en tanto actores en los circuitos de producción y distribución globalizados: para obtener los financiamientos que sus producciones requieren y tener la esperanza de que sean distribuidas, ¿los autores de estos países no están obligados ya a adaptarse a las exigencias de formato y de valores de las fuentes de financiamiento?

2.2. El pluralismo cultural: las condiciones de interacciones equilibradas entre las culturas

El combate por la diversidad cultural tal como se ha encarado, y suponiendo que tenga éxito, ¿bastaría para garantizar el pluralismo cultural? ¿Un estatuto excepcional para los bienes culturales en los intercambios mercantiles y las políticas culturales nacionales permitirán garantizar las condiciones de un verdadero pluralismo cultural mundial?

Para responder a esta pregunta, resulta útil distinguir entre diversidad y pluralismo, desarrollar un análisis y fundamentar propuestas complementarias.

La diversidad es la condición de lo viviente, incluido el hombre; es un dato de la naturaleza que no cesa de producirla. Con todo derecho se puede querer preservar la diversidad de las especies, o el medio ambiente como un bien público global. Pero a fuerza de llevar demasiado lejos la comparación entre biodiversidad y diversidad cultural se corre el riesgo de olvidar la diferencia fundamental entre cultura y naturaleza.

Aplicado a la cultura, el pluralismo pretende expresar el hecho de que no se trata en este caso de un dato de la naturaleza; es una cuestión de voluntad humana. El pluralismo cultural no es un bien público global como el agua, una suerte de entidad reificada que se podría proteger conservándola al vacío; es el producto constante de las decisiones humanas en sus interacciones. No se trata de defender un pasado congelado ni un apartheid cultural que consagraría las fronteras entre las culturas en una suerte de statu quo ficticio. Las culturas viven de la apertura y se construyen en interacciones que pueden ser positivas o conflictuales. El pluralismo cultural no es un objetivo en sí mismo; se vuelve tal en la medida en que contribuye a la elaboración de la convivencia en un proyecto político que discipline las confrontaciones. Hacer del pluralismo cultural un proyecto debe consistir pues en defender la apertura controlada, el derecho a ejercer, en el respeto de los valores fundamentales sometidos al pensamiento crítico y en el respeto de los demás, las propias opciones individuales y colectivas en condiciones suficientes de autonomía y sin restricciones o condicionamientos externos determinantes, incluso en la posibilidad de producir e intercambiar las propias formas de expresión cultural en su diversidad.

Se trata entonces de defender las condiciones primeras de interacciones equilibradas entre culturas que se reconocen iguales en dignidad al mismo tiempo que capaces de interrogarse constantemente sobre sus valores, sus prácticas y su adaptación a las condiciones presentes del mundo. Ninguna cultura ha sido jamás un todo aislado, ni podrá serlo. Pero ninguna interacción verdadera puede cumplirse exitosamente en condiciones de desigualdad demasiado grande, o bajo el control efectivo de los más poderosos. Definir el objetivo del combate por el pluralismo cultural mundial como la defensa de la libertad de elecciones individuales y colectivas en el respeto de valores fundamentales, es a la vez afirmar el derecho a la diferencia y hacer de ello un proyecto político que no deje de lado las confrontaciones que pueden comportar las interacciones: «El pluralismo cultural constituye la respuesta política al hecho de la diversidad cultural» (UNESCO).

Concebido de este modo, el pluralismo cultural puede representar una de las maneras de controlar la mundialización asegurando a los desafíos y problemas geoculturales el lugar que les corresponde, junto a los desafíos geopolíticos y los desafíos geoeconómicos, en la gobernanza global. Sin caer en el relativismo cultural, no se podrá lograrlo si las sociedades occidentales que se pretenden detentoras de la «modernidad» son percibidas como intentando imponer a los demás su concepción presentada como la única universal. Para contrarrestar tanto las tentaciones hegemónicas como las tentaciones monolíticas de construir una identidad defensiva, Shmuel Eisenstadt llegó a abandonar el modelo de convergencia de las civilizaciones hacia el sistema occidental y a poner en tela de juicio la apropiación de la modernidad por parte de Occidente. Propone el concepto de «modernidades múltiples»(23) para reconocer la realidad y la validez de diferentes modos de comprender y vivir la modernidad, de manera crítica, sabiendo que cada versión de la modernidad comporta a la vez puntos fuertes y un potencial destructor. Esta concepción permite abrir diálogos entre grupos que tienen maneras diferentes de vivir la modernidad según tradiciones culturales diferentes, basándolas en la apertura y la responsabilidad.

3. Desafíos geoculturales, gobernanza global y democracia extranacional

¿Cómo extraer consecuencias prácticas de lo que precede? ¿Cómo dar a las entidades con fundamento cultural que son las bases del pluralismo cultural mundial el lugar que les corresponde en la gobernanza global? Habida cuenta del papel de los activos geoculturales que constituyen los medios masivos en las interacciones entre las culturas, ¿cómo conciliar las exigencias de la lógica utilitaria del mercado con la de la lógica de las identidades en un régimen de intercambios adaptado a la dinámica mundial actual? ¿Cómo reconocer el papel de los diversos actores en la esfera cultural? ¿Cómo preparar y fundar la legitimidad de las decisiones a tomar sobre estos desafíos extranacionales?

Las respuestas a estas preguntas no existen. Deben ser elaboradas por todos aquellos que están implicados en estos desafíos y que se movilizan para llevarlas a la práctica. En este sentido la primera responsabilidad consiste en favorecer la toma de conciencia de la naturaleza y la importancia de los desafíos geoculturales y del pluralismo cultural.

Es importante no limitarse al modo occidental de pensar y organizar la mundialización y no reducirla a la globalización tecno-económica, para analizar sus consecuencias sobre el Estado y el sistema internacional, para definir las exigencias de la gobernanza global no sólo en términos institucionales sino integrando asimismo las dimensiones políticas, económicas y socioculturales. La mundialización obliga a concebir y a poner en práctica un orden cosmopolítico extranacional para los desafíos globales, es decir, un modelo pluralista capaz de controlar la multiplicidad del mundo y administrar las interdependencias. Puesto que el mercado-mundo no crea una comunidad-mundo ni una cultura-mundo, es necesario pensar en construir la legitimidad de las decisiones a tomar a través de debates públicos entre las diversas partes implicadas en estos desafíos.

3.1. Una hipótesis en tres partes

Para estructurar estos debates esbozando propuestas que quieran extraer las consecuencias de los análisis presentados sobre los desafíos geoculturales, y sin descuidar el apoyo a los mecanismos puestos en marcha para salvaguardar la «excepción cultural» y a favor de la adopción de una convención internacional sobre la diversidad cultural, se podría considerar una hipótesis, que comporte tres partes, con vistas a la promoción del pluralismo cultural mundial.

1) Integrar los desafíos culturales en la gobernanza mundial, por una vía que no sea una declaración que podría ser obstaculizada por otros compromisos vinculantes.

¿Existe hoy en día una instancia política que sea realmente responsable del bien común de la humanidad, de su interés general que no resulte de la simple adición de intereses nacionales? A menos que se acepte con resignación la hegemonía o un directorio de potencias que gobernaría el mundo en función de sus intereses, es preciso buscar respuestas prácticas a la necesidad de la gobernanza mundial en todas sus dimensiones. La interdependencia es una realidad que requiere un proyecto político basado en un pluralismo ordenado.

La gobernanza a escala planetaria ya no es hoy la simple prolongación del sistema interesatatal y no podrá ser llevado adelante por un gobierno o un parlamento mundial. No se gobernará el mundo como si se tratara de Venecia. La gobernanza no es sinónimo de gobierno. Esta nueva modalidad de lo político puede ser definida como «los procesos mediante los cuales las sociedades política, económica y civil negocian las modalidades y formas de arreglos sociales planetarios sobre la base del principio de cooperación conflictual».(24) Hay que examinar entonces la posibilidad de constituir instancias políticas adaptadas al orden cosmopolítico que pide la mundialización para tratar los diversos desafíos globales con los actores involucrados y según las modalidades apropiadas a cada uno. Constatar la permanencia del juego de potencia y de las relaciones de fuerzas no impide construir los instrumentos de las interdependencias. Porque potencia y regulación no son del mismo orden, la gobernanza global se construirá a través de una serie de montajes bajo el impulso de los acontecimientos y la presión de los diversos actores involucrados. Podría traducirse en un conjunto de regímenes, coaliciones y alianzas de geometría variable en función de lo que se encuentre en juego (no correspondencia de las entidades económicas, estatales, culturales).

En la gobernanza mundial, es menester acordar a los desafíos geoculturales la misma importancia que a los desafíos geopolíticos y geoeconómicos, por una vía que no sea una declaración que sería contradicha por otros compromisos más constrictivos.

Sin ignorar o desdeñar la escala local y nacional, se trata de resituar las interacciones entre las sociedades y las culturas en el centro de la visión y la acción política en el nivel extranacional. La seguridad no atañe solamente a los individuos o el territorio físico de un Estado. Comporta una dimensión cultural fundamental que concierne tanto a las pequeñas sociedades como a las naciones subcontinentales. En esta perspectiva estratégica, hay que reconocer la realidad de las entidades geoculturales, expresión de las cuales son los tres espacios lingüístico-culturales. Así, por ejemplo, los latinoamericanos tienen un enraizamiento geográfico que deben asumir para asegurar su desarrollo económico aun cuando la dimensión territorial resulte menos determinante que la capacidad de insertarse en los flujos económicos mundiales. Su identidad cultural integra una herencia histórica y lingüística que se inscribe en una dinámica compleja vinculada tanto al dinamismo creador de este conjunto geocultural como a su capacidad de existir y proyectarse en un universo mediático globalizado. Esto es igualmente válido, en condiciones diferentes, para los francófonos, los lusófonos, las sociedades y culturas africanas, etc.

Las entidades geoculturales que resultan de opciones en constante evolución deben poder constituir, para sus intercambios culturales, conjuntos de preferencias mutuas que no deberían estar subordinadas a los principios comerciales de apertura de los mercados. Se les debe reconocer, pues, una importancia al menos comparable a la que se atribuye a las diversas formas de integración regional. El pluralismo cultural se expresa en entidades concretas de geometría variable que no coinciden necesariamente con las fronteras territoriales: su legitimidad para existir sobre una base libremente elegida no es menor que la que fundamenta las alianzas de seguridad como la OTAN. Es ciertamente más grande que la que quisiera atribuir la primacía al mercado como principio primero de la esfera internacional. El mercado es eficaz para la satisfacción de necesidades materiales. Es impotente para arbitrar entre las elecciones particulares y las preferencias colectivas. Es mudo sobre la cuestión de las finalidades de la acción humana, y por tanto sobre su sentido. No puede ser el principio de organización de una comunidad humana ni de una sociedad democrática. Las relaciones humanas no son reductibles a los intercambios mercantiles. Por consiguiente, la OMC no puede tener el poder efectivo de gobernar la mundialización que no puede ser reducida a la globalización económica y financiera.

Esta perspectiva abre la posibilidad de que las áreas lingüístico-culturales examinen la eventualidad de un proyecto ambicioso para responder a estos desafíos geoculturales directamente vinculados con su razón de ser y para los cuales pueden desempeñar un papel de primera importancia, asociando eventualmente a otras entidades geoculturales.

2) Elaborar e implementar un régimen adaptado a las interacciones entre las culturas

Dado que las entidades geoculturales no coinciden necesariamente con los Estados, y puesto que los desafíos identitarios y culturales no dependen simplemente de la esfera privada, es necesario pensar, para lo que se refiere a las relaciones entre sociedades y culturas (y por tanto entre las entidades geoculturales) en un marco muevo, no solamente interestatal ni reducido al mercado. Un régimen específico para las interacciones y los intercambios culturales, basado en cinco principios que reflejen la naturaleza indisociablemente dual de las obras culturales (productos mercantiles y expresiones de las identidades que éstas contribuyen a formar) y que buscará conciliar (y no solamente yuxtaponer) las exigencias de la lógica de las identidades y las de la lógica del mercado:

  • apertura controlada;
  • multifuncionalidad (como es el caso de la agricultura, por ejemplo);
  • precaución (caso de la salud, el medio ambiente);
  • responsabilidad (de todos los actores, y no sólo del Estado);
  • reciprocidad, un principio que traduce la especificidad de la esfera cultural. No todos los países tienen petróleo, pero toda sociedad tiene una cultura que asegura su cohesión y su capacidad de interacción con el exterior. En el caso de las interacciones entre las culturas, el principio de reciprocidad mínima es una condición indisociable de la apertura controlada.

Estos principios deberán traducirse en una serie de medidas, que permitan sobre todo paliar los déficit de reciprocidad de los flujos de intercambios. He aquí algunos ejemplos indicativos que requieren ser desarrollados y discutidos. Se podrían considerar medidas anticoncentración para las industrias de lo imaginario. O incluso la creación de un Fondo, administrado según una fórmula cuadripartita, alimentado por contribuciones voluntarias de los grupos de medios o a través de deducciones sobre una fracción de los flujos de intercambios desequilibrados, y que serviría para reforzar las capacidades de producción y distribución de quienes se encuentran en déficit de reciprocidad, en primer lugar las culturas de los países del Sur. Este fondo podría servir también para favorecer las condiciones de producción y difusión de programas culturales y de asuntos públicos, producidos a partir de polos diferentes y que respondan a las más altas exigencias profesionales, con la intervención, sobre cuestiones de actualidad y problemas comunes, de representantes de diversos ámbitos y regiones. Con este fin se podrían examinar varias fórmulas. Si se logra fabricar «estrellas» y «necesidades» a partir de una así llamada «tele-realidad», se debería poder suscitar el interés por cuestiones geoculturales de primera importancia y crear espacios donde pudieran confrontarse distintos puntos de vista, visiones diferentes y así ser comprendidas, atemperadas y aceptadas. Si existe un aspecto de servicio público vinculado con la mundialización que debiera cuidar de los activos geoculturales que constituyen los medios masivos globales, no puede sino ser éste.

Las medidas que se desprenden de los principios del régimen que estamos considerando no se refieren sólo a la regulación, el mercado o las políticas nacionales, sino también a disposiciones y medios susceptibles de conducir a interacciones menos desequilibradas entre las culturas, y que atañen tanto a las entidades geoculturales, los activos geoculturales como al desarrollo de los medios de los países menos avanzados.

3) Una instancia política de concertación: un Consejo Mundial de las Culturas

Dado que las interacciones entre sociedades y culturas no están mediatizadas únicamente por las relaciones interestatales, y con el fin de paliar el déficit democrático del sistema internacional actual, es necesario pensar en una nueva instancia política que se ocupe de estos problemas. Se trataría de una instancia política (¿informal?) de concertación, propuesta y supervisión, abierta a las cuatro categorías de actores involucrados sobre la base del reconocimiento mutuo (poderes públicos, actores cívicos y sociales, empresas, expertos)(25) que intentarán conciliar sus intereses para establecer un marco de ejercicio de sus responsabilidades en el respeto de su papel respectivo, para legitimar las decisiones que habrían de tomarse y supervisar el funcionamiento del régimen proyectado para las interacciones entre las culturas.

Este podría ser un modo de hacer evolucionar el sistema internacional actual, conociendo las críticas de que es objeto. Así, antes de las conferencias generales de la UNESCO, por ejemplo, tal instancia podría organizar las deliberaciones públicas siguiendo un proceso y un calendario acordados, sirviéndose de los modernos medios de comunicación, especialmente Internet, para discutir los temas en juego, conciliar intereses en presencia, hacer emerger propuestas y un proceso de decisión aceptable para supervisar luego la puesta en práctica de las decisiones. Este proceso de concertación (¡la palabra no existe en inglés!) difiere de la simple consulta porque podría conducir a fórmulas de co-regulación. Podría contribuir también a estimular los debates en el seno de los países y los círculos afectados por los temas en cuestión.(26)

Hoy en día, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, cuya composición y eficacia están en debate, se ocupa dentro de sus posibilidades de los desafíos geopolíticos y la seguridad. Para tratar los desafíos geoeconómicos, Jacques Delors(27) propuso la creación de un Consejo de Seguridad económica y social que sigue siendo concebido según el modelo interestatal ¯esta propuesta fue retomada por Jacques Chirac en la cumbre de Johannesburgo¯. En lo que respecta a los desafios geoculturales, por qué no innovar proponiendo la creación de un Consejo Mundial de las Culturas, instituido sobre la base cuadripartita mencionada anteriormente, que tenga el fin de supervisar la implementación y el funcionamiento del régimen que gobierne las interacciones entre las culturas.

3.2. Un foro de concertación sobre los desafíos geoculturales y el pluralismo cultural mundial

Los cambios importantes nunca se producen sino bajo el imperio de la necesidad. Es evidente que la hipótesis esbozada sólo puede ser llevada a la práctica bajo la presión de los acontecimientos y de la sociedad civil que habrá tomado conciencia de la naturaleza y la importancia de lo que está en juego. La fuerza de los movimientos sociales surgidos del cuestionamiento de la ideología neoliberal que impulsa la globalización económica y financiera, la movilización contra la guerra preventiva en Irak de una opinión pública mundial emergente que el New York Times considera como el cuarto poder, abren la esperanza de que la toma de conciencia de un mayor número de personas pueda llevar a superar la protesta y desembocar en propuestas que permitirán concebir y poner en funcionamiento los instrumentos de una mundialización controlada.

La naturaleza misma de los desafíos globales y su complejidad reclaman debates públicos estructurados entre las cuatro categorías de actores involucrados en todo el mundo: poderes públicos, actores cívicos y sociales, empresas, expertos. Es necesario utilizar los medios de comunicación moderna para instituir «Foros de interdependencias» sobre los diversos desafíos globales. Uno de esos Foros debería referirse a los desafíos geoculturales y el pluralismo cultural mundial.

Es en esta perspectiva que la Conferencia Ministerial sobre Cultura organizada por la AIF en Cotonú en 2001 aprobó la experimentación de un proceso de concertación sobre los desafíos culturales. Un Foro de este tipo, que se está preparando en el sitio www.planetagora.org, tiene la intención de ampliarse especialmente a través de los debates regionales y sectoriales, de manera de conducir a propuestas realistas que podrían ser presentadas luego a las instancias de decisión existentes o dar lugar a iniciativas originales que surgirían de los propios desafíos geoculturales.

Entre las resultantes de México: un proyecto para las áreas lingüístico-culturales

La mundialización no se reduce a la globalización financiera y económica. Pone en presencia representaciones del mundo vehiculadas por Estados y otras entidades, y difundidas por medios masivos globales. Estos fenómenos no pueden reducirse a la dimensión mercantil de los productos de entretenimiento. La «convivencia cultural»(28) a escala planetaria demanda, así como los demás desafíos de la mundialización, respuestas adaptadas a la naturaleza y la importancia de lo que está en juego. Los desafíos geoculturales requieren esfuerzos para renovar tanto la reflexión como la acción, de manera de construir un verdadero orden cosmopolítico en el cual el proyecto nacional no será superado sino que deberá ser redefinido y articulado en relación con otros proyectos extranacionales.

A menos que se admitan los riesgos del darwinismo cultural o la hegemonía de las culturas que disponen de los medios más poderosos, no se puede aceptar asistir a la «decadencia de las diferencias culturales como medida del progreso de la civilización y signo tangible de mejores comunicaciones y una mejor comprensión.(29) El desafío del pluralismo cultural es hallar los medios políticos para la convivencia en la era planetaria y garantizar interacciones e intercambios relativamente equilibrados entre sociedades y culturas iguales en dignidad al mismo tiempo que capaces de interrogarse constantemente de manera crítica sobre sus valores, sus prácticas y su adaptación a las condiciones cambiantes del mundo. Éste es uno de los proyectos políticos para construir las interdependencias.

En circunstancias reveladoras del estado del mundo, el encuentro de México debería conducir a afirmar la importancia estratégica de los desafíos geoculturales de un modo que no sea una declaración sin alcance práctico o sin consecuencias. Deberíamos apoyar los esfuerzos desplegados para la defensa de la «diversidad cultural». Pero también lanzarnos en un proceso original movilizando los recursos necesarios para promover el pluralismo cultural mundial ampliando el proceso ya evocado en París en 2001 e impulsado en Cotonú, estimulando los debates virtuales y prolongándolos a través de debates regionales y sectoriales en los Tres Espacios Lingüísticos. ¿El análisis que precede y las hipótesis esbozadas no justifican al menos que acordemos examinar en un Foro de concertación ampliada sobre el pluralismo cultural si esta hipótesis, más desarrollada, no podría transformarse en proyecto político? ¿Nuestro grupo no podría participar activamente en la coordinación y el desarrollo de tal Foro? ¿Nuestras discusiones y propuestas no deberían tratar este asunto, si queremos responder a la invitación de los organizadores de este encuentro?


Autor

Jean Tardif (Québec, Canadá)(*)

Diplomado en Antropología por la Universidad de Montreal. Profesor de esta disciplina durante algunos años, antes de emprender la carrera al seno de la Administración canadiense. Ha ocupado diferentes cargos en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Canadá. Ha sido Delegado General de Québec en Bruselas y Director de Gabinete del Secretario General de la Agencia de Cooperación Cultural y Técnica. Ha fundado la Asociación Internacional Planet Ágora de debate acerca del pluralismo cultural, junto a expertos internacionales.


Notas

(1) Hubert Védrine, “Comment nier le choc Islam-Occident ?”, Le Monde, 27 de febrero de 2003.

(2) Bernard-Henry Lévy en Le Figaro, 7 de marzo de 1992.

(3) François Thual, Les conflits identitaires, París, Ellipses, 1995.

(4) Manuel Castells, L’ère de l’information, la société en réseaux, trad fr. Fayard, 1998, p. 25. Es interesante señalar que Francis Fukuyama, autor del Fin de la Historia, reconoce también que “la economía no es la única fuerza que conduce la historia humana. También está la necesidad de reconocimiento”, Le monde des débats, junio 1999. “La identidad colectiva ... constituye para un grupo un potente factor de cohesión y de integración social”, Yves Plassereaud, L’identité, París, Montchrestien, 2000, p. 98.

(5) Mario Vargas Llosa, “Cultures locales et mondialisation”, Commentaire, nº 91, otoño 2000, p. 506.

(6) L’ère de l’information, tomo 1, La société en réseau, trad. fr. Fayard, 1998, p. 24.

(7) L’ère de l’information, tomo 2, Le pouvoir de l’identité, trad. fr. Fayard, 1999, p. 17.

(8) La cuestión de las identidades culturales se plantea también en el plano interno en países cada vez más numerosos. Incumbe al devenir de grandes sociedades democráticas contemporáneas, muchas de las cuales son multiculturales. A menos que se opte por una política de reducción de la pluralidad, estas sociedades deben encontrar los medios de garantizar la coexistencia y el reconocimiento recíproco de los componentes culturales que se encuentran en ellas, ya sea mediante el reconocimiento de derechos culturales u otras medidas. Si bien están vinculadas con la evolución internacional, estas opciones que corresponden a políticas nacionales no entran en la perspectiva que aquí se desarrolla y que se refiere esencialmente a la esfera extranacional.

(9) Ninguno de los términos hoy disponibles permite describir adecuadamente las realidades actuales. “Inter-nacional” supone una referencia a la nación como pivote central, cuando no único, del sistema interestatal. “Transnacional” connota algo que sería idéntico en distintas naciones, por ejemplo normas concebidas y aplicadas por los propios actores; “supra-nacional” refiere a un orden superior a la nación, por ejemplo normas concebidas por los Estados pero controladas por órganos jurisdiccionales más o menos autónomos; “post-nacional”, que utiliza J. Habermas, puede hacer pensar que la nación está superada. Ni el territorio, ni el Estado, sea o no Estado-nación, son realidades superadas, aun cuando su papel o sus funciones deban ser constantemente redefinidos, como ocurre con toda institución humana. Los términos “extranacional” o “metanacional” pretenden dar cuenta de un orden político que se sitúa por fuera de la nación, ya sea a escala continental o mundial.

(10) “The Erosion of American National Interests”, Foreign Affairs, nº 78, 5, septiembre-octubre de 1997.

(11) El sitio www.planetagora.org, cap. 4, aborda la cuestión de las inversiones extranjeras en las industrias de lo imaginario a la luz de los acuerdos comerciales.

(12) L’âge de l’accès. La révolution de la nouvelle économie, trad. fr. París, La Découverte, 2000, p. 16.

(13) El sistema global de los medios de comunicación comerciales está dominado por tres círculos diferentes, ordenados según una jerarquía estricta y vinculados entre ellos por sociedades mixtas y alianzas. Véase Edward S. Herman, Robert W. McCheshey, The Global Media. The New Missionaries of Corporate Capitalism, Cassell, Londres, 1997, p. 52-53. Tristant Mattelart hace un agudo análisis de las controversias teóricas sobre la influencia de los medios audiovisuales transnacionales en La mondialisation des médias contre la censure. Tiers-monde et audiovisuel sans frontière, Bruselas, De Boeck, 2002.

(14) Elie Cohen, L’ordre économique mondial. Essai sur les autorités de régulation, París, Fayard, 2001, pp. 11-117.

(15) Es la expresión de Patrice Flichy, Les industries de l’imaginaire, Grenoble, PUG, 1980. Según Rifkin (op. cit., p. 128), el término “industrias culturales” habría sido creado por los sociólogos alemanes Theodor Adorno y Max Horkheimer.

(16) Thomas Paris (coord.): Quelle diversité face à Hollywood ? Cinémaction, número especial, París, 2002, p. 20.

(17) Hoy en día, incluso en los países europeos, las pantallas están ocupadas por producciones extranjeras en proporciones que van del 65 a más del 85 por ciento. Lo que se juega no es simple cuestión de balanza comercial, sino ante todo de relaciones entre valores culturales y sociales cuyo impacto no habría de minimizarse. Según un estudio hecho por investigadores de la universidad Columbia sobre 707 niños durante diecisiete años, la televisión condiciona efectivamente el desarrollo de la agresividad en adolescentes y adultos. Cambia de modo duradero la percepción que una persona puede tener del mundo.

(18) Los análisis de la comunicación han llevado a Dominique Wolton a distinguir la información de la comunicación y a poner en evidencia la recepción diferenciada de los mensajes emitidos: “entre la información (el mensaje) y la comunicación (la relación), está la cultura, es decir, la diferencia de puntos de vista sobre el mundo”. L’autre mondialisation, Flammarion, 2003, p. 20. Se llega así a reconocer la complejidad de las interacciones de la comunicación, que no se efectúa en un movimiento unidireccional. Lo que no impide reconocer, después de haber superado la noción de imperialismo cultural, que los medios globales ejerzan una influencia importante no sólo a través de los productos que distribuyen sino también imponiendo “la gramática de la televisión internacional” basada en los valores comerciales.

(19) Ole Weaver, Social Security : The concept in Identity, Migration and the New Security Agenda in Europe, 1993.

(20) Kenneth Waltz considera que el principal asunto de las relaciones internacionales no es –o ya no lo es– la búsqueda de un equilibrio a través del poderío militar, sino la búsqueda de la seguridad que se emparienta con la noción de bien público. ¿No es significativo que el documento sobre la seguridad nacional publicado el 20 de septiembre de 2002 por la Administración Bush se refiera a “un combate entre ideas y valores en competencia”?

(21) Jeremy Rifkin, L’âge de l’accès. La révolution de la nouvelle économie, trad. fr. París, La Découverte, 2000, p. 177.

(22) Sobre esta cuestión, desde el punto de vista económico, véase Joëlle Farchy, La fin de l’exception culturelle ?, París, Editions du CNRS, 1999. Desde el punto de vista jurídico, Serge Regourd, L’exception culturelle, París, PUF, Que sais-je ?, 2002.

(23) “The Dialogue Between Cultures or Between Cultural Interpretations of Modernity. Multiple Modernities on the Contemporary Scene”, comunicación en el coloquio sobre el diálogo intercultural, Bruselas, marzo de 2002.
http://europa.eu.int/comm/education/ajm/dialogue/index_en.html

(24) Pascal Lamy, Zaki Laïdi, “La gouvernance, ou comment donner sens à la globalisation”, dans Gouvernance mondiale, informe del Consejo de análisis económico, París, La Documentation française, 2002, p. 204.

(25) Esta cuestión podría dar lugar por sí sola a un largo debate que la realidad terminará por imponer. Mireille Delmas-Marty, profesora del Collège de France, habla del “triángulo cívico” de los actores públicos, privados y “civiles” para vincular en lugar de oponer la esfera pública y la esfera privada y limitar el impacto de las relaciones de fuerzas entre Estados permitiendo un reequilibrio en beneficio del derecho. “Droit et mondialisation”, en Géopolitique et Mondialisation, Université de tous les savoirs, París, Odile Jacob poches, 2002, p. 216. La complejidad de las cuestiones extranacionales debería justificar que los “expertos” pudieran participar directamente en los debates públicos.

(26) También podría imaginarse instancias políticas experimentales como éstas, que no serían necesariamente instituciones formales, para el caso de la OMC, el FMI, la OMSm, la Unión Europea o el proyecto ALCA, etc.: se esperaría así aportar un inicio de respuesta al déficit democrático que afecta actualmente la responsabilidad de las decisiones extranacionales.

(27) “Pour un Conseil de sécurité économique”, Le Nouvel Observateur, 25 de junio de 1998 y 17 de septiembre de 1999. Esta sugerencia fue retomada por el Congreso de la Internacional Socialista en octubre de 2001.

(28) Expresión de Dominique Wolton en L’autre mondialisation, donde reconoce la importancia política de las identidades colectivas.

(29) David Rothkopf, “In Praise of Cultural Imperialism?”, Foreign Policy, verano de 1997, p. 40.