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Joost Smiers








Número 7
- septiembre - diciembre 2004

Conglomerados Culturales: Propietarios Ausentes

Joost Smiers (*)


¿Porqué un espacio abierto para el intercambio cultural?

En primer lugar, a nivel individual existe una gran necesidad de encontrar espacios propicios para llevar a cabo diferentes tipos de intercambios intercontinentales e internacionales en general. Dichos encuentros resultan placenteros en relación a lo interesante que son las experiencias compartidas y satisfacen la curiosidad natural respecto a otros contextos. La confrontación con nuevos escenarios y estéticas engrandecen la visión de la mente humana.

A nivel colectivo, la necesidad de estos intercambios se presenta incluso con más fuerza. Estos nos ayudan establecer relaciones cercanas con todos aquellos con quienes desde diferentes latitudes compartimos un espacio común denominado mundo.

Sin embargo, dichos encuentros e intercambios culturales no siempre serán beneficiosos si están coordinados por personas u organizaciones completamente extrañas y ajenas a alguna comunidad específica (como sea que sean definidas), únicamente con objetivos comerciales. En este sentido, podemos referirnos las industrias culturales a nivel global, que, aunque generan conocimiento e intercambio entre diferentes agentes a nivel local e internacional, a veces pueden ser comparadas con unos propietarios ausentes, sin tierra ni territorio donde mandar.

Siempre debemos tener presente el hecho de que todas las expresiones artísticas -teatro, danza, cine, música, imágenes, dibujos, diseño, libros y otro tipo de entretenimiento- comportan una serie de contradicciones que las hacen entrar en un estado constante de lucha. En este sentido, las artes son una parte sustancial del debate democrático de la sociedad, que por ningún motivo debe ser bloqueado o impedido por grandes empresas o conglomerados comerciales que se aproximan a las artes con objetivos puramente de carácter comercial, con el poder oligopolista de lo que se debe producir, distribuir y promocionar, reduciendo la oferta únicamente a lo que ellos consideran valioso para su inversión.

Un intercambio cultural no es tan solo la representación de un hecho concreto, como una comida casual entre amigos donde se comparte de manera estupenda los aspectos exóticos de otras culturales. Es importante recordar que aún persiste mucho rencor y sufrimiento en el ambiente, producto de la explotación y humillación de las culturas minoritarias por parte de los grandes imperios. (Shohat 1994: 359.) Si olvidamos este hecho, continuaremos sumergidos en un escenario donde no hay cabida para la igualdad. Las artes representan sin duda un campo fértil para aprehender los niveles ocultos de la sociedad y las culturas dejados al olvido.

¿Existe este espacio abierto? ¿Dónde está?

El espacio cultural de intercambio entre Europa y América Latina existe solo en trozos, en pequeñas manifestaciones difusas. En realidad, la cuota de intercambio cultural entre estas dos regiones es mínima. Es cierto que las industrias culturales de Brasil y México exportan telenovelas con alto contenido cultural, pero en el área del cine, por ejemplo, no hay mucho movimiento en el Océano Atlántico. En la prensa escrita europea como El País, las noticias sobre la vida cultural de América Latina tampoco merecen la atención diaria, semanal o incluso mensual de los editores. Si algunas piezas de arte y entretenimiento llegan a cruzar el océano, es producto de un proceso controlado por determinados conglomerados culturales en cierta medida integrados o conectados horizontal y verticalmente.

Dichos conglomerados perjudican y falsifican la competencia cultural a través de los presupuestos exagerados que destinan para las campañas de marketing de sus libros, películas o música, por ejemplo. Dichas acciones hacen que las obras realizadas por pequeñas y medianas empresas culturales tengan muy pocas posibilidades de llegar a su público objetivo (Germann: 2003). Ante la mirada permisiva de todo el mundo, estos grandes conglomerados apartan de forma indiscriminada las obras producidas por cientos de artistas, disminuyendo la diversidad de la muestra. En consecuencia, el público se convierte en el gran perjudicado pues no llega a conocer el gran abanico de posibilidades que existen en realidad. Todos somos concientes y reconocemos este hecho, sin embargo, precisamos datos más concretos que reflejen el impacto devastador que tienen estas empresas en la vida cultural de todos los rincones del planeta y en el propio espacio de intercambio cultural.

Promover y apoyar el intercambio

Las autoridades públicas deben regular los mercados culturales de tal manera, que la diversidad de autores y obras artísticas lleguen a ser distribuidos e intercambiados y no resulten apabulladas por aquellas fuerzas que controlan el mercado cultural. Debemos contemplar la variedad en los contenidos y regular la propiedad de ellos. (Smiers: 2003). Abrir el espacio cultural para promover la diversidad implica la normalización del mercado cultural. Cobrar un impuesto a las industrias culturales sobre el excesivo presupuesto que invierten en las campañas para promover sus Blockbusters y éxitos de taquilla puede convertirse en un sistema de regularización significativo, pues el dinero recogido a través de este cobro puede ser invertido en la promoción de la diversidad de las creaciones artísticas, para que así tengan las mismas posibilidades de conectar con todos los públicos y consumidores.

Por lo tanto, es un deber -e incluso una obligación- de las autoridades públicas apoyar el desarrollo de la diversidad cultural, sin importar las controversias que pueda generar. Este es el objetivo de la democracia. Dichas acciones de apoyo pueden ser traducidas en subsidios u otro tipo de trato preferencial.

Ambas medidas -regulaciones y subsidios- deben ser asumidas con gran convicción, basándose en el respeto a los artículos 19 y 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El artículo 19 dice: "Todo ser humano tiene derecho a la libertad de expresión y opinión; dicho derecho incluye la libertad de tener una opinión sin interferencia alguna y de buscar, recibir e impartir información e ideas a través cualquier medio de comunicación sin contemplar frontera alguna". Hoy en día, denominaríamos esto como el derecho a acceder a los canales de comunicación cultural e informativa. El artículo 27, por su parte, hace énfasis en "el derecho que tiene toda persona a participar libremente en la vida cultural de su comunidad, a disfrutar de las artes y las culturas y de compartir los avances científicos y sus beneficios". La participación en la vida cultural de la comunidad sólo puede ser posible si la vida cultural en sí misma no está dominada por un determinado conglomerado cultural. De otra forma, la participación sería como una caja vacía.

La agenda neoliberal de la Organización Mundial del Comercio

Aparentemente, no existe ningún impedimento para diseñar e implementar políticas culturales que puedan estimular la diversidad cultural, contemplando la variedad de contenidos y los derechos de propiedad. Sin embargo, existe un gran obstáculo para hacerlo, representado en la Organización Mundial del Comercio y sus políticas neoliberales.

A partir de 1995 la cultura entró a formar parte del Acuerdo General para el Comercio de Servicio (GATS) de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Algunos creen que por el hecho de que la cultural participe en este acuerdo, existe una excepción en su tratamiento dentro de los acuerdos comerciales. Sin embargo, esto no es así. El hecho de incluir este campo en las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio hace que esta sea clasificada como cualquier otro producto y, por lo tanto, deba acogerse a las reglas neoliberales del comercio mundial sin excepción alguna. Sin embargo, muchos países como los miembros de la Unión Europea no se han comprometido a liberalizar, desrregularizar y privatizar sus mercados culturales más allá de lo que ya lo estaban. Nueva Zelanda por ejemplo, sí ha llevado a la práctica los compromisos adquiridos en la Ronda de Negociación para la preparación de los GATS en 1993. Este hecho ha causado que la mayoría de las empresas culturales, incluso en el sector audiovisual, estén en manos extranjeras, y rara vez se puedan ver u oír artistas neocelandeses en la televisión o radio de su país. Es prácticamente imposible que Nueva Zelanda se retire del GATS y que comience desde cero con un nuevo sistema de regulación de su mercado cultural que pueda favorecer el desarrollo de su diversidad cultural.

Ahora, a través de las negociaciones que se están llevando a cabo en la denominada "Doha Round", se intenta acentuar la liberalización de los mercados aún más, incluso del mercado cultural. Si los países llegaran a algún acuerdo en este sentido, me atrevería a decir que estamos perdidos. El ejemplo de Nueva Zelanda nos debe ayudar a aprender que cualquier tipo de regulación del mercado cultural esta sencillamente fuera de orden, y que estos serán altamente castigados a través de sanciones comerciales.

Puede sonar sorprendente, pero ni siquiera el sistema de subsidios está a salvo de las contradicciones del comercio mundial. De hecho, existen dos amenazas significativas y latentes: en primer lugar, Estados Unidos continúa insistiendo en la importancia de que la cultura se acoja al Tratado Nacional de la Organización mundial del Comercio y su ley sobre la nación más favorecida. Esto significaría que los subsidios y otras iniciativas de este tipo deberían estar abiertos a todos los ciudadanos de los países miembros de la Organización Internacional de Comercio por igual. No es difícil suponer que esto implicaría el fin de todo tipo de subsidios. Obviamente, ninguna Estado o nación puede subsidiar a todo el mundo. La ley de la nación más favorecida prohibiría por ejemplo, acuerdos como el de la coproducción exclusiva entre países. Dichos acuerdos ofrecen la posibilidad a los países de formalizar y apoyar los procesos de circulación de artistas. A su vez, la aplicación de la ley de la nación más favorecida, implicaría que si esta nación fuese coproductora, tendría que ceder los "favores" que recibe a todo el mundo por igual. Esto podría significar que los acuerdos de este tipo podrían resultar importantes en las relaciones culturales entre Europa y América Latina.

La segunda amenaza puede resultar aún peor y perjudicar todavía más el sector cultural. En este caso, Estados Unidos reclama que las medidas de apoyo como los subsidios y los servicios públicos de comunicaciones afectan la limpia competencia, lo cual tiene algo de cierto, pero mucho de falso también. Por supuesto, que al haber medidas de apoyo a través del financiamiento público de los medios de comunicación, los "productos" culturales deberían situarse con precios más bajos dentro del mercado. Pero desde la perspectiva cultural, las medidas de apoyo son absolutamente necesarias, porque de no existir, nunca se podría alcanzar la tan deseada diversidad cultural. Por lo tanto, este tipo de medidas en el plano cultural, no solo afectan la competencia justa sino que también democratizan este tipo de actividades.

En ambos casos, Estados Unidos ejerce una gran presión para que estos temas sean incluidos dentro de la Agenda del Comercio Mundial. El primero paso para conseguirlo sería obligar a los países a justificar su sistema de subsidios, comprometiendo la autonomía que tienen en este respecto.

La convención sobre diversidad cultural

El 14 de octubre de 2003, la UNESCO aprobó por unanimidad la propuesta de redactar dentro de los siguientes dos años la Convención sobre Diversidad Cultural. El objetivo de dicha convención es otorgar a cada nación el derecho de regular su mercado cultural de tal forma que la diversidad cultural no se vea afectada sino que, por el contrario, pueda florecer con más facilidad. Esto implica corregir los errores cometidos en 1995 cuando se incorporó la cultura dentro del paraguas neoliberal de la OMC. El principal resultado de esta iniciativa aprobada por la UNESCO, sería entonces el retiro de la OMC transfiriéndola a este nuevo instrumento legal internacional. En síntesis, lo importante es que dicha convención sea firmada por la mayoría de los países, que sirva como instrumento que repliegue a la OMC respecto al sector cultural y no se quede simplemente en un bonito acuerdo de intenciones.

Si se lograra reducir la presencia de los grandes conglomerados, la presión de los Estados Unidos y los efectos perversos de la OMC, quizá puede haber algún tipo de posibilidad de un intercambio rico y estimulante entre Europa y América Latina.

Referencias bibliográficas

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Joost Smiers es profesor de Ciencia Política de las Artes en el Grupo de Investigación Artes y Economía en el Utrecht School of the Arts de Holanda. Su último libro es Arts Under Pressure. Promoting Cultural Diversity in the Age of Globalization (Londres 2003, Zed Books). Su próxima obra será Artistic Expression. Safeguarding it in a Corporate World (agosto 2004, Zed Books)