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Hugo Camacho






Número 7
- septiembre - diciembre 2004

La cultura en los planes euroamericanos de cooperación

Hugo Camacho (*)


Una revisión crítica de la última década, nos hace considerar algunos aspectos relevantes para contextualizar esta nueva idea de políticas de desarrollo internacional, que enmarca a las políticas de cooperación internacional y, dentro de ellas, las de cooperación cultural.

Desde el año 1990 hasta la fecha, se ha celebrado un circuito importante y numeroso de conferencias mundiales vinculadas y asociadas a distintos tópicos del desarrollo. Conferencias con gran impacto mediático como la de medio ambiente y desarrollo en Río de Janeiro, la de la mujer y desarrollo en Pekín, más recientemente la Conferencia de Desarrollo y Cooperación Internacional en Cancún, etc. En suma, se pueden calcular más de 25 conferencias mundiales, muchas de ellas animadas por las Naciones Unidas, celebradas en estos últimos 13 años.

Por su estrecha relación con nuestro quehacer profesional más específico, quisiera citar los encuentros de Dakar, en el ámbito del desarrollo educativo y de México y Estocolmo en el ámbito de las políticas de desarrollo cultural. De todas estas conferencias se han derivado un conjunto importante de acuerdos y compromisos al más alto nivel político, que expresan un gran número de recomendaciones.

2) En mi opinión dichas recomendaciones son crecientemente soportadas por análisis técnicos más precisos y solventes, que permiten contar con un conjunto de consensos básicos y teóricos que alumbran y, de alguna forma orientan, las políticas de cooperación internacional en términos de desarrollo económico y desarrollo social en sus diversas dimensiones.

No cabe duda que todo esto ha supuesto otorgar un lugar privilegiado en las agendas políticas a los temas de desarrollo, así como expresar y manifestar una preocupación sostenida por los desequilibrios crecientes en el planeta, de tipo económico, social y cultural.

Estos procesos también han permitido brindar una destacada presencia, política, social y mediática, a la cooperación internacional como uno de los instrumentos „Ÿ-más no el único„Ÿ, que puede contribuir a lograr mayores cuotas de desarrollo. Voy a centrarme en uno de ellos, que a pesar de su enorme importancia, suele pasar bastante desapercibido.

En septiembre del año 2000, la Asamblea de Naciones Unidas aprobó la llamada «agenda 2015», también denominada Declaración del Milenio. Esta agenda pone especial énfasis en la erradicación de la pobreza e incorpora en su octavo objetivo la necesidad de avanzar en una asociación global para el desarrollo. Este tema es de crucial importancia para las políticas de cooperación cultural. Los objetivos del milenio, de acuerdo a algunos autores recientes, suponen una reinterpretación del proceso de globalización en términos de agenda social, ocupando a los 189 países signatarios de la Asamblea General de las Naciones Unidas, de la Declaración del Milenio, manteniendo así el consenso básico y teórico que debería orientar otras políticas de cooperación internacional.

Antes de abordar otros temas, también vale la pena recordar algunos de los consensos que se han consolidado en el terreno de las estrategias del cómo hacer. En tal sentido, las agencias de cooperación de toda índole (multilaterales de cooperación financiera, técnica, bilaterales, no gubernamentales) han avanzado con matices y ritmos distintos, en las denominadas estrategias de codesarrollo. Sin duda, las ong que conforman el mundo de la cooperación no gubernamental han tenido un especial liderazgo y presencia activa en la tarea de repensar las estrategias de la cooperación internacional.

De otra manera, los organismos de cooperación multilateral e incluso las en ocasiones vilipendiadas agencias de cooperación multilateral financiera, también han tenido un importante liderazgo y han aportado modificaciones relevantes en la metodología, a la hora de entender cómo abordar las estrategias de cooperación técnica y de carácter financiero.

Las estrategias de codesarrollo se pueden entender de distintas formas, que intentaré resumir en tres dimensiones básicas.

Por un lado, se aprecia la conveniencia de avanzar en estrategias integradas a largo plazo que incorporen claves económicas, políticas, sociales, culturales y ambientales. Con especial atención „Ÿy aquí nos remitimos a los objetivos del milenio„Ÿ a todo aquello que configura la lucha por la erradicación de la pobreza. Por pobreza, entiendo la carencia de ingresos y bienes necesarios para la satisfacción de necesidades básicas y la ausencia de opciones y oportunidades para lograr un nivel de vida digno. Esta última acepción es la definición más afín a las políticas de desarrollo social y a las políticas de cooperación cultural. Este punto representa, a mi entender, una gran oportunidad para indagar, abundar y apostar por él desde el ámbito que nos ocupa.

La segunda dimensión de las estrategias de codesarrollo, insiste reiteradamente en la necesidad de orientar el trabajo de la cooperación internacional hacia aquellos ámbitos que promueven impactos positivos sobre las personas y sus necesidades, o bien, en aquello que el ex funcionario del Banco Mundial y bien conocido especialista del mundo de la cooperación Internacional Michael Fernea resumía en el postulado: first the people (primero la gente).

La tercera y última dimensión afecta a la deseable apropiación, por parte de los agentes implicados, de los objetivos y estrategias de las políticas de cooperación. Se trata, por lo tanto, de hacer valer lo que los objetivos del milenio señalan en términos de participación ciudadana, muy asociados a lo que, en el ámbito Iberoamericano, hemos vinculado al concepto de «cooperación horizontal». Sin embargo, tras este telón de fondo, existe cierto pesimismo estructural derivado de algunos interrogantes cuyas respuestas no son sencillas y en mi opinión, cuentan con un alto calado político.

En primer lugar podríamos hablar de una creciente esquizofrenia del discurso. A la precisión de los diagnósticos más solventes y técnicamente más desarrollados, con metas e indicadores bien estudiados que apuntan a criterios de viabilidad en sus propuestas, corresponden prácticas frecuentemente desligadas de los compromisos declarados. De manera reciente, algunos autores han llamado la atención sobre el retorno del concepto de «seguridad nacional» como justificación de la ayuda externa. En la práctica, esto supondría un riesgo de subordinación de la cooperación internacional a dimensiones distintas a las acordadas por la agenda del milenio: bienestar económico, desarrollo social, sostenibilidad medioambiental y asociación global para el desarrollo. Sobre todo si tenemos en cuenta que situar la prioridad en el desarrollo económico y social, en lucha contra la pobreza y otras dimensiones que afectan la cooperación educativa y la cooperación de carácter cultural, no sólo deriva en postulados éticos sino también en su potencial contribución a la cohesión social.

Lo anterior implica tener en cuenta el coste de oportunidad que este previsible cambio de enfoque, rabiosamente actual, plantea en términos de revisión de políticas, en los mencionados consensos teóricos y en la asignación de recursos. No en vano, los recursos, muchas veces, marcan las prácticas reales de las políticas.

Asistimos de igual modo a una creciente marginalidad, en las relaciones internacionales, de las políticas de cooperación para el desarrollo frente a la preeminencia de los flujos comerciales e intercambios económicos. Pese a no ser un fenómeno nuevo, progresivamente se hace más evidente.

A este hecho se suma la crisis de identidad que padecen algunos organismos multilaterales, a causa del fuerte cuestionamiento sobre sus capacidades reales de liderar o acompañar procesos de desarrollo integrales a través de políticas coherentes. Esto supone un fuerte llamado de atención respecto al reiterado consenso social necesario para construir una propuesta política de desarrollo universal.

El gran interrogante, por ende, tiene que ver con la forma de manejar e insertarse adecuadamente en la paradoja para influir sobre ella. ¿Cómo defender y apropiarse de los consensos teóricos establecidos para traducirlos en propuestas transformadoras? La cooperación iberoamericana y la euroamericana no son ajenas a esta situación. Por el contrario, reproducen en su escala las bondades y perversiones de este telón de fondo.

El espacio iberoamericano, no obstante, por su propia naturaleza configura escenarios propicios para desarrollar dinámicas de cooperación horizontal, en términos de codesarrollo y coresponsabilidad. Por esta razón, es urgente recuperar la dimensión política de la cooperación internacional, frecuentemente anclada en disquisiciones técnicas que, más allá de la calidad de sus procedimientos sin duda muy mejorados en los últimos años, supone respuestas insuficientes a los retos que se enfrentan.

La superación del eje donante-receptor constituye una premisa imprescindible para reafirmar esa dimensión política. La cooperación iberoamericana se muestra así misma como un espacio natural, dúctil, fácilmente utilizable para ensayar esta dinámica de cooperación horizontal. La realización de este campus y sus derivaciones con un formato de propuestas concretas, es un ejercicio noble e interesante para avanzar en términos de cooperación horizontal o codesarrollo.

La propia tradición histórica de la cooperación iberoamericana la habilita como escenario adecuado para la defensa de las políticas públicas, entendidas como un juego de corresponsabilidades entre las instancias gubernamentales y la sociedad civil. Dependiendo de la coyuntura política, esta defensa podría adoptar un papel propositivo y proactivo o de resistencia.

Hacer de la necesidad virtud, implica acordar alianzas estables que apunten a repensar el papel de la cooperación iberoamericana y de la cooperación euroamericana en sus distintas dimensiones. Asimismo, supone desarrollar mecanismos de control social sobre el reiterado cumplimiento de acuerdos y compromisos internacionales; finalmente exige movilizar al conjunto de actores implicados. La conferencia iberoamericana de ministros de Educación, realizada en Bolivia hace un par de meses, propuso la puesta en marcha de un movimiento a favor de la educación iberoamericana con dos ejes claros: la renovación de ideas y la movilización de actores. Creemos que se trata de un esfuerzo novedoso con la orientación adecuada.

Esto llevaría a desarrollar una amplia iniciativa de naturaleza política que sitúe al tema educativo, cultural y científico-tecnológico en el corazón de los estilos de desarrollo, en la centralidad de las políticas públicas y en un lugar privilegiado de la agenda política de las sociedades y los gobiernos.

Quizás, algo similar se podría plantear en el ámbito de la cooperación cultural iberoamericana. El diseño y la progresiva puesta en marcha de la agenda de cooperación iberoamericana puede ser una buena iniciativa en este sentido, dado que supone un ejercicio de cooperación estable concebido desde la transferencia horizontal de recursos y experiencia.


Notas

Hugo Camacho(*)

Licenciado en Ciencias Política y Sociología. Postgrado en Políticas Públicas y Desarrollo Social, CEPAL. Postgrado en Cooperación Internacional y Desarrollo, Universidad Complutense de Madrid. En la actualidad se desempeña como Director General de Programación de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI).