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Manuel Montobbio


Número 7
- septiembre - diciembre 2004

La cultura y los nuevos espacios multilaterales

Manuel Montobbio (*)


A la hora de aproximarnos al análisis de la cultura y de los nuevos espacios multilaterales procede señalar, en primer lugar, que vivimos en una sociedad internacional que se ha calificado como «aldea global». Según la teoría de las relaciones internacionales, esta idea se compone de tres grandes elementos: su estructura, sus dinámicas „Ÿde cooperación, negociación o de confrontación -y sus actores. Los actores de alguna manera pueden actuar de forma individual, bilateral o de manera multilateral. Este es el primer concepto que presupone la multilateralidad. Por un lado, implica el acuerdo de un funcionamiento del sistema de internacional caracterizado por una dinámica de cooperación y no de confrontación; y por otro, reconoce la regulación.

De alguna manera, el sistema internacional ha sido comparado con el estado de naturaleza: no hay un Estado mundial que regule el funcionamiento de las relaciones internacionales; el multilateralismo es el parlamento de esta sociedad internacional, lo que implica la representación y la voluntad de que exista una norma que se base en el consenso y en el equilibrio de poderes. Por ende, se opta por la negociación y no por la imposición.

En ese sentido el multilateralismo tiene, en sí mismo, un valor simbólico. Manifiesta la voluntad general de que exista la sociedad y la comunidad internacional. Pero también tiene un valor operativo, para estructurar el funcionamiento de la agenda internacional.

Según el derecho internacional público, hay un concepto clásico de organización internacional que postula a los estados como actores internacionales. Como consecuencia, y en primera instancia, las organizaciones internacionales son creadas, de manera evidente, por los estados.

Sin embargo, este concepto se encuentra en plena evolución. Además de hacer referencia a las organizaciones multilaterales única y exclusivamente en el sentido estatal, hoy es lícito expandir el término hacia otras fórmulas, como los foros.

Un espacio multilateral es aquel en el que se presentan relaciones entre sociedades. Considero que existen tres grandes tipos de relaciones que condicionan dichos espacios: las relaciones entre estados; los vínculos entre sociedades y, por último, entre estados y sociedades. Por ejemplo, en Iberoamérica se puede hablar de las Cumbres Iberoamericanas o de la Comunidad Iberoamericana de Naciones como algo basado en los estados, pero también como un espacio compuesto por todas aquellas relaciones de sociedad a sociedad.

La creación de estos espacios puede llevarse a cabo en dos sentidos.

  • De arriba hacia abajo: cuando desde los estados, por alguna razón „Ÿcomo de identidad cultural„Ÿ se impulsa la creación de un organismo internacional con la intención de que los vínculos establecidos se trasladen a un nivel de «sociedad a sociedad» que, a su vez, cree nuevos espacios.
  • De abajo hacia arriba: ocurre cuando las relaciones de «sociedad a sociedad», debido a la presión que ejercen, se tornan multilaterales y forjan la creación de un organismo internacional.

Estos procesos pueden tener diversas interrelaciones y una retroalimentación positiva o negativa. Es positiva cuando el fortalecimiento es recíproco y se crea un círculo virtuoso; es negativa cuando la ausencia o incapacidad para poder bajar los vínculos al nivel de la sociedad provoca que esa relación internacional pierda peso, o al revés, que la insuficiente relación entre sociedades no pueda traducirse en una relación multilateral formal.

La relevancia de la cultura, a efectos del tema tratado, radica en reflejar una identidad, las ideas y una determinada una visión del mundo de una sociedad, Estado, nación o grupo social. Por lo tanto, si las relaciones internacionales pautan el funcionamiento del escenario mundial, la visión del mundo proyectada por la cultura estructura la acción y el proceder real del sistema internacional.

En este sentido, todo el orden internacional se basa en una expansión universal de las ideas de la Ilustración y su expresión práctica en los sistemas políticos a partir de la Revolución Francesa. La idea de contrato social, basada en una serie de derechos que hay que preservar, se intenta trasladar al sistema internacional a través del poder blando (soft power) y del poder duro (hard power). El poder duro del colonialismo y la expansión del mundo occidental en el siglo xix, y el poder blando del idealismo wilsoniano, que toma cuerpo legal primero la Sociedad de Naciones y luego en el sistema de Naciones Unidas.

Sin embargo, otras sociedades no han tenido esa misma visión de universalidad que tienen los occidentales y muchas naciones tampoco han conseguido el desarrollo a partir de las etapas automáticas que predecía Rostow. A pesar de la estructuración formal y teórica del sistema internacional, que ha funcionado con determinados parámetros durante la Guerra Fría, considero que se han producido una serie de crisis a partir de la caída del muro de Berlín que inciden en el cuestionamiento de la pretendida universalidad.

Básicamente, los factores de crisis son tres: en primer lugar, la caída del eje Este-Oeste como factor estructurador de las relaciones internacionales. Dicha caída es importante porque en el fondo tanto la utopía del Este como la del Oeste son utopías puramente occidentales; sueños de la razón que se quieren imponer unos a otros en la dinámica de Guerra Fría. En segundo lugar, la propia crisis de la racionalidad en el pensamiento occidental. Recordemos que desde hace algunos años se hablaba de post-modernidad, pensamiento débil, etc. En tercer lugar, la realidad emergente de Asia-Pacífico en el escenario internacional, a partir del éxito económico y del desarrollo de sus las sociedades. Esta región, pese a haber incorporado la tecnología occidental no ha adoptado su cultura, valores y principios, sino que han realizado una simbiosis propia.

A partir de ese momento comienzan nuevos intentos por estructurar el orden internacional. En el campo teórico, podemos referirnos, por un lado, a Huntington y Fukuyama y, por otro, a lo ocurrido en el entresiglos a partir de tres grandes tendencias estructuradoras del orden internacional: la globalización en general y la económica en particular; la agenda utópica de la viabilidad global del planeta, que se refleja en las grandes Cumbres de Naciones Unidas y la Cumbre del Milenio; y la eclosión del factor identitario como eje estructurador de las relaciones internacionales.

Buena parte de los conflictos y los intentos de explicación sobre el funcionamiento del mundo intentan basarse en identificaciones civiles, religiosas y culturales. Así, nos encontramos ante un sistema y sociedad internacional profundamente transformadas respecto al qué y al quiénes. Lo dicho es fruto también, y de manera muy importante, del advenimiento de la sociedad de la información. De alguna manera, el 11 de septiembre viene a constituir simbólicamente el fin del período de entresiglos y el inicio de una nueva era que no sabemos en qué y dónde va a terminar.

En todo caso, vale la pena resaltar que el terrorismo se identifica como una nueva vía de acción internacional donde pierden protagonismo los estados. Aquella teoría sobre una sociedad internacional y un multilateralismo donde solo están reflejados los estados queda completamente obsoleta en el mundo real. En la sociedad de la información cualquiera puede ser un actor de cualquier tipo.

En este contexto, el multilateralismo se convierte en un factor de legitimidad y en una vía de respuesta para entender el funcionamiento del sistema internacional. De igual forma, la cultura se vuelve el eje central para comprender el funcionamiento de las relaciones internacionales. Aquellos monstruos fríos denominados estados, que tienden a generalizar, deben acercarse a las sociedades concretas, a las concepciones, y a las visiones del mundo que hay en cada una de ellas.

Todos los elementos culturales se reflejan en los nuevos espacios multilaterales. En primer lugar, forman parte de la agenda global y reemplazan a otros temas como el nuevo orden económico internacional o la discusión sobre las armas de destrucción masiva. Hoy día, asistimos a una irrupción de lo cultural en las relaciones internacionales. La cultura, en gran parte de las ocasiones, guía los discursos de este campo a la par que cobra, progresivamente, un mayor protagonismo como eje de análisis. La creciente demanda de profesionales y experto en temas culturales, dan prueba de ello.

A veces, la cultura también forma parte de debates esencialistas como el que tiene lugar en la Unión Europea respecto a la adhesión de Turquía. En ocasiones, la concepción de lo cultural se construye no en base a algo identitario, sino relacionado con la idea de ciudadanía. Ese es, en el fondo, el gran proyecto europeo. En este sentido, si la Unión Europea se plantea como una comunidad de derecho, no debería existir ningún impedimento para la incorporación de Turquía.

En segundo lugar, como consecuencia de la globalización, hay nuevos actores reflejados en los nuevos espacios multilaterales. Asistimos a iniciativas interesantes respecto a la construcción de los recientes espacios de relaciones internacionales «desde abajo» como, por ejemplo, el foro de Davos y Portoaelgre. Ante esto, la relación de estos nuevos espacios multilaterales con la cultura puede darse de dos maneras: introduciendo las cuestiones culturales en la agenda de foros o espacios ya existentes, de una manera cualitativamente distinta de utilizada hasta ahora; o bien, como consecuencia de las acciones de ciertas identidades culturales. Esto es, a través de la creación de organizaciones internacionales o nuevos espacios multilaterales, con un motor en la identificación cultural. Para ilustrar esto vale la pena considerar tres casos concretos.

El Proceso de Barcelona creado por la conferencia Euromediterránea entre la Unión Europea y los países de la ribera sur del Mediterráneo

Este proceso en sí mismo supone una ruptura: desde el imperio romano, y por primera vez en la historia, en el año 95 se sientan alrededor de una mesa todos los países de la ribera del Mediterráneo para hablar de la relación entre ellos. El diálogo se basó en tres grandes puntos: las relaciones políticas, de paz y estabilidad en el Mediterráneo; el desarrollo y las relaciones económicas de prosperidad compartida; y el crecimiento social y cultural. Este acontecimiento tuvo en sí mismo un valor significativo por el hecho de apostar por una dinámica de cooperación en una costa que tradicionalmente ha sido un mar de conflictos. Fue el único foro multilateral, con esta modalidad, en el que coincidieron y participaron israelíes y palestinos. Esa relación se fortaleció, durante los primeros años, a través de una serie de programas en el ámbito político y en el económico. Sin embargo, el 11 de septiembre llevó a una irrupción del aspecto cultural en el proceso de Barcelona.

En 2002, durante la presidencia española de la UE, se aprobó en la Comunidad Valenciana el Plan de Acción de Valencia, como carta de navegación para llevar a la práctica los objetivos de la Declaración de Barcelona del año 95 con varias iniciativas importantes, como por ejemplo la creación de un embrión de Banco Euromediterráneo de Desarrollo y de una Asamblea Parlamentaria Euromediterránea. A partir de ese momento, se produjo un punto de inflexión: el tema cultural cobró protagonismo en la agenda, marcando un antes y un después. En Valencia se aprobó un Plan de Acción para el Diálogo de Culturas y Civilizaciones en el Mediterráneo y en la reunión ministerial de Creta, durante mayo de 2003, se aprobó una Declaración sobre el Diálogo de Culturas y Civilizaciones, suscrita por todos los países de la ribera del Mediterráneo. Este documento es el único sobre este tema que han firmado, de manera conjunta, Europa y los países del sur de Israel.

Existe una conciencia clara de que los programas tradicionales de la Comisión Europea, diseñados por lo general de Norte a Sur y gestionados por funcionarios comunitarios, no ofrecen necesariamente todas las respuestas para crear el espacio euromediterraneo de «sociedad a sociedad». En dichos programas oficiales los mecanismos de cooperación oficial no siempre funcionan adecuadamente, debido a las características de los regímenes políticos de muchas sociedades del sur.

Por este motivo, en la actualidad se está creando una fundación inspirada en la Fundación ASEF (Fundación Asia-Europa), que intentará impulsar las relaciones de «sociedad a sociedad» entre la Unión Europea y la cultura de Extremo Oriente. Esta futura institución, originada desde lo público, reconocerá la necesidad de relación con el ámbito privado. Por ello se le otorgará una gran autonomía; no dependerá de la administración de la Comisión Europea y participarán profesionales tanto del Norte como del Sur.

Este ejercicio de incluir en el mismo equipo a personas de diferentes países y culturas (se contará por ejemplo, con un sueco, un español, un egipcio y un israelí), para trabajar en la promoción del diálogo de las culturas y civilizaciones, otorgará a la fundación una legitimidad cualitativamente distinta, a la que poseería si su gestión estuviera a cargo de la comisión europea o se tratara de cualquier fundación nacional de los países del Norte o del Sur.

Cumbres Iberoamericanas, la Comunidad Iberoamericana de Naciones, y el espacio iberoamericano

El segundo caso es original de la diplomacia contemporánea, como son las Cumbres Iberoamericanas, la Comunidad Iberoamericana de Naciones, y el espacio iberoamericano. Es original porque, para bien o para mal „Ÿo quizás porque hace de la necesidad virtud„Ÿ no es un proyecto neocolonial; aunque esto no se deba a ningún mérito, sino a que España no tiene capacidad neocolonial.

A partir de un pacto hispano-mexicano en el año 91, se ha puesto en marcha la dinámica de las Cumbres. Lo cierto, es que a pesar de sus defectos, simboliza una comunidad. Hoy por hoy, para cualquier funcionario es tan sencillo como habitual pensar en términos iberoamericanos; términos que han aterrizado en la realidad a través de una serie de programas de cooperación impulsados «desde arriba», con la marcada intención de seducir, impregnar y crear complicidades abajo. Dichos términos, emanados de las Cumbres Iberoamericanas e institucionalizados en una Secretaría de Cooperación Iberoamericana, implican, de hecho, una organización internacional. Lo comprometido en la última Cumbre, lo confirma: un mecanismo informal con formato de foro acabó por alumbrar una secretaría que ya no es solo de cooperación sino también política. Para que este proceso se fuera estructurando, las acciones estuvieron encaminadas a «bajar hacia abajo», a través de la creación de la televisión educativa iberoamericana, el Fondo Indígena, los Programas de Alfabetización y Educación Básica de Adultos en América Latina y las becas Mutis, entre muchos otros programas, dotados de una consistencia que está permitiendo reanudar el camino «hacia arriba».

El Fórum Universal de las Culturas, Barcelona 2004

En esta ocasión, el debate giró sobre si el Fórum debía ser un encuentro entre Davos y Porto Alegre. Y si bien esto fue una posibilidad, es necesario destacar que hubo una diferencia radical entre el Fórum Universal de las Culturas y Davos y Porto Alegre: estos últimos no fueron financiados por los ciudadanos como el encuentro de Barcelona; lo que se tradujo en una decisión de madurez democrática del Estado español. Y cuando digo Estado, no solo me refiero al gobierno central, sino también al Ayuntamiento de Barcelona y a la Generalitat de Cataluña.

El Fórum respondió a la intuición de que, de la misma manera en que la globalización -fruto de la revolución industrial- tuvo como respuesta la creación de un modelo de gran evento de masas como las exposiciones universales; la sociedad de la información requeriría de otro tipo de «gran evento de masas» que le hiciera eco. Lo único insustituible a pesar del tiempo y los cambios sociales, era la necesidad del encuentro entre culturas. La necesidad y la experiencia de encontrarse cara a cara con el otro.

El Fórum se organizó desde el Estado, pero se hizo pensando en las culturas. Esto refleja –más allá de sus virtudes y defectos- una conciencia «desde arriba» de la emergencia de los procesos «desde abajo». Es decir, el hecho que desde los poderes públicos se organicen eventos como los de Porto Alegre, Davos y de otros tantos sitios; nos brinda la posibilidad de reflexionar sobre los vínculos entre el Estado, las relaciones entre culturas y los nuevos espacios multilaterales.

A modo de conclusión, puede decirse que frente a la emergencia y la consolidación de lo cultural y lo identitario como factores y ejes estructuradores de las relaciones internacionales, el multilateralismo se configura como escenario y factor decisivo para su canalización por la dinámica de la cooperación; al tiempo que dicha emergencia y otras transformaciones del sistema internacional hacen posible y requieren la emergencia de nuevos espacios multilaterales.


Manuel Montobbio de Balanzó(*)

Licenciado en Derecho y en Ciencias Económicas por la Universidad de Barcelona (España). Posgraduado en Altos Estudios Europeos por el Colegio de Europa (Brujas, Bélgica). Doctor en Ciencias Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (uab). Diplomático de carrera desde 1987. Ha sido embajador en misión especial para el Fórum Barcelona 2004. Director del Gabinete del Secretario de Estado de Asuntos Exteriores y de la Oficina de Planificación y Evaluación de la Secretaría de Estado de Cooperación y ha estado destinado en las embajadas de España en San Salvador, Yakarta, México y Guatemala.

Es autor de La metamorfosis del Pulgarcito. Transición política y proceso de paz en El Salvador (Barcelona, Icaria Antrazyt, 1999) y de varios libros colectivos y trabajos sobre procesos de paz, relaciones internacionales y política comparada. Ha impartido cursos de doctorado y de postgrado en diversas universidades. Actualmente es embajador en misión especial, responsable del Plan de Acción para la Promoción de la Presencia de Españoles en Organizaciones Internacionales