Número 1 / Septiembre - Diciembre 2001

Reseñas - Libros


Lenguaje y vida. Metáforas de la biología en el siglo XX. Evelyn Fox Keller

Reseña elaborada por Juan Carlos González Galbarte
Grupo Argo, Asturias, España


Fox Keller, Evelyn: Lenguaje y vida. Metáforas de la biología en el siglo XX, Ediciones Manantial, Buenos Aires, 2000, 134 páginas. Traducción de Horacio Pons.

[Edición original: Refiguring Life. Metaphors of Twentieth-Century Biology, Columbia University Press, New York, 1995.]

Evelyn Fox Keller es una de las autoras más conocidas dentro del movimiento CTS por sus estudios sobre género y ciencia . (1)Algunas de sus contribuciones en este terreno han sido ya publicadas en nuestra lengua. Sin embargo, el texto que vamos a comentar desarrolla otros asuntos que no se encuadran en los estudios de género y ciencia en un sentido estricto, aunque provengan de allí.

Como Fox Keller señala en el prefacio, se trata de “estudios fronterizos”, que no pueden enmarcarse dentro de una sola disciplina sino que precisamente tratan de romper los encasillamientos territoriales que la tradición académica ha ido construyendo. Para empezar, la primera frontera traspasada es la de la tópica distinción entre ciencias y letras, dado que las conferencias -expuestas en 1993- que dieron lugar a estos artículos fueron un encargo del Critical Theory Institute. Es decir, se iba a hablar de ciencia en uno de los templos de las letras. Además cada uno de los artículos atraviesa un límite disciplinar. El primero, la frontera entre la genética y la embriología, el segundo entre la física y la biología y en el último la que existe entre ciberciencia y biología molecular.

El libro es una exploración del papel de las metáforas en la ciencia. Esta es una de las aportaciones más importantes de este trabajo que comentamos, dado que en la visión tradicional de la ciencia (que también se conoce como concepción heredada) las metáforas siempre han sido consideradas como algo secundario. Tradicionalmente las metáforas han sido consideradas sólo como instrumentos pedagógicos para la transmisión del conocimiento o como elementos con un valor heurístico para la elaboración de nuevas hipótesis o teorías. De cualquier manera, la visión positivista siempre ha considerado que las metáforas son prescindibles en la ciencia y, naturalmente, ni tienen referencia ni valor de verdad. Con la puesta en cuestión de la visión tradicional de la ciencia (ya desde Kuhn) también se ha ido poniendo en tela de juicio el papel de las metáforas en ella. Los trabajos recogidos en este libro abundan en esta línea de manera clarificadora.

Siguiendo la distinción de actos de habla de Austin, la autora considera que todo el lenguaje es performativo, los actos de habla performativos son fundamentalmente sociales. A diferencia del lenguaje descriptivo, el performativo no está sujeto a las pruebas de verdad o de falsedad, sino a otros criterios como puede ser el de eficacia. Las metáforas son un ejemplo de este lenguaje performativo. No obstante, no todas las metáforas son igualmente válidas, útiles o cautivadoras. Tampoco cabe pensar que las metáforas por sí mismas puedan construir la realidad. La eficacia de las metáforas depende no sólo de los recursos sociales disponibles, sino también “de los recursos técnicos y naturales a que se puede tener acceso”.

Existe una relación entre el cambio de metáforas en las explicaciones científicas, el surgimiento de nuevas orientaciones en la investigación y la transformación social consecuente. Los problemas empiezan cuando hay que determinar la naturaleza de esa relación y si es o no la única explicación posible de los cambios citados.

El primer capítulo del libro (Lenguaje y ciencia: la genética, la embriología y el discurso de la acción de los genes) es un desarrollo de una conferencia que ya era conocida por el público hispano hablante, puesto que había sido recogida en la revista Quark (nº 4, Julio-Septiembre, 1996). En él Keller se ocupa del desarrollo de la metáfora de la acción de los genes como agentes operantes que son capaces incluso de llevar a cabo la construcción de un organismo. Esta metáfora fue extendida por las primeras generaciones de genetistas norteamericanos, que consiguieron con ello promocionar una disciplina que comenzaba a surgir por entonces, la genética. La metáfora fue muy productiva en el terreno de la biología, pero también tuvo sus costes, que afectaron sobre todo a la embriología, disciplina más consolidada que la antes citada. Dicha metáfora eclipsó el papel que en el desarrollo podía jugar el citoplasma.

El segundo capítulo Moléculas, mensajes y memoria: la vida y la segunda ley, explora la concepción de la vida y del papel de los genes en la misma que Schroedinger expone en ¿Qué es la vida? y que la autora encuentra relacionada con el “Demonio de Maxwell”. Según Fox Keller, Schroedinger coloca una versión del Demonio de Maxwell en la estructura molecular del gen, otorgando a éste casi el poder y la permanencia del pensamiento, dado que los genes deben contener no sólo el plan para ejecutar el desarrollo del organismo, sino también los medios para poner en marcha ese plan.

En el último capítulo, El cuerpo de una nueva máquina: situaciones del organismo entre los telégrafos y las computadoras, se vuelve a lo expuesto en el primer capítulo. Tras décadas de predominio del discurso de la acción de los genes se ha vuelto a la complejidad y la acción y el poder del cuerpo organísmico. Pero ese cuerpo se ha transformado radicalmente por la influencia de las máquinas, de las computadoras. No se trata sólo de que las computadoras hayan propiciado diferentes formas de hablar del cuerpo, de que hayan proporcionado nuevas metáforas, sino que nos permiten nuevos modos de interactuar con ese cuerpo. Así, el sujeto material de la embriología se presenta como un espectáculo multimediático, visualmente accesible en un grado impensable años atrás. El cuerpo de la biología evolutiva moderna ya es un nuevo tipo de cuerpo, “el cuerpo de una nueva máquina”.

Comentaremos algo más en detalle los contenidos del primer artículo. Desde el siglo XIX el problema que se planteaba en la biología que estudiaba la herencia era cómo podía una única célula germinal reproducir la totalidad del cuerpo con todos sus detalles. Como respuesta a esta cuestión van a aparecer dos disciplinas separadas con inquietudes diferentes. Una iba a ser la genética, que surge tras apropiarse de la “herencia” como objeto de estudio, después de identificarla con transmisión; otra era la embriología que, a diferencia de la anterior, era una disciplina más consolidada, y que se iba a ocupar del desarrollo, segregado del concepto de herencia.

A comienzos del siglo XX, cuando el concepto de gen era todavía una noción abstracta, la escuela de genetistas de Morgan suponía que estas partículas hipotéticas debían de encontrarse de algún modo en la raíz del desarrollo. Ya en 1926 H. J. Muller, un discípulo de Morgan, tituló su trabajo sobre genética El gen como el fundamento de la vida, y según se dice se negó a cambiar este título por el de El gen como un fundamento de la vida. Dado que hoy nos resulta tan familiar atribuir esa capacidad de acción a los genes, además de las de autonomía y primacía causal, resulta difícil ver lo novedoso que en su momento resultó esta caracterización y tampoco percibimos por qué esa metáfora llegó a adquirir la familiaridad de que hablamos y su aspecto de verdad.

Esta primera generación de genetistas norteamericanos desarrolló sus técnicas y prácticas oponiéndose a la embriología y forjó a la vez una manera de hablar de los genes: de su papel y su significado en la reproducción, el crecimiento y el desarrollo. El concepto de gen que aquí aparece es en parte el átomo del físico y en parte el alma platónica, al mismo tiempo un elemento constructivo fundamental y una fuerza animadora. Sólo la acción de los genes puede dar inicio a la compleja serie de procesos que incluye un organismo viviente. Lo curioso del asunto es que en el momento en que aparece esta concepción de los genes no se sabía qué hacían los genes. Ni Muller ni Morgan podían decirlo. Fox Keller apunta que quizás la metáfora de la acción de los genes tuvo tanto éxito precisamente por ese desconocimiento. Pero el hecho es que al introducir ese modo peculiar de hablar de los genes, los primeros genetistas norteamericanos proporcionaron un marco conceptual que fue decisivo para el futuro de la investigación biológica. El “discurso de la acción de los genes” les permitió seguir adelante con su trabajo sin preocuparse por su falta de información sobre la naturaleza de esa acción e incluso ocultó la necesidad de contar con ella. Este discurso y el léxico asociado a él, dio forma a las cuestiones que podían ser planteadas o no de manera significativa, definió a qué organismos se iba a estudiar, qué experimentos tenía sentido hacer o no y qué explicaciones eran o no aceptables.

Ante esto los embriólogos en fechas tan tempranas como 1924 se mostraron preocupados. Algunos de ellos apuntaron lo unilateral de este enfoque. Entre los mismos genetistas el propio Morgan fue consciente en alguno de sus escritos de las limitaciones, aunque sus advertencias no las tomó en cuenta ni él mismo. Los problemas que quedaban sin resolver, que se ignoraron eran, sin embargo, de gran calado: ¿Cómo hace una célula germinal para desarrollarse hasta convertirse en un organismo multicelular? Si el contenido genético de todas las células de un organismo es el mismo ¿cómo es posible comprender el surgimiento de las notorias diferencias entre todas las células que constituyen un organismo complejo? Los embriólogos consideraban que la noción de que el gen era el único lugar de la acción era incompatible con el problema de la diferenciación celular.

Pero los genetistas no estaban dispuestos a claudicar. Uno de ellos, Sturtevant, en un congreso celebrado en 1932 tuvo la habilidad de cambiar la pregunta:

“Uno de los problemas centrales de la biología es el de la diferenciación: ¿cómo se desarrolla un huevo hasta convertirse en un organismo unicelular complejo? Ése es el gran problema tradicional de la embriología; pero también aparece en genética con la forma de esta pregunta: ‘¿Cómo producen los genes sus efectos?”

Su respuesta basada en el estudio de la Drosophila fue que un gen “produce su efecto” a través de una “cadena de reacciones”.

Sin embargo la figura más destacada de la genética fisiológica alemana, Richard Goldschmidt, había explicado esto insistiendo en los sistemas de reacciones coordinadas. Para él la acción de los genes significaba que estos eran a la vez catalizadores y catalizados, actores y “sustancias reactivas”.

Pero para los genetistas norteamericanos la explicación de Sturtevant resultó mucho más atrayente que la de Goldschmidt.

Hacia 1940 se propuso una explicación de la producción de efectos por los genes en la forma que llegó a conocerse como la hipótesis “un gen una enzima”. Por fin la misteriosa noción de acción de los genes parecía tener un contenido real.

Y en 1953 Watson y Crick identificaron el ADN como el material genético. Además de este trabajo por el que obtuvieron un merecido crédito, ambos tuvieron una contribución más importante si cabe: introdujeron la metáfora de la información en el repertorio del discurso biológico. El ADN transporta la “información genética” (o programa) y los genes “producen sus efectos” al dar las “instrucciones” para la síntesis proteínica.

Sin embargo ya desde 1952 los genetistas reconocían que la definición técnica de información (procedente de Shanon, entre otros) sencillamente no podía servir para la información biológica. Aunque la noción de información genética invocada por Watson y Crick no era literal sino metafórica, como lo era también la asociación entre información, programa e instrucción, el concepto de acción de los genes se fortaleció enormemente. Hasta concluir en el Proyecto Genoma Humano. Si todo desarrollo es consecuencia del despliegue de instrucciones preexistentes codificadas en las secuencias nucleótidas del ADN, estaba claro que la meta de la biología tenía que ser la identificación de esas secuencias.

La metáfora de la acción de los genes adquirió influencia por su potencia para influir sobre los diferentes actores humanos: científicos, administradores y organismos proveedores de fondos. Y esa metáfora funcionó bien a la vista de los éxitos de la biología en el siglo XX.

Paradójicamente, los progresos técnicos a que dio lugar han llevado a que hoy se cuestione de manera radical la doctrina del gen como agente único e incluso primario del desarrollo (Lewontin).

Aunque esto era algo que se sabía, lo cierto es que el discurso de la acción de los genes condujo a la ocultación del papel de la estructura citoplasmática en el desarrollo de los organismos. Con la aparición de las metáforas de la información y los programas el papel del citoplasma en el desarrollo se erosionó aún más.

Sin embargo las investigaciones actuales apuntan hacia la consideración del citoplasma como lugar de control del desarrollo con tantas probabilidades como el genoma.

LLegados a este punto la autora se plantea algunos interrogantes: ¿Por qué el discurso de la acción de los genes fue predominante durante tanto tiempo? ¿por qué hoy está perdiendo preponderancia? Hay algunos factores, más allá de las respuestas simplistas (como por ejemplo: la embriología era “mala” ciencia, la “acción de los genes”, buena), que permiten responder a estas cuestiones.

De entrada, en la disputa entre el núcleo (el lugar de los genes) y el citoplasma como factores intervinientes en el desarrollo, el núcleo fue el dominio en el que la genética estadounidense apostó fuerte y obtuvo importantes éxitos; mientras que el citoplasma se asoció a los intereses y hazañas europeos, especialmente alemanes. Estas tensiones, que se atenuaron hacia comienzos de los años treinta, volvieron a resugir con el ascenso de Hitler al poder. La Segunda Guerra Mundial no sólo trajo la derrota militar de Alemania, sino que también arrasó la biología alemana que posteriormente hubo que reconstruir prácticamente desde la nada.

Otra de las referencias metafóricas al núcleo y al citoplasma, la más notoria de todas según Fox Keller, debe encontrarse en la reproducción sexual. En el discurso convencional el citoplasma se considera como un sinónimo del “huevo”, es decir, la parte femenina; y el núcleo se tomó a menudo como un doble del espermatozoide. En muchos debates sobre la importancia relativa del núcleo y el citoplasma en la herencia se reflejan discusiones más antiguas sobre la importancia (o actividad) relativa de los aportes materno y paterno en la reproducción, en las que tradicionalmente se atribuía un papel activo, de fuerza motriz a la parte masculina, mientras se relegaba a la femenina al papel de medio ambiente pasivo y facilitador. “En términos platónicos, el huevo representaba el cuerpo y el núcleo el alma activadora” (p. 53)

Recientemente esa metáfora de la acción de los genes ha perdido su lugar de privilegio y ello también por una serie de factores sociales. Según la autora “en estas asociaciones radican con seguridad parte de los antecedentes tanto de la fuerza del supuesto de la acción de los genes, como, quizás aún más, de su pérdida gradual del status de verdad evidente por sí misma. Más específicamente, sugiero que dichas asociaciones se refieren muy directamente a la desestimación histórica de los efectos maternos. […] La embriología ya no era un rival, Alemania se había convertido en un amigo y la equidad de género hacía furor. Hubo otros cambios; [...] los más notables fueron tal vez la aparición del discurso de retroalimentación y el de los cuerpos como ciborgs, ambos asociados con los extraordinarios desarrollos en el análisis de sistemas y la ciencia de la computación” (p. 54).

Notas

(1) Keller, Evelyn Fox: Seducida por lo vivo, Editorial Fontalba, Barcelona, 1984.

Id.: Reflexiones sobre género y ciencia, Institució Alfons el Magnànim, Valencia, 1991.


       

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