Número 5 / Enero - Abril 2003


Medir la percepción pública de la ciencia en los países iberoamericanos. Aproximación a problemas conceptuales

Carmelo Polino,(1) María Eugenia Fazio(2) y Leonardo Vaccarezza(3)

Investigadores del Grupo REDES. Centro de Estudios sobre Ciencia, Desarrollo y Educación Superior, Buenos Aires, Argentina


1. Introducción

La ciencia y la tecnología impactan en dimensiones sociales variadas: la economía; la política; la comunidad (en términos de sociedad civil); los dominios institucionales especializados (salud, educación, ley, bienestar y seguridad social, etc.); y la cultura y los valores -industria cultural, creencias, normas y comportamientos- (Holzner et.al; 1987) Ahora bien, de qué manera la sociedad percibe los múltiples impactos; cómo se vincula con el ámbito científico-tecnológico; qué piensa sobre los resultados de la aplicación del conocimiento; cómo asume el riesgo que entraña el desarrollo de ciertas tecnologías; de qué forma dirime las controversias que la investigación científica produce; cómo se apropia del conocimiento generado; cuánta confianza tiene en los científicos y especialistas; cuánta información científica fluye socialmente; qué tipo de conocimiento científico debería ser incorporado; qué actitud se adopta frente al sistema científico local, y otras preguntas por el estilo que podrían seguir formulándose, son interrogantes que, con mayor o menor éxito, la bibliografía en la materia intenta responder desde hace muchos años.

Para los investigadores académicos, las preguntas anteriores están contempladas en un campo de estudios que ha ido cobrando forma bajo el nombre de percepción pública de la ciencia y, acaso indistintamente, cultura científica, aunque en esta asociación terminológica perdura una distorsión que entorpece algunos análisis sobre los fenómenos involucrados y sobre la cual prácticamente ningún especialista ha podido transitar sin toparse con dificultades. El concepto de percepción pública remite al proceso de comunicación social y al impacto de éste sobre la formación de conocimientos, actitudes y expectativas de los miembros de la sociedad sobre ciencia y tecnología. El concepto de “cultura científica” tiene una raíz y composición más compleja, atribuible como un aspecto más estructural de la sociedad, si bien alguna literatura de las últimas décadas la ha tomado como sinónimo de aquél. No obstante, entendemos que estos términos -y otros asociados- aunque partiendo de esquemas interpretativos y tradiciones cognitivas diversas, se encuentran estrechamente vinculados, por lo que su tratamiento conjunto conduce a un análisis y evaluación más comprehensiva acerca de cuán “científicamente orientada” se encuentra una determinada sociedad en un momento histórico dado.

Los intentos por dar respuesta a las preguntas del principio han adoptado dos tipos de estrategias de indagación: por una parte, se han desarrollado estudios conceptuales- cualitativos; y, por otra parte, se han transformado conceptos en dimensiones mensurables, atendiendo la lógica de la construcción de indicadores. La primera estrategia ha prevalecido por sobre la segunda, aunque en este trabajo ésta última en particular es la que interesa.

La literatura sobre la complejidad inherente a la construcción de indicadores de ciencia y tecnología es abundante.(4) Por citar el ejemplo acaso más significativo en la región iberoamericana, en todas las publicaciones y talleres de trabajo organizados por la Red Iberoamericana de Indicadores de Ciencia y Tecnología (RICYT/CYTED) desde el año 1995, las referencias a la complejidad de la medición han sido prolíficas. Por cierto, buena parte del trabajo de la RICYT continúa siendo desbrozar el ovillo imaginario de los conceptos ante la necesidad de desarrollar indicadores más explicativos que puedan ser estandarizados para su utilización comparativa, conservando las particularidades regionales.

La experiencia de RICYT muestra que dimensiones eminentemente cuantitativas, como puede ser el cálculo de la inversión pública en I+D, o el recuento de investigadores de jornada completa, han tenido que considerarse de complicado tratamiento, al menos en los países de América Latina y el Caribe –sea por falta de información, dificultad de acceso a la misma, o debilidad conceptual. Es esperable, entonces, que otras dimensiones de carácter cualitativo sean probablemente más complicadas de cuantificar o, por lo menos, sus resultados presenten un carácter ciertamente endeble. Y ello independientemente del sistema político y social del cual se esté hablando. La percepción pública y la cultura científica se incluyen en esta categoría de fenómenos escurridizos, por así decirlo (la problemática de la innovación, por poner otro caso, también presenta rasgos similares).

2. La percepción pública de la ciencia en los países iberoamericanos

El terreno de la percepción pública viene ampliando su nivel de importancia tanto en la intervención -o preocupación- política como en el desarrollo teórico y cuantitativo en diversos países en los últimos años. La confluencia de intereses –a veces contrapuestos- sobre el tema puede explicarse, en resumidas cuentas, por tres motivos: el primero, más antiguo, y de carácter político, debido al intento de la comunidad científica por asegurar el financiamiento público necesario para el funcionamiento de las instituciones y mecanismos de la ciencia. Es decir, en el intento por legitimar socialmente la actividad de investigación y desarrollo. El segundo, más reciente, y de carácter acaso horizontal, a raíz de la proliferación de organizaciones y movimientos críticos al desarrollo de la tecnociencia (movimientos antinucleares, ecológicos, etc.), como reacción a excesos y riesgos inherentes a la estructura de la tecnociencia –lo que algunos analistas han denominado como el fin de la “era dorada” de la ciencia. Dichos movimientos, y otras reacciones surgidas en el propio ámbito científico-académico, entre las cuales podrían mencionarse el conjunto de los estudios sociales de la ciencia post Círculo de Viena, han supuesto una serie de miradas, con matices y diferencias, que en conjunto permitieron cambiar la impronta fuerte de la ciencia considerada como una actividad apolítica y neutral. El tercero, por último, debido a la confección de políticas públicas como intento por mejorar la comprensión social de la ciencia y, además, sobre la “necesidad creciente de sensibilización ciudadana por ajustar las políticas públicas a las realidades de la demanda social”.(5) Esta situación obedece al innegable hecho de que la ciencia y la tecnología no sólo desempeñan un papel crucial en el mundo moderno sino que, además, afectan (positiva o negativamente) la vida cotidiana y a la sociedad en su conjunto. En otros términos, la sociedad definida como agente activo en interacción con el ámbito científico-tecnológico es el caso que se plantea fundamentalmente para Estados Unidos, Japón, Canadá y Europa Occidental, quienes, por otra parte, invierten y regulan las actividades de investigación y desarrollo de forma sostenida desde hace al menos cincuenta años.

La percepción pública de la ciencia y la tecnología en los países desarrollados tiene el acento puesto en que la sociedad controle de forma creciente el desarrollo de la ciencia. En el caso de los países de América Latina y el Caribe, en cambio, con democracias más inmaduras y en ocasiones al borde del derrumbe, el escenario es otro. La actividad científica y tecnológica no está institucionalizada socialmente ni se la considera un recurso de crecimiento. Por ello, para los países de la región todavía es prematuro pensar una participación directa de los ciudadanos en decisiones de riesgos, incertidumbres o definiciones de pertinencia y utilidad de la ciencia, aunque esta limitación es al mismo tiempo un estímulo y no necesariamente una traba.

A este escenario, además, debe agregarse que el tratamiento de los temas relativos a la percepción pública y cultura científica es novedoso para los académicos de la región y aún más incipiente entre los gestores y políticos. Aún así, ha habido cierto desarrollo teórico en el último tiempo en países como Argentina, Brasil, Colombia, España y México (con estudios cualitativos y encuestas acotadas), así como se han llevado a cabo encuestas nacionales en México, Panamá y, recientemente, Cuba, que partieron de decisiones políticas. De alguna manera, comienza a considerarse a los indicadores de percepción pública y cultura científica como insumos válidos para el diseño de políticas que faciliten acercamientos entre el sistema científico- tecnológico y la sociedad, garantizar accesos al conocimiento y valorizar la investigación local (en consonancia con aquello que en la conferencia mundial de UNESCO de 1999 se llamara “un nuevo contrato social para la ciencia”)

El desafío para la investigación académica en los países de la región es considerable, puesto que si bien se reconoce de manera creciente la importancia de los indicadores en la materia, todavía se adolece de acuerdos sobre su definición, construcción y normalización, especialmente -y tal como sucede en el ámbito más amplio del impacto social de la ciencia y la tecnología- considerando en algunos casos la inexistencia de pautas internacionales y, en otros casos, la dificultad de su adaptación. Entendemos por ello que los indicadores relativos a la percepción pública y la cultura científica “(…) tienen posibilidades de desarrollarse de forma más satisfactoria en el marco de un programa de investigación sobre las influencias recíprocas entre ciencia y sociedad que a través de esfuerzos aislados, puramente estadísticos” (Léa Velho; 1998, p.46). En esta línea es auspiciosa la existencia de un proyecto conjunto entre la OEI y RICYT/CYTED que tiene el doble propósito de analizar cualitativamente estos fenómenos y construir a mediano plazo una batería de indicadores regionales basados en un concepto complejo de cultura científica.

3. La confección de indicadores de percepción pública de la ciencia

Los estudios tradicionales de indicadores de percepción pública y cultura científica han recibido el respaldo de instituciones públicas responsables de la formulación de políticas y gestión de la ciencia y la tecnología, a partir de las cuales se ha ido desarrollando, desde hace unos treinta años, un área de trabajo interdisciplinario que permitió confeccionar metodologías de encuestas y análisis de datos, básicamente en los países desarrollados. De esta forma se fomentó el uso de metodologías diversas incluyendo encuestas nacionales y regionales, grupos focales de discusión, entrevistas en profundidad, análisis de contenidos de los medios masivos de comunicación y estudios de panel de ciudadanos, entre las principales. En el caso de las encuestas, se han aplicado a muestras aleatorias de población en diferentes países, la mayoría de las veces utilizando un núcleo de preguntas comunes, lo cual permitió, con el tiempo, análisis comparativos y estudios de series temporales.

Las encuestas de percepción, en particular, han servido para acercarse a valoraciones que la sociedad realiza sobre la trayectoria de la ciencia y la tecnología en términos locales y, más ampliamente, del desarrollo de la tecnociencia en el mundo. De esta manera, se evalúa el grado de legitimidad que la ciencia y la tecnología, en tanto productos, procesos e instituciones tienen para la sociedad en función de los impactos que producen; lo cual es también una forma de medir el grado de institucionalización social del sistema científico-tecnológico y el papel que éste cumple en función de requisitos y demandas sociales.

La institución pionera en el desarrollo de estos indicadores es National Science Foundation (NSF) de Estados Unidos. El resto de los países, con ciertos cambios -por ejemplo las especificidades propias que introduce el Eurobarómetro de la Unión Europea- ha seguido la metodología desarrollada por NSF. La adopción de las metodologías desarrolladas por NSF ha favorecido, desde ya, la posibilidad de comparación internacional. A grandes rasgos, los indicadores tradicionales en la materia están organizados en tres ejes analíticos: a) interés del público en la ciencia y la tecnología, como forma de medir la importancia relativa que se le otorga a la investigación y desarrollo en la sociedad; b) conocimiento, como forma de examinar tanto el nivel de comprensión de conceptos científicos considerados básicos como la naturaleza de la investigación científica (metodología, etcétera); y c) actitudes, lo cual comprende tres aspectos. Por un lado, información acerca de las actitudes de la sociedad respecto al financiamiento público de la investigación. Por otro lado, indagaciones sobre la confianza del público en la comunidad científica y, por último, percepciones sobre riesgos y beneficios de la investigación y el desarrollo.

En las encuestas internacionales puede advertirse -con gradientes, según el sistema social y político que sea objeto de revisión- que aquellos tópicos referidos a la comprensión de contenidos científicos tienen niveles relativamente bajos en la población. En otros términos, se dice que la cultura científica de la sociedad es baja y que, dado el rápido avance de la ciencia que la sociedad no puede apropiar, tiende a decrecer. No son pocas las veces que esta afirmación va acompañada de sentencias en tono de preocupación –y también de franca alarma. Se afirma que la escasa scientific literacy obstaculiza la toma de decisiones bien informadas en la vida cotidiana y en el desenvolvimiento social. Los resultados, entonces, motivan recomendaciones de promoción de la “cultura científica” a partir de estrategias de comunicación social de la ciencia.

Desde el punto de vista del interés y las actitudes, las encuestas resaltan que los rasgos son más bien de tipo positivos, pese a ciertos recaudos o temores considerados “normales” (por ejemplo, investigación con animales, ingeniería genética, clonación, etcétera). Ello lleva a concluir que la ciencia goza de un clima social de confianza relativa, pese al temor en ciertos campos de la investigación. También se observa que el interés y las actitudes favorables aumentan a medida que el grado de formación de las personas es mayor, así como detenten una mejor posición económica.

La situación que reflejan las encuestas, en síntesis, es la siguiente en términos generales: la sociedad no está suficientemente informada y comprende más bien poco sobre ciencia (tiene una cultura científica baja), aunque sus actitudes, expectativas y confianza son favorables al desarrollo de la ciencia y la tecnología. Este desfase entre conocimiento y actitudes es recurrente.(6) No obstante, resulta prudente señalar que los resultados de las encuestas deben tomarse con cautela. El tratamiento teórico y metodológico de esta problemática, como se ha dicho, requiere aún de esfuerzos sistemáticos de revisión y análisis.

4. Hacia una necesaria revisión crítica de las encuestas y clarificación conceptual

Los estudios en la materia aceptan en general que las variables que influyen en las relaciones entre intereses, conocimientos y actitudes de los individuos sobre la ciencia y la tecnología son complejas, aunque sólo esporádicamente se reflexiona críticamente sobre la validez de las metodologías utilizadas y las interpretaciones ulteriores. En la literatura se han señalado algunas restricciones a las encuestas y se ha criticado también las interpretaciones que de las mismas se hacen.(7)

La propia noción de cultura científica es problemática. Brian Wynne (1995) observa que usualmente las interpretaciones de los resultados de las encuestas son simplistas porque el enfoque de la cultura científica es limitado: los estudios tradicionales utilizan, por defecto, una noción de “ciencia” ortodoxa, entendida como cúmulo coherente de conocimientos fijo y certero, que se construye bajo la atenta vigilia de una metodología fiable sobre una realidad natural subyacente. Este es el legado de la tradición positiva que apela a la objetividad de la ciencia y su “espíritu” altruista. La cultura científica es entendida entonces como forma de instrucción, de acumulación del saber, sea éste socialmente válido o no. En este sentido, cultura científica y “alfabetización científica” están asimiladas. No obstante, a nuestro entender la “alfabetización científica” no tiene un carácter equivalente a la cultura científica, ya que esta última exige una mirada sistémica sobre instituciones, grupos de interés y procesos colectivos estructurados en torno a sistemas de comunicación y difusión social de la ciencia, participación ciudadana o mecanismos de evaluación social de la ciencia, ausente en la primera en la medida en que la “alfabetización científica” se centra en el individuo.

Pero, aún cuando se aceptara la asociación directa entre “alfabetización científica” y cultura científica, entendida ésta como comprensión de los métodos de la ciencia y algunos contenidos específicos de conocimiento general, sigue existiendo una limitación, porque de qué forma se podría saber cuáles serían exactamente esos “contenidos específicos” que la sociedad no puede ignorar. Probablemente los especialistas no se pondrían fácilmente de acuerdo acerca de cuáles son aquéllos conceptos –y paquetes cognitivos- indispensables y en función de qué tipo de demandas deberían ser incorporados por los individuos.(8)

La cultura científica observada desde una perspectiva de “alfabetización científica” lleva a que las encuestas arrojen resultados previsibles de baja comprensión.(9) Martin Bauer e Ingrid Shoon (1993) entienden que al partirse de la base de que el público debería “pensar” y “razonar” en los mismos términos que lo hace un científico,(10) se interpreta las diferencias de conocimiento y pensamiento entre los científicos y el público en términos de ignorancia y los indicadores presentados no hacen más que resaltarla.(11) Bajo estos cánones, no sorprende que siempre el nivel de comprensión de los individuos –no científicos, no expertos- sea bajo. Aquí subyace, por otra parte, y de manera conflictiva, un modelo lineal, ideológico, donde los científicos son “especialistas” y el público una entidad pasiva caracterizada en general como “legos”.

La “cultura científica” como ignorancia que debe ser satisfecha proviene, justamente, de un enfoque pedagógico. Dicho de otro modo, es un problema de educación popular. En los años ochenta, la tradición anglosajona de estudios sobre comunicación pública de la ciencia definió a este enfoque como “modelo de déficit”: el conocimiento científico constituye un cuerpo reconocible de información codificada y, en este sentido, es que se puede medir cuánta de esa información tiene incorporada un individuo y establecer su grado de déficit de comprensión. John Ziman (1992) sostiene que la mayoría de las prácticas de comunicación científica tienden a identificar las falencias cognitivas del público y luego intentar suplirlas.

El “modelo de déficit” supone algo más: el público, desde esta perspectiva, es una entidad pasiva con falencias de conocimientos que deben corregirse y establece que la información científica fluye en una única dirección, desde los científicos hacia el público. Este es un “modelo lineal” como aquel que se utilizó frecuentemente (aunque hoy desacreditado) en economía y política científica. Más de diez años de investigaciones en el campo de la comunicación científica demuestran que el “modelo de déficit” no conduce a un entendimiento de la “comprensión” del público. La literatura pone en evidencia la operatoria ideológica que encierra al caracterizar de forma poco reflexiva a los científicos como “especialistas” y a los no científicos como “legos” (lo cual recuerda la ancestral diferenciación entre “sabios” e “ignorantes”),(12) olvidando acaso que la comprensión de la ciencia depende de forma crucial del entorno social en el cual el conocimiento se vuelve operativo.(13)

En verdad, los resultados de baja comprensión que muestran las encuestas están siendo infrautilizados, por una parte y, por otra, sobredimensionados. Por cierto, tendrían un verdadero provecho si se los utilizara para promover reformas educativas. Es preocupante, claro, que los encuestados, que han pasado por la educación secundaria y, en buena parte, realizaron estudios superiores, no conozcan –o recuerden- que los hombres no vivieron al mismo tiempo que los dinosaurios, que los electrones son más pequeños que los átomos, o que no toda la radiactividad es producida por el hombre. Evidentemente, estas constataciones deberían servir como advertencia para pensar los problemas de la educación en general y poner en práctica políticas educativas en las instancias formales de la educación. Aunque también es cierto que cualquier encuesta que quisiera reflejar los conocimientos de la media respecto a hechos de la historiografía mundial contemporánea o los derechos constitucionales en las sociedades industrializadas -por poner dos ejemplos- probablemente arrojaría resultados similares, también preocupantes.(14)

Es entendible, por otra parte, que las interpretaciones políticas del fenómeno hechas por los promotores de la cultura científica hagan hincapié en la baja comprensión. Existen para ello dos supuestos más o menos explícitos: a) se estima que los individuos que mayor conocimiento tienen detentan una percepción “adecuada” de la ciencia; y b) se cree que una población con respuestas óptimas de comprensión de conceptos científicos tiene una percepción más favorable hacia el desarrollo de la actividad científica. El argumento subyacente es que un público “mejor informado” tiene también una mayor “comprensión” y, de allí, que ello conduce a una mayor “aceptación social” de la ciencia. Ahora bien, no hay evidencias teóricas en esta dirección. Puede plantearse también que un individuo más “formado” es más crítico con el desarrollo científico y, en este sentido, no necesariamente la formación es un rasgo expresivo de una aceptación “a ciegas” de la agenda de la investigación que define la comunidad científica. Es, en este sentido, una “trampa” interpretar que cuanto menor es el grado de información mayor es el grado de oposición.(15) Las actitudes favorables, definidas acaso equívocamente como disposiciones para la acción, no dependen necesariamente del nivel de conocimiento.

Una tarea ineludible, entonces, es la revisión teórica, dado que, por otra parte, el debate acerca de qué significa o cuáles son los componentes de la percepción pública y la “cultura científica” permanece abierto. Ello permite que se utilice, entendemos incorrectamente, términos como “alfabetización”, “percepción social”, “interés”, “comprensión” o “cultura científica” como expresiones análogas. Esta asociación, sin embargo, merece una atención especial y un tratamiento cuidadoso, dado que, si bien útil, puede hacer perder de vista las tradiciones cognitivas y esquemas de interpretación diversos que tienen dichos conceptos. En este sentido, la interpretación de los resultados de las encuestas requiere una cuota de prudencia inicial.

5. Percepción pública y dinámica social de la ciencia

El equívoco al cual puede conducir el término cultura científica se pone de manifiesto cuando pretende convertirse en una categoría sobre la cual se construyen indicadores o se intentan establecer criterios normativos (como los derivados de los planes y programas de comprensión pública de la ciencia, etc.) En rigor, no es lícito escindir ciencia y cultura (sólo lo es en términos analíticos y descriptivos generales, así como, por ejemplo, se sintetizan en otros ámbitos “cultura y política”). La ciencia es una institución que forma parte de la sociedad –de forma incipiente o consolidada según el caso- y, por ende, de la cultura de dicha sociedad. Este conocimiento científico y tecnológico se manifiesta a través de diferentes formas. La más usual es la de un conocimiento incorporado en objetos o servicios. Pero también está incorporado en individuos mediante las aptitudes y calificaciones; en instituciones, mediante capacidades operativas; en la cultura mediante valores y actitudes; etc. La consideración de los distintos objetos científicos y tecnológicos que intervienen en un proceso de producción-difusión-adopción tiene implicaciones sociales profundas; la cultura científica es, en este sentido, un atributo de la sociedad.

Esta consideración es útil tenerla en cuenta para reflexionar en el terreno de los instrumentos que intentan captar la credibilidad de la ciencia, los valores y actitudes del público con respecto a los avances científicos y tecnológicos, el conocimiento distribuido en la sociedad y la percepción del riesgo tecnológico. Suele ocurrir que las encuestas internacionales circunscriban su análisis en personas aisladas en situaciones de respuestas particulares. Este enfoque implica reducir la cultura científica a un atributo individual. Ello es insuficiente para comprender la circulación y uso social del conocimiento, o bien la participación ciudadana en temas de ciencia y tecnología, si la interpretación no está vinculada a un enfoque más explicativo.

Probablemente sea más ajustado –independientemente de la posibilidad efectiva de medición, lo cual no es un tema menor desde ya- pensar una concepción de cultura científica como condición de la sociedad. Partiendo de esta visión, parece interesante aproximarse a la idea de que la cultura de una sociedad está impregnada por contenidos de ciencia y tecnología. Suponiendo a la ciencia y la tecnología como partes de la sociedad (en tanto institución, procesos, medios de poder, etc.) y condicionadas por ésta, lo que interesa es analizar en qué medida alcanza un nivel de integración suficiente como para convertirse en contenidos que se expresan en las prácticas generales de la sociedad y en componentes del sentido común de sus miembros. La cultura científica no es entonces un stock de conocimientos apropiados por el individuo. Ésta sería sólo una dimensión del fenómeno y un recurso metodológico (expresado luego en indicadores) válido, aunque limitado.

Podemos pensar –al menos en términos analíticos, aunque con la intención de trasladar este análisis a la manera de abordar y construir indicadores que tiendan a estabilizarse y se apliquen de forma recurrente- que los temas de percepción pública, cultura científica y participación ciudadana se conforman en una matriz de complejas interacciones que, aunque remitiendo a diferentes ámbitos de aplicación, sí pueden ser diferenciados a fin de clarificar las procedencias y utilización de los términos. Atendiendo esta premisa, es posible indicar que la relación entre la ciencia, la tecnología y la cultura de una sociedad puede leerse en tres planos o niveles de análisis: a) el nivel institucional de la sociedad, según el cual se consideran la existencia de instituciones y diferentes expresiones de prácticas científicas en esferas de la sociedad que no están necesariamente vinculadas en primera instancia con la ciencia ni con la investigación; b) el nivel de los procesos sociales que se desarrollan en la intersección entre el sistema científico- tecnológico y el público en general, donde discurren la participación ciudadana en la toma de decisiones, los procesos de información y comunicación y divulgación científica, diversas interacciones derivadas de conflictos sociales en torno a las aplicaciones de conocimiento científico y tecnológico, etc. Estos dos primeros niveles implican una mirada sociológico y política de por sí; y c) el tercer nivel, más bien centra su foco de atención en el individuo “aislado”, en tanto que refiere a la percepción que éste tiene sobre la ciencia y la tecnología, en cuanto a contenidos, procesos, intereses en juego y, por lo tanto, implica valoraciones, expectativas, imágenes y evaluaciones individuales.

Parece de mayor provecho entonces intentar una aproximación, al menos cualitativa, a cuáles son los diversos factores sociales o culturales (y no sólo los cognitivos), que influyen en la representación pública de la ciencia y la tecnología. Un aspecto sin duda interesante para indagar a través de la metodología de encuestas de percepción pública es de qué forma los individuos visualizan la conexión de las actividades de ciencia y tecnología locales con la dinámica social y productiva de la sociedad, intentando captar, dados los rasgos particulares de “países periféricos”, cuáles son las pautas –culturales, sociales y/o políticas- que de forma recurrente marcan, por ejemplo, el carácter ciertamente exógeno con que se percibe la ciencia local respecto a las necesidades, demandas o intereses de la sociedad.

Esta perspectiva podría resultar más fructífera y comprehensiva, puesto que desplaza el eje comprensión y circunscribe el análisis a intentar comprender la cultura científica en el contexto de la dinámica social de la ciencia. Ello permite incluir una categoría relevante desde el punto de vista de la apropiación social del conocimiento, como es la participación ciudadana en temas de ciencia y tecnología. Este eje adquiere cada vez mayor relevancia, en la medida en que la percepción y el conocimiento de los riesgos de la tecnología, al estar distribuidos socialmente, hacen que el desarrollo de la tecnociencia no sea una facultad única de los expertos. Es decir, la sociedad tiene derecho a participar en la definición y orientación de las políticas de desarrollo científico y tecnológico. De hecho, el grado de participación -inclusive conflictiva- de la población en las tomas de decisión sobre ciencia y tecnología constituye un indicador del nivel de integración de los temas de ciencia y tecnología en la cultura de dicha sociedad.

La política pública, por lo tanto, se enfrenta para los próximos años al desafío de incentivar la participación ciudadana en la medida en que los temas de ciencia han pasado a ser temas de ciencia, tecnología y sociedad. Por lo tanto, las acciones tendientes a estimular una mayor comprensión social de la actividad científica deben ir más allá del eventual apoyo de la sociedad para que el estado –y las empresas, acaso- inviertan en investigación y desarrollo. Las decisiones a las cuales se enfrentan los científicos y tecnólogos –desarrollar o no cierta tecnología, evaluación y gestión de riesgos, pertinencia y utilidad de la investigación, eventuales demandas de futuros usuarios, etc.- no pueden estar disociadas de aquéllas que la sociedad toma rutinariamente, puesto que afectan a la sociedad en su conjunto. En la política pública, la consideración exclusiva de los aspectos científico-tecnológicos ya no es suficiente como fuente de legitimidad. Las decisiones deben ampliarse hacia registros que contemplen que el derecho a la información y a la participación por parte de la sociedad es un requisito indispensable en el verdadero ejercicio democrático. Probablemente aquí descanse la validez de la promoción de la cultura científica, ya no entendida ésta como únicamente como déficit de conocimiento, sino más bien como una componente vital para comprender la dinámica social en la cual se desenvuelve la actividad científica y las implicaciones que la ciencia y la tecnología tienen para el desarrollo de los países.

La percepción que la sociedad tenga de los científicos, las instituciones científicas y los resultados del conocimiento, así como la factibilidad de que se establezcan mecanismos más habituales para la canalización de demandas de conocimiento, estará en buena medida determinada por las formas en que la comunidad científica y las políticas de ciencia y tecnología integren a la sociedad en el sistema científico- tecnológico. Dicho de otra manera, en la medida en que la orientación de la investigación científica se dirija hacia la solución de problemas sociales concretos. Ello es particularmente relevante para los países de América Latina y el Caribe, donde por ahora parece tener un mayor sentido pensar la apropiación social de la ciencia y la tecnología desde la utilización del conocimiento, y no tanto a partir del cuestionamiento a las consecuencias del desarrollo de la tecnociencia moderna.

Los indicadores de percepción pública de la ciencia adquieren otro cariz bajo esta perspectiva, en la medida en que harían las veces de termómetro social para la orientación de políticas que fomenten la participación ciudadana en temas de desarrollo estratégico, partiendo de la premisa básica de la democratización del conocimiento.

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Notas:

(1) REDES. Centro de Estudios sobre Ciencia, Desarrollo y Educación Superior, Buenos Aires, Argentina. Correo electrónico: cpolino@ricyt.edu.ar

(2) REDES. Centro de Estudios sobre Ciencia, Desarrollo y Educación Superior, Buenos Aires, Argentina. Correo electrónico: mefazio@ricyt.edu.ar

(3) Grupo REDES. Buenos Aires, Argentina. Correo electrónico: leonvaca@hotmail.com

(4) Consultar, por ejemplo, el pionero volumen Toward a metric Science, editado por Yehuda Elkana, et.al. en 1978. Para los indicadores regionales se puede consultar Indicadores de ciencia y tecnología: estado del arte y perspectivas (1998), editado por Eduardo Martínez y Mario Albornoz, Caracas, Venezuela.

(5) José Antonio López Cerezo, et. al. (2002), p.121.

(6) Ver, por ejemplo, Nacional Science Foundation (2000); Eurobarómetro (2001); UNESCO (1998); Miller, Pardo y Niwa (1998); Comisión Europea (1994); Office of Science and Technology and the Wellcome Trust (2001); CONACYT (1998); CIENCIA HOY (1998); Australian Science and Technology Council (1996); Malasyan Science and Technology Information Centre (2001); o Asociación para la Ciencia y la Tecnología de China (1994).

(7) Por ejemplo, Martin Bauer, et. al. (2000); Benoit Godin, Yves Gringas (2000); Bruce Lewenstein (1995); Brian Wynne (1995); o John Ziman (1992).

(8) Claro que una posible respuesta podría ser que dicho bagaje conceptual es aquel cúmulo de conocimientos que imparte la escuela media. Sin embargo, también se objetará que el sistema medio de enseñanza tiene una limitación singular en la actualidad, puesto que cada vez resulta más claro cómo sus mecanismos de asimilación, procesamiento y puesta en disponibilidad del conocimiento certificado se desfasan ante el “avance del saber” y la “rapidez del cambio científico-tecnológico” en el mundo moderno (argumentos reiterados hasta el cansancio), lo cual pone en tela de juicio, entonces, la validez de la educación media como transmisora de esos conocimientos específicos.

(9) Martin Bauer e Ingrid Shoon; (1993)

(10) Idea adelantada por John Dewey en los años treinta y retomada por Morris Shamos (1995).

(11) Citado por Jane Gregory y Steve Miller (1998).

(12) Fayard (1988; 1993); Nelkin (1990); Lewenstein (1993); Bauer (1993); Durant (1993); Gregory y Miller (1998); Carmelo Polino (2001), entre otros.

(13) Alan Irwin y Brian Wynne (eds.) [1996]. Citado en Bruce Lewenstein (2001), pp.441.

(14) No obstante, es válido pensar que la comprensión de la ciencia, particularmente, es un tema sensible que debería despertar la atención de los organismos nacionales de ciencia y tecnología, debido a su estrecha vinculación con el ámbito educativo, en países que, como en la Argentina, se advierten lazos precarios y una desarticulación creciente entre el sistema de ciencia y tecnología y el sistema educativo.

(15) Millar y Wynne (1988); Levidow y Tait (1992).