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¿Publicar o Patentar? Hacia una Ciencia cada vez más ligada a la Tecnología(1).

José Antonio Acevedo Díaz(2)

Resumen

¿Está siendo condicionada en exceso la ciencia por la tecnología en la actualidad? La política científica y tecnológica está promoviendo que I+D sea cada vez más D+I. Las pautas de la ciencia académica están cambiando mucho por la creciente influencia de la tecnología y la ciencia industrial. En el artículo se tratan estas cuestiones, tomando como eje de la argumentación la tensión entre publicaciones y patentes que afecta a los científicos de hoy.

Según Price (1972) las actitudes de los científicos y los tecnólogos ante las publicaciones marcan una diferencia importante entre ciencia y tecnología. ¿Sigue siendo esto así treinta años después?

Publicaciones, prioridades y reconocimiento institucional

¿Por qué los científicos se sienten obligados a publicar, muchas veces apresuradamente, sus trabajos de investigación? Puesto que una norma básica de la ciencia académica, admitida tácitamente y recogida en el comunalismo mertoniano (Merton, 1973), es que deben hacerse públicos los resultados de las investigaciones para favorecer la comunicación entre los miembros de una comunidad científica, la respuesta obvia e inmediata podría ser que lo hacen para dar cuenta formalmente de sus hallazgos a su comunidad, cumpliendo así con la norma al uso.

Sin embargo, la comunicación entre los científicos no se limita a los artículos en las revistas especializadas de investigación científica que contienen información avanzada de dominio público. En efecto, las relaciones más o menos informales entre los investigadores hacen que hoy en día la información científica novedosa fluya continuamente, siendo conocida a menudo antes de ser publicada formalmente, al menos por aquellos científicos que están en el frente de una línea de investigación (Acevedo, 1998). Los canales informales pueden ser conversaciones, llamadas telefónicas, cartas privadas y envíos de las redacciones previas de los artículos, favorecidos en los últimos años por la existencia de modernos y rápidos medios de comunicación como el fax, las redes de comunicación informática y, sobre todo, el correo electrónico. Aunque no estén sistematizados, se facilitan gracias a encuentros científicos más formales como seminarios, simposios, congresos y otras reuniones, que a su vez pueden dar lugar a publicaciones en forma de actas o libros de coautoría. Estos cauces aceleran la transferencia de información significativa entre los científicos y son, sin duda, la forma de comunicación más habitual, ya que resulta muy difícil estar al día de lo que se investiga sin mantener contactos personales con otros colegas de la especialidad (Ziman, 1984).

Si en la actualidad los artículos ya no tienen como principal finalidad la de informar rápidamente a los demás miembros de una comunidad científica y, pese a todo, se continúa publicando a muy buen ritmo, entonces ¿para qué sirven? La hipótesis de Merton (1973) es que hay una relación directa entre la prioridad en el descubrimiento, avalada formalmente por su publicación, y el reconocimiento institucional. Además, los sistemas empleados para la promoción personal y la concesión de subvenciones a la investigación, dentro de la organización universitaria adoptada en muchos países, obligan todavía a la inmensa mayoría de los científicos académicos a publicar de manera imperiosa, siguiendo la conocida máxima de "publica o perece".

Teniendo en cuenta que los artículos dan una medida aproximada, aunque imperfecta, de la labor realizada como investigador y las recompensas que se derivan de ellos, resulta comprensible el interés de los científicos académicos por publicar, a ser posible en revistas especializadas de prestigio por el reconocimiento que esto supone. Además, no conviene olvidar tampoco que un artículo adquiere cierta relevancia institucional cuando es citado en las publicaciones de otros científicos. Como advierte Ziman (1984), aunque no todas las citas sean favorables al trabajo publicado, éstas indican que la investigación del autor merece alguna consideración. Guggenheim (1982) resume todo esto con gran precisión:

"Los científicos publican para reivindicar el derecho al reconocimiento profesional de su contribución a la construcción colectiva del conocimiento científico. Este reconocimiento se ve reflejado en las citas que hacen otros autores en sus artículos, proceso que conduce a considerar el artículo científico como un bien de consumo y a determinar su valor conforme al mercado de citas." (p. 1224. Las cursivas son nuestras).

El reconocimiento institucional de lo que realizan los científicos es, ante todo, consecuencia de las pautas marcadas por la propia comunidad científica. A menudo se destaca que la urgencia de muchos investigadores por conseguir la prioridad de los resultados es una característica de la ciencia absolutamente profesionalizada de la segunda mitad del siglo XX. No obstante, el interés y el esfuerzo por la prioridad es tan antiguo como la propia ciencia:

"La institución de la ciencia ha actuado desde hace tiempo recompensando a los científicos haciendo que colegas expertos les otorguen su reconocimiento por las contribuciones distintivas. En correspondencia con esto, los científicos han desarrollado una pasión por la eponimia y no por el anonimato." (Merton, 1973, p. 431 de la traducción española).

También se subraya que, debido al aumento de científicos profesionales, la ciencia está demasiado acelerada en su ritmo, habiéndose hecho tan grande la competencia entre los diversos equipos de investigación que unos tratan de aventajar a los otros que trabajan en el mismo campo para intentar conseguir así la prioridad y el reconocimiento por sus realizaciones. El exceso de científicos puede conducir, en efecto, a una fuerte rivalidad entre los diferentes grupos que están abordando un mismo problema de investigación, pero lo cierto es que, desde su nacimiento en el siglo XVII, hay bastantes ejemplos históricos de controversias y agrias disputas por la prioridad y el reconocimiento en todas las épocas de la ciencia moderna.

Una consecuencia de esta exagerada competencia es que los científicos se sienten obligados, por un lado, a comunicar parte de los resultados para garantizar su prioridad en el tema y, por otro, temen revelarlos demasiado pronto para no dar pistas a los rivales; situación poco deseable que está originando que sus comunicaciones sean a veces demasiado crípticas e incompletas. Feinberg (1985) lo deja bien claro:

"Además, si los científicos creen que disponen de menos tiempo para acabar su labor, darán a conocer resultados parciales y no un cuadro completo de los problemas, y quizá se pierdan aspectos importantes de los fenómenos que se estudian. Una señal de ello es la proliferación en diversos campos científicos de ‘revistas epistolares’, en las que se publican con carácter periódico comunicaciones breves con gran rapidez. En ciertos campos donde la competencia es intensa, la práctica común consiste en enviar a tales revistas [letters] una serie de informes breves sobre el avance de una investigación, como forma de mantenerse en cabeza de dicha rivalidad. Se supone que el grupo acabará por enviar una descripción completa del trabajo a una revista, pero no siempre sucede tal cosa [...]" (p. 254 de la traducción española. El añadido en cursivas es nuestro).

Merton (1973) añade también que la mayor preocupación por estas cuestiones en la ciencia actual no se debe tanto a un cambio de conducta en los científicos de ahora como al incremento de lo que se publica y a la tendencia al anonimato debido a que los equipos están formados por un elevado número de científicos y técnicos, una característica de la investigación contemporánea, especialmente en la denominada big science.

Patentes, prioridades y valoración comercial

En 1894, durante el Congreso anual de la British Association for the Advancement of Science celebrado en Oxford, Lodge presentó sus dispositivos transmisores de ondas hercianas, enviando con ellos señales electromagnéticas de hasta cincuenta metros de alcance. Este físico británico pensaba que el conocimiento científico debía ser de dominio público; estaba muy preocupado por las restricciones que suponía el uso de patentes y era contrario a ellas. Posteriormente, en 1897, Lodge, en contra de sus propias convicciones, acabó por patentar sus investigaciones sobre el tema, llegando incluso a establecer un acuerdo comercial con una empresa para fabricar un equipo de radio que había diseñado (Basalla 1988). Sin embargo, un año antes, el joven Marconi había tomado la iniciativa en este terreno obteniendo la primera patente en todo el mundo para la radiotelegrafía: Un método de transmitir señales por medio de impulsos eléctricos. En 1909 Marconi, inventor y empresario, compartió el premio Nobel con el físico alemán K.F. Braun por sus contribuciones a las comunicaciones por radio. Lodge, precursor de esta técnica, no pudo conseguirlo.

Además de los científicos académicos hay muchos más que trabajan en el campo industrial o de la investigación tecnológica. Ellis (1972) mostró hace treinta años, en un trabajo clásico sobre el tema, que muy pocos de éstos se oponen a las restricciones que suelen darse en las empresas para publicar artículos y que la mayoría comprenden y justifican esta situación. Señaló también que los científicos industriales tampoco parecen estar demasiado preocupados por obtener su reputación mediante el sistema de publicaciones aún vigente fuera de la organización empresarial, ya que sus intereses y motivaciones son otros. En el caso de la tecnología la tradición no es la misma que en la ciencia académica. El principal deseo de la mayoría de los ingenieros y científicos industriales es contribuir a patentar en vez de publicar. Así mismo, hay que considerar que en las revistas técnicas los artículos no tienen generalmente la misma función que en el caso de las revistas científicas; sirven más bien para actualizar la información tecnológica y, especialmente, para justificar el contenido más importante de tales revistas, como son los catálogos de productos y anuncios publicitarios que muestran la situación de la técnica en cada tecnología (Acevedo, 1998).

Aunque en ocasiones se han levantado críticas muy duras contra los científicos que patentan, muchos investigadores actuales no ven mal unir sus descubrimientos científicos a las patentes. Hay quienes opinan que éstos deben publicarse para su conocimiento público; otros, en cambio, consideran que deben patentarse para obtener beneficios económicos que contribuyan a paliar los enormes gastos que ocasiona la investigación contemporánea. Los científicos están aprendiendo a buscar alternativas en una época en la que cada vez es más difícil obtener subvenciones económicas públicas. Incluso en algunos casos, animados por políticos y promotores industriales, ciertos grupos de científicos han constituido sus propias empresas (Mustar, 1988), en las que se realiza al mismo tiempo la investigación y la comercialización de sus productos tecnológicos en áreas generalmente ligadas a la high technology, que están creando nuevos mercados tales como biotecnología, telecomunicaciones, nuevos materiales, robótica, inteligencia artificial, hardware y software científico, etc. Así nació, por ejemplo, la ingeniería genética comercial en 1979, cuando una pequeña empresa de investigación en genética llamada Genetech sacó sus acciones al mercado con una expectativa tan grande que doblaron su valor a las pocas horas.

Por otro lado, la propiedad de los descubrimientos científicos es una cuestión muy polémica en la actualidad, dando lugar a largas discusiones y opiniones controvertidas. Primo (1994) ha reflexionado sobre si la obtención de un hallazgo científico da algún derecho sobre los resultados tecnológicos, comerciales y rentables que obtienen posteriormente otros investigadores basándose en el conocimiento aportado por tal descubrimiento. Respecto a esta cuestión, conviene recordar que en los años noventa se estableció sentencia a favor de este derecho por parte de un tribunal norteamericano.

En todo caso, lo cierto es que durante buena parte del siglo XX las patentes han jugado su papel en la investigación científica, habiéndose intensificado su influencia en el último cuarto del mismo. Así ha ocurrido, desde la década de los ochenta, en el desarrollo de los superconductores de alta temperatura y en el de la biotecnología, por citar dos campos paradigmáticos. No obstante, las patentes de especies obtenidas por ingeniería genética originan fuertes controversias. También fue muy cuestionada la demanda de patente para secuencias de segmentos del genoma humano que solicitaron los National Institutes of Health (NIH) de los Estados Unidos. Como para poder patentar se exige el requisito de novedad (innovación), lo que implica que no se haya publicado o comunicado previamente, los NIH pidieron al Senado de los Estados Unidos la preparación de una legislación especial reconociendo que la publicación científica de una secuencia determinada no fuera ningún impedimento para patentar con posterioridad alguna posible aplicación (Primo, 1994).

Sin duda, uno de los motivos de la introducción de las patentes en la ciencia es su valoración comercial, un aspecto a considerar cada vez más. En muchos países se están tomando medidas para impedir publicaciones prematuras, las cuales se hacen solamente después de haber evaluado todas las implicaciones económicas de los resultados de las investigaciones. Además, en los últimos años las patentes se han introducido también en la ciencia académica, reconociéndose como mérito para la promoción universitaria en el mismo plano que las publicaciones. Pero, sobre todo, el interés por las patentes es consecuencia de la enorme competencia existente entre los diferentes equipos científicos que investigan simultáneamente en un tema. Lewenstein (1994) destaca que los derechos de propiedad industrial sobre un hallazgo científico están influyendo mucho en la forma en que los investigadores dan cuenta de sus propios experimentos. De esta forma, la retención parcial de información se está convirtiendo en algo habitual, tal y como destaca Ferné (1989):

"Así pues, una parte de la información científica y tecnológica ya no circula libremente por la comunidad investigadora, sino que está cada vez controlada más explícitamente por coaliciones de intereses científicos, económicos y estratégicos." (p. 568).

¿Son actualmente los criterios de racionalidad tecnológica una condición sine qua non para posibilitar la propia ciencia?

Un cambio de rumbo en la institución científica

Tradicionalmente se ha considerado que la investigación científica debe estar abierta al debate y la confrontación pública. Desde sus primeros pasos, la ciencia moderna ha propugnado la libre comunicación de ideas, teorías y resultados de los trabajos realizados para permitir el ejercicio de la crítica y compartir el conocimiento. Pero no hay que engañarse, la relación con el estado, el ejército, los empresarios y el mercado también ha existido siempre en mayor o menor medida (Stewart, 1992). En los siglos XVII y XVIII era ya notorio el interés por la dimensión tecnológica y el sentido utilitario de la ciencia, muy especialmente en ciudades como Londres (Stewart, 1997); las implicaciones sociales, industriales y comerciales de afamados científicos de la época como Boyle, Newton y Hooke, entre otros muchos, son bien conocidas. Los ejemplos se extienden por todas las épocas; en el siglo XIX nombres de ilustres físicos teóricos como Maxwell y Kelvin aparecen ligados también a la tecnología y a la ciencia industrial, por ejemplo, en relación con el cableado de la telegrafía transatlántica (Pestre, 2000; Smith y Wise, 1989). En el siglo XX, la insigne Mme. Curie, pese a que nunca aceptó solicitar patentes por sus descubrimientos, concibió y contribuyó a poner en marcha los procesos industriales para fabricar y purificar numerosas sustancias radiactivas así como la instrumentación necesaria al efecto; además, bajo su dirección, el Instituto del Radio jugó un decisivo papel en el desarrollo metrológico de la radiactividad para usos industriales y en la medicina (Boudia, 1997), constituyéndose un servicio de medidas y control de los instrumentos al que acudían industriales y médicos de todas partes, lo que convirtió oficiosamente al laboratorio de Curie en el centro nacional de medidas que no existía en Francia.

Ahora bien, por su interés como fuente de poder (science is power), es durante la segunda mitad del siglo XX cuando la ciencia ha tenido que doblegarse con más frecuencia que antaño a los imperativos económico y militar, lo que queda históricamente ilustrado por el proyecto Manhattan desarrollado durante la Segunda Guerra Mundial (Ferné, 1989), la cual marca la línea divisoria entre la antigua y la nueva forma de entender el apoyo a la ciencia. Las restricciones que imponen desde entonces los secretos comerciales y militares chocan frontalmente con la norma mertoniana del comunalismo científico, considerado idealmente un valor propio de la ciencia. La mayoría de los científicos académicos que investigan subvencionados por las empresas o el gobierno tienen que pedir autorización para publicar sus trabajos. Aunque generalmente se les permite publicarlos, el hecho mismo de que tenga que ser con un permiso expreso, externo a la propia ciencia, está indicando que estos científicos ya no pueden seguir cumpliendo libremente con dicha norma. Estas limitaciones, características del modelo I+D, se han ido extendiendo a toda la investigación científica, porque muchos laboratorios industriales y de defensa nacional llevan a cabo, o encargan a las universidades, no sólo investigación aplicada, sino básica y estratégica o básica dirigida:

"En años recientes la validez de estas normas [mertonianas] ha sido seriamente discutida por muchos sociólogos de la ciencia, que señalan la incidencia de secretismo, autoridad excesiva, interés material y conformidad que se da en la vida científica de hoy. ¿Fue la ciencia siempre así o, como yo arguyo aquí, ha sufrido una transformación considerable en los últimos decenios? Se mire como se mire, el moderno sistema colectivizado de investigación y desarrollo no se ajusta mucho al ethos de la ciencia académica y su estructura interna no fomenta dicho ethos." (Ziman, 1984, p. 179 de la traducción española. El añadido es nuestro).

Algunos valores contextuales -utilitarismo, beneficios económicos, prestigio nacional, poderes político y militar, etc.- están condicionando en exceso la práctica de otros valores considerados desde siempre como constitutivos o propios de la ciencia académica.

¿Se ha convertido entonces la ciencia en una propiedad de gobernantes e industriales? Así parece ser, en efecto. Los intereses políticos y económicos están estableciendo un nuevo marco, dentro del cual la investigación científica está siendo sometida a normas de funcionamiento muy distintas a las correspondientes al ethos definido por el esquema normativo mertoniano de la ciencia; marco que se caracteriza por la aparición de redes internacionales, con nuevas formas organizativas, que controlan buena parte del conocimiento esencial, así como la difusión de ideas y resultados en los campos estratégicos de investigación punta. Esta tendencia pone de manifiesto la aparición de nuevas relaciones entre la investigación básica y la investigación tecnológica.

Desde los comienzos de la década de los ochenta, la valoración comercial de los resultados de las investigaciones se ha constituido en la preocupación más importante de la política científica y tecnológica. En estos tiempos, el interés por las aplicaciones comerciales de tales resultados se está imponiendo sobre sus propias implicaciones científicas. En coherencia con esta posición, los países más avanzados hacen considerables esfuerzos para animar a los científicos a proseguir su tarea más allá de sus proyectos de investigación básica e, incluso, a que participen en la aplicación de sus resultados. Al mismo tiempo los gobiernos y las grandes empresas promueven programas nacionales e internacionales destinados a desarrollar investigaciones que obligan a la colaboración entre equipos de universidades y empresas. Como señala Ferné (1989): "[...] los [investigadores] universitarios tienen como compañeros de viaje a políticos y a industriales." (p. 567).

Pero, ¿es posible estimar la calidad de la investigación básica por su rendimiento económico y social? Gobernantes y empresarios así lo creen y antes de apoyar una investigación quieren tener cierta seguridad de que conducirá a desarrollos tecnológicos que puedan ser explotados a fondo. En consecuencia, uno de los elementos básicos de la política científica y tecnológica de una nación es la toma de decisiones sobre la asignación de recursos a los proyectos de I+D. Sin embargo, los análisis de este tipo, por muy exhaustivos que sean, resultan demasiado complejos y dejan un amplio margen de incertidumbre, por lo que no permiten predecir cambios tecnológicos a largo plazo.

Aunque no puedan hacerse vaticinios precisos en este sentido, sí es posible identificar áreas de futuro crecimiento tecnológico a las que la investigación básica contribuya con aportaciones relevantes, bien mediante conocimientos y técnicas esenciales, bien formando investigadores de alta cualificación que se incorporarán al mundo industrial. Por tanto, para determinar los fondos que se concederán a la investigación científica, los gobiernos y las empresas procuran conocer previamente qué aportaciones son necesarias en aquellos campos tecnológicos considerados estratégicos e intentan establecer de qué manera la investigación básica puede llevarlas a cabo. Apoyando determinadas líneas de investigación y marginando otras, gobiernos, empresarios, militares y diversos grupos sociales de presión influyen en la configuración de la ciencia y la tecnología que se hace en un país en una determinada época (Acevedo, 1998; Manassero, Vázquez y Acevedo, 2001).

Ahora bien, no todos están de acuerdo con este modelo de investigación básica dirigida a lograr metas tecnológicas específicas, habiéndose formulado duras críticas contra el mismo. La necesidad social de planificar y gestionar los recursos destinados a financiar la investigación científica y el desarrollo tecnológico no debería conducir a los políticos y gestores a caer en un excesivo dirigismo, exclusivamente orientado hacia objetivos tecnológicos concretos a lograr a corto plazo, porque la investigación básica, que genera conocimientos y prepara científicos -muchos de los cuales trabajarán en la ciencia industrial-, es también fundamental para la innovación tecnológica. Ésta es la opinión de Feinberg (1985), uno de los críticos del modelo señalado, el cual afirma que:

"Sería muy imprudente que la sociedad intentase dirigir la mayor parte de la investigación hacia objetivos tecnológicos específicos, porque no podemos predecir con exactitud y con gran antelación cuál será el enfoque de los problemas científicos no resueltos que nos conducirá a los resultados tecnológicos deseados. [...] Por desgracia, los científicos mismos a menudo prometen que de su investigación básica surgirán tecnologías específicas, quizá como manera de estimular la recepción de ayudas económicas. Tales promesas [...] muestran cortedad de miras." (p. 274 de la traducción española).

Y, también, cuando manifiesta con rotundidad que:

"Cuando se necesitan nuevos descubrimientos científicos para lograr determinada tecnología en particular, el mejor método para efectuar tales descubrimientos es la investigación corriente no dirigida. A veces dichos descubrimientos aparecen en áreas claramente relacionadas con la tecnología deseada y, a veces, en áreas aparentemente no relacionadas con ella." (p. 275 de la traducción española).

En el mundo actual la ciencia académica cada vez está siendo más dirigida por las finalidades y metas tecnológicas.

No obstante, lo que se percibe en el mundo contemporáneo es que a la investigación científica se le exige cada vez más el requisito de interés tecnológico y su compatibilidad con la tecnología. Para la inmensa mayoría de los ciudadanos la ciencia es uno de los componentes del complejo sistema denominado tecnociencia (Acevedo, 1997, 2001) y se valora por su utilidad. Para bien o para mal, en los albores del siglo XXI emerge un paradigma de Desarrollo e Investigación (D+I), en ese orden, que está sustituyendo al de Investigación y Desarrollo (I+D), el cual ha venido dominando la política científica y tecnológica desde la década de los setenta.

Referencias bibliográficas

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Notas:

(1). Ésta es una versión corregida, aumentada y actualizada con nuevas referencias bibliográficas de la publicada originalmente con el mismo título en la Revista Española de Física, 11(2), 8-11, (1997). El autor agradece a Dña. Eloísa López, directora de REF, su autorización y las facilidades para publicar esta nueva versión digital en la Sala de Lecturas CTS+I de la OEI.

(2). Inspección de Educación. Consejería de Educación de la Junta de Andalucía. Delegación Provincial de Huelva. E-mail: ja_acevedo@airtel.net

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