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Ciencia e Ideología:propuestas para un debate(1)

Mariano Hormigón
Universidad de Zaragoza
[Preprint del III International Symposium Galdeano, Zaragoza (España) 1996]


Pareilles à la langue d'Esope, la Science et la Technique ne valent
qu'en fonction de l'usage que l'on en fait...
Mohamed Larbi Bouguerra

1.- Introducción

Muchas de las personas que alcanzaron la madurez - siquiera fuera por el hecho del logro de un título universitario para ejercer una profesión- en la década de los sesenta del presente siglo XX se plantearon, entonces y después, el tema de las relaciones entre la ciencia y las ideologías con los más variados enfoques y perspectivas. Como he planteado ya en otro lugar(2) no es que la reflexión sobre la ciencia y sus entornos no se hubieran planteado anteriormente, sino que en la década de los sesenta se generó, se extendió y se consolidó la sensación de que no era oro todo lo que relucía en las manos y cerebros de los componentes de la comunidad científica. El gesto - como muchos otros que quedaron más o menos impresos en las memorias de los sujetos activos y pasivos en los aconteceres de aquellos años- que las mentalidades más críticas de ese periodo se atrevieron a realizar no fue, en principio, más que eso, un gesto, pero repercutió significativamente a la hora de plantear las viejas y nuevas preguntas sobre la ciencia. Los modelos habituales hasta entonces desarrollados se pusieron en cuestión, cuando menos porque se empañó la aureola de credibilidad de la ciencia por encima de toda sospecha. A partir de entonces, los trabajos se han multiplicado y se ha ido evidenciando el papel que las ideologías dominantes o emergentes han ido jugando a lo largo de la historia en la articulación y definición del pensamiento científico. De la misma forma, los estudios contemporáneos sobre la ciencia han revelado su papel -el de la ciencia- como soporte fundamentador de las ideologías cuando no como ideología propiamente dicha. Tampoco es que la definición sea tan novedosa. Georges Politzer en su entrañable y comprometido libro sobre Los Principios fundamentales de Filosofía, ya señalaba a propósito de los factores y las formas ideológicas:

“Se llama factor ideológico [a] la ideología considerada como como una causa o una fuerza que actúa, que es capaz de acción … Las religiones, por ejemplo, son un factor ideológico que [se debe] tener en cuenta. Tiene una fuerza moral que actúa de manera importante. … Con forma ideológica se designa … un conjunto de ideas particulares que forman una ideología en un dominio especializado. La religión, la moral, son formas de idología, lo mismo que la ciencia, la filosofía, la literatura, el arte, la poesía”(3).

Pero, lo de los sesenta ya es materia de la historia, hasta tal punto que puede afirmarse que la parte del mundo que se transforma con mayor dinamismo ha cambiado entre esa década y la final del siglo más de lo que lo hizo entre el final de la segunda guerra mundial y el famoso 68. Tramo sobre el que ya se tiene información cuantitativa y cualitativa clarificadora! Aunque la cronología sea un elemento convencional, parece que en estamos cambiando de siglo y milenio con una cierta sensación de ansiedad. Porque ¡vaya siglo! y ¡vaya milenio! que dejamos atrás. Como singularidad específica de la última centuria no se puede decir, simplemente, que la quinta parte de la población vive bien y que, gracias a los artefactos y artilugios tecno-científicos creados por las llamadas sociedades modernas desarrolladas, vive mucho mejor de lo que lo hacía hace cien, quinientos o mil años. Y no se puede decir, ya que no es un carácter singular, porque en unas ocasiones la diferencia del bienestar entre las clases se situaba en el renglón de la supervivencia y, en otras, en las posibilidades del disfrute del ocio. Los ricos siempre han tenido más ocio –lo que en algunos momentos de la historia sirvió para identificarlos- y más posibilidades de disfrutarlo.

Algunos escuetos datos servirán para confeccionar el marco del debate. En el informe sobre el desarrollo humano del año 1992 presentado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo(4) se aprecian claramente los números(5) que acreditan el deformando mundo de los años finales del siglo XX. Así en 1989 –en la década siguiente la tendencia no ha hecho sino hacerse más patente aún-

“la quinta parte más rica (mil millones aproximadamente), contaba con el 82,7 por ciento del ingreso; 81,2 % del comercio mundial; 94,6 % de los préstamos comerciales, 80,6 % del ahorro interno y 80,5 % de la inversión. En abrupto contraste, la quinta parte más pobre de la población mundial (otros mil millones aproximadamente) contaba con el 1,4 % del ingreso; 1 % del comercio mundial; 0,2 % de los préstamos comerciales; 1,0 % de ahorro interno 1,5 % de la inversión”.

“los países ricos (25 % de población mundial) … consumen el 70 % de la energía mundial, el 75 % de los metales, el 85 % de la madera y el 60 % de los alimentos”.

No creo que pueda rechazarse el axioma de que la desigualdad entre gentes o países es la gran herencia que el siglo XX va a legar.

Por eso tampoco creo que genere rechazo la afirmación de que el siglo XX se caracterizará en el futuro por haber sido el periodo cronológico en el que han chocado de manera más clara irreconciliables posiciones extremadas. Las unas han representado –y en parte todavía representan- el derecho de la Humanidad a pensar que las utopías son posibles y que no es una ligadura de carácter biológico insalvable la depredación de los congéneres, el abuso de los más fuertes sobre los débiles y la explotación de unos individuos por otros. Las otras han representado la pervivencia del estatuto discriminatorio que se inició con la fuerza bruta de los individuos y con la aparición de la familia y la propiedad privada. Entre ambas concepciones hay un rosario de encontronazos plasmados las más de las veces en guerras devastadoras, que han obligado a estar volviendo a empezar demasiadas veces, crímenes de todas las especies por acción y por omisión y errores, muchos errores. También estamos viviendo un cierto cierre de lo que significa la civilización occidental alumbrada en los tiempos de la Grecia clásica y del Imperio Romano, sistemáticamente reconvertida, reanalizada y readaptada a los cambios sociales, científicos y tecnológicos, que en los últimos quinientos años han visto nacer, crecer y desarrollarse, en una parte del mundo, la sociedad y la civilización industriales, panacea básica de la mayoría de pobladores de la mayoría de territorios del planeta, Sería ingenuo negar la existencia de cambios en la evolución de los conceptos científicos tanto en el ámbito de lo natural como de lo social. En unos casos para complicarlos teóricamente, para así conseguir que se adapten mejor a la realidad que pretende estudiarse, en otros, para tomar la dirección contraria, simplificadora, que sirva mejor a los intereses de las fuerzas dominantes de la sociedad en un momento dado de la historia.

Por ejemplo, Aristóteles, el filósofo del sentido común y del lugar común de su época, y de casi toda la historia posterior, nada sospechoso de veleidades innovadoras, cuando quiso explicar la actividad productiva y comercial, formuló un par de conceptos básicos, separados y casi inconmensurables entre sí. Se hallan en la Política. El primero, la noción de oikonomia, derivado de oikos (casa), se refiere al conjunto de tareas necesarias para el abastecimiento de la casa en un sentido amplio, que El Estagirita generaliza sin problemas a la polis (ciudad). La economía recoge las aspectos relacionados con la producción y el comercio dirigidos a la satisfacción de todo tipo de necesidades individuales o de los colectivos mencionados. Ahí no se imponen, por principio, ni la circulación del dinero ni los precios de mercado, ni otro tipo de variables necesarias o convenientes para otros fines que no sean los explicitados. A estos otros fines, o sea, a la economía de mercado, la denominó crematística, que definió como el conjunto de actividades de producción y comercio dirigidos a la acumulación de riqueza como fin en sí, esto es, independientemente de su posterior utilización. La crematística tiene por tanto como objeto, simplemente, acumular caudales por el puro lucro. La inmensa mayoría de las personas en el mundo antiguo y en todas las sociedades posteriores que se califican como tradicionales, practican la economía. Es más, aunque oficiantes de la crematística ha habido desde la aparición de la sociedad dividida en clases, lo cierto es que en los ámbitos mencionados, esta actividad estuvo muy mal vista y peor entendida por inexplicable y anómala. Incluso con tintes de perversión que podían suponer tremendos castigos en algunos programas religiosos, como recuerda el libro sagrado de los cristianos, a propósito de los ricos, los camellos y los ojos de las agujas. Y en esta tradición hay que situar igualmente las corrientes ascéticas –o, simplemente, orgánicas, esto es, no individualistas- enormemente críticas con la posesión de riquezas. Si al morir, lo hacemos desnudos y todas las posesiones tienen que quedarse en este mundo, cuando cada uno se va al otro ¿qué sentido tiene acumular las riquezas? Así, por tanto, la actividad necesaria, la economía, gozó de un prestigio social que no tuvo la otra. Por eso, cuando el sistema se trastocó, hasta el extremo de legitimar abiertamente el beneficio y la acumulación, a la par que se derribaba el cuerpo de doctrina aristotélico en los ámbitos de las nuevas ciencias, se procedió a quitar asperezas al objetivo cematístico, cambiando, simplemente, el nombre.

Sin embargo, hay más sensaciones a flor de piel que potencian la ansiedad antes aludida. En muchos momentos se tiene la impresión de que la Humanidad como sujeto colectivo es incapaz de poner frenos o de establecer límites a los peligros que amenazan incluso su extinción total. Este si es un instinto antinatural, porque la autoconservación de los individuos y de las especies es una constante entre los seres vivos, sólo puesta en cuestión cuando la superpoblación amenaza la existencia de las las comunidades globales. Aunque quizás no se sepa con seguridad nunca, parece que los comportamientos suicidas de las ballenas azules o de los lemmings pudieran encontrar en esto una justificación. Desde luego, no es fácilmente comprensible la pasividad con la que el género humano se enfrenta la sistemática destrucción del medio anbiente y de hábitats protectores de la vida futura sobre el planeta. ¿Mantendría alguna especie animal un arsenal destructivo que significase toda imposibilidad de supervivencia en el caso de activarse? ¿Cómo explicar la imposibilidad de lograr acuerdos para acometer operaciones de restauración del agujero de la capa de ozono, evitar el efecto invernadero o limitar el deterioro de las grandes selvas en general y de la Amazonia en particular? Lo asombroso del caso es que esta destrucción del futuro no es un imponderable casual ni un mal menor. Es producto de una política deliberada y consciente del elementos teórico-sociales, como el llamado Nuevo Orden Mundial, o de políticas concretas dictadas por los organismos que implantan y mantienen ese orden, como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial. Aspectos que se mantienen gracias a la confusión generada por los medios de comunicación más influyentes, vinculados en general al mundo del dinero. La comunicación es uno de los grandes logros de esas tres últimas décadas del siglo XX. Los hombres y las mujeres de todas las partes del mundo tienen posibilidades de relación a precios módicos, difícilmente imaginables hace medio siglo salvo en las llamadas obras de ciencia ficción. Los placeres y dulzores de la vida que hace nada parecían reservados a las grandes ciudades se extienden gracias a la televisión a todos los ámbitos geográficos. Ese maravilloso invento que podía haber servido para extender y profundizar conocimientos de todo orden en todas las partes del mundo, se ha convertido, por el contrario, en un elemento difusor de chabacanería y sordidez, por una parte, y en la herramienta más eficaz para ahormar la opinión pública mundial tanto en los momentos de aparente sosiego como en los de tensión, por otra. Los ciudadanos y ciudadanas individuales que no han perdido completamente sus atributos críticos ven con impotencia espectáculos de todo orden –bélicos, políticos, catastróficos- en los que se manipulan los hechos con desfachatez inusitada. La llamada Guerra del Golfo de 1991 representa el pistoletazo de salida de esta guerra sucia en el terreno de la información, de la que, si no hay un cambio ético substancial, no nos libraremos nunca. El nuevo orden mundial que se construye sobre los avances científicos y tecnológicos, acercando distancias, incrementando velocidades y permitiendo abarcar más y más territorios, hasta llegar a construir el concepto de la aldea global, no está sirviendo, sin embargo, para acercar a unos pueblos a otros y a unas etnias a otras. Más bien al contrario. En todos los ámbitos de la vida los modelos y patrones que representan categorías sociales de excelencia –triunfo, belleza, salud, bienestar, vivienda confortable, etc.- se identifican con los modelos y patrones euro-norteameriacanos. Hombres y mujeres blancos (pero bronceados natural o artificialmente), delgados, carentes de vello, ricos hasta el dispendio, con tiempo para hacer ejercicio cotidiano, que viven en grandes mansiones individualizadas y otros detalles fácilmente comprobables sin más que ojear cualquier ejemplar de las llamadas revistas del corazón, no han hecho más que, por una parte, fortalecer las posiciones y valores del llamado eurocentrismo como desideratum vital para toda la Humanidad. Por otra, han propiciado la eclosión de fundamentalismos contrarios –qué otra cosa es el eurocentrismo sino un fundamentalismo- en los que los excesos se magnifican y se identifican como perversos. Estos ingredientes también forman parte de la sociedad-espectáculo que siempre que se ha dado en la historia ha significado alguna quiebra de cualquier proyecto de comunicación. Es de desear que la que pueda venirse encima no sea excesivamente demoledora.

Como ya se ha apuntado, la crisis que se cierne sobre el actual sistema y que posiblemente podamos llegar a ver trasmitida en colores por la televisión, está disimulada por un progreso tecnológico al parecer irresistible y por su aval y condicionante más explícito como es el consumismo. Se trata de una crisis en una sociedad manifiestamente controlada por la tecnocracia, término que, por cierto, cada vez se utiliza menos, aunque se practique más. Frente a ella surgen muchas posiciones críticas, naturalmente minoritarias y naturalmente ajenas a los poderes fácticos. Surgen al hilo de casi cualquier tema y desde todas las gamas del espectro pensante de la sociedad. Uno de los historiadores españoles de la ciencia del periodo más reciente, pero pionero en estas lides, Alfonso Pérez de Laborda, tuvo el coraje de pronunciar, en la Escuela de Ingenieros Industriales de Bilbao en el acto de defensa de su tesis doctoral sobre Leibniz y Newton, la siguiente reflexión(6) para concluir su discurso. Tras declarar su apasionada toma de posición por el humanismo frente a la tecnocracia, señaló:

“Si se quiere hacer progresar la ciencia, si se quiere hacer progresar la técnica, si se tienen los ojos abiertos al mundo de las gentes y de las cosas que nos rodean, la alternativa es única: no restringirse, no especializarse, ser capaz de mirar desde posiciones cada vez más englobantes, estar muy despierto. De otra manera es más que posible que terminemos, no sólo por dejar de ver todo lo que está una pulgada más allá de nuestro pequeño yo, sino, lo que es mucho más grave, serán otros quienes nos lleven a donde quieran y les convenga, sin que nosotros seamos capaces siquiera de darnos cuenta de quién, cómo y por qué nos está manipulando, valga esta palabra tan de moda”.

Y continuó:

“No, la ciencia y la técnica tampoco son neutrales, como el mito de la ciencia manejado por los tecnócratas nos quiere hacer creer. Este es uno de los más grandes mitos de hoy”.

Aunque hay tintes éticos en las frases de Pérez de Laborda, las implicaciones ideológicas en los dos sentidos son evidentes y no están aislados, ya que aparecen insistentemente en la literatura crítica sobre la ciencia y la tecnología del último cuarto del siglo XX. Todos estos temas han ido ocupando espacios cada vez mayores en los ámbitos de expresión del pensamiento crítico. Por lo tanto, el trabajo que presento no es un arbusto aislado que crece en un páramo y no se trata tampoco de una pieza rara y especial en el conjunto de la literatura de las contribuciones cotidianas y positivas de la ciencia. Es, y con esa voluntad está escrito, una aportación más a las aproximaciones reflexivas que por todas partes se formulan sobre el universo de la ciencia. Así, pretende añadir a lo mucho e interesante ya planteado, algunas nuevas preguntas a las que en un sentido más general nos planteamos ahora hace diez años sobre ciencia e ideología(7) y a las que en torno a los aspectos ideológicos de la economía política(8) formulamos más recientemente. También encajan estas nuevas reflexiones en la línea marcada por las preocupaciones dimanantes de la vida cotidiana de las comunidades científicas en general(9) o de algunas en particular(10) que me parecen vías de trabajo de sociología de la ciencia, altamente sugerentes y atractivas, por lo menos para mi. Del hilo conductor representado por estos trabajos previos se pueden sacar, obviamente, algunas ideas pero, sin embargo, lo más interesante que hay en ellos es una abundante bibliografía fácilmente ampliable aún(11).

Por todo ello, aunque buena parte de la comunidad científica se obstine en aparecer ante la república de las letras y ante todas las repúblicas como carente de toda contaminación externa al propio discurso científico (creador-reproductor de doctrina), parece que el tema de las interrelaciones entre la ciencia y las ideologías va abriéndose hueco en todos los ámbitos científico-técnicos. No podía ser de otra manera, toda vez que el filón de las implicaciones ideológicas de la ciencia es viejo como el mundo y claro como el agua en lo que concierne a la época contemporánea.

2.- Una cuestión histórica

2-1- Algo sobre orígenes

Las limitaciones características de un trabajo de las dimensiones de éste, implican una actitud prudente a la hora de optar por las acotaciones temporales. Sólo por eso voy a limitar el abordaje del problema de la ideología en el pensamiento científico de la Antigüedad y del período medieval, aunque no me resisto a señalar que cualquier obra de pensamiento que se inscriba bajo epígrafes como Alá es grande o Laus Deo está contaminada de partida. Si no, cámbiese el homenajeado y piénsese en lo que se consideraría de un libro de álgebra que hubiese aparecido en su día con el rótulo Mao es grande o similar.

Para evitar este tipo de contratiempos, entre otros aspectos evidentes, la historia de la ciencia se ha partido en dos pedazos que tienen como zona de discontinuidad la de los inicios de la Edad Moderna, un período que se denomina Revolución Científica. Esta funde en un concepto de atractiva denominación un conjunto de transformaciones de orden político, económico y social, en las que la ciencia habría jugado un papel determinante y decisivo. Naturalmente, una ciencia diferente a la elaborada en todos los siglos anteriores, tanto en sus hechuras doctrinales como en sus orientaciones últimas.

Si proyectáramos hacia el pasado, como tantas veces –y tan incorrectamente- se hace, las preguntas que hoy se formulan los pensadores más lúcidos, no tardaríamos mucho en advertir que desde un punto de vista cualitativo, no se ha avanzado mucho desde la época de los filósofos jonios. Vivimos épocas en las que –como entonces- se está postulando un nuevo reparto de roles sociales y productivos, incluidos nuevos materiales que pueden jugar un papel similar al del hierro, precisamente, al igual que este metal, por su abundancia y relativa baratura. Aunque –en mi opinión, muy impropiamente- se está hablando y especulando sobre la sociedad postindustrial que va a venir representada por la tercera ola de la civilización, lo cierto es que los interrogantes son similares a los que también hace dos milenios y medio se preguntaron algunas de las mentes más preclaras que nunca han existido. Los físicos teóricos insisten –con un aparato matemático verdaderamente sofisticado- en indagar de dónde viene este universo, del cual la Tierra con toda su Humanidad somos una minúscula partícula. Ya casi nadie se inquieta incluso por lo que pudo ocurrir en los instantes correspondientes al tiempo negativo, porque de eso sí que parece imposible encontrar pistas documentales que ayuden siquiera a conjeturar situaciones espacio-temporales plausibles. Ahí sí que los creyentes en mitologías religiosas llevan ventaja a los demás porque pueden imaginar que, en la eternidad anterior al big-bang, Dios no tuvo necesidad de compañía explícita. Y los católicos aún tienen mayor ventura lógica, porque como ellos sostienen que eran tres, al menos podrían entretenerse juntos. Pero al margen de estos problemas imposibles de resolver, hay otros sobre el tapete antropológico, en el sentido de preguntarnos sobre lo que somos y sobre el posible devenir de la especie. Este tipo de preguntas y otras que están en la mente de quienes pretenden profundizar en el conocimiento de los enigmas importantes –los claros y enjundiosos- son los relativos a la estructura y funcionamiento del cosmos, de la sociedad y del individiduo y a los constituyentes primeros –básicos- de orden material y de orden espiritual. Hace dos milenios y medio las inteligencias de los sofistas se dirigieron hacia un incipiente cuerpo doctrinal al que fueron dando forma y fondo. Un cuerpo doctrinal teórico al que, andando el tiempo, se denominó ciencia. Hoy también la Humanidad –y con mayor motivo- se dirige a la ciencia, al cuerpo doctrinal perfeccionado y rehecho en los siglos de la Revolución Científica, la sustentadora y heredera de la revolución industrial, el soporte de las ideologías que han intentado explicar el cuadro del mundo, de la sociedad y del individuo en los últimos quinientos años, el elemento clave para la legitimación del orden social y político.

Es obvio que a lo largo de los siglos XVI y XVII el mundo experimentó transformaciones cualitativas de hondo calado. Era difícil, entonces, si no imposible, que las concepciones básicas que habían servido para mantener el falsamente racional edificio intelectual de la Edad Media, se mantuvieran incólumes ante la avalancha de nuevas ideas y sensaciones que representaban los nuevos descubrimientos geográficos primero, y de todo orden a continuación. La aparición del Nuevo Mundo en el paisaje terrestre hizo posible el derecho a cuestionar todo el sistema de conocimientos y la estructura de los órdenes de autoridad intelectual, moral y social. Al fin y al cabo, a pesar de tan sabios unos y tan santos otros, ni Platón ni Aristóteles ni Tomás de Aquino habían tenido conocimiento ni revelación de la existencia de ese gran pedazo de tierra emergida que terminó siendo América, cosa ya sabida para la inmensa mayoría de los mortales europeos de cualquier nivel de instrucción desde el mismísimo siglo XVI.

Los descubrimientos geográficos otorgaron licencia para liquidar las cautelas críticas respecto a los órdenes intelectuales establecidos y en un brevísimo plazo estos comenzaron a ser sometidos a crítica abierta y rupturista. De ahí, en un oportuno caldo de cultivo en el que se mezclaban intereses económicos, políticos e, incluso, históricos(12), es bastante lógico pensar que surgieran la Reforma y sus secuelas. En el primer largo periodo de confrontación entre papistas y protestantes que llega hasta el momento de estabilización del frente ideológico tras el concilio de Trento, el proceso no tiene rasgos diferenciales notables respecto a cualquiera otro que haya podido darse en la historia con el enfrentamiento entre concepciones religiosas que se disputan el poder temporal en todos los ámbitos espaciales. En esos momentos la observancia estricta de los preceptos y las licencias tolerantes son actitudes calculadas para ganar adeptos -a poder ser, poderosos e influyentes -, excitar el fervor fanático de las masas, debilitar las posiciones ideológicas del adversario y pertrechar las propias.

Entre estos bruscos cambios y sin duda situado entre los más trascendentes, hay que colocar el correspondiente a la nueva representación del universo, la opción teórica, estética y especulativa del sacerdote polaco y buen hijo de la Iglesia católica, Nicolás Copérnico. Claro que cuando esta opción apareció en el mundillo representado por la delgada capa social capaz de interesarse y entender el Comentariolus fue tomada más como curiosidad exótica que como expresión estricta de la verdad científica o filosófica. Es innegable que en los inicios del siglo XVI el exotismo que llegaba a Europa desde el Nuevo Mundo podía contrarrestar, salvo cuestiones relacionadas con lo más íntimo de la estructura religiosa, ampliamente, cualquier sucedáneo elaborado por individuos particulares en casi cualquier tema. Por ello, se puede decir que la sociedad de su tiempo estaba preparada y dispuesta a admitir sin mayores desgarros la hipótesis heliocéntrica que pudieran sostener algunos astrónomos cuyo más notorio representante era, por otra parte, no sólo buen cristiano sino sobrino de obispo. Además, la nueva teoría le hacía la vida más agradable a las gentes de mar. Y ya se sabe que el mar era el sector estratégico por excelencia en el mundo de la época.

Así pues, en una confrontación religiosa con la Biblia, el papado y la moral de los creyentes como aparentes elementos de discordia, poco hueco podía quedar para que la ciencia mereciera atención especial, aparte, claro está, de los resultados de contradicción más llamativa. Del encastillamiento defensivo de la estricta ortodoxia -normal, insisto, en cualquier situación histórica similar- surgen las tomas de posición sobre materias científicas que representan, a su vez, licencias eclesiásticas para categorizar opiniones en materias religiosas. Así, la condena por Lutero y Melanchton de la todavía escasamente conocida tesis copernicana(13) y la profesión de fe aristotélica del Concilio de Trento y de los jesuitas encuadrarán un debate en el que los poderes religiosos -y los políticos íntimamente relacionados con ellos. se sentirán con todo el derecho a terciar en las discusiones científicas e, incluso, a decir la última palabra.

En el segundo acto, mientras Calvino acaba cruelmente en la hoguera con la vida de Miguel Servet y los protestantes cubren con las cenizas de supuestas brujas los campos centroeuropeos(14), los católicos rivalizarán con ellos en busca de la notoriedad represiva, quemando vivo a Giordano Bruno en el Campo dei Fiori de Roma en 1600 y condenando a prisión perpetua a Galileo Galilei tras su retractación el 22 de junio de 1633 en Santa María sopra Minerva.

Mas, como la historia la han escrito quienes la han escrito y la opinión pública se ha formado como se ha formado, las percepciones de los abusos y atropellos que se han dado en la historia se han diferenciado y, por ello, han sido los papistas quienes se han quedado con la patente y la exclusiva de la intolerancia, de la intransigencia y de la utilización de los elementos represivos para combatir la disidencia. De hecho, los casos de Bruno y Galileo quedarán para siempre admitidos como representativos de la interacción perniciosa entre la ideología dominante y la ciencia.

Ello no obstante, como los hombres de ciencia(15) no han sólido distinguirse nunca por su particular bravura intelectual -acomodaticia postura que se justifica como producto de su superior inteligencia- la reacción más generalizada ante el autoritarismo de los poderes fácticos fue la de levantar bandera blanca de no agresión que, en caso de necesidad, pudiera ser interpretada como de rendición. Desde luego, eso hizo Galileo que, aun con todo, fue de los pocos que se atrevió a mantener durante tiempo sus posiciones y a atacar las de los jesuitas(16). Descartes, por ejemplo, cuando vio cómo pelaban las barbas de su colega toscano, puso las suyas a remojar en la jofaina de las cautelas, lo cual distorsionó a la baja su proyecto intelectual, que quedó, digan lo que quieran sus exégetas más devotos, bastante medievalizado y, a la larga, tampoco le sirvió de gran cosa a la hora de evitar las reprimendas de los guardianes de la ortodoxia, que acabaron por meter lo en el Indice, si bien no por mucho tiempo(17). Ello no obstante, esa actitud prudente -¿o sería más propio escribir temerosa?- permitió la existencia oficial del cartesianismo como nueva via legal de expresión intelectual, por una parte, y permitió el desarrollo de la ciencia en un esquema concreto de actuaciones, por otra. Para algunos, expresión diferenciada de ciencia moderna, aunque para los más cabales - entre los que me gustaría encontrarme- el cartesianismo a secas está lejos de ser ni matriz ni embrión del pensamiento científico moderno, incluso en sus formulaciones menos críticas y más piadosas. Las transfusiones de elementos externos al cartesianismo que hubieron de llegar al intelectual colectivo francés de la segunda mitad del siglo XVII -tanto al orgánico de la Académie des Sciences, como a los más espontáneos y menos protocolarios de salones y tertulias- para elevar el nivel científico de éstos, fueron lo suficientemente significativas como para pensar en otros rótulos teóricos para los conjuntos oficiales de mayores excelencias relativas, como el racionalismo primero y la ilustración después, entre otros perfiles más fugaces. Lo que no se abandonó fue la prudencia.

Que la prudencia no era virtud recomendable en exclusiva a los pensadores de países de observancia católica romana, lo demostró la vida de la mismísima Royal Society en la versión de sus propios estatutos. Así en la redacción que de los mismos preparó Hooke en 1663, se lee que

"el objetivo de la Royal Society es: mejorar el conocimiento de los objetos naturales, de todas las Artes útiles, las Manufacturas, las prácticas mecánicas, las Máquinas y los Inventos por medio de la Experimentación (sin tratar de Teología, Metafísica, Moral, Política, Gramática, Retórica y Lógica)".(18)

Quizás, como los ingleses aman la singularidad, se pueda argüir que esa actitud -a la larga dominante en todas las comunidades- tuviera una cierta carga lógica, porque no se puede negar que cuando un país vive más de un cuarto de siglo en situación de turbulencia hasta acceder a momentos en los que el entramado superestructural está bien ordenado y aprendido -filosofía incluida-, entonces la prudencia es virtud imprescindible para la conservación, primero, de la vida y, luego y dentro de ella, de la posición social(19).

Claro que la historia no se ha querido ver así, porque no convenía. En un mundo en el que se consideraba ortodoxo pensar que España saqueba brutalmente las riquezas americanas sometiendo a los indígenas a una no menos brutal explotación, mientras que piratas y corsarios al servicio de otras banderas eran leales, honrados y beneméritos vasallos de algunas majestades, poca objetividad cabe esperar del enjuiciamiento crítico de capítulos menos vistosos de la historia como es el de la ciencia. Bajo esta peculiar óptica, los llamados novatores españoles hubieron de conducirse con suma prudencia a la hora de adherirse a corrientes de pensamiento alternativas al aristotelismo. Esto no cuesta trabajo entenderlo porque en España existía la Inquisición, como en los territorios pontificios, y es sabido que este vergonzante y vergonzoso tribunal procesaba y enviaba a prisión y al cadalso a personas por veleidades que pudieran ser calificadas de heréticas. Eso ha quedado prendido en la historia y ya se admite también como elemento permanente de referencia en las consideraciones que quieran hacerse sobre la interrelación nociva de la ciencia y la ideología. Por ello, puede justificarse benévolamente que los novatores españoles residentes en España(20) se acogieran a fórmulas escépticas con las que podían asumir trozos de diversas doctrinas sin presentar un choque frontal con la ortodoxia aristotélica(21).

2.2.- Cambio de coordenadas

Para un debate sobre las relaciones entre ciencia e ideología, los orígenes de la ciencia moderna, o sea el periodo de la Revolución Científica son un filón que, aunque muy explotado, es todavía muy rico en mena de alta calidad. Esta apreciación no es, naturalmente, aceptada unánimemente desde todas las rayas de los espectros histórico-científico y filosófico-científico por causa de la misma definición del producto, la ciencia, como obra humana ajena a los valores de orden general (bondad, justicia, ...). Por ello, quienes quieren considerar que la ciencia es una creación autónoma de algunos privilegiados cerebros humanos, suelen querer creer que la fe religiosa y la piedad personal son salvíficos influjos divinos en el alma humana, que las posiciones políticas surgen de sentimientos individuales y que todo ello poco o nada tiene que ver con el orden económico y social que se instale en cada época. Por ello, se pueden verter mares de tinta sobre la exégesis interna de las obras científicas sin la menor referencia a elementos contaminantes externos, bajo esas hipótesis, de todo punto irrelevantes. Si se considera, por tanto, que la ciencia, la religión y la política son compartimentos estancos en los que uno se introduce cuando se coloca el gorro adecuado y que lo que se hace en un aspecto no tiene relación con lo que se desarrolla en otro, será difícil que se admitan relaciones entre la ciencia y cualquier otra cosa, incluida la ideología. Mas a todos estos científicos (para los que, de momento, me voy a ahorrar cualquier adjetivo calificativo) cabría recordarles lo que en la Galicia hispana se dice de las brujas. No hay que creer en ellas, pero haberlas haylas.

Los temas de las relaciones entre ciencia e ideología serían sólo un tema de interés histórico -y, por ello, no voy a escribir que irrelevante- si no estuvieran vigentes en la actualidad. Y, precisamente, a causa de su actualidad gana en importancia y sumerge el debate en el entramado de las implicaciones sociales de la ciencia en una multiplicidad de ámbitos. Bien es cierto que, desde el punto de vista de las consideraciones de la rabiosa actualidad, la reflexión sobre las interrelaciones entre la ciencia y la ideología adquiere perfiles de manifiesta desigualdad, ya que, por una parte, se presenta ante el mundo el inmenso edificio de la ciencia -pretendidamente aideológica y asexuada- en su correspondiente formato editorial, con sus libros y revistas científicas. De otro, la exigua comunidad crítica con escasas posibilidades de hacerse oír en foros internacionales y de alcanzar medios de expresión en los que el sistema de arbitraje ad hoc puede eliminar de entrada cualquier veleidad colorista en la exposición científica. Más aún, la ciencia honorable, la que se reclama portadora de ideas y conceptos rigurosamente asentados, la ciencia que surge y se desarrolla, pretendidamente, al margen de cualquier consideración externa se traduce al gran público por los potentes canales informativos que representan las grandes, medianas y pequeñas revistas intituladas de divulgación científica, a través de las cuales se filtran en los mass media las pertinentes informaciones científicas que luego son las que figuran en los medios de prensa diaria de información general, en la radio y en la televisión. La desigualdad antes mencionada aparece, entonces, con toda su nitidez. Hay que demostrar cotidianamente cierto coraje para superar las conscientes sensaciones de predicar en el desierto y de esfuerzo inútil que se difunden por los pequeños núcleos críticos ante la imponente presencia mundial de la ciencia sin atributos. Pero, aunque la sensación sea la de arañar la formidable coraza de acero endurecido hay momentos en los que es preciso elevar en voz alta el propio pensamiento cuando menos para mostrar de forma notoria que la unanimidad no existe. Y en este momento, el de la última década del siglo XX, cuando el mundo ha vivido impávido el espectáculo de la Guerra del Golfo y otros movimientos militares de los Estados Unidos contra Irak y otros pequeños países subdesarrollados, sin contar con la sistemática presión de los embargos económicos contra cualquier país discolo, la posición adquiere tintes de absoluta necesidad(22). En estos episodios la ciencia ha mostrado su eficacia mortífera y su ya clásica rentabilidad bélica al servicio -¿quién se atrevería a negarlo?- de un determinado modelo de orden mundial. Al fin y al cabo, lo de la sutil presencia de la ideología en todos los negocios humanos ya es cosa que observó Voltaire con claridad y que recordó Lévy-Leblond oportunamente al referirse a la ideología en la física: La ideología es como el diablo, su mayor mérito es aparentar que no existe.

Y es que la ideología ha penetrado en todos los ámbitos de la vida cotidiano. Porque, cómo explicar, por ejemplo, si no es ideológicamente, que aromas personales como los del llamado San Bruno, arzobispo de Colonia en el siglo X, que se vestía con pieles de oveja y no se lavaba, que se el asimilara la frase Christi bonus odor(23).

3.- Las vías trabajo

En ciencia e ideología hay varios frentes de trabajo que pueden servir para encuadrar el debate. Van desde los casos admitidos como representativos de la perniciosa intromisión de la ideología en la ciencia hasta los cuadros disciplinares en los que se rechaza de plano la existencia de esta intromisión. Vamos a consederarlos a continuación.

3.1.- Los casos claros y aceptados

Ya he aludido al comienzo de esta exposición a la influencia de las querellas religiosas en el momento de las grandes guerras de religión en el proceso de transición del feudalismo al capitalismo y a la utilización que de ciertos episodios se hizo por la inteligencia de cada época(24). La ciencia anglosajona, con su papel de portavoz amplificado del nuevo orden socio-político-económico, contribuyó decisivamente a encuadrar en el marco de las patologías ideológicas -y, obviamente, cargada de razón- el malévolo comportamiento de los inquisidores papistas con Giordano Bruno y Galileo(25). Ese ha sido por tanto el marco que en los últimos cuatro siglos ha servido de referencia y lo que ha justificado que el tema de la interrelación entre la ciencia y la ideología se haya tenido que contemplar en el espectro de los certámenes internacionales del ramo. No sólo eso, experto ha habido que se ha atrevido a postular las excelencias científicas de la religión reformada respecto a cualquier otro credo me refiero, naturalmente, a las piruetas teóricas de Merton-, como si nunca hubiera habido letras escarlatas y brujas de Salem. Como también he señalado al comienzo de este trabajo otro capítulo histórico que se ha admitido sin estridencias mayores es el correspondiente a los serios encontronazos entre Biblia y ciencias naturales, en el momento álgido de la expansión del capitalismo liberal, para el que los marcos de referencia basados en valores no económicos podían resultar sumamente incómodos. Por último, el siglo XX iba a aportar otros dos grandes campos de estudio perfectamente legitimados para las corrientes mayoritarias de la comunidad científica: el nazismo y el poder soviético. Como quien no quiere la cosa, ambos aspectos se han presentado unidos -y más, ahora- lo mismo que en la solicitud de visado de entrada en los Estados Unidos, aunque obviamente, este reduccionismo sólo ha solido estar presente en las presentaciones propagandísticas hacia la galería o en reuniones claramente politizadas. En el primero de estos temas, el nazismo, lo que se estudió críticamente fue el caso de la exaltación de la ciencia aria y las bestiales experimentaciones con seres humanos prisioneros en los campos y cárceles del Tercer Reich. Sin negar un ápice de crítica a estas enormidades conceptuales y metodológicas y estando plenamente convencido de la importancia negativa de estos hechos históricos, no deja de sorprender el particular cinismo de quienes pretenden desnudar al santo nazi-alemán para vestir a otro de su correspondiente territorio. La historia de la ciencia, al fin y al cabo, está repleta de discursos y prácticas en las que la exaltación de la ciencia nacional se coloca por encima de cualquier otra consideración y algunas alusiones haremos a lo largo del trabajo. Creo que se podría decir que en todos los países del mundo, por más incipiente que sea su comunidad científica, se ha producido, y en buena medida se produce todavía este fenómeno. También es lisa y llanamente cínica la rasgadura de hábitos con el tema de la experimentación en seres humanos. La historia de la ciencia también tiene referencias ya conocidas de determinadas prácticas de cirujanos que al tiempo que extirpaban un pecho a una mujer enferma de cáncer introducían células malignas en el pecho sano para estudiar su evolución posterior. Estos médicos que así se conducían no eran nazis ni siquiera alemanes y ya utilizaban mujeres como cobayas. Lo importante de este ejemplo es que estas prácticas de hacían en pro del conocimiento ¡en nombre de la ciencia! Y ya no tan lejos como los nazis o los cirujanos de finales del siglo XIX, están las experimentaciones con diversos productos tóxicos en países del Tercer Mundo (Este es tercero también, pero no es Reich). Como muestran muchas publicaciones las multinacionales del sector químico obtienen información directa con la experimentación en humanos pobres a cambio del pago de unos pocos pero preciados dólares(26).

De todas formas está claro que estos grandes temas siguen dando mucho de sí, mucho más de lo que las versiones holliwoodienses sugieren. Aunque, todavía, las prevenciones y miramientos en el análisis de lo que el nazismo significó e hizo siguen vigentes en Alemania, Austria, Croacia o Hungría –y mucho más desde la caída del muro, para evitar que las personas que tratan del tema puedan ser señaladas como sospechosas de filocomunismo- de vez en cuando surgen aportaciones documentadas que, aunque arrastren una cierta dosis de autocensura arrojan más luz,. abren más campos para el estudio y la reflexión y también plantean propuestas para el debate. Pero que nadie piense en clave exclusivamente alemana(27) – o de su zona de influencia- en este tipo de asuntos. En Italia, aparte de que la mayoría de los científicos convivieron con el fascismo hasta que con las leyes raciales la situación se puso más tensa, muchas instituciones universitarias, de educación o de investigación actuales siguen llevando nombres de notorios colaboradores de Mussolini. Eso, por no hablar de los diligentes denunciantes del macarthismo en los Estados Unidos, que parece que se circunscribiera al mundo del cine o de lo que ocurrió en España, que conozco mucho mejor. Entre las recientes producciones de este ámbito de información histórica resalta el documentadísimo libro de Reinhard Siegmund-Shultze(28) sobre los matemáticos en fuga de Hitler, que representa una interesante aproximación a la historia de los avatares sufridos por la comunidad científica e incluso por algunas partes de la disciplina a través de documentos, que suponen más de la mitad del volumen de 369 páginas, además de lanzar una metodología de trabajo que sigue a la alemana, y que, por tanto, produce una cierta insatisfacción en el lector ávido de conclusiones más claras y rotundas. Esa insatisfacción, por ejemplo, ha quedado clara en la lectura crítica realizada por Eckart Leiser, que señala con bastante nitidez la existencia de un excesivo autocrontol discursivo y una cierta mitología doméstica en el análisis de los hechos(29). Precisamente en la reflexión de Leiser es donde se aprecian algunas de las propuestas que pueden enriquecer el debate sobre el papel de las interacciones entre las ideologías político-sociales y la ciencia y sobre la emergencia de otras ideologías que actúan en muchos momentos pero que, en la mayoría de ellos, no se toman como tales ideologías. En este aspecto, la manifestación reiterada del antisemitismo como causa principal de la persecución contra individuos o grupos de individuos enmascara otro tipo de actuaciones administrativas o de discriminación social. Eso ocurre, por ejemplo, cada vez que se presentan en primer plano los sangrientos tintes que se alcanzaron en los campos de exterminio, de concentración o en el capítulo de los suicidios.

Y son importantes porque estas manifestaciones más sutiles y menos sangrientas pueden servir para explicar algunos de los matices que introduzco a continuación en otros apartados que recogen aspectos no universalmente aceptados como evidencias sobre la intervención de la ideología en el discurso y la práctica científicas. En el libro de Siegmund-Shultze hay muchos ejemplos que resaltan, por ejemplo, la ponderada autocensura a la que conduce la práctica científica, supuestamente desideologizada. Porque ¿Cómo entender, por ejemplo, la mesura de Richard Courant, -brillante colaborador de Hilbert en alguno de sus libros y líneas de trabajo más emblemáticas, al que sucedió en su cátedra y de la que fue expulsado, a pesar de su condición de ciudadano pacífico y nada hostil respecto al nacionalsocialismo- hacia adeptos al régimen tan concretos como H. Hasse, que se atrevió a usurpar su cátedra cuando él emprendió el camino del exilio? La explicación de esta sorprendente actitud puede hallarse el contenido de la correspondencia que Siegmund-Schultze reproduce. Así, por ejemplo, en una carta a Harald Bohr, fechada en 1933, manifiesta:

“… aquí se vive mucho más tranquilo de lo que Vds. en el extranjero con su prensa tendenciosa manifiesta. Es lógico que caigan virutas cuando se acepilla ,,, Pero así y todo creo que despejada la situación, gracias a la eliminación de los partidos políticos llegaremos a un estado más estable también en el plano psicológico”(30).

Este párrafo es toda una lección de percepción política de una situación nueva y de la despreocupación a la que conduce el confort ideológico prestado por la ciencia en general y las matemáticas en particular. Siegmund-Schultze, aún enganchado a las supuestas virtudes del cultivo de la ciencia príncipe, seguramente por razones defensivas de integración social -y para no tenerle que retirar el saludo a muchos colegas de chaqueteo fácil- explica con el recurso a un pragmatismo basado en el interés de las matemáticas en sí y a sus perspectivas de desarrollo. Algo que Brecht sintetizó, con la maestría que ejercitan los grandes autores, en aquel famoso poema que comienza: Primero fueron a por los comunistas y a mi no me importó, porque yo no era y que termina con ese fatídico: Ahora vienen a por mi. A por Courant, que saludaba como positiva la prohibición de los partidos en general –salvo uno-, y la persecución que se abatía sobre los comunistas en concreto, iban a ir pronto por su condición de judío, aunque ideológicamente su distancia del nacionalsocialismo emergente no fuera significativa, porque en otra carta de la misma primavera había señalado:

"Desde luego tengo que abstraer mi situación individual al valorar las cosas en su conjunto. Y haciéndolo veo al igual que Vd. los logros positivos del gobierno y considero la cohesión interna alcanzada entre una gran parte del pueblo un manantial potencial de energía inmensa."(31)

Y es que el pragmatismo, en casi todas las ocasiones en las que se utiliza, no deja de ser una ideología, aunque disimulada y no claramente admitida, que funciona en muchos momentos de la historia en los que se vive una cierta tensión. En otros ámbitos, por ejemplo, en el ambiente norteamericano en el que aterrizaron los científicos represaliados, desplazados o emigrados por razones económicas, en los que los nazis eran, en general, los malos inexcusables de la trama, esta supuesta objetividad en el enunciado de los acontecimientos era una faceta que los elementos más conservadores de la comunidad científica receptora podían considerar positiva de cara a la integración sosegada y profesional en la sociedad de acogida. De todas formas, la trampa que el nazismo –como todas sus ideologías próximas- tendieron en los primeros momentos de instalación en el poder fue sutil y ha sido copiada en muchas situaciones similares. Porque a pesar de los excesos callejeros y los montajes intimidatorios (Kristallnach –la noche de los cristales rotos de noviembre del 38- incluida) de los matones de las SA, los partidarios del nuevo régimen alemán, consiguieron convertir el antisemitismo en un debate intelectual embutido en un disfraz culto, Para Leiser, entre otros, la existencia de estos nazis salvajes justifican uno de los mitos más usuales en el abordaje del tema, del que sobre todo se pretende extraer el tema de la generosidad de los países de acogida, que salvaron a científicos –que no eran precisamente levantiscos y revoltosos- del terror, del horror y de la persecución y les permitieron trabajar en las áreas en las que eran más competentes, sin ningún tipo de cortapisas. Estos nazis salvajes, en realidad, a pesar de sus objetivos desmanes, han servido y sirven de pretexto justificador a los pragmáticos de todos los sectores para escurrir el bulto en el capítulo de las responsabilidades.

El trabajo de investigación de Siegmund-Schultze demuestra y aclara para siempre que este recurso al pragmatismo de matriz cientista no fue un hecho aislado. Es más, hay pragmáticos, realistas o, como Schilller, adoradores de la diosa matemática, de un pensamiento sociopolítico más agudo que el de Courant, que también fueron testigos mudos o por lo menos pasivos de las situaciones que les tocaron vivir. Por ejemplo, Brauer, discípulo nada menos que de Issai Schur –quien por cierto salvó el pellejo de milagro en Palestina, pero murió prematuramente para las matemáticas- y uno de los promotores de la teoría de grupos y de la de las álgebras consiente en aceptar la revocación de su contrato por parte de Springer cuando tenía su libro prácticamente terminado, para que no peligraran otros proyectos de la potente editorial(32). Insólito ¿no? Y otro personaje no menos importante en la historia de las matemáticas del siglo XX, E. Noether, también pionera del álgebra abstracta, también precozmente discriminada por su condición de mujer primero, por su condición de judía después y por sus simpatías socialistas siempre, aceptó, al llegar a los Estados Unidos, pragmáticamente un status profesional mucho menor al que le correspondía por su personalidad y méritos científicos. Aunque las comparaciones sigan siendo impertinentes, no fue el trato que recibieron, por ejemplo, los emigrados españoles que recalaron en la URSS, en pleno periodo staliniano, a pesar de las privaciones dimanantes de la guerra y de los excesos represivos, disparates o crímenes de aquella época.

Aunque Leiser –y yo estoy de acuerdo con él- matiza la metodología utilizada por Siegmund-Schultze en torno a la definición de la población de matemáticos –un tema en el que los historiadores de las matemáticas parece que no acabaremos de ponernos nunca de acuerdo, porque se excluyen del estudio, entre otros, a quienes no trabajan en instituciones matemáticas y a los que lo hacen en los primeros niveles de la enseñanza, lo que en otras coordenadas hubiera excluido a Leibniz e incluso a Weierstrass, que a los 40 años aún era profesor de secundaria, los estudios monográficos siempre son importantes(33). Siegmund-Schultze, con sus criterios, restringe la población perseguida a 187 matemáticos. También hay lagunas en el análisis habitual que se hace sobre el nazismo, porque la salida fácil, aunque usual, ha sido concentrar el problema en el tema judío sin mayores matices. Así, señalar que del total anterior 148 pertenecen a la categoría no ario, y que de los 14 matemáticos que murieron en los campos de concentración o se suicidaron hubo 12 de ellos, indica una relación cuantitativa importante(34), pero no exhaustiva. Hay, desde luego, otras ópticas para estudiar el problema que en una historia con restricciones selectivas aparecen con mucha dificultad.

Mas, aunque el fanatismo antisemita afloró antes de la guerra en Alemania y Austria y durante la contienda en los países que se ocuparon, son ciertas las concepciones exculpatorias de buena parte de la ciudadanía – Leiser la cuantifica en un 90%- que aduce que no se enteró de las cosas que pasaban ni en la calle ni en las mazmorras de la Gestapo, ni en los campos de concentración y exterminio. Ese tipo de actitudes permite, a continuación, delimitar responsabilidades en las que además de los evidentes culpables, o sea, de los matones, los nazis salvajes y de los máximos dirigentes del partido y del III Reich, se exculpa a todos los demás, por la atenuante o mejor eximente de la obediencia debida, incluso en los civiles, al tiempo que se discriminan los casos correspondiente a la violencia incontrolada de los que se hicieron de acuerdo con las leyes. Como el objetivo central del trabajo es suscitar el debate en torno a la ciencia y a la ideología –cuya relación parece clara en el ámbito del III Reich- nos importan más los hechos en relación con la ciencia y los científicos. ¿Puede excusarse sin más el papel de los científicos que convivieron sin protesta en el proceso de afirmación de la ciencia aria, aunque reprobaran los excesos sangrientos del sistema, si es que lo hacían? Desde luego esto funcionó cuando la oleada de nazis que se esparció por el mundo tras la guerra llegó a nuevos mundos. Lo pasado pasado y pelillos a la mar. Los Estados Unidos fueron, por supuesto, generosos en el fichaje de personas que podían serles útiles en sus programas de desarrollo de la tecnología y de la ciencia y miraron para otro lado cuando incorporaron a personas que habían colaborado lealmente con el régimen nazi. ¿Puede igualmente considerarse neutral la actitud de los científicos que se atenían a las leyes y a su ciencia sin implicarse en mayores compromisos, como la militancia, las escenificaciones prepotentes o el servicio leal a semejante tipo de estado? El liderazgo del Partido Nacionalsocialista fue conseguido por vía parlamentaria y ese instrumento no dejó de usarse, con lo que se elaboraron leyes y la vida se ordenó de acuerdo con una legalidad, que, como señala Leiser, a primera vista incluyó algunas señas de un Estado de Derecho. Y dice más, y dice bien(35):

Lo que pasa es que incluso a los historiadores les cuesta entender que también el terror disfrazado de legalidad mata, aunque sea de manera indirecta y lenta, arrastrando las víctimas hacia un callejón sin salida y al final hacia el suicidio.

En síntesis, el tema de las interacciones entre la ideología y la ciencia en el ámbito del Tercer Reich –tema en el que insistiré un poco más en el siguiente apartado- no puede quedarse reducido –con ser, obviamente, muy grave y muy significativo- a la persecución y al martirologio producidos dentro del ámbito geopolítico de Alemania y de los países que ocupó antes de o durante la Segunda Guerra Mundial. Por lo menos, al hilo de lo que se ha apuntado, hay dos temas que están íntimamente soldados a este proceso histórico y en los que hay multitud de elementos para aclarar y para debatir. El primero es el de las actuaciones de los científicos en medios sociales notoriamente injustos o despóticos en los que, además, la propuesta teórica para el desarrollo de la ciencia, se hace en clave particular –en el caso que nos ocupa, la ciencia aria- en contradicción teórica con la universalidad que se predica para el conocimiento científico. El segundo, en el que se va a insistir un poco más adelante, el de la ideología fáctica en los países de acogida de la emigración voluntaria o forzosa por la política nacional socialista desarrollada en el Tercer Reich. Naturalmente hay más temas que se pueden tratar, aunque podría decirse que se apartan un poco del marco teórico prefijado en el presente trabajo. Entre ellos cabe esbozar la manifiesta compatibilidad del modo de producción capitalista con el nazismo, la integración de elementos de las capas dominantes no arias en la estructura del estado nacionalsocialista, la propia definición de la ciencia aria y otros muchos más.

El segundo gran tema aportado por el siglo XX al asunto que estamos analizando viene representado por las depuraciones de los genetistas soviéticos, el caso Lysenko y, en general, por las disensiones entorno al intento de construir una ciencia construida con herramientas procedentes del materialismo dialéctico que tuvieron lugar en la URSS en los años 30 y 40 de nuestro siglo. Como, además, el tema se inscribe en el periodo staliniano y está barnizado de aspectos represivos, sirve muy bien para acabar con la rabia de la pretensión social igualitarista liquidando físicamente al perro del poder soviético. Quiero señalar con esto que en el análisis de los procesos que tienen a la URSS como marco de referencia hay, desde luego, ideología en los actores y episodios soviéticos, pero también la hay en los exégetas y comentaristas de los mismos. El conflicto que se planteó en la biología soviética en los años del stalinismo, cuando el grupo dirigido por el abogado Lysenko, utilizando con gran eficacia la ideología dominante como arma acusadora, liquidó casi totalmente a la comunidad científica de genetistas. El caso fue tan llamativo y clamoroso, porque estos genetistas, que por cierto exhibían un método más conforme a los postulados del materialismo dialéctico que sus oponentes, gozaba de gran prestigio dentro y fuera de las fronteras de la URSS gracias a la calidad de los resultados obtenidos. En este asunto, además de las consideraciones de fondo que se han apuntado al comienzo del párrafo, hay un vicio de excesivo personalismo, tendencia que se prodiga en la pluma de cuantos quieren reducir la vida social de las naciones, de las instituciones o de las épocas a la acción de unas cuantas personas por lo general o muy buenas o muy perversas. El nazismo se confunde con Hitler, el franquismo con Franco –aunque como tras éste no vino ningún juicio de Nüremberg, hay quien pretende embellecer su figura a cuenta de sostener que él era bueno, pero no los que le rodeaban-. En consecuencia, la trágica depuración de los genetistas soviéticos se llama habitualmente caso Lysenko, que se presenta como individuo demoníaco, algo que, por otra parte, él mismo se ganó con todo merecimiento. La reflexión sobre este tipo de episodios, de los que sobre todo habría que aprender para que no se presenten las condiciones que permitan su repetición, deberían derivar al análisis de los entornos –de todos los entornos- en los que se produjeron, de las condiciones que propiciaron semejantes actuaciones y sobre todo de sus consecuencias en los procesos cognoscitivos. Además, sería exigible que se adoptase la misma vara de medir para analizar los diferentes casos de la historia. En ese sentido, por ejemplo, los comunistas deben asumir el análisis y sus resultados en el caso de los genetistas soviéticos y los católicos, por ejemplo, asumir su pasado en casos como el de Galileo. Mas sobre esto, no se puede olvidar que bastantes sovietólogos oficiales occidentales esconden el hecho de que tras lo que se llama el golpe de Lysenko en la Academia de Agricultura de la URSS de 1948, la comunidad científica los amparó fuera de los dominios de Lysenko, fundamentalmente en el ámbito de la física nuclear, donde se organizaron institutos y laboratorios completos con nombres diversos, tales como biofísica, genética de la radiación y otros por el estilo. Para los herejes en unos sitios y para las brujas en otros no hubo normalmente esa suerte. Lysenko o quizás sería mejor escribir el lysenkismo no representa un episodio aislado en la historia de la ciencia, porque la utilización de recursos ideológicos para hacer prevalecer las propias tesis en detrimento de las de los adversarios no ha sido, ni mucho menos, específica de la ciencia soviética(36). Además de los ejemplos que he incorporado a la sección de los llamados casos oscuros, que se tratarán en el apartado siguiente, se podría añadir una larga lista de episodios en los que autores muy eminentes se apoyaron en la corriente ideológica dominante para derrotar a sus rivales. Un ejemplo de esto se puede encontrar en el siglo XIX en el debate sobre la generación espontánea en el que el trasfondo ideológico emergió con nitidez. Ya desde comienzos de siglo George Cuvier se convirtió en campeón de la lucha contra el transformismo de Lamarck, Geoffroy y otros, que subió de tono en los años 30 en el debate con Geoffroy, quien sostenía la idea de generación espontánea de la vida. Cuvier, con habilidad y eficacia, llevó a la opinión pública la idea de que la generación espontánea formaba parte, por un lado, de la Naturphilosophie de la Alemania enemiga y, por otro, con el materialismo característico de los años del terror y de la Revolución. Esto condicionó decisivamente el resultado de la controversia a favor de Cuvier(37). En la misma fuente y sobre el mismo tema se pone aún mayor énfasis en el asunto, a propósito de la ruda polémica que mantuvieron Louis Pasteur y Felix Pouchet en los años 60. Este había puesto en 1859 en el mercado un libro en el que sostenía esta concepción. Buena parte de su argumentación estaba dirigida a cubrirse de las acusaciones de irreligiosidad, ateísmo, materialismo o transformismo. La generación espontánea, señalaba Pouchet, no era hostil sino concordante con los idearios religiosos ortodoxos. Y además aportaba pruebas experimentales. Pasteur, que para entonces ya había olvidado las enseñanzas de su padre y sus sensibilidades juveniles y militaba en posiciones sociales, políticas e ideológicas conservadoras, concentró su artillería argumental en el selecto cogollo de las instituciones científicas hasta que fueron persuadidos de argumentos tan discutiblemente científicos como que la generación espontánea era blasfema, al negar el acto de creación divina, ponía en peligro el lado espiritual tanto en lo personal como en lo social y en definitiva era una expresión más del peligroso materialismo que se extendía por Europa. Como había sucedido con la Royal Society en el caso de Newton contra Leibniz, las dos comisiones nombradas por la Academia de Ciencias se condujeron con una parcialidad bastante explícita –o cuando menos con ausencia de objetividad- y se decantaron a favor de las posiciones de Pasteur. Eran los tiempos del Segundo Imperio y Pasteur sabía dónde y con quién se movía.

Estas dos confrontaciones ciencia-nazismo, ciencia-poder soviético, características del siglo XX, han permitido abrir una puerta por la que no sólo ha entrado ideología a borbotones sino que incluso un determinado tipo de politización admitida en la comunidad científica.

Uno de los elementos más ilustrativos de los casos conflictivos apuntados es el papel de la propia comunicación de las ideas y de los resultados de la actividad científica a la comunidad y el debate, la polémica e incluso el conflicto que se pueden generar simplemente con la toma de posición favorable a unas determinadas concepciones y a unas concretas metodologías alternativas. relacionado con la elección de las concepciones y los métodos alternativos. Es algo que, quizás ahora más que nunca. prolifera por los núcleos de vida científica y con cualquier organismo que tenga que ver con ellos en los que tienden a ser habituales las tomas de posición a favor o en contra en función del pensamiento del solicitante, interviniente u oponente. En esta etapa es muy corriente la utilización por parte de los científicos de las tendencias ideológicas que prevalecen en la sociedad en un momento dado. Sobre todo en los sistemas en que fundaciones u otro tipo de entidades vinculadas a grandes corporaciones industriales o financieras intervienen en el vasto campo de la cultura, en el que se inscribe necesariamente la exégesis científica, el control de las producciones que se realicen con ese tipo de dinero, es férreo y los despistes inusuales. Cuando estalla la polémica, si se consigue asociar en la opinión pública –del ámbito que sea- las posición del adversario con una ideología mal vista y mal considerada, el triunfo en el debate está casi garantizado, aunque el instrumental cognoscitivo sea tosco e incluso cuando las tesis que se sostienen no sean concordantes con la ideología desde la que se elaboran. Vaya esto por delante en lo que se refiere a lo más basto de los encontronazos entre científicos por motivos ideológicos, aunque, como comentaré enseguida, hay otro tipo de diferencias de orden científico que también están presentes en las relaciones interpersonales de los hombres y mujeres del mundo de la ciencia.

Estos son los temas más claros en los que se admite e incluso se fomenta el estudio crítico sobre las influencias negativas de la penetración de las ideologías en el terreno de la creación o reproducción de la ciencia. La justificación se fundamenta en el aparente triunfo de la objetividad científica que, al parecer, sólo se produce en unos contextos sociopolíticos precisos, de hechura capitalista y liberal. En síntesis, estos episodios aceptados responden a situaciones en las que de forma flagrante la ideología dominante ha intervenido y condicionado directamente las conductas de los científicos.

3.2.- Los casos oscuros

Otro capítulo muy importante, aunque ya no tan seguido ni tan generalmente admitido es el representado por los efectos indirectos de la ideología, esto es por la intervención de la ideología en el proceso cognoscitivo. La ciencia procede de un proceso de elaboración a veces simple, a veces serendípico, a veces dilatado, tenaz y complejo, pero siempre de acuerdo con unas pautas de trabajo que se han ido depurando conforme la comunidad científica ha ido adquiriendo mayor presencia social. En ciencia, desde lo que se suele denominar chispazo creador -si es que existe- o desde que, mucho más a menudo, uno se propone o le proponen a uno obtener algún resultado por medio de la práctica de alguna rutina ya ensayada con éxito en anteriores ocasiones, hasta la plasmación de una teoría aceptada por la comunidad internacional, hay un proceso standarizado en cada momento de la historia y que la comunidad científica considera aceptable. Así, salvo casos en los que se percibe una clara influencia de la ideología social, como es todo lo referente a Newton por parte británica, lo que se exige a cualquier científico es verificar una serie de pasos que adecuadamente analizados por personalidades u organismos competentes en la materia concluyen sobre la plausibilidad o veracidad de una teoría científica a favor o en contra. En principio, las comunidades científicas aparentan la mayor dosis de objetividad a la hora de valorar teorías, metodologías, elección de temas, formulación de problemas, reivindicando para todos estos capítulos de la presentación del pensamiento científico la ausencia de valores teóricos sociales antes aludidos. Sin embargo, la historia real de la ciencia es muy otra.

Dejo al margen, de momento, la cruda experiencia cotidiana de la que se desprende la impronta de las personalidades y de los personalismos en las conductas y actitudes de los científicos por las que se admiten o se rechazan determinadas ideas según de dónde o de quién procedan, que a menudo de clasifica en el más tibio y humano directorio de las manías o en el más académico de los gustos o costumbres de la época. La dura actitud de un gran matemático como Kronecker respecto a teorías y formulaciones con las que discrepaba, como por ejemplo la naciente de los conjuntos y de los números transfinitos de Cantor, -por evitar descender a territorios donde el caciquismo o patronazgo han sido más abundantes y menos honorables- puede bastar para consolidar la reflexión anterior(38). Las historias de la ciencias están repletas de estos episodios. Pero la de las matemáticas, cuyas sutilezas y abstracciones dificultan mucho la percepción de conexiones ideológicas en la obra terminada, no son escasos los enfrentamientos producidos por este tipo de sensibilidades personalistas. Así, si es famosa la actitud de rechazo del citado Kronecker respecto a las construcciones transfinitas y a metodologías concretas usualmente utilizadas en la comunidad matemática de la época, no lo son menos algunas prevenciones de Darboux respecto a la Geometría que se les venía encima o el al rechazo contumaz de muchos profesores del segundo tercio del siglo XX respecto que se llamaba matemática moderna. Todo ello por no hablar del método cuasi clandestino del propio Arquímedes para obtener algunos de sus resultados más sorprendentes. O sea que no es exclusivo ni de una época ni de unas pocas personas. Este tipo de excesos ha obligado a más de uno y en más de una ocasión a procesos de adaptación sumisa para no levantar recelos en el influyente patrón de turno. El propio Hilbert, refiriéndose a sus años de formación señala que tanto él como la mayoría de sus colegas en edad de merecer matemáticamente, solían realizar sus trabajos por los procedimientos que consideraban más adecuados, ya fuesen tradicionales o novedosos y sólo si preveían que el obsesivo dirigente del Seminario Matemático de Berlín tenía que cruzarse en su camino, disimulaban su actitud, adaptando los procedimientos a sus imperativos conceptuales. ¿Se esconde la ideología detrás de ese tipo de actitudes? En unos casos sí y en otros es simple locura o, cuando menos, manía persecutoria, que suele darse mucho, aunque no traten psiquiátricamente a casi nadie por ello..

Mas conforme se profundiza en los detalles histórico científicos hay más sombras sobre la conducta de algunos sabios eminentes, sobre las metáforas que les sirvieron de fundamento para la elaboración de sus doctrinas y sobre algunos triunfos sonoros estruendosamente aclamados en momentos precisos de la historia de determinados países. Veamos algunos ejemplos que pueden servir, por la importancia objetiva de algunos protagonistas, para aportar un poco de luz en la oscura u oscurecida imagen de la contaminación ideológica de los comportamientos científicos.

Cantara lo que cantara Brassens cuando el 68 sacudió la monotonía de su apasionante, aunque gastada, existencia, es obvio que ha habido muchos seres humanos que han dado su vida por sus ideas, por sus convicciones. Los nutridos martirologios religiosos(39) o, simplemente, los victimarios de cualquier situación represiva aguda corroboran este aserto. Lo que ya es más raro es que se esté dispuesto a morir por defender una teoría de orden científico. Así, por ejemplo, cuando se han analizado situaciones de ámbito represivo general, como las generadas por la inquisición romana o las específicas de cada territorio, las generadas por las grandes revoluciones o por regímenes políticos sanguinarios, los casos específicamente científicos difieren poco de los explicitados en el primer apartado de esta relación. O sea son muy escasos. Y cuando se polemiza sobre estos episodios suele surgir el contraargumento de que los científicos que fueron víctimas de la represión no lo fueron en tanto que tales sino por otras causas como la herejía, la raza o la disidencia política. En estos términos se expresaba, por ejemplo, el eminente y prolífico polígrafo español Marcelino Menéndez y Pelayo, representante además de la derecha española más montaraz, en el marco de la llamada polémica de la ciencia española(40). Refiriéndose a la actuación de la Inquisición en la Edad Moderna, señalaba que la represión no se abatió sobre algunas personas por ser médicos o filósofos, sino por ser judíos o reformistas. Mas dejémosle hablar a él(41):

"… . no hubo opresión alguna para la ciencia; (...) hubo sí mucha persecución de judaizantes, menor de moriscos, alguna de protestantes, casi nada de brujas y mucha de malos clérigos (...)".

Y hasta se permite hacer un análisis socio-económico, sobre el marco general en el que actuaba el conocido tribunal y da explicaciones sobre las causas de la decadencia, que expone de la manera siguiente(42):

"Caído el comercio(43), cayó la industria, ni había brazos para ella, porque lo esencial entonces (lo digo de todas veras) no era tejer lienzo, sino matar herejes"(44).

Similares razones podrían encontrarse en situaciones históricas más próximas y en parte ya tratadas en el apartado anterior en relación, por ejemplo, con el III Reich alemán. Aunque lo hemos colocado en el apartado de los casos claros, de las matizaciones allí realizadas se desprende que no todo, en principio, fue brutal. Hubo mucha brutalidad, claro, pero lo más sutil, fue la acción que desde la legalidad vigente, obviamente promovida y redactada por los nazis, condujeron a bastantes científicos a actitudes de colaboración, por una parte, y de suma prudencia en unos casos y de pánico en otros, por otra. Quiero expresar con esto que, aunque la comunidad científica admita sin mayores problemas la perniciosa incidencia de la ideología nacional socialista sobre las conductas de los científicos en cualquiera de los dos sentidos, esto es como víctimas o como represores, deja a salvo a muchos, por tres razones: una por el pragmatismo y actitudes similares ya comentadas en el apartado anterior correspondiente a los llamados casos claros en el caso de los matemáticos. La segunda, relativa a la propia disciplina matemática, que tengo más próxima, es su ausencia de contaminación por el régimen político y por la incidencia de las actitudes de los nazis salvajes. La tercera razón tiene que ver con la llamada solidaridad de los países de acogida. De estos dos últimos tipos de razones se desprende una casuística interesante que se deja en la sombra, en la oscuridad, porque ya no inciden sobre ella presupuestos claros de carácter político. Pero eso pasa porque no se quieren formular algunas preguntas que podrían arrojar mucha luz sobre este periodo histórico. La respuesta más fácil a las razones de la acogida de la oleada de emigración alemana motivada por el nazismo es que se hizo por motivos humanitarios, muy especialmente en lo que se refiere a los Estados Unidos. ¡Cómo no! En el libro de Siegmund-Schultze, ampliamente comentado anteriormente, queda claro que los procesos para conceder un visado y un permiso de trabajo –sin esto la posibilidad de obtener un visado se extendía hasta cinco años y no resolvía ningún problema- no se debieron al nivel de persecución que el peticionario sufriera o hubiera sufrido en Alemania, sino que, a la luz de los historiales, la propia American Mathematical Society estableció criterios precisos de utilidad y rendimiento. Su propio presidente, el insigne matemático, G. D. Birkhoff, exhibió en más de una ocasión un talante marcadamente xenófobo. En un muy conocido discurso de un año tan enormemente racial como 1938, llamó la atención de forma enfática sobre el peligro de la penetración extranjera en las universidades norteamericanas, al que había que hacer frente(45). Y no es que las universidades norteamericanas fueran un modelo de tolerancia y amplitud de ideas, exentas de posiciones antisemitas. En los memorándums que había que cumplimentar se pedían datos sobre raza y religión entre otros detalles. En una carta del Prof. Veblen de Princeton se dice(46):

“En este momento pienso que Reidemeister es la opción más atractiva entre los alemanes. Es ario … y sumamente capacitado”.

Como es natural la lista de ejemplos se podría alargar mucho para abundar en la idea del aprovechamiento de los emigrados alemanes y de cómo, entre estos, los vínculos que se establecieron estuvieron bastante lejos de los cánones de la solidaridad. Por ejemplo, Buseman un rico judío de buena familia se negó a ayudar a Lüneburg, por la simple y sencilla razón de que era socialista(47). Tampoco, como es fácil intuir, las matemáticas crearon un ambiente bucólico y pastoril en tierras alemanas. Y tampoco los protagonistas de los episodios fueron profesionales mediocres. Es chocante, por ejemplo, como lo fue en la Grecia de los coroneles, el sambenito que cayó sobre el álgebra abstracta de Emmy Noether, que fue calificada por algunos matemáticos nazis –que es de suponer fueran los que informaban- de veneno maligno maquinado por la mente judía. Otro ejemplo curioso, también interesante, fue el protagonizado por quien, según Siegmund-Sschultze, llegó a ser un destacado militante nazi y un brillante matemático, Oswald Teichmüller. Este señor organizó un boicot en 1933 contra Edmund Landau, cuya motivación explicó en una carta que ha quedado guardada para la posteridad, en la que decía:

"Para mí no se trata de ponerle dificultades como judío sino sólo de poner a salvo a los alumnos alemanes del segundo semestre de que no sean expuestos a la enseñanza de un profesor de raza totalmente ajena, y más en el campo del cálculo diferencial e integral ...".

Estos ejemplos deberían bastar para abrir definitivamente el debate sobre las connotaciones que relacionan la producción científica con la ideología de los actores. Y, aunque se ha elegido el ejemplo de las matemáticas, que es el más arriesgado, intentaremos formular algunas preguntas con dicha base. Lo que creo que puede suscitar pocos problemas a la hora de su admisibilidad, es la implicación directa entre el poder del Reich, el triunfo en la Guerra y el trabajo leal. No creo que se pueda disimular el tema de la ideología si se trabaja en el programa de las U2, o en las bombas devastadoras o en el perfeccionamiento de las máquinas de guerra al servicio del Reich, del Führer y del nacionalsocialismo. Quizás no fuera correcta la prevención de los nazis respecto al álgebra abstracta, toda vez que ha habido –y hay- notables reaccionarios muy aficionados e incluso expertos en este tipo de habilidades, lo que puede servir de contraejemplo, y que también han existido –y existen- personas críticas y de pensamiento avanzado y transformador que han cultivado este jardín. Esto no deja de tener su explicación por cuanto las matemáticas suministran dos elementos subyacentes de elevada eficacia y utilidad en sentido ideológico y social. Tales elementos son por una parte el papel de la abstracción y, por otra, el del inconformismo crítico. Las personas que se dejan atrapar por el mundo de lo abstracto en general sufren una amputación volitiva en sus componentes a la hora de actuar sobre lo concreto y mucho más en el momento de transformarlo. Este ha sido el perfil más usual que ha ofrecido, por ejemplo, el álgebra abstracta del siglo XX que ha sido potenciada, en función de ello, por las comunidades científicas y por los poderes públicos de perfil más conservador. La otra cara de la disciplina, la faceta crítica de las matemáticas, es más esporádica y sólo pasó a primer plano en el 68 cuando los estudiantes de París ocuparon la calle y se plantearon levantar los adoquines de la abstracción para recuperar las playas del bienestar humano. Y aquí es dónde se puede situar la solución de uno de los escollos más habituales en los que se pretende hacer tropezar la influencia de las ideologías en el desarrollo de las matemáticas y, por qué no decirlo, de la propia ciencia: el que señala que dos personas pueden cambiar impresiones sobre la ciencia abstracta sin que sus respectivas ideologías les influyan en el debate. Si tal cosa ocurre, uno de los contendientes ha impuesto sus reglas de juego.

Yendo hacia atrás en el tiempo, hacia otros contextos, hay también casos que son muy relevantes como el tan aireado de Lavoisier, víctima de su vinculación a la popularmente odiada Ferme Générale y que ya nadie se atreve a adjudicar a un pretendido embrutecimiento anticientífico de la revolución. Este proceso y otros similares generan un abigarrado debate ideológico por múltiples causas. En posición destacada hay que situar las argumentaciones que se esgrimen para desacreditar el hecho general de la transformación revolucionaria a cuenta de episodios puntuales, desde nuestra óptica a todas luces lamentables y excesivos. Naturalmente, el proceso contra la Ferme Générale tiene multitud de enfoques, porque entre los veintiocho granjeros guillotinados el 19 de Floreal (jueves, 8 de mayo) de 1794, se encontraba Antoine Laurent Lavoisier, uno de los más insignes hombres de ciencia del siglo XVIII. Pero, como muy bien subraya Jean-Pierre Poirier, en su documentado estudio(48) sobre el ilustre químico ni los sabios fueron los encausados ni el triste, penoso y fatal desenlace fue resultado del proceso contra Lavoisier y sus compañeros, sino contra los granjeros generales entre los que Lavoisier ocupaba el cuarto nombre en la lista de acusados y su suegro el tercero. En la situación que se vivía en la Francia revolucionaria, acosada interior y exteriormente, por más extremada que parezca toda la trama y por más que en calentamiento del ambiente previo al arresto y en el desarrollo del propio proceso aparezcan los consabidos personajes siniestros y resentidos que sirven para alimentar este tipo de causas, los granjeros generales eran lo que eran, sus fortunas –incluida la de Lavoisier- eran públicamente conocidas como inmensas en momentos de grandes privaciones, su prepotencia era notoria y sus intentos de engañar a los representantes de los sans-culottes, excesivamente zafios. Poirier, que como todos los biógrafos trata a su figura con respeto y afecto, no puede esconder, cuando se pregunta(49) si pudo salvarse Lavoisier lo siguiente:

“¿Podría haberse salvado Lavoisier? Sin duda. Y en primer lugar por él mismo: alguna oportuna misión en el extranjero o un viaje a una provincia lejana, decididos antes del Terror, le hubieran permitido esperar tiempos menos turbulentos. Pero la huida no era fácil de organizar y repugnaba a su orgullo. El que sabía decidir para los otros no ha sabido negociar para sí mismo. Un poco menos de orgullo y de rigidez, un poco más de intuición, de finura, incluso de cinismo le habrían permitido salir del mal paso. Este calculador es finalmente un ingenuo, un cándido y eso es lo que le hace conmovedor”.

Hay en lo que antecede un tema que roza ya el terreno de la ideología –por lo menos de la social-, Es el asunto del orgullo. El orgullo, aunque en la época contemporánea haya aplanado un tanto su carga semántica, en la mayor parte de la historia es atributo de clase, pero sobre todo de clase dominante. Para los que pertenecen a estratos sociales no acomodados se utilizan otro tipo de expresiones (autosacrificio, firmeza de convicciones, coherencia y cosas por el estilo. Los pobres, por lo general, sólo pueden sacar el orgullo en su propio domicilio). Pero el orgullo tiene en la historia raíz aristocrática y cuando las cosas han ido mal dadas para la nobleza esa posición causa efectos contraproducentes. En otro orden de reflexiones, aún se podrían extraer más conclusiones de la sucesión de tremendos errores que ha cometido Lavoisier en el manejo de asuntos tan graves que le concernían en tiempos tan tensos. Ha sido un error –también producido por el orgullo de clase- haber pensado que podía escapar a su destino con la mera ruptura de los lazos visibles con la Ferme. Ha sido otro error intentar salir del apuro con un sucedáneo de cuentas, cuando la Convención llevaba muchísimo tiempo reclamando que se revisasen los balances de la Ferme durante el Antiguo Régimen. Y ha sido un acto de prepotencia pensar que los servicios prestados a la nueva Francia podían tapar el pasado para siempre jamás. En esto Lavoisier se condujo como un funcionario que sirve a cualquier Régimen(50) y, como era un hombre capaz, abordó con eficacia los trabajos en los que se implicó en el Comité de Pesos y Medidas, en el Comité de Instrucción Pública y en los demás organismos en los que participó. Pero ni cambió de vida ni de hábitos. Siguió siendo un hombre muy acaudalado en un ámbito pleno de miseria y privaciones para la mayor parte del pueblo llano y de dificultades financieras evidentes para el asediado Estado francés. Mas no fue ajusticiado por ello, lo fue por su complicidad en las irregularidades de una entidad, la Ferme Générale, que era –en mi opinión, justamente- por el pueblo francés y por sus representantes más radicales. Ni siquiera cayó en desgracia por sus opiniones políticas como les ocurrió a otros, que a pesar de las opiniones vertidas sobre la Revolución Francesa no son tantos.

La Revolución Francesa, como todos los grandes procesos de transformación social implicados en la dirección y el sentido de avanzar hacia una posición de equilibrio entre las clases, privilegió siempre a los hombres de ciencia que, a partir de entonces, comenzaron a gozar de un estatuto de reconocimiento social del que, hasta entonces, contados personajes habían disfrutado. Esto está fuera de toda duda y todos los historiadores honrados que han acometido el tema lo corroboran. Bien es cierto que entre las filas de los científicos, a diferencia de otros grupos sociales, fueron muy escasas las opiniones refractarias al discurrir de los acontecimientos iniciados en 1789. También es cierto que en los primeros tiempos se presentaron muchos momentos de tensión, algunos de suma gravedad, en los que nadie pudo sentirse seguro sobre cómo podrían discurrir los acontecimientos y las implicaciones que para la seguridad personal podían derivarse de tales sucesos. Hay momentos en la historia en los que las disensiones políticas han tenido desenlaces que, por suerte, en nuestros días parecen escandalosamente exagerados. De todas formas no se puede generalizar gratuitamente el tema del Terror sobre los científicos. Casos como el de una personalidad tan metódica, reposada y a todas luces conservadora como Lagrange, no tuvo al parecer, ningún deseo de huir ante las tumultuosas situaciones que se produjeron. Ello tuvo que ser necesariamente por las enormes posibilidades de actuación creadora que la Revolución otorgó a los hombres de ciencia al margen de sus simpatías políticas. Ese hecho justifica la actitud general de la mayoría. Son personas que ponen su saber al servicio de la república, contribuyendo a la defensa del país con sus conocimientos. Y no son precisamente los mediocres: Carnot, Monge, Hassenfratz, Guyton de Morveau, Fourcroy, Berthollet, Meusnier, Conté, Vandermonde y algunos más. Son ellos quienes escriben con sus vidas el contraejemplo al legendario dicho sobre la Revolución y los sabios. Otro grupo lo constituyen los que pusieron tierra de por medio entre el efervescente París –aunque como escribe Víctor Hugo, las grandes Revoluciones tienen el brazo largo- y eventuales refugios campestres. Entre ellos se puede recordar a Baumé, Bayen, Coulomb, Brisson, Parmentier, Lalande, Laplace, Legendre, Fourier entre otros se hacen olvidar con un discreto mutis. Por último, están los muertos que, según Poirier(51) son siete: El Duque de La Rouchefoucauld, Bailly, el Barón de Dietrich, Condorcet, Bochart de Saron, Lamoignon de Malesherbes y Lavoisier. Es más, como ocurre en todas las ocasiones en las que intervienen seres humanos hay quien es difícil de encasillar en ninguna categoría preestablecida, como, por ejemplo, Chaptal.

El relato del proceso de los miembros de la Ferme o, mejor aún, el de la actitud de Lavoisier, aparte de los comentarios que he realizado en el párrafo anterior, pudiera dejar una cierta sombra de duda sobre una posible autoinmolación. No hay en los casos concernientes a la Revolución Francesa ningún documento solvente que permita sustentar tal hipótesis. En el duro tiempo del Terror hubo quien pudo morir de miedo(52), pero nadie, que se sepa, quiso morir por la defensa de su ideología, salvo algún cristiano que quisiera elegir el camino de su Paraíso por la puerta del martirio. Por eso, saltando a otra situación distinta, aunque con similitudes, en este contexto y dentro de este tipo de consideraciones, sorprende la bravura de la posición de Giordano Bruno, a quien hay que suponer similar inteligencia a la de Lavoisier y que como el sabio químico francés cae en el error de la comúnmente difundida especie del error de cálculo. El exceso de confianza pudo tenerlo por traspasar los Alpes y meterse en la República de Venecia (lo mismo que Lavoisier con el hecho de no largarse), pero una vez detenido e interrogado según soplaban los vientos que emanaban del Concilio de Trento estaba claro que la firmeza ortodoxa no se iba a quebrar por la dureza de la sentencia que hubiera que aplicar. En esto, sus actitudes ya no son paralelas ni concordante. Así que, supuesto, por demostrado, el talento individual, es cuestionable por qué motivaciones profundas defendió Bruno sus convicciones teóricas hasta sus últimas e irreversibles consecuencias. Estudios -y episodios- de la segunda mitad del siglo XX(53) apuntan en una sorprendente dirección en la que el Sol jugaría un papel mucho más significativo que el de ser la estrella de nuestro sistema. En esa hipótesis, no necesariamente disparatada, se encaja incluso al mismo Copérnico y quizás podría incluirse al propio Harvey a tenor de sus textos: el culto al Sol(54). Bernal, por ejemplo, recoge la siguiente cita del afamado médico:

“Pues el corazón es el principio de la vida, el Sol del Microcosmos, de la misma manera que puede llamarse al Sol corazón del mundo, por cuya virtud y pulsación se mueve la sangre, se perfecciona, se vuelve vegetal y es defendida de la corrupción y de la solidificación; y este dios familiar y doméstico cumple con su deber para con el cuerpo todo, alimentándolo, nutriéndolo y vivificándolo, siendo el fundamento de la vida y el autor de todo”.

La consideración religiosa (ideológica, claro) de la estrella de nuestro sistema explicaría opciones teóricas trasladadas desde el ámbito de las creencias al de la formulación teórica y especulativa del propio sistema solar. En el caso de Bruno, el mantenimiento de una firme actitud hasta la propia inmolación pudiera muy bien haber surgido de la fuerza interior que dan las creencias. Desde luego esto ayudaría a explicar racionalmente algunas cuestiones teóricas y algunas conductas. Mas, por desgracia, también estas reflexiones deben permanecer en el terreno de la especulación.

También perteneciente a los albores de la ciencia moderna y también sumido en las sombras de la influencia de la ideología religiosa se puede presentar el caso de Servet y el descubrimiento de la circulación menor. Servet, enzarzado, como es sabido, en las controversias religioso-teológicas que sacudían Europa en la primera mitad del siglo XVI, enfrentado con todas las posiciones influyentes y de poder y perseguido por todas las Inquisiciones y sucedáneos existentes, no puede escapar a la influencia de su contestaria ideología y, cuando aborda en Christianismi Restitutio el tema de la circulación pulmonar, lo hace con estas palabras:

“El espíritu divino está en la sangre y el espíritu divino es él mismo la sangre o el espíritu sanguíneo. No se dice que el espíritu divino está principalmente en las paredes del corazón o en el parénquima del hígado o del cerebro, sino en la sangre, como nos enseña Dios mismo en el Génesis 9; Levítico 7 y Deuteronomio 12”(55).

Más claros -por haber ya documentación escrita sobre los temas y menos duros, en principio, porque no se saldaron con ninguna muerte violenta, aunque sin duda produjeron muchos quebrantos personales -que se marginan usualmente en las historias de las ciencias- son otros casos archiconocidos por la relevancia de los personajes que intervinieron en el debate. Cronológicamente el primer episodio al que quiero referirme es el relativo a la invención del cálculo infinitesimal y otros aspectos relacionados. Es ésta una historia que no acabará de desvelarse en un sentido lógico mientras Gran Bretaña siga siendo una potencia mundial. Si no fuera así, no se soportaría por la comunidad internacional la equiparación de Newton y Leibniz, ni las fluxiones newtonianas, a pesar de su indudable influencia, hubieran tenido tan dilatada vigencia en la commonwealth y en el resto del mundo. Hay cuestiones referentes a la primacía en la publicación, que aparecen como verdades del barquero en nuestro tiempo y sobre las que se pasa en el caso de Newton bien de forma indiferente bien como si se tratara de ascuas abrasadoras. Sin embargo, es interesante desvelar la adulteración -en positivo- que se propició de la figura de Newton, porque era conveniente para el prestigio intelectual del imperio británico(56), en el momento preciso en que éste se iba articulando.

Quizás tenían que ser españoles –por lo del quijotismo- quienes, en nuestros días(57), se atrevieran a lanzar preguntas sobre la polémica Newton-Leibniz con la suficiente libertad y arrojo como para arrostrar bien el deprecio, bien el silencio, bien la crítica mordaz a la hora de escribir lo que, tras riguroso examen bibliográfico y documental, creían que era su verdad sobre el papel histórico que representaron estos dos insignes científicos en su tiempo y en su espacio. Y lo escribo con plena consciencia, porque casi he llegado a persuadirme de que hay una especie de pacto entre las grandes potencias científico-históricas para la omisión de determinados aspectos de la biografía de Newton sobre la que, por supuesto, se siguen prodigando toda suerte de elogios. A mi modo de ver no totalmente justificados. Pero, bien por la ideología del actor o por la del receptor bien por la de los medios en los que la figura de Newton vivió o se proyectó, la conclusión machacona que se plantea es la de un genio en el que la importancia objetiva de sus aportaciones científicas hace pasar a planos más secundarios, cuando no irrelevantes, cualquier otro aspecto de su personalidad o de sus comportamientos sociales. En el análisis del fenómeno Newton se aprecian muy claramente los compartimentos estancos a los que hago referencia en este trabajo sobre los diversos elementos constituyentes de la personalidad de los científicos. De esta forma, el Newton-científico eclipsa todos los demás aspectos y queda, por ello, libre de valores(58). No sólo eso, el propio Newton-científico sigue objeto de un análisis histórico de escaso rigor, que, sin dudarlo, no se aceptaría de buen grado en otros casos menos emblemáticos(59). Por eso son tan importantes las reflexiones críticas que de tanto en tanto van apareciendo en torno a su biografía y muy especialmente las que reanalizan las principales controversias en las que participó. De todas ellas, que fueron bastantes, es particularmente significativa la que tuvo como meollo el descubrimiento del Calculus. Particularmente lesiva para Leibniz en su tiempo y equilibrada, con el adverbio independientemente cuando Prusia, primero, y Alemania, después, comenzaron a aparecer en el concierto mundial como grandes potencias. Y como quiera que el nacionalismo también es una ideología que, sin embargo, tampoco se admite de buen grado en la comunidad científica, conviene reflexionar un poco más sobre el particular. Con todo, y siendo la más famosa, no es la única.

A las controversias mantenidas entre Newton y Leibniz dedicó Pérez de Laborda el largo estudio, ya aludado al comienzo del presente trabajo, que sitúa en tres campos(60): el del cálculo infinitesimal, el de la física con su ley de gravedad y el de la síntesis filosófico-teológica, si bien el libro se centró casi en su totalidad en el análisis de los conceptos y matices en torno al primero de los asuntos. Si bien el núcleo de los debates científicos es muy interesante, en la perspectiva con la que estamos contemplando la historia, es necesario privilegiar la interrelación entre las elaboraciones científicas de ambos matemáticos y el sustrato ideológico en el que se apoyaban y en el que competían. Este enfoque de Pérez de Laborda es particularmente relevante para nuestro estudio porque puede relacionarse con otras aproximaciones histórico científicas de amplitud polémica poco discutible como es, por ejemplo, la contribución de Boris Hessen al II Congreso Internacional de Historia de la Ciencia reunido en Londres en 1931(61). Hessen fue uno de los primeros en destacar en el segundo capítulo de su obra, la concepción idealista de Newton en lo concerniente a la mecánica y las vinculaciones entre este planteamiento y los presupuestos religiosos y teológicos de la clase social a la que pertenecía. Y, la suya, no fue una posición universalmente aceptada en el campo del idealismo. Como acertadamente precisa Huerga(62), su interpretación de la concepción de la causalidad mecánica, en su interpretación de la materia como materia inerte, del espacio como espacio absoluto (sensorio de Dios), proporciona las características propias de la ciencia de Newton, frente a otras concepciones mecanicistas como la de Descartes. Por eso, el no precisamente usual tratamiento del tema que lleva a cabo Pérez de Laborda, desde unas coordenadas completamente distintas de las de Hessen, que podrían serme reprochadas por proximidad ideológica, aporta también propuestas para encuadrar un posible debate serio y sin ligaduras interesadas sobre alguno de los llamados episodios inaugurales más significativos de la ciencia moderna.

Para Pérez de Laborda –y en esto le siguió un autor riguroso y generalmente estimado como Cuesta Dutari- los tres aspectos polémicos enunciados en el párrafo anterior están relacionados y en ellos afloran disensos explícitos sobre las concepciones que Newton y Leibniz tenían de muchos aspectos de la ciencia como el vacío, la composición de la materia, la experimentación, el mecanicismo como explicación causal de los fenómenos de la naturaleza, el papel y la estructura misma de las concepciones de la física y de la naturaleza en general, así como las superestructuras filosófico-teológicas que ambos científicos elaboran en perfecta coherencia con su pensamiento y su práctica(63). El autor al que seguimos no duda en afirmar, casi a continuación, el interés creciente que las discusiones entre Newton y Leibniz tienen al pasar al campo de la filosofía-teología. Yo, que englobo esta esfera el conocimiento en el ámbito de la ideología –principalmente la teología, aunque también la filosofía tiene habitualmente connotaciones ideológicas harto evidentes-, tengo que coincidir con este tipo de apreciaciones que no por escondidas por la generalidad de los exégetas, son relevantes para los espíritus inquietos y buscadores de la verdad, que se dice deberían ser los hombres y mujeres que pueblan el espacio científico.

Por su objetiva importancia voy a reproducir la síntesis de los razonamientos de Pérez de Laborda sobre esta imbricación entre las ideas y resultados científicos de dos genios que se suelen incluir en la nómina de los gigantes y su cuadro ideológico del mundo(64). Esta larga cita puede hacer las veces de programa teórico-ideológico de Leibniz y por sus incisos también el de Newton. No es un procedimiento –este de referir las ideas de un autor por las interpretaciones que estima uno de sus adversarios- muy ortodoxo precisamente, pero personas tan alabadas como Aristóteles lo practicaron con profusión y muy pocos se han atrevido a reprochárselo ni a poner en duda sus sentencias. ¿Por qué habrian que hacerlo con Leibniz?.

“El mundo –comenzaría Leibniz- está constituido por series infinitas que se corresponden entre ellas. Lo finito puede ser dividido hasta el infinito: hay todo un juego de composición, de descomposición y de recomposición que se hace entre los elementos infinitamente pequeños y los elementos finitos, los cuales son a su vez punto de llegada y punto de partida. Una serie de elementos en número infinito puede ser recompuesta en un elemento finito; a la inversa, todo elemento finito puede ser descompuesto en un número infinito de elementos infinitamente pequeños. El miedo a hablar del infinito se ha perdido para siempre; el infinito ha sido dominado de una vez por todas”.

“Más aún, la biología –continuaría Leibniz- gracias a los progresos prodigiosos efectuados con la ayuda del microscopio, nos enseña cómo también en el mundo de los vivos hay un continuo proceso de descomposición y recomposición de elementos grandes en elementos pequeños y viceversa. Nuestro conocimiento se hace cada vez más claro y más distinto, más real y verdadero. Todas las cosas pueden ser divididas en partes cada vez más pequeñas; lo más pequeño nos aparece como un mundo lleno de partes aún más pequeñas en número infinito; este proceso no tiene fin. Tómese como ejemplo la reproducción del hombre. Se acaba de descubrir –seguiría Leibniz- en el esperma del hombre una infinidad de pequeños animalículos que pululan en un líquido; el día en que podamos observarlos con medios más poderosos, veremos aparecer todo un mundo nuevo en cada uno de ellos con nuevos animalículos mucho más pequeños. El hombre se encuentra preformado en esos animalículos; todo estaba ya preformado en Adán, todos estábamos ya en su seno”(65).

“En esta perspectiva, ante la complejidad descubierta en el mundo, continuar hablando de átomos y de corpúsculos, como Newton hace, no puede ser sino efecto de una filosofía vulgar, fruto del desconocimiento científico del mundo”.

“Para diferenciarse unos de otros, los cuerpos no tienen necesidad de ser colocados en espacios y en tiempos diferentes por ser incapaces de distinguir a los cuerpos mismos. Las cosas son diferentes en sí mismas –quien así no piense, corra al jardín en busca de dos hojas que sean idénticas- no teniendo necesidad alguna de diferenciarlas por el lugar que ocupan o en el espacio o en el tiempo”.

“Los newtonianos –proseguiría Leibniz- nos proponen una concepción científica en la cual todavía no han descubierto la sutileza y la complejidad extrema del mundo. En su concepción, para poder nombrar a las cosas, para poder diferenciar unas de otras hay que colocarlas en lugares y en instantes distintos; la individuación se hace partiendo de la colocación. Justo es en principio su concepción. Un corpúsculo o un átomo no puede ser distinguido de otro si no es por el lugar que ocupa o por que ocupa el mismo lugar en dos instantes diferentes”.

“Pero, los espíritus más sutiles comprenderán fácilmente que todo ello es pura reduplicación: las cosas son distintas por sí mismas. Puede ocurrir que, por ahora, no seamos capaces de distinguir con claridad ciertas cosas unas de otras; pero se debe a que no hemos sido todavía capaces de ver toda la complejidad de la materia; también se debe a que nuestro espíritu, ligado siempre y por necesidad a un cuerpo, no es capaz de mirar de una manera clara y distinta. Tal problema no se presenta a quien tiene esa capacidad; para él cada cosa se presenta en toda la infinita seie de sus componentes y en su individualidad radical. No hay indiscernibles: cualquier cosa, en sí misma, puede ser diferenciada en su propia individualidad”.

“Los newtonianos quieren poner límites a la extensión de la materia, pero esto no es sino poner límites al poder de Dios. ¿Por qué hablar de un mundo finito, de una materia finita, de un mundo finito en sus límites externos –el vacío ad extra- y en sus límites internos –el vacío ad intra-, un mundo y una materia colocados en un espacio-tiempo infinitos? No –diría Leibniz- la perfección de Dios hace que el mundo hace que el mundo pueda ser infinito, que la materia pueda ser infinita y que deba llenar todos los vacíos ad extra y ad intra. No hay razón posible que pueda limitar la cantidad de materia; de ahí que esa limitación no tenga lugar. Por el contrario, estaremos de acuerdo con ellos cuando hablan de su vacío, si por él entienden una materia que sea de más en más sutil, de menos en menos grosera”.

“Tomemos ahora el movimiento. No es sino relativo. Todo movimiento se define con relación a los cuerpos que rodean a aquél que se mueve. Hay movimiento cuando un cuerpo adquiere diferentes relaciones con todos los demás cuerpos y cuando un recién llegado adquiere respecto a los demás las mismas relaciones que el primero tuvo: esto es el movimiento. Se comprende fácilmente que estas relaciones son recíprocas. ¿Quién es capaz de decir cuál de los cuerpos se mueve con relación a los demás? En el movimiento es el todo quien cambia en sus relaciones íntimas. Por estas razones, hablar, como hacen los newtonianos, de movimiento absoluto no tiene sentido alguno. ¿Movimiento absoluto respecto a qué? Evidentemente, hablar de movimiento absoluto supone creer en un espacio-tiempo, en lugares y en instantes absolutos. Cierto que los defensores de esta absolutidad creen verla demostrada en el movimiento de rotación de los cuerpos, ya que éste no es sino un movimiento respecto a sí mismo. pero su argumento no es probante".

"La gran conclusión de todos estos razonamientos es que el espacio y el tiempo no son absolutos. Al contrario, se construyen con las relaciones que en las cosas encontramos. Fuera de nosotros no hay espacio ni tiempo. No es que seamos nosotros quienes lo inventemos, pero se constituyen con relación a nosotros, precisamente como el orden en que las cosas son percibidas por nosotros. Son cosas ideales. El espacio es orden de situaciones o de coexistencias y el tiempo un orden de sucesiones".

"Una vez que los newtonianos han proclamado la absolutidad del espacio, se ven obligados a decir que es el sensorium de Dios. Para ellos, Dios está presente en el mundo por medio del espacio y del tiempo absolutos. Dicen que el alma está presente a las imágenes de las cosas recogidas por la sensibilidad en su sensorium; de una manera totalmente paralela, aunque con una capital diferencia, Dios tiene una presencia inmediata de las cosas a través de su sensorio constituido por el espacio y el tiempo. Pero decir tal cosa, es olvidar que Dios está presente en las cosas por su operación poderosa. Puede jugarse cuanto se quiera con las palabras, pero -acusará Leibniz- el hecho es patente: en su concepción, Dios queda reducido a un papel demasiado próximo al universo, y la concepción de Dios como alma del universo aparece en el horizonte de sus afirmaciones. No han comprendido aún que el espacio es el lugar de las cosas y no el lugar de las ideas de Dios".

"En la concepción de los newtonianos, Dios es un rey demasiado débil. Tiene necesidad de retocar la máquina del mundo, de dar cuerda al reloj de vez en cuando. Para ellos, las leyes de la naturaleza no son el camino por medio del cual Dios ha hecho que el mundo funcione de una manera perfecta y definitiva. Veamos, por ejemplo, la idea que ellos se hacen de la atracción-gravitación universal. Nadie puede negar el fenómeno al que aquí se hace referencia: los cuerpos en movimiento en lugar de seguir la línea recta flexionan su camino para seguir una curva. Más aún, el gran genio de Newton le ha permitido descubrir las leyes de la fuerza necesaria para que esos cuerpos no sigan una línea recta sino un camino elíptico. El problema surge cuando dn una explicación a este fenómeno. Newton habla de una atracción de las cosas entre ellas. Pero ¿cómo puede hacerse una atracción a distancia? No -afirma Leibniz-, las fuerzas no pueden pasar de unos cuerpos a otros si no es por un contacto mutuo o por alguna materia materia interpuesta. Pero, creyendo Newton en el vacío, no puede aceptar esta mecanización del universo. De ahí que para él sea sobrenatural la atracción de unos cuerpos sobre otros desde lejos, o el que sigan en su movimiento, o el que sigan en su movimiento líneas curvas, ya que los efectos no pueden explicarse por la naturaleza de las cosas. Newton en sus Principios se niega a dar causas de las fuerzas que él introduce, a la vez que, en ese mismo libro, critica a quienes lanzan hipótesis y no efectúan experiencias; osa decir, incluso, que él no fragua hipótesis. Pero de hecho sus secuaces y también él mismo, piensan y dicen que es la acción directa de Dios, el dedo de Dios, quien introduce esa fuerza en el mundo. No -se escandaliza Leibniz-, la explicación que yo puedo dar de ese fenómeno corresponde mejor a la realidad, a la verdad. No introduzco cualidades ocultas como ellos hacen, ahora que parecían arrojadas para siempre fuera de la ciencia tales cualidades, típicas de épocas precientíficas. Me quedo, continuaría Leibniz, en el campo aceptado hasta ahora por todos los sabios, sin sobrepasar lo que está permitido por la ciencia, llegando, mediante los torbellinos de la materia sutil que llena el espacio entre dos cuerpos, a las mismas leyes, sin necesidad de tener que despreciar todas las reglas establecidas por todos aquellos sabios que conocieron bien estos problemas".

"A través de estos ejemplos se ha podido ver -prosigue Leibniz- cuán excesiva es la posición de Newton. Para él y sus seguidores el mundo es diferente, gracias a la intervención directa del poder de Dios, de lo que sería siguiendo las leyes que el mismo Dios, de lo que sería siguiendo las leyes que el mismo Dios ha tenido a bien poner en la naturaleza de las cosas. De esta manera, los newtonianos introducen el milagro por todas partes: desconsideran a Dios. No, hay una diferencia interna real entre el milagro y lo natural. Llamo milagro -dice Leibniz- a todo acontecimiento que no puede tener lugar si no es en razón del poder del Creador, no estando su razón en la naturaleza de las criaturas. Cierto que el milagro existe, pero no es más que una intervención especial en un mundo que funciona perfectamente según las leyes que, por el mismo Dios, le han sido dadas. Se debe poder hacer, y de hecho puede hacerse, una neta distinción entre lo natural y lo sobrenatural. Decir, como ellos hacen, que por parte Dios no hay diferencia entre ambos niveles es querer mezclar todas las cartas. Además, no se puede guardar para la construcción científica del mundo un comodín que nos sirva para rellenar los agujeros de nuestro razonamiento. Hablar de una simple y mera voluntad de Dios para decir cómo son las cosas, es sabotear las leyes de la naturaleza, caer en la fatalidad y suponer que no hay razón para que las cosas sean tal como son. Por el contrario, decir que introduzco la necesidad en el mundo porque todo lo que Dios puede hacer debe hacerse, como ellos me lo reprochan, es no haber comprendido nada de lo que digo. Dios no es un agente necesario al producir las criaturas ya que actúa por elección, escogiendo el mejor de los mundos posibles. Por el contrario -terminaría Leibniz-, todo está resuelto con los principios que sostengo: el principio de las existencias, el de la necesidad de una razón suficiente, el principio de las esencias y el de la identidad o de la contradicción. Y ¿cómo no terminar con la belleza de la armonía preestablecida?".

Parece que pueden quedar escasas dudas sobre el fondo ideológico del debate establecido en torno a la ciencia en los momentos finales del periodo de la revolución científica. La lectura sobre lo finito y lo infinito, sobre la biología, sobre el vacío y, sobre todo, sobre Dios y lo que ello comporta, da pistas sobre los presupuestos ideológicos del nacimiento del calculus, sobre las concepciones de la física e indica con bastante claridad los cimientos ideológicos que sustentas sus obras. En realidad, a pesar de los variados enfoques con que se ha abordado la obra de Newton y de Leibniz,, no es demasiado arriesgado sostener que sigue habiendo tema de discusión y que, sobre todo, está bastante claro el proceso de implicación de la ideología en la elaboración directa de las ideas científicas, esto es en el progreso cognoscitivo. También parece claro que el que tantos y tantos profesionales de la enseñanza de nuestros días ignoren o escondan estos elementos cuando abordan la presentación del cálculo infinitesimal o de la física clásica a su alumnado –al margen de lo que represente para su imagen de personas cultivadas- no hace más que hurtar posibilidades al propio proceso de creación en el terreno científico. Y eso debería ser considerado grave hasta para los más entusiastas partidarios de la autonomía de la ciencia y del cientismo.

De todas formas, y ya para concluir con este episodio, se podría recordar lo que Ilya Prigogine e Isabelle Stangers escriben respecto al recurso divino en el corpus científico(66):

“No cabe la menor duda de que los argumentos teológicos (en diferentes momentos para distintos países) han hecho las construcciones especulativas más aceptables socialmente y más fiables. Las referencias a los argumentos religiosos se encuentran a menudo en los trabajos científicos ingleses incluso en el siglo XIX. Es notorio que el interés por el misticismo, cuyo renacimiento estamos observando hoy, se caracteriza por un argumentación directamente contraria: en nuestros tiempos la ciencia con su autoridad da peso a las afirmaciones místicas”.

Tal efecto prueba –y los creyentes podrán decir que Dios escribe recto con renglones torcidos-, por ejemplo, el caso del eminente médico inglés ya aludido, William Harvey, que tratando de demostrar el papel del impulso divino interno, realizó importantes observaciones sobre el proceso de fecundación y dio inicio a la embriología moderna(67).

También es británico el substrato ideológico de la teoría de la evolución de Darwin. Sin Malthus y sin la práctica de la selección artificial de las especies que llevaban a cabo los ganaderos de la época de la revolución industrial hubieran sido necesarios muchos más viajes, muchos más Beagles y muchos más trabajos de campo para llegar a conclusiones sobre la supervivencias de los más aptos. E, igualmente, habida cuenta del encontronazo –digamos, teórico- que suponía el evolucionismo respecto a las extendidas concepciones religiosas que dimanaban de las escrituras sagradas cristianas parece lógico considerar que la asunción de tan atrevida teoría hubiera debido tardar mucho más tiempo en ser considerada honorable por parte de la comunidad científica ortodoxa. Sólo por el interés de la ideología subyacente en las sociedades en proceso de industrialización a fin de justificar científicamente el hecho natural de las desigualdades sociales y la supervivencia y triunfo de los más aptos se pudo dar un proceso tan rápido y una resistencia tan débil y tan tosca por parte de los sectores ideológicamente concernidos por el evolucionismo. De hecho, cada vez que en la historia contemporánea se ha agudizado el proceso de enfrentamiento entre clases y se ha cuestionado el principio de la desigualdad social ha aflorado el recurso al darwinismo como elemento explicativo de unas condiciones de ligadura que están presentes en todos los medios en los que se presenta la relación natural entre organismos vivos. Es notable, por cierto, la disarmonía metodológica para elegir los aspectos naturales que pueden entrar en los análisis comparativos, lo cual corrobora aún más el carácter ideológico de la teoría, porque mientras se recoge el hecho de la desigualdad animal como natural, se desprecian otro tipo de variables como la mera satisfacción de la necesidad, la limitación del territorio y otros. Por último, no deja de ser tampoco irrelevante el rudo análisis comparativo entre las sociedades animales y humanas, toda vez que el desarrollo cerebral humano, convierte a nuestra especie en algo esencialmente especial y distinto. Los escritos de Malthus tuvieron otro fuerte efecto sobre Darwin, en cuanto concepción ideológica que explicaba y justificaba los males sociales generados por la industrialización en las condiciones de libre empresa. A principios del siglo XIX, Malthus fue un autor muy leído y discutido en Inglaterra, que expresaba el estilo de pensamiento de aquella sociedad. Al presentar como una ley social indispensable la lucha por la existencia, en la que se eliminan los pobres y no aptos y sobreviven los más adaptados, Malthus proporcionó a Darwin la segunda metáfora central de su teoría de evolución, la de la lucha por la existencia. Mas la ideología subyacente provoca en ocasiones peculiares piruetas. Como ya hemos señalado en otro lugar(68)

“La influencia de los factores ideológicos se ve claramente también en el proceso de percepción del darwinismo en diferentes culturas y sociedades. Son, … muy conocidos los enfrentamientos alrededor del darwinismo relacionados con la religión. Pero he aquí un caso sin causas religiosas: en Rusia el darwinismo fue aceptado muy rápidamente y casi sin ninguna oposición, tanto por los biólogos como por amplios círculos culturales, ya que las concepciones ideológicas de este medio en los años 60-70 del siglo XIX eran incompatibles con la componente malthusiana del darwinismo. Los científicos rusos advertían en sus comentarios que se trataba de una teoría inglesa inspirada por las concepciones de economía política de la burguesía británica liberal. Se llevó a cabo la adaptación del darwinismo al ambiente cultural ruso (Darwin sin Malthus), de modo que la concepción de la lucha por la existencia entre las especies fue sustituida por la teoría del socorro mutuo en las relaciones intraespecíficas”(69).

Similares resultados se pueden encontrar en otros rincones de la historia de la ciencia lo que sirve, además, para demostrar que la ideología tiene un papel explícito en la elaboración científica, pero no necesariamente en el sentido que el autor pretendería –pues las ideologías, que se sepa, ni son ciencias ni mucho menos exactas-. Se han estudiado casos en los que los científicos pretendían obtener científicamente resultados que afianzasen sus concepciones ideológicas, para lo cual desarrollaron un minucioso programa de investigaciones, obteniéndose paradójicamente valiosos elementos de prueba de la ideología contraria. Es notorio a este respecto el caso protagonizado por Frédéric Cuvier -hijo del más famoso naturalista Georges Cuvier- que por ser un creacionista y fixista convencido, o sea pretendiendo mostrar científicamente que las especies han sido creadas por Dios y son inmutables, acometió observaciones sistemáticas y detalladas sobre la conducta de los primates con el indisimulado objetivo de atacar las que él creía falsas posiciones de las teorías transformistas-. Los expertos en el tema y época están de acuerdo en considerar en que un partidario del transformismo no hubiera acometido nunca semejante programa. Pues bien, a pesar de sus intenciones últimas, marró de tal manera el blanco, que resultó que el creacionista y fixista F. Cuvier ayudó a sentar las bases de la primatología contemporánea que, andando el tiempo, supondría un elemento significativo para la consolidación de las tesis evolucionistas(70). Y para que no se nos pueda tildar en vano de partidistas se puede traer a colación otro ejemplo que también se ha comentado en los últimos lustros, porque fue presentado en la misma reunión científica que el anterior, que supone un resultado indeseado, por lo menos en lo que respecta a la credibilidad y solvencia científica de un autor. Tal es el caso del insigne naturalista Buffon que caminando en sentido intelectual contrario al ejemplo anterior, por compartir las ideas del materialismo ilustrado, que no otorgaba función alguna a la providencia divina en la generación de la vida, realizó experimentos con el enfriamiento de esferas metálicas de diferentes composiciones y tamaños con el fin de extraer conclusiones por analogía con cuestiones naturales de orden cosmológico, calculando a tal efecto, con ansia de la más precisa exactitud, las fechas en las que, debían de aparecer unos u otros animales marítimos en diferentes planetas de nuestro sistema planetario, atreviéndose a poner incluso números(71). Así, por ejemplo, uno de ellos, cerca del polo de la tercera luna de Júpiter en el año 13624 a. n.e.

Se pueden poner muchos más ejemplos sobre la intervención sutil de la ideología en el proceso de generación del conocimiento y en el triunfo o derrota de determinadas teorías o tesis. Quizás uno de los episodios más relevantes haya sido el generado en torno a la famosa y ya aludida polémica de la generación espontánea que implicó nada menos que a Pasteur en su pugna con un mucho menos conocido Pouchet. Hoy, la controversia se señala en los manuales escolares y de todo tipo como el hito histórico que supuso el triunfo definitivo del método experimental. El trabajo de algunos historiadores de la ciencia(72), consecuentemente realizado para incomodar conciencias, ha revelado que la verdad está lejos de esa apreciación y que si Pasteur no hubiera sido el afamado científico que ya era y Francia no hubiera estado a la greña con Alemania, quizás el resultado se hubiera debatido de forma más objetiva y menos dañina para quien debía haber obtenido, entonces, el beneplácito de la comunidad científica en virtud, precisamente, del rigor experimental o cuando menos, la cautela de la postergación del veredicto. En efecto, en todos los textos de biología, de ciencias naturales y en los programas de televisión que se supone se dirigen a la educación, esta controversia se escenifica como testimonio del espectacular triunfo del método experimental, gracias al genio de Pasteur, sobre las especulaciones de un adversario al que normalmente no se cita. Sin embargo, la historia fue otra. Pasteur utilizó en sus experimentos frascos sellados que contenían extracto de levaduras hervido. Cuando permitía la entrada de aire atmosférico surgía microflora en el extracto. La causa de tal fenómeno quedó demostrada al comprobar que con el aire entraban microorganismos contaminantes. Aquí comenzaron las variaciones. Se repitió el experimento en un glaciar en los Alpes, con el aire mucho más puro y con ausencia casi total de elementos en suspensión. El resultado fue que la microflora no aparecía. Pouchet, se sirvió de recipientes que contenían extracto de bacilos hervido, que además se aislaban del aire con mercurio. Se introducía entonces en el frasco oxígeno químicamente puro y la microflora emergía en el caldo. Desde luego, era obvio que se generaba la vida en un medio aparentemente estéril. Hubo cruces de análisis y contraanálisis. Pouchet realizó los experimentos de Pasteur en los Pirineos, corroborando sus resultados y Pasteur hizo lo propio con los de su contrincante sin que se cambiaran los resultados. Sin embargo, y aquí está la enjundia del debate, Pasteur, no consiguió que no se le generara la vida en el frasco al reproducir el proceso experimental de Pouchet. Sólo en un diez por ciento de los casos dejó de aparecer la microflora. Ni siquiera se molestó en publicar los resultados de las pruebas que sólo comunicó por medio de una conferencia en la que dio su palabra de haber realizado los experimentos. Mas lo curioso y relevante es que los experimentos que Pasteur dio por buenos y correctos fueron los que confirmaban su teoría (el 10%), mientras que el resto (90%) fueron considerados erróneos. Aún se forzó más la máquina ideológica. Cuando Francia se lamía las heridas tras la derrota de la Guerra Franco-Prusiana, se prodigó en denominar a la teoría de la generación espontánea, teoría germana, con lo que aún afianzó el descrédito de sus oponentes. La generación espontánea fue derrotada y el método experimental de Pasteur encumbrado a las más altas cimas de la autoestima humana. Lo curioso del caso y que deja en bastante mal lugar a Pasteur y en peor a la Academia de Ciencias que avaló los resultados es que en fecha tan próxima a nuestros días como 1976, se descubrió en el laboratorio que en el extracto hervido de heno había esporas termoestables de bacilos que empezaban a desarrollarse con el suministro de oxígeno. Como en el momento del debate esto no se sabía, nadie podía aducir tal explicación y los resultados experimentales debían de haber dado la razón a Pouchet, quien, además, sostenía que en determinadas condiciones podía generarse la vida, mientras que Pasteur postulaba un rotundo nunca. Aunque la generación espontánea no sea teoría admisible, Pasteur no debería haber vencido en la polémica. Pero la ideología dominante truncó la objetividad científica. Una vez más.

De todas formas, como conclusión no pesimista de este apartado se puede señalar que los factores ideológicos son elementos motivadores del proceso cognoscitivo, ya que suponen, por una parte, el entramado de la base conceptual de este proceso y, por otra, porque son determinantes en la recepción de las ideas por parte de la comunidad científica. Ello no obstante, es necesario no pasar por alto dos cuestiones importantes. La primera es la relativa a la autonomía propia de la investigación. La segunda, que se desprende directamente de los ejemplos aludidos se refiere a que está claro que no hay correlación entre lo supuestamente correcto o erróneo de una ideología, en función de su carácter progresista o reaccionario, y el valor de verdad científica de los logros de la investigación que la ha motivado.

3.3.- Los casos no declarados

De suma importancia en la vida de las comunidades científicas son las manifestaciones no admitidas de la influencia de la ideología. Y es que este tipo de consideraciones tiene que ver con el poder real -aunque sea doméstico- y con sus manifestaciones más cínicas. Quizás pueda parecer un poco fuerte hablar de cinismo en cualquier aspecto tocante a la ciencia, pero no creo que exista otro término que pueda explicar de una forma más breve, más clara y más significativa el elenco de situaciones a las que voy a referirme. Que los hombres y mujeres del mundo de la ciencia tienen una ideología individual en tanto que personas parece que no sea cuestión que deba someterse a debate. Al fin y al cabo entre los valores de los que se libera voluntariamente la actividad científica no se encuentra todavía el ejercicio de la ciudadanía. De hecho, muchos científicos participan en la actividad social y política de sus comunidades, tienen ideas que defienden en foros públicos y en medios privados e incluso votan cuando toca. Estos hechos no se suelen negar, aunque se admita sin demostración el síndrome ideológico-físico de cuartel, por el que las ideas y la referencia a los atributos anatómicos que se asocian con la voluntad decisoria individual de los varones, deben colgarse a la entrada del departamento o del laboratorio. Con esta apreciación, todo lo que se hace en los recintos consagrados al estudio e investigación científicas se supone que está limpio y exento de cualquier contaminación proveniente de bajos deseos o desviaciones ideológicas.

Sin embargo, la vida cotidiana de las comunidades científicas está bastante lejos de quedar descrita por este ambiente purificado en el que la objetividad impera por encima de cualquier otra contingencia. Lejos de ser remansos de paz institucional en los que las personas se preocupan en exclusiva por la excelencia del pensamiento científico en particular y por el saber en general, se advierten determinadas improntas que tienen mucho que ver con la proyección ideológica de los científicos profesionales en diversos ámbitos de la vida social. Y, a pesar de la rotundidad de las condiciones de ligadura ideológica que se acaban de mencionar, es difícil que ninguna de las personas implicadas aclare de buen grado la influencia que fenómenos externos al mundo científico tienen en el discurrir cotidiano de los grupos docentes o de investigación.

Antes de comenzar con la lista de situaciones ejemplificadoras y para no crispar el discurso, diré que la explicación que puede darse sobre esta gama de situaciones es que los científicos son humanos. Bien, no está mal que se reconozca el hecho y que de ahí se deriven interpretaciones justificativas. Lo que ya no está tan bien es que se intente colar como la liebre de la objetividad científica, el gato de las realidades humanas dimanantes de la influencia de las ideologías personales o de grupo. Porque una de las percepciones más claras de este tipo de situaciones tiene que ver con el reclutamiento de los científicos en los distintos colectivos, equipos o en las unidades celulares docentes o investigadoras. En este capítulo y, a pesar de proclamarse por todas partes encendidas y fervorosas declaraciones de objetividad, lo contumaz es que la selección de personal, sobre todo en círculos en los que los grupos sectarios tocan poder, está impregnada de ideología. Es constatable, a pesar del secretismo que rodea su actividad pública, por ejemplo, la presencia del Opus Dei en determinadas áreas de conocimiento en las que históricamente se instalaron(73) y su ausencia en otras. Igual consideración se podría hacer respecto a la existencia de otros grupos ideológicamente definidos de la derecha social o de la izquierda académica(74) en otras áreas de conocimiento y en departamentos de universidades o institutos de investigación superior. Los esfuerzos -a veces, tampoco del todo limpios- de organizaciones sindicales o corporativas por establecer un marco de referencia en el que la selección de los candidatos se rija por criterios de mérito y capacidad chocan con la contumacia procedimental de muchas décadas de aprendizaje. Lo verdaderamente meritorio es que con estos mimbres puedan entrar en los círculos académicos personas valiosas y de reconocida competencia, aunque a veces deban esperar a la colocación de todos los aspirantes del clan. Y no se piense, o por lo menos yo no quiero dejarlo establecido en esos términos, que éstos son problemas que tan sólo afectan a los colectivos científicos locales de los ámbitos subdesarrollados. En los países con mayor tradición también se da, a veces de forma ruda(75), y en las organizaciones internacionales más(76).

Tirando de este hilo se puede devanar el ovillo de lo que son las carreras científicas. De la velocidad de unos grupos y unas personas y de la lentitud de otros grupos y otras personas para alcanzar cargos de responsabilidad y reconocimiento académico. Claro que esto está en estrecha relación con la estructura del poder académico y con el acceso de representantes de clanes y grupos de presión a los puestos desde los que se determina la importancia de los temas de trabajo investigador(77). Estos clanes se forman gracias al soporte financiero y/o académico que los medios públicos o privados les otorga y el proceso de constitución puede ser excepcionalmente rápido. Naturalmente, no suele ser habitual que estos influyentes grupos adquieran denominaciones que se corresponderían mejor con la verdadera esencia de su personalidad y se suelen llamar escuelas(78). Mas al igual que el hábito no hace al monje tampoco los nombres implican funciones honorables y precisas. Llámense como quieran, lo habitual es que de la misma manera que la selección de personal está fuertemente teñida de ideología, la posterior evolución profesional y la integración en comunidades concretas, también. No podría, en caso contrario, explicarse la celeridad de las carreras académicas realizadas por algunas personas de vida docente e investigadora más bien gris y sin atributos intelectuales sobresalientes(79). Claro que habida cuenta de que hay ejemplos groseros de perversidad procedimental se podría contraargumentar que el mundo está lleno de personas sin ideología que son simplemente unos aprovechados y utilizan cualquier tipo de recurso para trepar en la escala social. Aunque este tipo de personas también se caracterizan por un acusado oportunismo para acomodarse a los vientos ideológicos dominantes, en el caso de que no recurran a estas tretas no dejan de manifestar una ideología específica: la de la corrupción. Un ejemplo puede explicar mejor este hecho. Es sabido que en los medios educativos y profesionales son usuales las relaciones de pareja. Estas relaciones se han fraguado en muchos casos en los años de aprendizaje o se derivan de encuentros intelectuales en el aula en los que se puede producir una sinergia atractiva de múltiples procedencias. Tales situaciones son normales y no tienen por qué considerarse nada extraordinarias. En ese sentido la endogamia profesional es una especie de endemia que perjudica más a las propias parejas que al medio. Lo perverso puede aparecer cuando la endogamia tiene orígenes y propósitos ajenos a los profesionales. Así por ejemplo, en las últimas décadas se ha acentuado en España una forma de endogamia alarmante en las Facultades de Medicina. En algunas materias básicas como las ciencias morfológicas, se ha dado el caso de una multiplicidad de parejas formadas por miembros pertenecientes, ambos dos, al segmento más elevado del profesorado. Sin embargo, las trayectorias individuales de los componentes de la pareja es dispar. Los varones han desarrollado una carrera académica standard. Fueron seleccionados por ideología afín -o conveniente- en el momento del aprendizaje y posteriormente han ido alcanzando los puestos que les correspondian según el escalafón establecido en el clan. Las mujeres, sin embargo, no realizaron en su juventud estudios de ningún tipo y dedicaron sus esfuerzos a la encomiable tarea de cuidar la casa, los hijos y al prometedor marido. Mas llegó un tiempo en el que los hijos ya eran mayores y las mujeres comenzaron a tener tiempo para viajar con su dilecto esposo y hacer planes. Entonces decidieron entrar en la universidad por medio de los programas que para mayores de una determinada edad tienen todos los países del mundo. Entraron y cursaron la carrera de medicina en la facultad en la que el marido era ya influyente profesor. Obtuvieron las mas altas calificaciones -esto es norma en muchas facultades de medicina de España para los parientes en primer grado- y en un proceso veloz llegaron ellas también a la máxima categoría docente e investigadora. Esto es rotunda verdad, si bien para que no cunda el desánimo hay que señalar que hay excepciones que por darse en medios sanitarios tienen mucho más mérito. Aparentemente, en este procedimiento no hay ideología, aunque tanto los varones como sus esposas la tienen y es común su adscripción a la derecha mundial, pero la selección no se hace, obviamente, por la ideología de derechas -que en este caso sería un mal menor- sino por ideología corrupta ni más ni menos y la corrupción es una forma zafia de sostener cualquier tipo de orden injusto establecido.

Estos capítulos de la vida científica son muy importantes por cuanto revelan la faceta oculta del papel de la ideología en la conducta de los científicos. Y si en ocasiones están justificadas las tradiciones de las sinergias intelectuales de parejas o de familias -transmisión paterno-filial y después de la Curie también materno-filial- no siempre la presencia de la consanguinidad en las comunidades científicas tiene explicación curricular. Los aspectos ocultos de la penetración ideológica en la vida científica son tanto más preocupantes por el silencio que revela la ausencia casi total, no sólo de autocrítica sino incluso de cualquier tipo de proceso autorreflexivo.

De todas formas este tipo de consideraciones no han sido inexistentes en la historia contemporánea. Sociólogos, filósofos y politólogos de la ciencia de occidente han analizado con minuciosidad los procesos de selección de científicos, los cauces por los que se han desarrollado sus carreras profesionales y la presentación pública de las ideas científicas en los medios de comunicación de ... la URSS y los países socialistas europeos. En esos estados sí que se ha admitido sin agobios que la ideología actuaba en los ámbitos citados. Lo que a mi me sorprende y me parece propio señalar es que esa metodología raramente se ha aplicado a la reflexión sobe las propias comunidades científicas de los países más y menos desarrollados del mundo capitalista. ¿Por qué habrá sido?

La plasmación de la ideología en la vida cotidiana de las comunidades científicas aflora también en otros ámbitos de importancia inexcusable para su propia vida y desarrollo. Tal es el caso de la valoración y evaluación de los proyectos de investigación que se someten a consideración de los entes dictaminadores de estructura político-académica. No me refiero en esta ocasión a los proyectos con connotaciones dañinas o perversas que se presentan en relación con intereses relacionados, por ejemplo, con la guerra biológica o química que tienen cauces de plasmación bien definidos e inequívocamente ideológicos(80). A lo que aludo es a la investigación en temas típicamente universitarios tan sólo trascendentes para comunidades científicas exiguas y en las que el daño que se puede producir no pasa del aburrimiento atroz que le puede caer encima al incauto profano que se aproxime. La mayoría de los temas históricos-científicos que se proponen a las comisones evaluadoras son de este tenor, lo mismo que muchos de ciencias básicas teóricas e incluso aplicadas. En los ámbitos académicos la existencia de dinero para la investigación garantiza la vida de los equipos de trabajo. Gracias a ese dinero los investigadores pueden adquirir herramientas necesarias para hacer su trabajo (ordenadores, revistas, libros, etc.), pueden viajar modestamente a congresos y reuniones científicas o mantener contactos personales entre colegas. Muchas veces el producto resultante de los proyectos propuestos es un tanto decepcionante, aunque en cualquier caso -supuesta la honestidad procedimental de los gestores- el patrimonio público de las instituciones habrá aumentado y los participantes en el equipo realizador se habrán enriquecido intelectualmente. En ese hipotético espíritu habría que esperar se desenvolvieran las actividades de investigación de bajo y medio perfil en el mundo. Sin embargo, es sabido que la realidad dista mucho de parecerse a ese razonable panorama. Algunos grupos tienen un trato privilegiado, mientras que otros tienen que sudar tinta china para ver reconocidos esfuerzos bastante objetivables. Si se prescinde de las fobias y filias de tipo personal y se retiran asimismo los temas de estado o de alcance estratétigo, estaremos definiendo un ámbito en lo que se privilegia fundamentalmente es la ideología afín y lo que se castiga son los planteamientos disonantes. Otro tanto podría argumentarse respecto a los contratos que los grupos científicos pueden establecer con empresas o entidades privadas. No siempre, porque cuando lo que se persigue es un objetivo susceptible de explotación industrial el dinero invertido tiene que tener una contrapartida de resultados, pero ello no obsta para que en los programas sociales de las grandes o medianas empresas y de las fundaciones con las que las gentes de dinero quieren pasar a la posteridad, haya toda una panoplia de temas que se seleccionan en función del embellecimiento conjunto de su presencia global en la sociedad. El carácter no lucrativo de ese tipo de actividades, en muchos casos a pérdidas, es calculado y en ese contexto quienes se llevan las migajas del pastel son los grupos ideológicamente afines al sistema socioeconómico que permite a los mecenas aparentemente pródigos obtener pingües beneficios en el ejercicio de su actividad esencial.

Puede que parezca exagerada esta disección del trabajo en los centros de educación superior o de investigación, pero es la percepción que se va forjando en las conciencias de muchos profesores e investigadores al cabo de los años. Por lo menos en la mía y en la de bastantes colegas de más de una docena de países a los que conozco, que, como la reunión de presentación de este trabajo y su propia publicación demuestran, por supuesto no podemos colocarnos en el segmento de los más damnificados. También es verdad que la mayoría de las personas críticas con este estado de cosas, las más de las veces, callan hasta que algún 68 hace saltar las mordazas de la prudencia y entonces se unen al clamor general. Es curioso a este respecto que, a pesar de la proliferación de departamentos de ciencias sociales en buena parte del mundo se dediquen a este tipo de estudios tan pocos esfuerzos. Porque cuando se analiza el presente de las universidades y centros de investigación superior del mundo siempre aparece la autocomplacencia como elemento substancial de referencia. La crítica suele dirigirse a entes ajenos al centro que presenta su balance o que realiza su prognosis.

Como último caso no declarado de interacción entre ciencia e ideología voy a referirme a un aspecto, por otra parte bien explícito: el de los grandes medios de comunicación. Aquí voy a dejar un poco de lado la faceta propagandística y divulgadora que se ejerce desde el núcleo o la periferia de la propia comunidad científica para atender a lo que genera mayor impacto en la sociedad como son los grandes diarios y las cadenas de radios y televisión de información general. El proceso de implantación de la ciencia en una amplia gama de ámbitos sociales ha propiciado que los grandes medios de difusión de información tengan que hacerse eco tanto de noticias de orden científico cotidiano -posibilidades de vida extraterrestre, avances en la lucha contra determinadas enfermedades, experimentos espectaculares en ingeniería genética, etc.- como de informes más elaborados sobre esos mismos aspectos comentados con mayor desarrollo. También se encarna esa presentación de la ciencia en la sociedad en el marco de los oropeles propagandísticos de los carros triunfales de los vencedores, aunque sea para mostrar la decadencia de algunos famosos(81). En los grandes medios de comunicación apenas se alude, siquiera sea en tono tenue, a la evidente contradicción de intereses entre las iniciativas científico-tecnológicas de las grandes multinacionales de cualquier ámbito industrial y las necesidades más acuciantes de la mayoría de la población del planeta. Da lo mismo que se trate de la industria farmaceútica que, lógicamente, prefiere preparar medicamentos caros para quienes puedan pagarlos que remedios baratos para las enfermedades del subdesarrollo, que de las industrias de la energía, la química o la alimentación. Porque no se olvide: el fin principal de las industrias biomédicas y farmacéuticas no es sanar enfermos sino obtener beneficios económicos cuanto más cuantiosos, mejor. Estos hechos están íntimamente vinculados a la definición ideológica de los medios y, en ellos, la ciencia no podía ser una excepción a la regla del control de los sesgos de información políticamente correctos.

3.4.- Los casos no admitidos y rechazados

En el conjunto de saberes del mundo contemporáneo hay algunos parcelas que han crecido y desarrollado enormemente al compás que marcaban, entre otros, los procesos de industrialización. Y, aunque el marco económico bruto fuera el factor determinante de las pautas teóricas que se utilizaban para justificar las medidas que se adoptaban precisamente en el marco económico y en el ámbito social concretos -argumento explicativo tan vicioso como el círculo argumental de las correspondientes remesas de autores- ha habido una sutil habilidad para separar ambos aspectos, hasta el extremo, ampliamente estudiado ya, de considerar los desarrollos teóricos como ciencia pura y los resultados concretos como aplicación práctica de los postulados teóricos. Se ha escrito una abundante literatura sobre el proceso de conformación de la ciencia económica y de otras parientes próximas desde que Adam Smith y Ricardo, al asimilar los métodos de la Revolución científica para las matemáticas y la mecánica por una parte y los principios de la Reforma protestante, por otra, elaboraron las pautas teóricas sobre el capitalismo del laissez faire, cimentando la base de la economía política, que desde su origen significó el estudio de la crematística aristotélica, esto es, como la rama del saber dirigida a la producción de riqueza. Y, aun suponiendo buena y confiada fe en las inmensas posibilidades que abría la utilización de las nuevas herramientas científicas en los momentos inaugurales de la Revolución Industrial y similar talante en la convicción de que se iban a poder explicar los fenómenos sociales con la misma y matemática certeza que se afrontaban los de la naturaleza, lo cierto es que en el conjunto de axiomas sobre los que se cimentaban todos los desarrollos posteriores estaba el germen ideológico de un modelo concreto de producción de los bienes materiales que, obviamente, y como no hace falta ni comprobar en la historia no es precisamente algo que esté dado en la Naturaleza, o sea, que sea ley natural. Así que por muchas matemáticas que se le añadan y por muchos desarrollos lógicos con que se adorne el envoltorio, el punto de partida y el objeto del análisis no va a dejar de implicar una preferencia nada objetiva, por más extendida que esté su existencia en el conjunto del planeta. De ahí que las economías políticas -porque en versiones industrializadoras diferentes también había gérmenes ideológicos, aunque de signo distinto- difícilmente puedan esquivar la calificación de materias ideológicas. Esto, desde un punto de vista objetivo, no es ni bueno ni malo, simplemente, es.

Antes de pasar a otras consideraciones quizás sea conveniente remachar una cuestión obvia que, sin embargo, ha sido borrada de la conciencia social, precisamente, por la ideología. Porque si no ¿qué la iba a borrar? La obviedad es la siguiente: la economía de mercado no es nada universal ni natural, es una construcción social elaborada en fechas no muy distantes que ha emergido desde unos presupuestos culturales muy específicos. A esta sentencia le debe acompañar otra, que también es obvia. El mercado existe desde que las aglomeraciones humanas realizaron la primera división del trabajo y ha seguido y sigue existiendo en todos los sistemas económicos no capitalistas de cualquier signo, incluso en los más primitivos. A ese mercado llegan las mercancías que se intercambian en él. Sin embargo, en las últimas décadas se ha producido un fraude ideológico sutil, con el que además de apuntalar el capitalismo como sistema óptimo se potenciaba una alternativa al modelo rival más preocupante que basaba su funcionamiento en la planificación. Pero como el mero enfrentamiento de modos de producción tenía obvios tintes ideológicos de profundidad histórica, se veía necesario encontrar un elemento que pareciera neutro y, para eso, ahí estaba el mercado. Había además otro matiz. que sortear bastante evidente que era el del mercado de las economías planificadas y que no servía. Por eso, lo que había que retocar era el concepto básico de mercado. En un trabajo anterior señalábamos en torno a este tema lo siguiente:(82):

“El mercado como gran metáfora de toda la civilización occidental ha sido presentado simplemente como un mecanismo de retroalimentación informativa que regula espontáneamente la producción según la demanda social, en función del flujo de mercancías”. … ¿Por qué apareció el concepto mismo de economía de mercado? … La economía de mercado apareció cuando se convirtieron en mercancías cosas que para la mentalidad tradicional no podían ser mercancías, o sea, objeto de compra-venta. Eran, ante todo, el dinero, la tierra y la mano de obra (el hombre libre para venderse a sí mismo)”(83).

Naturalmente, estas cosas son difíciles de comprender en la parte del mundo en la que el capitalismo ha cambiado patrones y modelos de conducta y sólo los antropólogos más perspicaces y honestos se atreven a interpretar este tipo de procesos. Levy-Strauss, por ejemplo, ha hecho notar muchas veces que cuando algo se convierte en mercancía pierde valores significativos y trascendentes en la sociedad. En esta clave hay que entender por ejemplo las prevenciones e incluso prohibiciones durante la mayor parte de la historia humana respecto al préstamo de dinero con interés y las consecuencias que concentraron hacia los grupos sociales que se especializaron en esta práctica. Como en muchos actos sociales espontáneos, pagaron justos por pecadores, y se confundieron en el pueblo llano las actitudes de rechazo contra los prestamistas con las más generales de las etnias a las que pertenecían. Similares criterios estuvieron vigentes respecto a la tierra, fuente de alimentos y de vida, que representó una de las deidades básicas de todos los olimpos de la antigüedad y a la que readaptaron las culturas religiosas posteriores en un lugar de honor. Y estas cosas no se perdieron en la noche de los tiempos. El ya aludido Levy-Strauss correlaciona y ejemplifica estas ideas sobre el préstamo de dinero y la propiedad privada de la tierra:

“Es de la misma manera como conviene interpretar la repugnancia hacia las transacciones inmobiliarias, más bien que como una consecuencia inmediata del régimen económico o de la propiedad colectiva del suelo. Si, por ejemplo, miserables comunidades indígenas de los Estados Unidos, que comprenden apenas unas decenas de familias, se rebelan ante la perspectiva de expropiaciones que llevan aparejadas compensaciones del orden de varios cientos de miles, si no a veces de varios millones, de dólares, es, según testimonio mismo de los interesados, porque determinado terruño es concebido por ellos como una madre, de la que no pueden deshacerse ni trocarla”(84).

Salvo situaciones de patologías sociales, el modelo antropológico de la sociedad no capitalista de corte tradicional es completamente diferente del emanado tras la Reforma protestante y la progresiva articulación del capitalismo. En la mayoría de las sociedades tradicionales el ser humano –aunque las mujeres sean cuestión que necesite consideraciones complementarias- está encajado en estructuras solidarias en las que lo colectivo juega un papel determinante desde el punto de vista familiar, civil, religioso y social. Esta es una de las características que el protestantismo contribuyó a dinamitar y afianzar el proceso de la atomización de la sociedad, en el que nada podía dar mejores resultados que los cambios en la mentalidad religiosa de la gente(85). El sociólogo Weber al repasar las ideas de los cuadros más destacados del protestantismo inglés, advierte las características del mundo que se está construyendo(86):

“en la literatura inglesa, singularmente puritana, se halla repetida con insistencia curiosa la advertencia de no confiar demasiado en la ayuda y la amistad de los hombres. Aun el suave Baxter aconseja desconfiar del amigo más íntimo, y Bailey recomienda abiertamente no confiar en nadie y no comunicar a nadie nada que sea comprometedor para uno: Dios debe ser el único confidente del hombre (…) Quien quiera darse cuenta de los específicos efectos de esta atmósfera peculiar, vea en el libro más leído de toda la literatura puritana: el Pilgrim’s Progresss, de Bunyan, la descripción de la conducta de Christians cuando, dándose cuenta de que está en la ciudad de la corrupción, y habiendo oído el llamamiento de Dios que le ordena emprender inmediatamente la peregrinación a la ciudad celestial, rechaza la compañía de su mujer y sus hijos y, tapándose los oídos, va gritando a campo traviesa: life, eternal life! Y sólo una vez que ya se siente en lugar seguro, se le ocurre pensar que sería hermoso tener la familia a su lado”.

Todas las personas con una cierta instrucción religiosa en el ámbito del cristianismo, han podido constatar el engarce del pensamiento reformado con la ideología contenida en el Antiguo Testamento y la similitud de comportamiento entre el puritano moderno y Lot con su mujer e hijas convertidas por ese Dios tan misericordioso en estatuas de sal, por el pecado de volver la cabeza para ver el chandrío que se ha organizado en el mundo pecaminoso que dejan tras de sí. La Reforma al otorgar o imponer el privilegio de interpretar individualmente los textos sagrados, sin ningún tipo de intermediarios ni exégetas, concedió a las personas una gran autonomía de pensamiento, pero, por una parte, liquidó la solidaridad orgánica del modelo social anterior y, por otra, convirtió a la fuerza de trabajo de los seres humanos en mercancías cuando no a los seres humanos mismos, como demostró el progresivamente floreciente mercado de esclavos. No obstante este escenario de continuidad, no puede olvidarse que la sociedad reflejada en el Antiguo Testamento es también tradicional. Por eso no puede entenderse la Reforma como un acto de seguimiento simple y sin matices de las normas hebreas. Sin ir más lejos el episodio del becerro de oro no tenía por qué ser condenado en la Reforma.

Obviamente, de nuevo, la habilidad de las clases dominantes de los distintos territorios en los que se fueron dando pasos hacia la industrialización se tradujo en un despegue entre las diferentes componentes del hecho social en su conjunto. No había que mezclar churras con merinas se ha dicho muchas veces y con ese símil ganadero u otros de parecido fuste se acometía el estudio de los procesos sociales muy especificados. Política es política, economía es economía y teoría es teoría. Nada, una vez más, en el enfoque teórico, se relacionaba con ninguna otra parcela del hecho social. De ahí, a la definición de la ciencia económica y a su rentable explotación no hubo más que el paso dado para acceder a un ámbito en el que los valores no pueden entrar, para situarnos en el terreno de lo no opinable.

Claro que todo tuvo un principio, ya que si no hubiera habido ataques exitosos al bastión conceptual de las ideas medievales, que comenzó con la práctica económica, pero muy singularmente con la Reforma luterana, los procesos –nadie puede negar que no llegaran a ocurrir y menos quienes puedan estimar que la lucha de clases ha sido y sigue siendo el motor de la historia-, a buen seguro, se hubieran desarrollada de forma diferente. La sociedad medieval europea –y todas las sociedades llamadas tradicionales- tenían un alto concepto del más allá en cualquier tipo de formato y, en ese sentido, la acumulación de riquezas, aparecía como un ingrediente incómodo para asegurarse una posición confortable en ese ámbito. Max Weber, en su ya clásico libro, señala respecto a la actitud ante el afán por las riquezas(87):

“Esto precisamente es lo que el hombre precapitalista considera tan inconcebible y misterioso, tan sucio y despreciable. Que alguien pase su vida trabajando, guiado por la sola idea de bajar un día a la tumba cargado de dinero, sólo le parece explicable como producto de instintos perversos, de la auri sacra fames”.

Pero con la Reforma y la nueva ética que propagó, todo cambió. Weber añade(88):

“El Summum bonum de esta ética [la protestante] consiste en la adquisición incesante de más y más dinero, evitando cuidadosamente todo goce inmoderado, es algo tan totalmente exento de todo punto de vista utilitario o eudemonista, tan puramente imaginado como fin en sí, que aparece en todo caso como algo absolutamente trascendente e incluso irracional frente a la felicidad o utilidad del individuo en particular. La ganancia no es un medio para la satisfacción de las necesidades vitales materiales del hombre, sino que más bien éste debe adquirir, porque tal es el fin de su vida. Para el común sentir de las gentes, eso constituye una inversión antinatural de la relación entre el hombre y el dinero; para el capitalismo, empero, ella es algo tan evidente y natural, como extraña para el hombre no rozado por su hálito”.

Con estas estratagemas, no de acto único sino consistente en un conjunto de medidas tanto más sutiles y disimuladas cuanto mayor fue la implantación del modelo económico capitalista en Europa y en América del Norte, se consiguió, primero, la extensión del concepto de ciencia económica a través del tejido intelectual de los países correspondientes. Y con el carácter de ciencia el cuerpo doctrinal quedó automáticamente autónoma respecto de los valores éticos. En las pertinentes instituciones educativas de estos países, en los que se había conseguido una articulación más consolidada y estable del modelo, fueron convenientemente educados, después, la gente lista y adecuada de los países subdesarrollados o en vías de desarrollo, que quedaron suficientemente convencidos, por lo general, con las excelencias del sistema para sus intereses personales, para los de sus respectivos territorios y, en última posición para el posible bienestar de sus pueblos. La ciencia económica, cada vez en menos ocasiones denominada economía política(89), escapó, por tanto, no sólo del territorio del amor y de la fe en el que hubiera debido estar inscrita según el ordenamiento racionalista cartesiano, una de las componentes fundamentales de la nueva doctrina científica, sino que incluso superó rápidamente las fronteras de la esfera de conocimientos cualitativos que siguió encerrando durante más tiempo los saberes provenientes de los estímulos sensoriales (sonido, luz, color. Andando el tiempo estas aproximaciones constituyeron capítulos importantes de las ciencias naturales de definición clásica que hoy, todavía, se tratan con respeto debido a la dificultad de aplicación de los modelos que los matemáticos proponen(90) para explicar, entender y sacar conclusiones sobre situaciones en las que a menudo se tienen solamente impresiones y aprensiones(91)-. Así pues, los fenómenos económicos se situaron en seguida fuera del ámbito de lo moral. Esto ya lo tuvo claro el propio Adam Smith que delimitó en obras diferentes la economía política y la de los principios de la misma. Eso por no hablar de la saga de matematizadores de esta disciplina quienes como Walras(92) llegaron a considerar que la economía política era nada más y nada menos que equivalente a la física y su propia contribución a la matematización de la economía (indudablemente si algún pecado cometió no fue el de exceso de modestia) similar a la de Lagrange en la matematización de la mecánica. Pero no se debe suponer que estas concepciones son cosa del pasado y no prosperaron con el avance de la modernidad y de las propias ciencias duras. Ya en el siglo XX, uno de los fundadores de la sociología norteamericana, W. G. Sumner, insistía en 1934 en que:

“El orden social está fijado por unas leyes de la naturaleza, análogas precisamente a las del orden físico”(93).

En fechas bien recientes, se ha llegado a dar el caso de que algunos teóricos radicales del sistema económico impuesto en la mayor parte del mundo hayan negado la mera posibilidad de elaborar una propuesta racional de ciencia económica fuera del capitalismo. I. Kristol se ha atrevido a declarar que(94)

“la teoría económica se ocupa de la investigación de la conducta humana en el mercado. No existe teoría económica no capitalista (…) Para que existiera la teoría económica es necesario el mercado, de la misma manera que para una teoría científica de la física debe existir un mundo en el que el orden se crea por las fuerzas de acción y contracción, y no un mundo en el que los fenómenos físicos están razonablemente dirigidos a Dios.”

De todas formas, a pesar de todos estos planteamientos –en los que los deseos nublan precisamente el rigor- la economía, en tanto que ciencia, vive una íntima tragedia. El problema de la expresión científica de la economía se vislumbró muy pronto, casi desde el principio. La razón explícita estuvo –y está, aunque ahora se maquille mejor- vinculada a la dificultad de definir el objeto de esta parcela del conocimiento. Así, por ejemplo, Malthus, el primer catedrático de economía política, se pasó media vida intentando conseguir una definición de riqueza. Y no lo consiguió(95). Y es que en este territorio conceptual se esconden contradicciones intrínsecas de difícil superación. En la teoría del valor de Smith, nuclear en el conjunto de su obra, parte del rechazo de las concepciones de los fisiócratas. Para Drucker(96) esto es clave ya que, al desplazar la teoría del valor de la Naturaleza al hombre, la economía se convierte en una ciencia ética. Esto ha ocurrido siempre y no tiene por qué no suceder cuando se trata de Smith y la ciencia económica y sí cuando se presenta en el tránsito de las formulaciones de los filósofos jonios a los atenienses Sócrates y Platón. Pero por esa vía, las normas de la cientificidad, se desvanecen.

Pero, sin embargo, esto está lejos de representar un conjunto de concepciones unánimes y generales, incluso en territorios y países en los que los moldes de la ciencia surgida de la Revolución Científica fueron rápidamente asimilados. Por ejemplo, un importante filósofo ruso de finales del siglo XIX, Vladimir Soloviev, negaba explícitamente la existencia de leyes semejantes a las naturales en el ámbito de lo social y consideraba que las relaciones económicas no expresaban ninguna necesidad natural. En opinión de este pensador el ser y el deber ser eran inseparables en el ámbito de lo económico.

Y es que es prácticamente imposible, como ha señalado Michel Foucault en La arqueología del saber, separar las construcciones económicas de los postulados ideológicos que las soportan. Desde luego, todos los economistas importantes, desde Adam Smith hasta von Hayek, pasando por Marx y Keynes, han sido también grandes ideólogos y sus planteamientos morales y éticos están unidos a sus conceptos económicos por ligaduras prácticamente inviolables. Esta íntima relación entre economía e ideología –por más oculta que esta se pretenda mantener- mantiene, ya tácita ya explícitamente, muchos postulados e hipótesis difíciles de reconstruir, por una causa elemental: la ciencia económica no es una ciencia experimental con protocolos rigurosos de presentación. Esto conlleva que muchas de las hipótesis que se manejaron en los albores de la industrialización se olvidaron o se escondieron bastante deprisa. Son el origen de toda una historia, pero un origen que en el mejor de los casos está enmascarado. Por eso es tan útil la investigación histórica para entender las mutaciones cualitativas que han experimentado algunas categorías relevantes –que alcanzan incluso a los conceptos del Bien y del Mal- y de las que se desprende lo artificioso y convencional de las hipótesis de las bases ideológicas que se nos inyectan en vena por la vía de la educación y del bombardeo propagandístico cotidiano. Esas hipótesis, a diferencia de las que se articulan en otras ciencias o en otros cuerpos disciplinares, ni se basan en hechos empíricos ni en revelaciones de carácter espiritual. Quizás provenga de ahí la fascinación que genera en la historia intelectual de la Humanidad y, en concreto, en la de Occidente. Así, por tanto, la ciencia económica al querer presentarse en sociedad como una ciencia exacta además de vender ideología de tapadillo (naturalmente, ideología dominante) propicia un fraude argumental por su reivindicación del rigor en lugar de señalar tendencias posibles o, simplemente, las normales cautelas de la conveniencia.

Otro tanto podría decirse de las restantes ciencias que tratan de la sociedad y sobre las que ya debería haberse liquidado el mito de la certeza en la evolución social a las que condujo el coctail atolondrado e interesado del determinismo y el positivismo decimonónicos, alimentado por distintas percepciones de signo contrapuesto o incluso contradictorio. La sociología, estructurada sobre interpretaciones económicas concretas y con las herramientas suministradas por la estadística matemática ha establecido pautas de desarrollo y y criterios de estabilidad científicos en función de dar como justificado lo existente, en tanto esto fuera conveniente para unas determinadas concepciones y para unos determinados intereses. Así se han pretendido -y logrado en muchos casos- establecer unos marcos de corrección programática en un abanico de ámbitos intelectuales en los que cualquier tipo de estridencia o tan sólo de disonancia son acusados de indeseables. Este tipo de procedimientos, bastante eficaces por cierto, son tan científicos como el modelo argumental que les sirve de pauta y ese no es otro que el método axiomático de los matemáticos hilbertianos(97). En la sociedad estamental o en las primeras décadas de la revolución industrial encabezada por la burguesía y sus coyunturales aliados, las referencias al método axiomático se circunscribían a la inspiración euclidiana de conceder el privilegio de veracidad o más suavemente de verosimilitud a sentencias evidentes o casi evidentes. Bien es verdad que con el criterio amplio que podían señalar como evidentes verdades dogmáticas de carácter religioso. Con la complejidad dimanante del desarrollo del capitalismo el marco teórico programático se hizo más difícil de encajar e, incluso en matemáticas, la evidencia ya no entraba por los ojos en particular ni por los sentidos en general sino por el razonamiento abstracto. El servicio prestado por las matemáticas a los ideólogos sociales al establecer la legitimación de la permisividad total de los cuadros teóricos de referencia resultó decisivo, no porque se considerara la validez -como se hace en matemáticas- de cualquier tipo de desarrollo sobre unos presupuestos básicos de partida a los que se otorga el privilegio de ser verdaderos, lo cual hubiera permitido la competencia académica de muchos sistemas económicos o sociológicos, sino que lo que se quitó del presupuesto conceptual de partida fue la necesidad de corroborar su evidencia, puesto que existía de hecho. Y lo que se ha hecho después, cada vez que ha sido necesario, ha sido volver a resucitar el mismo criterio de la evidencia, de suerte que en la reflexión sobre la sociedad las formas usuales en unos pocos países del mundo, que algunos tienen el desparpajo de denominar derechos humanos, son considerados prácticamente realidades eternas y universales. La penetración ideológica en este tipo de aspectos doctrinales debería ser evidente (esta vez sí) por cuanto ni esas formas de convivencia han sido eternas ni pueden ser universales(98). Sin embargo, aunque no se haya demostrado nada concluyente a este respecto, ha quedado prendido en el subconsciente social de la intelectualidad, preferentemente académica, de los países capitalistas dominantes que se ve recompensada profesional y económicamente por este favor teórico.

Así hay que entender el conjunto de postulados, que se retroalimenta constantemente, que sirvieron, en un primer momento, para trazar las líneas maestras de lo que representaba el nuevo cuadro del mundo que se pretendía articular y luego para afianzar los conceptos de manera sistemática. Hay varios de estos elementos básicos en la construcción de la teoría moderna y contemporánea de la sociedad que resultan particularmente explícitos. Entre ellos se deben destacar el concepto de libertad, la legitimación de la libre empresa en el sistema económico y la del orden político que sustenta, la idea de progreso, la necesidad del crecimiento económico indefinido de las unidades productivas, la de la expansión ilimitada del industrialismo y su proyección natural en la justificación del Imperialismo y de la explotación del Tercer Mundo, entre otros aspectos característicos de la cultura social del mundo contemporáneo. El papel ideológico de la ciencia en todo este entramado ha sido determinante a la hora de aportar credibilidad a la sucesión de rasgos, también axiomáticamente definidos como modernizadores y, por tanto, convenientes y provechosos. En conjunto y de forma separada todos los epígrafes anteriores han penetrado en la conciencia general de la sociedad y en la de los individuos en particular de forma tan avasalladora que para la inmensa mayoría, su simple puesta en cuestión raya directamente en la locura o en la marginalidad. Ello no obstante de vez en cuando y en puntos diversos de la geografía mundial surgen reflexiones críticas sobre esta forzada ortodoxia y en algunos casos concretos se analiza con cierto detenimiento el papel jugado por la ciencia en el proceso de articulación y legitimación(99).

La relación de conceptos referidos quizás merezca una breve explicación, aunque sólo sea para evitar el rechazo inmediato de quienes sostienen sin matices su valor intrínseco y fuera de toda posible discusión. Realmente es un tema arriesgado en nuestros días discutir el concepto, por ejemplo, de libertad individual. Ninguna persona que viva en la parte desarrollada del mundo y esté en sus cabales, en principio, puede argumentar nada en contra de las llamadas libertades formales y políticas. Además los episodios de cercenamiento de las libertades que la derecha más brutal ha conducido a lo largo del siglo XX (Alemania nazi, España de Franco, Chile de Pinochet, etc.) extiende un lógico y comprensible sentimiento de rechazo ante la mera posibilidad de intuir la posibilidad de cuadros sociopolíticos que puedan adquirir rasgos de similitud, por difusos que estos sean. La conclusión de este temor es que ni éste ni los otros temas apuntados ni se debaten ni se reflexiona sobre ellos, con lo que el substrato ideológico se convierte en un referente paradigmático inamovible e intocable. Sin embargo, el debate y la reflexión serían harto convenientes. No sólo por el relativismo que las grandes palabras que aluden a ideas absolutas conllevan, sino porque se falsifican los procesos de elaboración de los respectivos conceptos que se presentan precisamente como realidades objetivas, absolutas y eternas. Y la libertad tiene matices obvios que a ningún ser humano sensato se le pueden escapar. Desde el mismo momento en que se formula el principio de que la libertad de cada uno termina donde empieza la del vecino más próximo, se está estableciendo que el concepto de libertad es de índole social. Nadie, en ninguna parte, mientras viva en sociedad puede hacer lo que quiera. Y, aunque sea un Robinson, tampoco dejará de tener ligaduras con el medio, a no ser que quiera inmolarse. Por lo tanto la libertad individual es una forma de expresión, una façon de parler. Hay además otras formulaciones programáticas sobre la libertad que hacen referencia al proceso de supervivencia del hombre. Durante las revoluciones liberales del siglo XIX y de los primeros años del XX en la mayor parte del mundo este tema tuvo un enfoque preciso en el que se interrelacionaban conceptos teóricos como el de la libertad con el de la supervivencia. Así Pérez Galdós hace exclamar a uno de los personajes que participan en la llamada Revolución de 1854:

“Venga, sí, toda la libertad del mundo, pero venga también la mejora de las clases …, porque, lo que yo digo, ¿qué adelanta el pueblo con ser muy libre si no come?”(100).

Y años más tarde, el polígrafo aragonés, Joaquín Costa, señalaba con una de sus frases lapidarias, a las que tan aficionado fue, que la libertad sin garbanzos no es libertad. Y Bernal(101), en uno de sus breves comentarios radiofónicos dedicado a glosar el tema de la libertad formulaba a propósito del asunto una denuncia y una apuesta. La apuesta era por la consideración en positivo del concepto en el sentido de una libertad de manera que el hombre [pueda] adaptarse mejor a la actividad social general. Una libertad ordenada y no anárquica en la que cada ser humano tuviera la oportunidad de encontrar el lugar adecuado en el mundo para obtener los medios necesarios para desarrollar su faceta creadra. Una libertad de hechura cooperativa y no individualista en la que la iniciativa surgiera de cada ser humano y el resultado de la acción incidiera en el ámbito de lo social. La denuncia, escueta, se refería a los orígenes de la sociedad industrial en los que el concepto de libertad sólo significaba ausencia de restricciones para enriquecerse, establecida fundamentalmente sobre la esclavización de los trabajadores en las fábricas o, mucho más claramente, en las minas o en las plantaciones. Para la apuesta, aún queda mucho, pero, por desgracia, la denuncia, sigue teniendo una apreciable vigencia. Pues bien, este concepto de libertad le debe mucho, si no todo, a los moldes forjados por la ciencia moderna en los siglos de su articulación.

La otra pata del trípode que sirve para soportar toda la estructura del complejo intelectual de los países que mandan y desde los que se irradia el flujo ideológico con disfraz científico está en una órbita de influencia directa sobre el pensamiento de los científicos: la filosofía de la ciencia. Los desarrollos filosófico-científicos han alcanzado una gran preeminencia a lo largo del siglo XX al hilo de la confrontación, caliente o fría, entre las diferentes concepciones sobre la sociedad, el estado y sobre sus fundamentos. Sin querer volver a insistir sobre la importancia que la ciencia ha tenido en la conformación del mundo capitalista contemporáneo, ampliamente referida ya, no se puede olvidar que todos los sistemas industrialistas han pretendido reivindicar la optimización del aprovechamiento la ciencia. De ahí, que todos los sistemas hayan creado cauces de reflexión sobre las vías de una más fecunda comprensión del hecho científico, o sea, han dinamizado y pertrechado las huestes de pensadores que se dedicaban a discurrir sobre cómo se genera la ciencia en las mentes de los científicos y en qué condiciones se discurre más y mejor. Todo eso no tiene, obviamente, nada de pernicioso, en las condiciones más seguras de estabilidad, para los sistemas económicos que pagan el tinglado y que no tienen ninguna intención de cambiar ninguno de los elementos fundamentales que definen a dichos sistemas. Esta actividad tiene un mérito indudable, porque no es fácil exponer ideología sin que lo parezca y aún menos exhibir un cierto aire de actitud crítica más gestual que radical (en el sentido de analizar las raíces de los problemas). Los filósofos de la ciencia, sobre todo los que se preocupan del tramo contemporáneo más próximo a nuestros días, responden con suma exactitud a la prevención general de Marx sobre la filosofía, en orden a la capacidad interpretativa y transformadora del pensamiento y, por tanto de la ciencia, sobre la sociedad en su conjunto. Y esto es, en sí mismo, base ideológica. Si un sistema de conocimiento sirve para consolidar con retoques de maquillaje una determinada estructura social está ejecutando una determinada ideología y si pretende transformarla en cualquier dirección estará llevando a la práctica, otra. Naturalmente no todas parten de la misma base ni cuentan, como se ha dicho más arriba, con el mismo bagaje de recursos amplificadores y propagandísticos y ello produce efectos distintos en el proceso de transmisión de los conocimientos. Es muy importante, en este sentido, conocer que la filosofía de la ciencia es uno de los vehículos más explícitos de transporte ideológico a la sociedad, por lo menos para desmitificar esta actividad que se presenta habitualmente tan desvinculada del sistema de los valores como la propia ciencia. Se podrían poner muchos ejemplos para ilustrar esta afirmación y ejemplos próximos a la realidad del trabajo de cualquier analista, aunque esto puede dejarse para trabajo práctico de alguien que quiera potenciar su actividad docente con referencias sólidas al intramundo pensante de su espacio y de tiempo. Por ello, para cargarme de razón me referiré, una vez más, a la resonancia alcanzada por los filósofos idealistas Popper, Lakatos, Kuhn o Feyerabend, cada cual en su ámbito, que después de alcanzar en vida cotas de popularidad inusitada, han logrado que sus cadáveres, como el castellano y medieval Cid Campeador, sigan ganando batallas a los filósofos y pensadores infieles.

De todas formas, por ánimo de hablar con propiedad y para poner las cosas en su sitio, habrá que aclarar que las órbitas que desplegó la trayectoria de Popper fue de amplitud e influencia mucho más ambiciosa que la de los que le siguieron. Quizás porque pretendieron hacerlo críticamente o quizás porque Popper contó con la colaboración de un ideólogo tan comprometido como F. Von Hayek para sus propósitos filosófico-propagandísticos. Sin Popper, sería muy difícil de entender ni el irrestible ascenso del neoliberalismo en el mundo de nuestros días, ni de otras concepciones que pueden resultar verdaderamente graves. El desfile de análisis sobre el poder, el estado, el papel del individuo en la sociedad y el mismo concepto de libertad en el caldo del cultivo de la racionalidad científica popperiana suponen un arma de cortante filo para la propia democracia. Todo, claro está, rebozado de fraseología abstracta de imposible captación para el público no especializado. La posibilidad, casi imperativa, de que una teoría para ser admitida en el selecto club de las científicas tenga que ser susceptible de ser refutada, convierte en quimeras las pretensiones de infalibilidad de la ciencia que durante siglos sustentaron sus anhelos históricos. La indefensión de cualquier teoría –por supuesto ajena a cualquier sistema de valores que pueda evaluarla- ante el examen recusatorio afecta al propio carácter de lo científico, más que a los resultados de las investigaciones que, obviamente, pueden estar equivocados o ser erróneos, conclusión que no sería novedosa ni interesante. Por lo tanto, es la misma racionalidad lo que se pone en entredicho y la que deja de asegurar la infalibilidad de sus asertos. De suerte que se esfuma el derecho de decidir por los demás en virtud de esa racionalidad objetiva … ni siquiera con formas democráticas. En definitiva esta posición representa el encumbramiento del individualismo a ultranza en todos los campos y el culto a la pretendidamente máxima libertad individual. También representa una opción diferente para la propia organización política del estado en el que la toma democrática de decisiones se sustituye por afirmaciones científicas racionales susceptibles de revocación. Con ello la política se reduce a la esfera tecnológica y se liquida, e paso, la intromisión de la gente en la política. De ahí al totalitarismo no hay un trecho muy largo. Serio ¿no?, ¿Quién lo iba a decir de la filosofía de la ciencia?.

Y ya para concluir con este apartado, voy a referirme a la biotecnología, uno de los reclamos más populares y con más gancho en el mundo de nuestros días. Entre las ciencias llamadas duras esta disciplina es particularmente relevante ya que en ésta se entremezclan las promesas, las utopías, la ciencia pura y las aplicaciones con el negocio, todo a su vez embadurnado de un cierto halo de misterio y de ciencia ficción. Pero, sin embargo, no hay nada de esto. Todo es bien real y supone un círculo científico-económico que ha ido adquiriendo dimensiones cada vez más apreciables a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y en concreto desde 1953 en el que se determinó la estructura tridimensional del ADN y se estableció el concepto de código genético y mucho más desde 1972 , año en el que consiguió la tecnología del ADN recombinante, con su taller de utensilios y técnicas para cortar el ADN el lugares concretos con enzimas de restricción y unir los trozos obtenidos en puntos precisos por medio de ligasas adecuadas. En este momento, cuajado en el hecho de insertar un gen extraño en una bacteria, supuso, como dice Angel Pestaña(102), la transformación del conocimiento biológico en mercancía de importante valor de mercado. Tanto es así que en tan sólo cuatro años surge en el área de la Bahía de San Francisco la primera empresa, Genentech, especializada en el desarrollo y explotación comercial de esta nueva tecnología basada en las aplicaciones del ADN recombinante. También, por supuesto, otras corporaciones se apresuraron a introducirse en este prometedor campo. Las últimas décadas del siglo XX han vivido episodios muy interesantes de la rápida circulación de estos conocimientos entre los laboratorios de investigación y las unidades de fabricación. En este aspecto, como en otros que desarrolla Pestaña en el mencionado trabajo, hay desde luego muchos ribetes ideológicos de interesante actualidad – no hay más que recordar el impacto publicitario de la oveja Dolly-, además de los concernientes a capítulos sobre la ética, la economía y la sociología del conocimiento. Un resumen del elenco de las supuestas posibilidades que se encierran en este campo y que han jugado un decisivo papel de reclamo de capitales, pero también de señuelo, se encuentra en el informe e la Office of Technology Assesment (OTA) de 1984(103) en el que se señalaban los bienes que podía prodigar el mercado biotecnológico:

“La biotecnología tiene capacidad tecnológica para cambiar la comunidad industrial del siglo XXI debido a su potencial de producción de cantidades ilimitadas de:

Debido a estas aplicaciones potenciales de amplio y largo alcance, la biotecnología se sitúa en el centro de muchos de los principales problemas mundiales, tales como la malnutrición, la enfermedad, la disponibilidad y precio de la energía y la contaminación”.

Es indudable que un tipo e programa semejante tiene que producir un enorme impacto no sólo entre los inversores en bolsa –que ya se sabe que lo que buscan es simplemente rápidos y cuantiosos beneficios- sino en muchos ámbitos bienintencionados ansiosos de mejorar la calidad de la vida sobre la tierra acabando con los enormes problemas enunciados en la cita de una forma segura y barata. ¿Pero es así? Las batallas libradas –en primer lugar en los Estados Unidos- contra determinadas aplicaciones biotecnológicas, sobre todo en el ámbito agrícola, indican de forma bastante transparente que ni es oro todo lo que reluce en este campo ni sus logros son como se prometen en las proclamas de sus más entusiastas propagandistas. Tanto es así que el ámbito de la biotecnología agrícola ha cedido mucho terreno ante el gran nicho de negocio que representaba la tecnología farmacéutica. Este proceso, calificado por algunos autores de auténtico boom, se ha explicitado en el rosario de fusiones y absorciones de corporaciones multinacionales que ha caracterizado a la economía en la última década del siglo XX. De todas formas, para no alargar más el presente comentario sobre un tema para el que existe una extensa y creciente literatura, se podría advertir que a pesar de las prioridades farmacéuticas del entramado biotecnológico, los productos que se van obteniendo –en contradicción con las previsiones de la OTA antes aludidas- no se dirigen a sanar las enfermedades más habituales de los seres humanos, de los animales o de las plantas sino a otro tipo de derroteros de dudosa incidencia en el bienestar general cual es la llamada revolución genómica.

En resumen y para aportar más elementos de reflexión sobre este intrincado campo aprovecharé la conclusión de Pestaña sobre la encrucijada en que se encuentra esta área de conocimiento(104):

“… la biotecnología, y muy especialmente sus productos farmacéuticos, constituyen un elemento importante del mapa empresarial, sobre todo en Estados Unidos, donde más de mil empresas están trabajando actualmente en el desarrollo de nuevas medicinas. Lo que en un principio fue acogido con desdén por las grandes empresas farmacéuticas se está transformando en un elemento sustancial de la estrategia I+D de estos gigantes, necesitados de nuevos productos para hacer frente a la crisis del sector, que sólo entre 1992 y 1994 perdió más de 40.000 empleos. Un fenómeno similar, aunque a menor escala y tempo, se ha producido en Europa, donde la adopción de las nuevas tecnologías se ha desplazado hacia el mercado norteamericano, más amplio, menos restrictivo y con mejor base tecnológica. Como resultado de ello, los gigantes farmacéuticos –a la par que consolidaban posiciones mediante procesos de agregación …- redoblaron sus inversiones I+D en biotecnología y genotecnología, de forma que sólo en 1995 gastaron 5.800 millones de dólares dirigidos a la adquisición de las nuevas biotecnologías, en forma de adquisiciones de empresas biotecnológicas (60%), pago de licencias (28%) o acceso a bancos de datos (12%). Estos cambios, estimulados por el conocimiento del genoma humano y las facilidades de los nuevos datos en bioinformática y química combinatoria, sostienen las expectativas de un desarrollo de más y mejores recursos terapéuticos para combatir la enfermedad. Sin embargo no cabe esperar los resultados espectaculares e inmediatos que auguran muchos profetas mercadotécnicos e incluso cabe la posibilidad de que todo pueda quedar en un gigantesco bluff”.

Desde luego, elementos para la reflexión es claro que se suscitan.

Uno de los autores que más se han aplicado en los temas que nos ocupan es el psicólogo alemán Eckart Leiser, varias veces citado en el presente trabajo a propósito de diversos temas y que ahora volvemos a traer a colación con motivo de sus reflexiones sobre la vigencia hegemónica de una concreta forma de entender la ciencia no sólo en el ámbito de la mundialización y de la internacionalización, sino en el seno de una disciplina y un solo país. Este aspecto, sin embargo, no es nada restrictivo por tratarse de una disciplina de implantación creciente y de un país tan importante como Alemania y de historia reciente tan interesante y tan ilustrativa. En realidad sus trabajos se han extendido a lo largo de toda la década de los noventa y en ellos estudia y analiza el tema que estoy desarrollando en el presente apartado. Entre el año 91, en el que publicó(105) Hegemonía y Método de la psicología establecida, y 1999, en el que acaba de ver la luz un breve pero rotundo diagnóstico(106) sobre algunos procesos académicos e intelectuales en la Alemania reunificada, hay un rosario de contribuciones sumamente ilustrativas al tema de la hegemonía en los centros de educación superior e investigación de un país al que no se ponen pegas mayores en lo referente a su estructura y definición democráticas, por más que, como en casi todas partes, afloren situaciones oscuras y tormentosas que salpican –si no enlodan- a los dirigentes del estado(107). Las conclusiones generales de carácter social o general ya se sacarán o las sacará quien quiera cuando sea, yo las evitaré porque no es ése el propósito de este trabajo, pero la generalización del problema, aquí más frecuente y profundamente abordado sobre algunas disciplinas concretas como las matemáticas, las ciencias de la naturaleza o la economía, puede apreciar otra vía de expresión curricular que, como la psicología, engloba a un área social, que se debate, no obstante, como antaño la economía, entre diversas sensibilidades. Lo interesante del análisis de Leiser en los textos citados es que parte de una constatación que no muchos profesionales se atreven a admitir: la existencia de una ciencia norma, esto es, establecida en un determinado marco geográfico-académico. Una ciencia que sirve de patrón para enjuiciar cualquier trabajo –normal o rupturista- que se sume al conjunto. Y este hecho, explicitado abundantemente en los ámbitos anteriores, sirve para intuir que las aprensiones que otros profesores o investigadores de otras disciplinas sobre sus respectivos casos no son rarezas peculiares, sino un problema que también se ha mundializado. Y aquí, a diferencia de lo que a menudo se estudia respecto a la peculiar obstinación de algunos santones de la historia de la ciencia y/o de la tecnología con la emergencia de determinadas ideas o hechos –por ejemplo, Kronecker o Poincaré contra los conjuntos de Cantor o Lord Kelvin contra la corriente alterna-, no nos solemos encontrar con grandes autoridades del pensamiento, sino con vulgares funcionarios de mediocre entidad, aunque bien instalados en el aparato del poder correspondiente.

En los mencionados trabajos y en otros publicados anteriormente, Leiser explicita de forma clara y didáctica los aspectos concretos reveladores de la militancia de esa forma de psicología actual. En el núcleo del credo de la psicología establecida de nuestros días se halla la exaltación entusiasta, incondicional y casi mágica de las matemáticas como definitivo rasgo definitorio de la cientificidad, hasta el extremo de haber propiciado la existencia de una rama específica que se llama psicología matemática. Es el tributo a un cientismo que a veces se vislumbra como trasnochado, más cercano al demonio de Laplace que a las cautelas dialécticas que el enfoque multidisciplinar parece recomendar en nuestro tiempo.

La historia que a la que Leiser alude comienza, como tantas otras iniciativas de la contemporaneidad, con la acción del movimiento estudiantil de los llamados felices sesenta en la República Federal Alemana que desde Francfurt, llegó a Berlín Occidental, en aquellos días y que luego se convirtió en uno de los territorios más interesantes del planeta según testimonios de cuantos tuvieron oportunidad de vivir en él una temporada. Allí, en el Berlín Occidental, funcionaban, entre otros centros de educación superior, la Universidad Técnica y la Universidad Libre, una institución creada en el fragor de la guerra fría con dineros de la Fundacón Ford y destinada a contrarrestar en el ámbito de las ciencias humanas la posible influencia perniciosa que pudiera llegar del otro lado de la frontera. O sea, una Universidad levantada para defender el estilo de vida occidental o más propiamente el american way of life. La onda expansiva del movimiento estudiantil de los sesenta en Europa y en los Estados Unidos, aunque con excepciones, tuvo su centro nuclear en el ámbito de las humanidades, terriorio intelectual en el que, también salvo rarísimas excepciones, a lo más que se podía aspirar a encontrar en los claustros, eran algunos profesores de corte liberal y no acusadamente intolerantes en lo político, aunque marcadamente ortodoxos en lo disciplinar y profesional. Pero los nuevos vientos sacudieron las viejas estructuras y las nuevas ideas penetraron no sólo la armadura de lo político –que por otra parte en seguida volvería al equilibrio- sino que introdujeron elementos críticos en el cónclave profesional de determinadas instituciones. Así ocurrió en el Instituto Psicológico de Berlín en el que para turbar la plácida existencia de los catedráticos a la vieja usanza apareció un joven colega, Klaus Holzkamp, como abanderado de la psicología social y experimental que, horrorizando al medio, escuchó los planteamientos de un movimiento estudiantil berlinés que, a diferencia de otras ciudades y otras universidades no se había desvanecido en el aire de la noche a a mañana. Holzkamp escuchó las reivindicaciones y los argumentos estudiantiles y se hizo en consecuencia eco de los pensadores de la Escuela de Francfurt, como Adorno, Habermas, Marcuse, entre otros que capitaneaban en aquella época la batalla contra las tendencias más instaladas en el territorio de las ciencias humanas. De ahí, para llegar a los postulados de la Psicología Crítica no hubo mucho trecho. Para ello replanteó las bases epistemológicas de la psicología humana tradicional y trasladó el análisis a los ámbitos sociales e institucionales, que desembocaron en la elaboración de una alternativa en la que lo fundamental, en palabras de Leiser, debía ser la relevancia de lo que hace. Además de estas propuestas teóricas que acreditaban su capacidad intelectual, Holzkamp consiguió articular en torno a él a un nutrido grupo de docentes y estudiantes. Esta presencia colectiva tuvo, al igual que en otros centros de todos los países del mundo, otras incidencias positivas muy propias de la época. Así, se consiguieron cambios normativos en la legislación universitaria que desembocaron en la igualación progresiva de la representación institucional de los diferentes estamentos del Instituto: Catedráticos, otro profesorado, alumnos y personal de administración.

En los llamados felices sesenta estas iniciativas se sorportaron y anduvieron con cierto fair play. El conflicto surgió, también como sucede a menudo, con la promoción y contratación de nuevos profesores. Cambiar las normas del secreto deliberador habitual por discusiones públicas sobre la valía de los candidatos, en las que podían participar los estudiantes sobre sus cualidades docentes ha resultado muy fuerte en cualquier época, en cualquier país y en cualquier centro. La campaña de desprestigio saltó. A Holzkamp le acusaron en los medios de comunicación de bolchevique corrupto, al tiempo que un grupo de profesores tomaba la iniciativa de fundar otro instituto de psicología –que aparecería en 1970- y otro grupo más se organizaba en el ámbito universitario para salvar a la Univerisdad Libre. Leiser, para explicitar la etnia política de los salvadores y el tipo de campaña –con listas negras incluidas-, reproduce en su trabajo más reciente parte del texto de un pamfleto difundido en aquellas fechas(108):

"Uno de los activistas principales del Instituto Psicológico es el profesor Klaus Holzkamp, quien en su tiempo pasó a primer plano al apoyar una iniciativa para el voto a favor del Partido Socialista Unificado de Berlin (Occ.) y ya en el año 1968 fue uno de los responsables de la Tienda para Escolares Libertad Roja organizada por el Instituto Psicológico de la Universidad Libre. Nos abstenemos de decir si su así llamada Psicología Crítica merezca el calificativo de una escuela de la psicología científica".

No obstante la actividad científica del segundo instituto fue insignificante respecto al de Holzkamp en aspectos como la publicación de monografías, proyectos de investigación, entre otras actividades docentes e investigadoras. Esto propició su consolidación y afianzamiento. Además desde los primeros años setenta la incorporación de Leiser y sus primeras publicaciones en el terreno de la estadística matemática, sirvieron para ampliar el campo de actuación en frentes más ambiciosos. Como es normal la elevación del nivel supuso el recrudecimiento de la hostilidad de los otrora psicólogos liberales hacia el Instituto Holzkamp en general y hacia cada uno de sus miembros en particular. Hostilidad muy del estilo de las guerras sucias que tanto se han practicado en las universidades. Siguió una larga serie de represalias de carácter académico en la promoción de los candidatos más visiblemente vinculados a la definición y a la práctica del Instituto heterodoxo. Las listas negras comenzaron a distribuirse por todos los gobiernos regionales alemanes y llegaron a muchos ámbitos decisorios a los que no podían acceder los miembros del prestigioso instituto berlinés. Las listas se convirtieron en filtros que detenían la carrera profesional de los representantes de la psicología heterodoxa, considerados elementos políticamente no correctos. Leiser comenta que a pesar de haber ganado en dos ocasiones la primera plaza para una cátedra, en ambos casos vio paralizado el trámite a instancias gubernamentales. La hegemonía había convertido, por obra y gracia, de la corriente dominante, el área de conocimiento en Alemania –fuera de Berlín- en un coto cerrado.

La historia que sigue es previsble. Desde el punto de vista disciplinar la expansión de la psicología crítica fue significativa. Otros institutos alemanes y de otros países como Holanda, Dinamarca o Austria acogieron las propuestas con interés, al igual que ocurrió en congresos y reuniones internacionales Pero a nivel administrativo el cerco fue progresivamente más férreo. Congelación de plantilla, a pesar del creciente número de alumnos, la no convocatoria de las plazas vacantes, la no convocatoria de cátedras nuevas, la liquidación jurídico-administrativa del modelo equitativo de autogestión, la imposición de un plan de estudios ideado por la posición oficialista hegemónica, etc. Todo esto junto a otras medidas más descaradas para liquidar el proyecto que sólo pudieron contrarrestarse por la acción de los estudiantes. Pero llegó la reunificación y desde ella se preparó el golpe de gracia a pesar de que el Instituto Psicológico era el más potente y solvente grupo disciplinar de cuantos existían en Berlín.

Hoy, la cátedra de Klaus Holzkamp está vacante y nada induce a pensar que se vaya a convocar. Los profesores que quedan en activo llevan una vida acdémica marginal carentes de los medios mínimos para la continuidad de sus proyectos. Los principales actores en la guerra sucia han triunfado sin haberse tenido que arriesgarse ni a mantener un debate. Pero el resultado es claro: la heterodoxia en la psicología alemana está en vía de extinción.

4.- Ideología y autonomía de la ciencia

A pesar de lo escrito hasta aquí, millones de veces argumentado y otras tantas marginado y olvidado, el escollo principal para admitir la presencia de las ideologías en el trabajo cotidiano de la comunidad científica procede de la entidad del propio trabajo de los propios científicos(109), esto es, de la conciencia elemental que se desprende de la propia actividad. El profesor que reproduce año a tras año y curso tras curso lecciones perfectamente estandarizadas, similares, en cuanto a su contenido, en los ámbitos más dispares y alejados geográfica y geopolíticamente, el investigador que garabatea símbolos en un papel, en una pizarra, el meritorio que mide con sistemático celo magnitudes diversas en máquinas sofisticadas, el científico que hace lo que le manda su patrón intelectual o económico con el objetivo de desarrollar un experimento, un proyecto o una línea de trabajo sobre cualquier tipo de asunto concerniente a cualquier ámbito disciplinar, no tienen conciencia ninguna de estar inmersos en ningún tipo de ideología concreta. Desde luego, ni buena ni mala. De ningún tipo. Y como en el fondo hay que otorgar a todo el mundo el beneficio de la honradez, no es exagerado considerar que desde su particular perspectiva, individual y concreta, posiblemente tienen razón. Incluso puede que duerman tranquilos, con su conciencia apaciguada y tan sólo preocupada por los resultados inmediatos –próximos o pasados- del club deportivo del que son pacíficos hinchas, ni siquiera hooligans. De hecho, varios profesores, por ejemplo, explicando la misma materia sin más matices que los elementos lingüísticos no definidos, pueden tener, y es normal que ocurra, posiciones políticas o ideológicas distintas. Ergo, dicen, las ideologías se detienen en el umbral del aula o del laboratorio y dentro no se vierte más que ciencia. A continuación intentaré mostrar que esto no es así y que el resultado de la compatibilidad es producto de un proceso histórico de simplificaciones sucesivas. O dicho de otra forma, dónde y cómo se explica la autonomía de la ciencia y cómo se engarzan ideología y aplicaciones en un mundo de escaparates teóricos.

El mismo referente de aislamiento y concentración del concepto general -la ciencia- en el acto concreto de una persona o colectivo determinados -una lección, un curso, una teoría o una técnica- ya representa de por sí un desenfoque simplificador del problema. Cuando el todo se intenta sustituir por una o unas partes, algo no se está presentando correctamente. Ese tipo de simplificaciones, muy oportunas para las artes de creación pueden resultar ejemplarizantes -o, quizás mejor, contraejemplarizantes- y pueden constituir la trama de una interesante historia, pero nunca serán portadores de más valor de verdad que el específico del episodio referido. Sucede multitud de veces con los relatos de tipo periodístico basados en la suma de consideraciones biográficas, cuyo resultado por simple añadido no reproduce el total alcanzado por el proceso de generalización. Así se advierte paladinamente, por ejemplo, en la referencia de las grandes guerras y en la percepción que de las mismas ha llegado a diferentes protagonistas en un lugar y momento precisos. En la batalla -mundial en un sentido aún más amplio que el usual en los relatos de hazañas bélicas, porque se refiere subjetiva y objetivamente al universo- por el conocimiento, puede ocurrir algo semejante: los combatientes, en su caso, pueden tener impresiones distintas respecto a lo que representa la evolución de los acontecimientos. Y señalo lo de en su caso, porque está muy lejos de ser cierto que todas las personas que participen en algún tipo de estructura administrativa vinculada a la actividad científica sean combatientes en la batalla en pro del progreso cognoscitivo. Ni ahora ni antes ni mucho me temo que nunca. Por desgracia, ni para los boticarios alemanes presumo que tiene que ser necesaria la pertinente concepción del mundo a la hora de expender un preparado farmacéutico(110). Igualmente, tampoco es inusual pensar que el médico que cobra a tanto el dolor o el ingeniero que dirige el desarrollo de unas obras cualesquiera de una autopista cualesquiera tienen difícil demostrar que estén haciendo ciencia. Ni siquiera será trivial demostrar que están reproduciendo saberes científicos modernos y no procedimientos rutinarios basados en recetarios específicos de los artilugios que se utilizan en el proceso concreto de trabajo. Se me podrá decir y se me dirá que he ido a elegir casos (intelectualmente) excesivamente especiales, como son los correspondientes a farmacéuticos, médicos o muchos ingenieros de nuestros días, en los que lo que se propicia que se les pague es un tipo de supuesta instrucción profesional, que no necesariamente tiene porqué aumentar más a lo largo de su vida activa(111). Desde luego que ningún caso perteneciente a este capítulo puede entrar como contraejemplo de mis aseveraciones sobre la interrelación ciencia-ideologia, porque lo que ellos hacen no es ciencia(112). Lo mismo cabe decir de bastantes profesionales de la instrucción científica que repiten un sonsonete dogmático en un envoltorio que se reclama perteneciente a los saberes científicos porque incluye ingredientes operativos, instrumentales y simbólicos que se atribuyen a este campo intelectual. Sin necesidad de caer en simplificaciones reales -cuales son, por ejemplo, las concernientes a personas que han podido acceder ¡brillantemente! a un título aprendiéndose los teoremas de memoria- que cualquiera que haya pasado por un aula de ciencias puede conocer, no creo que pueda obviarse fácilmente el hecho de que la enseñanza de las ciencias carece de esa actitud crítica e innovadora con que pretende definirse el producto. En muchos ámbitos y desde muchos puntos de vista. Sólo los llamados grandes maestros aceptan sin rubor la posibilidad de error y la posibilidad de la construcción progresiva del propio pensamiento. Por ejemplo en una de las entrevistas que pueblan el séptimo volumen dedicado a Testimonios para la experiencia de enseñar que dos Facultades de Buenos Aires y Montevideo, han dedicado al matemático y político, entre otras cosas, José Luis Massera(113) se puede leer el siguiente diálogo(114):

“JLM: … Tengo una experiencia muy reciente. Cuando salí en libertad y cuando se reimplantó la democracia en Uruguay, tuve la posibilidad de volver a la Facultad de Ingeniería; pero ya bastante viejo. Por lo tanto me amparé en una providencial cláusula del reglamento por la que los profesores de más de tantos años … de docencia, estaban eximidos de la obligación de dar clases curriculares”.

“En un momento dado, pedí para dar un semestre de clases a alumnos de 1er. Año, para ver cómo eran vírgenes … Bueno lo interesante fue que desde el primer momento se estableció una relación tan cordial, tan franca, tan sin protocolos entre ellos y yo, que cuando ellos me interrumpían para decirme profesor eso está mal, yo era feliz”.

“Pregunta: ¿Un profesor se puede equivocar?”

“JLM: Un profesor que no se equivoca no es un profesor”.

Se puede considerar que Massera(s) no hay muchos. Al fin y al cabo, las personalidades de este porte no se prodigan. Uno de sus discípulos más distinguidos -y a su vez matemático importante de la matemática uruguaya-, Jorge Lewowicz, ha escrito sobre su maestro que Massera es uno de esos tipos de los que uno no aprende solamente teoremas, lo cual, entre los matemáticos, es una verdadera declaración de principios sobre la singularidad individual. Lo mismo se puede extender a otros ámbitos de la ciencia en los que, como vengo insistiendo, el dogmatismo sofoca cualquier atisbo de creatividad y de imaginación. Y para abundar en el asunto haremos alguna comparación, que ya se sabe que son odiosas, pero que pueden resultar enormemente ilustrativas.

Si en los establecimientos castrenses, en los que el aire marcial y la virilidad se han acreditado como constituyentes de los hombres que servían en ellos, la oficialidad hacía gala de que determinados atributos masculinos debían dejarse colgados en el cuerpo de guardia, para ser recogidos, en todo caso, a la salida, en las aulas de ciencias -y las de tecnologías van parejas- debe hacerse lo propio con la capacidad creativa, la imaginación y el sentido crítico. Ni siquiera se admiten –sobre todo en las ciencias formales y demostrativas- elementos de referencia interrogatoria tan planos como ¿por qué y para qué se tiene que estudiar esto que Vd. (o el órgano legal correspondiente) dice que tenemos que estudiar? Profundizar en las contradicciones de los sistemas educativos modernos permitiría ejemplificar abundantemente lo que ahora es una impresión masiva y a voces: que la enseñanza de las ciencias responde más a presupuestos teológicos (de un nuevo dios que no necesita de justificaciones existenciales, como antaño otros) en los casos más internos y a recetarios de las culturas de la Edad del Bronce – de las que tan superiores se sienten- en todos los periféricos. De hecho la mayoría de los egresados, incluso de curriculum brillante, de los centros formadores de científicos son incapaces de aportar elementos nuevos al conjunto de sus saberes respectivos y, cuando lo hacen, tienen dificultades para dos temas, por lo menos. El primero el de su admisión por la comunidad académica, el segundo para explicar de manera convincente a otros el interés de sus evidentes esfuerzos. A no ser, claro, que ideológicamente pertenezcan al main stream adecuado.

Sobre el dogmatismo en la ciencia hay ya un consenso bastante general. Afirmar lo contrario sería negar una evidencia histórica, aunque se dificulte la rotundidad e las conclusiones por culpa de las impertinentes excepciones que de tanto en cuanto asoman- Raul Courel, decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, lo expresa en el volumen dedicado a Massera antes aludido:

“A veces ocupadas en sostener dogmas, las universidades no pudieron evitar que en ellas crecieran antidogmáticos”(115).

Claro que desde la peculiaridad ríoplatense se puede por lo menos evocar como supuesta constante en la historia de las universidades la de un cierto movimiento pendular entre la libertad y la servidumbre, que en un enfoque de caracteres gruesos sería, desde luego, discutible, porque no necesariamente los vientos de apertura política y social han penetrado siempre el caparazón que recogía el conjunto de problemas y temas dignos e interesantes cultivados en la institución, quedándose las más de las veces, en la mera mutación de las formas. Lo que no es poco. Más habitual ha sido la implicación en el otro ámbito, el de la servidumbre o la opresión, como demuestran multitud de episodios de la historia, entre los que destaca, por ejemplo, la prohibición de la teoría de conjuntos en Grecia durante la llamada dictadura de los coroneles.

Pudiera pensarse malévolamente que las ideas y percepciones sobre el dogmatismo pudieran quedar limitadas o los centros en los que las turbulencias sociales que rodean a los medios de estudio e investigación, sacuden la paz que, sin embargo, se disfruta en los países más acomodados. Y no hay tal caso. No hace falta ser como Massera o como otros dirigentes científicos de países subdesarrollados o en vías de desarrollo para estimar la importancia del talante crítico y del debate en el aula. Brezinski(116) alaba, por ejemplo, la experiencia relatada por Pierre Aigrain en Simples propos d’un homme de Science sobre los medios utilizados para superar las inhibiciones de los estudiantes (en su caso, franceses). En este caso, recomienda incluso la presencia en el debate de los asistentes y ayudantes para que formulen cuestiones disparatadas que animen a los estudiantes a plantear preguntas sin temor de que piensen que están haciendo el ridículo(117).

Con todo, la reflexión ha partido de la perversidad teórica que supone la reducción del problema general a los compartimentos, cada vez más estancos, de los problemas concretos, sean cuales fueren, y lo que he querido destacar, antes de otro tipo de consideraciones, es que ni es oro todo lo que reluce ni es ciencia todo lo que se ejerce con un título ad hoc adquirido en los establecimientos del ramo de las ciencias ni de las tecnologías. Por eso, puede ser conveniente ir dejando ya definitivamente de lado el problema de la venta minorista de conocimientos, y entrar en las órbitas directamente relacionadas con la reproducción de conocimientos para el mantenimiento y desarrollo de la comunidad científica y con el trabajo de creación en los medios de educación superior o en los laboratorios de investigación públicos o privados. Porque de lo que no cabe duda es de que en los últimos siglos -y muy en concreto en el XX- se ha producido un enorme avance en el bagaje tecnocientífico, como una parte importante de los habitantes del primer mundo puede asegurar en sus vidas cotidianas, y otros seres humanos –iraquíes, serbios, etc.- pueden atestiguar igualmente, por otro. Así, habida cuenta del enorme, evidente y constatable desarrollo de las ciencias teóricas y de sus aplicaciones más o menos inmediatas, interrogarse sobre la presencia de la ideología en este tipo de ámbitos representa el correcto enfoque del problema. Aquí es donde vuelve a entrar el nunca olvidado Monsieur Jourdain y aquí es donde se puede aclarar mejor su proceso evolutivo. No obstante, para evitar concluir teniendo que afirmar que quien mucho abarca poco aprieta, debería abordarse el universo que enfrentamos por partes. Y la primera y muy importante sería la concerniente a la reproducción de las ideas científicas, esto es a los múltiples ámbitos donde se plasma el aprendizaje, la educación permanente y se apuntan los primeros presupuestos de invento, descubrimiento o, en definitiva, de creación científica(118).

Casi nadie dudaría - y si lo hicieran se equivocarían- si las cuestiones se plantearan, por ejemplo, en torno a Galileo(119). Casi nadie objetaría la realidad ideológica presentes en los asuntos de Galileo porque, como ya he repetido varias veces, lo que con mayor presencia ha trascendido de las peripecias biográficas de Galileo Galilei es que tuvo problemas con la Inquisición romana y que tuvo que abjurar de sus ideas científicas que, no se olvide, fueron calificadas de heréticas. Sin embargo, en principio, los libros de Galileo trataban, entre otras cosas de las descripciones de los detalles de algunos astros o de astros enteros, visibles gracias al telescopio, de los cometas, de los flujos y reflujos del mar, de la estructura del universo o de las nuevas ciencias sobre los cuerpos que están quietos o que se mueven. Temas, como es apreciable sin ningún esfuerzo intelectual especial, perfectamente neutros y en los que no asoma aparentemente ningún elemento ideológico contaminante. Como hoy todas las personas cultas saben que los reverendos padres inquisidores no pensaron lo mismo, cabe formularse la pregunta sobre cuál era el eslabón especial que podía enlazarse entre el enunciado de esos problemas naturales y la doctrina inherente a la ortodoxia cristiana católica. Francis Bacon lo hacía notar, por ejemplo en 1620, en el aforismo LXXXIX del Novum Organum(120), antes de que ocurriera el gran proceso contra el sabio toscano de 1633 y, por tanto, con la artillería dirigida a todos los vientos:

“…En el estado actual de las cosas, los teólogos escolásticos, con sus sumas y sus métodos, han hecho muy difícil y peligroso hablar de la naturaleza; pues redactando en cuerpo de doctrina y bajo la forma de tratados completos toda la teología, lo que ciertamente era de su incumbencia, han hecho más aún, han mezclado al cuerpo de la religión, mucho más de lo que convenía la filosofía espinosa y contenciosa de Aristóteles. Al mismo resultado llegaban, aunque de manera distinta, los trabajos de los que no han vacilado en deducir la verdad cristiana de los principios, y en confirmarla por la autoridad de los filósofos, celebrando con mucha pompa y solemnidad, como legítimo, ese consorcio de la fe y de la razón”.

Cabe también advertir, de entrada, que la ciencia -o lo que ahora se entiende por tal- no ha tenido siempre la misma definición ni la misma presentación y consideración social. Hubo un tiempo en el que igual que ahora, aunque justamente al revés, la ciencia tenía que jugar un papel, digamos de apoyo, en las consideraciones generales dominantes por las que se explicaba el mundo y así, mediante la conveniente conversión del aristotelismo al credo religioso pertinente, todo quedaba perfectamente armonizado, concernido, racionalizado y justificado. El proceso era, en principio, contrario en algunos aspectos al actual(121), porque las verdades reveladas compiladas en los escritos sagrados eran a priori requisitos que tenía que respetar cualquier cuerpo doctrinal construido tan solo con el auxilio de la razón. Así, por ejemplo, el agua húmeda y fría que generaba fuentes y ríos era producto del enfriamiento del húmedo y caliente aire, justo lo contrario de lo que ocurría en el mar en el que el agua húmeda y fría, al calentarse, se convertía en aire, evitando de esta manera que el nivel del mar se elevase por efecto de la recepción prácticamente ininterrumpida de agua procedente de los ríos. Tan racional y tan digna, como explicación, como con cualquier otra teoría más moderna y rigurosa. No parece inverosímil considerar que la persona medieval medianamente culta que se parase a pensar sobre los problemas del agua(122) pertrechada con la doctrina de los cuatro elementos y la lógica aristotélica pudiera admitir sin necesidad de ningún acto de fe ese transmutacionismo. Lo mismo podríamos argüir respecto a casi toda la fenomenología natural y el conjunto de explicaciones que se fueron acumulando a lo largo de la Edad Media para establecer el rudimentario –pero aparentemente racional- esquema con que se explicó el mundo.

Será difícil explicar que las construcciones científicas elaboradas en esas coordenadas intelectuales eran ajenas a presupuestos ideológicos, impresión que todo el mundo –salvo los más acérrimos medievalistas- admitirá sin mayor esfuerzo. Claro que este problema se liquida de dos maneras. Los partidarios de las simplificaciones más groseras pueden solventar el escollo señalando que lo que se hacía en los tiempos del medioevo, en los ámbitos que ahora se toman como asimilables, no era, simplemente, ciencia. Esta es una salida más habitual de lo que sería de desear. Incluso, las personas cultas pueden argüir que los caracteres definitorios del fenómeno intelectual llamado ciencia, en toda su rica pluralidad, no comenzaron a perfilarse con nitidez hasta los tiempos de la Revolución Científica. De ahí, habida cuenta de que no se trata de actividades inmersas en el mundo de la ciencia, la contaminación ideológica pueda ser admisible. Con Galileo ya es distinto, porque sus temas y su personalidad histórica están dentro del ámbito científico y habría que ser muy atrevido –ya se sabe lo atrevida que es la ignorancia- para negarlo. De momento lo único que quiero sostener es que por lo menos en el tiempo de Galileo y por lo menos en los países católicos hubo una implicación directa de la ciencia y la ideología. Es un punto de referencia que podría completarse en abundancia con referencias a Descartes, Harvey o Bruno, entre otros, que nunca podrá pasarse por alto. Bueno, luego la cosa cambió y se hizo menos explícita, pero ¿cesó de intervenir la influencia de la ideología en la vida de la ciencia? ¿Fue la ciencia tan autónoma y desinteresada como la pretenden presentar sus oficiantes más apasionados? Aquí tendré que volver al añorado Arcipreste de Hita para señalar que si lo dijera yo se me podría tachar, por lo que tendré que recurrir a ejemplos que puedan garantizar que mis afirmaciones no son temerarias. Claro que como desde hace tres siglos el envoltorio de la ciencia ha tendido a perder atributos formales llamativos, incluso en personas de profundas convicciones religiosas o políticas, los ejemplos hay que buscarlos en otros soportes de información, tales como la correspondencia o los análisis derivados de conjuntos de datos cuantitativos.

Para no perder mi costumbre de escribir de lo que menos mal conozco abundaré más en casos provenientes del territorio matemático, extremo que aún viene mejor al fin último de mis argumentaciones, ya que es sabido que hasta hace muy poco las matemáticas eran el territorio privilegiado y casi exclusivo donde se exhibía sin recato su aparente y melindrosa carencia de atributos y de finalidades. Y aunque la realidad sea terca desde hace tres centurias sobre este asunto concreto, todavía existen incorregibles idealistas, que decía Picard(123), que escrutan las propiedades más sutiles de los abstractos conceptos matemáticos. Y, aunque esto ya no sea así, porque todo el mundo sabe lo que se busca en los rincones más copiosamente subvencionados de las matemáticas, al tiempo que otros saberes tradicionalmente aplicados adquieren presentaciones cada vez más teóricas y menos finalistas, servirá, por lo menos, para ejemplarizar algunas de las pretensiones del presente discurso.

La ciencia es en nuestra época un concepto no definido –lo cual no quiere decir indefinido- a la que se le asignan atributos inespecíficos de profundización y extensión del conocimiento, de objetividad e imparcialidad, de igualdad de acceso y de ámbito internacional entre otras. Se dice y admite que gracias a la sinergia de la ciencia y la tecnología la vida de los seres humanos ha mejorado y que los maleficios de un amplio elenco de mitologías que caían como pesadas losas sobre las espaldas de los pobres mortales que, como poco, estaban condenados en un enorme pedazo del planeta, a ganarse el pan con el sudor de la frente. Porque se trataba de una verdadera condena, dictada por haber sido malos y desobedientes al Ser Supremo y haber comido los frutos del árbol de la ciencia, que estaba sencillamente prohibido, aunque en el texto de referencia no se diga porqué. Lo cual, aunque sea en un inciso, no deja de llamar la atención, porque para ser un Paraíso las formas de relación eran un poco autoritarias y despóticas. La ciencia, en sus aspectos aplicados, y en la parte que les pueda corresponder también de los teóricos, ha contribuido a acabar no sólo con esa maldición sino con lo más penoso que la vida reservaba a la mayoría de los seres humanos, por lo menos en una parte del mundo. Los voceros más entusiastas del progresismo decimonónico ya lo dejaron bien claro en su tiempo. Por ejemplo, Routledge recogía como introducción de su repertorio de inventos y descubrimientos(124) del siglo XIX una amplia cita de Macaulay en la que se enumeraban los méritos que la ciencia, como excelsa expresión de la actividad humana, podía colocar en su hoja de servicios a la Humanidad.

Macaulay señalaba(125) que la ciencia

“ha alargado la vida; ha mitigado el dolor; ha extinguido enfermedades; ha incrementado la fertilidad del suelo; ha dado nuevas seguridades al marino; ha suministrado nuevas armas al guerrero; ha tendido sobre grandes ríos y estuarios puentes de forma desconocida para nuestros padres; ha guiado al rayo de forma inocua del cielo a la tierra; ha iluminado la noche con el esplendor del día; ha extendido el alcance de la visión humana; ha multiplicado el poder de los músculos humanos; ha acelerado el movimiento; ha aniquilado las distancias; ha facilitado el comercio, la correspondencia, todos los oficios amistosos, todos los despachos de negocios; ha permitido al hombre descender a las profundidades del mar, volar a gran altura en el aire, penetrar con seguridad en las pestilentes entrañas de la tierra, atravesar la tierra con taladros que giran sin necesidad de caballos, cruzar el océano en barcos que corren diez nudos por hora contra el viento …”

Como recuento –sucinto- no es despreciable, si bien los científicos –Macaulay no lo era- hubieran podido eliminar de la lista algunos epígrafes, sustituir otros y añadir los correspondientes a algunas disciplinas de menor incidencia y extensión social como, por ejemplo, las matemáticas, algunos desarrollos de la física teórica o el desarrollo de la biología evolucionista. Los resultados y desarrollos de algunos capítulos de estas disciplinas representaron un cambio en el sistema de pensamiento en el que se plasmó de forma fehaciente la antigua aprensión de lo resbaladizo del conocimiento personal –piénsese sin más en la apertura que supuso la articulación de las geometrías no euclídeas, los experimentos referentes a la medida de la velocidad de la luz o la corroboración de lo mutable en las especies vivas en las distintas etapas de la vida de la Tierra-. En realidad, el mensaje que se trasmite desde el corazón del imperio británico en el momento en el que las superpotencias de la época acaban de repartirse el mundo, pone mayor énfasis en los elementos que han incidido más en la transformación del mundo, en las posibilidades productivas, en la explotación y dominio de la naturaleza y en la salud en abstracto. Incide en los aspectos visibles y característicos del mundo desarrollado, en un proceso de reducción del mundo real al mundo de las grandes transformaciones y en el que nunca se insistirá bastante si se quieren desenmascarar algunos mitos vigentes incluso en nuestros días. Y eso es clave en nuestra argumentación. De lo que apenas se hacen eco los exégetas e ideólogos es de que la desobediencia explícita del mandato de la autoridad divina ha sido, desde luego, positiva para los supuestos descendientes de Adán y Eva.

Mas vayamos por partes. Dice orgulloso Macaulay por ejemplo que la ciencia del siglo XIX ha alargado la vida; ha mitigado el dolor y ha extinguido enfermedades. En principio, y sin mayor reflexión, el planteamiento parece correcto. Mas la cuestión podría tornarse más dudosa e incluso vidriosa si se intentase responder a las preguntas ¿de quién? y ¿dónde?. Porque desde la perspectiva que puede dar el siglo largo transcurrido desde la publicación del compendio enciclopédico de Rourledge, la afirmación –que, desde luego, se sigue utilizando- puede parecer, cuando menos, exagerada. La esperanza de vida en amplísimos espacios del planeta –que abarcan, sin ánimo de ser exhaustivos, desde el Africa subsahariana a los barrios pobres de Nueva York, pasando por Asia, el centro y el este de Europa y América Latina- es tan baja como hace cien años y posiblemente más que hace doscientos(126). La destrucción de hábitats naturales y el hacinamiento de las poblaciones en suburbios de ciudades masificadas, con sus componentes de marginación en unos casos, malnutrición y enfermedades en otros, ha supuesto y supone una pérdida de defensas ante las adversidades de la vida en las sociedades industrializadas. Una parte de la población del mundo sí que ha conseguido prolongar su vida, poder hacer frente al dolor y ha visto extinguirse algunas enfermedades, pero para la inmensa mayoría, la vida pasada y presente -y también la futura si no se pone remedio- es bastante procelosa. La ciencia, para unas poblaciones en las que la asistencia sanitaria de calidad (¿) procede en bastantes ocasiones de la caridad o de la solidaridad –supongamos que desinteresadas- no parece que haya podido aportar esas calidades de vida que el escritor inglés les suponía en el último tramo del siglo XIX.

Y qué decir de otro tipo de atribuciones como las referentes al suministro de nuevas armas al guerrero; o el tendido sobre grandes ríos y estuarios de puentes de forma desconocida para nuestros padres. Es evidente –y aquí también el siglo XX ha sido determinante para entender mejor lo inexacto de esta apreciación en sentido lato- que la ciencia y la tecnología han contribuido, de forma que a veces induce al escalofrío, al abastecimiento de un sofisticado arsenal bélico, aunque sobre esto convendrá insistir un poco más. También es verdad que. mucho más en el siglo XX que en el XIX, se llevaron a cabo grandes obras públicas, incluso en países del llamado Tercer Mundo, que contaron casi siempre con financiación del Primero. Pero sobre ambos aspectos hay cosas que destacan también por su evidencia. En primer lugar no parece que ni a finales del siglo XIX ni ahora mismo existan dudas sobre lo mal repartido que se encontraba y se encuentra el arsenal de armamentos y la concentración de armas en unos escasos países que controlan militarmente el mundo, con todas las prerrogativas y condicionamientos que ha supuesto y supone eso. En lo que respecta a las obras públicas, fundamentalmente las correspondientes al espacio terrestre extramuros del primerísimo mundo,, parece fuera de debate la constatación de que esas realizaciones siempre han tenido que ver con los intereses de los amos fácticos del mundo. El Canal de Suez no se hizo porque fuera positivo para la economía de Egipto sino porque ahorraba muchísimos recursos al Imperio Británico y aportaba rapidez de comunicaciones entre la metrópoli y las colonias asiáticas y de la costa africana del Océano Indico. El ferrocarril argentino no se diseñó para vertebrar el país, sino para unir los yacimientos mineros con los puertos donde debía embarcar el mineral. Por último, no hay más que mentar la magna obra del Canal de Panamá, con el reciente y peculiar control por ese pequeño e inventado país, que se le quitó a Colombia cuando le convino a los intereses de los Estados Unidos. No son más que unos pocos ejemplos, a los que algunas contrarréplicas posibles no empañarían ni un ápice la verdad cruda de una realidad no negada más que por los muy cínicos.

Puesta la pega relativista, en el sentido de que, como siempre, las afirmaciones con pretensiones categóricas y absolutas, en lo referente a la generosidad de los beneficios que la ciencia expande urbi et orbe no son del todo veraces, quedan por analizar otros extremos referentes al mensaje respecto a la objetividad y generalidad de la ciencia de nuestro tiempo. La cuestión es la siguiente: si la ciencia es artículo intelectual que cualquiera puede detentar sin más, según se dice, que poner esfuerzo individual y organización social, ¿por qué la estructura dimensional del producto se reproduce de generación en generación a lo largo de toda la época contemporánea? Dicho en otros términos: ¿Por qué el mapa humano de la ciencia –y no digamos de la tecnología- sigue siendo más o menos el mismo que existía hace cien años, con algunos acelerones concretos de algunos países, con alguna incorporación coyuntural y algún también puntual retroceso de explicación harto obvia?

Ese progresista siglo XIX al que estoy haciendo referencia, tuvo una geografía tecnológico-científica bien conocida y estudiada. Sin perdernos en detalles, está claro que sólo Gran Bretaña, Francia y Alemania ocuparon posiciones de preeminencia en Europa. Dígase lo que se diga, otros países como los Escandinavos, Italia, los Países Bajos, Suiza o incluso Rusia anduvieron, globalmente, en un grupo situado a bastante distancia de los primeros. Fuera de Europa, sólo los Estados Unidos, con un pertrechamieno tecnológico notable desde finales de la primera mitad del siglo, se colocaron en situación adecuada para el salto hacia posiciones hegemónicas, invirtiendo no en educación e investigación, que vendrían después, sino en algo mucho más rentable: en guerra(127). La transformación de un país que, tras violar los acuerdos de paz con 55 naciones indias, propició una expansión geográfica similar a lo que supondría que Sudáfrica hubiera llevado su frontera norte hasta el Mediterráneo fue el poderoso acicate que abrió, entre otras cosas, la puerta de acceso al club de estados imperialistas, al desarrollo económico y, andando el tiempo, a la ciencia. En realidad tampoco es que fuera una génesis autónoma y estrechamente vinculada a esos condicionantes básicos, porque la propia proyección tecnocientífica norteamericana estuvo adoctrinada por los criterios de rentabilidad económica que caracterizaron el mundo anglosajón y que por la vía de los cuantiosos caudales que se acumularon, permitieron algunos lujos intelectuales de rentabilidad no inmediata. De todas formas la ciencia norteamericana, en criterios de excelencia científica europea, voló bajo hasta que las remesas de emigrados por razón de la política o por el atractivo de los salarios comenzaron a llegar a ese país, ya bien entrado el siglo XX, propiciaron su cambio. El que hoy las historias generales y particulares de las ciencias recojan algunos elementos biográficos o temáticos procedentes de los Estados Unidos en fechas anteriores al éxodo forzado por el eje italo-alemán, en algunas disciplinas científicas, se debe más a resultados de la actividad de los servicios de propaganda que a los méritos objetivos de esos personajes o al interés de los temas tratados. Si se considerase ese criterio como norma para la inclusión en los repertorios internacionales, no haría falta mucho trabajo para incluir individualidades destacadas de más de dos docenas de países con los mismos o superiores méritos.

El siglo XX ha transformado ligeramente el panorama y, lógicamente, los cambios en la hegemonía política han supuesto asimismo algunas modificaciones en la estructura geopolítica del mapa de la ciencia. Indudablemente, los Estados Unidos, precisamente gracias a su política de invertir en la guerra, inauguró la era de la big science, con el famoso Proyecto Manhattan(128), y, con ello, no sólo entró en el club de los países desarrollados científicamente sino que se puso a su cabeza. En el otro lado del espectro y con criterios teóricos radicalmente contrarios, también la Unión Soviética desarrolló una estructura tecnocientífica potente, con unidades productivas que la colocaron en una posición de avanzada, tanto en el campo teórico como en el aplicado. De esta suerte, la cabeza del mundo tecno-científico en el siglo que agoniza se engordó un poco. Estados Unidos, la URSS, Japón, Alemania, Francia y Gran Bretaña han constituido la vanguardia en la que valen los análisis usuales que se realizan en el medio. En lejana dimensión cuantitativa, aunque los análisis aludidos pueden ser admitidos sin dificultades insuperables se pueden situar el conjunto de países que ya estaban colocados en el XIX y a los que se pueden añadir algunos que han superado algunas barreras que parecían infranqueables, como puede ser el caso de España o el de algunos países del antiguo bloque socialista europeo(129) o algunos otros emergentes, como puede ser el caso de Israel o los del movedizo Lejano Oriente. Considerar incorporados al Primer Mundo científico algunos territorios como en su día Argentina, o como hoy la India, Brasil, México o Chile, es lisa y llanamente un sarcasmo, sólo explicable por el cinismo descarado con el que pretenden maquillarse algunas situaciones en el mundo de hoy. Los núcleos de excelencia científica, en países con tan deprimentes situaciones sociales de características tan evidentes, son torres de marfil que se podrían mantener perfectamente en cualquier recóndito rincón del espacio sideral y que tendrían la misma relación con sus entornos.

He hecho este repaso, que puede cuantificarse con bastante facilidad(130), porque es necesario para vislumbrar a uno de los gatos a los que se disfraza de liebre de forma bastante cotidiana y que engarza de manera nítida con las preguntas que formulaba un poco antes. Más de trescientos años transcurridos desde la publicación de los Philosophiae Naturalis Principia Mathematica de Newton, que vieron la luz al final de un siglo que había comenzado con el momento en que Galileo expandiera su magisterio en Padua o Florencia, por citar un par de hitos de los que se señalan como conformadores de la llamada ciencia moderna, deberían permitir esperar una realidad distinta en lo que respecta a la implantación de la ciencia en el mapamundi. Al fin y al cabo, la mayoría de los pueblos del mundo conocieron las delicias del régimen colonial -y, por lo tanto, la excelencia de su magisterio y calidad de pensamiento científico- donde podía haber prendido la llama de la ciencia objetiva, imparcial y sin atributos morales. Hay cosas que se explican por su obviedad. Así, muchos historiadores –y no sólo de la ciencia- justifican el atraso de las Américas del centro y del sur a causa de que el colonialismo español tenía poco saber que trasmitir. No creo que haya que remontarse al trasnochado comentario de Maçon sobre ¿qué se debe a España? en la Enciclopedia Metódica para justificar mi aserto. A pesar de que España montó universidades e imprentas, editó libros allí y envió desde la metrópoli otros libros y personas cualificadas según las coordenadas de su tiempo, es obvio que la colonización española en el terreno cultural tuvo el desarrollo que tuvo y no voy a ser yo quien embellezca gratuitamente el discurso por amor a una patria que, como tantos antes que yo han denunciado, ha tratado mejor a los sinvergüenzas, bandidos y parásitos ociosos que a sus hijos más preclaros.

Desde luego, la colonización española fue distinta de otras y, en particular, de la próxima y vecina portuguesa. Sin entrar en mayores trifulcas y citando solamente documentos ponderados y profesionales, que valoro mucho porque, además de ser libros muy serios, los colegas que los han escrito son amigos, habrá que recordar con Clovis Pereira da Silva que:

“Desde el descubrimiento de Brasil hasta el año 1808, la metrópoli prohibió en nuestro país, la creación de escuelas superiores y la circulación e impresión de libros, panfletos y periódicos, así como la existencia de imprentas”(131).

Pero salvado el caso de la colonización española (y también el de la portuguesa), tan claro al parecer para los historiadores anglosajones, franceses y alemanes, queda sobre el tapete la incógnita que la propia colonización, o en su caso dominio, que Inglaterra, los Estados Unidos, Francia, Alemania y escasos, pero potentes, países más, ejercieron sobre los territorios bajo su tutela. En estos casos, debería esperarse que la nueva ciencia se desparramase de forma generosa sobre tan iletrados medios y que nuevas y florecientes instituciones científicas proliferasen en cada vez mayor pie de igualdad con sus homólogas de las respectivas metrópolis. La historia del siglo XX, sin embargo, demuestra que esto no ha sido así y que hoy los estudiantes y estudiosos que pretenden ampliar estudios en los Estados Unidos siguen prefiriendo Yale o Harvard a, pongamos por caso, la Universidad de Honolulú, a pesar de que por bellezas naturales o por confort climático, la elección debiera ser claramente ésta. Los voceros partidarios de la dominación colonial, y de cualquier otro tipo de relaciones posteriores de control y/o sumisión, suelen poner algún contraejemplo individual en los que algún artista invitado de tez oscura ha alcanzado en los libros de historia algún hueco más o menos honorable. En la historia de las matemáticas, por ejemplo, los casos del exótico, patético y tísico noruego, Niels H. Abel, dando tumbos entre París y Berlín con sus importantes trabajos en el hatillo en el comienzo de la época contemporánea o el del indio Ramanujan, ya en el siglo XX, son de lo más manido en este tipo de ejercicios tendentes a mostrar el ámbito supuestamente plural de las ciencias puras y duras. Los creyentes en las excelencias de los premios nobel podrían señalar asimismo una no desbordante, aunque variada, colección de hindúes, pakistaníes, egipcios o jordanos participantes en equipos galardonados con tan ansiada distinción. De cualquier forma este tipo de ensayos nominativos, al que los españoles estamos bastante acostumbrados(132), en general no prueban otra cosa que la capacidad de los estados hegemónicos del mundo para fagocitar talentos allí donde surgieren. Nadie podrá negar que esos hombres –ahora, incluso se podría hablar de la existencia de alguna mujer-, indudablemente notables en su actividad concreta, han triunfado en el universo científico tras trabajar en el lugar que el primer mundo les asignó, sobre el o los problemas considerados como valiosos en el primer mundo y, en general, su trabajo ha sido perfectamente indiferente al desarrollo científico de sus lugares de procedencia. En todo caso, han establecido una cabeza de laboratorio en la que van desembarcando los jóvenes talentos que al importador le convenga atraer.

Hay incluso un aspecto más que no conviene pasar por alto y en el que entra directamente en cuestión una parcela de análisis más cercana a la sociología de las comunidades científicas que a la propia interinfluencia entre la ciencia y la ideología, cual es el de la relevancia social de la investigación científica. A pesar de lo fácil que es vender la imagen de objetividad y desinterés de los científicos para determinadas causas, que la propaganda se encarga de etiquetar de nobles, la mayoría de los científicos está aislada del bullicio social. Se da así el caso paradójico de que conforme aumenta la impresión social de la importante influencia de la tecnociencia en la vida humana, mayor distancia se establece entre la legión de trabajadores científicos y la propia sociedad. Es un hecho imparable que se constata con bastante nitidez desde finales del siglo XIX, por una razón bastante simple: la dificultad - si no imposibilidad- de comunicación entre el trabajo cotidiano de los científicos y las preocupaciones sociales, aunque sean del orden más abstracto. En el siglo XVIII y en buena parte del siglo XIX los científicos eran capaces de poder explicar lo que estaban haciendo y para qué lo estaban haciendo y, además, les era igualmente posible hacerse entender por cualquier persona un poco cultivada. Y no me refiero con esto a los ribetes de mero utilitarismo -mucho más evidentes ahora que hace uno o dos siglos- ya que el camino que los hallazgos teóricos debían recorrer hasta convertirse en recursos productivos era largo y proceloso. La posibilidad enunciadora y explicativa de los problemas se extendía a aspectos pertenecientes a las disciplinas más básicas y a territorios colindantes con la filosofía de la ciencia. Ejemplos tan evidentes como el descubrimientos de nuevos elementos, la figura de la Tierra, la constitución del cosmos o la producción de sorprendentes artilugios termo-mecánicos –por limitarnos a un entorno suficientemente próximo al tránsito del siglo XVIII al XIX- podrían bastar para explicar la posición que defiendo. Incluso en el terreno de las matemáticas más abstractas y menos finalistas, los autores podían explicar claramente al gran público en qué asuntos estaban trabajando. El ejemplo supremo de este tipo de sensibilidad, que representan Gauss y sus Disquisitiones Arithmeticae, no dejan lugar a dudas, porque la aritmética, o sea la ciencia de los números, tiene una evidente legitimación ante las conciencias de cualquier conjunto humano.

Que la realidad, como han ejemplificado magistralmente Davis & Herch a cuenta del matemático ideal de nuestro tiempo especialista en hipercuadrados no riemannianos(133), sea hoy distinta se debe a varias causas que entran en conjunción. Obviamente, la tecnociencia de nuestro tiempo tiene programas de actuación claramente establecidos. La investigación sobre armamentos, la producción de medicamentos, detergentes, compresas, pañales, telefonía móvil y ese sinfín de objetos que forman parte de la vida cotidiana de los habitantes de los países desarrollados, la carrera espacial, la construcción de automóviles o trenes más seguros y sobre todo más rápidos o el mundo de la informática, son algunas pinceladas que pueden servir para completar el cuadro consciente de lo que es en nuestros días la evolución y el desarrollo de la ciencia. El que, sin embargo, tantos y tantos profesionales de Universidades y centros de investigación públicos –los privados son harina de otro costal- tengan dificultades para conectar su ciencia normal con los derroteros de esos programas se debe en buena medida a la alienación progresiva que el trabajo en laboratorios y despachos conlleva. Trabajar en un pequeño problema, sin molestarse en conocer los objetivos a los que puede servir, evita otros posibles quebrantos intelectuales y, además, es lo que prefiere el sistema. Además, todos esos programas, cuya existencia no necesita otro tipo de verificación que el bombardeo publicitario de los medios de comunicación, tienen un condicionante íntimamente contradictorio con la definición histórica de la ciencia como archivo universal de conocimiento crítico, porque son secretos. Industriales, militares, nacionales o estratégicos, pero secretos. La usual justificación del secreto procede de la legitimación de las plusvalías mercantiles, aspecto evidentemente ideológico porque conlleva la defensa de un modo de producir bienes materiales –riqueza, lo llaman quienes más dinero ganan con ello- bien concreto y nada natural, como la historia económica demuestra sobradamente. Pero, más potente incluso que el propio beneficio económico derivado de la apropiación privada de las plusvalías colectivas, es el papel del secreto militar, directamente implicado en el proceso de plasmación de la hegemonía de unos países sobre otros (y, en consecuencia, la de unos modelos económicos, políticos e ideológicos sobre otros). Secretos sellados de manera contundente porque su publicidad se etiqueta como transgresión a la seguridad o defensa nacional. La hermética historia interna y externa de los países dominantes en el último siglo y medio contiene abundante información sobre el particular, siempre rebozada con la monserga del servicio a causas justas, pero que, en definitiva, no tienen más alcance que el sostenimiento de privilegios particulares y concretos que se extienden y pretenden identificarse, por definición, con los de entidades colectivas, como los de la totalidad de cada país concreto o, incluso, con los de toda la Humanidad.

La transmisión de la ciencia –la de la tecnología puede tener un tratamiento distinto-, es un aspecto relevante de su propia entidad. Los dirigentes del sistema de cualquier ámbito geográfico o institucional se llenan la boca con la necesidad de la comunicación, pero sin embargo la custodia de los resultados que se estimen como más importantes es férrea y hermética. Este aspecto es claro en lo que respecta a las unidades investigadoras de las grandes empresas multinacionales en las que los contratos suscritos por los trabajadores les obligan por ley a entregar a la empresa cualquier innovación, cualquier resultado, cualquier idea que hayan podido tener tanto mientras permanezca vigente la vinculación contractual como un tiempo después al cese de ésta. En ese sentido, el sistema tiene atada y bien atada la propiedad de los nuevos hallazgos. Naturalmente, no toda la investigación se hace en el ámbito privado y cabría pensar en abrir el resquicio de las instituciones públicas que se dedican a la investigación, mas entonces entra, lisa y llanamente, la censura.

Los llamados países democráticos, donde cada cierto tiempo elegimos a las mismas personas una y otra vez, como cantaba Pete Seeger en los sesenta, proclaman en sus constituciones, entre otras, la libertad de expresión y la libertad de información. Estas se violan paladinamente en el caso ya comentado de las corporaciones privadas, porque en los ordenamientos vigentes es objetivamente más importante el derecho a la propiedad privada de los medios de producción que los correspondientes a las dos libertades antedichas. Mas no se detienen ahí los hechos. Todos esos preciosos documentos que son las constituciones prevén que los derechos constitucionales pueden ser suspendidos en caso de emergencia nacional y, en concreto, en caso de guerra. Eso genera un cuerpo legislativo latente de leyes en suspenso(134), que pueden activarse en el momento que se considere preciso. La precisión en la elección del momento se ha convertido en los últimos decenios en algo sutil y no estrictamente delimitado desde que los Estados Unidos, entre otros, implantaron la costumbre de entrar en y hacer la guerra, sin previa declaración por el Congreso de Representantes(135). De hecho, en los Estados Unidos existió hasta hace poco la llamada Oficina de Censura. Esta oficina de censura se transformaría, en los controvertidos tiempos del mandato de Nixon en la del Programa de Seguridad de Información en Tiempo de Guerra (WIPS, Wartime Information Security Program) para evitar las enojosas resonancias de la palabra censura(136). El elenco de posibilidades de actuación en este tipo de ámbitos no se detiene en asuntos como el Watergate y otros un tanto lejanos en el tiempo. Incluso una publicación tan poco sospechosa de veleidades críticas respecto al orden mundial vigente como el periódico El País de Madrid recogía en el Ciberpaís del jueves 14 de octubre de 1999, que EE.UU. con la colaboración de Australia, Gran Bretaña y otros países. dispone de un potente ordenador capaz de rastrear las comunicaciones de todo el mundo (fax, teléfono, e-mail...) en busca de palabras como bomba, presidente, Casablanca, atentado, etc..., palabras que es capaz de traducir al inglés desde multitud de idiomas. Cuando las detecta, el remitente y el destinatario quedan registrados, y si continúan remitiendo o recibiendo mensajes con los mismos contenidos, son sometidos a vigilancia. Según el artículo del citado periódico, EE.UU. no reconoce la existencia de dicha máquina, pero entre un gran número de usuarios de Internet existe la creencia de que esto es cierto. En realidad, lo que El País señalaba, era la punta de un enorme iceberg dedicado al espionaje: la red Echelon, la más grande, poderosa y clandestina en la historia de la humanidad, con capacidad para interceptar todas las conversaciones telefónicas, fax y comunicaciones electrónicas del planeta, incluidos, por supuesto, los envíos realizados a través de Internet. El rastreo e interceptación se realiza desde varias estaciones situadas en Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia, Nueva Zelanda y Canadá. Sin embargo, Washington mantiene la única llave de acceso a todo el conjunto de la información, mientras que la del resto es parcial. Desde esos puntos geográficos, los analistas monitorizan diariamente a través del o de los superordenadores de la NSA millones de comunicaciones –por satélite, redes de tierra o cables submarinos, por radio o microondas- con las que luego abastecen al centro de procesamiento en Fort Meade, Estado de Maryland, sede central de la Agencia de Seguridad Nacional. Según informaciones solventes que recorren las vías de comunicación electrónica de forma cotidiana, los antecedentes de esta inmensa red de espionaje se remontan a un acuerdo denominado UKUSA, que forjó en 1948 una alianza secreta entre esos cinco estados para dividirse las tareas de espionaje en las distintas áreas del planeta. Muchos años después, utilizando esa misma base, la NSA creó Echelon en torno al año 1980 a partir de una red que integró 52 sistemas de computadoras alrededor del mundo.

Según Nicky Hager(137), autor del libro más completo sobre el tema, Secret Power, el sistema de espionaje funciona mediante tecnología de reconocimiento de la voz y de palabras clave, conocidas como el Diccionario Echelon, que puede incluir nombres propios, teléfonos, direcciones o frases con vocablos específicos, como las ya señaladas bomba, ataque terrorista, Naciones Unidas, Casa Blanca, entre otras. Las listas de palabras se seleccionan en función de categorías de interés. Cada categoría tiene un código numérico de cuatro digitos. A cada uno de esos códigos se les asigna una lista de entre 10 y 50 palabras. Los analistas de inteligencia revisan diariamente el número de mensajes interceptados en las categorías que cada uno tiene asignadas y a partir de ahí seleccionan los que creen que contienen información importante. En caso de que no estén inglés, los ordenadores los traducen al lenguaje estándar de la inteligencia de Echelon. Los mensajes registran también la fecha, lugar, emisor y destinatario. Las estaciones situadas alrededor del mundo envían sus informes a la central de la NSA y se quedan con una copia de los que les interesan. Pero ninguna sabe los que otras estaciones enviaron a la NSA, a menos que tenga que ver con su área de cobertura. Segun el ex espía Mike Frost, que desertó de la agencia de inteligencia canadiense Communications Security Stablishment (CSE), los superordenadores de rastreo de conversaciones de la NSA se llaman Oratory. El nombre del procedimiento de las escuchas telefónicas es Mantis, y el de los fax, Mayfly. El tráfico de Internet se intercepta a través de las llamadas capas de transporte, según explica John Pike, analista de seguridad de la Federación de Científicos Americanos. A diferencia de otros sistemas de espionaje electrónico desarrollados durante la guerra fría, Echelon está diseñado para espiar fundamentalmente objetivos no militares(138). Pero el Gobierno de los Estados Unidos ni siquiera reconoce que exista Echelon. La información disponible se desprende de las revelaciones de ex espías, de la labor de periodistas de investigación como Hager o Duncan Campbell y de los documentos de dos demandas en los tribunales de agentes contra la estación F83.

A nivel oficial, la única constancia de las operaciones de Echelon es un extenso informe de la Unión Europea de comienzos de este año titulado STOA, que detalla gran parte del funcionamiento y que ha hecho sonar las alarmas internacionales. La clandestinidad en la que opera Echelon ha sido denunciada en numerosas ocasiones por el potencial abuso que comporta. La violación de la intimidad y de la soberanía son los dos principales rasgos definitorios. El ex espía Frost dice haber dirigido investigaciones de ciudadanos norteamericanos y británicos a petición de sus países, que por ley no pueden espiar a sus propios ciudadanos.

Otro ejemplo fue el que denunciaron dos ex espías británicos en el periódico London Observer en 1992, respecto al espionaje de rutina que les obligaban a realizar sobre Amnistía Internacional y las organizaciones Ayuda Cristiana y Greenpeace. Y también salió a la luz en el juicio de las demandas de la empleada Margaret Newsham y de dos manifestantes que habían irrumpido en Menwith Hill y fueron acusados ante los tribunales. Durante el juicio, se admitió que en Menwith Hill había instalada fibra óptica de alta capacidad que podía mantener 100.000 llamadas simultáneamente, muchísimos más números que los asignados a esa estación.

Un documental al respecto fue aireado en 1993 por la BBC de Londres. Técnicamente, la función de la NSA es monitorizar las comunicaciones en el extranjero, pero también tiene autoridad para interceptar las que se originan o acaban en EEUU. Pero los documentos sobre su creación y sus funciones nunca se han hecho públicos. Sólo se sabe que es mucho más grande y secreta que la CIA y que su presupuesto es gigantesco. John Pike, el analista de seguridad de la Federación de Científicos Americanos, piensa que la NSA y sus asociadas operan en un área gris del derecho internacional. Asi describe un prominente grupo de Hacker la función básica de Echelon:.

“Es muy difícil imponer limitaciones a la NSA porque creen que la intercepción es una labor justificada. Cada vez que se envía una carta electrónica que contiene palabras clave, como revolución, los ordenadores de Echelon lo registran. Si se hace regularmente, se señalará al emisor para un seguimiento humano(139).

Bien, hemos comenzado con los dones que la ciencia esparció en el siglo XIX –sobre los que volveremos a menudo- y la percepción que el gran público pudo tener de los mismos y sin forzar nada el razonamiento hemos aterrizado en la propiedad privada de los recursos y resultados científicos y en el control público de los mismos por parte de las oficinas y agencias del llamado mundo libre dedicadas a la censura y al espionaje. Podrá parecer crudo pero los términos en los que se desarrolla la vida científica en el momento actual se encuadran en esas coordenadas. Y en ese marco referencial, negar las implicaciones ideológicas –relacionadas con las concepciones del mundo natural y de la sociedad- de las elaboraciones científicas sería temerario si no fuera falso. Igualmente, seguir enarbolando el pabellón de la autonomía de la ciencia respecto a los valores, parece, cuando menos, exagerado.

Desde el mismo momento en que la ciencia abandonó las regiones etéreas de las Universidades medievales y renacentistas y comenzó a exhibir su lado más útil para afianzar la dominación de unos hombres por otros hombres y de unos pueblos por otros pueblos, el cuadro se tornó más y más evidente. La mayoría de las concepciones hegemonistas de la ciencia se derivan de una manera natural de las concepciones hegemonistas en la sociedad y, por lo menos en lo que se refiere al tronco anglosajón, con Francis Bacon y Hobbes como dos de sus oficiantes teóricos más destacados, la cuestión estuvo clara desde sus primeros presupuestos en los inicios de la Edad Moderna. Larroyo, en el estudio introductorio a la edición mexicana de la Instauratio Magna, Novum Organum y Nueva Atlántida, lo expresa con absoluta claridad(140):

“Bacon concibe el problema de la técnica de manera certera. Postula obedecer a la naturaleza en el conocimiento con la mira de poderla dominar en la técnica. … La fuente del poder humano es el conocimiento técnico. … Bacon extiende el saber técnico a los campos político, económico y moral. También en estas zonas hay que encauzar la acción de los hombres de manera técnica. Lo que es dable, ya que los modos de conducta de éstos, como enseñó Maquiavelo, obedecen a ciertas leyes naturales, susceptibles de conocerse. … El camino de Bacon no es pedir tanto la justicia social cuanto descubrir aplicaciones técnicas en beneficio de la humanidad. Estas traerán consigo la felicidad y la paz. … Su Nueva Atlántida propone la idea de un Estado tecnificado. Organo superior de tal política es un centro coordinador de investigaciones designado Casa de Salomón … Bacon imagina cosas fuera de las posibilidades del saber de su tiempo. Cree que pueden inventarse el submarino, el microscopio, el telescopio y máquinas de todas clases. … La salud y las enfermedades humanas encontrarán la solución buscada. … En su utopía asoma la tecnocracia …(141)

Pero esto fue un aspecto social de lento desarrollo. En el Antiguo Régimen los trabajadoes mecánicos, los artesanos, no gozaron de situaciones precisamente cómodas, a pesar de la avalancha de innovación que llegaba a borbotones. Incluso en fecha tan avanzada como finales del setecientos y comienzos del ochocientos que Moral Roncal ha estudiado en la historia de Madrid, la situación de este sector de la sociedad no era precisamente halagüeña, aunque, como es sabido, el proceso de incorporación de las nuevas ideas fuera en España más lento que otros territorios europeos, con todo ciertamente minoritarios. Así dice Moral que el miembro de algún gremio

“fue rebajado a asfixiantes niveles de infamia, tachado de vil, sin que la literatura o el teatro –inclinándose más hacia el limpio labrador- hicieran nada por evitarlo”(142).

Y no sólo eso, pues también entra aquí la ideología social en el tema de la técnica ya que apunta a que

“la sospecha de un(143) origen converso en los trabajos manuales, que tanto daño había hecho en los siglos anteriores, aún se mantenía en la memoria colectiva, y era recordado por algunos gremios –silleros, boticarios, plateros y zapateros- cuando fijaban en sus ordenanzas que el aspirante debía garantizar ser hijo de cristianos viejos”(144).

Y continúa:

“Los trabajos mecánicos fueron considerados serviles por la subordinación a un patrón, principal circunstancia que les caracterizaba. Siempre fue una nota añadida de desprestigio, fundada en la condición socialmente disminuida de todos los sometidos a la servidumbre de un amo en una sociedad en la que se desconocía al individuo como principal sujeto de derechos y deberes”(145).

Vaya todo esto por delante para justificar la clarividencia de Bacon, por lo menos en el tema de la dignificación de la técnica por una parte y del planteamiento novedoso del papel del individuo en la sociedad, por otra. Clarividencia que fue, como se acaba de señalar de muy lenta asimilación, pues si bien los gremios comenzaron a desmantelarse a partir de la peculiar Revolución Inglesa del XVII y se limitaron en Francia con su gran Revolución, en países en decadencia, pero no precisamente en los últimos lugares del ranking mundial, no se acometió ese proceso hasta el segundo tercio del siglo XIX. Bien es verdad que, para entonces, ni los comentaristas ni los aristócratas se llevaban las manos a la cabeza porque las mujeres de los burgueses llevaran joyas de categoría superior. En realidad, estas visiones baconianas, producto de la exitosa experiencia de los artesanos cultos del XVI y XVII, fueron más adelante críticamente consideradas por Swift, entre otros, y sólo se fueron admitiendo con la andadura de la primera y bienintencionada industrialización.

Desde luego, volviendo a la ciencia, si se deja hablar al propio Bacon la cuestión aún se explicita de forma más cruda incluso en lo tocante a las ciencias teóricas. Pondremos algunos ejemplos. En el párrafo LXXXI de los aforismos del Novum Organum, dice:

“No hay para las ciencias otro objeto verdadero y legítimo, que el de dotar la vida humana de descubrimientos y recursos nuevos. Pero la mayoría no entiende así las cosas, y tiene sólo por regla el amor del lucro y la pedantería, a menos que de vez en cuando no se encuentre algún artesano de genio emprendedor y amante de la gloria, que persiga algún descubrimiento, lo que de ordinario no se puede conseguir sino a costa de un gran dispendio de sus recursos metálicos. Pero de ordinario, tanto dista el hombre de proponerse aumentar el número de los conocimientos y de las invenciones, que sólo toma de los conocimientos actuales aquellos que necesita para enseñar para alcanzar dinero y reputación u obtener cualquier provecho de ese género. Si entre tan gran multitud de inteligencias se encuentra una que cultive con sinceridad la ciencia por la ciencia misma, se observará que se afana más por conocer las diferentes doctrinas y los sistemas, que por investigar la verdad según las reglas vigorosas del verdadero método”(146).

Más adelante, en realidad lo hace a lo largo de todo el texto, sigue polemizando con gigantes y molinos, intentando desenmascarar los errores del pasado y los ídolos adorados de toda condición, lamentando que las ciencias hayan sido presa, no especialmente fructífera de los empíricos o de los dogmáticos (XCV) a los que compara, como Paolo Rossi ha recogido en nuestros días, con las hormigas y las arañas, a las que critica, respectivamente, por no saber más que recoger y gastar o por tejer telas que sacan de sí mismos. Su apuesta, obviamente arriesgada y sorprendente, por una filosofía que no se fía exclusivamente de las fuerzas de la humana inteligencia y ni siquiera hace de ella su principal apoyo; que no se contenta tampoco con depositar en la memoria, sin cambiarlos, los materiales recogidos en la historia natural y en las artes mecánicas, sino que los lleva hasta la inteligencia modificados y transformados, le lleva obviamente a una posición de término medio, aunque lo llame alianza íntima y sagrada, que no deja de recordar la prudencia argumentativa del Estagirita, al que a menudo dice combatir y, en concreto lo hace, cuando acusa (XCVI) a su pensamiento y al de su escuela de corromper la filosofía natural con la lógica(147).

Como no podía ser menos, es obvio que algún matiz diferencial se podría aducir entre la situación planteada por el Lord de Verulam, porque la búsqueda de la verdad es en nuestros días una variable demasiado oculta, pero no deja de tener su vigencia el acento puesto en un utilitarismo crematístico que es otra de las anticipaciones impactantes del pensador inglés. Sin embargo, la duda que pudiera generarse respecto a la esfera etérea de los buscadores de la verdad se disipa pronto, porque en el aforismo XCIII, tras su constante críticas a escolásticos, a los desesperados y los escépticos, aclara el meollo de su doctrina, cuando dice textualmente(148):

“Debemos comenzar por Dios; pues esta empresa, a causa de los excelentes bienes que encierra, está manifiestamente inspirada por Dios, que es el autor de todo bien y el padre de las luces. En las obras divinas todos los principios, por pequeños que sean, van a su fin. Y lo que se dice de las cosas espirituales, que el reino de Dios llega sin que se le vea, puede comprobarse en todas las grandes obras de la Providencia; el suceso se desliza tranquilamente, sin ruido, sin brillo y la obra se consuma antes de que los hombres hayan pensado en ella o la hayan observado. Debemos recordar también la profecía de Daniel, sobre los últimos tiempos del mundo: Pasarán muchos al otro lado y la ciencia se multiplicará; con lo que significa manifiestamente, que entra en los destinos, es decir,, en los planes de la Providencia, que el recorrer el mundo por entero, cosa que por tantas y lejanas navegaciones parece ya realizada, o a lo menos en plena ejecución, y el progreso de las ciencias, se verifiquen en la misma edad”.

Si esto no es relación intrínseca entre ciencia e ideología, expresada en su alborada moderna, creo que hay que reconocer la existencia de serios problemas de interpretación semántica para el establecimiento de cualquier debate. Pero no creo que haya que llegar muy lejos, salvo en el caso de los muy cínicos. Bacon, en una de las exposiciones emblemáticas y fundamentales de su pensamiento, deja los términos de su posición meridianamente establecidos: la ciencia está manifiestamente inspirada por Dios. Yo se –rememorando al inolvidable Atahualpa Yupanqui- que muchos dirán que peco de atrevimiento si largo mi pensamiento para el rumbo que ya elegí, pero siempre he sido así, galopeador contra el viento. Puedo entender que las coordenadas intelectuales del primer cuarto del siglo XVII eran más teocráticas que las que ahora se recomiendan en los artículos científicos, en los que difícilmente se aceptaría como autoridad de referencia al Profeta Daniel –el de los leones- sobre el que, incluso, habría que precisar el sentido que dio a la palabra que Bacon traduce como ciencia. Mas de lo que no cabe duda es de la intención de Bacon respecto al corpus intelectual que está construyendo: que entra en los destinos de la Providencia. Sólo en las situaciones de especial tensión renovadora y crítica, propiciadas por las grandes revoluciones de la historia contemporánea se ha matizado el precepto teocrático de Bacon. De hecho, como ya he apuntado en los primeros apartados del presente trabajo, hay un notable conjunto de científicos que exhiben su afiliación a sectas religiosas (católicos, protestantes, judíos, musulmanes etc.), sin que ello represente, al parecer, contradicción enojosa con su práctica científica cotidiana. Por lo tanto, parece bastante claro que en su origen próximo, el de la llamada Revolución Científica, la ciencia apareció con atributos ideológicos de difícil contestación. Y el ejemplo elegido es de los menos agudos dentro de su rotundidad. Descartes, Newton o Leibniz aún son más explícitos.

Sin embargo, aunque inconclusa y de menor empaque teórico, la New Atlantis es quizás la obra baconiana en la que quedan más explícitos los rasgos externos que sirven para definir la materia intelectual que el Canciller pretendía insuflar de manera urgente en la sociedad. Clasificada en el género de las utopías de su tiempo la Nueva Atlántida expone rasgos que al lector de nuestros días no se le antojan necesariamente estrambóticos. Puede parecer un poco cogida por los pelos la evangelización del ignoto territorio por el mismísimo apóstol Bartolomé y, al mismo tiempo, la conservación de la herencia judía materializada en el arca de cedro de Salomón, aunque estos detalles pueden ponerse en el casillero del gusto de la época. Pero lo que parece de una actualidad sorprendente es la idea del control de los descubrimientos, la fagotización de saberes en todos los rincones del mundo y un paternalismo social que corroe el intelecto. Por supuesto, el idílico mundo que sueña Bacon es de machismo abrumador(149). Una sociedad gobernada de manera científica en el secreto por los miembros de una Casa de Salomón que, desde esta institución, resuelven y planifican todos los problemas sociales: agricultura, higiene, planeamiento urbanístico y arquitectura, comunicaciones, todo se aborda científicamente. No andará muy errado quien piense que los individuos son peleles en esta sociedad tecnocrática que no aparece como autoritaria, porque no necesita serlo. Las ciencias puras y, sobre todo sus aplicaciones, son garantía suficiente para que los problemas derivados de la política y de la religión se esfumen. Son los científicos los que llevan los asuntos del estado y, por ello, sobran los políticos y sobra la política. No sólo la que se asocia con fenómenos de corrupción, también la honesta sobra en esta organización que tiene a la ciencia y a los científicos en la cúspide social. No hacen falta ni convenciones ni discursos. Ni siquiera elecciones. En la Nueva Atlántida los políticos son sustituidos por expertos hombres de ciencia que hoy llamaríamos tecnócratas. Es una utopía, pero de sesgo distinto de otras que aparecieron en el Renacimiento. Mientras Moro o Campanella vislumbraban un horizonte de igualdad para el género humano, uno de los padres fundadores de la ciencia moderna apostaba por el desarrollo de la ciencia como respuesta para todas las cuestiones que podían surgir en la vida de las sociedades humanas, incluida, por supuesto, la forma sobre la creación de la riqueza y su distribución.

El modelo conceptual articulado por Bacon y desarrollado en el resto de su siglo y en los dos siguientes fue un elemento genético que caracterizó y justificó a las sociedades modernas. Que no son todas. Los rasgos definitorios de la modernidad se han sintetizado en multitud de escritos y argumentaciones en el entramado representado por un modo de producción económica concreto, el capitalismo, una constante innovación tecnológica y la implicación progresiva de la ciencia en todos los procesos humanos, sociales e intelectuales. Estas tres componentes no han crecido de forma paralela, sino que se han entrecruzado sucesivamente, enriqueciéndose individualmente conforme lo hacía el proceso global. Quiero decir con esto que la ciencia debe mucho de su personalidad contemporánea al capitalismo y a la tecnología, al igual que el capitalismo -o la economía de mercado, como se le denomina para confundir, porque, como ya se ha dicho, es inimaginable una sociedad sin mercado- debe buena parte de sus caracteres existenciales a la plasmación y recepción de los inventos técnicos y al grado de desarrollo del corpus científico(150). Con esta reflexión deseo subrayar un elemento que ya he apuntado en otras ocasiones cual es el hecho de que es difícil, si no imposible, dividir el análisis de fenómenos tan complejos como el orden económico o el pensamiento científico de un periodo concreto en compartimentos estancos, al igual que ocurre con las componentes diversas de los individuos en el ámbito ideológico, social o religioso.

Ahí por tanto se encuentra una de las claves más precisas para entender el meollo de la relación entre la ciencia y la ideología, además de la propia definición apuntada por los padres de la criatura en el inicio de la Edad Moderna.

Ello no obstante, el impulso otorgado por la Reforma y las cuasiensoñaciones teórico-prácticas de Bacon no hubieran sido suficientes para conseguir la completitud de la doctrina que estaba alumbrando el mundo moderno con la ciencia en el núcleo central de lo consciente y de lo subconsciente colectivo. El individualismo introducido por la Reforma y su configuración en la atomización de sociedad con la ruptura de los colectivos encajados, en los que los seres humanos de las sociedades precapitalistas o no capitalistas se desarrollaban y se protegían, se tradujo bastante pronto en la recuperación de teorías atomistas que fueron rápidamente bendecidas por las Iglesias que tuvieran que hacerlo. El Padre Gassendi se encargó de la tarea y las acusaciones de ateísmo que Aristóteles lanzó contra Demócrito a causa de la teoría atomista, en esta ocasión no se tuvieron en cuenta.

Otro apunte más en relación al tema de la autonomía de la ciencia es el de su papel en la articulación y consolidación de las ideologías en momentos cruciales de la vida política, social, económica o cultural que han definido los periodos de crisis general de civilizaciones, con la quiebra de las estructuras sociales, de las relaciones productivas y del sistema del poder y su substitución más o menos drástica por otras nuevas. El ejemplo más evidente, por ser, además del que cuenta con abundante documentación, el episodio que representa los primeros pasos de la configuración del industrializado mundo contemporáneo es el determinado por el siglo final de la Revolución Científica y el arranque de la Revolución Industrial. En ese ámbito, producto de las rupturas que se presentaron en todos los ámbitos teórico-prácticos antedichos –político, económico, social y cultural- la propia ciencia, en tanto que parte de la superestructura cultural también experimentó transformaciones profundas. Por ejemplo, a ese respecto, escribe A. Toffler lo siguiente(151):

"El sistema newtoniano surgió en la época del derrumbe del feudalismo en Europa Occidental, cuando el sistema social se encontraba, por así decirlo, en un estado de desequilibrio muy pronunciado. El modelo de edificación del mundo propuesto por los representantes de la ciencia clásica (...) encontró aplicaciones en nuevas áreas y se difundió con gran éxito no sólo debido a sus ventajas científicas o su certeza, sino también porque la sociedad industrial que surgía entonces, basada en principios revolucionarios, ofrecía un suelo extremadamente favorable para la recepción del nuevo modelo”.

Nadie puede negar que los cambios sociales profundos –ya sean pausados o drásticos- son lisa y llanamente imposibles sin una base ideológica que los inspire. Eso es así, aunque en esos mismos momentos se difundan especies interesadas sobre el fin de las ideologías o la desideologización de la vida. Normalmente estas situaciones se presentan cuando emergen a primera línea el pragmatismo o la tecnocracia, como si esas posiciones no fueran ideologías concretas de un determinado y preciso perfil social. Naturalmente, para estructurar la base ideológica, los pensadores, ideólogos, creadores de opinión, tertulianos, o los ingenieros de almas humanas, como los llamaba Stalin, recurren a la ciencia, al igual que en los llamados tiempos precientíficos los sacerdotes y filósofos recurrían a unos saberes, que cubiertos por el manto del esoterismo, acrecentaban su aureola de influencia, de respeto, de temor y de poder.. El problema que en este contexto es interesante indagar y debatir es el del proceso de incardinación de la ciencia en las bases de la ideología, en lo que les aporta. Parece cada vez más obvio que la ciencia participa decisivamente en la articulación en la conciencia de los seres humanos de un cuadro del mundo determinado –en los momentos de crisis, argumentando la necesidad del cambio- y, además, en el encumbramiento social del método científico. Sobre estas dos cuestiones las escuelas filosóficas de la Grecia antigua crearon refinados modelos de amplio seguimiento. Con esto de la referencia al cuadro del mundo, sucede a menudo lo de escribir en prosa sin saberlo. Todos los seres humanos lo tienen y lo necesitan. Más o menos pulido, más o menos solvente, más o menos mítico, más o menos amplio, las personas necesitan una base ideal sobre la que construir un orden ideal, que puedan desear o que, cuando menos, consideren aceptable en su devenir social. El referente más universal, si bien tenga necesarias reducciones locales al específico territorio en el que los seres humanos crecen y se desarrollan es el orden natural, que ha sido siempre un argumento de suma importancia y de gran eficacia en las controversias ideológicas. Volviendo de nuevo a la Grecia antigua, se pueden encontrar ahí abundantes ejemplos sobre la articulación de filosofías abstractas y de cosmologías concretas dirigidas a la legitimación del orden social deseado. Hay ejemplos precisos sobre algunos pensadores milesios y es particularmente claro en la estela de los pitagóricos y de los eléatas, en concreto de Parménides. Pero, viniendo más cerca de nuestros días, aún es más clara la influencia ideológica directa en la argumentación legitimadora del orden político, de las relaciones de producción, y, en general, con los aspectos básicos en los que se formula la vida de los seres humanos en la sociedad. Y estos elementos fundamentales están íntimamente ligados al cuadro del mundo y al papel y lugar que el género humano en general y cada persona en particular juegan y ocupan en ese mundo. Al proponer y fundamentar un cuadro nuevo del mundo, la llamada ciencia moderna que surgió de la Revolución Científica articuló los conceptos inherentes a la existencia de los seres humanos de un contenido que también era nuevo.

5.- Ciencia, tecnociencia, ideologías y desarrollo económico

La ciencia, en el sentido más usual de su definición, ha sido y es una de las vías de desarrollo y expresión del modo de producción capitalista al que ha servido para su afianzamiento y expansión, hasta el extremo de que puede corroborarse, sin necesidad de estudios excesivamente minuciosos, que los países en los que el capitalismo es más fuerte tienen un aparato científico más eficaz y viceversa, los países en los que el sistema tecnocientífico cuenta con mayores pertrechos humanos y materiales, tienen una economía más sólida y menos proclive a veleidades transformadoras. El dinamismo social que en dichas sociedades se aduce en ocasiones, es lineal en el sentido de profundizar las características definitorias del sistema, pero no en el sentido de su substitución por modelos más cooperativos y solidarios. Hay multitud de ejemplos que se pueden seguir poniendo para certificar estos asertos. Se podría analizar la relación entre las dos variables en elementos alejados entre sí como podrían ser Francia y el Chad, ambos pertenecientes al ámbito francés, y comparar el nivel de desarrollo de sus respectivos capitalismos y de sus respectivos órganos científicos, o si se quiere evitar una posible distorsión derivada de una antigua (pero necesariamente benéfica, desde el punto de vista del influjo tecnocientífico) vinculación colonial, se podrían traer a colación análisis comparativos entre Alemania y la República Dominicana o entre Tailandia y los Estados Unidos. Es casi una tautología que muchos expertos dieran como explicación del retraso científico del Chad, Tailandia o la República Dominicana su escaso desarrollo económico, su apego a tradiciones y la necesidad de reformas de corte monetarista. Todos los países mencionados puestos como ejemplo –y muchos otros que se pueden traer a colación- son capitalistas aunque su nivel económico es desigual. Y en todos hay, desde luego, tejido científico, aunque obviamente el producto es bastante distinto.

Mas no sólo es perceptible esa relación entre sistema económico y desarrollo científico en estos casos de claridad apabullante. Más interesante para el presente proceso argumental puede resultar el análisis de casos en los que el cambio más o menos drástico en el modo de producción origina un vuelco importante en el correspondiente entramado científico técnico. Tal es el caso, por ejemplo, de los países socialistas del centro y este de Europa antes y después de la caída del llamado muro de Berlín. Dejados aparte los análisis respectivos a la antigua República Democrática Alemana, por razones obvias, y de los países que integraron la Unión Soviética o Yugoslavia por causas no menos evidentes, es interesante estudiar el proceso vivido por las respectivas estructuras tecnocientíficas de estados como Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria, Polonia e incluso Rumania. Los casos excluidos no es que carezcan de interés, todo lo contrario. Pero son casos excesivamente fáciles. A Yugoslavia la desmembraron en cuanto comprendieron que la transformación de su sistema económico no iba por los derroteros que interesaban a la República Federal Alemana, a la Unión Europea, al G-7 y a los Estados Unidos. Ha sido víctima de una planificada estrategia, que, por desgracia, aún no ha terminado. Ni para Serbia ni para ningún pueblo de los Balcanes. Hablar, entonces, de las vinculaciones entre ciencia e ideología en unas u otras zonas de la antigua Yugoslavia es una obviedad, en Serbia y en los enclaves serbios del resto por claras razones de acoso y de cerco(152). En otros ámbitos. como la Croacia de Trudjman, por razones de afinidad histórica se hicieron revivir los antiguos fervores nacionalsocialistas hasta extremos tan llamativos que llegaron incluso a molestar, levemente, a sus propios aliados. La onda expansiva del nacionalismo croata alcanzó de hecho ámbitos tan periféricos como la comunidad de historia de la ciencia. A algunos conocidos historiadores de la ciencia de origen croata se les escucharon soflamas pronazis, como hace seis decenios. Y en el XX Congreso Internacional de Historia de la Ciencia que se reunió en Lieja en el verano de 1997, junto a la progresión institucional de conocidos elementos de extrema derecha en la Unión Internacional de Historia de la Ciencia y de la Academia Internacional de Historia de la Ciencia, se escucharon expresiones virulentas contra los judíos o los homosexuales, al tiempo que se justificaba a los corruptos. ¿A que suena a sabido? También es evidente el caso del tránsito URSS-CEI. Incluso en la época de la perestroika de Gorbachov, con su lema más libertad, más democracia, más justicia, más socialismo, nadie pudo poner en duda de que la URSS era una superpotencia en muchas cosas y en concreto en la ciencia. Hoy, a pesar de los pasos dados hacia el capitalismo, a pesar de la inyectada desigualdad, a pesar de la aparición de la delgada capa de potentados, a pesar de la articulación del crimen organizado, nadie puede afirmar que lo siga siendo, por lo menos en la ciencia. Por último, el caso de la República Democrática Alemana, ha suscitado y está suscitando tensiones de todo tipo, de las que no se excluyen las intelectuales. Autores alemanes de todas las procedencias geográficas y disciplinarias –aunque siempre de alguna periferia ajena al pensamiento hegemónico(153)- reflexionan con cualquier pretexto sobre el antes y el después de la reunificación. Particularmente interesante es la comparación que Reinhard Siegmund-Schultze(154) ha realizado en el libro ya aludido anteriormente, sobre los matemáticos que huyeron de Alemania en tiempos del nazismo y la situación que se está viviendo en Alemania tras la caída del muro. Aquí lo que debe resaltarse, además del hecho global referente a la emigración de la ciencia, es la inserción de más de una referencia con la actualidad alemana. Siegmund-Schultze, por ejemplo, hace notar que:

"Ante la globalización creciente de las relaciones internacionales a nivel científico, económico y cultural, la cuestión de la aculturación en sociedades ajenas juega un papel cada vez más importante. Reformas de la legislación alemana relativa a la ciudadanía, tan arcaica y étnicamente concebida que ya por aquel entonces entorpeció tanto la integración como la huida de los matemáticos, hoy son más urgentes que nunca"

y añade:

"La vivencia actual de miles de científicos alemanes de la antigua RDA, refugiados dentro de su propio país, y eso a menudo sin valoración alguna de su rendimiento individual, también les hace dirigir su mirada hacia épocas pasadas ..."(155)

Aunque, una vez más haya que repetir que las comparaciones siempre son odiosas y que cada cual habla de la feria según le va en ella, más que el paralelismo histórico entre el III Reich y la situación presente –que algunos ya llaman el IV-, evidente en algunos aspectos, interesa destacar cómo la ideología ha intervenido no sólo en el pasado determinado por la historia intelectual desarrollada en el primer estado obrero y campesino sobre suelo alemán –que al parecer había que depurar- sino también ahora, en el proceso de aplicación del patrón democrático a la sociedad del este de Alemania. Leiser(156) le reprocha a Siegmund-Schultze que se haya limitado a las matemáticas, cuando en el ámbito de las ciencias humanas, la Abwicklung(157) ha resultado muchísimo más dañina que entre los matemáticos. De todas formas ambos coinciden en señalar que la represión abatida sobre los hombres y mujeres del mundo de la cultura y de la ciencia de la antigua RDA ha producido, por una parte, un verdadero escándalo social, porque algunas de las víctimas eran autoridades en el ámbito de sus disciplinas y, por otra, y esto es más lamentable, ha significado la proliferación de descarrilajes(158) de tipo biográfico y personal. Igualmente es constatable el hecho de la aniquilación de proyectos de investigación de interés objetivo que a estas alturas pueden darse por definitivamente muertos y enterrados. Desde luego, ideología en el tránsito del este de Alemania hacia el mercado capitalista ha habido abundante. Pero sólo de un signo. Son cosas que pasan cuando un país engulle a otro.

Los restantes países citados tenían, cuando organizaban su producción de acuerdo con el –naturalmente, imperfecto- sistema socialista entonces vigente, un entramado científico de nivel medio (y en algunos casos medio-alto) tanto desde el punto de vista extensivo –o sea en lo referido al número de cuadros científicos y a su presencia y consideración en la comunidad internacional.- como en el intensivo en lo referente a la integración del tejido tecnocientífico en los respectivos sistemas. No hay todavía -al fin y al cabo, solamente han transcurrido diez años desde el momento en el que los acontecimientos se precipitaron- muchas monografías sobre el proceso desarrollado en el tránsito de esas sociedades hacia la maravillosa y nunca excesivamente bien ponderada economía de mercado, pero ya existen, sin embargo, algunas aproximaciones parciales sumamente útiles para abordar este tipo de estudios. De tal tipo es el trabajo realizado por Fabio Grobart sobre la incidencia de la economía de tránsito en el complejo tecnocientífico en el caso de la República Checa(159). La primera constatación cualitativa que puede destacarse se refiere al hecho de que los países con economías de tránsito, al optar por la panacea del mercado, emprenden como regla la desarticulación de sus otrora altos niveles de socialización de las fuerzas productivas y la reducción sustancial de los significativos aunque aún insuficientemente efectivos potenciales científico-tecnológicos creados en los años del socialismo(160).

Grobart(161) centra su estudio en los cambios cuantitativos y cualitativos que el entramado tecnocientífico ha tenido en un país que es un ejemplo bastante solvente de la argumentación que en este momento estoy desarrollando, ya que, además de ser modelo a escala experimental, por las exiguas dimensiones geográficas y demográficas de la República Checa, es uno de los pocos casos en los que los expertos y analistas se atreven a señalar una evolución exitosa del tránsito de una situación controlada por el estado a otra en la que la regulación emana de unas leyes del mercado de matiz marcadamente neoliberal. Pero para entender el tránsito y sus resultados es obvio considerar el punto de partida. La República Checa, aunque estos aspectos son generalizables a todos los países socialistas europeos, pasó durante las cuatro décadas de modo de producción socialista en lo referente a su pertrechamieno tecnocientífico, por distintos estadios que podrían identificarse como: Década de los 40) reconstrucción de postguerra; Décadas de los 50 y 60) articulación de un sistema de I+D diversificado estrechamente relacionado con un modelo de desarrollo cuasi-autárquico; años 70 y 80) procesos de modernización y ensamblaje en un marco internacional de división y cooperación internacional en un ciclo completo marcado por los hitos ciencia-técnica,producción-realización-consumo. En este último estadio se consideraban establecidas las condiciones para la incorporación de las naciones y de los individuos con talento a los aspectos concernientes a las ciencias más avanzadas. Quizás no sobre recordar, sobre todo por lo que tiene de contraste con el ambiente general desde el que se deben abordar ahora este tipo de problemas, que la ciencia y la técnica se consideraban, por definición legal, patrimonio de toda la sociedad, dedicadas a satisfacer las necesidades de los seres humanos. De ahí se derivaba la responsabilidad del Estado como garante del proceso. Como resultado de esta política, Checoslovaquia se convirtió en uno de los países punteros en lo referente al desarrollo del sistema I+D del campo socialista y fue reconocida por su potencial científico-tecnológico a nivel mundial(162), sobre todo en lo concerniente a los índices derivados de las dimensiones del país. Los consabidos macroindicadores, así como los resultados en diversas disciplinas y el desarrollo de nuevos productos, incluso en aspectos de índole tecnológica, sirven para corroborar los anteriores asertos, a pesar de la incidencia del embargo occidental que impedían el intercambio de resultados con los países socialistas sobre todo en áreas estratégicas como la tecnología en general y la informática en particular(163). En este ámbito es destacable, por ejemplo, además de determinados equipamientos para el aprovechamiento pacífico de la energía atómica y nuclear, el telar sin husillo, que compitió ventajosamente en el mercado mundial.

En la República Socialista de Checoslovaquia, el entramado formado por la Academia de Ciencias, el conjunto representado por el potencial investigador de la educación superior y los institutos y departamentos sectoriales de I+D vinculados a las empresas públicas, adquirió una relevante personalidad social. Claro que la ciencia no es sólo saber y, en ese sentido, la divergencia de criterios entre lo que representaba y representa la innovación en el mercado mundial -en el que se acepta sin pestañear que productos con seis meses de vida entren en proceso de obsolescencia- crearía problemas de adaptación y generalización del sistema tecnocientífico. Ello no obstante y. a pesar de las dificultades, no puede olvidarse que las mayores aportaciones teóricas al proceso denominado como Revolución Científico-Técnica que estuvo presente en las décadas de los setenta y los ochenta en determinados ámbitos de los entonces países socialistas, fueron checoslovacas. Pero en 1989 todo se vino abajo. Las preferencias políticas, económicas, regionales y defensivas experimentaron un brusco giro que se manifestó en la ruptura de las relaciones -por lo menos a nivel oficial- con el área europea y mundial con las que se habían mantenido en las últimas cuatro décadas, y el deseo expreso y explícito de incorporarse a la Europa de los Capitales representada por la Unión Europea y a la banda armada personificada en la OTAN. Ese cambio fue acompañado de un desarme absoluto respecto a la actuación en el propio territorio de las empresas extranjeras, fundamentalmente alemanas, que supuso un desplazamiento de los productos locales respecto a los foráneos, no necesariamente equiparables en la relación calidad-precio. En este proceso se acentuaron determinadas direcciones de rango teórico en los marcos científicos conceptuales de marcado carácter malthusiano y de darwinismo social en los que se exaltó el privilegio natural que había que otorgar a los más eficientes. Este ambiente, que a la corta representaría la destrucción del tejido productivo autóctono debido, como señala Grobart, a la incorporación casi masiva de servicios terciarios y cuaternarios en ámbitos desconocidos en el país, tales como la gerencia capitalista, la representación y asesoría de negocios, el comercio y la reventa de productos de segunda mano, los servicios financieros, bursátiles, bancarios y de seguros, las infraestructuras de abastecimiento, transportes y comunicaciones, que hubo que crear a toda prisa ante la desaparición de las redes estatales que se habían ocupado de estos menesteres en los años anteriores, los servicios postventa y de reparaciones de máquinas y equipos importados, la promoción y el marketing, los touroperadores, la informática de patentes occidentales, entre otros. Esta cuantiosa oferta de empleo tuvo una gran incidencia en la desestabilización de la estructura productiva e intelectual del país, al captar a un importante conjunto de personas laboralmente cualificadas, a las que se les presentó un horizonte de mayores y más fáciles ganancias(164). Por si fuera poco, las importaciones a precios de dumping tuvieron y han seguido teniendo catastróficas consecuencias sobre el tejido productivo nacional en sectores como el automóvil, textil, calzado, juguetería, bicicletas, herramientas, pintura, entre otros. La emblemática marca Skoda fue fácilmente absorbida -en un 70%- por Volkswagen, al mismo tiempo que las fábricas de autobuses, camiones o cajas de cambios eran paulatinamente engullidas por compañías francesas, austríacas y coreanas(165). Había y aún hay para todos. La destrucción de industrias supuso la pérdida de la importante cartera de clientes, sobre todo en los países del Tercer Mundo, que hubieron de encontrar otros proveedores para la adquisición de los productos que necesitaban. Y, supuso también, un progresivo balance negativo de su economía y la afloración de una deuda externa igualmente progresiva, desconocidas hasta los años noventa.

Los rasgos anteriores son sólo algunos detalles que acompañaron el desplome del socialismo en Checoslovaquia que todavía tendría algunas componentes aún más trascendentes como fue, por una parte, la quiebra del hasta entonces próspero y rentable sector agroindustrial estatal, la desnacionalización de la altamente rentable gran industria estratégica, la minimización del sector público residual y, en absoluto en último lugar, el desmembramiento del país en dos estados soberanos. Todas estas medidas, entre otras, tuvieron efectos decisivos sobre algunas de las empresas de cabecera del Estado en general y la red I+D en concreto. Aunque las grandes categorías sobre las que se pretende reflexionar en el presente trabajo están algo alejadas de las ebriedades cuantitativas, tan del gusto y del uso de los expertos y tecnócratas de nuestros días, algunos números quizás sirvan para aportar elementos al debate sobre el entramado ciencia-ideología. Así, el desplome del sistema socialista en la República Socialista de Checoslovaquia, y la articulación del capitalismo, tuvo algunas repercusiones sobre el sistema tecnocientífico de hondo calado. Por ejemplo, el presupuesto estatal dedicado a los gastos en I+D era, en 1989, del 4% del PIB. En tan sólo cuatro años, ese porcentaje se redujo al 0.45%(166) . Grobart señala que(167)

“si se considera que la suma del aporte estatal, con el del sector empresarial y el de otras fuentes ronda el 1% del GIBID/PIB (gasto interior bruto en investigación y desarrollo por unidad de producto interior bruto), puede afirmarse que en el breve periodo de 4 años este importante indicador comparativo internacional se ha reducido al nivel que el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) planteara como meta para los países subdesarrollados en la década de los setenta”.

Para no abrumar el discurso con números y tablas –que, por supuesto, están el trabajo de Grobart y en las fuentes que él cita- dejaremos esos datos como evidencia cuantitativa de lo que ha supuesto para el sistema tecnocientífico el tránsito hacia la felicidad del mercado (capitalista)- Naturalmente, se puede decir que un cambio de sistema exige sacrificios, aunque debiera matizarse. Las revoluciones progresistas han ido o venido acompañadas de posiciones de defensa bastante apasionadas, porque, en general, los cambios sociales en los que se ha pretendido ensanchar el círculo del poder –y, además, el del tener- no han sido contempladas precisamente con simpatía y cordialidad por las fuerzas dominantes en la comunidad internacional. Aunque no sea el caso, se podría interpretar que las contrarrevoluciones desigualadoras también generan sus quebrantos. De hecho, en todos los países socialistas, los indicadores económicos que se suelen utilizar en Occidente para medir el bienestar, se achicaron de forma apreciable. Disminuyó el PIB, disminuyó la inversión, se destruyó empleo y, no precisamente en último lugar, se mantuvo vigente una potente campaña ideológica en la que se atacó cualquier atisbo que pudiera considerarse positivo en el periodo anterior, ciencia y tecnología incluidas. El sistema de ciencia y técnicas nacionales en Checoslovaquia fue descrito como innecesariamente sobredimensionado, ineficiente, con miras autárquicas pero, al mismo tiempo, no considerador de las especificidades nacionales, con una misión ideologizante(168). O sea, un montón de literatura para justificar la reducción drástica del sistema que aparece con toda su crudeza. Por ejemplo, en el tránsito hacia el capitalismo que ahora disfrutan en la República Checa, el personal de la base I+D se redujo a un 28-29% del nivel de 1989 y el de su vanguardia más cualificada al 54%. Semejante reducción de personal vino derivada del cierre de Unidades Científico-Técnicas independientes (UCT). De 207 UCT existentes en 1989, se cerraron 52 en el lustro siguiente, pero no es lo más llamativo, ya que de estas, 23 correspondieron a las 82 pertenecientes a la Academia de Ciencias. Y ello es significativo porque en las unidades vinculadas a las industrias y corporaciones, cabe considerar que las grandes empresas extranjeras que se quedaron a precio de saldo con el patrimonio industrial checo, no tenían por qué mantener entidades que ya realizaban el trabajo en los países de procedencia, pero en lo que respecta a la Academia de Ciencias no cabe duda de que se trata de una posición claramente delimitada en la política marcada por los intereses de los países más desarrollados de Occidente. En un sentido global, eso que ahora tanto se lleva, el proceso de selección de cuadros científicos, primó la eficiencia cuantitativa que favoreció la permanencia de investigadores veteranos, con curricula más copiosos, en detrimento de los jóvenes. En el mismo sentido renovador, los institutos se limpiaron de elementos comprometidos con el socialismo, siendo sustituidos por políticos disidentes de la época anterior a la Primavera de Praga de 1968(169), que obviamente llevaban más de veinte años ausentes de la actividad científica. Esta remodelación en algunos institutos, como el de Filosofía, afectó al 75% del personal. Y fue sólo el primer rasgo, porque el proceso de vaciado de recursos humanos en la actividades de I+D+I fue vertiginoso. Disminuida a la mínima expresión la cartera de clientes o, dicho de otra forma, la bolsa de proyectos que pudiera alimentar el tejido productivo en estudios y prospecciones en ciencia y tecnología, también cambió a la baja la consideración material, moral y social que esta actividad pudiera representar.

Esto merece un comentario incidental, muy oportuno en el tema que estamos comentando. Las sociedades humanas, aun con similitudes, contienen muchos matices diferenciales. Pero a pesar de esta diversidad, hay algunas constantes que nos definen. Tal es el caso, por ejemplo, de la difícil existencia que el noble oficio de enseñar ha conllevado en la historia humana. En algunos territorios, el oficio de maestro ha sido puesto como paradigma representativo de la miseria económica, en todos se ha enfatizado la vocación de combatir la ignorancia para explicar que siga habiendo enseñantes y en muy pocos ser enseñante -o no digamos la estampa del científico o del inventor loco- ha tenido una consideración de privilegio social de implicaciones incluso económicas. Incluso ahora mismo, en muchos países del Tercer Mundo con graves carencias de alfabetización, el problema parece irresoluble por la falta de candidatos para ocupar plazas de maestro por la sencilla razón de que con el sueldo de maestro no se puede subsistir. En la historia, los dos episodios más y mejor conocidos de situaciones distintas, en las que la ciencia y/o la enseñanza se han valorado desde el punto de vista salarial desde un punto de vista descollante, son, sin que quepan dudas al respecto, la Revolución Francesa y la Revolución de Octubre. En el caso de Francia, se ha demostrado(170) que los grandes científicos se hicieron ricos por el mero hecho de ser hombres de ciencia(171), gracias a la admiración que por su trabajo tuvo Napoleón Bonaparte. El que corresponde al modelo soviético es aún más interesante, en primer lugar, porque tuvo una mayor vigencia temporal y, en segundo, por el valor añadido que supone la articulación estructural de un estado en el que las clases, capas o categorías sociales experimentaron una profunda transformación, inconmensurable con los sistemas sustentados en las llamadas economías capitalistas. Tanto es así que llegó a acuñarse el término rico profesor, inaudito en otras culturas, economías y países, para designar ejemplos evidentes de bienestar económico. Sin llegar a tanto y aunque los cercos y embargos económicos han tenido influencia negativa evidente en el desarrollo de las sociedades que estamos comentando, no deja de ser menos claro que hay sistemas que han protegido su entramado y estructura educativa por encima de lo que ha sido habitual en los establecidos sobre las denominadas economías de mercado.

Es una obviedad mundial, ahora que está de moda referirse al mundo, que si en una determinada sociedad, alguna o algunas profesiones se privilegian económicamente, éstas se nutren de pertrechos humanos valiosos y abundantes. También es cierto el contrario ¡y bien que lo sabemos los historiadores de la ciencia y de la técnica! Si una profesión o grupo profesional tiene un nivel de remuneración bajo, el número de aspirantes que desea entrar a formar parte del núcleo estable de la misma ni es excesivamente numeroso ni –salvo las lógicas y naturales excepciones que confirman la regla- los procesos de selección tienen necesidad de finura cualitativa por encima de toda sospecha. No hace falta una indagación minuciosa de estas impresiones, porque se han presentado en todas las sociedades de todas las épocas y los imperfectos estados socialistas del centro y del este de Europa de la segunda mitad del siglo XX no fueron en absoluto excepción a esta tendencia. Por tanto, en la imperfecta Checoslovaquia anterior a la llamada Revolución de terciopelo los sectores de la educación superior y de la investigación además de contar con huestes numerosas, formadas por individuos capacitados, estaban bien preparadas para la creación y reproducción del conocimiento en un número amplio de ámbitos. Pero cuando el sistema económico –y por lo tanto el de valores- cambió, cambió la estructura del sistema tecnocientífico. El estancamiento –o más bien retroceso- económico de los trabajadores de I+D+I, junto al potente atractivo salarial que ofrecía el desembarco de las empresas multinacionales de Occidente, produjo una deserción masiva de cuadros del sistema tecnocientífico que, además, eran solicitados por elementos laborales añadidos nada desdeñables en países como Checoslovaquia primero y la República Checa después. Lo peor de la situación no fue este hecho en sí sino su complemento. La incidencia demoledora vino, por una parte, de la aquiescencia de los poderes públicos por el desmantelamiento de una estructura tecnocientífica que se calificaba en los términos peyorativos que se ha apuntado antes, por otra, del desinterés, sobre todo de los sectores más jóvenes de la sociedad, por incorporarse a una actividad –cuya dureza no se puede disimular- de dudoso porvenir. Por si fuera poco, las entidades económicas del mundo de los negocios o de los servicios que lanzaban su actividad o que la aceleraban buscaban cuadros bien preparados en informática y que conocieran idiomas extranjeros. Esto se tradujo en un ostentoso vacío en el tramo de los trabajadores científicos veteranos, aunque jóvenes y útiles para emprender nuevas andaduras profesionales: las generaciones de treinta y cuarenta años. Y este vacío ha resultado el tiro de gracia para el sistema checo en ciencia y tecnología.

Será complicado explicar este retroceso tecnocientífico para quienes realicen una aproximación simplista al problema de la acomodación entre economía, política, tecnología y ciencia sin reparar en el aspecto ideológico del problema. Desde una perspectiva interesada e interna a los países del G-7, tal como se apuntaba antes, puede pretenderse sustentar la afirmación de que a mayor desarrollo del capitalismo le corresponde un mayor potencial científico-tecnológico y puede ser que no sea inexacto. Incluso se podría apuntar que algunos países asiáticos que pugnan por ampliar mercados, además de peculiares condiciones de organización industrial y del mercado de trabajo, aumentan progresivamente su inversión en ciencia y en tecnología. Sin embargo, como pienso que se acaba de demostrar, gracias al análisis de Grobart, la imposición del capitalismo tras el imperfecto socialismo real de los países de Europa Central y del Este, supuso y está suponiendo destrucción del potencial científico y tecnológico en la República Checa. Consideraciones similares podrían hacerse respecto de Bulgaria, Hungría, Polonia y Rumania. Consecuencias se pueden sacar muchas y muy interesantes. Pero son tan claras, que no merece la pena explayarse mucho más en ellas.

Naturalmente, toda esta larga reflexión sirve, por lo menos, para poner en tela de juicio la insistencia en la acomodación del complejo tecnocientífico al desarrollo del sistema económico. Una transformación de sistema económico en la dirección correcta, de ser cierta la relación del sistema de axiomas que pretende implicar de una manera directa ambas variables (tecnociencia y desarrollo económico) tendría que haber supuesto una potenciación del proceso y no un retroceso tan acusado. Ergo, algo falla en el discurso. Más pegas a añadir a las alusiones que hemos formulado antes sobre las puntas de excelencia científica en algunos países con graves problemas de desarrollo –Brasil, India o Argentina, por ejemplo- o a la ausencia de esa excelencia en otros con niveles de bienestar económico consolidado, como algunos minúsculos territorios europeos artificialmente construidos. De cualquier forma, al hilo del discurso del presente trabajo, cabe situar unas conclusiones importantes.

Primera: La expansión del sistema tecnocientífico de un estado o de un grupo de estados está condicionada, por una parte, por el desarrollo general del Producto Interior Bruto. A más desarrollo económico, superado un umbral mínimo demográfico, le corresponden unos mayores potenciales científico y tecnológico.

Segunda: El sistema tecnocientífico de un estado o de un conjunto de estados está profundamente condicionado por la ideología dominante en el correspondiente espacio sociopolítico, que puede ayudar a potenciar o frenar la evolución del complejo ciencia-tecnología, así como –y esto de una manera concluyente- determinará la dirección de actuación, desarrollo y expansión.

Quiero decir con esto una cuestión que a algunos/as habría que hacer escribir cien veces como algunos maestros de antaño y de hogaño ordenan a su alumnado como forma de castigo: la ciencia en particular y la tecnociencia en general no son autónomas de nada. Ni de la sociedad ni de las ideologías que de ella emanan y que en todo momento la recorren.

6.- La hegemonía como ideología

Hasta aquí se han repasado algunas contradicciones, que son los elementos que suelen servir de forma más fehaciente para suscitar y mantener los debates sobre las cuestiones teóricas que interesan en un determinado territorio intelectual. La ciencia moderna. desde el mismo momento de su aparición en la escena histórica con pretensiones protagonistas de la mano de Bacon –hasta entonces, como mucho, había sido mera actriz de reparto-, conllevó peculiaridades (el tema de Dios, por ejemplo) que impurificaron un tanto el mensaje de objetividad que pretendía. Aunque la mayoría de los oficiantes del periodo ilustrado y de los comienzos de la industrialización miraron hacia otro lado cuando surgieron escollos de carácter teórico en este asunto, tampoco dejó de mancillarse la pureza aparente de sus pretensiones, cuando menos por la vía de la incidencia filosófica primero y de los intereses (beneficios) económicos después. No obstante estas máculas, el producto se colocó en el mercado de forma muy satisfactoria. Tanto es así que en el libro ya aludido de Routledge, en el que se pretendía hacer balance de los logros prácticos de un siglo, aunque también se aludiera a alguno teórico como el equivalente mecánico del calor, que se enfatizaba particularmente, se sintetizaba el efecto social del aparato científico-técnico, señalando que todos esos inventos y descubrimientos que el siglo XIX había generado eran

“ sólo parte de sus frutos, y de sus primeros frutos; porque es una filosofía que nunca descansa, que nunca ha alcanzado (su objetivo), que nunca es perfecta. Su ley es el progreso. Un punto que ayer era invisible es hoy su meta y será su punto de partida mañana"(172).

A pesar de que a finales del siglo XIX ya habían llovido bastantes rasgos de lo que la nueva civilización representaba, la confianza en la ciencia aplicada –la básica era una herramienta conveniente pero no imprescindible- el horizonte conceptual en el que se establecía la vida de la ciencia recogía esa idea de progreso ilimitado representada mejor que nada por el deseo de innovación tecnológica permanente que conllevaba la industrialización. Esa idea se asumió sin traumas ni quebrantos por la inmensa mayoría y se llevó a la práctica no sólo en las instituciones públicas mayormente dedicadas a indagaciones de carácter no finalista –salvo pedido expreso- y por lo tanto no obsesionadas con los problemas propios de la aplicabilidad, sino que desplegó todo su poderío a partir de los objetivos de las entes privados, sobre todo en los Estados Unidos, pero también en Alemania, Francia, el Reino Unido y pocos más. Hasta tal punto se ha profundizado este proceso que K. Lorenz ha introducido el concepto de pensamiento tecnomorfo, la tendencia a aplicar los procedimientos intelectuales propios de la física a los sistemas vivos, incluida la sociedad humana, en la que de nuevo aparece el problema del poder real sobre la naturaleza:

“Vivimos en un tiempo en que la Humanidad acaba de conseguir un enorme poder sobre la naturaleza inorgánica, poder que debe a una ciencia que se funda en la matemática analítica: la Física. De su apliacación ha nacido una técnica que se ha convertido en el instrumento más importante de la Humanidad. Como suele ocurrir con los medios para un fin, lamentablemente, en nuestra civilización occidental la técnica se ha aupado a la categoría de fin en sí mismo, con lo que ha impreso en el ser humano una peculiar mentalidad a la que yo suelo llamar pensamiento tecnomorfo. Esta manera de pensar se caracteriza por hacer extensiva la aplicación de métodos de pensamiento y de acción que han demostrado su aptitud en el tratamiento de la materia inorgánica, al mundo de los seres vivos, incluido el sistema vivo de la civilización humana”(173).

Mas no se quedaba ahí la apreciación, con ser importante, porque como breve prólogo a la obra, Routledge colocó una breve, pero rotunda reflexión de Macaulay sobre el conocimiento de las leyes de la Naturaleza (la ciencia) que hoy, todo hay que decirlo, suenan un tanto a políticamente incorrectas.

"Sólo por el conocimiento de las leyes de la Naturaleza puede el hombre sojuzgar su poder y apropiarse de sus materiales para sus propios propósitos"(174).

Hoy sabemos que de ese sojuzgamiento han venido situaciones límite que amenazan con cuadros muy graves. Entonces, sin embargo, la ciega confianza en el progreso ilimitado -concepto introducido y apoyado en la cultura industrial- conducía a la despreocupación por los recursos con los que se podía alimentar la caldera de la máquina de vapor y por lo que pudiera salir por la chimenea. Mas, a pesar de los nubarrones que se cernían sobre el inconsciente colectivo popular, explicitados en las realidades que podían contemplarse a simple vista en las ciudades industriales y comentados en la literatura de consumo más general, en la que los malos siempre eran diestros en los conocimientos científicos y técnicos, la ciencia se instaló en las conciencias y sobre todo en las voluntades de las clases dominantes de los países más desarrollados, en función de las ventajas que podía otorgar para el mantenimiento y el desarrollo de esa dominación. De suerte que se expendió en la tienda ideológica de la época la idea de que la ciencia y la tecnología eran buenas en sí mismas y, además, que eran democráticas porque su posesión no dependía de más privilegios que los que se derivaran del estudio y del esfuerzo de sus individuos y comunidades profesionales. Y como sobre estos extremos se alcanzó rápidamente el acuerdo entre las principales potencias del mapa geopolítico, se llegó a la conclusión que la ciencia –lo de la tecnología ha seguido siendo y es más peliagudo- era una de las actividades más abiertas que podían abordarse, una de las más internacionales. Como el deporte. Y así se ha venido sosteniendo.

Sin embargo, la comunidad internacional de países con entidad científica es en valor absoluto una pequeña parte del conjunto de la Humanidad, tanto desde el punto de vista de la población del planeta como del conjunto de países que entonces -y ahora- existían y existen. Sobre esto se puede establecer una hipótesis de trabajo -sobre las que se puede decir como Newton: non fingo- .o cuando menos de encuadramiento de los asertos que se pronuncien. Se trata, simplemente, de despreciar el complementario del dominio de existencia haciendo una restricción del mundo real al mundo en el que se construye la ciencia, sobre todo en el ámbito de lo más específico de nuestro tiempo, el de la publicación de artículos en revistas especializadas. Es arriesgado, pero usual. No hay que hacer ningún mal gesto para admitir una fórmula bastante habitual en nuestro espacio historiográfico -y no sólo en él-. Podemos señalar por tanto que nuestro mundo es el mundo. El resto no cuenta o como se dice en términos matemáticos se puede despreciar. Aceptemos por tanto como axioma que se llame mundo internacional al mundo en el que se hace ciencia de cierto fuste y proyéctese el análisis a este espacio –mucho más pequeño, obviamente, que el original- en el que las relaciones internacionales entre los científicos se desarrollan fuertemente. ¿Ya está? ¿No hay nada más? ¿Podemos considerar resuelto el enigma de la definición internacional de la ciencia?

Para mi, por o menos, hay tres cuestiones que me suscitan reflexión. La primera está relacionada con un tema al que se ha dedicado mucho interés en los medios histórico-científicos: el problema del centro, que más propiamente debería llamarse el problema de la cabeza. Dicho en otras palabras: Entre los países que forman el mapa de la ciencia ¿Quién es el primero? Porque si hay un primero quiere decir que se establece una ordenación con la que las relaciones entre los elementos ya no serán de equivalencia sino de otro tipo. Y en todas las épocas hay datos que los historiadores privilegian para establecer su secuencia de territorios según su importancia científica, para de allí extraer la correspondiente de autoridades. En este tipo de estudios se suelen dejar al margen la época antigua y medieval, a pesar de que hubo centros nucleares de la actividad científica –piénsese sin más en Alejandría, Bagdad, Salerno o Toledo en sus correspondientes épocas- porque no necesariamente se puede establecer una correspondencia entre influencia científica e influencia política. Para nuestro estudio concreto, en el que se priorizan los episodios en los que juega un papel protagonista la llamada ciencia moderna, la exclusión no es incómoda. Desde luego, la concentración en el análisis de los hechos a partir de la Revolución Científica achica y concentra el mundo que en los últimos cuatro siglos ha desempeñado funciones protagonistas, preeminentes y dominantes en la ciencia, en la economía y en la política y del que se pueden extraer conclusiones más ilustrativas que puedan aclarar situaciones de cara al presente o al futuro. Aunque los estudios tiendan a ir por sectores disciplinares o por ámbitos geográficos y aunque la secuencia de centros o autoridades anteriormente aludidas se transformen conforme se modifica la correlación de fuerzas en la escena geopolítica internacional(175), ese reducido mundo ha estructurado sus categorías de excelencia según épocas de manera bastante clara. Así, si las luces científicas ilustradas tienen un marcado carácter francés y mucho más las de la época revolucionaria, las cosas cambian un siglo después, aunque obviamente la ciencia francesa, como he escrito en varias ocasiones, no sea precisamente despreciable. Por ejemplo, una autoridad de la historia de las matemáticas como Grattan-Guinness al referirse a esta disciplina en el periodo correspondiente al último tercio del siglo XIX señala(176) que

“Los contactos internacionales se desarrollaron fuertemente (en matemáticas) así como en las ciencias que dependían más de la colaboración internacional. Las matemáticas manifestaron la nueva actitud de forma muy marcada, con matemáticos que publicaban sus trabajos en revistas extranjeras mucho más frecuentemente que anteriormente. … Cuando el siglo se acercaba a su final Alemania (o mejor, Prusia) se elevó a la cumbre entre los países”.

Es una afirmación contundente que conviene retener, aunque no sea novedosa ya que hay un extenso consenso sobre la preeminencia alemana en la época aludida en matemáticas en particular. Lo más importante a destacar es la consideración de que en las fechas de referencia Grattan-Guinness considera –y con él muchos más- que hubo un primer elemento de la sucesión finita -y corta- de elementos integrantes del conjunto de países matemáticos. La segunda reflexión tiene que ver con la proyección exterior de cada comunidad nacional y la tercera con la presentación de los propios trabajos matemáticas. Novy y Folta(177), en un importante trabajo dedicado al análisis cuantitativo de los crecimientos cuantitativos en matemáticas en este mismo periodo considerado, señalan que algunos datos numéricos encierran mensajes escondidos. En primer lugar destacan que la mayoría de los trabajos de matemáticas que se publicaron en torno a 1900 lo hicieron en medios de comunicación no matemática -dos tercios-. Esto es relevante para el estudio de una comunidad profesional concreta, pero también lo es para considerar los caminos que muchos autores tuvieron para exponer sus resultados y para entender el proceso de expansión de la ciencia en el que de manera clara intervinieron más factores que los meros deseos de comunicación entre científicos de diversos países. Siguiendo el hilo conductor marcado por la trayectoria creadora de Lubos Novy centrada en el análisis altamente significativo de la revista checa de matemáticas y física, Novy se interroga y da una explicación que matiza la sedicente perspectiva internacionalista a través de un caso concreto. El ejemplo elegido por Novy es muy interesante porque se refiere a los países checos -que hasta 1914 formaron parte del imperio austro-húngaro- en los que el alemán -lengua importante de expresión matemática- era ampliamente conocido. Dice Novy(178): ¿Tenían los autores dificultades para publicar sus resultados o han jugado otras razones un papel principal? En su opinión la causa de la publicación desde 1870 de los Archives de sciences mathématques et physiques se debió a causas culturales y políticas. O sea, claramente ideológicas. Los matemáticos checos querían demostrar la riqueza e independencia de la cultura checa y su valor comparable al de otras naciones. He aquí un aspecto que no conviene pasar por alto. El deseo de países de posición no precisamente preeminente de ser tenidos en cuenta en la comunidad internacional en cualquier aspecto cultural(179).

El planteamiento que se acaba de traer a colación tiene que ver con la segunda cuestión que he formulado más arriba sobre la proyección exterior de las comunidades nacionales. Por lo que hace al caso de los países checos y eslovacos, la autorizada pluma de Lubos Novy permite dibujar un claro interrohante sobre el tema de la internacionalización. Pero quizás resulte aún más ilustrativa la referencia a un país que siempre se ha encontrado en vanguardia a lo largo y ancho de los tres últimos siglos y del que se dispone de mejor información. Me refiero a Francia sobre cuya comunidad matemática, aunque circunscrita a la Société Mathématique de France, Hélène Gispert ha realizado un extenso estudio.. En sus trabajos, dirigidos con preferencia al primer medio siglo de existencia de la sociedad matemática de Francia, Gispert(180) aporta datos muy significativos de lo que representan el crecimiento y la internacionalización en el mundo de las matemáticas de uno de los países más desarrollados. Veamos. En un pequeño cuadro pero muy explícito sobre la producción total de los miembros de la SMF y de su proyección internacional se pueden leer los siguientes números:

1870-74 1890-94 1910-14
media anual de artículos 104 218 185
de ellos aparecidos en el extranjero 8 27 36

Como la estadística sirve para muchas cosas estos números sirven para constatar varias cosas. Se puede afirmar, por ejemplo, que la producción matemática de Francia aumentó en un 77.8% entre el quinquenio fundacional de la SMF y el inmediatamente anterior a la Gran Guerra. Se puede también observar con pertinencia que la publicación de artículos en el extranjero se multiplicó por más de cuatro. Pero también se puede advertir que la publicación francesa en el extranjero arroja unos porcentajes para los tramos elegidos del 7.69%, 12,38% y 19,45%. Dicho en otras palabras en el periodo en el que se da por consumada la internacionalización matemática, los trabajos franceses dirigidos a medios extranjeros no alcanzó el 20%, lo que visto desde el otro lado significa que la inmensa mayoría de matemáticos franceses siguieron publicando en francés, en Francia y, como también señala Gispert, preferentemente en París. Y es que no se puede olvidar que las publicaciones son ingredientes imprescindibles de las carreras académicas y los jurados que evalúan y promocionan a los candidatos en casi todos los países son nacionales. Y en el caso francés no se puede hablar ni por asomo de mediocridad. Estamos hablando de autores como Jordan, Darboux, Poincaré, Borel o Picard, que publicaron fuera de las fronteras de Francia una parte muy pequeña de su copiosa producción. A este respecto Gispert destaca(181) que

"Picard, por ejemplo, que escribió hasta 1914 más de 400 artículos, no ha hecho aparecer más que una veintena de ellos en periódicos extranjeros".

Las excepciones a esta regla definidida por la tensión dialéctica nacionalismo-internacionalismo, podrían venir de dos medios singulares en el panorama internacional como son los Rendiconti del Circolo Matemático di Palermo y L'Enseignement Mathématique.. De momento se puede señalar que el planteamiento internacional de la revista siciliana es bastante evidente simplemente por el exótico lugar de su nacimiento y por la recia personalidad de su fundador G.B. Guccia. Es obvio que desde sus inicios la proyección internacional del Circolo y de los Rendiconti fue notable, sin embargo, como no ha dejado de destacar Brigaglia(182), entre las primeras y más poderosas razones de Guccia para desarrollar su empresa se encontraba la siguiente reflexión:

"Italia ... ocupa ciertamente uno de los primeros puestos en el ramo de las matemáticas puras ...; pero si queremos conservar nuestro puesto y no dejarnos sobrepasar por otras naciones es menester procurar ... la rapida difusión de nuestra produción en el extranjero".

Esta reflexión de Guccia nos permite retomar la primera de las reflexiones que me suscitaba la referencia al reducido mundo de la ciencia (por otra parte bastante coincidente con el de las matemáticas) y sus peculiares relaciones internacionales: el problema de la ordenación. Para el internacionalista Guccia, la difusión internacional no era un afán altruista y fraternal con objeto de compartir el saber entre todos los pueblos -¿hermanos?- del mundo, sino que tenía unas razones de cariz profundamente nacionalista: mantener el lugar de privilegio de Italia y no dejarse superar por otras naciones. Peculiar internacionalismo ¿no?

El mismo criterio parece animar a quienes gustan de ordenar los países por su importancia. Ya he aludido a la contundente afirmación de Grattan-Guinness sobre la posición de Alemania y es el momento de volver y reflexionar sobre ella.

Ahora, cuando la revolución de las comunicaciones en todos los sentidos ha impuesto la convicción de la aldea global, en la que las cabezas económicas y políticas del mundo instalan sus banderas en un mapa mundi en el que diversifican sus intereses, se está instalando un concepto de internacionalización nuevo que aún no sabemos muy bien adónde nos puede conducir. Pero en el siglo XIX, en el que los estados mayores de los países industrializados pugnaban por el control del mundo, las ideas de internacionalización eran distintas. El internacionalismo del siglo XIX es una tendencia de raíces proletarias que llega a cuajar en una organización, la Asociación Internacional de Trabajadores, que se extiende por el mundo con una sola palabra. la Internacional, y que tiene un himno con el mismo nombre desde 1888. En esa organización todos los países caben y todos son, en principio, iguales. Ese es un internacionalismo social que extendió las ideas de cooperación y fraternidad entre los seres humanos. Frente a él los estados mayores de la guerra y la economía se implicaron en la hobbesiana guerra de todos contra todos por culpa del deseo de dominar la mayor parte de los territorios y mercados posibles. No creo que quepan dudas de que las hostilidades desatadas por la preeminencia económica o militar desataron una sucesión de guerras menores y mayores y de numerosos conflictos que crearon un panorama internacional más bien poco idílico. Como quiera que en el sistema económico dominante lo que tiene o gana uno no lo gana otro y como quiera que desde el punto de vista político-militar lo que controla o domina uno, no lo suele hacer otro, la internacionalización existente ha sido del tipo quítate tu que me pongo yo.. Habitualmente por las malas.

Naturalmente, aparte de la economía, la política o la guerra, quedaba el mundo de las ideas en los que la ciencia y las matemáticas tenían un papel a jugar. En el terreno de las ciencias aplicadas y de las técnicas hace tiempo que quedó bastante claro que podían tener implicaciones económicas y militares. Los descubrimientos tecnocientíficos tenían valor económico y hace tiempo también que se demostró que la superioridad tecnocientífica permite matar niños y mujeres sudaneses, irakíes o serbios con la mayor impunidad. Estos hechos han impuesto desde hace dos siglos el secreto en las relaciones científicas internacionales y la ausencia de cooperación internacional. Ningún tipo de internacionlización igualitaria ha sido posible en estos ámbitos y lo que se lee en las revistas o es obsoleto o no es aprovechable, sobre todo en la vía de algún tipo de rentabilidad. Las ciencias básicas podían haber sido un territorio en el que se plasmasen las tendencias de cooperación internacional, pero -siempre hay un pero- en la medida en que participen de los programas anteriormente aludidos corren un camino parecido al de sus parientes aplicadas. ¿Cómo interpretar entonces el resto de las relaciones internacionales? También se puede deducir esta interpretación de la cita anterior de Grattan-Guinness. Situados en el periodo anterior a la Gran Guerra, Alemania o Prusia ocupaban el lugar culminante en la comunidad matemática. De esta forma ellos definían sus propios proyectos sobre los temas que les interesaban a ellos a los que invitaban a colaborar a algunos matemáticos seleccionados en otros países. Es la antigua y conocida fórmula de la caza de talentos que tiene una denominación clara en las relaciones entre personas físicas o jurídicas: relaciones de hegemonía. El ya aludido informe sobre el desarrollo humano del PNUD señalaba a propósito lo siguiente(183):

“Los países en desarrollo pierden miles de personas capacitadas todos los años: ingenieros, médicos, científicos, técnicos. Frustrados por los bajos salarios y la limitación de oportunidades en sus países, se marchan a países más ricos en donde sus talentos puedan encontrar un mejor uso y sean mejor remunerados. … Los países industrializados se benefician ciertamente de las capacidades de los inmigrantes. Entre 1960 y 1990 , Estados Unidos y Canadá aceptaron más de 1 millón de inmigrantes profesionales y técnicos de países en desarrollo. El sistema educativo de Estados Unidos depende en gran parte de ellos. En 1985, aproximadamente la mitad de los profesores-asistentes menores de 35 años de las instituciones de enseñanza de ingeniería eran extranjeros. Japón y Austria también han hecho esfuerzos para atraer inmigrantes calificados”.

“Esta pérdida de trabajadores calificados representa una severa hemorragia de capital. Según estimaciones del Servicio de Investigaciones del Congreso de Estados Unidos, en 1971-72 los países en desarrollo en conjunto perdieron una inversión de US$20.000 en cada emigrante calificado, lo que equivale a un total de US$646 millones”.

“[Algunos países] están perdiendo capacidades que requieren urgentemente. En Ghana, el 60 % de los médicos que estudiaron en los años ochenta vive hoy en día en el exterior, situación que plantea una escasez crítica en el servicio de salud. Y se calcula que, en conjunto, Africa ha perdido hasta 60.000 administradores de nivel medio y alto entre 1985 y 1990”.

Las vinculaciones internacionales entraron en una dinámica en la que el país -o los países- hegemónicos impusieron sus reglas de excelencia. La primera es el privilegio de la lengua dominante que coloca automáticamente a quien sin poseerla pretende incorporarse al main stream a un evidente sobre esfuerzo. Y las lenguas no se han privilegiado históricamente por razones lingüísticas sino por las de poder político y económico. La segunda manifestación de la hegemonía fue la prevalencia de unos temas que se consideraron actuales o de vanguardia, frente a otros que se consideraron obsoletos e irrelevantes. La tercera de las incidencias de la hegemonía en la comunidad científica es el tema del prestigio otorgado por la publicación en unos medios y no en otros.

En suma y resumen, la internacionalización de la ciencia no fue internacionalista en sentido de igualación y fraternidad de colaboración, sino restringida a un pequeño conjunto de países -por otra parte variable- y hegemónica en el interior de dicho conjunto. Datos relevantes de esta realidad nos llevarían a otros dominios de la comunidad científica, como el de las instituciones internacionales.

La hegemonía es una realidad política, económica y militar. Creo que no se puede negar alegremente ni sostener la patraña de la igualdad democrática entre hombres y pueblos, porque no hay más que ver el funcionamiento de las instituciones internacionales (simplemente lo que cuentan los medios de información general) para entender como se despachan los asuntos del planeta, cómo se embarga comercialmente a unos y cómo se bombardea impunemente a otros, destruyendo sus infraestructuras y llevando a los países a la ruina y a los pueblos a las privaciones y a la desolación. Esto parece que cada día está más claro y no parece preciso insistir mayormente en ello. Quienes están de acuerdo con el sistema sostendrán lo justo del actual estado de cosas y, quienes no lo estamos no nos vamos a convencer fácilmente de sus bondades.. Aquí estamos analizando el tema de la ciencia y de la ideología entendiendo que la hegemonía de unos sobre otros es una de las formas ideológicas más evidentes en estos momentos en el mundo.

Hay en estos contextos internacionalistas muchos matices en los que la supuesta asepsia metodológica y procedimental esconde rasgos ideológicos que se camuflan en el aparato argumental. Ya se ha aludido, por ejemplo, a la acogida humanitaria de los científicos perseguidos por el terror nazi por parte de algunos países y a los cambios sucesivos de actitud. Este tipo de aproximaciones historiográficas son favorecidas si se santifica científicamente como únicamente riguroso y válido el enfoque empirista, con el que sólo se consideran bagajes documentales procedentes de instituciones concretas y de un cierto rango público. Nada por tanto se puede decir de intereses oscuros o explícitos, de intenciones, de animadversiones de carácter personal, de posiciones políticas preestablecidas. Y mucho menos de lo que quedó en el camino por la acción de las censuras existentes en todos los ámbitos, incluidos, por supuesto, los que pasan por ser más democráticos. Poca luz y, en su caso, poco interesante, poco concluyente y poco consistente, puede obtenerse de los estudios histórico-científicos si no se indagan las contradicciones estructurales y profundas y, en un símil con algunas metáforas de las que siempre se echa mano, si no se estudian las cloacas del sistema tecnocientífico.

La comunidad científica, que cada vez dispone de más cauces administrativos y burocráticos para una cierta representación institucional está inerme ante las posiciones del oficialismo científico que impone en todas partes su concepto hegemónico de cientificidad del que se excluyen, en principio, la mayoría de los proyectos discrepantes. A la opinión pública se le presentan estas realidades como escenarios de normalización, a los que no se adaptan los individuos conflictivos, rebeldes o hipercríticos. El proceso imparable es el de la progresiva marginalización de los diferentes, que a menudo sufren un proceso de autoinculpación por haber optado por temas, metodologías o actitudes no ortodoxas. Y si alguien insiste en denunciar las injusticias de que ha sido objeto, no se debe esperar con excesiva confianza la recompensa de la solidaridad. Muchos colegas le tildarán de fracasasado o enfermo mental y en cualquier caso encontrarán razones para afianzar el proceso de marginalización. Por supuesto estos casos se esconden. Y tanto los mandatarios de la comunidad científica, como los de las diferentes instituciones, y como los políticos que las tienen bajo su responsabilidad presentarán, por el contrario, la fotografía de un mundo armonioso en el que todo va bien. La comunidad científica en casi todos los ámbitos pierde progresivamente sus señas de identidad y al aferrarse a presupuestos ideológicos extremistas, como la autonomía a ultranza y el cientismo, olvida sus principios éticos y sus fundamentos intelectuales en beneficio de los proyectos neoliberales de la sociedad o de empresas privadas en el contexto de proyectos financiados desde el exterior.

Naturalmente hay matices. Para contener el desasosiego de los más radicales y para tranquilizar la conciencia superficial de la comunidad científica, los organismos científicos destinan algunos fondos para financiar una investigación crítica, que queda como un adorno necesario para mostrar su amplitud de miras y su talante democrático. Estas ayudas, cada día más ajenas a las vías regulares, tienen el carácter de una especie de premio de consolación. Son ayudas destinadas a recompensar esfuerzos de profesionales de la diáspora que en ocasiones ya están en el paro. Pero sirven de coartada y lavan conciencias.

7.- Algunos apuntes finales

Al comienzo del presente trabajo señalaba que las preguntas claves sobre la ciencia son similares a los que los grandes pensadores jonios, desde Thales a Anaxágoras, se formularon sobre el cosmos, la sociedad y el individuo y que, al extenderse al cuerpo social, creó el clima propicio para, por una parte, constituir la ciencia como un cuerpo de doctrina intelectual cada vez más autónomo e independiente, y por otra, un referente insustituible para justificar los procesos básicos, fundamentales, en los ámbitos señalados.

Hoy también formula la Humanidad preguntas a la ciencia que requieren explicación a los grandes enigmas de entonces y de ahora. Y se esperan respuestas claras, determinadas, contundentes, exactas. Sin atisbo de duda. Pero las respuestas de esa entidad no llegan, porque la misma ciencia, para colmo de paradoja, duda y reflexiona. Para salir del paso a la zozobra que suscitan la mayoría de situaciones teóricas y prácticas, plenas de contradicciones, se buscan culpables. Primero, entre los políticos. Luego, entre los tecnólogos. Al tiempo se enfatiza en positivo el valor del conocimiento puro y no finalista, actitud que, de paso, sirve para atontar un poco más a los propios científicos. Aquí y así, se olvidan deliberadamente determinados preceptos y reconvenciones que desde hace medio milenio –aunque lo del árbol de la ciencia del bien y del mal sea bastante más remoto- se vienen formulando. Nietzsche con su sarcasmo particular lo dijo casi con las mismas palabras: Donde está el árbol del saber, ahí siempre está el paraíso –así pregonan las antiguas y las modernas serpientes. Más rotundos y menos sibilinos fueron los sellos de marca del producto ciencia moderna en el momento refundacional de la Revolución Científica, cuando en el debate teórico se postuló y se generalizó la idea de que saber es poder. ¡Acabáramos! O sea que como se ha visto en varias ocasiones a o largo del presente trabajo y se podría corroborar en muchos otros trabajos el problema nuclear de la ciencia y/o de la tecnología es el problema del poder. Y no precisamente un poder etéreo y relacionado con la esfera de las autoridades morales. Se trata de un poder real, fáctico. Un poder que se expresa sin solución de continuidad en los ámbitos político, económico y militar, además de los que le son específicos. En otras palabras, tras el ansia de saber está la voluntad de dominar. Para los puros y finalistas antes aludidos, el tema se embellece bastante: tras el estudio se domina un conjunto de conocimientos y se dice Fulano domina el ruso, la patología de las vacas locas o la mecánica estadística. Bien. Lo que es menos habitual es que se confiese que tal o cual estado, gracias a los conocimientos acumulados –y mayormente guardados en secreto- domina a tal o cual otro estado o a tales o cuales territorios. ¿Podrá alguien negar que las ideologías y el poder son conjuntos disjuntos? ¿Es siempre bueno y necesario el poder? ¿No tiene nada que ver el poder con el problema del bien y del mal? ¿Podrá alguien negar que desde el proyecto Manhattan este un problema central del mundo de la ciencia al que ninguna de las personas lúcidas de su seno o de su entorno puede sustraerse? Lo que se sabe de esta experiencia, aún sólo parcialmente conocida en algunos detalles, a pesar de que haya sido transcrita de forma literaria e incluso llevada al cine(184), es suficiente para entender el impacto que supuso en las conciencias de los científicos más lúcidos -¿o más honrados?- el invento, el diseño y la fabricación de un arma atómica de efectos devastadores. Por esa vía entró en la comunidad científica la necesidad de la reflexión sobre una variable, que se esconde socialmente y que se hurta al debate científico siempre que se puede: la responsabilidad. La tensión dialéctica entre libertad y responsabilidad en todos los ámbitos sociales tiene desde luego algo que ver con la crisis social que emerge con tanta claridad en estos días, en relación con la libertad individual para votar cada cuatro años y la de las grandes y medianas corporaciones para hacer negocios. Esa libertad choca, sin que quepan muchas dudas al respecto, con la práctica política de la mayoría de los gobiernos, en relación sobre todo con la protección de los países y clases más desfavorecidas y con los efectos, no precisamente beneficiosos, de la actividad industrial de las grandes –y no tan grandes- corporaciones multinacionales.

En este choque de perspectivas, la ciencia, en mucha mayor medida que la tecnología, ha jugado y está jugando un papel descollante. Los adjetivos científico y científica forman parte del lenguaje cotidiano más corriente y desde luego se repiten con profusión en los mensajes publicitarios de la televisión, la prensa y la radio. No importa que se trate de compresas higiénicas, pañales, lavavajillas o pasta de dientes, para tener alguna viabilidad de éxito social hay que enfatizar el carácter científico del producto, por lo menos en el envoltorio publicitario. Es condición necesaria –aunque no siempre suficiente- acreditar que el producto que se pone en el mercado es resultado de un proceso de investigación científica. Y no sólo en lo que concierne a artículos industriales. Son particularmente relevantes las campañas para modificar los hábitos alimenticios tradicionales de la mayoría de los pueblos del planeta. Las campañas contra el consumo de aceite de oliva –verdadera agresión de los países consumidores de grasas animales contra las tradiciones mediterráneas y anexas, las campañas en contra y a favor del consumo de azúcar y muchas más que se podrían poner como ejemplo, siempre tienen más de una bata blanca y algún científico de relumbrón, que, por una determinada cantidad de dinero, es capaz de afirmar cualquier verdad científica, que ya se sabe ¡por supuesto! que es objetiva. Eso, para lo que pudiéramos llamar asuntos menores, porque el papel de la ciencia y el de los científicos, donde ha revelado toda su eficacia, ha sido y es en la justificación global del sistema, en el descrédito de otras alternativas y en asuntos supranacionales de estrategia política.

Esto se basa en el prestigio ganado por la ciencia y la tecnología, que a menudo se confunden en el inconsciente colectivo, en los dos últimos siglos. La máquina de vapor y sus derivados ferroviarios y marítimos, la comunicación a distancia con o sin hilos, las vacunas y la anestesia, como ínfimos ejemplos que han aliviado el tránsito de los seres humanos por este planeta, están en los fundamentos de este proceso ideológico de primerísimo orden. Casi nunca se ha puesto en entredicho la legitimidad de esos tipos de manifestaciones ideológicas, que tuvieron algunos de sus puntos cuspidales en los tiempos de la URSS y de los países socialistas europeos, en los que Sajarov, por ejemplo, reputado físico y padre de la bomba H soviética -e incluso su mujer, que ni siquiera tenía esos méritos- pontificaban sus denuncias sobre la observancia de los derechos humanos en la URSS y sobre otro tipo de variables político-sociales a las que los medios de comunicación de la otra parte de la frontera concedían la mayor relevancia. El gato, que en esa y otras peripecias se presentaba como liebre, consistía –y consiste- en introducir en el mensaje una trampa sutil construida sobre una falacia basada en el hecho de que si el que emite una opinión es un científico, acostumbrado a utilizar el método científico en su laboratorio para resolver enigmas de forma objetiva, igualmente utilizará el método científico en los temas económicos, políticos y sociales que, obviamente, también serán objetivos. Es simple, pero funciona. Y no es cosa de ahora. Podría datarse el efecto social de la ciencia desde hace casi siglo y medio, cuando se armó una élite científica suficiente, que pasó a formar parte cualitativamente destacada de la inteligentsia liberal generadora de opinión pública y eficaz colaboradora de los entes gobernantes. Por esta razón de servidumbre o por lo menos de proximidad al poder, esta élite científica no tuvo siempre una actitud uniforme en sentido longitudinal, aunque sí que mantuvo preferencias hacia las innovaciones tecnológicas de aplicación industrial y de equipamientos docentes y de investigación. Que sin ser panacea de nada, hicieron, en ocasiones, camino al andar. Otra cosa fueron los planteamientos teóricos de ámbito filosófico de carácter reaccionario que se aprovecharon del concurso de la ciencia.

De todas maneras lo que es más específico de las postrimerías del siglo XX es el nuevo papel público que esa inteligentsia científica ha pasado a desempeñar y en el que el papel de las ideologías turnantes es evidente. Este rasgo surge en los momentos en los que el grupo social entra en contradicción viva entre los conocimientos adquiridos y aprobados dentro de la ciencia y sus propios intereses de carácter social, que a su vez son apoyados con modelos y postulados contradictorios con las mismas conclusiones de carácter científico. Como no podía dejar de ocurrir, uno de los ámbitos más significativos en los que este debate tiene lugar –aunque intente sofocarse rápidamente cada vez que surge- es el correspondiente al choque entre el cuadro científico del mundo y los modelos de actividad productiva legitimados por ese cuadro, o sea, por ley natural. Es de esperar que esto, por lo menos, haya quedado suficientemente claro.

Notas:

(1) Este trabajo ha sido parcialmente financiado con cargo al Proyecto PB97-1008.

(2) HORMIGON, M. (1993) "Ciencia y Felicidad". LLULL 16 (30), 115-158.

(3) POLITZER, Georges (1976) Principios fundamentales de Filosofía. Buenos Aires, Ediciones Inca, p. 137.

(4) DESARROLLO HUMANO: INFORME 1992. Publicado para el PNUD por Tercer Mundo Editores. Santafé de Bogotá, 1992. Un resumen amplio del mismo apareció como Suplemento 124 (18 de mayo de 1992) del El Día, diario de México D.F. Esta versión fue publicada también en España [PROGRAMA DE LAS NACIONES UNIDAS PARA EL DESARROLLO (1992) El abismo de la desigualdad. Resumen del informe sobre desarrollo humano 1992. Barcelona, Cristianisme i Justícia.

(5) PNUD (1992) El abismo …, p. 3.

(6) PEREZ DE LABORDA, Alfonso (1977) Leibniz y Newton. I. La discusión sobre la invención del cálculo infinitesimal. Salamanca, Bibliotheca Salmanticensis, Disertationes 2, pp. 18-19 (440-441).

(7)KARA-MURZA, S. y HORMIGON, M. (1990) "Ciencia e Ideología". LLULL, 13 (25), pp. 447-513.

(8)HORMIGON, M. y KARA-MURZA, S (1997) "La influencia de las contribuciones científicas en los aspectos ideológicos de la economía política” Archives Internationales d’Histoire des Sciences. 47 (139), pp. 346-388.

(9)Se trata de los dos trabajos que escribí en los tiempos de preparación del XIX Congreso Internacional de Historia de la Ciencia en 1993. El largo apareció en las páginas de Llull, la Revista de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas y es el que sobre ciencia y felicidad figura en la nota 1. El conciso, sirvió de base para mi conferencia de clausura del Congreso y llevó como título: La ciencia ¿una herramienta liberadora?. Un amplio resumen del mismo en HORMIGON, M. (1993) "Science, a liberating tool?". In: J. DHOMBRES, E. AUSEJO & M. HORMIGON (1993) Survey papers-Plenary Lectures. Zaragoza, pp. 333-340.

No quiero que se tomen las autoreferencias como el mas mínimo asombro de desprecio a las opiniones de otros que han contribuido al tema. Lo que ocurre es que en mi opinión los análisis usuales en el ámbito encuadrado por el epígrafe ciencia e ideología o son excesivamente evidentes (caso Galileo) o son tan abstractos que se convierten en vacíos. Desde luego chocan con las realidades –a veces, obvias- que desde dentro del mundo de las ciencias se pueden apreciar.

En este ordn de ideas se pueden situar bienintencionados tratados que se han difundido en la literatura castellana en las últimas décadas, dictando doctrina por estar firmados por personas claramente instaladas en las estructuras de poder de la comunidad científica. Entre los clásicos pertenecientes a la época en la que estas reflexiones debían proceder de la otra orilla de la Mar Océana se pueden citar los libros de MANNHEIM, Karl (1941) Ideología y Utopía. México, FCE y BARTH, Hans (1951) Verdad e Ideología, México, FCE. Más recientes, aunque también clásicos, son los varios trabajos de Althuser sobre el tema o el de SHAFF, Adam (1971) Sociología e Ideología. Barelona, Antropos. Entre los correspondientes a las autoridades contemporáneas aludidas se pueden citar los de QUINTANILLA, Miguel Angel (1976) Ideología y ciencia. Valencia, Fernando Torres y TRIAS, Eugenio (1987) Teoría de las Ideologías y otros textos afines. Barcelona, Península.

En resumen, entre las aproximaciones varias, hay una diferenciada, que es la que yo intento.

(10)HORMIGON, M. (1995) "Desahogo epilogal". In: HORMIGON, M. (1995) Paradigmas y matemáticas. Un modelo teórico para la investigación de la modernidad en historia de las matemáticas. Zaragoza, Cuadernos del Seminario de Historia de la Ciencia y de la Técnica de Aragón, nº 8, pp. 165-259.

(11) También en el ámbito de estas preocupaciones hay que situar los trabajos que he presentado en algunas reuniones científicas del año 1999. Ambas versaron sobre la internacionalización de las revistas matemáticas y tuvieron lugar en Charlottesville (Virginia), y Pontevedra. La reunión de Galicia fue el VII Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas y la americana estuvo dedicada al tema Mathematics unbound.

(12)No puede olvidarse que los arrianos fueron batidos militarmente por medio del singular Justiniano que derrotó a los godos. Y, en relación con esto, no puede pasarse por alto tampoco, que Arrio tuvo un seguidor tan cualificado científicamente como Isaac Newton.

(13)El propio Koyré lo señaló con rotundidad. Así, en la señera Historia General de las Ciencias que dirigiera René Taton y tradujera Manuel Sacristán, advierte con todas las letras: “Lutero, antes incluso de la publicación del De Revolutionibus, Melanchton antes y después, condenaron la nueva doctrina como contradictoria de las escrituras”. KOYRE, A. (1969) “La Revolución Copernicana”. In: René Taton (dir.) Historia General de ls Ciencias, vol. II. Barcelona, destino, p. 85.

(14)LEVACK, B.P. (1995) La caza de brujas en la Europa moderna. Madrid, Alianza.

(15)Entre las mujeres, desde Hypatia en la lejanía y desde Sonia Kowalevskaia o Enmy Noether casi en nuestros días, la historia ha tenido que ser, necesariamente, otra.

(16)Sobre Galileo y los jesuitas se ha escrito, se está escribiendo y se va a escribir mucho aún, porque aunque Galileo hace tiempo que murió y los galileanos han entibiado sus ardores críticos, los jesuitas –en conjunto y al margen de todos los miembros que forman la Compañía individualmente- siguen siendo una bien acreditada corporación, con sus familias y sus corrientes, entre las que no faltan quienes se obstinan en emborronar las imágenes del proceso de 1633 para enturbiar un poco las lecciones de la historia que en este caso no es muy honorable para ese colectivo. De cualquier forma, como en este caso la propia opinión de Galileo debería resultar relevante, puede bastar como botón de muestra la carta que con fecha 25 de julio de 1634 dirigiera a Elia Diodati –ampliamente reproducida en la literatura sobre el tema- en la que dice, entre otras cosas que “lo que me ha hecho y me hace la guerra no es sostener esta o aquella opinión, sino estar en desgracia con los jesuitas”. [GALILEO (1991) Antología. Ed. A cargo de Víctor Navarro. Barcelona, Península, p. 344.

(17) Además de la presencia en el tristemente célebre repertorio de libros prohibidos por la Iglesia Católica, la aparición de versiones suavizantes de las ya atenuadas por el propio Descartes indican que cualquier novedad era indeseable en el ámbito definido por las ortodoxias religiosas.

(18)Citado en BERNAL, J.D. (1968) Historia social de la ciencia. Barcelona, Ediciones Península, 2ª edición en español de la 3ª edición inglesa, p. 347.

(19)Sin duda uno de los casos más explícitos de esta actitud fue el de Newton que, a pesar de las significativas cotas de poder real y de influencia social que fue acumulando a lo largo de su vida, vivió su arrianismo en la clandestinidad hasta el mismísimo momento de su muerte. No sólo eso. La clandestinidad hipócrita se ha proyectado a través del tiempo hasta el siglo XX. Por ejemplo, en el segundo centenario de su muerte en 1927, cuando los papeles más relevantes de la ideología religiosa de Newton eran sobradamente conocidos, las autoridades británicas no tuvieron empacho alguno en reivindicar su figura desde todas las perspectivas posibles. Tanto fue así que E.V. Barnes, obispo de Birmingham y miembro de la Royal Society, se largó en la efemérides con un extenso discurso sobre las armoniosas relaciones entre la ciencia de Newton y la religión anglicana, hasta el punto que para Monseñor Barnes Newton debía ser tan apreciado como científico que como hombre de Iglesia. Y se quedó tan ancho. Claro que para todos no pasó desapercibido como prueba un conocido trabajo de Boris hessen. [HESSEN, B. (1999) “Prólogo a los artículos de A. Einstein y J.J. Thompson (con ocasión del 200 aniversario de la muerte de Isaac Newton)”. In: Pablo Huerga Melcón La ciencia en la encrucijada. Apéndice 4. Oviedo, Pentalfa Ediciones, pp. 493-503.

(20)Abellán destaca, por ejemplo, el distinto tenor de las obras de quienes residías en el extranjero más tolerante que las de los que escribieron al arrimo de la Corte en otras instituciones hispanas. ABELLAN, José Luis (1993) Historia crítica del pensamiento español. Tomo 3. El Barroco. La primera crisis de la conciencia española: los novatores. Madrid-Barcelona, Cículo de Lectores, pp. 429ss.

(21)Esto representó un escollo particularmente peliagudo en el asunto del hilezoísmo aristotélico y su perfecta concordancia con la eucaristía. Atacar en bloque a Aristóteles -lo que no deja de ser una posición tan gratuita como la contraria- por el mero hecho de ser Aristóteles, negaba el hilezoísmo y podía suponer el comienzo de las dificultades con el Tribunal del Santo Oficio. Penoso, pero no sólo en España. Vid. ABELLAN, op. cit., pp. 389ss.

(22) En realidad esto no es un invento del siglo XX. Desde tiempos tan alejados como los de Ambrosio de Milán o Agustín de Hipona se teorizó la idea de la guerra justa (bellum iustum ) en el que estaba incluido, por supuesto, el caso de la guerra ofensiva, instrumento eficacísimo para justificar el asesinato en masa de los infieles. [Vid. DESCHNER, Karlheinz (1990 – 1998) Historia criminal del cristianismo. Barcelona, Martínez Roca]

(23) DESCHNER, op. cit., t. 9, p. 143.

(24) La literatura específica sobre las relaciones entre ciencia y religión es bastante abundante. Con los sesgos comentados y los partidismos insalvables, producidos por razones de contenido ideológico, se han escrito muchos trabajos sobre los temas que en este apartado se comentan y muchos otros sobre episodios de confrontación o armonización entre pensamiento científico y creencia religiosa a lo largo de la historia. En esta dirección es ilustrativo el libro relativamente reciente del profesor de la Universidad de Lancaster, John Hedley Brooke, [BROOKE, John Hedley (1991) Science and religion: some historical perspectives. Cambridge, Cambridge University Press]., en el que además de repasar determinados momentos estelares de la interacción en un sentido u otro, como la Revolución Científica, la Reforma, la Ilustración o el siglo XX, entre otros, aporta un extenso ensayo bibliográfico de más de cincuenta páginas de utilidad nada despreciable.

(25)De todas formas, los portavoces del Vaticano no han contribuido precisamente a la busqueda de la ecuanimidad al insistir en la interpretación psicologista de los procesos de Galileo y Bruno. Los llamamientos de Juan Pablo II a la profundización en los pormenores del proceso suenan más a desfachatez que al intento sereno de reflexionar sobre los gruesos errores, que algún autor como Deschner ya ha llamado criminales, que la Iglesia Católica ha cometido en el transcurso de los dos últimos milenios. Mientras no se enfoque autocríticamente la actuación de cualquier tipo de tribunal represivo productor de víctimas por causas de opinión religiosa, la reflexión no será válida. Y si hay voluntad sincera, no puede llegarse a otra consideración que la de señalar que la actuación de los inquisidores católicos -y de cualquier otro tipo de inquisidores de cualquier otra iglesia- fue intrínsecamente perversa.

(26)Algunos ejemplos: “La sociedad suiza Ciba-Geigy ha así utilizado, en 1976, seis adolescentes egipcios para testear el Galécrom, un insecticida prohibido en la Confederación Helvética pues es tóxico; provoca cefaleas, vómitos y trastornos en el aparato urinario. Además, induce tumores en las ratas. El producto era utilizado desde 1964. Al mismo tiempo en que Ciba-Geigy arrojaba de forma intencionada el Gelécrom sobre los cobayas humanos egipcios, la sociedad gastaba 30 millones de francos en mejorar las medidas de seguridad en su fábrica suiza para reducir el contacto de sus empleados con esta peligrosa substancia. … El periódico especializado Ecotoxicology and Environmental Safety ha publicado, en 1979, una comunicación científica proveniente del Centro de Investigación de Ciba-Geigy en India. Se trataba del esparcimiento del insecticida Monocrotophos, primero sobre un grupo de 5 mujeres y 12 hombres de 13 a 57 años, luego sobre un segundo grupo de 21 hombres de 22 a 30 años; pero mientras el primer grupo no había sufrido más que un solo esparcimiento aéreo del producto, el segundo ha sido rociado durante tres días (sólo 12 hombres pudieron soportar esta terrile ducha tres días seguidos. //Preciso como un escalpelo de cirujano, R.R. Rao y sus colaboradores precisan que los hombres han sido rociados con el torso desnudo, las mujeres solamente con vestidos ligeros, todos permanecieron sesenta minutos en el campo de algodón una vez acabado el esparcimiento …” [LARBI BOUGUERRA, M. (1993) La recherche contre le tiers monde. Paris, PUF, pp. 85-86]. También puede verse más brevemente en BARBER, Bernard (1976) “The ethics of experimentation with human subjects”. Scientific American 234, pp. 25-31.

(27) No deben extrañar las cautelas en estos temas. Recuerdo la impresión que me produjo la visita en 1981 al museo -que no sé si seguirá existiendo todavía- instalado en el antiguo campo de Buchenwald. En la colección de fotos de los represores protagonistas de aquel siniestro lugar y en los breves resúmenes de la evolución posterior – a sus actividades en el campo- de sus biografías. se podía constatar una impresión bastante extendida: la de la comprensión de la República Federal Alemana hacia los alemanes con graves responsabilidades en el aparato represivo nazi. Desde luego mucho más comprensiva –porque podían seguir, por ejemplo, ejerciendo sus profesiones sin ningún tipo de limitación que la que se han encontrado los alemanes que participaron en la construcción del primer estado obrero y campesino sobre suelo alemán en nuestros días. Y no sólo eso. Porque esa comprensión también fue muy distinta a la que recibieron los vinculados al pensamiento de izquierda que podían ser víctimas del berufsverboten, lo que les podía impedir ejercer de maestro o de maquinista de tren, entre otras cosas.

(28)SIEGMUND-SCHULTZE, Reinhard (1998) Mathematiker auf der Flucht vor Hitler. Quellen und studien zur emigration einer Wissenschaft. Braunschweig/Wiesbaden, Deutsche Mathematiker-Vereinigung, Documente zur Geschichte der Mathematik, Band 10.

(29) LEISER, Eckart (1999) “Matemáticos en fuga de Hitler: hechos, mitos y su investigación. Apuntes relativos al libro de Reinhard Siegmund-Schultze”. LLULL, 22(43), 199-209.

(30) SIEGMUND-SCHULTZE, op. cit., pp. 144-145.

(31) Ibidem, p. 145. Las traducciones son de Leiser.

(32) Ibidem, pp. 264-268.

(33) De todas formas, para que no quede sombra de duda respecto a la valoración positiva que Leiser hace del libro de Siegmund-Sultze -y que yo comparto-, véase la impresión general que reproduzco a continuación: “Pero hay que subrayar otra vez que todo esto no puede imputárselo a una falta del trabajo llevado a cabo, porque es nada más la consecuencia de una opción metodológica que luego el autor pone en práctica escrupulosamente: una sinopsis cuasi estadística de fenómenos a base de una recopilación amplísima de materiales. Teniendo en cuenta este hecho, para hacer justicia a este trabajo extenso, penoso y valioso, el modo de lectura debería adaptarse de antemano: Para sacar el mayor provecho vale más concentrarse en los documentos y tomar los criterios interpretativos introducidos por el autor como esbozos sugestivos que el lector puede completar por sus propias conjeturas. El autor mismo anima a proceder así, poniendo al final de los capítulos unos bocetos que sirven para profundizar y concretar la comprensión de los fenómenos planteados a base de una exposición más extensa y coherente de un acontecimiento ejemplar.

(34) Ibidem, p. 301.

(35) LEISER, op. cir. p.205.

(36) Los últimos años han deparado una avalancha de casos en los que se presenta a la ideología dominante en la URSS, sobre todo en el periodo de Stalín, como un claro elemento de distorsión en la ciencia, debido a la acción directa de una ideología perversa. Entre los casos que se han exhumado es pintoresco el de la teoría de resonancia a la que se acusó de burguesa y anglo-americana. Un intento de repetir más tarde una operación semejante en la química, acusando, durante el período de la Guerra Fría, a la teoría de resonancia como burguesa y anglo-americana [PECHENKIN, Alexander A. (1995) “Anti-Resonance Campaign in Soviet Science”. LLULL 18 (34), pp. 135-158] y su desenlace inocuo en el terreno científico, social y administrativo. Es particularmente ilustrativa la respuesta de Kara-Murza al trabajo de Pechenkin en las páginas de a misma revista. [KARA-MURZA, Serguei (1995) “Siguiendo la receta de Orwell. Comentario al artículo de A.A. Pechenkin”. LLULL 18 (34), pp. 159-166..

(37) La historia está contada en FARLEY, J. y GEISON, G. L. (1974) "Science, Politics and Spontaneous Generation in Nineteenth-Century France: The Pasteur-Pouchet Debate". Bull. History of Medicine, 48(2), 161-198.

(38) Vid. WUSSING, H. & ARNOLD, W. (1989) Biografías de grandes matemáticos. Zaragoza, PUZ, p. 547.

(39)A pesar de las falsedades y mentiras que se contienen en algunos de ellos y de los componentes legendarios de la mayoría no se debe hacer un gran esfuerzo intelectual para admitir que se ha matado y se ha muerto por razón de las creencias religiosas en casi todos los momentos de la historia. Incluido el final del siglo XX.

(40) MENENDEZ Y PELAYO, M. (1953-4) La Ciencia Española. Edición preparada por Enrique Sánchez Reyes, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Santander, 3 volúmenes. [Nihil obstat: Augustinus M. Pelayo, Canónicus Magistralis. Censor. Imprimatur: Josephus, Episcopus Santanderiensis].

La Ciencia Española fue una obra construída a lo largo de más de una década. El primer libro de tal título lo publicó Menéndez y Pelayo en 1876. Lanzó la segunda edición en 1880 y apareció, ya en tres volúmenes, en los años 1887-88.

(41)Ibidem, vol. 2, p. 9.

(42)Ib., vol. 2, p. 16.

(43)A causa de la expulsión de los judíos primero, de los moriscos después y de la mala gestión de los gobernantes.

(44)Quizás asustado de su propia confesión añade a pie de página en la tercera edición este comentario que tampoco es que arregle muchas cosas: "Tómese esto por expresión desenfadada y extremosa. Más cristiano es trabajar y no matar a nadie. Lo cual no es condenar la licitud de las guerras por causa de religión, ni dejar de comprender su razón histórica".

(45) SIEGMUND-SCHULTZE, op. cit., p.183.

(46) Ibidem, p. 167.

(47) Ibidem, p. 151 y ss.

(48) POIRIER, Jeam-Pierre (1993) Lavoisier. Paris, Éditions Pygmalion/Gérard Watelet.

(49) Ibidem, p. 409.

(50) Cualquier persona que haya pasado por comisarías de policía o cárceles en tiempos de represión habrá tenido que escuchar que los torturadores son funcionarios que no hacen más que cumplir órdenes. El mundo hispánico –España, Chile, Argentina , Uruguay, etc.- ha sabido bastante de esto en las últimas décadas del siglo XX..

(51) POIRIER, op. cit. Pp. 412-414.

(52) Poirier cita a este respecto a Dionis de Séjour y y Vicp d’Azyr.

(53) YATES, F. A. (1964) Giordano Bruno and the hermetic tradition. Chicago, University Press.

(54) 4-5.56 BERNAL. Las cursivas son mías. M.H.

(55) SERVET, Miguel (1553) Christianismi Restitutio. Libro V. Es conveniente hacer un inciso una vez más sobre un hecho que ha causado algún quebranto en el orgullo patrio de los españoles en general y de los aragoneses en particular, respecto a la reclamación de la prioridad de Servet respecto a Harvey sobre la formulación del tema de la circulación menor. Cronológicamente no hay duda. Mas en descargo de la comunidad científica de la época, no pueden pasarse por alto algunos detalles. El enunciado de Servet se encuentra en un libro religioso que parte del planteamiento que se acaba de citar, factor no desdeñable a la hora de llamar la atención y el interés por médicos o naturalistas de su época, aunque no fueran unos descreídos. El de Harvey, sin embargo, es un trabajo monográfico titulado Exercitatio Anatomica de motu cordis et sanguinis in animalibus (Ejercicio anatomico sobre el movimiento del corazón y de la sangre en los animales). El reclamo era, desde luego, de diferente tenor.

(56)Sobre este particular recomiendo la lectura del libro de Pérez de Laborda ya citado y el de CUESTA DUTARI, Norberto (1985) Historia de la invención del análisis infinitesimal y su introducción en España. Salamanca, Ediciones de la Universidad de Salamanca.

(57) En este aspecto no puede pasarse por alto que desde los mismos tiempos de Newton, Juan Bernoulli lanzó más de un dardo contra la cámara acorazada del prestigio del físico inglés. Al igual que tampoco se puede olvidar cómo en los momentos de reflexión sobre el declive de la ciencia inglesa a comienzos del siglo XIX, los d-ístas rompieron una lanza explícita a favor de la liberación de la opresiva imagen de Newton. En esta misma órbita, las incursiones de Augustus de Morgan en la vida de Newton y el escándalo que suscitaron también sirven para probar la ausencia de unanimidad.

(58) El biógrafo moderno de Newton es Richard Wetsfall, que realizó un extenso trabajo sobre Newton en 1980 [WESTFALL, R. (1980) Never and rest: a biography of Isaac Newton. Cambridge, Cambridge U.P.] del que extractó para el gran público, al estilo de muchos científicos que utilizaron la costumbre, una biografía [WESTFALL, R. (1993) The life of Isaac Newton. Cambridge U.P.] que ha sido traducida a muchos idiomas modernos. Ello no obstante, no se puede olvidar que en la voz Newton del Dictionary of Scientific Biography que dirigió Guillispie, que fue encomendada a Yuschkevitch, la sección bibliográfica abarca un poco más de diez páginas, desde la 93 hasta la 103 del volumen 10 ni que entre la publicación del DSB y nuestros con motivo del tricentario de los Principia creció muchísimo la bibliografía sobre este autor y su obra. Incluso en 1999 ha aparecido otro libro ilustrativo de otro especialista, el profesor de historia de la ciencia de la Universidad de Bolonia, Niccolò Guicciardini que ya publicó el año anterior una introducción a Newton titulada Newton: un filosofo della natura e il sistema del mondo. El último se titula: Reading the Principia. The Debate on Newton’s Mathematical Methods for Natural Philosophy from 1687 to 1736 [Cambridge University Press] Vaya por delante este aviso sobre una elección que. por parcial y escueta, está lejos de la pretensión de exhaustividad, porque lo que aquí se pretende es abrir propuestas para debatir.

(59) Aunque luego se insistirá sobre esto, quiro adelantar que la figura y la obra de Newton es glosada y aludida en muchas ocasiones, que no cito explícitamente para no dar publicidad a un tipo de literatura histórico-científica de muy deficiente hechura, dado que normalmente se trata de subproductos del plagio más vulgar, adornados de zafia hagiografía.

(60) PEREZ DE LABORDA, op. cit., p. 5.

(61)Vid. HUERGA MELCON, Pablo (1999) La ciencia en la encrucijada. Análiis crítico de la célebre ponencia de Boris Mijailovich Hessen, Las raíces socioeconómicas de la mecánica de Newton, desde las coordenadas del materialismo filosófico. Oviedo, Pentalfa Ediciones. Prólogo de Serguei Kara-Murza.

(62) Ibidem, p. 145.

(63) PEREZ DE LABORDA, op. cit., p. 6.

(64) Ibidem, pp. 6-11.

(65) Las cursivas son de Pérez de Laborda.

(66) PRIGOGINE, I. y STANGERS, I. (1986) El orden a partir del caos. Moscú, Progreso (en ruso), p. 93.

(67) BAÜMER, A. (1989) "Christian Aristotelianism and Atomism in Embryology". In: XVIIIth International Congress of History of Science. Hamburg. Abstracts. G1 2.

(68) KARA-MURZA, S. y HORMIGON, M. (1990) "Ciencia e Ideología". LLULL, 13 (25), pp. 503-504.

(69) TODES, D. P. (1989) Darwin without Malthus: the struggle for existence in russian evolutionary thought. N.Y.-Oxford, Oxford University Press.

(70) MARTINEZ-CONTRERAS. J. (1985) "Frédéric Cuvier and the origin of modern primatology". In: XVII Internat. Congress..., Bj.

(71) McLAUGHLIN, P. (1985) "The rational core of eighteenth-century theories of spontaneous generation, on the example of Buffon". In: XVII Internat. Congress ..., Bb.

(72)FARLEY, J. y GEISON, G. L. (1974) "Science, Politics and Spontaneous Generation in Nineteenth-Century France: The Pasteur-Pouchet Debate". Bull. History of Medicine, 48(2), 161-198.

(73)En España, por ejemplo, los ámbitos de la Geometría y la Topología han estado fuertemente controlados por el Opus Dei en las últimas décadas. Ello no obstante, a medida que los ámbitos científicos perdían relevancia social en beneficio de las áreas sociales (Economía y Derecho) la actividad de los grupos de presión más influyentes también ha virado el horizonte de su interés hacia estos medios.

(74)En el marco del actual orden mundial la derecha no tiene dificultades para entretejer sus redes de influencia y, por ello, puede presentarse sin disimulos en los medios académicos, respaldada como está por el conjunto de los poderes fácticos del mundo desarrollado. Con el término izquierda académica me refiero al perfil, extendido en el mapa de las universidades, de algunos patrones que pueden adoptar aires de izquierda dentro del ámbito educativo pero cuyas conductas dentro y fuera de los recintos docentes son marcadamente sectarias y coincidentes con la derecha social. En la gama de los innumerables gropúsculos llamados gauchistas y en otros medios similares hay igualmente posiciones próximas a las antedichas. Y más en un momento como el presente en el que las fuerzas más conservadoras de la sociedad han conseguido dos objetivos de enorme importancia ideológica. Por una parte, han desacreditado a los partidos y organizaciones políticas y, casi por definición, a quienes militan en ellos. Por otra, han conseguido que quienes aún mantienen posiciones organizadas de lucha social, se liberen de este tipo de contaminación cuando acceden al aula para enseñar o al laboratorio para investigar. Faena redonda.

(75)No es cuestión de contar chismes, pero por haberlo escuchado de personas competentes y conocedoras de la administración académica, tengo conocidos algunos episodios sobre cómo han alcanzado la tenure en universidades norteamericanas de prestigio algunos vociferantes exiliados cubanos con curricula que, de haber sido exhibidos por profesores norteamericanos, jamás la hubieran conseguido.

(76)En las organizaciones internacionales más que la ideología, que oficialmente puede ser contrapuesta, lo que subyace es un espíritu de clan muy adecuado. Desde luego lo que se prodiga poco en estos medios es la transparencia.

(77)Utilizo a conciencia el término importancia en el sentido que le dio Galois en su carta a Chevaley.

(78)Sobre este tema y preferentemente dirigido al universo matemático puede verse mi trabajo HORMIGON, M. (1998) "Las escuelas en la historia de las matemáticas". In: C. García, C. Olivé, M. Sanromà (eds.) Proceedings IV Journées Catalanes de Mathématiques Appliquées, Tarragona, Universitat Rovira i Virgili, pp.61-70. De más general enfoque son los trabajos de los simposios que S.S. Demidov y yo hemos organizado en el marco de los dos últimos congresos internacionales celebrados (1993 y 1997) y de los que hasta ahora solamente han salido publicados los trabajos del primero en el volumen correspondiente a 1997 de la revista Istoriko matematichiskie Issledovania. Las contribuciones son las siguientes: DEMIDOV, S. “L’Histoire des mathématiques en Russie et en URSS en tant qu´histoire des écoles”, pp. 9-21. HORMIGON, M. “The formation of the Spanich mathematical community”, pp. 22-55. MENGHINI, M. “The Italian school of algebraic geometry: its firts steps and its contacts with abroad”, pp. 56-64. OTERO, M. “Sobre los orígenes de la escuela matemática uruguaya”, pp. 65-79. PHILI, Ch. “Sur le developpement des mathématiques en Grèce durant la periode 1850-1950”. Les fondateurs”, pp. 80-102. ROWE, D. “Research schools in the United States: 1850-1950”. 103-127.

(79) Quizás no sobre insistir en que tampoco esta característica es exclusiva de los países poco desarrollados académicamente. Si no. Repásese la vida en la Universidad de Oxford de Alistair Crombie y sus entornos humanos que le rodearon en la disciplina de historia de la ciencia y extráiganse las consecuencias pertinentes.

(80)Estos proyectos aparecen con cierto disimulo ante la sociedad. Así, como quiera que resultaría un tanto descarnado aludir directamente a la fabricación de armas de inequívoca maldad, se presentan como proyectos en los que se trabaja en paliativos, sistemas de prevención o vacunas contra los efectos producidos por dichos artefactos. Lo que no se dice es que cuando se hace la vacuna se está produciendo también el agente que causa el daño a quien carezca del remedio. Es comprensible y conocido que de algo hay que vivir, pero hay que tener un estómago especial para dedicar la vida científica a este tipo de investigaciones.

(81)A título de ejemplo, el sida de Rock Hudson y otras estrellas hollywoodienses han merecido y merecen mucha mayor atención que las víctimas del hambre, las epidemias o el propio sida en amplias zonas de Africa, Asia o América Latina.

(82) HORMIGON, Mariano & KARA-MURZA, Serguei (1997) “La influencia de las contribuciones científicas en los aspectos ideológicos de la economía política”. Archives Internationales d’Histoire des Sciences, 47 (139), 346-388.

(83) Ibidem, p. 351.

(84) LEVY-STRAUSS, C. (1990) Antropología estructural. México, Siglo XXI, p. 302.

(85) Si las expresiones más explícitas del catolicismo se toman del Vaticano o de los territorios en los que esta sensibilidad religiosa está más afianzada y desde hace más tiempo, con el protestantismo cabe tomar la misma pauta. Lo señalo porque los sentimientos de los escasos protestantes que se atrevieron en la España del comienzo de la Edad Moderna –y en otros territorios similares- a practicar la religión reformada sí tenían esos sentimientos de proximidad humana que producen la clandestinidad y la persecución. Pero éstos no articularon el paradigma. Lo hicieron otros.

(86)WEBER, Max (1993) La ética protestante y el espítitu del capitalismo. Barcelona, Península, pp. 127-129.

(87) Ibidem, p. 71.

(88) Ibidem, p. 48.

(89)Esta denominación, por respeto a Marx, quedó prácticamente como un apartado de los planteamientos económicos solamente en los países del socialismo real.

(90)Sobre esto de los modelos matemáticos es preciso señalar que el papanatismo dominante ha generado situaciones que rayan sin mucha dificultad en el esperpento. Respeto, porque conozco las dificultades que conlleva y la seguridad que puede deducirse de algunos planteamientos, el abordaje matemático de toda la fenomenología natural que se atrevieron a acometer, estudiar y resolver las matemáticas y la física clásicas. Hay muchos y algunos muy bellos problemas ingeniosamente tratados y cuya solución ha contribuido de manera determinante en la mejora de las condiciones de vida de las gentes. Lo que ya no puedo comprender de forma tan admirativa es el llamado trabajo investigador cotidiano de algunos grupos investigadores de muchas universidades que enfocan la modelación al revés. Esto es, lo usual en física matemática era describir el problema, adaptarlo para poder establecer el proceso de matematización, construir el modelo y hacerlo funcionar. Eso, aunque no siempre está cerca de la realidad, tiene virtudes. Lo que yo creo que no las tiene es el proceso inverso. Esto es, se toma un teorema ya demostrado con una multiplicidad de variables y parámetros, se elige un escenario aplicado que pudiera ser susceptible de encajarse en todo o en parte en las condiciones del teorema y a continuación se van quitando condiciones enojosas al escenario natural, hasta hacerlo encajar en el teorema de partida. Eso a mi me parece una pérdida de tiempo para desocupados, porque nada positivo se podrá concluir de ese modelo tan artificiosamente construido.

(91) No siempre, porque a veces las implicaciones son serias. No se puede pasar por alto, por ejemplo, a este respecto el impacto que han tenido las conclusiones matemáticas del invierno nuclear sobre las que el propio Pentágono ha tenido que concluir que una confrontación nuclear, así en la Tierra como en el Cielo, esto es, en la atmósfera o en la estratosfera, tendría resultados calculables y desastrosos para vencidos y vencedores. Pero esta seguridad es menor cuando se trabaja con otro tipo de sistemas más complicados y con mayor número de matices, como demuestra todas las ciencias en las que se ha sustituido el paradigma de la certeza por el paradigma probabilístico.

(92) Para una pormenorizada exposición de los procesos de matematización de la economía hay que ver el libro de INGRAO, Bruna & ISRAEL, Giorgio (1987) La mano invisible. L’equilibrio economico nella historia della scienza. Roma, Laterza.

(93) Citado por EASLEA, Brian (1977) La liberación social y los objetivos de la ciencia. Madrid, Siglo XXI, p. 134.

(94) KRISTOL, I. (1981) “Rationalism in Economics”. In: The Crisis in Economic Theory. New York, Basic Books, p 210.

(95) Una evolución del concepto de economía política se puede ver en NAREDO, J.M. (1987) La economía en evolución. Historia y perspectiva de las categorías básicas del pensamiento económico. Madrid, Siglo XXI.

(96) DRUCKER, P. (1981) “Towards the Next Economies”. In: The Crisi in Economic Theory. New York, Basic Books, p. 7.

(97)Para una comprensión más profunda de lo que quiero expresar con este término debe consultarse HORMIGON, M. (1996) "Paradigms and Mathematics" In: E. Ausejo & M. Hormigón (edts.) Paradigms and Mathematics. Zaragoza. Siglo XXI de España Editores, pp. 1- 113.

(98)En un trabajo de investigación dirigido a un público suficientemente cultivado me ahorraré la justificación de la temporalidad del modelo. Sobre la imposibilidad de su extensión geográfica me remito a todos los estudios sobre el efecto invernadero y la imposible globalización (salvo la voluntaria inmolación suicida del género humano) del superdesarrollo.

(99) Vid. KARA-MURZA, S. y HORMIGON, M. (1990) "Ciencia e Ideología". LLULL, 13 (25), pp. 447-513.

(100) Citado en TUÑON DE LARA, M. (1973) La España del siglo XIX. Barcelona, Laia, p. 158.

(101) BERNAL, JOHN D. ((1975) La libertad de la necesidad. Tomo I. Madrid, Editorial Ayuso, pp. 36-38.

(102) PESTAÑA, Angel (1998) “Economía política de la biotecnología”. In: Alicia Durán y Jorge Riechmann (Coordinadores) Genes en el Laboratorio y en la fábrica. Madrid, Editorial Trotta-Fundación 1º de Mayo, pp. 33-52.

(103) Ibidem, pp. 37-38.

(104) Ibidem, p. 50.

(105) LEISER, ECKART (1991) Hegemonie und Methode in der etablierten Psychologie. München, Profil.

(106) LEISER, Eckart (1999) “Hegemonía y estadística en la psicología alemana: Estudio histórico de una guerra despiadada contra la heterodoxia”. LLULL, 22 (45), pp. 675-686.

(107) Entre estos trabajos deben destacarse algunos publicados precisamente en castellano como

(108) Citado por LEISER, Eckart (1999) “Hegemonía … , p. 679.

(109)Esto he tenido oportunidad de experimentarlo personalmente en cuantas ocasiones he expuesto en público las ideas que hasta aquí he presentado. Después de señalar los distintos grupos de apartados en la relación entre la ciencia y la ideología y después de haber señalado incluso el acuerdo con el meollo substancial de mis manifestaciones, siempre se sale con una cantinela parecida a ésta: Yo estoy de acuerdo con la exposición, sin embargo, lo que yo hago todos los días en el laboratorio no concuerda con su planteamiento, porque yo no sé donde puede esconderse la ideología de nadie en mis mediciones. Normalmente, este tipo de salidas -bienintencionadas- se debaten dentro de los términos corteses que recomiendan los usos y costumbres de la buena educación, pero si no se fuese tan cuidadoso con las formas, cabría repreguntar al interviniente de turno: ¿Está Vd. seguro de que lo que hace es ciencia? ¿No sería más apropiado hablar de rutina procedimental similar a la del albañil que coloca los ladrillos siguiendo unas reglas teóricas que aplica en la práctica con rigor y cuidado? Nadie se atreverá a objetar un ápice sobre la importancia social del trabajo de albañilería, pero no creo que pueda calificarse de ciencia, por lo menos en los términos teóricos que se acostumbran en los medios académicos. Pues bien, muchos trabajos que se realizan en bastantes laboratorios y en no menos numerosos despachos tienen los mismos procesos prácticos basados en la anotación de medidas y en la repetición de rutinas o subrutinas -algunos entes científicos ya se llaman así- realizadas con aparatos y esquemas teóricos más sofisticados que la paleta del albañil, aunque, a menudo, bastante menos útiles socialmente.

(110)LANGE (Geschichte der Materialismus): “Alemania es el único país del mundo en que el boticario no puede hacer una receta sin tener conciencia de la elación existente entre su actividad y la constitución general del universo”.

Citado por William Cecil Dampier (1986) Historia de la Ciencia y sus relaciones con la Filosofía y la Religión. Madrid, Tecnos, p. 331.

(111) Sobre la profesionalización de los científicos hay escritas piezas sobradamente interesantes. En lo que procede del entorno inmediato cabe destacar el trabajo de AUSEJO, Elena (1998) “El oficio de Matemático en la Edad Contemporánea (1808-1936)”. In: Matemática y Región: La Rioja. Logroño, Instituto de Estudios Riojanos, pp. 211-226 en el que además de referencias a España hay reflexiones generales y comparativas valiosas no sólo sobre las Matemáticas. Referente a la profesionalización en otros países hay trabajos monográficos de muchos otros autores.

(112)Dicho sea con todos los respetos hacia la entidad intelectual de la técnica, preñada de posibilidades y situaciones creadoras para la industria, para la propia técnica y para la ciencia, como la historia se encarga de probar sobradamente en los últimos doscientos años y con bastante propiedad en todos los tiempos anteriores. En todo caso, a lo mejor sería convenientes crear nuevas palabras para delimitar situaciones no asimilables.

(113) Los Testimonios para la experiencia de enseñar forman una colección publicada por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República (República Oriental del Uruguay) y de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (República Argentina). El correspondiente a Massera es VV.AA. (1999) José Luis Massera. Matemático, científico, docente, investigador. Testimonios para la experiencia de enseñar. Buenos Aires-Montevideo.

(114) Ibidem, p. 65.

(115) Ibidem, p. 19.

(116) BREZINSKI, Claude (1993) El oficio de investigador. Madrid, Siglo XXI de España Editores, S.A., p. 4.

(117) En teoría y como experimento puede estar teóricamente muy bien, pero yo no me atrevería a recomendar esta práctica sin explicación previa posterior, pues la mala fama puede caer sobre los intervinientes y sobre el propio equipo que ha acogido a semejantes ignorantes para hacer una carrera académica. Sobre todo en determinados ámbitos culturales estas huidas hacia delante pueden tener sus riesgos.

(118) Lo escribo en condicional porque entre las limitaciones más evidentes de los seres humanos se encuentra la de la finitud de sus acciones que a mi me afectan más incluso que a otras personas con probada y mayor capacidad de trabajo y de talento. No obstante, no debe olvidarse que lo prometido en el rótulo de este trabajo es esbozar las propuestas para un debate sobre la ciencia y la ideología y, en esa dirección los asertos anteriores tienen una vigencia indiscutible.

(119)Dicho sea sin ánimo ninguno de referirme ni para bien ni para mal a Ortega. Este autor, cada vez mejor situado en el panorama de la filosofía española del siglo XX, como uno de los más conservadores y reaccionarios amantes de la sabiduría nacidos en suelo hispano. Pero, ya que ha salido a colación inesperada, aprovecho la ocasión para recomendar la lectura del libro de MORAN, Gregorio (1998) El maestro en el erial. [Barcelona. Tusquets Editores]. Desde luego que todas las personas interesadas en las mutuas relaciones entre la ciencia y la ideología disfrutarán del contenido que sirve para entender muy bien los avatares de las biografías científicas de algunos pretendidos santones del pensamiento español contemporáneo.

(120) BACON, Francis (1975) Instauratio Magna – Novum Organum – Nueva Atlántida. México, Editorial Porrúa. Estudio introductivo y análisis de las obras por Francisco Larroyo, p. 66.

(121) Desde luego solo en principio, porque desde luego ahora sigue habiendo hombres y mujeres de ciencia creyentes en el elenco de religiones que más se usan e incluso fanáticos, que no tienen empacho alguno en considerar compatibles sus creencias y su práctica científica.

(122)Este problema está tratado en SOLIS, C. (1990) El camino del agua. Madrid, Mondadori

(123) incorregibles idealistas que como la mujer del Evangelio, creerán haber elegido la mejor parte escrutando las propiedades del espacio, y analizando en sus rincones más sutiles la idea de función esa parte no les será arrebatada. PICARD, E. (1921) "Allocutions". In: Compte rendu du Congrès International des mathématiciens. Strasbourg, 22-30 septembre 1920. Toulouse, pp. XXVI-XXIX y XXXI-XXXIII.

(124) Para hacerse una idea cabal de la importancia de este voluminoso texto de 681 páginas en 4º, quizás baste recordar que ha sido reimpreso -que yo sepa- hasta 1989. ROUTLEDGE, R. (1989) Discoveries and Inventions of the Nineteenth Century- London, Bracken Books.

(125) ROUTLEDGE, op. cit., p. 1.

(126) Se lleva poco en los medios de comunicación actuales el estudio comparativo de ese tipo de factores.

(127) Nótese que me estoy refiriendo al siglo XIX y, por ello, no incluyo a Japón en la nómina de países desarrollados científicamente. El despliegue tecnológico de Japón –el científico es toda una incógnita histórica y está pendiente del correspondiente análisis- se llevó a cabo en el siglo XX y fue subsidiario de Alemania hasta la Segunda Guerra Mundial y de los Estados Unidos, después.

(128) Price, que a fin de cuentas es el autor de los términos pequeña y gran ciencia, señla que los orígenes históricos de ésta no iban más allá del proyecto dirigido por Oppenheimer, al que añadía los cohetes de Cabo Cañaveral, el descubrimiento de la penicilina y la invención del radar y de los ordenadores electrónicos. [PRICE, D.J. S. (1973) Hacia una ciencia de la ciencia. Barcelona, Ariel, Primera edición castellana del original inglés aparecido diez años antes, p. 37].

(129) Hoy, sin embargo, toda una incógnita sobre su presente y su futuro.

(130) Véase, por ejemplo, el INFORME MUNDIAL SOBRE LA CIENCIA. Madrid, Santillana/Ediciones UNESCO.

(131) PEREIRA DA SILVA, Clovis (1999) A matematica no Brasil. Uma história de seu desenvolvimento. Sao Leopoldo, Ed, Unisinos. 2ª ediçao revista e ampliada. Apresentçao Ubiratan D’Ambrosio, p. 33.

(132) La famosa Polémica de la Ciencia española, que se libró entre conservadores y liberales en el último cuarto del siglo XIX, y que coleó durante mucho tiempo -a pesar de los intentos del franquismo de acabar con ella por decreto- se libró en buena medida a golpe de listazos de nombres más o menos nutridos. De ahí, mi escepticismo con semejante método probatorio. Sobre este particular aspecto de la famosa Polémica me he extendido un poco más en otro lugar. Vid, AUSEJO, E. & HORMIGON, M. (1998) “La Historia de las Matemáticas en España (Primera Parte): un arma cargada de futuro”. Saber y Tiempo, Vol. 6, pp. 25-50.

(133) DAVIS Philip J. & HERCH, Reuben (1981) The Mathematical Experience. Boston-Basel-Stuttgart, Birkhäuser, pp. 34-39.

(134) En stand by, en terminología inglesa.

(135) El caso más notable fue el de la Guerra del Vietnam, que nunca se declaró. El último el de la Guerra librada por la OTAN contra Yugoslavia que tampoco fue ratificada por los parlamentos de los países agresores.

(136) La literatura sobre estos episodios es abundante. Para este caso particular puede verse WISE, David (1976) La política de la mentira en E.E.U.U.. Buenos Aires, La Pléyade. Especialmente el capítulo “El secreto, la seguridad nacional y la prensa”. La primera edición de este libro apareció el 14 d mayo de 1973 con el título The politics of Lying, o sea la misma semana en que el Comité Watergate del Senado comenzó con sus audiencias televisadas. Luego vendría lo que se caracterizó como la mayor crisis moral y política de la historia moderna de los Estados Unidos.

(137) HAGER, Nick (1996) Secret power. Nelson (New Zealand), Craig Potton, 299 pp.

(138)Aunque este es el aspecto que aquí interesa más, porque los ardientes defensores de la ciencia pura no aceptarían en una primera instancia que la ciencia deba ser clasificada como materia militar, naturalmente, ha habido excepciones, como la guerra del Golfo, en 1991, en la que se espió desde la estación británica F83, en Menwith Hill, la más grande del mundo, con más de 1.400 agentes que trabajan en una instalación de 560 acres al norte de Yorkshire. Desde Menwith Hill operan, entre otros, tres satélites espías codificados con los nombres Vortex, Magnum y Orion.

Wayne Madsen, autor de El palacio de rompecabezas y uno de los principales expertos del mundo en seguridad electrónica, ha descrito otro hecho político-militar ocurrido el 21 de abril de 1996, cuando el presidente checheno Dzokhar Dudayev murió alcanzado por dos misiles rusos que destruyeron su cuartel mientras él hablaba por su teléfono móvil con Moscú acerca de posibles negociaciones de paz. Madsen sostiene que Rusia contó con la ayuda de EEUU a través de la red Echelon para interceptarlo, en unos momentos en que Occidente estaba interesado en mantener a Yeltsin en la Presidencia y afianzar la seguridad de un conducto de petróleo que cruzaba Chechenia y que era propiedad de un consorcio occidental. Esta teoría tambien la apoya otro experto en seguridad, Martin Streetly, editor de la obra «Jane's Radar and Electronic Warfare Systems».

(139) Aquí reside uno de sus talones de Aquiles. Los grupos críticos contra la presencia de este Gran Hermano electrónico han realizado una llamada planetaria para provocar un enorme sobreesfuerzo a Echelon, en una especie de mailbombing (envío masivo de correos electrónicos) realmente original. Organizan jornadas a nivel mundial en las que solicitan, como protesta contra el espionaje, que todo el mundo escriba y envíe al menos una carta electrónica en la que aparezca alguna de las palabras de la lista secreta de Echelon.

(140) BACON, Francis (1975) Instauratio Magna – Novum Organum – Nueva Atlántida. México, Editorial Porrúa. Estudio introductivo y análisis de las obras por Francisco Larroyo, pp. XXIV-XXV. Las dos primeras obras obras fueron publicadas en 1620. La New Atlantis fue una obra póstuma aparecida en 1627.

(141) Las cursivas son de Larroyo.

(142) MORAL RONCAL, A.M. (1998) Gremios e Ilustracion en Madrid (1775-850). Madrid Editorial Actas, p. 146. Las cursivas en el original.

(143) Lejano, cabría añadir.

(144) MORAL, Ibidem.

(145) MORAL, Op. cit., pp. 146-147.

(146) Op. Cit., p. 60. Las cursivas son mías, M.H.

(147) Op. Cit., pp. 69-70.

En la hoguera de la denuncia caen también, por supuesto, Platón, Proclo y los neoplatónicos, a los que critica por otro tipo de corrupción como es el generado por las matemáticas. Este exabrupto, que consolida la impresión ya común en todos los comentaristas, de que a Bacon no le gustaban las matemáticas, no deja, sin embargo, de tener un cierto interés. Se queja Bacon de que las matemáticas no deben engendrar ni producir filosofía natural, sino sólo terminarla, cosa que ni se corresponde con la propia evolución histórica de la ciencia en el periodo inmediato al magisterio de Bacon –sobre todo en los siglos XVIII y XIX- y que debería dejar profundamente insatisfechos a los físicos teóricos de entonces y de ahora. Además de a los matemáticos aplicados, claro.

(148) Op. Cit., pp. 68-69.

(149) Esto queda claro en el relato de la Fiesta de la Familia que se describe con cierta minuciosidad. En el mismo se leen expresiones como las siguientes: “El Tirsán entra con todo su linaje o descendencia; los hombres delante y las mujeres detrás. Y si hubiera una madre de cuyo cuerpo desciende todo el linaje, se coloca un travesaño en la plataforma superior, a la derecha de la silla, con una puerta secreta y una ventana de cristal tallado ribeteada en azul y oro. Allí se sienta la madre, pero no es vista”. Op. Cit., p. 200. Por supuesto, en la Casa de Salomón no hay mujeres.

(150) El matiz debería establecerse en el análisis de lo que este elemento concreto, la ciencia, supuso en la evolución de la URSS y los estados socialistas europeos, que obviamente, como opción histórica –se dice- vencida y derrotada, ya no interviene en la realidad, sino sólo en la historia. Desde esa aproximación, no obstante, se generalizan algunas conclusiones que se contrastan con algunas realidades. Por ejemplo, nadie puede objetar que, por lo menos en lo que se refiere a la carrera espacial o al armamento, la tecnociencia soviética tuvo un alto nivel ni que las comunidades científicas en cualquier área de conocimiento en el ámbito que se quiera –ciencias humanas, sociales, biomédicas, tecnológicas o de las llamadas ciencias duras y tradicionales- tuvieron un pertrechamieno numérico muy superior al de sus correlativas en los países occidentales, extremo que se puede comprobar sin más que repasar la evolución del desempleo en los momentos de ajuste de la reforma y la diáspora que se generó. Ello no obstante, en general se menosprecia el nivel alcanzado por la ciencia en estos países y la entidad de las dimensiones de sus comunidades científicas por razones concretas. En lo que respecta al número de personas vinculadas a la ciencia se dice, al igual que en el conjunto de las respectivas sociedades, que se mantenían puestos de trabajo ficticios y era paro encubierto, cuestión un poco extraña en el caso de las instituciones educativas o de investigación. En lo que respecta a aspectos tecnocientíficos –excepto los concretos de las ciencias del espacio o en las armas- se ridiculizan su calidad y su diseño, aunque poco se dice de las prestaciones que las supuestamente toscos equipos pudieran ofrecer en comparación con otros más gráciles, pero quizás, más perecederos. De todas formas, como desde el punto de vista del tema que estamos considerando, la ciencia del socialismo no se considera representativa de la totalidad del conjunto, mientras que la del capitalismo sí, seguiremos con nuestro análisis en la dirección elegida.

(151) TOFFLER A. (1986) La tercera ola, Vol. I. Madrid, Orbis, p. 32.

(152) En los días de los cobardes bombardeos de la OTAN contra Serbia y Montenegro se generó una amplia literatura internacional y mucha correspondencia entre los colegas yugoslavos de la Universidad de Belgrado y de otros centros de educación superior y de investigación del país con profesores e investigadores que residíamos fuera del teatro de la Guerra de la OTAN Contra el Pueblo Yugoslavo. Una cosa me quedó clara. Cuando un científico se pregunta ¿por qué?” está haciendo ideología.

(153) Esta expresión es del Profesor de la Universidad Libre de Berlín, Eckart Leiser. Que ya ha llegado a hacerla figurar en la cubierta de uno de sus últimos libros. Vid. LEISER, Eckart (1998) Cruzar las fronteras. En búsqueda de una antropología post-hegemónica. Rosario, Homosapiens Ediciones

(154) SIEGMUND SCHULTZE, Reinhard (1998) Mathematiker auf der Flucht vor Hitler. Quellen und studien zur emigration einer Wissenschaft. Braunschweig/Wiesbaden, Deutsche Mathematiker-Vereinigung, Documente zur Geschichte der Mathematik, Band 10.

(155) Ibidem, pp.. vi-vii. La traducción es del jugoso comentario de su compatriota Eckart Leiser. Vid. LEISER, Eckart (1999) “Matemáticos en fuga de Hitler: hechos, mitos y su investigación. Apuntes relativos al libro de Reinhard Siegmund-Schultze”. LLULL, 22(43), 199-209.

(156) Ibidem, p. 200.

(157) Expulsión de los científicos de la antigua RDA de su puesto de trabajo y de su oficio.

(158) La expresión es de Leiser.

(159) GROBART SUNSHINE, Fabio (1998) “La economía de tránsito y su incidencia en el potencial científico-tecnológico”. LLULL, Revista de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y las Técnicas, 21(40), pp. 89-115.

(160) Ibidem, p. 90.

(161) Un avance de este autor a todo el antiguo campo socialista europeo se encuentra en su trabajo “Las reformas neoliberales en Europa exsocialista: consecuencias para el potencial científico-tecnológico”. (La Habana, 1998). Preprint.

(162) En el artículo de Grobart sobre el que trabajamos se citan un buen número de fuentes que van desde las emanadas del propio territorio, hasta las de procedencias tan poco sospechosas de veleidades igualitaristas como la Unión Europea o el Vicedecanato de la Facultad de Económicas de la Universidad Complutense de Madrid, que al parecer tiene recursos para ediciones de documentos de trabajo sobre los antiguos países socialistas y sus perversidades.

(163) Este tipo de restricciones eran también evidentes en países como España en tiempos del franquismo. Entonces las dificultades de relación se extendían más por dos razones: en primer lugar no todos los ciudadanos y ciudadanas tenían pasaporte –objeto bastante precioso en algunos ámbitos-. Pero incluso, los que lo poseían lo podían usar para ir por el mundo, pero no por todo.

(164) Como no es muy difícil de intuir, este tipo de turbulencias fueron acompañadas de otro tipo de actividades ilícitas, pero habituales en los países capitalistas, prácticamente desconocidas en el marco anterior, hasta el extremo de no contar con aparato legislativo con que hacerles frente. Contrabando, tráfico de drogas, trata de blancas (y en otros sitios de mulatas, negras o lo que se tercie), lavado de dinero, que tanto empleos crean en los países del llamado mundo libre y tantas fortunas y dirigentes sociales generan, aparecieron también con todo su empuje.

(165) En algunos casos –y esto no ha sido exclusivo de la República Checa- la adquisición de firmas por parte del capital extranjero se hizo para acometer una reconversión drástica. En otros, para proceder lisa y llanamente a su cierre.

(166) GROBART, op. cit., p- 97 y pp. 111-112.

(167) Ibidem, p. 98.

(168) No deja de ser interesante comprobar cómo aflora la ideología, como ente, en los discursos de algunos políticos, en los que por las posiciones mantenidas, su ciencia y su discurso científico, deberían ser libres de valores y asépticas y, por tanto, mantenerse al margen de cualquier tipo de contaminaciones ideológicas.

(169) Que ¡oh milagro! ¡Increíblemente no estaban muertos!

(170) DHOMBRES, J. & DHOMBRES, N. (1989) Naissance d’un nouveau pouvoir . Sciences et savants en France (1793-1824). Paris, Payot

(171) Es obvio que mujeres no había en proporción significativa como para aparentar la presencia de un grupo. Es más, alguna mujer que se atrevió a hacer algunos pinitos en el campo de la creación científica o literaria, adoptó un nombre masculino para su aparición en sociedad. Sophie Germain o Cecilia Böhl de Faber pueden servir para justificar el aserto.

(172). ROUTLEDGE, op. cit., p. 1.

(173) LORENZ, K. (1988) La acción de la Naturaleza y el destino del hombre. Madrid, Alianza, pp. 326-327.

(174)ROUTLEDGE, Ibidem.

(175) Hay desde luego muchos ejemplos notorios y notables que explican este aserto. El contrapeso de Gauss y Gottinga a la entidad científica de la Francia napoleónica que aparece en muchas historias de la ciencia y de las matemáticas no puede tener otra explicación que la del creciente peso político de Alemania en la escena europea en el siglo XIX. Igualmente la presencia de muchos autores menores ingleses o americanos en los manuales y la ausencia de otros pertenecientes a otros territorios no puede tener otra razón que el ánimo de conseguir la presencia de epresentantes de estos países en la historia intelectual de la Humanidad en el mayor número posible de épocas.

(176)GRATTAN-GUINNESS, IVOR (1993) “European mathematical Education in the 1900s and 1910s: some published and unpublished surveys”. In. Elena Ausejo & Mariano Hormigón (Eds.): Messengers of mathematics: European Mathematical Jornals (1800-1946). Madrid, Siglo XXI de España Editores, pp. 117-118,

(177)NOVY, Lubos. & FOLTA, Jaroslav (1965) “Sur la quéstion de méthodes quantitatives dans l’Histoire des mathématiques”. Acta historiae rerum naturalium necnon technicarum, Special issue, 1. Praga, pp. 3-35.

(178)NOVY, Lubos (1993) “Le Journal Tchéque de mathématiques et de la physique”. In: E. Ausejo & M. Hormigón Messengers of Mathematics ,,, p. 222.

(179) Esta vertiente no conlleva, sin embargo, condicionamientos peligrosos desde el punto de vista político, aunque sí del higiénico-sanitario, ya que puede producir esquizofrenia profesional. Este fenómeno que conozco bien, porque se da en países como España y en muchos otros, se caracteriza por una autoselección creativa de los trabajos científicos. Los que se estiman mejores se publican en la lengua del país hegemónico y los menos brillantes en lengua vernácula y en el interior. Esta penosa realidad marca algunos derroteros del internacionalismo científico de los siglos XIX y XX, si bien en el primero el enfoque no fue tan monolítico como en el actual.

(180)GISPERT, Hélène (1993) “Le milieu mathématique français et ses journaux en France et en Europe (1870-1914)”. In E. Ausejo & M. Hormigón Messengers …, p. 137.

(181)Ibidem, p. 141

(182)BRIGAGLIA, Aldo (1993) “The Circolo Matematico di Palermo and its Rendiconti: The contribution of italian mathematical community to the diffusion of international mathematical journals 1844-1914”. In: E. Ausejo & M. Hormigón Messengers … p. 71.

(183) PNUD (1992) Desarrollo Humano: Informe 1992. Bogotá, Tercer Mundo Editores, pp. 134-135.

(184) La ignorancia de determinados detalles, a pesar de la relativa publicidad de algunos archivos y testimonios de los personajes que trabajaron en el proyecto en Los Alamos, Chicago u Oak Ridge, parece desprenderse de forma natural del secreto que envolvió a todo el proceso de creación de la bomba atómica y de las condiciones en las que éste se desarrolló, principalmente la situación determinada por la Guerra en Europa y en el Pacífico y el férreo control militar del proyecto. Las claves escondidas del proyecto secreto por una parte y lo que se ha sabido del programa posterior de estudios sobre los efectos de la radioactividad en los propios soldados norteamerianos parecen inducir a la duda sobre si lo que se sabe es toda la verdad y nada más que la verdad.

 

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