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Lineamientos Curriculares para el área de Ética y Valores Humanos. Orientaciones para la Formulación de los Currículos en Constitución Política y Democracia.

Dirección General de Investigación y Desarrollo Pedagógico. Grupo de Investigación Pedagógica. Ministerio de Educación Nacional de Colombia.

2. Nuestro contexto sociocultural

Una Mirada Histórica a Nuestro Ethos

En el interés de darle un mayor contenido a las reflexiones sobre la discusión ética que debe fundamentar un proyecto de educación moral, nos proponemos presentar algunos elementos que nos permitan captar el sentido de ésta reflexión en nuestro contexto particular.

Para ello se requiere tender un lazo entre las ideas, la reflexión conceptual, y el mundo de los contextos históricos; es decir relacionar las formas de pensamiento, con las situaciones sociales concretas en las que se ha producido éste, que sin pretender por tanto, establecer una relación unívoca entre los dos órdenes, nos ayude en la búsqueda de nuestros condicionantes particulares.

Existe un aspecto de la discusión ética actual que es posible resaltar para incursionar en las preguntas por la felicidad y por la justicia en nuestro medio.

Autores como Adela Cortina, señalan que el caos en el que se encontraban las sociedades europeas en el contexto de las guerras religiosas, estuvo en el origen de los acuerdos a los que llegaron éstas, sobre la necesidad de establecer pactos o contratos entre los ciudadanos. Dichos pactos, que cimentaron los Estado-Nación modernos, se fueron construyendo en el reconocimiento de unos derechos mínimos de los ciudadanos, con el fin de evitar el abuso de poder del Estado y hacer posible su participación política y social.

Esos mínimos fueron constituyéndose con el tiempo en lo que hoy conocemos como derechos humanos y como lo afirma la autora, en las sociedades desarrolladas de occidente, hoy existe un consenso alrededor de ellos.

Ahora bien, es necesario considerar que esos derechos no sólo tienen un carácter normativo para los Estados y para los ciudadanos, sino que como cualquier norma social, están íntimamente relacionados con unos ideales estos es, con unos valores.

En este sentido, “Los valores son ideales humanos que indican un deber ser, más que un ser; responden a necesidades humanas esenciales, pero en constante dinamismo; se modifican con el tiempo, alrededor de un núcleo básico sustancialmente constante...”(29) En términos de la teoría de la acción social, son ideales, creencias, que justamente por el hecho de encontrarse en un nivel profundo de los elementos que orientan la acción del individuo, cercano a los sentimientos y a los referentes de la identidad, tienen gran fuerza sobre la orientación de su acción.

Así, si analizamos los derechos de primera generación, podemos observar que están orientados por un valor que es el de la libertad, entendida como: la independencia de un individuo con respecto al poder del Estado y con respecto a la intromisión de los demás ciudadanos. Dicho valor se encuentra en el núcleo de los ideales de esa relación contractual que representa el Estado y a su vez está íntimamente relacionado con el desarrollo del sujeto moderno.

Sin embargo, cuando pensamos en los abusos que se dan no solo por parte del Estado sino de los mismos ciudadanos entre ellos, todos podemos ver lo lejos que se puede estar de ese ideal.

Varios autores coinciden en que el problema reside, en el hecho de que justamente valores centrales del ethos moderno como la individualidad, se habrían pervertido, convirtiéndose en este caso, en un individualismo hedonista perjudicial para los intereses colectivos. Sin embargo piensan éstos, es posible y necesario rescatar la individualidad moderna en su carácter liberador del individuo, restringiéndola en su justa medida.

Es posible también pensar que el ethos moderno, que reconoce la dignidad de la persona humana como fin en si misma y la igualdad de todos los hombres como seres racionales, frente a la ley moral, no se realizó del todo; pues no se crearon las condiciones sociales que permitieran el ejercicio de la libertad, la justicia y la solidaridad por parte de todos los ciudadanos.

Pero, ¿cuál sería nuestro caso? se repite que para bien o para mal estamos inmersos en la cultura de occidente, ¿qué quiere eso decir?, ¿qué de esos ideales hemos asumido y cómo? ¿hemos construido consensos sobre algunos mínimos?

Volver a afirmar un ethos o una moral premoderna, es para nosotros una alternativa, o son aún válidos los valores más fuertes de la modernidad?. La justicia y la solidaridad siguen siendo metas a buscar en nuestra sociedad?

Para nadie es una novedad el hecho de que sobre nuestra cultura, es decir, sobre nuestras formas de ser, pensar y actuar, hace falta mucha indagación. De un lado, esto conduce a que las consideraciones relacionadas con la historia de las ideas políticas y sociales en nuestro país, deben enmarcarse en el debate presente ya desde mediados del siglo XIX, entre los historiadores hispanoamericanos, sobre la posibilidad de una historia filosófica de nuestras naciones y mas allá de él (para decirlo en un lenguaje actual), en el debate sobre la función de representación de la realidad, que tiene la estructura verbal del discurso histórico. Debate que aun hoy, no está concluido.

De otro lado, la falta de investigación sistemática sobre nuestro ethos contemporáneo a parte de contados casos de investigaciones sectoriales, por ejemplo sobre la familia o sobre la juventud, nos recomienda la misma cautela. Por lo tanto no pretenderemos responder totalmente a las preguntas sobre nuestra identidad cultural. Solamente plantearemos algunas reflexiones, recogiendo aportes de pensadores e investigadores colombianos sobre el tema, que pueden sernos útiles a la hora de perfilar unas guías para la formación en valores en nuestro país.

Nuestra cultura tendría sus raíces en el mundo prehispánico, pero con la conquista española también en la de esa nación. Como lo señala Jorge Orlando Melo, desde ese entonces los elementos modernizadores nos habrían llegado doblemente debilitados, no sólo por el componente indígena, sino por cuanto España misma, en su lucha contrareformista mantuvo una estructura política autoritaria, su dogmatismo religioso no le permitió una evolución científica-académica comparable con la de los demás países europeos, ni tuvo un desarrollo económico similar.

El conflicto de la élite criolla neogranadina con la administración colonial, hizo que ésta se identificará muy tempranamente con las ideas del liberalismo europeo y de la ilustración.

Tal identificación , se reflejó en lo económico, en la aceptación del modelo liberal anglosajón. Es así como este elemento influye en la conformación de una de las constantes más importantes de nuestra historia. A pesar de que el país haya pasado por momentos de alta inestabilidad política y social, las élites económicas han mantenido una importante autonomía frente al Estado, tan es así, que salvo contadas excepciones, puede decirse que cuando se ha dado alguna regulación estatal, ha sido más bien por ingerencia de las élites económicas y a favor de éstas. Situación que a su vez ha impedido al Estado, actuar como regulador de los conflictos sociales.

En lo político impulsó las ideas independentistas y la adopción de la república, como forma de gobierno. Los partidos políticos que surgieron en la mitad del siglo XIX, coincidían frente a los idearios modernizadores, especialmente en la necesidad de establecer en el país una economía capitalista que lo sacara de su atraso.

Sin embargo presentaban divergencias que marcarán algunas de sus posturas en diferentes momentos de la historia del país y especialmente la manera como se los identificó durante largos años.

Pero, a pesar de los incipientes avances a nivel económico, generados especialmente por la exportación de productos agrícolas, y de los desarrollos formales a nivel político, se puede encontrar una marcada continuidad estructural entre la sociedad colonial y la república.

En ésta, las grandes declaraciones formales de voluntad general y sobre los “derechos imprescriptibles del hombre y del ciudadano(30) tan preciadas a la élite independentista, reñían con la restricción de derechos presente por ejemplo en el sistema esclavista, que con avances y retrocesos no fue abolido sino hasta 1851, en el gobierno de José Hilario López.

Lo mismo puede pensarse de los derechos políticos. Salvo la Constitución de 1853 que declaró el sufragio universal, del cual históricamente es difícil establecer si tuvo una aplicación real en todos los estados, y por cuanto tiempo rigió en cada uno de ellos; en el Siglo XIX predominó un voto indirecto y censitario, que exigía niveles de educación y capacidades patrimoniales para que los individuos pudieran hacer uso de ese derecho ciudadano. Realmente, es sólo a partir de la Reforma Constitucional de 1936 en el gobierno de López Pumarejo, cuando se establece definitivamente el sufragio universal masculino y a partir del plebiscito de 1957, cuando se legitima el sufragio universal femenino; con el agravante de que como lo señala Antonio Restrepo “para el siglo XIX no sería nada arriesgado estimar en 5 por ciento a lo sumo, la proporción de varones adultos que se aprovechaban en la práctica , del derecho al sufragio”.(31)

Al lado de esta restricción de derechos políticos formales, hasta la década del 30, las estructuras sociales, las formas de producción y de propiedad, el sistema político del régimen señorial de la hacienda, que sucedió a la colonia, continuaron siendo fuertemente desiguales y jerarquizados, correspondiendo muy poco, con el modelo de igualdad ciudadano republicano.

En este contexto es importante citar el peso que tuvieron las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Estas relaciones heredadas de la colonia supusieron durante todo el siglo XIX y al menos hasta mediados del XX, un tutelaje de la Iglesia sobre los más diversos órdenes no sólo en lo político, sino también en lo social y en consecuencia naturalmente en lo moral, en el ámbito de los ideales, las normas sociales y las costumbres.

El tema fue objeto de álgidos debates y aún confrontaciones en el siglo XIX, especialmente entre los sectores radicales del partido liberal y sectores conservadores (que tuvieron derivaciones aún en la confrontación de mediados del presente siglo), hasta que la Constitución de 1886 dio paso a un pacto sellado entre la Santa Sede y el Estado Colombiano, que se conoce como el Concordato, en el que se entregó la función estatal de la educación a la Iglesia Católica y que consolidó el presupuesto de que el Estado y la moral, tenían necesariamente una fundamentación religiosa.

En cuanto al papel de los partidos políticos, y aceptando la revisión que se hace actualmente sobre las versiones partidistas de nuestra historia política. Lo cierto es que en los dos partidos existían sectores más sensibles que otros, a los retos sociales de la modernidad, y que los intentos reformistas fueron contrarrestados por los más retardatarios, impidiendo cambios reales en las estructuras de poder político y en las estructuras sociales de dominación. Este es el caso por ejemplo de la apertura hacia la participación política de las clases populares, que se planteó en el primer gobierno de López Pumarejo, y que tuvo posteriormente un enorme retroceso, contribuyendo a la confrontación violenta de mediados de siglo, la cual desbordó aún los marcos de la política institucional.

En estas condiciones se encontraba el país, cuando a partir de los años 30 del presente siglo, se generó un importante y rápido proceso modernizador que continuó aún en medio de la desestabilización política y social de los 50. Desde entonces a nuestros días dicho proceso supuso un desarrollo infraestructural muy importante, mayor apertura a los mercados internacionales, creación de un mercado interno, surgimiento de un sector industrial y financiero, la articulación del sector agrario a la economía capitalista. En lo social aparecieron clases sociales con cierto nivel de movilidad y se dio un fuerte crecimiento del sector urbano, formando importantes sectores de trabajadores asalariados, reduciéndose drásticamente la población campesina.

Estos cambios económicos y sociales estuvieron también acompañados en lo cultural, de una importante ampliación de la cobertura de la educación formal, y de grandes avances en los medios de comunicación de masas.

A ello se suma el efecto sobre la cultura tal vez poco estudiado, de los acontecimientos nacionales e internacionales de mediados de siglo. Si con anterioridad, podíamos hablar de la existencia de un dualismo entre elementos modernos y premodernos, al menos en los idearios de nuestras élites dirigentes y de una acendrada visión religiosa del mundo en nuestras clases populares, el fin de la confrontación política de los 40-50, representó como lo plantea Gonzalo Sánchez(32), no solo un distanciamiento de la iglesia frente a lo político, sino que éste aunado a factores propios de la complejidad social de los mismos procesos modernizadores, dio lugar a una pérdida de lealtades religiosas y del poder socializador de la iglesia y en últimas al comienzo de una secularización que continúa hasta nuestros días.

Sin desconocer el papel dinamizador frente a la justicia social que han jugado posteriormente sectores progresistas de la iglesia, esta secularización nos ha liberado progresivamente, como lo señalan hoy varios autores, de la visión de un poder sobrenatural de tipo religioso. La pregunta que cabe hacerse es entonces, qué ideales colectivos hemos construido?, qué valores orientan nuestra acción social?

Como ya habíamos mencionado, en nuestro país hay muy poca sistematización sobre nuestro ethos contemporáneo, sin embargo sin querer menospreciar otros de nuestros rasgos culturales positivos o negativos, parece difícil desconocer (para el tema que nos ocupa) la importancia de algunos, que podemos observar no sólo en nuestra cotidianidad, o en análisis de los medios de comunicación, sino que también pueden deducirse de tratamientos más rigurosos, como pueden ser los estudios políticos.

A nivel individual todos los días vemos, en las más diversas capas sociales, exacerbarse la búsqueda del dinero fácil, del rápido ascenso social, utilizando cualquier tipo de medios y recursos, como la desviación de la justicia, la corrupción, el engaño, el robo, la violencia. Medios que son reprobados en algunos casos, pero en muchos otros, aceptados abiertamente y hasta institucionalizados.

Al respecto, es posible hacerse la pregunta, de en qué medida, esas conductas están orientadas por un individualismo instrumental y hedonista, propio de las desviaciones de la ética moderna, que en nuestro caso ha llegado a niveles socialmente incontrolables, e intolerables para el mismo desarrollo individual y social.

Cabría preguntarse también si a nivel societal, nuestras metas colectivas, las que han conseguido consenso en una constante histórica, se han limitado a la búsqueda de la efectividad económica, con la idea de que el desarrollo económico nos permitirá solucionar la complejidad de los problemas nacionales. Prueba de ello, es que aunque han sido cuestionadas por muchos sectores de nuestra sociedad, aún estos han terminado por aceptarlas, lo que se demuestra en que la conducta de oficialistas y subvertores ese instrumentalismo económico, tiene un lugar muy importante.

Mal haríamos en pensar que esta situación es coyuntural, o peor aún, que esas conductas son propias de nuestra naturaleza, que los colombianos somos así, y que en consecuencia no hay forma de transformarlas.

En su lugar deberíamos preguntarnos, si la gran fragmentación que muestra nuestra sociedad no es justamente el fruto de la debilidad de ese pacto colectivo, en donde la institucionalidad estatal contempla reducidos sistemas de compensación y solidaridad, lo que produce prácticas sociales en las que cada actor se comporta según una lógica de sobrevivencia individual.

Preguntarnos finalmente si a nivel societal nuestros referentes, nuestros ideales de vida, nuestras normas, desde muy temprana época no han sido adoptados formalmente, mediante una aplicación de principios abstractos, sin que haya mediado en ello la construcción de un orden social cimentado en la equidad y la justicia, que permita asumirlos en su dimensión real como valores y reglas de un pacto colectivo beneficioso para todos.

Esta rápida reflexión sobre nuestros condicionamientos socio-culturales, nos ratifica entonces, en la necesidad para nuestro país, de la construcción de un consenso de valores, basado en unos mínimos de justicia social. Este proceso requiere de la intervención estatal con normas y políticas sociales redistributivas, de la acción deliberativa de diferentes organizaciones de la sociedad civil, pero muy especialmente del fortalecimiento de la función socializadora de los medios de comunicación, de la familia y la escuela, instituciones mediante las que se trasmiten pero también se construyen los valores colectivos.

Es posible decir entonces, que un proceso de tan profundas implicaciones para cualquier sociedad, como es la formación en valores, debe abrirse a una doble mirada, que va más allá de las fronteras, pero que asume la percepción del mundo desde lo que se es, como formación social y como actor perteneciente a ella.

Entendemos que sociedades que han atravesado por lo que se ha denominado como estado de bienestar, tienen a su haber un nivel de vida que les permite optar por una preocupación centrada en la felicidad individual. Sin embargo algunas razones nos llevan a distanciarnos de dicha priorización, no es nuestro caso, ni el de muchos países en el orbe, ni una situación mucho menos generalizada. Mal haríamos entonces en asumirla como base de nuestra construcción. En sociedades como la nuestra, con profundas desigualdades sociales y conflictos de matriz socio política, la pregunta por la justicia adquiere un lugar central.

El Contexto de Fin de Siglo

Aparte de una mirada histórica sociocultural como la que proponemos en el capítulo anterior, que los docentes seguramente ampliaran y debatirán en su medio, para plantear un proyecto curricular de educación en valores, es necesario analizar elementos propuestos por algunos autores como características del contexto global actual, tanto de la sociedad como de la escuela, con el fin de precisar los fenómenos económicos, sociales, políticos, culturales y del conocimiento, que están ocurriendo en el mundo y en el país y que pueden incidir, tanto en el proceso de socialización de la niñez y la juventud colombiana, como en la definición de las políticas educativas y las prácticas pedagógicas que se desarrollan en el proceso de formación moral, de los colombianos y las colombianas.

En este sentido, es necesario tener en cuenta que en el fin de siglo y en los albores de un nuevo milenio, se están produciendo cambios en el conocimiento, en la cultura, en las artes, en las ciencias, en la tecnología, en la comunicación, en la política, en la economía, en fin, en las relaciones sociales y en las maneras de concebir el mundo.

La nueva época está signada por una revolución científico-tecnológica que trae consigo "profundas transformaciones en las maneras de concebir, organizar y pensar la sociedad y el mundo"(33) y coloca a la humanidad en la esfera de la llamada globalización, en la cual el conocimiento juega un papel determinante no solo en el campo de los procesos productivos, sino en el de la política, la educación y en la cultura, que conduce a un proceso de reestructuración cultural de la sociedad expresada en la crisis de sus instituciones de socialización y en el mundo de los valores que la sustentan, lo cual ha generado en la humanidad, especialmente en los, países pobres, una actitud de perplejidad y desconcierto.

En el campo personal, frente a este proceso de modernidad mundializada “el individuo se siente como aturdido ante la complejidad del mundo moderno, la cual confunde sus referencias habituales. muchos factores vienen a reforzar esta impresión de vértigo: El temor de las catástrofe o los conflictos que pueden perjudicar su integridad, un sentimiento de vulnerabilidad ante fenómenos tales como el desempleo a causa del cambio de las estructuras del empleo, o un sentimiento de impotencia mas general ante una mundialización en la que solo parece poder participar una minoría de privilegiados”(34)

Los cambios mas significativos producidos por la revolución científico-técnica se expresan en la microelectrónica, la informática, la telemática, la robótica y en el mundo de las telecomunicaciones, que diariamente están desplazando la familia y la escuela en su función socializadora y como espacio de saber e incidiendo de manera determinante en el proceso de construcción de la identidad de la niñez y la juventud, hasta el punto que los padres o adultos más cercanos, pueden dejar de ser sus referentes y ser reemplazados por el mundo de las imágenes y los símbolos que les ofrecen los mensajes de los medios masivos de comunicación.

La publicidad y la imagen los medios de comunicación promueven y fortalecen la sociedad de consumo y crean los imaginarios culturales para formar el ciudadano consumidor de símbolos propios de la sociedad semiotizada que supera las formas del conocimiento tradicional y crea nuevos patrones culturales difundidos a través de la T.V., los videojuegos y la informática.

Estamos viviendo una cultura de masas en la cual la opinión de la ciudadanía es prefigurada a través de los Massmedia que asumen los procesos de socialización, y produce en el mundo educativo “un quiebre entre esos imaginarios creados, las necesidades, los deseos humanos que genera y una escuela que aún no está preparada para asumir los códigos de la modernidad y el modernismo y que se mantiene en la enseñanza y el aprendizaje tradicional, en la disciplina de la fragmentación del conocimiento, y no se dispone a relacionar lo local con lo universal”(35).

De otra parte es necesario considerar que el cambio epocal genera nuevos imaginarios culturales. Según Winner Langdom(36) nos encontramos frente a una reprogramación y reorganización de los imaginarios con los cuales ha funcionado la democracia. Entre las características que señala de estos cambios encontramos:

1. Un cambio en nuestro mundo común, de tal modo que los hábitos, percepciones, ideas de espacio y tiempo, las relaciones sociales, los límites morales y políticos han sido transformados a partir de la manera como esos elementos tecnológicos operan en la vida cotidiana, con la particularidad de que en muchas ocasiones esos cambios ocurren en el mundo concreto y en el campo de nuestras acciones sin darnos cuenta de esas alteraciones.

2. El surgimiento de nuevos valores, lo cual en la reestructuración cultural del fin de siglo significa el abandono de procesos más colectivos e idealizados para entrar en una nueva regulación de la acción que se establece a partir del pragmatismo y el hedonismo como elementos mas coherentes con el tipo de conocimiento científico y de mercado existente hoy en día.

3. Nuevos contextos éticos. De estos cambios van desapareciendo una serie de responsabilidades individuales sobre las acciones, ya que ellas van planteando una transformación profunda en la moral, en cuanto la determinación para tomar decisiones se genera más en los procesos teledirigidos.

En nuestra opinión, si no desaparece del todo la adopción de responsabilidades a nivel individual, se hace cada vez más difícil, desde el campo de la moral, la definición de dichas responsabilidades. Esta situación exige que la acción educativa en el campo de la ética y la moral se oriente a la formación del sujeto moral con capacidades y actitudes que lo comprometan con la construcción de un proyecto de vida propio y un proyecto ético que en el campo de lo social sustente el fortalecimiento de la sociedad civil.

Si bien el anterior corresponde a un diagnóstico que debe contextualizarse en los procesos sociales concretos de nuestro medio, nos parece que es importante un llamado de atención a la escuela, ya que permanentemente cambios en los más diversos órdenes producen realidades que deben ser tenidas en cuenta por la educación.

De otro lado el diseño de un proyecto de formación en valores debe tener en cuenta que se vive un proceso de reestructuración del sistema económico dominante, en el cual se acrecienta el peso de las leyes del mercado sobre la regulación de las relaciones sociales y la definición de las políticas públicas, incluidas las de educación.

Esta dinámica, plantea la necesidad de un Estado mínimo, la reducción del gasto público y la privatización de bienes del Estado y de los servicios públicos. Con el argumento de que el Estado es fuente de ineficiencia y corrupción se abre paso el sector privado como garantía de eficiencia y se imponen las reglas del mercado como formas básicas de regulación de la sociedad.

Ante este proceso es necesario resaltar que si bien el criterio de eficiencia es un principio de primera importancia en la administración y distribución de los recursos públicos, éste debe ser manejado en función de un proyecto político democrático en sus fines y en sus medios, y no en uno orientado por la búsqueda del lucro, que no tiene en consideración las compensaciones de las deudas sociales, en el cual sólo los rentables sobreviven.

Ética y Conflicto en la Colombia de Hoy

En Colombia vivimos una situación de crisis que incide de manera directa en los procesos de educación y en la formación de los valores ciudadanos que sustenten una cultura democrática. Se trata de una crisis de cultura política de la sociedad colombiana en un contexto de múltiples formas de violencia que han estado presentes a lo largo de nuestra historia social y política, que han fragmentado el tejido social y propiciado la violación de los derechos humanos, registrando cifras escalofriantes de atentados contra el derecho a la vida que generalmente se quedan en la impunidad.

Cabe señalar que como consecuencia de dichas violencias se ha producido el fenómeno de los desplazados, que en opinión de los investigadores(37) se acerca a la cifra de un millón de colombianos que padecen esta situación, de los cuales el 54% son niñas y niños que se ven abocados al desarraigo de sus entornos sociales y culturales y privados de elementales derechos para vivir una vida digna, incluido el derecho a recibir educación.

La presencia durante décadas de múltiples violencias ha generado una situación social en la que los diferentes sectores se comportan a la manera de un estado de naturaleza hobbesiano, caracterizada por un ambiente de inseguridad y confrontación permanente, que ha generado una concepción y administración de justicia privada, estructurada en códigos y valores que condujeron a la creación de verdaderos para-Estados y a la solución violenta de los conflictos. Dicha situación trae graves repercusiones en la formación de las dimensiones sociales y morales de la niñez y la juventud (38)que viven en un ambiente desfavorable para la formación de valores como el respeto a la vida, la solidaridad , la convivencia democrática, la justicia y la igualdad.

Al respecto, de éstos últimos, las estadísticas de organismos internacionales y nacionales registran que millones de colombianos viven por debajo de la llamada línea de pobreza, lo cual repercute en su calidad de vida y en las bajas posibilidades de acceso a la educación, en tanto que un sector cada vez mas reducido de la población concentra la propiedad sobre los bienes de capital.

En esta situación de debilidad de la justicia y desigualdad social, es bastante difícil pensar que entre los sectores sociales más empobrecidos pueda encontrar un clima favorable para un proyecto ético que sustente la educación en los valores ciudadanos de la democracia, como lo señala Adela Cortina: " Y es indudable que, sin al menos cierta igualdad y justicia, no puede haber ciudadanía, porque los discriminados no pueden sentirse ciudadanos: ¿ no es puro cinismo intentar interesar en valores cívicos de libertad tolerancia, imparcialidad y respeto por la verdad y por el razonamiento a los que nada ganan con la república, o ganan significativamente menos que otros?"(39). En este sentido, la definición de políticas y propuestas educativos en el campo de la democracia y los valores morales está íntimamente ligada a la lucha por propiciar una vida digna a las gentes de los sectores más pobres del país.

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