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Monografías virtuales
Ciudadanía, democracia y valores en sociedades plurales

Línea temática: Universidad, profesorado y ciudadanía

ISSN 1728-0001

 Vivencias

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VII Experiencia

Una historia particular

M.ª Evangélica Cochia

Una historia particular...

María Evangelina Cochia
María Victoria Frette
Mónica López
María Elizabet Pérez

En la ciudad de Resistencia, provincia del Chaco, en la escuela n.° 54, sita en Mendoza 649, un grupo de alumnos de séptimo grado agredieron verbalmente en ocasiones reiteradas al alumno Sebastián Sánchez.

Por comentar que él no pertenece a ninguna religión, mientras que sus compañeros de clase se dividen en católicos y judíos.

El hecho ocurrió durante la clase de historia, cuando la maestra, Patricia Lestani, para explicarles de qué trataba ésta, les preguntó a los alumnos acerca de su historia personal y los orígenes de cada uno.

Cuando le llegó el turno a uno de los chicos, contó que sus bisabuelos habían llegado a la Argentina escapados de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial porque eran judíos. Inmediatamente otro alumno interrumpió el relato para contar que él era católico, y que sus parientes provenían de España.

La clase se convirtió en un debate acerca de la religión de cada chico; la mayoría eran católicos, y había también un pequeño grupo judíos.

Sebastián, el niño agredido, les contó a los presentes que él no tenía religión, a lo que sus compañeros respondieron con comentarios tales como: “¡No puede ser!”; “Entonces estás endemoniado”; “¿Qué, no estás bautizado?”; “¿No hiciste la comunión?”, etcétera.

El clima de la clase se tornó tenso, la maestra perdió el control y se limitó a explicarles que: “Todo ser humano debe tener alguna religión”, y que en el caso de Sebastián, “es un problema de los padres” y que “no deben ser malos con él porque es un problema familiar, no su propia decisión”; “cuando él sea más grande se dará cuenta y se hará de alguna religión”.

Al llegar a su casa, Sebastián tenía una expresión de tristeza en sus ojos y se dirigió cabizbajo a su habitación; los padres almorzaban y al darse cuenta de su actitud poco usual, ya que siempre fue un chico alegre y comunicativo, le preguntaron qué le sucedía.

Sentado en su cama, levantó la mirada y contestó: “Se burlaron de mí en la escuela y la seño me dijo que es culpa de ustedes. ¿Por qué yo no tengo religión como los otros chicos normales?”.
Ante la sorpresa, Juan Carlos Sánchez y Magalí Guelbert de Sánchez, sus padres, evitaron conversarlo con él y convinieron en ir a hablar con la directora al día siguiente.

Una vez que Sebastián hubo entrado en clase, se dirigieron al despacho de la directora, la señora Margarita Salinas de Cáceres, para quejarse por el maltrato recibido por parte de la maestra. Al enterarse de lo ocurrido solicitó que se presentara la maestra para discutirlo juntos y llegar a un consenso.

Comenzó hablando la maestra y explicó que su intención no fue ofender a nadie, pero que considera que todos los seres humanos tienen de hecho una religión, incluso Sebastián, que tiene padres católico y judía respectivamente, aunque ambos no lo profesen. Además, la religión sirve para mejorar como personas, y no considera un maltrato expresar su postura frente a los alumnos, ya que como docente debe ser una guía espiritual.

Inmediatamente, la directora, con expresión de enojo pero sin levantar el tono de su voz, le aclaró a la maestra que la escuela es pública y laica. “El papel del docente -dijo- no es el de juzgar la fe de sus alumnos ni inducirlos hacia una u otra tendencia religiosa.”

Los padres agregaron molestos que ella no era quién para afirmar semejante cosa. Porque tener una religión no hace de alguien una mejor o peor persona, y quieren darle a su hijo la libertad de profesar o no una religión. Maestra, directora y padres no obstante no llegaron a ningún acuerdo sobre qué debía hacerse para reparar el mal momento que había sufrido Sebastián.

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