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Monografías virtuales
Ciudadanía, democracia y valores en sociedades plurales

Línea temática: Universidad, profesorado y ciudadanía

ISSN 1728-0001

 Vivencias

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VIII Experiencia

Se lo tenía merecido

Joana Cochia

¡Se lo tenía merecido!

Johanna Cochia
Patricia Fernández
Mercedes Ruiz Díaz

 
Esa calurosa tarde de verano, los alumnos se encontraron en las proximidades de la institución escolar a la que concurren habitualmente; aprovechando que salieron unos minutos antes de la hora habitual, convinieron el lugar y la hora de reunión (a pocas cuadras del establecimiento) para organizar la fiesta de cumpleaños de uno de ellos.

Olga, la portera del colegio, al finalizar sus tareas habituales en la escuela (limpieza), firmó apresuradamente la plantilla de asistencia y se retiró con paso firme a su domicilio; mientras recorría apurada la vereda, pensó:

—Ojalá llegue antes que los chicos, así me alcanza el tiempo para prepararnos e irnos tranquilos a lo de su tía.

Para acortar su ruta decidió desviarse y pasar por una zona cuyo tránsito es más calmo. A medida que caminaba observó que los chicos de la escuela estaban reunidos, escuchó ese murmullo característico en los grupos de jóvenes cuando debaten amistosamente. Sintió un poco de nerviosismo, ya que vinieron a su mente diferentes situaciones en las cuales ella había delatado a más de uno por haberse hecho la “rata” de clases, lo que le adjudicó el bien conocido apodo de “buchona” entre los adolescentes de quinto año.

Intentó pasar con disimulo, pero cuando pensó que pasaba desapercibida, una de las chicas del grupo les dijo a los demás:

—Che... ¡Oigan, cheeee... mirá quién viene allí, fíjense la cara de tonta que pone, como si quisiera evitarnos!

A lo que otro respondió:

—¡Uuuuhy... que miedo teeeengooooo... que caraaaa tieeeneeeenn!

Olga nunca pensó que su actitud de disimulo en lugar de evitarle inconvenientes le parecería una provocación a ese grupo de jóvenes alumnos.

Si el incidente se hubiera quedado en eso la cosa no tendría importancia, pero los chicos siguieron aumentando el tono de las cargadas hasta llegar a los gritos e insultos, a tal punto que los vecinos de la zona comenzaron a interesarse por el incidente.

Por supuesto, a medida que se fueron sumando los más tímidos, el descontrol fue aumentando, sin que ellos tomaran conciencia de lo que hacían... Si tan sólo uno de ellos hubiera recapacitado, si tan sólo hubieran sabido cuándo detener la burla...

Olga logró identificar a dos o tres de ellos (estaba casi todo el curso, 36 en total), pero en principio no dió parte a las autoridades correspondientes por considerarlo algo personal. Además optó por una acción que les supusiera un escarmiento más efectivo.

Días más tarde y después de meditarlo mucho, decidió por fin dar parte del asunto a la directora del establecimiento y pedir cuentas a los acusados.

La directora se hizo cargo de la situación y convocó una asamblea de profesores para acordar una sanción adecuada. La asamblea estaba dividida: algunos profesores pedían una medida dura, como la expulsión de algunos alumnos para dar ejemplo a los demás; otros abogaban por crear un espacio de diálogo y buscar el acercamiento de las partes implicadas para evitar futuros incidentes, ya que sostenían que unas medidas duras sólo aumentarían las diferencias entre los alumnos y la portera.

La directora optó por tomar medidas del tipo “presión psicológica”, así que decidió que se expulsaría a los responsables, eligiendo al azar a los acusados, presionándolos para obtener un clima de traición generado por la desesperación y, así, obtener los nombres de los verdaderos responsables, ya que después de desatado el incidente fueron sumándose los demás, incluidos los alumnos más notables, destacados por su buena conducta, disposición al estudio y respeto a los profesores.

Los alumnos, en lugar de asustarse, informaron a sus padres, quienes rápidamente se reunieron con los demás argumentando que todos los alumnos eran responsables y que de alguna manera la portera había contribuido a esa imagen negativa que tenían de ella y que nunca hizo lo posible para acercarse a ellos y demostrarles que su actitud era por el bien de ellos y no por maldad.

Además, destacaron que son los mayores quienes deben establecer la diferencia frente a los jóvenes para así ser buenos modelos de conducta, no solamente cuando las cosas están bien, sino también frente a situaciones límite como la que experimentó Olga.

De ese modo sabían que no era posible la aplicación de amonestaciones colectivas, ya que eso denotaría que los alumnos tendrían motivos para tal comportamiento.

También argumentaron que la directora no debe ejercer el poder de forma autoritaria, ya que los métodos empleados para obtener la verdad, no porque funcionen son necesariamente buenos; por el contrario, crean un profundo malestar en todos.

Al plantear esta reclamación ante el conjunto de docentes y la directora de la institución, ésta última demostró una postura muy inflexible y con poca voluntad para cambiar de actitud.

Consideró que esta coacción puede significar un acto de justicia, que se fundamenta en un fallo ejemplar que demuestra o compromete una valoración hacia las demás personas y hacia la institución. Esto ayuda a corregir las actitudes propias de la actualidad, que tienden a la deshumanización (carencia de respeto), a la aniquilación del otro por la exaltación del yo mediante su humillación.

 

Los padres, quienes jugaron un papel secundario pero no por eso irrelevante, cuestionaron las decisiones de la directora. Algunos decían: “Si esto ocurre en un colegio de ese perfil religioso, debemos preguntarnos por qué pasan estas cosas, luego de tantos años de trayectoria”. Otros más conservadores se planteaban: “Mi hijo tiene 12 años de educación religiosa y después de tanto tiempo me vienen a decir que es un delincuente”. “Creo que es correcta una sanción, pero no la expulsión de los alumnos”, explicaba un padre.

El incidente, no obstante, seguía sin resolverse.

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