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Número especial: Los jóvenes y los valores

ISSN 1728-0001

 Reflexiones

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Representaciones sociales y valores de los jóvenes argentinos en relación con el trabajo

Ana Lía Kornblit1
Instituto de Investigaciones Gino Germani, CONICET

"De la paz"
"Da paz"
Lucas Iaffa,15 años

1. La significación otorgada al trabajo

1.1 El sentido religioso del trabajo en la obra de M. Weber

Durante varias décadas, y siguiendo el análisis de Weber (1905;1969) acerca de la influencia de la ética protestante en la génesis del capitalismo, el significado del trabajo fue caracterizado por los psicólogos sociales a partir de ciertos atributos derivados de tal ética, como la preferencia por la actividad antes que por la pasividad, el compromiso global de la persona con el trabajo y cierta sensación de orgullo derivada del producto del trabajo.

En este enfoque, el status social derivado del status laboral, la movilidad ascendente posibilitada por el puesto de trabajo y los ingresos obtenidos a partir de él eran considerados como aspectos extrínsecos al trabajo en sí mismo, cuya valoración se derivaba más específicamente de su consideración como un bien en sí mismo.

En la era industrial de la sociedad capitalista el trabajo fue a la vez central desde el punto de vista de la productividad -eje del sistema económico- y desde el punto de vista de su valoración a nivel de las representaciones sociales.

Así, según Blanch (1988), se produjo "un verdadero desplazamiento semántico desde la consideración de la actividad económicamente productiva como medio, hacia la de ésta como fin de la acción social" (pág.168).

Esto implicaba la valoración del trabajo en sí mismo a nivel abstracto, la del empleo a nivel concreto y un fuerte compromiso personal en la realización de la actividad laboral.

Los tres aspectos señalados pueden considerarse los componentes nucleares de la representación social del trabajo vigente en la etapa industrial del capitalismo.

El viraje hacia estos valores, a partir de los vigentes en la economía rural y urbano-artesanal de la Edad Media fue posible, de acuerdo con la conocida tesis de Max Weber, por el giro doctrinario que impuso el protestantismo.

"Con el protestantismo, el trabajo deja de aparecer como un simple medio de supervivencia económico para convertirse en centro de la vida personal y social, precepto moral, camino de virtud y de salvación eterna" (Blanch, 1988, pág.159).

Según Douglas e Isherwood (1990), a diferencia del catolicismo, que apuntaba hacia una felicidad en el más allá como recompensa de la buena conducta, el protestantismo concebía la felicidad en este mundo como símbolo de la Gracia Divina. Así, "todas las formas de ganarse la vida fueron consideradas como una vocación religiosa en sí mismas" (pág. 44).

Lo que se ha denominado la Ética Protestante del Trabajo implica una orientación hacia el trabajo que acentúa la dedicación al mismo, la demora de recompensas inmediatas, el ahorro y la evitación de la inactividad y el derroche en cualquiera de sus formas.

En el análisis de Weber, existen cuatro elementos de las creencias y normas del protestantismo que conducen al ascetismo y al "espíritu del capitalismo" (lo que hoy llamaríamos su "cultura"):

1) La doctrina del "llamado divino", de acuerdo con la cual el creyente es llamado por Dios para trabajar por Su gloria, por lo que el trabajo es en sí mismo fuente de virtud y debe ser realizado honestamente.
2) La doctrina de la predestinación, según la cual los elegidos por Dios serán exitosos en sus ocupaciones profesionales, pero los sujetos deben luchar para merecerlo. Por lo tanto, todo momento invertido en ocio o hedonismo merece la condena moral.
3) El fuerte ascetismo, que acentúa el ahorro y la inversión de las ganancias en objetivos productivos.
4) La Doctrina de la Santificación, que rechazando el sistema místico sacramental del catolicismo, acentúa el control racional sobre todos los aspectos de la vida.

¿Cómo pasar de estas consideraciones en el plano de lo doctrinario religioso y de lo económico al plano de los valores, vividos como imperativo moral, y al de la conducta?

En palabras de Weber, una de las propiedades de la economía privada capitalista es "...el hallarse abocada, con plan y austeridad, al logro del éxito económico aspirado..." (1966, pág.79).

1.2 El pasaje al sentido del trabajo como “autorrealización”

El análisis anterior resonó ampliamente en diferentes disciplinas humanísticas. Desde la psicología, E. Fromm (1958) resaltó los aspectos de lo que denominó "individualismo espiritual", prefiguración para él del individualismo económico, cuyo perfil psicológico estaba compuesto por los siguientes rasgos: tendencia compulsiva hacia el trabajo; pasión por el ahorro; disposición para hacer de la propia vida un simple instrumento para los fines de un poder extrapersonal; ascetismo y sentido compulsivo del deber.

Estos aspectos representan en su análisis rasgos de carácter que llegaron a ser las fuerzas eficientes de la sociedad capitalista, sin las cuales sería inconcebible el moderno desarrollo económico.

Para McClelland (1968) las ideas y valores de la ética protestante determinaron prácticas de crianza de los niños basadas en los valores de independencia, postergación de gratificaciones y entrenamiento en habilidades de dominio del mundo externo, que a su vez llevan a los niños a adquirir fuertes motivaciones de logro.

Estas últimas fueron estudiadas por Atkinson (Atkinson y Feather, 1966; Atkinson y Rainor, 1974). De acuerdo con esta teoría, los determinantes principales de la orientación de la conducta hacia el logro son tres: el motivo de logro, las expectativas de éxito y el grado de incentivo que supone conseguir el éxito en un momento dado.

Estos tres atributos están incluidos en la ética del trabajo protestante, sin embargo, ella estaría vinculada con necesidades de un orden de abstracción más alto que el de la satisfacción en el trabajo, como por ejemplo la necesidad de autorrealización.

Algunos estudios han mostrado a este respecto que la ética protestante del trabajo es un vaticinador sólo moderado de la actitud hacia el trabajo y de la satisfacción laboral (Wanous, 1974; Stone, 1975).

En cambio, sí podría aceptarse que tal ética podría asociarse con ciertos aspectos cuantitativos y cualitativos de la conducta laboral, como por ejemplo la tolerancia frente a tareas rutinarias o la valoración de la equidad en relación con la retribución (Furnham, 1984).

Se llega así gradualmente a una postura secular con respecto al sentido del trabajo, que aparece ahora postulado no como aquello vinculado a una ética derivada de principios religiosos, sino a lo que comienza a ser una nueva suerte de religión: la “autorrealización”, prolegómeno de lo que luego veremos que es el mundo de lo “psi”.

El modelo de la “autorrealización” a través del trabajo presupone la idea de que éste implica satisfacciones.

Con respecto a la satisfacción en el trabajo, Herzberg (1966) distinguió dos tipos de factores que inciden en ella:

a) los factores extrínsecos que caracterizan al contexto laboral, como seguridad en el empleo, salario, mercado laboral, etc.;
b) los factores intrínsecos al trabajo mismo, a su contenido, como la naturaleza del trabajo, las posibilidades de asumir responsabilidades, de ser promovido, etcétera.

Estos dos tipos de factores originan dos tipos de actitudes diferentes. La satisfacción laboral y la insatisfacción laboral no forman parte del mismo continuo.

La insatisfacción, cuyo opuesto sería la no-insatisfacción, es el grado de insatisfacción en relación con los factores extrínsecos del contexto laboral.

La satisfacción, cuyo opuesto sería la no-satisfacción, está en relación con los factores intrínsecos del trabajo, más directamente relacionados con la motivación.

Los factores extrínsecos favorables, si bien son a veces cruciales en la vida de las personas, no las motivan; sólo pueden reducir o eliminar un sentimiento de insatisfacción. Son los relacionados con las necesidades situadas en la base de la jerarquía planteada por Maslow (1979).

Los factores intrínsecos, en cambio, responsables de la satisfacción, son los que realmente motivan a los individuos y posibilitan el cumplimiento de las necesidades más altas de la jerarquía planteada por Maslow.

Una combinación apropiada de factores intrínsecos está también en relación con el rendimiento.

Según el ya citado Blanch (1988), el pasaje de los dos sentidos que hemos visto atribuidos al trabajo se amplió a lo largo del proceso de desarrollo del capitalismo, en el que se llegó a valorizar el trabajo bajo tres aspectos:

1) El trabajo pasó de ser considerado medio de subsistencia material a fin de la acción social, a través de la generalización del derecho al trabajo y del deber de trabajar.
2) La moral pública sacralizó la actividad productiva y anatemizó la inactividad económica.
3) El trabajo pasó a desempeñar un rol central en relación con la identidad psicosocial.

La hipótesis de que esto se logró a través de la influencia de la ética del protestantismo ha sido criticada especialmente a partir de la idea de que se trata de una "lectura sociológicamente idealista y acrítica de los hechos que pretende explicar" (Kelvin, 1984).

Para este autor, si es que existió como influencia, la ética protestante del trabajo está llegando a su fin.

Otros estudios (Furnham, 1984), han arribado a la conclusión de que las creencias vinculadas con la ética protestante del trabajo son multidimensionales, tal como lo había sugerido el mismo Weber (1905;1969), e incluyen creencias no sólo con respecto al trabajo, sino también al ocio, al placer, al éxito y al fracaso, a la sensación del control sobre lo que a uno le pasa o de estar a merced del destino.

Estos autores proponen una explicación para este proceso basada más en la psicología individual que en principios religiosos que, aunque alienten el individualismo, presuponen una “comunidad espiritual”.

1.3 El sentido del trabajo como función de adaptación al orden social

Mientras que los cultores de la hipótesis del sentido del trabajo como logro de la satisfacción individual parten de variables psicológicas que podrían rastrearse en la teoría de Adler, otros autores, partiendo también de la psicología, resaltan la función “adaptativa” del trabajo al orden social.

Freud, por ejemplo, plantea en El malestar en la cultura (1930; 1992): “Ninguna otra técnica...liga al individuo tan firmemente a la realidad como la insistencia en el trabajo, que al menos lo inserta en forma segura en un fragmento de la realidad, a saber, la comunidad humana” (p.114).

Siguiendo esta línea argumental, las funciones latentes del trabajo en la sociedad actual son analizadas por Jahoda (1981; 1987) y por Warr (1987), quienes señalan que la actividad laboral:

1) estructura el tiempo cotidiano;
2) a través de ella se comparten experiencias y contactos sociales fuera de la familia nuclear;
3) vincula al individuo con metas y objetivos sociales colectivos;
4) define aspectos del status y la identidad personal;
5) impone una actividad regular.

De acuerdo con este punto de vista, estudios llevados a cabo en los Estados Unidos (Kanter, 1978; Weiss y Kahn, 1960), concluyen que existe en ese país una gran proporción de norteamericanos que:

1) basan su identidad en los roles laborales;
2) están dispuestos a seguir trabajando aunque hubieran acumulado suficientes recursos como para vivir confortablemente el resto de sus días;
3) estructuran la representación del trabajo en torno a los aspectos: empleo retribuido, esfuerzo y productividad.

Del mismo modo, en una investigación llevada a cabo en París por el Instituto L. Harris (1981), los jóvenes obreros franceses se manifiestan muy satisfechos con el hecho de estar trabajando, independientemente de las características de su empleo concreto.

También resulta lo mismo en un estudio llevado a cabo por el Centro de Investigaciones Sociales de Madrid en 1988, en el que los jóvenes madrileños declararon su preferencia por trabajar en cualquier cosa ganando el mismo dinero que el que ofrece el seguro de desempleo, antes que estar "en paro".

Por otra parte, el 62% de los mismos jóvenes expresaron su idea acerca de que seguirían trabajando aunque ganaran la lotería.

En el mismo sentido se expresan los jóvenes barceloneses (Blanch, 1986).

En una investigación realizada en Italia por G. Romagnoli (1984), el 68% de la muestra de jóvenes considera al trabajo como un elemento central en su existencia, inmediatamente después de la familia y antes de las relaciones afectivas, siendo estos datos homogéneos por sexo, clase social y zona geográfica. Sólo el grupo de los más jóvenes de la muestra (15 a 17 años) lo ubican algo por debajo de esta importancia.

En el Informe de la 70 Conferencia Internacional del Trabajo de la OIT (PIACT 1984), se afirma también que la mayor parte de los trabajadores estarían dispuestos a seguir empleados aunque no tuvieran necesidad de los ingresos provenientes de su salario.

Se ha señalado, pues, que lo que denomina la "ética del rendimiento", aludiendo con esta expresión al modelo acerca del trabajo correspondiente a la sociedad industrial, sigue desempeñando entre los jóvenes un rol privilegiado, aun cuando constituye una posibilidad poco viable de llevar a la práctica, considerando el actual mercado laboral.

Trasuntando el paradigma funcionalista, todas estas teorías apuntan al sentido del trabajo como clave de una identidad individual enraizada en la inserción social. Se trasunta en ellos la idea de una concepción del individuo “adaptado” a la sociedad a través de lo laboral.

1.4 El resquebrajamiento del sentido “adaptativo” asignado al trabajo

La primera fisura en cuanto a la idea funcionalista del trabajo como integración a la sociedad parte del resquebrajamiento de la idea del trabajo como “deber ser”, como obligación sentida del individuo con respecto a la sociedad. La crisis del Estado de Bienestar acaecida a partir de los años 70 contribuyó al paulatino cambio en cuanto a la percepción de parte del individuo de sus obligaciones con respecto a la sociedad. Sin embargo, como surge de un estudio realizado en 1987 en varios países europeos (Meaning of work), se mantiene constante e invariable la representación del trabajo como derecho, lo cual alude a los deberes de la sociedad para con el individuo.

La centralidad del trabajo como atributo de la identidad personal está ligada a la concepción de su función adaptativa desde el punto de vista social. El paso de la centralidad del trabajo a su valoración a partir de rasgos extrínsecos, como por ejemplo el dinero que posibilita obtener, es registrado, en cambio, por modelos teóricos críticos del orden capitalista.

Así, por ejemplo, Molitor (1993) plantea que algunas de las características del modelo del trabajo correspondientes a la sociedad industrial han desaparecido, como por ejemplo el que se refiere a la dimensión colectiva de la acción, en cuanto a que el trabajo era considerado como una vía para la transformación colectiva de la sociedad, planteo que aparecía claramente en las ideologías que sustentaba el movimiento obrero.

En palabras de este autor, en la actualidad "... por parte de los jóvenes, cuando existe, la participación en el universo del trabajo es fundamentalmente individual y ya no mediatizada por categorías colectivas que marcaron las sociedades industrializadas, como son la clase social o la profesión" (pág. 295).

Según el análisis realizado por Blanch (1988), en la era posindustrial el significado del trabajo como valor se ha modificado, dado que la "mentalidad trabajista" ha resultado progresivamente inadecuada y disfuncional en relación con el actual statu-quo.

La ruptura de la centralidad del trabajo como valor está vinculada en primer lugar con la pérdida de la concatenación esfuerzo-logros, base de la concepción del self-made-man en el capitalismo industrial.

Las características del capitalismo posindustrial que produjeron el quiebre de la relación esfuerzo-logros son básicamente las ligadas a las nuevas tecnologías de producción y servicios que restringieron la demanda de mano de obra y a las nuevas reglas del mercado laboral. Estas reglas promovieron la saturación de la “salida” que en muchos casos significó el cuentapropismo, particularmente en países como la Argentina, con un importante porcentaje de personas con recursos mínimos como para emprender esta vía, que durante el período de 1970 a 1990 significó un importante modo de vida para los sectores medios.

Agotado este recurso sobreviene, especialmente para los jóvenes, la percepción de la ruptura de la concatenación esfuerzo-logros, que se expresa no sólo en relación con el trabajo, sino que invade también otros ámbitos.

En el nivel de la población que estamos analizando: jóvenes argentinos estudiantes de la escuela media, estas modificaciones se expresan en el elevado porcentaje de alumnos para quienes el paso por la escuela secundaria transcurre sin que se sientan motivados por la tarea, ni por alcanzar el "éxito" en la escolaridad, a través ya sea de la adquisición de conocimientos o de la obtención de buenas calificaciones (un análisis detallado de esta temática puede encontrarse en Alonso Tapia, 1992).

Estudios desarrollados por Weiner (1974) muestran que ya a partir de la pubertad los jóvenes no vinculan el éxito o el fracaso con el esfuerzo, como causa proveniente de ellos mismos, y por consiguiente, presumiblemente controlable.

Por el contrario, y tal como lo señalan varios autores (Peterson y Seligman 1987; Alonso Tapia y Sánchez García, 1986), el patrón de atribuciones más común entre los jóvenes con respecto al éxito es el que lo vincula a causas externas, no controlables, resumibles bajo la sensación de "indefensión".

Más que la motivación de logro (como veremos muy alta entre los jóvenes de la muestra), la modificación más importante en el sentido atribuido al trabajo está ligada a la ruptura de la idea de la posibilidad de alcanzar las metas propuestas a partir de esfuerzos sostenidos.

La segunda característica de la pérdida de centralidad del trabajo es la que se refiere a su valoración instrumental como medio para obtener recursos que posibiliten la supervivencia. Veremos en los datos de la investigación realizada que ésta es la principal valoración otorgada por los jóvenes encuestados al trabajo.

Cabría plantearse, pues, qué es lo que ha reemplazado al trabajo como valor central, aceptando la limitación a su sentido que le confiera la valoración instrumental. O bien, si no encontramos respuesta a este interrogante ¿es posible plantearse que nada ha reemplazado al trabajo como valoración central? ¿En este caso, equivale ello a postular, lo que podríamos denominar un vacío de sentido?

Nuestra idea es que más que un vacío tal, postulado por el existencialismo en correspondencia con otro momento histórico, se trata en el momento actual de una superposición de polos de atracción, entre los que difícilmente se perfilan unos con más nitidez que otros, resultando el trabajo una dimensión puesta al mismo nivel de jerarquización de otros aspectos, privilegiándose unos u otros según las circunstancias.

El “dejarse llevar”, más que el imprimir a dichas circunstancias el timón del esfuerzo parecería ser una característica por lo menos de buena parte de los jóvenes.

Hay que destacar que si bien al nivel de las representaciones el modelo tradicional del trabajo sigue vigente para la mayoría de los jóvenes, a nivel de la realidad socioeconómica es impracticable para la mayoría de ellos debido a las condiciones de desempleo, subempleo o precariedad laboral vigentes en la economía mundial.

Un aspecto particular de la representación social del trabajo ligada al puritanismo y al individualismo es la atribución del desempleo a factores fundamentalmente personales, más que estructurales o situacionales, en contra de la valoración positiva del sujeto "trabajador", sinónimo de "honesto" y "bien intencionado", valores vigentes aún en buena parte de los sectores sociales..

Podemos plantearnos, pues, ¿cuál es el panorama actual en cuanto al trabajo como representación social?

1.5 La persistencia de la centralidad del trabajo como cultural lag

A pesar de estos cambios, y por lo menos en los estudios mencionados anteriormente, realizados en Europa y Estados Unidos, es posible que para algunos sectores poblacionales el trabajo siga desempeñando un papel central con respecto a la identidad individual. En este caso, puede pensarse que la representación social del trabajo no se ha modificado consonantemente con los cambios ocurridos al nivel de la estructura productiva.

Sin embargo, Romagnoli (1984) plantea que, aun en el caso de que se mantenga la centralidad del trabajo como valor, ella se ha modificado, en el sentido de que tal centralidad “...es el fruto de un cálculo racional, de un balance entre expectativas y oportunidades” (pág. 58).

La persistencia de la "cultura del trabajo", que otorga centralidad a la actividad laboral en la vida de una persona, puede entenderse en algunos grupos sociales como la "relativa autonomía de una representación social con respecto a la infraestructura sociocultural en la que nace, de la que se nutre y a la que en cierto punto retroalimenta" (Blanch, 1988, pág. 149).

Con respecto al primero de los sentidos del trabajo analizados, el correspondiente a la ética protestante, la teoría de las representaciones sociales de Moscovici adelanta la posibilidad de entender que algunos núcleos valorativos de origen religioso, decantados por el sentido común, y después de haber sufrido el proceso de objetivación y anclaje propios de las representaciones sociales, persisten en el actual período histórico secularizado, aun después de que se haya extinguido la fuente religiosa que les dio su basamento.

Lo mismo ocurre con respecto al sentido del trabajo como base de la “autorrealización”, que puede persistir aun cuando la estructura socioeconómica en la que se apoyaba haya perimido.

La persistencia de estas representaciones permite verificar que el concepto de trabajo pertenece, pues, a dos dimensiones: la de la realidad socioeconómica y la de las representaciones sociales, que no necesariamente coinciden, si bien por supuesto existen interdependencias entre ambas.

2 Análisis del trabajo como valor en la metodología de S. Schwartz

El significado del trabajo como valor a partir de la escala para el estudio de los valores elaborada por S. Schwartz permite verificar que "trabajo" es un concepto polisémico, que puede asociarse a todos los tipos motivacionales de dicho modelo (Ros y Grad, 1991).

Siguiendo el planteo de estos autores podemos decir que "trabajo" está incluido en cada tipo motivacional del siguiente modo:

Seguridad: el trabajo contribuye a la seguridad física y material de los individuos, al par que proporciona un modo de satisfacer las necesidades de afiliación.

Poder: a través del trabajo puede obtenerse reconocimiento social y económico.

Logro: el trabajo proporciona oportunidades para adquirir y demostrar competencias.

Estimulación: el trabajo implica desafíos para el individuo, ampliando sus escenarios conductales.

Autodirección: la independencia y la creatividad son factores intrínsecos de la satisfacción laboral, vinculadas a las posibilidades de desarrollo personal.

Universalismo: el plano de lo laboral vincula a las personas con objetivos colectivos.

Benevolencia: la cooperación con otras personas hace posible alcanzar objetivos laborales que no podrían lograrse a nivel individual.

Conformidad: la aquiescencia con las normas laborales es un punto de partida para la aceptación de normas sociales.

Hedonismo: si bien aparentemente este tipo valorativo estaría relacionado negativamente con el significado de "trabajo", también es cierto que la meta del disfrutar de la vida puede ser vista como algo a alcanzar a través de la mediación del trabajo.

En resumen, el valor "trabajo" tiene un complejo conjunto de significados que pueden apelar a intereses tanto individualistas como colectivistas, asociándose de un modo u otro a todos los tipos motivacionales propuestos por Schwartz.

El predominio de significaciones asignadas por un grupo a este valor configurará su ubicación específica en cada caso.

La indagación acerca del valor asignado al trabajo por los jóvenes permite comprender cuál es su posicionamiento frente a él y sus actitudes concretas con respecto al ámbito de lo laboral.

3 La investigación empírica

3.1 Los datos

En el estudio que encaramos para responder a estas cuestiones, aplicamos un cuestionario sobre algunos aspectos del trabajo a una muestra de 767 jóvenes argentinos, estudiantes de escuelas secundarias, cuyas edades oscilaban entre 16 y 18 años, residentes en cuatro ciudades argentinas de diferente densidad de población: la ciudad de Buenos Aires, Merlo (un partido del Gran Buenos Aires), Neuquén y Bariloche.

El cuestionario aplicado en 1998 comprendió preguntas específicas sobre algunos aspectos de la variable trabajo y la escala sobre valores elaborada por S. Schwartz.

3.1.1 Conceptualización acerca del trabajo

Sólo el 9.6% de la muestra total de jóvenes concibe al trabajo como "lo más importante en la vida".

Esta proporción es significativamente mayor entre los jóvenes residentes en Bariloche, la ciudad más pequeña de la muestra considerada, en la que, existiendo pocas alternativas de intercambio social, el trabajo conserva en mayor medida su valorización como eje central de la vida.

Es también mayor el porcentaje de mujeres que consideran de este modo al trabajo, evidenciando así, tal como se confirma por sus respuestas al cuestionario de valores, una actitud general menos hedonista que los varones.

Los jóvenes algo mayores, de 18 años, valoran también más al trabajo que sus pares más jóvenes, mostrando un vuelco en su concepción al estar próximos a ingresar en el mercado laboral.

Del mismo modo, los jóvenes pertenecientes a los estratos sociales medios bajos valoran en mayor medida que los de clase media media al trabajo "como lo más importante en la vida", lo que hace pensar en la probable función de ascenso social que le asignan o en la seguridad que otorga la posición laboral en un medio plagado de incertidumbres.

El trabajo como medio para obtener dinero es la respuesta dada por el mayor porcentaje de jóvenes (el 39,5%), denotando la valoración instrumental que realizan de él.

Los jóvenes residentes en el Gran Buenos Aires responden en mayor proporción de este modo, tal vez por vivir más intensamente que sus pares de otras ciudades la situación de tener bajo poder adquisitivo en un medio bombardeado por incitaciones al consumo.

Coherentemente con este punto de vista, los jóvenes de los estratos más bajos y los más chicos conciben en mayor proporción al trabajo de este modo.

El 25% de los jóvenes ve al trabajo como un medio para acceder a un lugar en la sociedad, siendo en este caso algo mayor el porcentaje de jóvenes de Merlo y de Bariloche que responden de este modo.

Los habitantes de las dos ciudades más grandes de la muestra: Buenos Aires y Neuquén coinciden en la menor proporción en que dan esta respuesta, probablemente porque sus alternativas vitales están más diversificadas que las de los jóvenes de las ciudades más pequeñas.

El trabajo es visto como un medio para tener una familia por el 22% de la muestra, y esto es significativamente más así para los jóvenes residentes en la Ciudad de Buenos Aires y en Neuquén, y por los pertenecientes a los estratos medios medios, por lo que puede pensarse que ésta es una aspiración que tiene mayor vigencia en estos sectores.

En cuanto a cuáles son las características que más valoran de un trabajo, ellas son, por orden de importancia asignada:

En primer lugar el sueldo (más de la mitad de la muestra responde de este modo y en especial los jóvenes pertenecientes a los sectores sociales más bajos).

Los jóvenes de Neuquén valoran menos en este caso el sueldo que la posibilidad de trabajar en algo que guste, postura que es más señalada por los jóvenes pertenecientes a los sectores medios medios, que componen en mayor proporción la muestra de Neuquén.

En segundo lugar, a los jóvenes les importa "el ambiente de trabajo", entendiendo por tal el buen trato y respeto mutuo entre compañeros y con el jefe.

Este aspecto es más valorado por las mujeres, por los jóvenes más grandes, próximos a entrar en el mercado laboral y por los de sectores sociales más bajos de la muestra.

Vale la pena señalar acá que en una investigación longitudinal realizada por Mortimer y Lorence (1979), sobre 512 estudiantes universitarios, acerca de la influencia relativa de la selección ocupacional (los trabajos elegidos por los sujetos en función de sus preferencias) y de la socialización ocupacional (las normas, valores y actitudes incorporados por los sujetos a partir de su experiencia laboral concreta), se halló que la orientación hacia los valores del trabajo relacionados con las relaciones interpersonales en el ámbito laboral tendían a disminuir con el transcurso del tiempo.

En cambio, la importancia de las dimensiones de ingresos y autonomía en el trabajo tendían a aumentar con el tiempo.

Estos aspectos estarían ligados, pues, a un mayor individualismo a medida que se avanza en la edad, con una consecuente disminución de la importancia otorgada al clima social laboral.

Al 26% de los jóvenes le importa que el trabajo "le guste, que no sea monótono", siendo esta característica especialmente relevante para los jóvenes de los estratos medios medios, y, consecuentemente, para los residentes en Neuquén, ciudad en la que, como dijimos, ellos están representados más que en las otras de la muestra.

Este aspecto es también más valorado por las mujeres y por los jóvenes de menor edad, menos acuciados tal vez por la perentoriedad de la inserción laboral, que puede significar en algunos casos tener que resignar esta condición.

El que se trate de un trabajo en el que se ejerzan responsabilidades importa a un 11% de los jóvenes, en mayor medida a los residentes en Neuquén, que evidentemente apuestan a la jerarquización de su futura actividad laboral.

Que el trabajo se adecue a los estudios realizados y que implique posibilidades de progreso son aspectos que importan cada uno a un 7% de los jóvenes, lo cual no deja de llamar la atención en un país en el que la devaluación de las credenciales educativas lleva a encontrar graduados universitarios trabajando en actividades poco calificadas.

Las categorías anteriores pueden agruparse siguiendo el esquema de G. Romagnoli (1984) en indicadores de:

1) instrumentalismo (el sueldo);
2) autorrealización en el trabajo (que resulte interesante, que implique posibilidades de progreso, que se adecue a los estudios realizados, que implique responsabilidad, que guste);
3) desarrollo del trabajo (el ambiente laboral).

Ateniéndonos a esta clasificación, el instrumentalismo suma el 53% de las respuestas, la autorrealización el 47% y el desarrollo de la actividad laboral el 44% (se trata de respuestas múltiples, por lo que la suma da más de 100%).

En un trabajo realizado por el mismo autor (1984), en el que se encuestó a 4.000 jóvenes italianos, se encontraron resultados semejantes: los indicadores que se categorizan como "instrumentales" en relación con los aspectos deseables en el trabajo (el sueldo, la seguridad en el puesto, la posibilidad de mejorar el salario), recogen el 48% de las respuestas, seguidos de los indicadores de autorrealización en el trabajo (autonomía, intereses, posibilidad de progresar y de expresarse), que reagrupan al 33% de los entrevistados, mientras que sólo el 17% considera en primer lugar las condiciones en las que se lleva a cabo la actividad laboral (horario, relación con los colegas y superiores).

En nuestro estudio, estos últimos indicadores son mencionados en mayor proporción. Así, los jóvenes de la muestra argentina, si bien comparten con los jóvenes de un país desarrollado como Italia el criterio de instrumentalismo como primer rasgo que se ha de valorar en un trabajo, también rescatan los aspectos que hacen a las relaciones interpersonales y al clima laboral, factores que podríamos catalogar como de índole afectiva. Probablemente éste sea un aspecto que aún se valora en una sociedad en la que predominan, como vimos, rasgos de lo que Triandis (1988, 1990) denomina colectivismo.

Vale la pena señalar que el criterio de "estabilidad" no es mencionado por los jóvenes del presente estudio, como si la inseguridad derivada del riesgo de perder el empleo o de acceder sólo a trabajos ocasionales no fuera aún un fantasma presente en el imaginario de estos jóvenes, que aparentemente no han reconocido todavía las nuevas condiciones laborales que reinarán en el mercado en el momento en que ellos se inserten en él.

Con respecto a la posibilidad de considerar al trabajo como un ámbito de autorrealización, tanto el estudio realizado en Italia como el realizado en la Argentina coinciden en que se trata de un aspecto valorado en segundo lugar, especialmente por los jóvenes de los estratos más bajos de la muestra. Sólo para los jóvenes de los estratos medios medios el trabajo es también un lugar de autorrealización.

Hay que señalar que también en ambas muestras los indicadores de instrumentalismo están más presentes entre los hombres que entre las mujeres, y entre los jóvenes pertenecientes a los sectores sociales más bajos que entre los de los sectores medios más altos.

Con respecto a los criterios sobre remuneraciones, frente a la pregunta: ¿quién debería ganar más?, las respuestas que podrían agruparse como indicadores de mérito (el que rinde más, tiene más experiencia, más responsabilidad, más estudio) suman el 70%.

Los indicadores de necesidad (el que necesita más, hace un trabajo más fatigoso, etc.), suman el 21% de las respuestas.

Este tipo de respuestas se da más entre los jóvenes de sectores sociales más bajos de la muestra, entre las mujeres y entre los jóvenes más grandes, quienes resultan así más proclives a los valores de igualitarismo referidos al trabajo.

Coincidentemente, aparece también en mayor proporción entre los jóvenes de Merlo y de Bariloche, ciudades en las que están más representados en la muestra los sectores medios bajos.

El porcentaje de respuestas encontrado en este aspecto en nuestro estudio es menor que el encontrado en el realizado en Italia, en el que alcanza al 38%.

Podría pensarse que la fuerte tradición política de los sindicatos de los trabajadores italianos ha logrado sembrar un discurso que tiende a valores igualitarios en mayor medida de lo que ha ocurrido en la muestra Argentina, en la que, como dice Molitor refiriéndose a la sociedad belga, "la huella ideológica o cultural que el movimiento obrero pueda tener sobre las representaciones es leve o inexistente" (pág. 295).

En cuanto a los criterios de satisfacción en el trabajo, siguiendo la clasificación de Herzberg (1966) en cuanto a factores intrínsecos y extrínsecos de satisfacción, las respuestas que pueden englobarse como satisfacción intrínseca ("que me guste la tarea", "que se trate de un buen ambiente") son elegidas en primer y en tercer lugar, respectivamente, mientras que lo que sería caracterizable como satisfacción extrínseca: el sueldo, lo es en segundo lugar.

Se trata, pues, de criterios que engloban a ambos tipos de satisfacción, aunque llama la atención que los jóvenes argentinos de la muestra valoren nuevamente de un modo significativo el "clima social", como supuesto factor de bienestar psicológico. Este aspecto es más valorado por las mujeres.

En resumen, los aspectos tratados más arriba constituyen elementos de la representación social del trabajo sostenida por los jóvenes encuestados. En ella puede decirse que los elementos centrales están constituidos por el instrumentalismo (el trabajo valorado por el rédito económico que implica) y los elementos periféricos por la autorrealización y el clima social (afectivo) en el que se desarrolla la actividad.

Ateniéndonos a nuestra propuesta teórica, en cuanto a considerar los elementos centrales de la representación como los elementos valorativos, puede decirse que la autorrealización, que puede considerarse como lo valorado (central), en la imagen del trabajo correspondiente al capitalismo industrial, ha pasado a ser un elemento periférico de la representación acerca de este mismo objeto en el capitalismo posindustrial, en el que el elemento central (valorativo) es lo instrumental.

Los temas sindicales y sociales aparecen como marginales en la representación acerca del trabajo de los jóvenes encuestados, lo que aleja también a dicha representación de la correspondiente a la fase anterior del capitalismo.

¿Corresponde esto a una visión más “realista” del trabajo por parte de los jóvenes encuestados o a una visión desencantada? La respuesta a esta pregunta depende de la postura en la que nos ubiquemos con respecto al análisis de nuestro momento histórico. Retomaremos este interrogante en el apartado 4.3.2.

3.1.2 Representaciones con respecto a la autonomía de la casa paterna

El trabajo como indicador de autonomía del sujeto con respecto a su familia de origen está vinculado con las ideas de los jóvenes con respecto al momento adecuado para separarse de la casa paterna y vivir solos.

Frente a la pregunta acerca de cuál consideran que es la edad apropiada para empezar a vivir solo, el 57% de la muestra responde que ella está entre los 18 y los 20 años, el 17% entre los 21 y los 23 años y el 4% menciona los 24 años y más.

Es interesante señalar que el 14% responde no saber cuál es la edad apropiada para esto y el 5% que ella depende de la madurez de la persona de que se trate.

Existen con respecto a esta pregunta diferencias significativas por zonas. Así, en las ciudades del interior del país que entraron en el estudio, una mayor proporción de jóvenes (el 61% en Bariloche y el 63% en Neuquén) considera que el período comprendido entre los 18 y los 20 años es el más adecuado, mientras que estos porcentajes bajan especialmente en la Capital (44%), y en menor proporción en Merlo (58%).

La prolongación de la dependencia de la casa paterna es así aceptada por una mayor cantidad de jóvenes residentes en la Ciudad de Buenos Aires, para los que la complejidad de la vida en la gran ciudad torna aceptable la postergación de la autonomía, si bien el 70% de ellos acepta la postergación sólo hasta los 23 años.

Es muy probable también que la mayor proporción de jóvenes de las ciudades del interior que mencionan el período de 18 a 20 años como la edad posible de alejamiento de la casa paterna se vincule con la necesidad de viajar a otras ciudades para cursar estudios universitarios, dada la falta de existencia de todas las carreras en los centros universitarios de la zona.

Recordemos que se trata de las representaciones de los jóvenes encuestados acerca de cuál consideran que es la edad óptima para que se produzca la separación del hogar de origen, y no lo que realmente ocurre.

Si bien no tenemos información en Argentina sobre esto último, puede servir como dato a tener en cuenta lo arrojado por el "Estudio sobre la emancipación de los hijos", realizado en España en 1984: sólo un 17% de los varones y un 21% de las mujeres entre 16 y 29 años de edad viven separadamente del hogar de origen, con autosuficiencia económica (Informe Juventud en España, 1985).

La emancipación de la familia paterna es, por consiguiente, en la actualidad, y según estos datos, un fenómeno muy tardío.

Es interesante señalar que en nuestros datos, es mayor el porcentaje de mujeres que de varones que menciona el período de 18 a 20 años como el apropiado para irse de la casa paterna, siendo mayor el porcentaje de varones que menciona los 24 años y más como edad adecuada. Estos datos coinciden con la mayor proporción de mujeres en el estudio español que se han separado de la casa paterna en el período considerado.

Llama la atención que los jóvenes de menor edad (16 años) mencionan en mayor proporción el período de los 18 a los 20 años para vivir solos, como si el aproximarse a la edad mencionada hiciera postergar el proyecto de emancipación, ya sea por mayor contacto con las dificultades inherentes a él o por temores no presentes cuando la fecha posible no está tan cercana.

Es también mayor el porcentaje de jóvenes de clase media baja que mencionan el período de 18 a 20 años, como si la perentoriedad económica los impulsara, por lo menos en su imaginario, a hacerse autónomos.

Los jóvenes de la Ciudad de Buenos Aires mencionan en mayor porcentaje el criterio de "madurez" como condicionante de la edad para independizarse, probablemente porque toman en consideración en mayor medida variables psicológicas en relación con esta decisión, más que aspectos económicos, o de necesidad de formación en otro lugar.

Esto es así también en mayor proporción entre los jóvenes de clase media media y entre los jóvenes más grandes.

Es interesante comparar las respuestas a la pregunta que acabamos de analizar con la que se refiere a la edad que los jóvenes consideran óptima para casarse.

El 37% menciona el período comprendido entre los 24 y los 26 años, repartiéndose el resto de las respuestas antes de los 23 años (el 21%) y después de los 27 años: el 22%.

Como se ve, la emancipación de la casa paterna no corre pareja para estos jóvenes con la idea del casamiento, que en general postergan hasta la mitad de la década de los 20.

Habría que indagar si se trata de una postergación de la legalización de las uniones de hecho o si en el imaginario de los jóvenes se trata de un período (de los 18 a los 24 años, aproximadamente), en el que no se conciben conviviendo con una pareja.

Existen a este respecto diferencias significativas por sexo, dado que si las mujeres plantean en mayor proporción que los varones (69% a 45%, respectivamente), que la edad ideal para casarse es antes de los 26 años, éstos últimos plantean en mayor proporción que ellas que dicha edad ideal es después de los 27 años (35% y 13%, respectivamente). Es evidente que esto se vincula con las pautas culturales diferenciales para hombres y mujeres con respecto a la edad “adecuada” para casarse en nuestra sociedad.

De todos modos, es interesante mencionar el alto porcentaje de mujeres que señala específicamente el período de 24 a 26 años como el ideal (41%), rechazando la formación de una familia en edades anteriores.

Como es sabido, las mujeres pertenecientes a estratos sociales más bajos forman uniones más precozmente que las de los estratos más altos, tendencia que se verifica también en estos datos, referidos a las representaciones sociales.

Vuelve a aparecer en este tema el criterio de la "madurez", mencionado especialmente por los jóvenes de la Ciudad de Buenos Aires y de los sectores medios, más imbuidos, como señalábamos antes, de consideraciones de corte psicológico como mediadoras de la toma de decisiones.

Las respuestas a la pregunta acerca de la edad ideal para tener hijos evidencian una mayor postergación aún que las obtenidas con respecto al casamiento.

Mientras el 37% de los encuestados menciona que dicha edad corresponde al período comprendido entre los 23 y los 26 años, el 23% señala el de 27 a 29 años y el 20% los 30 años o más.

Este último período es mencionado en una proporción significativamente mayor por los varones, mientras que las mujeres mencionan en mayor proporción el período entre los 24 y los 26 años y entre los 27 y los 29 años.

Se observa, así, que en el imaginario de estos jóvenes existe un considerable lapso entre la formalización de la unión matrimonial y la llegada de los hijos.

Esto no es lo que sucede en la realidad en la investigación realizada en España, en la que entre las uniones matrimoniales que llevaban un año de constituidas (el 60% de los jóvenes entre 25 y 29 años), un 74% tenía ya un hijo.

Independientemente de las diferencias por género, tanto los hombres como las mujeres jóvenes encuestados tienden a posponer en sus representaciones el proyecto de paternidad, probablemente por la importancia acordada por parte de un porcentaje alto al proyecto de proseguir estudios.

Con respecto específicamente a la pregunta acerca de cuál consideran que es la edad más apropiada para empezar a trabajar, el 48% de los jóvenes menciona el período de los 18 a los 20 años, el 21% antes de los 18 años y el 16% a los 21 años o más, con el 15% de respuestas en la categoría "no sabe".

Los jóvenes de los sectores más bajos de la muestra mencionan en mayor proporción edades más tempranas que los de sectores de clase media media.

Este criterio se asemeja así al mencionado en relación con la edad ideal para vivir solo.

En cambio, la constitución de una familia, cuyos indicadores son la edad considerada ideal para casarse y para tener hijos, resultan postergadas en cinco o más años con respecto a los otros criterios de autonomización.

Podemos concluir que los jóvenes de la presente muestra están ansiosos por independizarse económicamente de la casa paterna y sentar así su autonomía, pero que ella no incluye la reproducción social a nivel del núcleo familiar, que resulta postergada.

Su ideal de vida en el período inmediato posterior al del momento de realización de la encuesta estriba en lograr la autonomía, basada en el logro de una posición laboral, más que los aspectos afectivos vinculados a la consolidación de una pareja.

Aun cuando no podamos comparar estos datos con información relativa a períodos anteriores, podemos suponer que esta postura representa un cambio en relación con una época en la que el romanticismo alimentaba buena parte de las fantasías juveniles.

3.1.3 Representaciones acerca de la relación entre educación y trabajo

La orientación hacia lo laboral se ve ratificada por las respuestas a la pregunta acerca de qué capacitación debería brindar la escuela secundaria, frente a la cual el 30% de los jóvenes menciona la "capacitación práctica", el 12% "ayudar a buscar trabajo" y el 13% una herramienta concreta para la inserción laboral, como computación.

Sólo el 12%, y notablemente más en Bariloche y Neuquén, menciona una "buena base", respuesta que hace pensar en la capacitación para seguir estudiando, más que en la aspiración de lograr herramientas para la inserción laboral.

La desorientación y la falta de expectativas con respecto a la escuela secundaria se expresa en el alto porcentaje (24%) que responde "no sabe" frente a esta pregunta, como si no pudieran forjarse ideas concretas con respecto a qué escuela media querrían.

Si sumamos los porcentajes de jóvenes que contestan “capacitación práctica”, “una herramienta concreta para la inserción laboral” y “ayudar a buscar trabajo”, a las que podemos englobar en una categoría que podría denominarse “capacitación para el trabajo”, hallamos que algo más de la mitad de los jóvenes encuestados considera a la educación como un recurso con miras a la inserción laboral, lo que coincide con el planteo de articular la educación con la demanda de calificaciones laborales, temática que surge en la década de los años 90 con especial énfasis en la discusión de las políticas educativas (Gallart y Jacinto, 1995), pero que sólo se ha comenzado a implementar, a través de los procesos de descentralización educativa presentes en la reforma educativa en marcha en el país.

En relación con las expectativas concretas de los jóvenes al finalizar la escuela secundaria, la mayoría (68%) aspira a estudiar y trabajar, el 21% piensa sólo estudiar y el 9% sólo trabajar.

Aun teniendo en cuenta que estamos analizando qué piensan los jóvenes que harán al terminar la escuela secundaria, y no la proporción real de jóvenes que simultáneamente estudian y trabajan al terminar el ciclo medio de la enseñanza, la proporción de los que aspiran a la simultaneidad de ambas actividades es muy alta.

Tomemos en cuenta, por ejemplo, que en la Primera Encuesta Ómnibus realizada en España sobre 4.000 jóvenes, sólo el 7% de los jóvenes de 15 a 29 años realizan simultáneamente alguna clase de estudios académicos y alguna clase de actividad económica. Como bien dicen los autores del Informe Juventud en España (de Zárraga, 1985), "la figura del `estudiante trabajador' es excepcional en nuestra sociedad".

No es lo que ocurre en la Argentina. En un estudio realizado por Toer sobre estudiantes universitarios (1990), surge que el 60% de ellos realiza algún tipo de trabajo remunerado.

Los proyectos de los jóvenes de nuestro estudio no están, pues, alejados de la situación probable que protagonizarán en etapas próximas de sus vidas.

Los jóvenes residentes en Neuquén responden en mayor proporción que piensan estudiar solamente, coherentemente con la mayor proporción entre ellos de jóvenes pertenecientes a los estratos medios medios, quienes también responden en mayor proporción de este modo.

Recíprocamente, mayor proporción de jóvenes pertenecientes a los estratos más bajos de la muestra, y en especial los varones, aspiran a trabajar solamente.

Se observan también diferencias en las respuestas a esta pregunta en función de la edad: a medida que son más grandes los jóvenes piensan menos en estudiar únicamente y más en trabajar y estudiar. El trabajo es, pues, una condición que se percibe ligada a la mayoría de edad, a la que se toma en cuenta como aspiración cuando se llega a ella.

Llama la atención que sean más las mujeres que los varones los que aspiran a trabajar y estudiar, como si en este período sus proyectos fueran más ambiciosos y amplios.

Si tomamos en cuenta las respuestas que mencionan sólo el estudio, sumadas a las que mencionan estudiar y trabajar, encontramos que el 83% de los varones y el 92% de las mujeres de la presente muestra proyectan proseguir sus estudios al finalizar la escuela secundaria.

Altos porcentajes, que hablan de una fuerte motivación de logro en estos jóvenes, dirigida hacia la ampliación de sus saberes y de su formación. Probablemente esto esté indicando también, en una población orientada precozmente hacia el mundo del trabajo, la necesidad de una capacitación mayor para lograr la inserción laboral.

3.1.4 Representaciones acerca de las probables experiencias laborales

El imaginario acerca de cómo buscar el primer trabajo muestra una diferencia marcada entre los jóvenes de la Ciudad de Buenos Aires y de Merlo, quienes mencionan en mayores proporciones canales impersonales, especialmente el diario, mientras que en las ciudades del interior se mencionan en mayor proporción los contactos personales como vía de acceso al primer trabajo (recomendaciones, "caminar y tocar puertas").

Probablemente esta diferencia se vincula con un diferente estilo de accesibilidad a oportunidades laborales entre las grandes ciudades y las ciudades de provincia, donde las relaciones personales cuentan más que otros recursos.

De todos modos, en especial el pensar en "recomendaciones" es mencionado en mayor proporción por los jóvenes de los sectores sociales más altos de la muestra, que evidentemente sienten que cuentan con más recursos en este sentido.

Es también importante consignar que el 25% de los jóvenes (y más aún en Neuquén), no sabe de qué modo buscaría el primer trabajo, como si aún no se hubieran puesto a pensar concretamente en el tema, a pesar de la importancia que confieren a este aspecto.

El 14% de la muestra de jóvenes refiere que ya está trabajando, porcentaje que alcanza al 18% en Bariloche. No es un porcentaje despreciable, teniendo en cuenta que comprende también a los jóvenes más chicos de la muestra (de 16 años).

Aunque no contemos con datos acerca de cómo consiguieron estos jóvenes su primer empleo, si tomamos en cuenta el mencionado estudio español, las primeras ocupaciones se consiguen en una abrumadora mayoría por contactos personales, más que por canales institucionalizados. Teniendo en cuenta que la mayoría de los primeros trabajos de los jóvenes, según esa misma fuente, son trabajos inestables, que comprenden parte de la jornada laboral, y que este tipo de puesto laboral se cubre habitualmente a través de las relaciones personales, parecería que los jóvenes residentes en Bariloche y Neuquén están mejor ubicados en este aspecto, o más cercanos a la realidad que es posible que encuentren en el momento en que busquen trabajo.

Una instancia que no mencionan los jóvenes argentinos encuestados como alternativa en la búsqueda de empleo es la representada por las agencias de colocaciones, que sí aparecen en el estudio hecho en España, lo que alude a una mayor utilización de canales institucionales por parte de los jóvenes españoles, en este aspecto.

Con respecto a cómo imaginan el primer trabajo, los que aún no se han iniciado laboralmente, el 33% de la muestra no puede responder, denotando nuevamente el no haberse puesto a prever la situación en términos concretos, más allá de su postura valorativa con respecto a en qué querrían trabajar.

Sólo el 8% de los jóvenes de Bariloche piensa que se tratará de una actividad que posibilitará su progreso, contra porcentajes mucho menores que piensan lo mismo en las restantes ciudades.

La expectativa con respecto a si podrán conseguir el trabajo que quieren es alta: más del 70% de los jóvenes contesta afirmativamente. Esta proporción es mucho más alta que la encontrado en una investigación realizada en Italia, en la que el 46% de jóvenes duda acerca de si podrá cumplir sus expectativas laborales.

Evidentemente, aun cuando el ajuste económico en la Argentina representó un fuerte cimbronazo para la clase media y los sectores populares, al que los jóvenes del presente estudio no pueden haber permanecido ajenos, sus expectativas en lo que respecta a su futuro laboral y su motivación de logro no se han visto sacudidas por la realidad.

Las razones esgrimidas por los jóvenes encuestados para avalar sus expectativas positivas en relación con el trabajo son en primer lugar su confianza en estar capacitados en el futuro (27%); el esfuerzo que pondrán para conseguirlo (21%); el "tenerse confianza" en general (15%) y el "tener suerte" (13%).

La primera respuesta mencionada: la capacitación, es dada más frecuentemente por los jóvenes de la Ciudad de Buenos Aires y de Neuquén, ciudades que, como dijimos, ofrecen mayores alternativas de formación.

Es también algo mayor el porcentaje de mujeres en relación con los varones que dan esta respuesta, coincidente con el porcentaje algo más alto de mujeres que proyectan proseguir sus estudios al término de la escuela secundaria.

Es también llamativo el porcentaje de mujeres que cifra sus expectativas con respecto al conseguir el trabajo que quieran en el esfuerzo (las mujeres que responden de este modo doblan a los varones). Estos últimos, en cambio, cifran sus expectativas en una mayor proporción en la confianza en sí mismos en general y en el factor "suerte".

Este último aspecto haría pensar que el locus externo del control acerca de lo que a uno le sucede, en la conocida clasificación de Rotter (1966), se da en mayor proporción entre los varones.

Las mujeres, en cambio, tal vez por su inserción más reciente desde el punto de vista histórico en el mercado de trabajo, se sienten más inseguras y saben bien que sus posibilidades dependen en buena medida de la dedicación personal que pongan en sus proyectos.

También se verifican diferencias importantes en términos del locus externo o interno en las diferentes ciudades estudiadas.

Así, en la Ciudad de Buenos Aires, el porcentaje de jóvenes que hacen residir sus logros en condiciones que escapan a sus posibilidades de control es significativamente menor que en las otras tres ciudades.

Entre éstas, el porcentaje que responde en términos de "locus externo" es considerablemente mayor en Merlo, ciudad en la que la muestra de jóvenes proviene de hogares con menores recursos.

En Bariloche, en cambio, el "tenerse confianza" es una respuesta que se da en mucha mayor proporción.

Esta respuesta, junto con la mención al factor suerte se da más también entre los jóvenes de los estratos medios medios, quizás porque los más bajos valoran en mayor medida la importancia del esfuerzo personal.

Curiosamente, los jóvenes de Merlo tienen la sensación de que no faltan puestos de trabajo, a diferencia de los que residen en Bariloche y en la Ciudad de Buenos Aires, que perciben, en cambio, la dificultad para insertarse laboralmente.

Es posible que esta diferencia de percepción se refiera al tipo de actividad laboral a la que aspiran unos y otros jóvenes, dado que los residentes en Merlo probablemente piensen en trabajos menos calificados, con referencia a los cuales perciben que existen oportunidades.

De hecho, son los que en mayor proporción piensan trabajar y no seguir estudiando al término del secundario.

Sin embargo, y tal vez por eso mismo, son quienes menos respuestas registran en cuanto al "tenerse confianza".

Analizando las razones esgrimidas por los jóvenes acerca de por qué es improbable que consigan el trabajo que quieran, mencionan en una alta proporción la falta de trabajo. La dureza del mercado laboral es percibida en mayor medida en el interior (más del 60% de las respuestas lo marcan así), que en la Ciudad de Buenos Aires (30% de respuestas), y en mayor medida por los varones que por las mujeres, quienes perciben que sus dificultades residirán especialmente en la falta de experiencia y de capacitación que enmarcará sus primeras tentativas de insertarse en dicho mercado.

La falta de recursos económicos es percibida como razón de la improbabilidad de conseguir el trabajo que se desea en mayor medida por los jóvenes de la Ciudad de Buenos Aires, de quienes se puede deducir así que proyectan actividades que requieren contar con un capital inicial, como el comercio o alguna actividad productiva. Quizás por eso reconocen también, en mayor medida, como dificultad para iniciarse laboralmente, la falta de experiencia.

Con respecto a la imagen que tienen acerca de cómo será su trabajo diez años más adelante, sólo el 36% de los jóvenes en general confían en que será mejor que el primer trabajo en el que se desempeñen.

El pesimismo a este respecto es mayor entre los jóvenes de la Ciudad de Buenos Aires, quienes tampoco confían en que puedan trabajar en la profesión para la que se capaciten estudiando.

No ocurre lo mismo, en cambio, en Neuquén, donde aparentemente los jóvenes ven mayores posibilidades de progreso que las que perciben los residentes en la Ciudad de Buenos Aires, quienes conciben el mercado laboral con un alto grado de saturación, lo que les crea un grado también alto de incertidumbre al respecto: el 53% afirma no poder imaginarse cómo será su trabajo diez años después.

Curiosamente, no lo ven así los jóvenes de Merlo, quienes se muestran también más optimistas con respecto a sus perspectivas laborales futuras.

Una visión interesante acerca de las representaciones sociales de los jóvenes con respecto al progreso en el plano económico la dan las respuestas a la pregunta acerca de "cómo creen que una persona puede hacerse rica en la Argentina".

Sólo el 36% de los jóvenes encuestados considera que el modo de "hacerse rico" es "trabajando duro". Este porcentaje, tal como surge también de respuestas anteriores, es mayor en Bariloche, ciudad que entre las cuatro estudiadas puede decirse que mantiene con mayor énfasis lo que se ha dado en llamar "cultura del trabajo".

Lo mismo ocurre con respecto a las mujeres, quienes sustentan esta postura en mayor proporción que los varones.

Al porcentaje mencionado puede sumarse el 12% de las respuestas que mencionan el destacarse en los estudios como forma de enriquecimiento. Esta categoría, que podríamos denominar "esfuerzo personal", suma, pues, el 48% de las respuestas.

Los "negocios no limpios" son la segunda alternativa mencionada por los jóvenes como fuente de enriquecimiento, seguida por "la política", respuesta que podría unirse a la anterior, dado que no hay algo muy limpio en el aprovechamiento personal durante el ejercicio del poder político.

Uniendo las dos respuestas, el 44% de los jóvenes encuestados piensa que en la Argentina la riqueza proviene de conductas corruptas, en algún sentido.

Este porcentaje es mayor entre los jóvenes residentes en la Ciudad de Buenos Aires, en donde alcanza al 57%, como si percibieran que el anonimato de una gran ciudad es un caldo de cultivo más apropiado para los fenómenos asociados con la corrupción.

Respuestas que aluden al enriquecimiento a expensas de circunstancias fortuitas, como casarse con una persona rica (13%), especular con dinero (9%), o ganar en juegos de azar (8%), son mencionados en tercer lugar, comprendiendo el 30% de las frecuencias, en total.

Esta última alternativa es sostenida en mayor proporción por los jóvenes de la Ciudad de Buenos Aires, quienes resultan así los más escépticos de la muestra con respecto a las posibilidades de progresar económicamente en la Argentina de hoy a partir del esfuerzo personal dedicado a fines lícitos.

Comparando estos datos con los de una investigación realizada en España (Martín Serrano, 1991), sobre una muestra de 1210 encuestas a jóvenes de edades similares a las de los jóvenes del presente estudio, en la que se indagó sobre lo mismo, puede verse que la proporción de jóvenes que percibe el esfuerzo personal en fines lícitos como modo posible de enriquecimiento es casi igual.

En cambio, los jóvenes españoles asignan mayores posibilidades a factores fortuitos a este respecto, como el casamiento o la lotería, mientras que los jóvenes argentinos priorizan los factores que tienen que ver con el enriquecimiento ilícito, ya sea la corrupción ligada a la política u otras formas de delitos económicos.

La especulación, en cambio, que unos años atrás hubiera sido una respuesta que concitara seguramente mayores frecuencias en la Argentina, ha quedado atrás en la percepción de los jóvenes como fuente posible de enriquecimiento, siendo el porcentaje en que la mencionan semejante al de España.

El alto porcentaje de jóvenes argentinos de la muestra, especialmente residentes en la Ciudad de Buenos Aires, que percibe la posibilidad de la corrupción en el ámbito político se liga a la concepción desesperanzada con respecto a los políticos, que expresan los jóvenes al preguntárseles acerca de sus expectativas sobre el futuro.

Llama particularmente la atención el poco valor dado a los estudios como fuente posible de enriquecimiento. Frente a la pregunta acerca de si el hecho de no seguir estudiando después del secundario implicaría contar con más o menos dinero a la larga, sólo el 20% de la muestra responde que esto los conduciría a tener menos dinero en el futuro.

Los jóvenes de los estratos medios medios contestan en una proporción algo mayor de este modo. Los de los estratos más bajos de la clase media, en cambio, desestiman el valor de los estudios post-secundarios como fuente de ganar dinero.

En el estudio realizado por Martín Serrano (1991) en España, ya citado, la seguridad parece ser el beneficio percibido por el seguir estudiando después del secundario, mientras que el obtener dinero de forma inmediata sería el beneficio de ingresar al mercado laboral de forma inmediata.

Alrededor del 50% de los jóvenes encuestados en el presente estudio responden que no saben qué efectos produciría en sus posibilidades de enriquecerse el no estudiar después del secundario, y el 23% contesta que ello no implicaría diferencias con respecto al dinero que podrían llegar a ganar.

Podría plantearse entonces cuál es la motivación que lleva a la casi totalidad de estos jóvenes a plantearse el proseguir estudiando, dado que no ven en el estudio un medio de conseguir más dinero, ni un modo de asegurarse una posición laboral.

Se trataría, aparentemente, de un mandato o de una aspiración que cumple funciones de realización personal, ligada tal vez a un reconocimiento social no adscripto al status económico, sino al prestigio.

Así, si bien con respecto al trabajo los jóvenes se mueven con criterios instrumentales, en el sentido de valorar el trabajo que les dé más rédito (más ganancias), sin esperar de él una especial satisfacción intrínseca, en cambio aparentemente valoran el seguir estudiando como valor en sí mismo y no por las consecuencias beneficiosas que podría acarrearles en términos de una mayor gratificación económica.

El estudio se opondría así al trabajo, en cuanto a que implicaría en sí mismo una suerte de satisfacción intrínseca, más que un valor instrumental.

3.1.5 Información y representaciones acerca de algunos tipos de ocupaciones laborales

Quisimos indagar acerca del conocimiento que tienen los jóvenes respecto de una alternativa laboral diferente al trabajo en relación de dependencia o al trabajo por cuenta propia, como es la organización cooperativa.

El 42% de la muestra global de jóvenes no sabe qué es una cooperativa, si bien el 62% dice conocer alguna.

Las definiciones que adelantan con respecto a los fines de tal tipo de asociaciones no incluyen los económicos, sino más bien los beneficios sociales. Así, el 23% la define como una asociación de ayuda mutua y otro 23% como una unión de personas que persiguen el mismo fin.

Los jóvenes de las dos ciudades del interior han oído hablar algo más de este tipo de organizaciones que los de Ciudad de Buenos Aires y Gran Buenos Aires.

Los de la Ciudad de Buenos Aires la identifican con una "sociedad de fomento", institución comunitaria que se acerca más a sus ojos a tal forma de organización.

Los jóvenes de Bariloche, en la medida en que existe en esta ciudad la "cooperativa de electricidad", que se encarga del suministro de dicho servicio, han oído hablar en mayor proporción que los de las otras ciudades de este tipo de asociación (el 78% afirma conocer una cooperativa), aun cuando no vislumbran otros de sus fines posibles, por ejemplo productivos.

Con respecto a la pregunta acerca de qué hace falta a su juicio para iniciar una empresa, el 74% menciona "capital y mercaderías" y el 32% "capacitación y organización".

Los jóvenes de Bariloche hacen hincapié especialmente en "el entusiasmo", coherentemente con su visión mucho más voluntarista, que hace recaer buena parte de las posibilidades de alcanzar lo que se proponen en sus esfuerzos personales. Posiblemente esto corresponda a un "ethos" grupal de esta ciudad, en la que es frecuente escuchar comentarios laudatorios acerca de la cantidad de horas que trabajan algunas personas, particularmente las abocadas a pequeñas unidades productivas, comerciales o de servicios.

4 El significado del valor "Trabajo" en la escala de S. Schwartz

En términos generales, en la presente muestra, el valor "trabajo" se ubica en el tipo valorativo benevolencia y en el límite con conformidad, próximo a valores como "honesto", "considerado con padres y mayores", "una vida espiritual" y "auto-disciplina".

El examen de las correlaciones de Pearson entre "trabajo" y los índices motivacionales muestra que este valor se correlaciona positivamente, por orden de importancia con benevolencia, seguridad, universalismo, conformidad y tradición, y negativamente con hedonismo y poder.

Estos resultados muestran que el trabajo es visto por los jóvenes de la muestra como adaptación a las circunstancias de la vida, más que como alternativa para logros personales.

En este aspecto los jóvenes argentinos encuestados se alejan de los encuestados en una muestra española (Ros y Grad, 1991), y se acercan a las posturas que en dicho estudio mantienen los adultos (profesores de enseñanza media), como puede verse en la siguiente tabla.

Tipos valorativos

profesores

estudiantes

estudiantes

españoles

españoles

argentinos

universalismo

.43

.40

.42

benevolencia

.47

.27

.45

tradición

.36

.08

.27

conformidad

.52

.19

.39

seguridad

.43

.27

.44

poder

.10

.22

-.00

logro

.28

.14

.15

hedonismo

-.10

.25

-.06

estimulación

-.05

.14

.03

autodirección

.10

.41

.15


Orientaciones generales

trascendencia

.49

.39

.48

conservación

.52

.21

.46

autoafirmación

.11

.28

.04

apertura al cambio

.01

.29

.05


Intereses

colectivismo

.54

.20

.44

individualismo

.08

.33

.07

La consecuencia de que el trabajo esté ligado a estos tipos valorativos puede ser que esté realizado "por cumplir", sin otras motivaciones, y por consiguiente, no como un instrumento de autorrealización.

Sin embargo, existe un matiz que diferencia las respuestas de los jóvenes argentinos encuestados: si bien el valor que correlaciona en más alto grado con trabajo es "considerado con padres y mayores", el segundo es "justicia social", un valor incluido en el tipo valorativo universalismo. Por otra parte, "trabajo" se correlaciona negativamente con "poder social".

Existe por lo tanto, además de la connotación de aceptación del statu quo de este valor para los jóvenes argentinos encuestados, una connotación que lo liga a ideales con una perspectiva de crítica social.

Así como para los jóvenes españoles "trabajo" está relacionado fundamentalmente con valores individualistas, para los jóvenes argentinos lo está con valores colectivistas, tanto de trascendencia como de conservación.

En relación con las variables independientes que hemos tomado en cuenta (lugar de residencia, sexo, edad y nivel socioeconómico), la única variable que establece diferencias entre los grupos considerados en cada caso es el sexo.

Las mujeres otorgan un valor algo mayor al trabajo que los varones, coherentemente con su mayor jerarquización de los tipos valorativos correspondientes a las dimensiones auto-trascendencia y conservadorismo, con que se asocia este valor.

5 Discusión de los datos

Los jóvenes argentinos encuestados tienen una representación social del trabajo que se caracteriza fundamentalmente por un criterio instrumental: es aquello que les permitirá contar con los recursos necesarios para vivir. No esperan obtener de él una satisfacción intrínseca que, en cambio, sí esperan del estudio. Puede pensarse que el trabajo ha perdido valor como actividad “dignificante”, en la medida en que las ofertas laborales, sobre todo para los jóvenes, son precarias y rutinarias. El trabajo posible sería así un “mal necesario” para acceder a otras actividades que son vistas como más satisfactorias, aunque se limiten al acceso a bienes y servicios valorados.

Cabría preguntarse frente a estos datos, si estas respuestas de los jóvenes del estudio no reflejan también el valor asignado al conocimiento (incluyendo información y capacidad innovadora) como recurso estratégico en la llamada Revolución Científico-Técnica que se impondrá con mayor fuerza aún en el tercer milenio, aún en países dependientes como la Argentina (Argumedo, 1987).

Hoy sabemos que las demandas laborales, que están en la mira, como vimos, de un porcentaje importante de los jóvenes encuestados, pasan más por la adquisición de “saberes transversales” que permitan resolver problemas diversos, y esta adquisición requiere muchos años de escolaridad.

La versatilidad de los trabajos en los que podrán insertarse a lo largo de su carrera laboral es tal vez también uno de los motivos por los que les cuesta imaginar cómo será su puesto laboral dentro de diez años, lo que indica también la ausencia de una “carrera” laboral imaginada como pasos sucesivos predecibles, característica de etapas anteriores.

Si las respuestas de los jóvenes al cuestionario aplicado, en las que jerarquizan el estudio, tienen que ver, como pensamos, con la realidad que deberán enfrentar, éste es uno de los pocos aspectos en los que sus percepciones dan cuenta de dicha realidad.

Vimos, por ejemplo, que la mayoría de los jóvenes encuestados “se tienen confianza” en cuanto a la posibilidad de conseguir el trabajo que quieren. Esta apreciación optimista, aun pensada como característica del pensamiento de los jóvenes en general (Páez et al., 1987), no puede menos que cotejarse con el deterioro de las condiciones del mercado laboral acaecido en la Argentina en la última década.

Sabemos que a partir de los años 80, primero lentamente y luego con mayor intensidad, se produjo en el país una disminución en la absorción de fuerza de trabajo, que se sumó a la precariedad del empleo, caracterizada por pautas de “flexibilización” en los mecanismos de contratación.

Si bien la dureza del mercado laboral es percibida con más intensidad por los jóvenes de las ciudades del interior en las que se realizó el estudio, en conjunto ellos no parecen haber tomado conciencia de las condiciones laborales que deberán enfrentar.

¿Alcanza con la hipótesis del “optimismo” juvenil para explicar su falta de percepción en general de las características actuales del mercado laboral? ¿O habría que pensar también en cierto “ocultamiento” de dichas características, realizado ex-profeso o no a partir de una inadecuada cobertura del tema por parte de los medios o en sus ambientes sociales cercanos?

Está ausente, pues, en los jóvenes encuestados, la percepción de los cambios en materia laboral que llevan a que se vuelva a las condiciones del trabajo en el siglo XIX: el salario contratado individualmente y la falta de estabilidad. André Gorsz caracteriza esta situación como “neodomesticidad”, al referirse a las relaciones de dependencia individual que se establecen entre el empleador y el trabajador, minimizándose el rol de las legislaciones protectoras de este último que fueron las conquistas sociales del siglo XX.

Podemos plantearnos, pues, que los jóvenes encuestados están al margen de los cambios que en materia laboral se van plasmando en el país. Obviamente, en esta inadvertencia participa la escuela, que no los ubica en una realidad que probablemente les marque exigencias no anticipadas, pero tal vez también cierta protección de parte del medio familiar, que, en la medida en que la satisfacción de sus necesidades lo permita, tiende a extender lo más posible la “moratoria social” de la que hablaba Erikson.

No es el caso especialmente de los jóvenes de Merlo, pertenecientes porcentualmente en mayor medida a los estratos sociales más bajos de la muestra, que anticipan en mayor medida que los demás probables frustraciones en una inserción laboral que se les impone más inmediatamente.

Con respecto a la valorización del trabajo, hemos visto que se lo considera como parte de la adaptación a las circunstancias de la vida, y no como un aspecto de la realización personal, o como un valor en sí mismo. Puede decirse, pues, que el trabajo ha dejado de ser la base de la identidad individual, como ocurría en el pasado. La pregunta más acuciante a partir de esta conclusión es qué es lo que lo reemplaza, si es que existen alternativas para ello y si esto no es así, cuál es la consecuencia en términos individuales y sociales de la falta de un elemento central en torno al cual se construye la identidad.

Para R. Castel (1991) este proceso conduce a lo que denomina el “individualismo por defecto”, basado en la desprotección y la desafiliación, condiciones que implican la fragilidad de la identidad. Este “individualismo negativo” sería la otra cara del individualismo implícito en la lógica del mercado, que tomando en cuenta sus efectos supuestamente beneficiosos para el modelo económico liberal, olvida que ni aun una economía basada en tales leyes puede funcionar con autómatas incapaces de conducirse por sí mismos.

Esta es la paradoja del modelo liberal, que supone que los actores económicos pueden moverse como seres racionales cuando están desprovistos de bases de identidad firmes.

La pérdida del sentido del trabajo como uno de los ejes de la identidad individual es una de las condiciones del riesgo de la desafiliación de la que habla el mismo Castel. Esta desafiliación como pérdida general de vínculos con distintos círculos sociales está vinculada, pues, con el vacío social dejado por la ruptura de la valoración de lo que fue el trabajo como gran integrador social durante dos siglos. Dicho vacío social puede verse como una “zona muda” a nivel de la sociabilidad, que futuros estudios deberán confirmar si reenvía al aislamiento o a nuevas formas de entramados sociales, en los que, por ejemplo para los jóvenes, lo lúdico adquiera una importancia cada vez mayor.

Un párrafo especial merece la generalizada expectativa, por parte de la mayoría de los jóvenes encuestados, de proseguir estudios terciarios. De la comparación de este dato con el bajo puntaje otorgado a la autonomía intelectual en la escala de Schwartz puede pensarse que el punto de vista de la instrumentalidad adjudicada al trabajo como modo de inserción social se aplica también a los estudios, esta vez en relación con los conocimientos socialmente significativos para la carrera laboral, y no como valoración de los saberes escolares como bienes en sí mismos que pueden ser apropiados.

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Notas:

1Ana Lía Kornblit es médica, socióloga y doctora en Antropología, estudios que realizó en la Universidad de Buenos Aires. Es investigadora principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas y docente de Psicología social en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Ha dictado numerosos cursos de posgrado en diversas instituciones del país y escrito numerosos libros y artículos en el área de su especialidad. Actualmente dirige la Maestría en Investigación de la mencionada facultad.

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