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Hacia una ética global y una ética pública

Ricardo Morales Basadre, S.J.

Aproximaciones

I. Una ética para el Siglo XXI.

En sus cincuenta años de existencia la ONU ha impulsado de muchas maneras la formación de una conciencia ética universal; sus esfuerzos por ordenar las relaciones internacionales y salvaguardar la paz han sido acompañados de la preocupación por lograr consensos, compromisos y responsabilidades, lo cual toca necesariamente la esfera de la conciencia moral. Desafortunadamente constatamos que el ideal de que el mundo se rija por principios morales comúnmente aceptados es aún utópico; una prueba más fue Copenhague.

El gran implícito en la Cumbre de Copenhague era precisamente de índole moral. Las demandas de los países en desarrollo, hoy en trágica espiral de miseria y desempleo, descansan en imperativos éticos supuestamente compartidos: la igualdad fundamental de todas las personas, su dignidad y derechos inalienables, y su solidaridad necesaria por pertenecer a una misma especie y tener un destino común. Sin estas referencias éticas, ni las aspiraciones a un desarrollo social justo ni los compromisos firmados tienen sentido.

Es discutible hasta dónde los seres humanos hemos avanzado en elaborar teóricamente una ética universal, compatible con la pluralidad de concepciones del hombre y credos religiosos que coexisten hoy en el planeta; mucho más discutible hasta donde esa ética tiene validez práctica y norma eficazmente las relaciones internacionales. El conjunto de instrumentos del derecho internacional (declaraciones de principios y derechos, pactos, convenciones, recomendaciones, comisiones especializadas y aun instituciones como las Cortes Internacionales) suponen algo más que acuerdos pragmáticos, de alguna manera invocan un cuerpo mínimo de principios filosóficos y éticos de pretendida obligatoriedad universal. Pero Copenhague patentizó la ineficacia de esa incipiente ética mundial, incapaz de revertir el escándalo de mil trescientos millones de personas que viven en extrema pobreza. Sin minimizar los avances logrados en la reunión (sobre todo en la identificación de los problemas en la toma de conciencia de su gravedad), es claro que el desarrollo de la humanidad en los próximos años no se ajustará a los postulados de esa naciente ética planetaria.

La razón es doble. Hay una brecha entre los principios abstractos y sus aplicaciones a las complejas realidades económicas, y hay también otra brecha, más profunda, entre la aceptación de los enunciados y las dinámicas del poder. Por esto, aunque la Declaración Final de esta Cumbre expresa “valores y objetivos comunes para las políticas de desarrollo social”, sus logros inmediatos serán bastante limitados.

El mundo está, pues, lejos de guiarse por principios éticos. Pero antes de que nos rasguemos las vestiduras como país víctima de las grandes potencias, conviene reflexionar en que tampoco dentro de nuestras fronteras los principios éticos están normando el desarrollo nacional. Los mismos fenómenos que obstaculizan la eficacia de una ética universal –las mediaciones entre teoría y práctica y los intereses del poder- frustran entre nosotros las aspiraciones a un desarrollo justo y humano.

Cuando se señala la importancia de debatir los problemas de nuestra ética pública, la gente piensa sólo en los comportamientos de los políticos, en la corrupción, los fraudes bancarios o las manipulaciones de los medios de comunicación, pero hay otras cuestiones más profundas y elementales que condicionan la salud moral de una sociedad, me refiero en concreto, a la aceptación en la llamada cultura nacional, de principios éticos básicos como el de la igualdad fundamental de todos los seres humanos.

En nuestra sociedad segmentada y conflictiva el principio de la igualdad de todos tiene sólo existencia retórica; abundan los sentimientos racistas, los prejuicios, los estereotipos descalificadores y las prácticas intolerantes. La ética pública empieza por la aceptación del otro como fundamentalmente igual, lo cual implica que no se puede programar la propia vida con indiferencia hacia la suerte de los demás, que hay una obligada comunidad de intereses y una necesidad de inclusión; la igualdad fundamental es ya incipientemente solidaridad.

A pesar del tema pesimista de las conclusiones de la Cumbre de Copenhague, la preocupación por avanzar hacia una ética planetaria inspira el pensamiento y mueve dinamismos en esa dirección.

Esta reflexión me ha provocado la lectura de un libro de Hans Kung (Proyecto de una ética mundial, Madrid, Ed. Trotta, 1990), que, como otros suyos, detecta con fina sensibilidad las características dominantes del panorama espiritual del mundo de hoy. Si algún aspecto de la formación de las siguientes generaciones debe preocuparnos es el de su educación moral, ante la insuficiencia de nuestras respuestas éticas a los retos del siglo XXI.

Las turbulencias políticas y económicas de los últimos años y el desarrollo científico cada ves más acelerado han provocado sacudimientos valorales y morales que cuestionan la validez de las éticas tradicionales, tanto religiosas como seculares. Han surgido numerosas “situaciones de alto riesgo” ante las cuales se evidencian como inadecuados los anteriores criterios de decisión moral y como cuestionables sus fundamentos.

La historia viene de más atrás. La crisis del pensamiento moral actual se gesta en la expansión de la modernidad racionalista y el avance prodigioso de la ciencia. Hoy aparecen, en trágico claroscuro, las grandezas y miserias de la razón. La amenaza de la energía atómica, el sombrío panorama ecológico o los riesgos de la manipulación del caudal genético del hombre son ejemplos de esas situaciones colectivas de alto riesgo a las que, como aprendiz de brujo, nos ha conducido una ciencia sin controles éticos. Los callejones sin salida evidencian la “dialéctica de la ilustración” (Adorno) en que culmina esta transición a la posmodernidad; la serpiente se ha mordido la cola; y hoy comprobamos que nuestros avances han sido también retrocesos.

De aquí que se propugne y empiece a elaborar una ética planetaria que esté a la altura de las nuevas situaciones. Alejada de pretensiones absolutas ahistóricas, se afana por construirse a través de consensos y convergencias. Emerge de la base de la sociedad: del diálogo entre hombres y mujeres de todos los credos o de ninguno, unidos por preocupaciones comunes; de pequeños grupos que integran comités de bioética o formulan códigos de comportamientos en campos tan diversos como la investigación neurológica o la economía; de las cátedras de Etica de las universidades o grupos de estudio en los parlamentos. El objetivo es una ética global y los caminos que llevan a ella transitan de la ciencia moral a la ciencia responsable, de la tecnología y la industria orientada al lucro a una economía al servicio de las necesidades humanas, del ejercicio egoísta del poder al respeto a la justicia y de las democracias meramente formales a sistemas de vida que hagan posibles los derechos humanos.

No se trata de un bello diseño intelectual, grandioso pero irrealizable, sino de un proyecto realista cuyos avances son comprobables. Un ejemplo son este conjunto de “reglas de prioridad y seguridad” que van logrando consensos por arriba de credos e ideologías. Regla de ecología: sobrevivir es más importante que vivir mejor. Regla de solución de problemas; prohibido un desarrollo científico y tecnológico que cree más problemas que soluciones. Regla de aportación de pruebas: en todo nuevo producto que se lanza al mercado, corresponde a la industria probar que no causará daños sociales o ecológicos. Regla del bien común: el interés colectivo prevalece sobre el del individuo y el del conjunto de la humanidad sobre el de cualquier país particular. Regla de reversibilidad: los procesos reversibles deben prevalecer sobre los irreversibles, etc.

Filósofos, teólogos, científicos, industriales y estadistas, pequeñas ONGS y comisiones de organismos internacionales trabajan en la construcción de consensos cada vez más amplios que habrán de conducir a un “saber de orientación” del que se desprendan normas, valores e ideales obligatorios para todos.

Los problemas son muchos y no hay que minimizarlos. El consenso en los criterios y los comportamientos (como pueden lograrse, por ejemplo, sobre los enunciados de los Derechos Humanos) no pueden esquivar las preguntas últimas de la moral que tienen que ver con el fin del hombre, su felicidad, su conciencia y la convivencia responsable con sus semejantes. Si las respuestas a estas preguntas han sido secularmente diversas, hoy se advierten acercamientos entre religiones, filosofías, paradigmas científicos y visiones culturales. Ante peligros comunes se van reconociendo las insuficiencias de las soluciones particulares y ante nuevas paradojas se confiesan los engaños involuntarios ocultos en las antiguas seguridades. Se acercan, por ejemplo, las éticas heterónomas y las autónomas, al aceptar las primeras la centralidad de la persona humana en el orden moral (con su capacidad de autoregulación arraigada en su conciencia y con una necesaria esfera de autonomía intramundana), y al reconocer las segundas que la dignidad de la persona expresa en alguna forma su trascendencia.

Quedan, pues, abiertos al debate los problemas, filosóficos sobre los fundamentos de la moral: si lo humano, esencialmente condicionado, puede obligar incondicionalmente, o sí, por el contrario, “sólo un vínculo con lo infinito puede fundamentar la libertad moral frente a todo lo finito”. Pero la búsqueda común de nuestro ser moral, basada en la veracidad interior y en la fuerza del Espíritu, parece hermanar más estrechamente a todos los hombres y destacar más lo que los une que lo que los separa.

La moral es un problema público de primera importancia. Por esto la sobrevivencia de las siguientes generaciones pende en vilo de la posibilidad de esta ética planetaria, que es aún más proyecto que realidad. Ojalá estos problemas se discutan a fondo, también entre nosotros, como condiciones esenciales de una política educativa de largo alcance.

II. Construir una Etica pública.

La preocupación ética atraviesa los temas de casi todos los Foros de Consulta para el desarrollo nacional; se evidencia que el diagnóstico del presente y la reflexión sobre el futuro del país son inseparables de cuestionamientos de índole moral.

No se trata sólo de la explicable reacción de ciudadanos indignados ante la corrupción del gobierno de turno ni la de protestas contra una procuración de justicia incapaz de dar solución satisfactoria a los crímenes políticos; tampoco se trata de apelar a principios morales para resolver los conflictos entre la legalidad formal y la justicia sustancial. En el actual momento del país, la preocupación por establecer referentes éticos es mucho más: confesión implícita de un gran vacío en la filosofía política en que descansa la convivencia ciudadana y búsqueda de criterios válidos para interpretar nuestra vida pública y regular sus inminentes transformaciones.

El país, se dice, está en transición. La prensa comenta las vicisitudes cotidianas que van modificando las relaciones del gobierno con los partidos o del sistema político con la sociedad civil; todo ello es anecdótico; lo que caracterizará la nueva etapa a la que nos dirigimos será, en el fondo, un cambio de naturaleza moral: una nueva manera de comprender y de organizar el ámbito social, poniendo fin a los comportamientos discrecionales del poder e inaugurando la vigencia de normas comúnmente aceptadas y socialmente exigibles. Más que reforma del Estado, lo que inconscientemente se busca y se desea es un cambio en las reglas éticas de la vida pública y en las justificaciones de las decisiones relacionadas con el bien común.

Lo que buscamos en esta difícil transición, quizás sin saberlo, es una nueva idea del bien colectivo; una definición del bien global del que se desprendan los bienes particulares, que reciba consensos suficientes para fundamentar las conductas de gobernantes y gobernados y dar legitimidad moral al modelo de desarrollo.

El resultado es hoy un compás de espera, vacío de propuestas éticas. El peruano medio de hoy no tiene respuestas a preguntas fundamentales de índole moral como las siguientes: ¿En función de qué se distribuyen los beneficios del desarrollo? ¿Qué criterios norman el acceso a los puestos públicos? ¿Cómo se limita el poder político, y a quién y cómo dan cuenta de su desempeño los funcionarios? ¿Cómo se garantiza que las acciones del poder judicial sean independientes de intencionalidades políticas? ¿Qué salvaguardas protegen el derecho a la información y cómo impedir que los medios de comunicación sobre todo la televisión, manipulen a la opinión pública? Y las preguntas pueden continuarse hacia cada campo de la vida pública: el electoral, el educativo, el laboral, la política indigenista, los servicios de salud o la protección del medio ambiente. En todos ellos se echa de menos una idea compartida de bien público que obligue a la sociedad a corresponsabilizarse y comprometerse con el logro de ese bien.

Construir una ética pública en la presente transición no será tarea fácil ni rápida. Subsisten y subsistirán en el país culturas éticas muy diversas: la del catolicismo tradicional y la del renovado, la de los libre pensadores anticlericales, la del agnosticismo ilustrado, la del laicismo militante, la de la modernidad científica y la del pragmatismo utilitarista; cada una tiene su propia definición de bien público y muchas alimentan intolerancias e incomprensiones. ¿Cómo construir una ética pública a partir de éticas privadas tan disímiles? ¿Cómo construirla, además, con un sistema político en transición y un proyecto económico que aún no se define?

La tarea corresponde a un amplio elenco de actores: al propio gobierno a quien corresponde definir, sobre todo con sus comportamientos, las reglas de juego de una auténtica democracia; los partidos políticos que debieran reelaborar los componentes éticos de sus idearios encarnándolos en la realidad del país; los líderes religiosos y sociales a quienes compete cotejar las nuevas propuestas de moral pública con la vivencias y credos de sus feligresías; y los investigadores especializados en filosofía política y filosofía moral de quienes se espera crítica, fundamentación y sistematización de este esfuerzo colectivo. Todos debieran converger en un debate abierto del que vayan brotando los planteamientos de la nueva ética pública que necesitamos.

Diciembre 02 de 2001.

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